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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Segundas Oportunidades | Scott Harker.

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Segundas Oportunidades | Scott Harker. 098

Penitenciaría Administrativa de Máxima Seguridad
Colorado, EE.UU (2012)
.


“La cloaca” como le llamarían algunos, el rincón de remordimientos que acuna a los malaventurados que no gozan siquiera de una pizca de sol. El hacinamiento que se vive día a día es inhumano, incluso para aquellos que han faltado a la sociedad que los castiga, no se condice ni siquiera con las mínimas condiciones de dignidad para sus deudores, mientras que el sistema imperante no hace más que descomponer al ser humano a punta de fierro, lo enloquece, lo desquicia, lo perturba, lo enferma y por último, lo mata. Como en el caso de Steve, quien apenas la semana pasada había decidido terminar sus vacaciones dentro del recinto y colgarse cual adorno navideño con una sábana enroscada en su cuello al interior de su celda.

El confinamiento era pesado, los reclusos eran obligados a pasar a lo menos 20 horas al interior de sus celdas construidas enteramente de hormigón y por si fuera poco, el espacio era reducido a 3,5 m aproximadamente por habitación, como si se tratase de una caja de zapatos. Las paredes para evitar alguna clase de comunicación también estaban insonorizadas, censurando toda clase de sonidos desde el exterior y viceversa, convirtiendo la estructura casi en un hospital psiquiátrico.

La comida, Blackwell.—Exclamó la voz de uno de los oficiales al exterior de la puerta de acero mientras golpeteaba la rejilla con el borde de su porra, llamando la atención de la mujer dentro de la celda. Inmediatamente después, el mismo hombre ingresó en conjunto a un carrito cargado de alimentos y utensilios plásticos, depositando el suministro correspondiente al pie de la cama, mientras otro de los oficiales esperaba impaciente tras el umbral de la puerta.

No tengo hambre—Respondió la mujer de forma seca hacia el oficial, quien correspondiendo respondió.—No me interesa si te lo comes, si lo cagas o lo que sea, solo sigue el protocolo.—Acotó mientras volvía a cerrar la puerta tras de sí, azotándola contra el marco.

Alexia parecía perdida entre la litera y la ventanilla obturada por barrotes gruesos que no era más que una simple simulación de lo que sería una vista plena hacia el exterior, donde ella por momentos intentaba hacerse una idea de lo que habría más allá de esas paredes, aunque no esperaba demasiado.Tal vez ver el brillo color ceniza del lomo de voraces guarenes, que en manadas, entraban y salían desde el interior de contenedores cubiertos de desperdicios, o algún niño con una sandalia floja desde la goma del elástico, corriendo entre la humareda de polvo que levantaban sus propios pasos mientras seguía empeñado el rumbo de una pelota gastada. En sus actuales circunstancias, no podía imaginarse algo más allá de lo que ya había visto en sus misiones en Siria, tampoco podía contemplar su presente ni mucho menos prever el curso de su futuro, ésto último era algo que le causaba ansiedad, por lo que pasaba sus tardes desgastando sus nudillos contra el cemento como alguna forma de evitar indagar sus adentros y terminar perdiéndose en un mar de dudas de las cuales ni ella podría responder.

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Noche de lluvia, ánimos caldeados y claro de luna sobre la madriguera de la escoria humana que se erigía entre los imponentes valles rurales que caracterizaban Colorado y naturalmente le amurallaban. El timbre de la compuerta principal resuena cuando esta se abre como una cortina de acero; los ladridos de los perros guardianes reciben, más no le dan precisamente la bienvenida a una ambulancia. Ese carrusel de la muerte que rara vez pasaba por el lugar, y cuando lo hacía, inquietaba a todos por ser el portavoz predilecto de las malas noticias.

Y en efecto, así era. Corrían tiempos aciagos... incluso para aquellos que ya vivían expiando sus pecados en tan infame purgatorio terrenal.

La voz del noticiero hacía cuenta de ello narrando el décimo tercer informe del día sobre la nueva crisis nacional que amenazaba con destruir la estabilidad del país norteamericano: una escabrosa y desconocida plaga que se expandía desenfrenadamente por todos los estados. En el reporte se anunciaban también nuevas medidas del gobierno, entre las cuales se incluían visitas a domicilio de personal sanitario para mantener controles preventivos. Y mientras todo aquél aparataje narrativo ambientaba, sino magnificaba, la desesperanza que se olía en los ínfimos pasillos a través de algunos televisores repartidos por todo el complejo carcelario, una serie de pasos irónicamente calmos y acompañados de un silbido armonioso como el de un ruiseñor, dejaban su insondable eco como el rastro de la travesía que era adentrarse cada vez más en las entrañas de aquella jaula de cemento.

El trayecto encuentra su fin en el pabellón de reos. Parecía tratarse de un grupo de visitantes inesperados... Los mismos que anunciaban en la cadena televisiva. Hombres trajeados en indumentarias de peligro biológico y mascarillas, portadores de sofisticados equipos científicos y guiados por los respectivos custodios, quienes uno a uno abrían las celdas sin anunciar consignas ni pantomimas de derechos humanos a sus reclusos, limitándose únicamente a hacer un tanteo entre colchones, ropas y cualquier lugar de los habitáculos en que se pudiera ocultar cualquier objeto punzocortante o potencialmente peligroso.

¡Los quiero a todos pegados contra la pared! ¡Toca parte médico! —Anunciaba las directrices el encargado del turno de patrullaje en aquella ocasión.

A la última celda, sin embargo, entró uno de estos presuntos especialistas de la salud. Particularmente aquél al que le gustaba emular las grandes obras de la música clásica con su silbido. —Buenas, señorita... ¿Blackwell? —Repasó el nombre al vistear una amplia lista de nombres tachados—. Está muy delgada, vaya... —Añadió con un tono de lamento después de echar un reojo a la cena intacta, fría a esas alturas, probablemente. Ello y las ojeras ajenas revelaban más que mil palabras sobre el precario modus vivendi y los posibles desvelos a los que los reclusos, como ella, se sometían para no ser degollados por otros de su misma condición en un momento de descuido.

Son porquería, doc —El guardia que tenía detrás, y vigilaba en todo momento, interrumpió—. Ya hacemos demasiado con mantenerlos vivos y con cinco comidas al día.

Terminaremos en unos minutos, oficial. Gracias por su... "amabilidad" —Le bastaría la diplomacia para deshacerse del vigilante y continuar su charla con formas más holgadas y un tacto más humano, según demostraba pensar él—. Qué pesados, ¿eh? Debe ser difícil para una mujer sobrevivir en un mundo como este, hecho por hombres y para hombres. No imagino lo que habrás hecho para acabar aquí...

La irregular velada nocturna y el proceso de cateo parecía estar alargándose más de la cuenta, y con ello, también la conversación que buscaba generar aquél sujeto cuya identidad se ocultaba detrás de la mascarilla. Lo que era fácil de discernir es que era joven. Joven como la propia reclusa a la que en ese mismo momento le tomaba muestras de sangre y miraba a los ojos como si a través de aquél gesto estuviese esperando alguna respuesta en particular.



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Habrían pasado por lo menos 2 horas desde la última vez que la compuerta de una de las últimas celdas se habría abierto, donde aún se resguardaba la fémina como un ave recién nacida, presa en su nido con el miedo de que si saltase perdería algo más que una simple pata. Su rostro palidecía bajo la luz tenue de la lámpara que parecía acentuar su dramatismo, mientras que mantenía una expresión seria, con sus cejas fruncidas y la boca que parecía dibujada por una línea que le atravesaba la cara. Apenas pudo escuchar la advertencia proveniente desde el pasillo, viró casi por instinto en dirección a una de las paredes del fondo, donde recargó el peso de sus palmas por sobre el ladrillo que no hacía más que enfriarlas al tacto. Su cuerpo por el contrario, rechazaba dicha postura endeble, comenzando a tener movimientos involuntarios como lo sería su pie, que parecía marcar el tiempo de espera por cada golpeteo que realizaba contra el suelo casi al compás de su agobio. Decidida a acabar con aquella ansiedad que le provocaba el desasosiego del momento, pisoteaba su pie inquieto con la intención de acallar el segundero en que lo había transformado, presionando cada vez más con la suela de su zapato sobre sus pequeños dedos.

Como si se tratase de un remezón, las ideas de la mujer que antes estaban dispersas en la misma habitación aterrizaron casi de golpe dentro de sus zapatos, plantándole los pies a la tierra al escuchar su nombre desde otra boca, como si hubiese percibido la vibración del aire dibujando cada letra, percatandose de la presencia de un tercero en el lugar. Se trataba de un hombre cuyo rostro poco y nada se podría describir debido a la mascarilla que entallaba apenas lo que sería el furtivo rastro de su nariz y el margen de sus labios. Su traje aparentaba más bien un saco de nailon gigante que de alguna u otra manera parecía mantenerlo “a salvo” de cualquier tipo de bacteria, cosa que alteraba la monotonía de la presentación y los atuendos cotidianos dentro de aquellos muros.

Tranquilo Doc, no soy radioactiva..—Comentaba la mujer con cierto toque humorístico como si ni el paso del tiempo hubiese podido borrar la sátira de la que ésta gozaba.

El olor a tierra húmeda llegaba desde alguna parte, probablemente desde los zapatos de aquel uniformado anunciando la lluvia que habría afuera, sumándole al hecho de que aún unas gotas de agua se deslizaban sobre sus hombros, dando un claro indicio del paso de la lluvia, o tal vez, el rocío nocturno debido a las altas horas en las que habría transcurrido su trayecto desde su lugar de trabajo hasta las instalaciones.

Alexia por su parte, prosiguió con el protocolo extendiendo su brazo a lo largo de una pequeña mesada al interior de la celda, quedando a merced del procedimiento médico. Sentía el suave tacto de las yemas del hombre sobre la piel de su brazo, rebuscando la vena en su recorrido como si se tratase de un sabueso, lo que luego abriría paso a un dolor punzante pero leve conforme la aguja de la jeringa patinaba por debajo de la piel. Un escalofrío casi como un viento glaciar recorrió su espalda en cuánto ambas miradas se cruzaron, luego de repelerse mutuamente, como si el choque hubiese bastado para marcar cierta incomodidad en el ambiente.

Curiosamente, eres mi primera visita en mucho tiempo.—Acotaba la joven como una forma de “romper el hielo”.—Tampoco me sorprende que mis pa--...—Se interrumpía a sí misma, corrigiéndose.—Tutores.. no hayan querido poner un pie dentro de esta perrera, al fin y al cabo, todos somos perros sin dueño aquí.

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Con un ojo sagaz, el doctor se fijó en todo desde que puso un pie en aquella jaula de concreto, aún si diera la impresión de ser uno de esos universitarios recién vestidos de Harvard a los que sus padres le dieron todo. Incluso, supo saborear la ironía en el comentario ajeno, inclinó un poco la cabeza hacia abajo para ver su propia bata, guardando silencio durante unos segundos antes de soltar una breve carcajada.

¿Lo dices por esta indumentaria? —Interrogó para generar charla en ese proceso de toma de muestras que él sabía que podría incomodar a sus pacientes. La propia confianza con la que se expresaba le permitió tutearla como si la conociese de antes—. No sé si a ustedes los dejan leer periódico o estar al tanto de las noticias acá dentro... —Su voz era fuerte, aunque calma y serena; distinguible incluso con el efecto congestionado que provocaba hablar detrás de la mascarilla—. Actualmente hay una pandemia que está saltando de ciudad en ciudad más rápido de lo que pudimos prever... ¿Y quieres que te cuente algo más? —Susurrando juguetón y con la cabeza gacha como si no quisiera ser oído por nadie más, proseguiría—. Este disfraz que usamos no sirve para nada, sólo para vernos ridículos —Rió un par de segundos ofreciéndole un guiño de complicidad.

La fría sensación que pudo haber sentido la pelinegra al serle retirado el metal hipodérmico y habérsele dejado una mota de algodón empapado en alcohol en el brazo pinchado, posiblemente se habría visto mitigada si es que los objetivos evidentemente claros del joven de distraer a la mujer se vieron cumplidos.

O simplemente había quedado como un charlatán.

En cualquier caso, iba a continuar con alguna de sus ocurrencias... Pero, al tiempo en que el estruendo de un relámpago se impuso por encima de su voz, y el destello vislumbró el cielo negruzco de aquella noche lluviosa, un súbito apagón generalizado en la prisión hizo que la penumbra se tragara sus palabras y cualquier idea que se le hubiese cruzado por la cabeza en ese instante.

¿Estás bien? —Fue lo único que se le ocurrió preguntar.



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A pesar de lo armonioso del ambiente, incluso ante la ironía del lúgubre espacio donde ambos se desenvolvían mutuamente, Alexia no era capaz de desprenderse de la melancolía de su mirada, y, pese a poseer la buena planta de su fachada , su recelo hacia el resto de las personas le restaba ese punto de sociabilidad que denota buena educación aprendida desde la cuna. Aún así, la relación con aquel extraño se podría decir que estaba dentro de los parámetros de «cordialidad» más que de confianza como tal, ésto se evidenciaba en el lenguaje físico que ésta transmitía tomando una postura más erguida y rígida, como si su centro de confort estuviese centrado en aquel reducido espacio donde yacía sentada a unos pocos metros de él.

Si el objetivo de tu uniforme es ese..—Haciendo alusión al comentario del hombre respecto a lo ridículo y poco estético del traje—Contigo cumplió su labor—Reía por lo bajo, intentando seguirle el chiste.

La información que entra aquí es limitada, podríamos decir que ni siquiera las palabras escapan de éstas cuatro paredes..—Continuaba la conversación casi murmurando, temiendo por la advertencia de alguno de los guardias que aguardaban la retirada del visitante en el pasillo.

Antes de que la mujer pudiese recibir alguna clase de respuesta por parte del sujeto , sus palabras al igual que las de su acompañante fueron silenciadas luego del estruendo ocasionado por un relámpago, como si la madre naturaleza conspirase su contra. El apagón parecía eclipsar la visión de la mujer, quedando sumida bajo el manto nocturno donde no despedía ni el más mínimo claro de luna a través de las rejillas metálicas que daban al patio.

Si, si.. Estoy bien, seguramente fue un corte debido a la tormenta—Respondía manteniendo cierto sosiego en sus palabras como si la situación no se prestase realmente para perturbarla en ese momento.

Por otra parte, el silencio se volvió efímero ante el bullicio y los reclamos en coro que no se hicieron esperar, haciendo un eco a lo largo del pasillo donde los demás reos azotaban las placas metálicas en protesta por la ausencia de luz como si se tratase de niños en una cancha. Ésto vino también acompañado por el resplandor de uno que otro foco desde el exterior de las celdas que parecía fulminar el rostro de cualquiera que decidiese asomarse.

¿¡Qué carajos pasa ahí!? ¿¡Creen que ésto es un circo, malnacidos!?—Gritaba uno de los guardias próximos a la celda donde se encontraba el especialista junto a la mujer.—¡¡Guarden silencio!!—Seguía gritando con tal de cesar el desorden que se había generado
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Qué bien, porque, sin intenciones de ofenderte, yo no me siento tan seguro en la cárcel para los criminales más peligrosos del mundo —De pronto las características que hacían vistoso a aquél joven se habían esfumado. Y sin disimulos, se dejó notar intranquilo e incluso asustado en medio de aquella incómoda situación.

Y cómo no estarlo.

Entre los gritos de la muchedumbre carcelaria y el alboroto era fácil prever que las cosas pudieran salirse de control en cualquier momento. —Guardia, por favor. Sáqueme de aquí —Su petición iba a ser concedida. El vigilante se iba acercando a la celda de Alexia acompañado por subalternos uniformados, dándole golpes con la mano a su vieja linterna de titilante luz a la que los años estaban pasando factura...

Todos ignorantes de que en la oscuridad les esperaba algo más que un cordero de bata blanca y carnet.

Se oye la puerta abrirse, y un grito de sorpresa y otros más de horror y dolor son cantados desde aquél confinamiento, acompañados de múltiples disparos cuyos destellos narraban a los ojos testigos una abyecta escena de violencia desmesurada y con cada segundo en escalada... en la que sólo una sombra más sombría que las del resto quedó en pie al final de la contienda.

Las detonaciones de las armas de fuego cesan y los gritos también. Ni uno solo de los reos se atreve a romper el silencio sepulcral que se cernió sobre el pabellón después de aquél hórrido evento que le heló la sangre a todos, dejándoles expectantes y con la incertidumbre de lo que sucedería a continuación. La energía eléctrica no es restaurada, pero el sistema de emergencia se activa y una serie de bombillas rojas como bengalas encandila la vista de todo ser vivo presente.

También revela un oscuro charco de sangre sobre las inmaculadas baldosas del pasillo, proveniente de la celda donde se originó el tumulto reciente. Y la vista hacia el interior no distaba mucho a lo que era asumible...

Allí dentro sólo había muerte.

Uno de los oficiales yace sentado en el retrete de la celda con una mirada vacía. Aunque, con el acercamiento suficiente se le ve una lapicera incrustada en el cuello. Otro descansa en el suelo con dos agujeros en el rostro, provocados por sus propios compañeros en medio del fuego cruzado. Y el tercero y último se mece con la brisa que entra a través de la ventana, atado del cuello a una de las vigas del techo por una prenda blanca.

Casi como de la nada, y apartando con una mano el cadáver que flotaba frente a la morena, quien seguramente habría buscado refugio en alguna esquina cuando el combate inició, se presenta el doctor quitándose la mascarilla, no siendo otro que Scott Harker. —Tienes un minuto para vestirte con el uniforme de alguno de estos oficiales —Ahora su voz era fiel a su verdadera identidad, aunque a ella le fuese totalmente ajena; se mostraba insanamente tranquilo y aplacado en medio de la barbarie que los rodeaba—. El grande es mío —Por los más de seis pies que le elevaban del suelo, era lógico que escogiese la talla del cadáver mentado. Y sin ningún escrúpulo y con todo descaro, despojó de sus ropas al que pendía del techo, se desnudó de espaldas a la mujer y vistió con ellas, siendo característico de él la poca importancia que le daba a la intimidad del desnudo propio e incluso al ajeno.




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Casi como si se tratase de una sinfonía, el estallido que repercutía desde el cañón de las armas parecía orquestado para el sentido auditivo de los presentes, transformado en una onda sonora que no advertía más que peligro para el que aún tuviese un respiro que dar. El hedor entremezclado a sangre y pólvora parecía impregnarse en las paredes y los pasillos, mientras que la misma se vertía a lo largo de la cerámica, tiñendo el suelo de un rojo carmesí casi grotesco, como si se tratase de un baño de tripas y sudor. El silencio se hizo uno con el ambiente conforme la luz rojiza centelleaba en toda la prisión, instando a un breve momento de calma después de la tormenta. En tanto, la pelinegra se encontraba tendida bajo el catre de la cama como una forma improvisada de refugio, sus puños parecían estar compactados a sus oídos con el vano propósito de aislar el ruido desde el exterior de su celda.  

Continuaba cerniéndose la luz artificial  a través de un resquicio de la puerta mal cerrada, dando paso a un rojizo intermitente que daba a los pies de la mujer que apenas tomó consciencia de la situación, comenzó a arrastrarse hasta ponerse de pie al tope de la entrada donde la escena se hizo más clara. Sin muchas opciones, comenzó a avanzar con un paso lento y moderado hacia el pasillo, extendiendo sus piernas con tal de tantear el terreno prácticamente a ciegas con sus pies descalzos, concorde iba aproximándose más al centro, podía sentir como la planta de sus pies resbalaban por momentos entre el líquido viscoso y los casquillos humeantes que aún permanecían regados por todo el lugar. La sensación era estremecedora, el corazón de la mujer bombeaba cual maquinaria ante la incertidumbre de lo que fuera a cruzarse en frente después de escuchar unos pasos casi a la par de los suyos aproximándose a su posición.

Y allí estaba, aquel silueta a la incierta luz de la lamparilla, su semblante lívido acariciado por la muerte.. era la fría máscara del dolor que casi infundía más espanto que compasión. Estaba claro, la bata blanca, el lápiz, el corte de luz y aquella expresión en sus ojos que parecía no desprenderse de un encuentro cercano. La morena estaba frente al responsable de la carnicería en la que se habría convertido aquel espacio resguardado. Pudo oír sus palabras y de cierto modo reconocer aquella voz que momentos antes no habría sido más que el despojo de una risa casual entre dos desconocidos.

Despavorida, y casi en un arrebato guiado únicamente por el anhelo de preservar su vida, escudriñó sin recelo alguno el uniforme de uno de los oficiales tendidos en el suelo hasta conseguir lo que sería una pistola, aferrándola desde el mango a su palma, mientras atinó a desviar el cañón del arma en dirección al rostro de aquel hombre, con tal de mantenerlo bajo amenaza.

¿¡Quién carajos eres tú!?, ¿¡Agente federal!?—Exclamó—¡Responde!—Continuaba haciendo preguntas en búsqueda de respuestas mientras el tono de su voz comenzaba a subir conforme la situación se volvía más tensa.

Las manos de la mujer no dejaban de sudar y estremecerse en su intento de mantener el cañón del arma en alto, mientras que de uno de los orificios de su nariz se podía notar como unas gotas de sangre comenzaban a fluir en descenso hasta su boca, indicando como la presión y la ansiedad del momento comenzaban a pasarle cuenta, donde su ante brazo terminó por limpiar la zona, dejando un rastro de sangre seca en su rostro.

Al no recibir respuesta alguna por parte del sujeto, jaló el gatillo sin escrúpulos con la intención de librarse de su posible muerte lo que terminaría en una simple idea, ya que lo único que salió desde el cañón fue el leve sonido de un chasqueo indicando la falta de munición en el arma, que poco y nada servía después de aquella balacera. Su dedo ante el nerviosismo, pulsaba repetidas veces el gatillo maniobrando la pistola como si quisiese destrabarla.

Carajo, carajo…—Maldecía para sí misma mientras seguía repitiendo el movimiento de su dedo sobre el gatillo.

Rendida, arrojó el arma a los pies del hombre mientras dejaba que sus palmas abiertas levitasen a sus lados como si estuviese preparándose para alguna clase de enfrentamiento.

No sé quien seas, pero no pienso ir contigo si es lo que estás esperando—Comentó la mujer mientras daba un corto paso hacia atrás.

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Segundas Oportunidades | Scott Harker. Empty Re: Segundas Oportunidades | Scott Harker.

Mensaje por Scott Harker el Miér 18 Nov 2020, 22:12

Parece que el perro no sólo ladra y puede morder también, ¿eh? —Miró por sobre su hombro aún semidesnudo a la tatuada, identificando sus intenciones tras escuchar el click característico de un arma vacía al gatillar.

Ella, en medio del estupor que pudiese causarle la escena y la frivolidad de quien veía como su verdugo, podría contemplar que, como su propio cuerpo, aquella espalda desnuda que el hombre exhibía mientras se vestía también ostentaba un mural de arte que permitía entrever el dolor y la sangre implícitos en su magnificencia, complejidad y belleza. —Es curioso ver cómo un perro después de ser apaleado por su dueño durante tanto tiempo es capaz de morder a quien lo libera. ¿Hay algo que no me estás contando? ¿Acaso ser esclava te sube la libido, Alexia? —Los otros presos dejaron oír sus risas desde el encierro de sus celdas, aunque la expresión del autor de aquellas palabras seguía hirsuta e inerte como una pared.

Scott no respondió a ninguna de sus demandas, ya fuese porque su verdadero propósito allí era ayudarla en sí mismo, aún si ella no lo supiera, o bien, porque la viese a ella como un VIP al que no debía respuestas, porque respuestas sólo debiese rendir a sus superiores. Aquellos días su contratista, el titiritero que movía las cuerdas del destino mundial a su antojo, podía jactarse de contar con los mejores para ese tipo de trabajos, y el bioquímico no era la excepción.

Vestido con el uniforme de una de sus víctimas y con la sutileza de un colibrí, alcanzó un juego de llaves de uno de los occisos que reposaban en aquél mar de sangre. La cara de sorpresa entremezclada con pavor en los reos al ver que aquél extraño sujeto fue abriendo una a una las puertas de sus celdas, simplemente para dejarlos salir, sería retratable. Y mientras todos corrían a los pasillos, ansiosos y pugnantes por salir y respirar el aroma de la libertad, Harker permaneció algunos segundos estático al lado de la salida del pabellón, dedicándole una mirada preñada de apatía e indiferencia copiosas a la ex agente de la CIA. —Te conviene venir —Fue lo único que declaró antes de darle la espalda e irse caminando detrás de la estampida de hombres que circulaba por todo el lugar.




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Curioso, viniendo de alguien que lleva la correa marcada al cuello.. ¿te está domesticando, eh?—Respondía con cierta arrogancia haciendo alusión al control que tenía su superior por sobre él, mientras de fondo se podían oír las carcajadas chillonas de los reos como si la discusión de ambos fuese parte de una telenovela.

He escuchado cuentos sobre príncipes azules, pero no me esperaba que el mío llegase con un traje de bioseguridad..—Pausaba—¿Dónde estacionaste tu corcel blanco?—Continuaba recurriendo a la sátira como distractivo, haciendo mofa de la situación.

Se replanteaba para sí misma una y mil opciones ante la disyuntiva de cuál sería la elección correcta, mientras se asfixiaba con el trágico hedor que desprendía desde los cuerpos inertes e inanimados tumbados por todo el pasillo que daba a la salida. Por otra parte, el imprudente acto de “bondad” por parte del extraño había sumido a aquella sociedad conformada por casas residenciales y entidades de altos cargos en un completo caos, liberando a toda clase de alimañas, quiénes desentrañándose desde su prisión interna y material, parecían desenvolverse en un mundo sin restricciones ni ataduras, comenzando a despojarse de todo tipo de deseo retenido.

En sinfonía, las alarmas de los vehículos comenzaban a sonar y los cristales rotos se esparcían sobre el asfalto mientras algunos reos brincaban como simios sobre los vehículos como si formasen parte de alguna especie de celebración, mientras que otros simplemente se dignaban a escabullirse cual serpiente a través de los callejones con tal de escapar del ojo de la ley. Toda ésta cadena de desórdenes que fue ascendiendo cada vez más y más, había desencadenado rápidamente el pánico en la población, quienes aterrados por sus vidas, acudieron a la policía en busca de ayuda, los que no tardarían mucho en llegar a la escena donde ocurrían los acontecimientos.

Entre tanto el sonido de la lluvia y las bocinas de los vehículos se mezclaban, Alexia en el interior parecía haber terminado de vestirse con un uniforme rescatado de uno de los cadáveres, ciñéndose la camisa al pecho como si el traje hubiese formado siempre parte de ella, abriéndose camino hacia la salida donde la lluvia parecía empañar su visión y de alguna forma, refrescar su rostro del ambiente que se daba al interior de las instalaciones.

La libertad le era indiferente después de tantos años, pero no habría podido plantearse ésto si quiera un minuto donde tiempo después unas sirenas acompañadas de un destello rojizo intermitente alertaba de la comprometida posición en la que se encontraban ambos sujetos.

¿Oyes eso..? Me parece que se nos acaba el tiempo—Comentó.

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