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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Hay heridas que no sanan nunca [LIBRE]

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Hay heridas que no sanan nunca

08/05/16 ♦ Cementerio de Lone Oak ♦ Al amanecer, algo húmedo ♦ B.S.O. ♦
♦ Continuación de... La Herida ♦

Había dejado que pasara toda la noche. Seguramente Gilbert y los demás estarían preocupados, pues mi plan era volver, antes de que anocheciese, a bordo de un camión forestal nuevecito para poder comenzar con el transplante de chatarra. No quería que se procuparan. Sabía que debía levantarme y ponerme en marcha, terminar con el plan o, al menos, montar en la bicicleta y volver al campamento cuanto antes, pero estaba completamente paralizada, congelada, incapaz de mover un músculo o articular palabra.

Una parte de mí pensaba "Bueno, no es tan malo, al menos ha pasado ya la noche que es la parte más peligrosa, no creo que haya problema en aguantar un poco más... un poquito más." y mi cuerpo solo se rendía a esa sensación, a pesar de que sabía perfectamente que dejarme abandonada aquí, en mitad de la nada, era resignarme a morir.

Conforme la luz del sol comenzaba a penetrar tímida las copas de los árboles me hacía más consciente de que era el momento de ponerme en marcha, y sin embargo, no podía apartar la mirada del pequeño montículo de tierra fresca, recién excavado, un poco húmedo por el rocío de la noche, hacía que el penetrante olor de la tierra mojada inundase mis fosas nasales y me recordaba, constantemente, que lo que había debajo era obra mía. En esos instantes un profundo terror y asco se apoderaba de mí, acentuando la parálisis con sorna, "No, no... por más que quieras no vas a moverte de aquí. ¡Observa lo que has hecho y cumple tu penitencia!". Estaba presa de mí, del horror de lo que había tenido que hacer, del horror de lo que había hecho, y seguramente ahí me quedaría.

Escuché el murmullo en unos arbustos, a una veintena de metros de distancia, ¿quizá eran menos metros? Y al poco pude ver, por el rabillo del ojo, la imagen que siempre solía proseguir a esos ruidos descuidados. Un cadáver andante, de esos que siempre vagan hambrientos por el mundo. Daba igual género, edad, vestimenta... Solo era carne muerta y ansiosa de carne viva, que iba sembrando el mal y la muerte allí por donde pasaba, dirigéndose hacia mí. Y yo sabía perfectamente lo que tenía que hacer: luchar o huir, pero estaba completa, terrible e irremediablemente paralizada por el horror.

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Aquella noche apenas había podido conciliar el sueño, así que retomó su camino bastante antes de que los primeros rayos del alba pudieran acariciar su piel. La humedad del ambiente se sentía pegajosa y eso no le agradaba en absoluto, pero es lo que tenía dormir al aire libre en mitad del apocalipsis. Había sobrevivido un año sola y eso ya era mucho. Agradecía cada día no tener que verle la cara a Mason, pero sabía que si la Sra. Williams la encontraba, la mataría, o algo peor. Así que no había dejado de moverse de un lugar a otro. En parte por eso, en parte por su recién descubierto instinto explorador.

El mundo era una trampa mortal, pero eso no lo hacía menos maravilloso. Estaba sola, sí. Pero la mayoría del tiempo, la soledad era la caricia más reconfortante. Se había acostumbrado a la banda sonora que acompañaba al fin del mundo, al constante gruñir de los muertos.

Y a pesar de ser joven y gozar de una vitalidad que de no ser por el apocalipsis habría tenido que desaprovechar en innumerables fiestas universitarias, andar hacia todas partes empezaba a resultar bastante tedioso y cansado. Había conseguido hacerse con algún que otro coche, pero no solía salir bien. Conducir no era su fuerte, así que acababa estampándolo contra algo o el azaroso destino se lo quitaba de las manos.—"Debería plantearme conseguir un maldito coche..."—Pensó mientras caminaba entre los matojos del poco cuidado cementerio de Lone Oak.—"¿Cómo he acabado metiéndome aquí?"—Se maldijo mirando a su alrededor.

El murmullo de la música llena de gruñidos de caminantes volvía a oírse no muy lejos de donde ella se encontraba. Prefería poder escucharlos, cuando había demasiado silencio, podías bajar la guardia y eso no era bueno. Caminó con cautela, pues aunque en ocasiones tomase decisiones arriesgadas, solía cuidar bien de sí misma.

Anduvo un rato, cuchillo en mano y pisando tierra firme para no hacer ruido. Vio entonces un brillo metálico entre los árboles.—"Una bicicleta"—Sonrió al darse cuenta de que ese vehículo podía ser bastante más seguro para ella, ¿sería su día se suerte? Se dirigió hacia ella pero algo la hizo detener sus pasos. Había una persona en el suelo. Una mujer. Si. Parecía una mujer. Se preguntó si estaría viva, o si sería la dueña de lo que había planeado que fuese su botín.—"Un caminante"—Su cerebro le llamó la atención, un caminante se dirigía hacia la mujer. Por un momento se planteó esperar, quedarse allí observando y ver qué pasaba, pero no pudo. Chasqueó la lengua y se irguió, saltando desde su escondrijo entre los matorrales para acortar con rapidez la distancia que la separaba del zombie que se aproximaba. Lo agarró por el cuello de la camisa que llevaba y clavó con rapidez el cuchillo en su ojo derecho, bien profundo hasta que este dejó de moverse. Luego lo soltó y se giró hacia la mujer que yacía tumbada en el suelo, instintivamente tomó el revolver que llevaba guardado y apuntó a la mujer, debía ser cautelosa, pues ella no se fiaba de nadie y nadie debía fiarse de ella.

¿Puedes moverte?—Inquirió guardando el cuchillo para poder colocar ambas manos sobre el revólver. No quería matarla, ni mucho menos, pero si quería controlar la situación. El cuchillo era bueno para los caminantes, pero a los humanos siempre les asustaba más una pistola. Echó un vistazo rápido a su alrededor para asegurarse de que no había otro caminante cerca y luego volvió a mirar a la mujer.

Spoiler:
OFF ROL: Si necesitas que cambie algo o cualquier cosa, tell me. PD: Siento la tardanza, se me hizo tarde hoy.
Vestimenta:
Va vestida así, sin la plaquita, ni las esposas, obviamente xD. Y lleva encima una chaqueta marroncita, que te la pongo abajo.OUTFIT
Chaqueta

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Luchar o huir, pero seguía incapaz de moverme. Contemplé como el zombie seguía acercándose, preguntándome cuánto tiempo más tardaría en reaccionar y actuar mecánicamente para neutralizar la amenaza, sin embargo, antes de que tuviera tiempo de comenzar la respuesta un segundo murmullo entre los arbustos me sorprendió. La primera intuición era que se trataría de algún acompañante de mi nuevo y putrefacto amigo, pero por sorpresa, la figura que salió de entre los matorrales se movía con mucha más agilidad y determinación que la que, por defecto, solía tener un muerto.

Era una chica, ¿cuántos años tendría? Quizá una veintena, quizá menos... lo cierto es que era difícil decirlo, pues este mundo extraño y cruel hacía que todo el mundo creciera antes de tiempo. "Aunque también había quienes no llegaban a crecer nunca...", pensé un momento echando un vistazo a la tumba recién excavada por el rabillo del ojo.

Contemplé impasible como aquella joven se deshacía del muerto. El cabello ensortijado y oscuro se agitaba al compás de los movimientos precisos para dar muerte al caminante, y entonces, tras haber matado por segunda vez a aquella infeliz criatura, se acercó a mí sacando un arma. Me habló, pero su voz sonaba muy lejana, no estaba segura de comprender bien el mensaje porque era como si estuviese separada de ella por kilómetros de distancia, aunque sabía perfectamente que estaba a pocos metros de mí.

Por un instante, la figura de esa muchacha desconocida que, ahora me apuntaba con un arma, me devolvió el recuerdo de mi hermana. ¿Dónde estaría? ¿Seguiría viva? ¿Vagabundearía también ella por el mundo apuntando a desconocidos con un revólver? Sentía que desde el principio me había rendido con ella, aunque si bien era cierto que las posibilidades eran prácticamente nulas, ahora me odiaba aún más por ello.

-Si vas a dispararme no tardes mucho en hacerlo,- Hablé y mi propia voz sonó igual de lejana que la de aquella chica. -puede que vengan más muertos y no deberías distraerte.

Mi voz seguía sin sonar como propia, no estaba muy segura de estar ni siquiera gesticulando al hablar. Sabía que esa frase ya la había escuchado hacía mucho tiempo, en boca de otra persona. Fue en una gasolinera de mala muerte, cuando aquel roquero yonkie, que después se convirtió en aliado, apuntó a Gilbert con su revólver. Pestañeé mientras seguía contemplando a la desconocida, al tiempo que permanecía a la espera de escuchar más murmullos entre los arbustos del cementerio.

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—"Últimamente solo encuentro gente a la que le importa una mierda su vida".—Se dijo mentalmente mientras la observaba. Pero ella no era quién para hablar de eso, pues su vida no le importaba tanto como el hecho de hacer que cada día mereciese la pena. Total, el mundo ya estaba hecho una mierda y siendo niña había frikeado al respecto con muchas historias apocalípticas, nunca salían bien, todo el mundo moría, menos los protagonistas y hasta a ellos los mataban por exigencias del guion. Pero ella no era ni siquiera un figurante. Estaba allí, sobreviviendo a pesar de que no le quedaba ni una pizca de ilusión. Esperaba que patearse el mundo le hiciera sentir algo, le hiciera ilusionarse, querer vivir. Pero eso parecía mucho más complicado que mantenerse viva, lo cual, de por sí, era un reto. Y ahora se había topado con, lo que por su ropa, parecía una especie de bombera mata Zetas. Echó un vistazo a los lados, de momento estaban seguras.

A Luanna no le agradaba ayudar a extraños, pero siempre se le formaba un nudo entre la garganta y el vientre que le recordaba las palabras de su fallecido padre.—"Lu, a veces tenemos las herramientas adecuadas para hacer a alguien feliz, ¿por qué no usarlas?"—Bufó, su padre siempre tenía alguna perlita de sabiduría que tocaba todas sus teclas mentales. Pero él ya no estaba, esa sabiduría no le sirvió para nada. Nadie te ayuda gratis. Esa parecía una regla esencial y no formulada. Pero ahora debía actuar, vacilar jugaba en su contra, ya se encargaría de cobrárselo al destino.

¿Quieres ayuda o no?—Inquirió con su habitual tono marcado por el lado más borde de su personalidad.—¿Estás herida?

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