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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Alexia Walker, Ethan J. McQuoid, Richard Jackson

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Para la libertad (Maximillian V. Alexandros)

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Atizaba el fuego con una barra de hierro que había encontrado en el lugar, reposando contra una pared de madera junto a la chimenea. Estaba allí mirando al fuego crepitando, absorta en un sinfín de pensamientos que bien se desvanecían como el humo. Pensaba en todo y lo hacía en nada, porque a la nada llegaba, y las flamas continuaban crepitando melodiosas contra sus oídos.
Sentía el calor recorrer sus antaño frígidos pies, y las manos – enguantadas con trapos viejos – se entumían a pesar del calor de la hoguera. Podía sentir el hielo de su cabello derretirse, y gotear contra el suelo raído por la humedad. Su espalda, sin embargo, continuaba helada, y a pesar de sus deseos por ponerla contra el fuego, poder sentir sus mejillas una vez más provocaba una paz que le reconfortaba.

Habían escapado ¿Hace cuánto? ¿Dos, tres días? Y aún no lograba concebir como lo habían conseguido, solo que todo mundo se había dispersado por los alrededores bajo la idea de que sería más complicado darles casa de esa forma. Ella estaba con un hombre… uno pelirrojo que recordaba de la celda donde los habían dispuesto la primera vez que abrió los ojos. No lograba recordar su nombre, pero se había sentido obligada a seguirle, estando aterrada de quedarse sola en ese lugar. Al parecer una muchacha más había tenido la misma idea ya que les había seguido hasta llegar a la cabaña, donde se había quedado dormida por fin sobre un sillón viejo, en la sala.

¿Y ahora qué pasaría? Era la incógnita que tenía rondando la cabeza de victoria. El pelirrojo – con quien por alguna extraña razón no había logrado conversar realmente hasta el momento – y Alexa – quien así se había presentado, y mostraba mayores aptitudes para socializar – y ella misma estaban alejados del mundo, sin comida, con mucha nieve fuera de la cabaña como única fuente de agua, y con las escasas ilusione que les quedaban – o al menos a ella – de sobrevivir. Victoria había escuchado historias maravillosas de ese lugar. Árboles, verdor, animales y gente maravillosa poblaban Alaska, pero allí solo había nieve… muerte.
Dejó escapar el aliento, mostrándose el vaho como la exhalación cansada de un dragón viejo. Tres días caminando contra el frío, con los pies adormecidos y a punto de morir, los dedos de sus manos eran morados y sentía que con solo moverlos se romperían… Tres días hasta encontrar ese pequeño milagro en medio de la nada.

¿Y ahora qué? Volteó a ver a su alrededor, buscando al hombre. Quizás el supiera que hacer, era competente, mucho más que ella, o al menos eso quería creer.


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La huido no había sido nada facil y estoy demaciado herido para cualquier cosa grácil. Aun así con la princesa y con otra tipa logré escapar, aunque en mi estado serán difícil de cuidar, pero no hay otra más que aguantar. Estamos en una acabaña estamos atorados y la nieve nos tiene congelados, pero quizás con la fogata terminemos salvados.

Ahora el lugar estoy rebuscando para algo pues algo para cambiarnos estoy buscando, por suerte pronto un par de cosas termino encontrando.

-No hay mucho, pero hay un sueter viejo y una manta. Puede que te quede un poco grande el suéter, pero es lo que hay hasta mañana.- Con mucho cuidado el sueter a la rubía le ofrecía y con la manta a la durmiente taparía.  A la rubia me le quedé viendo y con un rubor pronto me voy yendo -Bueno,... iré a ver si encuentro algo en la cocina en lo que se cambia.-

Era difícil de creer pero de su identidad estoy seguro, así que el mantenerla viva procuro aunque a ninguna bandera fidelidad le juro. En la cocina algo útil logro ver, de paso la camisa decido perder y ninguna vergüenza ante la princesa voy a tener. Pronto frente a las damas con algo de cereal  y miel estoy regresando cuales en un par de tazones termina vaciando,  finalmente un tazón a la rubia le ando alargando.

-Tenga. Es cereal con algo de miel, puede saber raro pero es nutritivo y da energía. Oh, espero si no le importe si ande así sin camisa frente a usted-

Mi camisa en un perchero junto al fuego colgué y al lado de la dama me senté.


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– Gra-gracias… – Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo difícil que era hablar, pues incluso la garganta se sentía entumecida.
Miró a Maximillian por un largo tiempo con curiosidad, dentro de sus escasas habilidades, se le daba bien interpretar algunos gestos que demostraban los demás, pero a pesar de hecho, ese sonrojo del pelirrojo le parecía indescifrable. Dudaba que dadas las circunstancias se sintiera atraído por ella, no es que se sintiera fea, y él definitivamente no lo era. Pero estaban cansados, desnutridos y harapientos… acababan de salir de una de las peores situaciones que había vivido.
En realidad, no había tiempo para eso, así que ¿Qué podría ser?
En fin, él ya se había ido, dejándole el suéter y los pensamientos como una enorme maraña. Acercó la prenda a su rostro, inspirando su aroma como hiciera antaño, en casa. Olía a polvo, a abandono… Miró entonces a la mujer que sentía recostada, ahora con una cobija que había tomado gustosa entre sueños. Quizás estando en un mundo más… normal, la escena hubiera sido conmovedora. Pensó en usar el suéter, ya que el olor le había desagradado, estaba sucio y aunque era notable que ella no era en ese momento el mejor ejemplo de limpieza, al no saber de dónde venía la prenda se generaba cierta desconfianza en su interior, aunque hacía bastante frío, y sería una ofensa repudiar el gesto de Maximillian.
Era un buen hombre. Eso no podría dudarlo, estaba de regreso con un tazón de comida cuando Victoria se decidió a utilizar el suéter. Él llevaba el pecho desnudo, seguramente culpa de la ropa humedecida por el clima. Así estaban los tres, de hecho, pero desnudarse sonaba igual de atroz que utilizar ropa mojada en ese clima. La única idea inteligente consistía en la hoguera.

Tomó el tazón de cereal, posando por un momento el suéter para dejarlo en sus muslos. – Siendo honesta, si me importa – comentó, siendo muy amable en sus palabras – Agradezco sobremanera la preocupación que has mostrado por nosotras, y espero que no consideres esto una ofensa, solo deseo que te cuides de la misma forma, podrías usar el abrigo para cubrir tu espalda, poder calentarte aquí, junto a la hoguera. - ¿Pero qué pasaría cuando se terminara el combustible? ¿Tomarían los tablones del suelo para continuar hasta que comprendieran que debían marcharse? El peligro aún no había cesado
Alexa comenzó a toser, el frío la había enfermado un poco, de hecho, también Victoria había sufrido los espasmos un par de veces, era lo normal dadas las circunstancias.

- ¿Qué ocurrirá ahora? – Había dado ya donde bocados al cereal, este estaba curiosamente bien conservado. Podía sentir le crujir en cada mordida, que por cierto le hacía pasar vergüenza por hacer tanto ruido, aunque fuese inevitable. Se tapaba la boca en un intento por disimular, que de hecho no servía de nada salvo para mostrar su culpa. – No podremos habitar esta pocilga por siempre… pero el clima, - bajó la mirada, no quería bajar los ánimos a nadie - ruego me disculpe, es demasiada mi incertidumbre

– Tal vez vengan a salvarnos ¿Quién sabe? – Alexa había despertado, seguramente por la tos. Se escuchaba demasiada esperanzada pero Victoria podía ver en sus ojos la mirada de alguien que solo hablaba de sueños, sabiendo que estaban viviendo sus últimos días en la tierra.


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Las acciones de la princesa me sorprenderían aunque ligeramente me molestarían, más que nada porque poco lógicas parecerían, pero su actitud es encomendable y su intención admirable.

-Y yo le agradezco su preocupación, pero enserio póngase usted el sueter. En este lugar lo único seco era la manta y ese suerter, y aunque puede que esté tan sucio soy un caballero ingles, no puedo exactamente tomar el sueter y ver como se congela usted, Por su puesto, también hay limites y si hubiera una tercer cosa que ponerse me la pondría incluso si usted me lo pidiera. -

-Tampoco es lógico que yo tome la prenda pues mi cuerpo es más grande y mantiene mejor el calor, sin mencionar que por herencia familiar raramente me llego a enfermar, pero la principal razón por la que usted debe tomarlo es porque porque a mi no me queda el sueter así que ni siquiera servirá bien su propósito conmigo mientras a usted si le quedará hasta grande. Así que sea razonable y ponérselo usted. Si le preocupa que tenga frió bien podemos sentarnos recargados al otro espalda a espalda y le aseguro que así recibiré más calor que teniendo un trapo mal puesto encima-


Con el tema no más me molestaría y el sueter le regresar, aunque pronto el nuevo tema tenemos que tratar aunque de mientras mi cereal voy a masticar. La miel y el cereal no hacían una gran cominación, pero en mi estado es un plato de tentación y mucho más interesante que la falsa ilusión. Mi mente vagaba y por ello mis palabras ya no cuidaba.

-Los únicos que nos podrían venir a buscar son los que nos secuestraron en primer lugar y dudo que nos quieran rescatar, quizás cuando nos alejemos con algunos supervivientes nos encontremos, aunque a saber que trato recibiremos.- Finalmente cuenta de mis versos me daría, pero mejor lo ignoraría quizás a las chicas alegraría. -Pero no se preocupen que para sobrevivir fui entrenado, en todos lados comida he encontrado y por peores situaciones he pasado, mañana a un mejor lugar partiremos y seguro que más suministros encontraremos, pero por ahora será mejor que primero nos calentemos. -


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Alexa se acomodó en el viejo sillón, arropándose por completo con la cobija y escuchando atentamente a Maximillian. Victoria los miraba a ambos, llevándose el cereal a los labios con suma delicadeza. Veía como la mano temblaba y no lograba discernir si era a causa del frío o por su debilidad, causa de la falta de alimento. Por otro lado, Alexa se mostraba jovial.

– En verdad espero que la nieve deje de caer. Quiero ir a casa – La idea de irse era una que Victoria aceptaba con gran entusiasmo – ¿Es eso cereal? – Victoria le sonrió, asintiendo grácil con la cabeza. Alexa ya comía cuando ella se decidió a levantarse para posar su espalda contra la de Maximilian. Estaba agradecida con los cuidados del buen hombre, y deseaba poder ayudar en todo lo posible.

Un bocado más.

Maximilian tenía absoluta razón en sus palabras. Allí, en medio de la nada sería imposible que les rescatasen, la amenaza de sus captores era latente en todo caso. Podía sentir entre el viejo suéter la espalda del hombre vibrando al son de su voz, la cual parecía entonar un verso más que hablar. Si bien el verso no podía ser considerado poético – Victoria llevaba una vida estricta en cuanto a poesía, música y otros menesteres de interés-general – era un deleite para sus oídos dadas las circunstancias.
La espalda de Maximilian era fuerte, ella podía sentir los músculos jugando contra su delicada espalda mientras hablaba. Era una sensación por demás extraña, pero placentera.

– Para los años que han pasado, todos podemos decir lo mismo. Sobrevivientes todos decimos en mi pueblo, bueno, refugio, o lo que sea – Victoria daba un bocado más, pero Alexa parecía haber terminado ya con la comida. – Aunque yo no he vivido nada peor a esto. La forma en que le reventó la cara al tipo en el campo… fue horrible

Victoria tenía otra forma de ver la vida. Había escuchado por mucho tiempo a la gente decir lo mismo. Todos gente entrenada, todos con grandes capacidades, armamento incluso, y todos desaparecidos. ¿Qué posibilidades habían de que esta vez, teniendo todo en contra, las cosas serían distintas? Lo tenían todo en contra. Victoria suspiró tranquilamente. Entendía que no podía ser sincera con ellos en ese momento, pues era esperanza lo que necesitaban, no las ideas tormentosas llenas de experiencias similares. Igual, estaba viva ¿no?

– Tendremos que confiar en usted buen señor – dijo en total calma – Confío en que saldremos abantes, si bien yo carezco de muchas habilidades que podrían ser necesarias en este predicamento, espero poder ser de utilidad. – En esa última parte era honesta, aunque podía asegurar que era algo de lo que ya se habían dado cuenta, dadas las circunstancias del encerramiento.


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