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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Ethan Blaker

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Looking for a way. || Phoenix - Sigismund

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Recuerdo del primer mensaje :

Looking for a way.
Norte de Atlanta — 10.08.2015 — Despejado y caluroso — En la mañana.
Hacía unos días tuvieron la fortuna de encontrar una casa rodante que los movió varios kilómetros hacia el norte. Naturalmente, el vehículo se quedó sin gasolina y tampoco había recursos en la zona para hacerlo andar. Buscaron en los alrededores toda la tarde del día anterior pero ninguno logró obtener gasolina de los autos. Joseph creía que era más falta de experiencia que falta de gasolina en los autos de la zona. Tras dormir y recomponer fuerzas, salió nuevamente para volver a intentarlo.

El único inconveniente del hombre era, como se solía relatar en la literatura antigua, su mujer. Tras encontrar unos patines de línea en el pueblo anterior no dejaba de insistir en que debían tener una actividad juntos que les despejara la mente. Ocurrencia sumamente inútil para el inglés. Aún así no se creía capaz de negar la propuesta, más sí de reprochar.

Phoenix. Ya te he mencionado que ésto es sumamente ridículo. ¡Es perder el tiempo!— Aún así se colocó los patines. Le quedaban ligeramente ajustados. Creo que mis niveles de dopamina, norepinefrina y serotonina son demasiado altos. Pensó ya que no era capaz de hacer que su cuerpo hiciera algo más lógico. No se juzgaba a sí mismo, aunque tendría que plantearse sus propias actitudes luego cuando tuviera un tiempo a solas. —Esto ni siquiera me queda.— Mostró que no podía cerrar los cordones. Aún así se puso de pié. Había andado en patines hacía años con la misma mujer, en teoría sabía cómo andar pero las circunstancias eran diferentes. Tampoco es que sea como andar en bicicleta. Con 1'83 metros era difícil mantener el equilibrio.

El suelo era de asfalto. Una ruta en medio de una zona con mucha vegetación que creció aleatoriamente tras el apocalipsis. El matrimonio, pese a parecer despreocupados, mantenían las armas consigo. Y más alertas de lo que parecían.

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Escucho la petición de indicaciones de Joseph M. Crowborough para localizar a su esposa, indicaciones que satisfactorio señalando la dirección por la que surgió Phoenix del bosque contestando a su comentario. Tomo un trapo sucio del suelo que hallo cercano a un auto y con tranquilidad, limpio la sangre de la hoja de la espada pasando el trapo por el acero. -Creo recordar que a dos kilometros hay un Motel con gasolinera. Vi la silueta de la zona cuando estaba en el bosque.- En aquel momento se alzo y poniendo los dedos en los labios, dio un silvido de aviso.

A los pocos segundos se vio el corcel de Sigismund galopar volviendo con el ser humano que le habia estado cuidando los ultimos dias y habia mostrado confianza digna. -Hacia donde os dirigis ? Norte, Sur o Oeste- Pregunto Sigis antes de montar al caballo envainando la espada en una vaina colgada de la propia silla de montar del corcel.

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Ahí estaba su esposa. No había sido víctima de la explosión como por un breve instante temió. Se acercó a ella, la observó, estaba completa y sin rasguños. Más aún, se encontraba ya haciendo ciertos reproches al General. Le hubiera gustado oír todo lo que decían, tanto su mujer como su compatriota. Algo captaba pero el pitido del oído se mantenía allí. Al acercarse el corcel, prefirió ver hacia otro sitio. Aún así, la sangre del mutante le había quitado un poco el apetito.

Sí, necesitamos gasolina para poder continuar nuestro camino. No nos dirigimos a ningún sitio en especial. Preferimos buscar la paz en este mundo hostil.— No estaba seguro de si lo que decía cabía de alguna forma en la conversación ya que había oído poco y no era tan bueno leyendo los labios. —Realmente necesito ayuda para quitarme esto.— Dijo a Phoenix haciendo referencia a los patines que aún estaban en sus pies. Quería quitárselos cuanto antes, cueste lo que cueste, para poder recuperar su movilidad natural. También vio de reojo el kukri en el suelo. Prefirió no acercarse a tomarlo, ya luego sin el impedimento de sus pies podría moverse con libertad.

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Un motel era una excelente opción en ese momento. Pensó que eso de despejar la zona iba a ser un trabajo arduo, pero podía llegar a tener sus frutos.

Mientras, los caminantes comenzaban a salir de entre la maleza, al igual que el caballo del veterano.

Tal vez lo mejor sea ir a hablar en otro sitio. Vamos, como dijo él, hacia donde el viento nos lleve. Aunque nos mantendremos en la zona de momento.

Observó a Joseph de reojo. No solía repetir lo que ella decía. Le extrañó que mencionara nuevamente lo de la gasolina. Pero más importante que eso, le pareció comenzar a quitarle el calzado a su esposo. Se agachó y comenzó a intentar quitarle los patines. No iba a escatimar en fuerza. Hizo toda la fuerza que pudieron sus delgados brazos y la adrenalina que sentía al saber que occisos comenzaban a acercarse. Sacó uno, luego, con cierta furia, quitó el otro. No sin reproches del hombre, claro está.

Ya está, no nos pondremos más patines por un tiempo. Será menor que nos movamos porque sino los muertos vivientes nos van a comer vivos. Y sería humillante que eso pasara después de acabar con un monstruo gigante. ¿Por dónde queda el motel?

Ya se estaba imaginando el camino hacia el motel. Un sitio totalmente saqueado, sin gasolina, con muchos occisos, no sabía si sería algo provechoso o una pérdida de tiempo y recursos. Luego tendría que hablarlo a solas con Joseph. A todo esto, había algo del anciano que no le gustaba a la asiática. No sabía qué era. O si era sólo la desconfianza usual a toda persona desconocida que se acerque.

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No perdió la vista de los No-Muertos, los cuales se aproximaban arrastrando sus pies con claros y evidentes signos de putrefacción. Sigismund creyó oportuno librarse de aquellas dos "molestias" y hizo que el corcel se acercara a ellos al tiempo que Sigismund desenvainaba la espada. Con mas fuerza que precisión, las cabezas podridas de aquellos combines acabaron partidas al tiempo que eran empujados hacia adelante o hacia atrás y derramando el interior de sus cabezas. Su corcel pronto recibió las instrucciones de volver a las cercanías de la pareja. -Dos o un kilómetro y medio creo calcular. Lo cierto es que no veía ningún movimiento en la zona. Ni vivo ni muerto. - Informo acariciando la crin del caballo el cual se detenía a comer algo de pasto que crecía entre el asfalto.  -Me habéis dicho vuestro apellido pero vuestro nombre ?- Pregunto pues Joseph los había presentado como la pareja Crowborough pero tendrían nombres para poder llamarlos de forma indicada y sin confusiones.

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La fuerza que Phoenix estaba demostrando para quitarle los odiosos patines era algo que no le cabía en el cuerpo al inglés. Cómo es que tiene tanta fuerza, pensó. Parecía que le estuviera tirando de los pies con rencor inclusive. Hizo gesto de estarse aguantando el dolor porque precisamente eso era lo que estaba haciendo. Le hubiese gustado mantenerse inmutable pero no fue posible. Tras unos tirones que dolían más de lo que hubiera esperado, se liberó del horrible calzado.

Muchas gracias.— La educación ante todo y más con su esposa. —Lamento el exabrupto.— Se disculpó con el general ya que no le parecía apropiado que aún estuviera lidiando con el entretenimiento de un matrimonio que no conocía de nada. —No es mucha distancia para recorrer hasta llegar al motel.— De a poco comenzaba a oír y se iba enterando de la situación. Más por contexto que por haber oído. Esperaba que sus tímpanos volvieran a la normalidad pronto. Eso de andar deduciendo la conversación no era algo que le resultara cómodo. Por el contrario, temía estar obviando algún sonido tan importante como amenazante. —Supongo que tal vez no haya mucho qué encontrar en una gasolinera.— Buscó en la mirada de su esposa una respuesta a su suposición, ya sea de acierto o fallo. Cabe recordar que Joseph recién sale al mundo exterior y se topa con el mundo infectado del virus-T.

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Pensó mucho en si debía presentarse o no. En parte dar información de sí misma le generaba mala sensación, desconfianza o inseguridad. Temía que utilicen su información para hacerle daño tanto a ella como a su esposo. También era consciente que estaba mal desconfiar tanto de todas las personas que se acercaban. Aparte, había un dejo de nobleza en el veterano británico. Se veía confiable. Pero la asiática no estaba preparada aún para una presentación más completa. Sí lo hacía le sentaba mal, no iba a hacerlo y también le daba pesar.

Lo lamento pero preferimos no dar mucha información nuestra. No por ahora. Tal vez más adelante.

Era difícil que ella confiara. Tenía sus razones, tuvo sus dificultades en el mundo donde sobrevivía el más fuerte. Aunque fuera en contra de sus principios, ella disparaba antes de presentarse. No fue el caso en ésta ocasión sólo por intervención de Joseph.

Seguro eres buena persona pero... Sabrás entender. Respecto al motel. Iremos. ¡Ruego por que haya gasolina!

Caminó hacia su kukri. Lo tomó del suelo donde lo había dejado su esposo. Y blandió el arma hacia un caminante que se acercaba. Le cortó la cabeza casi por completo, aunque quedó pegada al cuerpo. Parecía masticar aún en el suelo con el cuerpo inherente.

¿Y tú qué necesitas? Nosotros gasolina y la verdad que un montón de cosas. ¿Hay algo que estrés buscando? ¿O algo que necesites para él?

Vio al occiso que casi degolló y se persignó. Hizo lo mismo con la masa de monstruo. Phoenix siempre dedicaba los respetos a los muertos.

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-No pasa nada Señor Crowborough- Dijo Sigismund desde el caballo volviendo a limpiar la hoja y guardarla. Cuando consiga algo de alcohol tendría que limpiar la hoja desinfectando la. -La verdad Señora Crowborough. Compañia. Eso es lo que busco, la soledad es algo que un soldado se acostumbra pero no es buena a la larga. Un poco de charla y relaciones sociales iria bien. - Dijo emitiendo una sonrisa que segun algunos reclutas de cuando estaba en el ejercito, recordaba al clasico abuelo que apenas tiene amigos y trata a todos con familiaridad amistosa.

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Era la primera vez que veía a su esposa en presencia de un extraño en el ámbito del fin del mundo. La recordaba cortés y no tan reservada y cortante al momento de conocer personas nuevas. La observó un momento. ¿Acaso tendré que hacer lo mismo de ahora en adelante?, pensó. No sabía si su actitud de presentarse al principio había estado bien ahora que ella evitaba los detalles.

Más extraña fue la situación para Joseph al ver que, Phoenix no se había presentado y el General aún así buscaba compañía. De un lado se encontraba su mujer, reacia a las personas nuevas, y del otro un hombre mayor cansado de estar solo en la adversidad. Ninguno estaba errado, seguramente ambos buscarían el mismo objetivo, pero no se estaban coordinando sus intereses de momento.

Usted fue de mucha ayuda con esta bestia. Si desea puede guiarnos al motel y si no es molestia, ayudarnos a despejar la zona. La ayuda para limpiar lugares siempre será bienvenida.— Vio los ojos de su esposa dos veces mientras hablaba con el General. Temía el reproche silencioso. Aún así el hombre había sido de ayuda y bien podría serlo. —Si nos ayuda a despejar la zona, nosotros le prestaremos compañía por el tiempo que permanezcamos en el motel.— Pensó que sería un trato justo. El General ayudaría a despejar la zona a cambio de compañía y buena voluntad del matrimonio, ellos obtendrían gasolina y un sitio donde pasar algunos días.

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La conversación era amable pero Phoenix tenía más cosas en las cuales pensar. Había cuatro caminantes lo suficientemente cerca como para que dejar de centrarse en los dos hombres hablando. Tomó su kukri y se acercó lentamente a uno. Observó a Joseph cuando éste la miró para comprobar si estaba de acuerdo o no respecto a la compañía del anciano. Por su parte, le hubiese gustado no incorporar a nadie al grupo, ni aunque fuera de forma momentánea. Pero no dijo nada. Dejaría cometer a su esposo sus propios errores.

Blandió el kukri sobre el cráneo de un caminante, el más cercano. Luego del que continuaba. Odiaba el crujir del cráneo. Tampoco le gustaba la masa marrón que salía de los ojos. Los occisos apestaban. Todo el sitio seguía apestando y mucho más que cuando surgió el monstruo gigante. Contempló un momento los restos del horroroso ser. Toda la entrepierna hasta las costillas se habían roto. El resto también pero aún mantenía la forma. Era sumamente desagradable.

Mejor nos largamos de éste lugar, muchachos.

No tenía ganas de permanecer allí. Quería ya ir en marcha al motel. Observó al hombre, esperando que los guía en la dirección correcta. Y ante cualquier emboscada o movimiento extraño, y por más militar que haya sido, no dudaría en disparar su virote. La hostilidad en los ojos de la asiática era palpable y latente.

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Sigismund aun montado en su corcel asintió ante lo que pareció una petición de ayuda camuflado en la aceptación de su oferta. Sigismund comenzó un trote hacia la dirección señalada. Se adelanto pero procuraba quedar a la vista aunque sea con una distancia de unos cientos de metros. La parada de servicio se componía de una gasolinera en un lado de la carretera y al otro un edificio motel que se componía de dos pisos. En mitad de la carretera vio dos zombies que se dirigían a el dispuestos a darle una bienvenida a mordiscos. Pero estos no tuvieron tiempo pues pronto fueron embestidos por el corcel de Sigismund al tiempo que este lanzaba un corte dirección sus cabezas dando igual si las decapitaba o solo las abría. El objetivo era matarlos. Aguardo a que la pareja llegase hasta su altura para seguir adentrándose. -A juzgar por los dos zombies y las ventanas, puede que halla algunos zombies atrapados dentro del motel... clientes que fueron infectados y se refugiaron ahi- Si se observaba las ventanas del motel se veía manchas de sangre desde dentro salpicado en los cristales dando ya una impresión de la suerte de los turistas refugiados.

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El trato se había cerrado satisfactoriamente. Phoenix había accedido, pese a las probabilidades que barajaba Joseph. Había pensado que ella se opondría de algún modo. Desconocía el motivo por el cual había aceptado sin reproche. Supuso entonces que tal vez realmente deseaba alejarse de ese claro en la carretera tupida por la vegetación.

Caminó, siguiendo al su coterráneo. Caminaba en silencio, esperando que ninguna otra sorpresa se presentara hasta llegar al motel. Pudo ver entonces, a la distancia, que ya se estaban acercando. Contempló el semblante de su esposa sin decir nada. Él, por su parte, se mantenía serio e imperturbable. Lo que le molestaba era estar caminando en calcetines. También tuvo tiempo para meditar sobre lo sucedido. Eso de caerse al suelo y dejar que se le cayera el kukri no había estado bien y tenía que corregirlo. Debía con urgencia aumentar su capacidad de autodefensa. De lo contrario se podría considerar como hombre muerto.

Seguramente.— No dijo mucho. Había despejado algunas zonas con su esposa, pero nunca un sitio que ya tuviera errantes alrededor. Observó su puño de acero y notó que con un buen golpe en la quijada no lograría tumbar a un muerto. Buscó a su alrededor. En el suelo, a media distancia cerca de unos botes de basura, había un bate de madera usado. Lo tomó y se dispuso a despejar el lugar. —¿Por dónde empezamos? Yo diría que nos mantengamos juntos, que primero despejemos los alrededores y luego entremos al motel. Mientras tanto, las máquinas esas de comida chatarra pueden tener algo aún.— Era el primer lugar público que despejaría. Estaba nervioso y tenía grandes expectativas.

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Caminó velozmente para alejarse del lugar. Antes de irse tomó sus pertenencias, eran dos mochilas, una la entregó a Joseph y otra la llevó consigo. Salem, su gato, también fue caminando a paso firme a su lado. La casa rodante que pocos kilómetros había aguantado, quedó allí. La cerró herméticamente antes de marcharse. No quería que nadie entrase allí ya que aún tenía algunos objetos valiosos.

La caminata fue silenciosa. Lo agradeció. No le gustaba hablar con extraños. Observó a su esposo en más de una ocasión. Parecía estar ligeramente nervioso. Por su parte, mantuvo la ballesta cargada por si surgía algún inconveniente.

Hay por fuera y por dentro.

Escuchó con atención al científico. Frunció el ceño. No estaba muy de acuerdo con su plan. Mantenerse juntos estaba bien en lugares cerrados donde de cualquier sitio podía uno ser sorprendido por un atacante. Pero en exteriores todo era más sencillo. No había sorpresas.

Yo diría que mejor nos dividamos. O al menos Sigismund que vaya por su cuenta. — Vio al señor del caballo. — Si sobreviviste solo entonces ésto será pan comido para ti. Tú despeja afuera, nosotros adentro.

No había más tiempo que perder. Caminó con firmeza hasta la entrada del motel. Abrió la puerta, la cual se quedó en su mano y tuvo que sostenerla para que no cayera. La apoyó a un costado. Era la recepción. Rebuscó detrás del mostrador. Había un cadáver que se había suicidado con un disparo en la cabeza. Por fortuna, el revolver usado aún se encontraba allí. Lo tomó y comprobó el tambor.

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Sigismund escucho la opinión y noto la hostilidad que la asiática tenia con el. Cierto era que su hostilidad era razonable a la situación, pero Sigismund comenzaba a estar molesto debido su actitud con el. Mordiéndose la lengua, Sigismund desmonto y dejo que su corcel en la entrada, comiendo pasto que había en el suelo. Sigismund camino hasta que una serie de golpes le hizo observar un autobús. Estaba a rebosar de zombies. Un silbido salio de los labios de Sigismund. -Vaya... viajecito... Peor que una película gore.- Penso dudando de si abrir y tratar de matarlos el solo o llamar a los demás. Los zombies aun no se habían dado cuenta de su presencia debido a la sangre que manchaba los cristales.




Dado de cuantos infectados halla Sigismund.

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Hizo caso a Phoenix. Hacía unos siglos eran los hombres los que tenían la última palabra. En las últimas décadas la sociedad había cambiado de sobremanera y le tocaba vivir en equidad. Algo que le agradaba porque siembre era bueno oír la voz de su esposa diciendo con sinceridad sus pensamientos. Pero a la vez temía que se metiera en problemas por su carácter fuerte. Le hubiese gustado tener la responsabilidad completa sobre sus hombros en esa situación concreta.

Dio un último vistazo al General antes de entrar en el hall del motel. Vio a Phoenix encontrar el revolver. Por su parte sólo se quedó de pié, observando a su alrededor. Era el primer lugar que iba a despejar. Estaba nervioso. Sostuvo con firmeza el puño de acero, dispuesto a romper cráneos de ser necesario. Aunque de sólo pensarlo ya le comenzaba a dar escalofríos. No es que le temiera a los errantes, sino que detestaba ensuciarse las manos.

No te fías de él, según veo. ¿Hay algo concreto que hayas visto para sacar esa conclusión? Porque por mi parte creo que dice la verdad. No cualquier persona se acerca a la realeza, deben cumplir muchos requisitos, no es sencillo.— Se adentró en el pasillo. Estaba despejado. Había señales de lucha, se veían marcas en las paredes, mucha sangre seca en el suelo. La flora se había colado en los cimientos y surgía del suelo, abriéndose lugar. —No digo que forme parte de nuestro grupo. Pero tampoco creo que nos convenga que se moleste... Los guardias reales no se molestan pero recordemos que ha dejado de serlo hace mucho tiempo.— Abrió una puerta, era la sala de descanso del recepcionista y seguramente del resto de los empleados del motel. —Si me lo explicas, te entenderé.

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Había 5 balas dentro. Observó a Joseph. Se veía perturbado. Desde dentro observó cómo el hombre mayor se dirigía hacia un vehículo. Frunció el ceño, creyó que eran demasiados caminantes para un solo hombre. Se encogió de hombros y dejó que el anciano se ocupara de sus asuntos mientras ella se ocupaba de los suyos.

La tensión de su esposo era palpable. Sonrió al verlo así. También escuchó con atención sus palabras. Mantuvo el revolver en su mano mientras iba hacia el pasillo y observaba la primera habitación. Parecía que las personas en ese lugar habían huido despavoridas, tirando todo a su paso.

He aprendido a no confiar en las personas. Esta realidad creó buenos actores, se ven como buenas personas pero luego hacen vejaciones inimaginables. No dudo que en su momento haya sido un hombre honorable....

Hizo una pausa para acercarse a Joseph y tomarlo del brazo, así oiría con atención sus palabras.

... Desde la pandemia las personas se transformaron. Incluso yo soy diferente. Tú estuviste encerrado mucho tiempo. A pesar de ese problema que tienes, sigues siendo exactamente el mismo. Ya te acostumbrarás a tener los ojos en la espalda.

Le besó un brazo y continuó caminando. ¿Por qué el brazo? Porque hasta ahí llegaba ya que la diferencia de estatura entre ambos era más que notoria.

Revisaron toda la planta baja. Había caminantes, en su mayoría tenían lesiones graves en el cuerpo, lo que les dificultaba la movilidad. Con el kukri se deshizo de la mayoría, Joseph se encargó del resto. Aún así el hedor del lugar era intenso. Molesto para la asiática. No tanto como la bestia que habían asesinado, pero no sería un sitio cómodo. Quedaba aún el primer piso por revisar. Se subía por la parte exterior del motel. Salió, esperando encontrarse con el hombre mayor.

Phoenix se veía sucia. Su remera tenía sangre seca y algunos gusanos propios de los occisos. El kukri se encontraba sucio también, no tenía con qué limpiarlo de momento. Y el revolver encontrado se encontraba descargado, en su cintura.

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Sigismund se mantuvo unos segundos sopesando ideas para eliminar a los No Muertos, pero la mayoría acababan con el abrumado por el ingente numero. Sus ojos observaron su alrededor y se le ocurrió una idea. Desenvaino la espada larga y golpeo el cristal de la puerta del autobus quebrando lo. Dos zombies se acercaron atraídos por el sonido, pero su falta de coordinación hizo que se tropezase y cayese de frente contra la puerta y sacase la cabeza por el cristal roto. Sigis se limito a apuñalar la cabeza saliente para luego pasando el arma por la ventanilla estrecha pero alargada hizo lo mismo con el No-Muerto  que se había acercado. Dos Muertos.

Los siguientes que se acercaron fueron tres. Sigis apretó un botón conectado al mecanismo de apertura, los zombies se abalanzaron contra Sigis pero se tropezaron y cayeron al suelo sin tiempo suficiente a levantarse antes de recibir la fría hoja de acero del Británico. Cinco Muertos. Ya entonces salieron los que quedaban. Solo le dio tiempo a matar a dos mediante un golpe lateral que corto las cabezas a la altura de los ojos. Los otros tres se acercaron con ansia hambrienta y homicida. Su movilidad reducida permitía a Sigis combatirlos con relativa facilidad, la única dificultad fue cuando uno le atrapo la pierna y casi le muerde esta de no ser porque mordió el acero de la espada que con fuerza corto su cabeza debido a la podredumbre que era similar a cortar una fruta podrida y blanda.

Tras despejar el autobús, Sigismund dio un rodeo por el lugar sin detectar ninguna amenaza mas. Por lo que decidió volver con la pareja. Al entrar en el interior del recinto del Motel, vio una piscina, el agua estaba sucia y era obvio su nivel de potabilidad. Se acerco a una de las puertas de suits y golpeo la puerta un par de veces con el hombro logrando abrirla. Al revisar el interior hallo un botiquín que estaba ya vació a excepción de unas gotas de alcohol y un vendaje ya sucio, aun así Sigismund baño el vendaje con gotas de alcohol y limpio la hoja de la espada  haciendo que recobre el brillo acostumbrado. No tardo demasiado en hallar a la Señora tras salir de la Suit. -Despejado el exterior de la zona.- Informo al tiempo que envainaba la espada en la funda de cuero, con la costumbre de quien ha adoptado la posición mas veces, puso la mano sobre el pomo de la espada. La posición recordaba a la de un oficial de los Ejércitos Británicos de la época de los Casacas Rojas u incluso un caballero medieval. Solo le faltaba el uniforme o la armadura.

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Las palabras de su esposa tenían sentido. No se había dedicado un momento para plantearse la realidad actual. Más que nada en el aspecto social. Los seres humanos pocas veces fueron buenos para ponerse de acuerdo. Solo los de alto intelecto podían coordinarse. Pensó un instante entonces. La experiencia de Phoenix era la única prueba de la que disponía. Debía confiar ciegamente en ella, le parecía prudente.

Vio al General llegar. Observó que, efectivamente, no había amenazas fuera. Las habilidades que él tenía podían ser beneficiosas o prejudiciales. Era complicado decidir. Quería evitar los riesgos de momento.

Le agradezco la ayuda. Y lamento el momento que pasamos con la mutación que nos atacó hace unos momentos.— Temía ofender al hombre con lo que diría a continuación. No porque le importen los sentimientos ajenos, sino porque este sabía muy bien cómo usar esa espada y la vida de su esposa y de sí mismo podría ponerse en riesgo. Aún así confiaba en que alguien en el ámbito de la realeza fuera lo suficientemente estable a nivel mental como para jamás hacer daño a menos que sea estrictamente necesario. —Dadas las circunstancias, nos quedaremos aquí realizando nuestros quehaceres. No le quitaremos más tiempo. Le agradezco la ayuda.— Extendió su diestra para dar un apretón de manos cordial de despedida.

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Tomó un momento para meditar en el montón de cosas que podría encontrar en la despensa del motel. Le hacía ilusión encontrar shampoo, jabón de tocador, toallas, suaves sábanas, almohadas que no estén enmohecidas. Tal vez algunos elementos de higiene femenina. El lugar estaba saqueado, pero esperaba poder encontrar algo útil aún así.

Sabes...

Iba a hablar con su esposo nuevamente cuando el hombre mayor se hizo presente. Lo observó. En su interior continuaba sintiendo aquella contrariedad de si confiar o no. Sabía que había personas, algunas puramente buenas, otras puramente malas, y otras más normales que tenían sus pro y sus contras. No estaba dispuesta a correr riesgos. Eso le sentaba mal de sí misma.

Atendió a las palabras de Joseph. Era evidente que había logrado interpretar muy bien lo que le había dicho y toda su expresión corporal, algo con lo que había luchado por muchos años. Sonrió de lado, intentando que no se notara su alegría. No, no es que quisiera alejar al anciano. Estaba feliz de que Joseph por fin pudiera comprender sus palabras, por más abstractas que fueran.

La verdad es que estamos acostumbrados a viajar solos. Seguramente tu también viajas solo. Conoces los riesgos. Inclusive, sería muy arriesgado que confíes en nosotros.

Acotó al hombre canoso. Fue amable, a diferencia de su esposo que había parecido más bien cortante, al menos a su criterio había sido un poco tosco y directo.

Siempre es difícil conocer nuevas personas. ¿No crees? El mundo está muy loco y es peligroso...

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Sigismund observo como el hombre le hablaba. Sigismund lo observo con cierta neutralidad hasta que le tendió la mano, su expresión se relajo. -No controla la fauna local... No hay nada que disculpar.- Dijo con tranquilidad antes de escuchar a la esposa hablar. Ella al principio era la mas "hostil" pero aprecia que los papeles se habían intercambiado. Por lo que apretó la mano del hombre antes de contestar a la mujer. -Señora. He atravesado el Atlántico y he sido testigo de la decadencia del ser humano. De como la civilización volvía a sus orígenes y como se creaban Señores de la Guerra y estos eran devorados por las hordas No-muertas. Lo que puedo decirle es que la locura es parte del genoma humano al igual que la peligrosidad. Pero en mi opinión...- pensó las palabras que dar y se permitió sonreír. -Solo la confianza podría forjar algo.- Dijo antes de dar un paso hacia atrás. -Si no le es molestia. Me quedare esta noche aquí para descansar. - Informo antes de ir direccion las escaleras.

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