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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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The suspicious dinner. | Maximillian — Phoenix — Christel

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The suspicious dinner.
Bosque en Georgia — 1.08.2015 — Despejado y caluroso — Atardecer.
Hacía más de una hora que se encontraba recostado en el sofá, viendo el techo de madera. Se acercaba el atardecer y el horario en el que Phoenix había prometido volver. Pensaba profundamente en un centenar de motivos por los cuales no tuvo que haber dejado que se vaya sola. Confiaba en que volvería sana y salva. El pesar era otro: las situaciones de riesgo. Esas situaciones que ponen tensas a las personas. Por más que nada haya pasado, el trauma queda, se mantiene y se fomenta.

Antes de recostarse había pedido a Christel que organizara su habitación y que hiciera algo ingenioso con una bolsa de telas y un costurero que había encontrado en un baúl. Mientras, él se encargaría de la cena. Así lo había hecho. Había dejado todo preparado para cuando estuvieran todos en casa. Sólo quedaba esperar a Phoenix.

El gato negro también se encontraba expectante. Sobre la mesa de la cocina, observaba la ventana hacia el horizonte.

La cabaña, hogar del matrimonio, de la joven y el gato, se encontraba en el claro de un bosque, rodeado de varias trampas para errantes y otras para saqueadores. Día tras día se dedicaron todos en conjunto a hacer el lugar más seguro. Más quedaba al menos un mes para que el sitio sea lo suficientemente confiable como para poder dormir todos a la vez sin hacer guardia.

La espera fue tortuosa hasta que Phoenix apareció, acompañada de un hombre de cabello rojizo. Oyó las hazañas que su esposa le comentaba mientras no perdía de vista al extraño, el cual había saludado cordialmente como era costumbre para el británico.

El agua hervía en la estufa a leña. Había espaguetis caducos que aún podían consumirse, vegetales deshidratados y carne de conejo. Todo aún sin hacer. Usualmente era Phoenix la encargada de preparar los alimentos. En ésta ocasión se sintió en la obligación de ayudar.

¿Me ayuda a despellejar y trozar la carne?— Consultó al hombre con un conejo en su diestra y el cuchillo en la mano no hábil. En su caso, era ambidiestro para manejar utensilios.

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Es por allá. — Señaló hacia la cabaña. Apenas podía verse entre los matorrales. — Sigue mis pasos y no te equivoques que hay varias trampas.

Caminaron con cuidado. Ella había puesto la mayoría de las trampas de esa zona. Las conocía bien y era casi imposible que se equivocara. Tras unos minutos de silencio y concentración llegaron al claro. Salem fue el primero en salir a recibir a su dueña. Saludó a Joseph y presentó a ambos hombres. Explicó brevemente las hazañas que ha tenido con su nuevo compañero, hata el pequeño concurso. Recalcó que fue de gran ayuda y que le gustaría agradecerle la compañía con una cena. A Max sólo le contó que su esposo la conoce desde que nació y que estaba feliz de haberlo encontrado con vida. Respecto a la joven Christel, no hizo comentarios. Prefería que ella se explique por sí misma.

Tras un baño y unos susurros a Christel sobre lo que había hecho en el día, había llegado la hora de la cena.

Se las ingenió para hacer una especie de receta de salsa de tomate con verduras, sólo quedaba llevar a cabo la idea.

Tal vez no sea bueno hacer que las visitas trabajen.

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¿Y que se supone que haré con esto? – miraba incrédula al montón de hilos con los que se había quedado. Joseph era un buen hombre, gracioso y muy excéntrico, pero bueno.

En el poco tiempo que llevaba en la cabaña había aprendido muchas cosas, aunque leer y escribir le seguía costando mucho trabajo, pero entre Joseph y Phoenix le habían enseñado a comunicarse de otras formas.
En cuanto al cuarto no costaría mucho trabajo ordenarlo ya que no tenía muchas cosas, solo la ropa que habían logrado rescatar de aquella vez. Imaginaba colgar algunas cosas, cuadros, quizás un par de recuerdos de sus aventuras y demás cosas, pero entendía lo inútil que era dada la situación, así que – después de intentar doblar de forma errante su ropa y dejarla acomodada en una caja, se dispuso a sacar todo lo que llevaba en su mochila.
Lo primero que dejó en el suelo fueron las bolsas con tripas, le daba asco simplemente verlas, pero la habían salvado de muchas, así que no las tiraría nunca, solo debían quedarse cerradas para no oler mal. Después fueron las latas maltratadas que llevaba a todos lados, y por último, tornillos, clavos, alambres y vidrios rotos. Solía lastimarse cuando manipulaba esas cosas, pero no era nada terrible al final, estaba acostumbrada.
Esos eran sus pequeños tesoros, los que desde el principio la ayudaron a sobrevivir. Sobre la cama dejó el dibujo que tenía de Nicholas, hubiera deseado tener un recuerdo de Esmeralda, incluso de Minzy, pero lo que había era lo que tenía, y no podría esperar a tener nada más, solo un recuerdo de la buena pareja que la había acogido, debía recordar llevarse algo antes de irse.

Comenzó a hacer agujeros a las latas con uno de los clavos oxidados que tenía ahí, era una práctica en la que se había vuelto experta. Después los hilos hicieron unas líneas que atravesaban las latas por los orificios, creando enormes líneas. Las latas fueron perforadas nuevamente, y clavos y cristales apuntaban hacia fuera, esperando cortar algo que quisiera acercarse a su trampa. Si era zombie, las latas harían mucho ruido, y si estaba vivo el dolor la alertaría.

Acomodó las latas debajo de la ventana, y otra de las líneas corría por la puerta, las amarró muy bien y entonces se dedicó a guardar lo que sobraba – incluidos los hilos nuevos - en su ya apestosa mochila.

La vida era distinta ahí, era lenta y Christel se sentía extraña con todo aquello, se sentía temerosa y en muchas ocasiones inútil, todo lo que sabía hacer ahí no servía de nada, y temía que hacer cosas – como lo que acaba de construir – provocara miedo en la pareja.
Cuando Phoenix llegó a casa, Christel ya había escuchado que había alguien más ahí, y de igual forma un miedo incomprensible la rodeó. La mujer subió a verla, y aun cuando vio el tremendo desastre que tenía Christel al parecer prefirió no decir nada al respecto. Platicó con ella por un momento, y Christel atendió con mucho entusiasmo, quizás no podía responderle, pero su rostro decía todo lo que deseaba compartir.
Al final volvió a quedarse sola, y el delicioso aroma de una comida caliente subió por las escaleras. Seguro la llamarían a cenar advirtiéndole que tenían visitas, que debía arreglarse. Pero en verdad ella tenía miedo de bajar, le daba vergüenza el estado en que se encontraba, la apariencia que tenía, y en general conocer a gente. La soledad había sido compañera suya desde hacía mucho tiempo ya.

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Me encuentro en una cabaña muy peculiar; Una que de Phoenix es su hogar y donde la noche voy a pasar. Sobre que esperar ahí dentro no sabía por lo que cierta inquietud sentía mientras la casa veía. Aunque mi corazón la idea de una trampa descartaba y en Phoenix confiaba, mi entrenamiento de una trampa me preocupaba. Es más que nada sucede cuando en una nueva situación me veo y el control no poseo. Aun así me deshago de esos pensamientos inútiles mientras con Phoenix evado las trampas viles y me acerco a la cabaña de varios abriles.

Las trampas estan muy bien puestas, aunque yo para ellas puedo sacar varias respuestas, pero esto es porque de ante mano sabía de estas. Si de su existencia no supiera quizás cayendo en una me viera porque la guardia al llegar no mantuviera.  

Dentro de la casa ante Joseph muy cordialmente me estoy presentando y el que es britanico rápidamente también estoy notando. Phoenix las hazañas un poco creo que exageró y pienso que no del todo a Joseph convencio aunque de todos modos bien me recibió.

Muy pronto un conejo miraba y Joseph por mi ayuda preguntaba, algo que no del todo a Phoenix le gustaba.-No te preocupes. Ya es bastante que me dejen pasar la noche aquí así que
estaré encantado de ayudar un poco-


Tome el conejo y rápidamente lo fui a decapitar y un corte vertical en su barriga logre trazar, sus patitas también las fui a cortar, entones su piel en segundos logré quitar. Luego las entrañas removía y despues el conejo bien lo lavaría, así listo para cocinar estaría. El proceso no más de un minuto me había tomado y la piel en su mayoria se había conservado por si algun uso ellos le habían pensado.

-Que suerte, no tenia parásitos. En verano es donde es más común que los tengan así que en invierno es la mejor temporada para cazarlos.-

A Phoenix subir un momento vi, pero a la niña aun no conocí, seguro que la niña esta ahí. Como sea puede que la niña esté des-fachada y quizás algo asustada, así que de momento la situación no adelantaba. Pero si la niña no llega a bajar yo sin duda me subiré a presentar pues mi interés me empieza a picar.


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Spoiler de spoilers:

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Aunque la sangre no nos una somos familia:

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Siempre se caracterizó por tener un pulso y una precisión impecables. Los cortes que hizo al animal eran correctos aunque improvisados. Arrancar la piel de los músculos era una nueva actividad que iba a practicar de ahora en adelante. Miraba y aprendía del hombre pelirrojo, quien parecía saber bien cómo despellejar un animal. Lavó la carne. El arte culinario no era su fuerte y desconocía si era correcto lavar la carne o si acaso era un desperdicio de agua. Ocuparía algún libro sobre la materia cuando tuviera oportunidad para instruirse.

Hasta el momento no he visto que tengan parásitos.— Comprobó las vísceras nuevamente para corroborar que estaba en lo correcto. El conejo había sido un animal saludable. —Es poco usual que mi esposa invite a personas a la casa. A la cabaña en éste caso. Antes no lo hacía a menos que quisiera agradecer algún gesto. También lo hacía cuando tenía que arreglar largos asuntos de negocios.— Finalizó de trozar la carne. Quitó los pequeños huesos del lepórido. Encontrar huesos en su comida le resultaba desagradable. Tomó la piel del animal y la contempló ligeramente confuso. Sabía que las pieles se curtían para poder utilizarlas en el futuro.

El silencio del hombre se había extendido mientras meditaba en aquel documental que había visto cuando era adolescente, donde unos cazadores mostraban cómo se curtía la piel de un venado. Era consciente de que estaba el invitado cerca, más no creía tener la obligación de hablarle o entretenerle de algún modo.

Hemos sobrevivido los más aptos. ¿Por qué eres apto para estar vivo?— Logró recordar el documental, por lo que había surgido esa duda y la consultó sin tacto.

El gato, Salem, se tomó el atrevimiento de apropiarse de la piel que, costosamente, había logrado retirar del conejo. Prefirió hacer caso omiso y dejar al animal hacer lo que quisiera. A fin de cuentas éste seguía sus instintos y no era quién para reprimirlo por ello.

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Lo más cercano a una buena comida que había hecho Phoenix en su vida habían sido unos macarrones con queso. Temía que la comida fuera demasiado desagradable para el paladar de todos y que no haya comida a domicilio que pudiera resolver el problema. No sólo debía cocinar, sino que tenía que cuidar los recursos. No utilizar más agua de la que correspondía, no podía quemar la comida porque ello sería una falta muy grande.

Inhaló y exhaló para tranquilizarse mientras observaba de reojo cómo los hombres hacían el trabajo sangriento. Se le erizaron los vellos de la nuca de sólo pensar en tener que estar cortando al pobre conejo. Negó antes de tomar la cacerola. Si bien le daba pena el conejo, estaba dispuesta a comérselo.

Tenía sobres de comida deshidratada. Uno había caducado hacía año y medio. Eran verduras para sopa con caldo en polvo, todo en uno. Las instrucciones decían que primero vertiera el contenido y luego echara ciertos centilitros para disolverlo. No tenía idea de cómo calcularlo, así que hizo lo que buenamente le pareció. Agradecía tener un cucharón de madera, de esos con los que se reprenden a los niños.

Volteó a verlos y sonrió. No comentó nada sobre lo que su esposo decía. Prefería dejarlo socializar solo. Más cuando iba por buen camino. Tal vez con poco tacto, pero por buen camino al fin.

Iré a buscar a Christel. Tiene que poner la mesa. Y si puede, ir por Salem que vaya a saber qué hará con ese pellejo que les sacó.

Dejó la cacerola con el preparado en el fuego. Hacía calor y la hornalla encendida no ayudaba a que se sintiera más fresco el ambiente. Dejó solos a los hombres y subió por la joven.

Debes ponerte algo de la ropa que te trajo Joseph. Son hermosas prendas que te quedan estupendas. Abajo se encuentra Maximillian. Es un hombre que parece ser de mi edad, parece inglés como Joseph, y me ayudó a traer muchísimos medicamentos. Hasta una camilla que está fuera. No encontramos una pierna ortopédica, pero bien podríamos ir por una en la próxima salida... Te necesito en la cocina, pon la mesa, como Joseph te enseñó. Y luego ve por Salem que se robó el pellejo de un conejo y no queremos que se lo coma. Creo que está bajo mi cama.

Observó la habitación con atención. No sabía qué es lo que pretendía Christel pero le parecía correcto que estuviera inventando cosas.

Te espero abajo.

Volteó y bajó. El agua ya hervía. El calor en la cocina comedor se hacía más intenso. Sentía que le sudaría la espalda y las sienes. Revolvió y probó la mezcla que había hecho. Tenía buen sabor, a sopa. Planeaba poner la pasta en la sopa para que se cocinara todo junto. Aunque temía que aquello quedara mal.

¿De qué hablan? — Consultó curiosa a los hombres.

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No entendía bien la idea de pierna ortopédica, pero le habían comentado que servía para caminar y eso la tenía emocionada hasta cierto punto. Había dejado atrás los días donde la pierna crecía mágicamente, pero mantenía la esperanza de que sería fenomenal poder volver a correr.
De todas formas miró a Phoenix con cierta pesadumbre, suplicando que no la hiciera bajar, que no quería convivir con nadie extraño. Pero como recordara de su madre, Phoenix tenía esa mirada paciente que al mismo tiempo no daba tregua para negociaciones.
Buscó entre la ropa una blusa negra que pretendía abarcar sus caderas como si de una minifalda se tratase. Había también un par de pantalones que decidió a utilizar. Era un poco entallado dada la complexión de la joven, pero se sentían muy cómodos y podían disimular fácilmente su miembro faltante. No pensó dos veces acicalarse un poco, los baños en la cabaña le habían ayudado a verse mejor de lo que estaba acostumbrada. Se sentía bien en general, con más fuerza y algo de masa muscular (aunque esto último debía ser su imaginación) tomó su bastón rama, el destapa caños lo amarró firmemente al muslo, y caminó con su peculiar “tip tup”

Se decidió por buscar a Salem antes de bajar las escaleras pensando que sería horrible tener que soportar el dolor de los escalones una vez más.
Como bien había dicho Phoenix, Salem estaba debajo de la cama, era impresionante como ellos dos podían conocerse tan bien.
Tck, Tck – el sonido salía de un chasquido de su lengua. Era la única forma que había imaginado serviría para comunicarse con el felino aunque sentía que este la veía como si estuvieran ofendiéndole, Salem entendía muy bien las palabras. Volvió a hacer el sonido, pero Salem parecía estar muy entretenido con el pedazo de… conejo. Christel optó por meterse bajo la cama para quitarle la carne dado que el gato no le haría caso, era muy orgulloso al parecer. Al final, tras una mordida en el dedo y un fuerte choque entre su cabeza y la base de la cama, el pedazo de pellejo quedó en poder de la joven.

Bajaba las escaleras pensando en lo mucho que la odiaba Salem, podía bien ser solo su imaginación pero no por ello dejaba de sangrar la herida, que escondió muy bien para que nadie se diera cuenta. El cabello lamentablemente se había desacomodado una vez más y la joven no lo había notado.
– ¡Buen día! – diría con mucho entusiasmo – Bienvenido a casa señor Maximillian, mi nombre es Christel, espero que se sienta cómodo en su estancia con nosotros, nos alegra tenerle aquí. ¿Puedo servirle un vaso con agua? Phoenix, Joseph ¿Gustan? – Sería una gran velada…

Sin embargo, cuando llegó a la cocina y miró a Maximillian todas las ideas se desvanecieron, y buscó la forma de pasar desapercibida por completo. No habría saludos alegres ni grandes conversaciones, solo ella y su silencio, su “tip tup” y el sonido de los cubiertos. Lo miró apenada y esbozó una sonrisa muy discreta al pasar a su lado, dejando cerca de Joseph el pedazo de pellejo que había quedado de la trifulca, y comenzó a poner la mesa como le había enseñado. Logró acomodar todos los platos sobre una canasta - pues las manos las usaba para caminar - con los vasos que tenían – unos viejos y gastados – y los cubiertos. Poner la mesa era un asunto divertido en esos días, no había nada que combinara pues todo había sido recuperado de varios viajes que se hacían a los pueblos aledaños, pero eso le gustaba a Christel, lo hacía sentir real, pues la vida se había convertido en eso, una mesa puesta con amor con los restos de lo que alguna vez completara el mundo.

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Con el conejo listo despues de quitarle el histo, para ayudar a cocinarlo me alisto. Mientras Joseph me cuenta que mi presencia le es algo inusual, pero no parece que lo vea mal y segun su explicación parece algo más normal.

-Bueno. Le ayudé a recolectar medicinas despues de todo, eso podría contar como gesto. Es una mujer muy agradable y especial, fue extraño llevarme también y sentirme como en casa con alguien tan rápido. Es como si fuera mi hermanita adorada de toda la vida y apenas me enterara hoy. Creo que esa es su magia-

Phoenix a buscar a Christel pronto subía y a solas con Joseph me veía, todo mientras en una olla el conejo metía. Una extraña pregunta de los labios del esposo salío, por lo que pronto mi persona lo vió, pero ninguna ofensa del sujeto no sintió.

-Diría que porque he tenido una idea de que hacer para mantenerme con vida, además de que siempre trato de pensar nuevas maneras extras para facilitar el seguir con vida y he tenido algo de suerte para no morir cuando he estado en aprietos también.-

Pronto hacia mi mochila caminaba y algo de su interior revelaba. -Monedas para distraer muertos, soga para subir o bajar de lugares, lamparas que se recargan con luz solar o a mano para cuando necesite luz con urgencia, cuaderno de notas y lápiz para dibujar un mapa de lugares grandes y confusos, un traje táctico con protecciones para protegerme en caso de mordidas, entre otros objetos útiles. Eso sin mencionar algunas habilidades de combate que desarrolle para poder ser guarda espaldas en su momento y algunos cursos de sobrevivencia a los que asistí. -

Pronto todo estuve guardando y a Joseph de nuevo estuve mirando -¿Y tú? ¿Por qué eres apto?-

El gato pronto la piel de conejo tomaba y a algun lado se la llevaba.  -Mmm. Si piensan curtir la piel y darle algun uso será mejor que recuperen la piel antes que se la coma el gato.-

Phoenix subío por Christel y la niña rubía se reveló, pero no me saludo. La niña pierna no tenía, a saber lo que a esta le pasaría...pero seguro que nadie aquí se la comería...Prácticamente frente a ella me tuve que parar para su atención tratar de atrapar. -Usted debes ser Christel. Mucho gusto yo soy Maximillian, encantado de conocerle.-

Una moneda en mis dedos pondría y frente a la niña la desaparecería, entonces de su oreja una pequeña flor sacaría.  -Espero te guste- Entonces la pequeña flor le fui a ofrecer mientras la mesa le termine


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