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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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|| Caminos Separados - [2016] | Priv. Scott Harker

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26/01/16 | Colorado City - Nevada | 16 °C | Scott Harker

CAMINOS SEPARADOS
Planta cero: hangar de Umbrella
09:27:01 am


La memoria socava un profundo sentimiento de ira acumulada, algo paradójico si tomamos en cuenta el buen humor que tenía al regresar del comedor. Historias pasadas, recuentos de antiguas batallas, dejaron un pésimo rastro dentro del pensamiento y abordan sus pensamientos sin mostrar clemencia. Sin embargo, y con el agua aun cayendo y deslizándose por encima de su rostro, el operador de las fuerzas especiales permanece silente y con la frente en alto. Analizando, quizá un poco ansioso y ensimismado, caótico, sobre la presunta ignorancia o incapacidad para consigo mismo.

Pronto sería interrumpido a través del sistema de comunicación que conecta con el baño principal de su cuarto privado, cuarto que compartía con su actual pareja. La voz, tan conocida para él, pero igual de irritante, pertenecía nada más y nada menos que al caudillo y germano Adler Müller, quien osa interrumpir incluso en momentos tan íntimos como ese.

Maravillosas noticias, muchacho. Ven a verme en el hangar a las 10:00 horas, tengo un regalo para ustedes. Por cierto, notifica a Scottie de camino. Y sí, es una orden―exclama en un intento por imponer su autoridad, pero poco o nada es objeto de interés para Marcus, quien cierra la comunicación sin esbozar una sola palabra; una buena elección, debatir con Müller era un callejón sin salida. Aun así, hasta él sabía que no podía hacer caso omiso a sus directrices, y previniendo cualquier situación de estrés el agente optó por actuar de manera sensata. Solicitó a la computadora a través del comunicador que le enviara un mensaje a su homólogo y compañero Scott Harker. «Hangar, 10:00 Horas» diría una vez que fuera enviado. Fue allí cuando decidió terminar su ducha e irse a vestir. Según él, Müller era el tipo de sujeto que actuaba de manera insoportable, mucho más si se atenta en contra de su paciencia.

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Adler generaba cierta sensación inclinada hacia el despotismo. Era el tipo de hombre que no se doblega ante ninguna regla o institución, de un carácter fuerte y oculto, inteligente y sagaz. Wright se apareció en el horario indicado portando su vestimenta reglamentaria, un uniforme ligero de color negro y que portaba en diferentes partes la insignia de la corporación. Entró al hangar haciendo hincapié en la búsqueda de su superior, pero no tardó en ser abordado por este mismo cuando menos se lo esperaba. Desde la espalda, y lanzando al aire un juego de llaves metálicas, el germano lo señaló al darle una orden: «Ataja», pensando que tomaría desprevenido a su subordinado. Pero no fue así, alcanzó a atrapar las llaves antes de que estas tocaran el suelo, aunque intrigado, le preguntó de qué se trataba toda esta escena.

¿Ves aquel vehículo? ―preguntó al dirigir su atención hacia uno de los autos allí aparcados. Este último observó un «Mbombe 4», vehículo de combate militar cuyo color desértico estaba orientado a camuflarse con el entorno que actualmente domina en la superficie del estado—Lo veo—expresa sin mayor emoción—¿Quieres que lo repare? —preguntó.

Si quieres. Será tu auto a partir de ahora, aunque lo usarás principalmente para las misiones.

Marcus lo observa desde la distancia y sin demostrar ningún sentimiento al público, sabía que esto implicaba mayor actividad con Müller, lo cual a su juicio lo ataba a él de manera definitiva. Más allá de verlo como algo bueno se cuestiona si debe tomárselo como un problema que solventar a largo plazo, o al menos eso es lo que piensa antes de ser interrumpido por el alemán—Pensé haberte dicho que trajeras a Harker contigo. ¿Dónde está? ―preguntó extrañado. Pero el irlandés carecía de respuesta a esa pregunta. Su función no era hacer de niñera, mucho menos para con el personal del escuadrón.

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Tocan las 9 am. Y también «toca picar algo», según Scott piensa desde su escritorio con las tripas rugiéndole al ver el reloj. No puede pensar en lo que cogerá de la máquina expendedora, sin embargo, sino en el reflejo que ve a través del cristal cuando esta parado frente a una de las tantas que hay repartidas por los pasillos del complejo. Su propio reflejo y los moratones que le adornaban la cara. Recordatorios que le invitaban a viajar al ayer...

Le costaba ir aceptando que las cosas habían empezado a cambiar. Y estaban cambiando mucho. El punto de no retorno partió con el fuerte contraste entre lo que era su trabajo; pasar horas encerrado en una oficina analizando datos, perfiles de objetivos y hacer vigilancia. Y lo que ahora se convertiría en una obligación para él a causa de las consecuencias de sus imprudentes actos, y los de Marcus también.

Una de esas consecuencias, por supuesto, tenía nombre y apellido. Adler Müller.

Marcus le resultaba un imbécil que cualquiera pudo haberse topado como quien tropieza con una piedra en el camino. Pero Müller era diferente. Por un lado mostraba mucho de una faceta, y por el otro ocultaba más de lo que cabría pensar. Tan sólo habían pasado algunos días desde el incidente en el gimnasio en que los conoció a ambos y ya había sido no sólo un testigo sino un cómplice silente del asesinato de un destacado USS y aspirante a comandante de la misma división. Quién sabría en qué más tendría que participar.

Bueno, lo sabría pronto, al parecer.

Una vez de vuelta a su cubículo, el distinguible tenor de Wright hizo presencia a través del teléfono para informar de una reunión en el hangar de la base. El bioquímico, previendo que se trataría de otra de las problemáticas demandas del germano, se quedó sopesando si asistir o no, al punto en el que acabó llegando algunos minutos tarde.

¿Para qué requieren mi presencia? —Interrumpió a Müller cuando justo había preguntado por su persona—. ¿Para ver tu nuevo juguete? —Comentó a Marcus, caminando con los brazos cruzados entorno al vehículo multipropósitos que tenían en frente.

Había alcanzado a escuchar algo de la conversación ajena a propósito antes de entrar. Suponía que era una forma del germano de comprar a su compañero y estaba seguro, como él, de que eso no significaba nada bueno. Era como otra cadena más con la cual ser sometido.

Scottie, pequeño bribón... ¿Te gustó la selección de vinos que envié a tus aposentos esta mañana? —Recibió al moreno rodeándole con un brazo por la espalda y acompañándole en su breve andar por el hangar—. La dama del servicio es todo un bombón, hecho en Rusia con amor. Le diré que pase por tu habitación de nuevo más tarde.

Sabía que habías sido tú. Pero no, gracias. La inocencia de aceptar regalos de extraños puede salir muy caro, ¿no es así? —Sonrió ladino y apartó las manos del veterano de sí con un deje de hastío.

Bueno, si lo dices por Biden, debo decir en mi defensa que fue algo totalmente distinto —Disparó entre risas—. Mira, ya sé que empezamos con el pie izquierdo. Los tres lo hicimos —Enfatizaría en lo último dicho mirándolos a ambos directamente a los ojos—. Pero es hora de mirar hacia adelante, hacia un futuro donde nos beneficiaremos todos. Uno que construiremos juntos. Y más próximamente ustedes, a partir de hoy.

Harker miró al rubio con los ojos apagados y una ceja arqueada, ademán que buscaba interrogar al rubio y hacerle responder si sabía algo al respecto de lo que hablaba el viejo alemán. Este último se había internado en la bodega de armas y mientras sujetaba un viejo fusil que seguramente habria usado en sus años mozos, divagaba como un político que vendía su discurso afín de disfrazar su tiranía de democracia.




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¿Quién le impide apartarse e ignorar aquel sermón político que deseaba compartirles aquel viejo sin vergüenza? Desde su perspectiva; inherentemente de sus pasiones y costumbres, tenía a su disposición un vehículo militar magnífico, una pieza inigualable. Semejante obra de arte se debía admirar, según él, de inicio a fin, de pies a cabeza y por todos los ángulos posibles. No deseaba mostrar emoción y, de hecho, no lo hizo. Sin embargo, para un mecánico tan apasionado como lo era Marcus, impedirle tocar tan dichosa máquina era como prohibirle a un niño en una juguetería jugar con los distintos productos que estaban a su alcance. Simplemente era algo imposible.

Dejó al germano y al ermitaño para así poder dedicarse de lleno al cuatro por cuatro. Se subió a la cabina de tripulantes sentándose en el puesto del piloto. Sus manos, palpitantes por la increíble sensación generada, no podían evitar explorar cada rincón, abertura y compartimiento. Se sentía maravillado y con unas inalcanzables ganas de poder conducirlo. Fue entonces cuando introdujo las llaves y encendió el sistema, los sensores, el motor, el rugir del león avivó las llamas que éste ocultaba por dentro. Hacía mucho que no experimentaba el orgasmo a causa de uno de sus “juguetes”, todos amados por igual, desde aviones de combate hasta motos para acrobacias. Era algo increíble y sin embargo...

¿Qué carajos piensas que estás haciendo? ―intervino el alemán desde la distancia.

 
 

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No recibió ninguna explicación o siquiera una señal del rubio que le indicase lo que Müller intentaba comunicar con sus desvaríos. Lo vio yendo a su bola, perdiéndose por el hangar, así que hizo lo mismo, viéndose forzado a aceptar que tendría que trabajar con ineptos.

Lo último fue confirmado cuando Marcus encendió el auto y el germano lo regañó cual niño pequeño.

¿Podemos empezar a hablar de por qué estamos aquí? —Cabizbajo, con la espalda apoyada a una columna, se frotaba la frente impacientemente con los dedos.

Tranquilo, Scottie boy. No hay necesidad de ponerse celoso, Marcus sólo está presumiendo. Y además, también tengo chucherías para ti —El moreno atrapó una llave individual en el aire mientras que el germano se aproximaba a una lona abultada que destapó de un tirón—. Transporte digno de un chico guapo, a la medida de tus... particulares habilidades, comodidad táctica, cosas de espía, o lo que sea... Y no me mires así. Fui un UFSU, en mis tiempos hacíamos las cosas de una sola manera y no necesitábamos una KGB privada.

Ante los ojos presentes se erigió una pequeña bestia, negra como la noche, de entradas agresivas y pantallas aerodinámicas. Era ese mito sobre dos ruedas que incluso un científico, ignorante como él y ajeno al mundo de las motocicletas, reconocería como la Kawasaki Ninja H2 SX. Un raro híbrido derivado de la que otrora fue el relámpago más veloz sobre la tierra, según habría leído ocasionalmente en alguna revista durante sus años universitarios.

¿Hermosa, no? Pero hoy no la tocarás —Irrumpió la maravillosa vista con un tono anticlimático y tapó de nuevo el vehículo—. Tengo una misión para ustedes. Para ya.



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La siembra de la deuda trae consigo una mirada frívola y permanente, ambiciosa, alejada de toda empatía o sentimentalismo, una demostración de cómo operaba aquel germano y caudillo militar. Müller, quien ahora somete su voz a una tonalidad más posesiva y dominante, algo comúnmente visto en aquellas figuras de alto rango y que suelen ser consumidas por el ego que genera poseer semejante autoridad, gesticula a la par de su discurso mientras observa a sus vasallos, regocijándose entre la supremacía—. Ustedes dos partirán cuanto antes―les comenta mientras deja en evidencia aquel acento tan llamativo y de origen natal―. Irán a una misión de reconocimiento en la base aérea Nelli de Las Vegas, una zona inexplorada para la corporación

¿Nos enviarán por algún motivo ajeno?—preguntó el rubio dando por hecho que la misión había sido encomendada por la compañía.

No los está enviando Umbrella, los estoy enviando yo―le respondió a través de un tono un tanto burlesco—¿Crees que eso será un problema?

No. Tú mandas. Continúa.

Así me gusta, Marcus―exclamó el alemán—. Bien, presten atención, porque de esto dependerá si siguen o no trabajando para nosotros. No debería haber problemas, pero como la misión se las estoy encomendando yo, entonces lo mejor es que den por hecho que sí los habrá. Necesito saber si me serán útiles al final del año. ¿Pueden con esto?

Termina de explicar y déjate de rodeos—intervino con una muestra de su inquietud. Tantas vueltas al asunto no hacían más que impacientar al utilitario de las fuerzas especiales, quería saber a lo que se dedicaría.

¡Tranquilo vaquero! Ya podrás rescatar a tus damiselas en peligro. Quiero saber si ambos están de acuerdo, si uno muere el otro también lo hará, así de simple. Son un equipo a partir de ahora―comentó previo a dirigirle la mirada a Scott. «Así me aseguro de que este no haga nada estúpido» pensó antes de esbozar una sonrisa.








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Lo dices como si tuviéramos opción —Replicó con un deje burlón a la ilusión implícita que dejaba entrever Müller en su discurso armado—. ¿Qué podemos esperar encontrarnos allí?

Eso no lo sé —Desentendió—. ¿Qué parte de "zona inexplorada para Umbrella" no entendiste? Aunque bien ha llegado a mis oídos de fuentes no oficiales que puede haber actividad allí.

Una base militar... Si no está asediada de B.O.Ws, lo estará de supervivientes.

Y por eso les confiaré esto a ustedes dos —Sonrió intercambiando la mirada entre Marcus, que estaba dentro del vehículo, y Scott, quien de brazos cruzados aún hallaba apoyo en el pilar del recinto. El germano estaba por retirarse cuando se detuvo a un paso de salir, casi olvidándosele decir algo importante—. Por cierto, con esas carabinas tan simplonas no llegarán a ninguna parte. Tienen permiso de retirar dos armas del arsenal personal de mi difunto ahijado. Háganse con modelos más modernos —Ordenó, dejando el carnet de Biden en el capó del MRAP antes de dejar a ambos proyectos de una vez por todas.



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Silente, observó a Müller marchar del hangar mientras daba sus últimas instrucciones. Marcus bajó, cerró el vehículo y divisó el carnet del cual el germano hizo mención; seguía dotándolos de múltiples “regalos” por lo que realmente se estaba tomando el asunto con seriedad, y sin dar pie a las distracciones, se dirigió a un espacio totalmente apartado, posicionándose frente a una gran compuerta de metal en la esquina suroeste de la planta cero. Acto seguido―y nótese el sonido residual dejado por los distintos engranajes y mecanismos de desplazamiento―una habitación oscura y sin olor alguno se deja ver luego de que este ubicara la tarjeta sobre el lector. De inmediato, tanto el rubio como el espía serían testigos de un almacén perfectamente cuidado y organizado, armas de todo tipo y de diferentes calibres se ubicaban sobre estantes que llegaban a alcanzar los cinco metros de longitud, posicionados uno tras otro con la intención de recrear tan espléndida presentación visual.

En el medio, una mesa metálica que cubría una pequeña parte del lugar y que estaba muy bien equipada con distintos materiales y herramientas de trabajo. El utilitario sonrío, el arsenal estaba calificado para cumplir con múltiples funciones. Pero no se desvió, tampoco era un escenario muy distinto a los muchos que Umbrella Corporation ofrecía dentro de sus instalaciones—Tú trae las armas. Yo me encargo de lo demás—comentó previo a perderse en el lado derecho del arsenal.


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Scott se vio notablemente más sorprendido que Marcus ante la impoluta estación de armas cuyo armazón era el hermano gemelo de una caja fuerte de banco, siendo natural en un operador como él, fuera de servicio y apenas volviendo al ruedo. También era natural que la compañía cuidase con aquella rigurosidad estos recursos estratégicos tan importantes como lo podían ser las armas, uno de los medios esenciales de los que dependía el mantener su hegemonía sobre el mundo que quedó para lo gobernasen depredadores como ellos.

Cuando el rubio le dejó la responsabilidad de escoger las armas de ambos, el moreno arqueó las cejas y se encogió de hombros como restándole importancia al asunto, esperando, claro, que luego no se quejara si su elección personalizada no encajaba con las preferencias de este. Se paseó entre los pasillos que divergían de los divisores y estanterías de armas, repartidos por todo el almacén, hasta que uno de los soportes modulares flotantes al fondo captó su atención particularmente por la oscuridad y misterio que preñaban los aires de aquél rincón. Presionó el interruptor de luz y lo que sus ojos vieron en ese momento, le agradó.

M4A1 de Daniel Defense —Pone de manifiesto lo que trae entre manos una vez que se reencuentra con su compañía—. Son versiones más modernas que las de Colt y cumplen los últimos estándares del departamento de defensa. Raíles para accesorios, cañón pesado y alzas de mira de hierro. Parece que no fueron usadas nunca... —Finalizó algo extrañado. Ambas piezas son tratadas por sus manos con el respeto que las armas merecen, y colocadas en la mesa de preparación.

¿Ahora qué? —Erguido al costado del contrario, le observó de reojo con los brazos cruzados, prestando atención a su consecuente accionar. Había leído varias veces su expediente del AFSOC, desde sus remarcables cualidades hasta sus escandalosos defectos. E indiferente de lo escatológico que le resultaba como persona, esperaba presenciar por sí mismo lo diestro que pudiese ser con la mecánica y el armamentismo.




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Marcus todavía no había terminado de llegar al centro del almacén cuando escuchó la pregunta de su homólogo. A lo que él contestó—. Bueno, si crees en Dios ahora puedes comenzar a rezar por nosotros. Serás nuestro tirador designado a partir de ahora—nervioso, había levantado un cargamento de accesorios y complementos auxiliares por encima de la mesa, de hecho, ya se encontraba buscando los distintos materiales que armarían la lista de artefactos que debía implementar en el arma de su compañero. Una mira holográfica EoTech 552, una culata telescópica de tres posiciones marca Bushmaster, una empuñadura angular y un supresor de sonido. Pero, ¿sería esto suficiente para mantener su efectividad en el campo de batalla? Era lo que le preocupaba. Desde su perspectiva no era algo sensato, mucho menos si tenemos en cuenta los resultados del entrenamiento en el polígono de tiro, otorgarle a Harker una función de escuadra tan importante y fundamental. No creía tener con él la confianza suficiente como para dejarle en sus manos su seguridad, su vida. Aunque, tampoco es como si tuviera alguna otra opción, Müller ya se lo había comentado antes.

Quince minutos después ya estaba haciendo entrega del fusil y se había puesto a trabajar en el suyo—Detrás de ti están los chalecos, traeme uno—le dijo. Una culata extensible, otra empuñadura vertical y una mira ACOG sobre aquel riel Picatinny que tan versátil le resultaba a cualquier armero que supiera hacer bien su trabajo, aunque era más sencillo de lo que parecía. Hay que tener en claro que la simple idea de tener a Scott al lado se sentía como una aguja clavada en el pie, cada paso debía darlo de forma meticulosa, pero aun así no podía distraerse. Su atención debía ir completamente enfocada para con su profesión, su labor, su obligación.

Y he aquí el crecimiento de su utilidad, pues aprovechó el momento para construir su propio kit de cerrajero. La caja que había traído consigo estaba repleta de materiales útiles, muchos de ellos cumplirían con las mismas funciones, solo debía darles el toque final para poder otorgarle la habilidad de abrir cerraduras y algunas puertas. Algo básico, pero fundamental. Esta clase de equipamiento era recomendado, por no decir “obligatorio”, entre los pilotos y paracaidistas. Entre ellos se encontraban varios tipos de ganzúas, una llave bumping y otras herramientas derivadas de su trabajo previo. Con esto en mano se cercioraba de estar preparado ante cualquier situación.

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El miembro 'Marcus Wright' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'¿Qué hay ahí?' :
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Resultados :
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We are Enjoy the Silence 4.0:
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Más de ocho años matando zombies... Y no nos cansamos. ¡GRACIAS A TODOS!

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Tú tendrás que rezarme a mí cuando uno de tus errores te ponga en aprietos y yo tenga que cubrirte —Respondió en tono de alarde al tiempo en que tomaba el arma ahora modificada y preparada para la acción.

Aunque, en realidad, lo que estaba hablando era su ego.

Mientras tiraba del pistón de recarga del fusil repetidas veces para comprobar su funcionalidad, Scott, sospechaba preocupado de siquiera rozar los talones del diestro operador que fue en el pasado, poniendo en tela de juicio todas las habilidades por las cuales había conseguido el puesto en el que estaba ahora y los privilegios que ello conllevaba. Aún así, prefería no dar cuenta de ello, ni a Marcus ni a Müller. Y en un dudoso intento por no poner en conflicto su concentración en la misión con la realidad de su condición actual, pensó «sólo debo practicar más»...

Este chaleco protege la cara frontal y trasera del torso —Se escuchó el impacto de un peso muerto cuando algo cayó sobre la mesa—. Pero tus laterales estarán expuestos. Supongo que como pointman estás dispuesto a sacrificar esa protección a favor de mayor capacidad de movimiento —Le dio una palmada a la armadura para finalizar su advertencia.

El moreno, por su lado, escogería algo más pesado para sí mismo; un portaplacas cuyo nivel de protección abarcaba no sólo pecho y espalda, sino también sus costillas. A falta de saber a qué amenazas se enfrentarían, toda precaución sería poca. —¿Terminaste con el abrelatas ese? —Miró con gracia el kit cerrajero—. Te espero en el vehículo. Tú conduces.

Pero antes de salir de la bodega, algo le hizo detenerse. Sus ojos se habían topado con una rara hoja corta (ninjatō) adornando la parte superior del umbral de la salida. Le era bastante familiar. Tanto da, que en lugar de escoger una pistola como soporte secundario, tomaría aquella arma blanca y la acoplaría oculta con la funda en su espalda, por dentro de la chaqueta.

Conocía desde su origen, hasta el hecho de que su uso había sido limitado a mercenarios y asesinos furtivos como él, en las guerras del Japón feudal; sabía cómo usarla, cómo mantener sus cuidados. Pero ¿cómo?... Bueno, esa era una historia para otro día. Lo que sí dejaba en evidencia era su extraña predilección por la tenencia de aquél tipo de hojas antes que la de cualquier arma de fuego.



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Silente, el irlandés solo sonríe y calla, observa, consciente de que en su compañero enerva y aumenta la preocupación. Ese semblante de caballero real, tan arrogante como muchos, ya lo había visto antes. Cada soldado que ha luchado en el campo de batalla sabe perfectamente de qué se trata, una mezcla de ansiedad, compromiso y euforia, sin decir que en la mayoría suele predominar un profundo sentimiento de miedo. ¿Tan necesario era para él intentar hacerse el fuerte? Sabía que les quería demostrar a todos que no iba a fallar.

Aunque, Marcus tampoco podía opinar mucho al respecto. La metodología era distinta, sí, pero el fin, solemne e implacable, daba siempre con los resultados deseados. Aquel moreno también estaba dentro del juego, no podía mostrar debilidad. Un ser débil tiende a conocer la muerte mucho antes de lo esperado, al menos, los de Umbrella sabíamos cómo funcionaban las cosas. Esa era la realidad.  

En fin. Se abrochó el chaleco táctico y le colocó un cinturón a su fusil de asalto, colocándoselo por encima de su hombro izquierdo—¿Yo, rezarle a él? ¿Es idiota o qué? —murmuró mientras pensaba. Había observado a tan egocéntrico personaje mientras guardaba su kit de cerrajero en uno de los bolsillos de su mochila, sujetándola del mango. Parecía haber escogido su arma secundaria, un ninjato, arma blanca, por lo que de inmediato intervino— ¡Scottie Fight! —dijo entre risas—. A Müller le fascinará saber que tenemos a una tortuga ninja entre nosotros—comentó en voz alta mientras tomaba la delantera.

Cinco minutos después Marcus ya se había subido al vehículo.  




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Scott baja la cabeza para mirar al suelo, como si buscase paciencia y determinación para no armar un escenario de pelea con Marcus allí. Más aún, cuando el rubio arroja aquél comentario y se retira, como si de haber tirado una bomba y huido se hubiese tratado, le tropieza con el hombro como otra muestra clara de provocaciones que el mismo moreno tacharía de baratas.

No es como si hubiese podido hacer algo al respecto si, de hecho, al levantar la mirada, se percata de que una cámara los ha estado observando a ambos desde que entraron a aquél almacén de armas. Imaginar que el germano les seguía el paso de cerca en todo momento le arrancó una sonrisa ladina, negando con la cabeza y maldiciendo la suerte que le había tocado. Y no estaba equivocado.


───※ ·❆· ※───


Planta 3, Dependencia del Consejero
En ese mismo momento...

Bien, Scottie. No eres tan imbécil como esperaba... —Comentaba para sí solo Müller mientras contemplaba una gran pantalla subdivida en varias secciones que mostraban cada ángulo vigilado de la base que él quisiera ver. En esa ocasión, mostraba el hangar y tanto al USFU como al SETR abordando el vehículo que les había asignado para la misión, sólo para que minutos después se abriera la compuerta de uno de los túneles de salida a la superficie y desaparecieran de la vista del germano.



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Desierto de nevada
Media hora más tarde...


Una introducción al invierno había apaciguado las temperaturas desérticas del estado, conducían a 12º grados y ya habían superado los cuarenta minutos desde que abandonaron la base de la corporación. Sin embargo, y atravesando las dunas que se les cruzaban al frente, Marcus seguía sin ver rastro alguno de la carretera. La arena lo había cubierto todo y sin dejar excepciones. Un acontecimiento extraño que lo puso a pensar sobre una línea de tiempo. «¿Cuántos meses llevamos bajo tierra?» se preguntó asombrado. Más aún cuando percibió el escalado del vehículo bajo aquel puente que cruzaba la ruta 95. Se veían carteles y direcciones, luego volvió a verse nada. Un desierto de mala muerte donde ni los rastros de un apocalipsis habían quedado en pie.

La música llegaba hasta sus oídos y vagamente logra aumentar el ritmo—Revisa a ver si hay un mapa en la guantera—le pregunta a Scott con Bob Seger sonando de fondo. Gira el volante y por un momento lo observa, luego reposiciona y presta atención al camino sin fin, percibiendo a través del retrovisor aquella estela de arena que iba siendo expulsada por las llantas aun en marcha. Si algo no quería Marcus era quedarse atascado, no en medio de la nada, no con Harker al lado. Pero muy poco se lograba divisar del fondo y la visión cristalina, la cual asoma en la lejanía, no ayudaba a identificar ni siquiera un poco la carretera.

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No lo querría admitir, pero había algo de emoción en su interior por poner al fin un pie fuera de aquél sótano... lujoso, cómodo, a salvo del fin del mundo, pero sótano al fin. Esa emoción yacía oculta entre aquella expresión de pocos amigos que le caracterizaba... detrás de aquellas gafas ahumadas de aviador que tapaban sus ojos y le permitían contemplar sin miedo a la luz solar la dicotomía entre belleza y desolación que despedía el paraje desértico de Nevada.

Y sin embargo, la energía que demostraba tener aquél día le delataba. «Working on the night moves...» pensaba, sus labios emulaban con voz muda y los dedos repiqueteaban sobre el brazal al son del éxito de Seger. Era inevitable. Aquella canción era un tour de recuerdos y sensaciones encontradas, destacando la melancolía que le producía pensar en aquellos veranos de viajes, excursiones de montañismo y las horas de charla y pesca que pasaba con su padre en el lago Tahoe de California, casualmente no muy lejos de donde estaban ahora mismo.

El mundo era más fácil en aquél entonces, convendría pensar.

Aunque, tanto su opinión como la buena vibra que cargaba encima durante el trayecto, se disiparían en cuanto su viaje hacia el pasado le llevó a desenterrar memorias perdidas en el lado más oscuro de sus vivencias... Los últimos momentos que definieron quién fue realmente su padre.

La desagradable sensación de rememorar al hombre que le crio, con aquella imagen que ya había enterrado, le dejó absorto en sus cavilaciones. Sólo hasta que la voz de Marcus le provocó una suerte de cortocircuito, haciéndole espabilar y encontrar los ojos del rubio mirándole con recelo tras haberle hecho una pregunta y no recibir respuesta a cambio.

Eh... —Bajó el volumen del reproductor, se quitó las gafas para frotarse los ojos y aclarar la cabeza—. No hay nada —Aseguró al chequear la guantera. Casi al mismo instante, sin embargo, sacó un plano de su mochila—. Corres con suerte de que tenga uno. Debes tomar la 95 —Con el mapa extendido y abarcando prácticamente sus piernas y parte del tablero, trazaría con la yema de su dedo indice el camino correspondiente hasta donde presuponía debían cambiar de sentido—. Luego cambiarás a la 15 —Dejó saber como última instrucción, guardó el mapa y volvió a subir el volumen.

Esperaba sacar de su cabeza la ansiedad que ahora le había invadido. El «tap, tap, tap» errático que tamborilaba su pie denotaba lo que le corroía por dentro. No obstante, no traía consigo medicamentos para ello, su terapeuta había muerto en el brote y conversar con su actual compañero de viaje no parecía siquiera una opción. Al menos, tomar la iniciativa y romper el hielo no era algo que iba a nacer de su parte.




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Ensimismado, mostró indiferencia hacia la indisposición por parte de Scott. De hecho, le costaba discernir un poco aquella idea que intentaba transmitirle. «Luego cambiarás a la quince» ¿En dónde carajos estaba la ruta quince? Todo estaba siendo conquistado por aquel bioma desértico. Marcus se vio obligado a realizar un cambio de velocidad, aumentando el ritmo y aceleración hacia el interior de la ciudad. Pequeños establecimientos estaban siendo sepultados bajo la arena, coches y vehículos escaseaban, parecía un pueblo fantasma, aunque era eso lo que realmente era, un pueblo fantasma, sin vida, sin alma.

¡Oh! Aquí está la ruta quince —expresa girando el volante. Los carteles todavía eran legibles y se podían ver a algunos muertos vivientes en el interior de los edificios, por supuesto, muy lejos de la maquinaria vehicular que cargaban ellos. A 90 kilómetros por hora no hizo falta más que una hora y media para estar próximos a su destino, Marcus ya podía divisar la estructura de aquella base militar, cosa que lo inundó de recuerdos. De hecho, había aterrizado en la base Nelli en un par de ocasiones durante su vida pasada, por lo que conocía cómo era el lugar, aun así, esto no evitó que sintiera el calor del momento. Sus manos, cubiertas por guantes protectores hicieron presión sobre el volante. Quizá porque no se hacía costumbre experimentar ese hormigueo estomacal previo a cada misión. Desconocía lo que les deparaba en aquel lugar, por lo tanto, no sentía tener el control de las cosas; un tenue sentimiento de vulnerabilidad que lo inunda y que se esparce a través de su torrente sanguíneo.

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Las Vegas, Base Aérea Nellis


El imponente vehículo parecía haber pasado la prueba de fuego durante la primera hora rodando. Ni la integridad del mismo como los propios tripulantes habían sentido las irregularidades de aquellos terrenos austeros donde otrora hubo vías asfaltadas, y ahora sólo eran eso... parajes desolados. Por parte de Scott, nada destacable; durante el viaje se mantuvo aparentemente tranquilo, callado, si bien su pie inquieto no tanto.

Sobre la marcha de las vías, cuando se asoman los primeros barruntos de civilización y dejan atrás un cartel que prescribía Las Vegas, el bioquímico apaga la música. Los aires empezaron a cambiar a partir de ese momento, y con ello también las caras de ambos operadores, cuyas presencias de allí en adelante serían escoltadas por una tormenta de arena que abarrotaba la ciudad y la incertidumbre misma de lo que les depararía su encomienda aquella mañana.

Es menester para Marcus ir aminorando el ritmo en vista de la polvareda que cubre la periferia. Harker en repetidas ocasiones le señala con un gesto mudo la dirección a tomar, sirviéndole como auxiliar para sortear pilas de cadáveres, autos inutilizados, chatarra y demás obstáculos en su camino. Ya para cuando se ven completamente sumergidos en las entrañas de la metrópolis y la estructura de la Base Nellis comienza a dibujarse ante sus ojos, algo los toma de imprevisto.

Detente —Exigió el moreno de forma repentina, con los ojos puestos en lo que sea que el todoterreno tuviese en frente—. Ahh, mierda...Su tono no parecía augurar algo bueno....

Sobre la calle por la cual habían pensado acceder a la ruta 15 yacía el derrumbe de un edificio entero, dejándole a ambos sólo dos opciones. —Estacionamos en un lugar cercano y continuamos a pie. O, tratamos de encontrar otro camino —Inquiría aparentemente distraído, aunque la verdad es que preparaba su equipo, ajustaba el sling táctico del correaje portafusil a su chaleco y comprobaba lo último que había que comprobar para estar a punto.




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En un vendaval de aires, y obligado a tener que frenar el vehículo, Marcus se queda observando aquel derrumbe catastrófico que les impide seguir con su curso actual. Curioso dobles entre acontecimientos, pues se ubicaban a cuarenta metros de la entrada principal de la base aérea Nellis, y es ahí cuando una caterva de emociones inunda la cabina del piloto como nunca antes lo había hecho. Tanto Harker como Wright, seres que a primera vista podrían presentarse como dos polos totalmente opuestos, parecían mantener la comunicación sin la necesidad previa de transmitir sus ideales al aire, como un efecto en cadena que carecía de un mensaje verbal. De hecho, esto último ni siquiera era algo necesario, pues se entendieron perfectamente, quizá por un igual comportamiento a priori y para con el deber.

Por su parte, Marcus acomodó su balaclava al igual que sus guantes, su chaleco, su mochila, y observó a su semejante previo a marcar la salida. Fue entonces cuando aterrizó en un pequeño montículo y piso profundo, dejando caer en él todo el peso del irlandés. No era de extrañar lo que sintió en aquel momento, pues las partículas de arena cubrían con su colorido manto los alrededores. Percibe entonces el sonido del viento, tenue silbido que sopla sobre su hombro derecho mientras acomoda su postura casi por completo. Observa ambas direcciones y se pregunta cuál de ellas era la mejor, aunque lo hace en voz alta— ¿Quieres atravesar o prefieres rodear? —comenta presionando el botón del centro de las llaves del vehículo, acto seguido este suelta una alarma que les señala el cierre automático de las puertas, totalmente aseguradas y alejadas del suelo.

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Ante la disyuntiva planteada, Marcus decidió, no con palabras, sino con su apresurado accionar. Puso un pie fuera del vehículo, y Scott, por su lado, se tomó un poco más de tiempo. Apoyó un pie en el descanso lateral y sus brazos en la puerta abierta, con la mitad del cuerpo fuera y la otra mitad aún dentro de la camioneta. Aquella posición le permitía estudiar parte del panorama, haciendo sabio uso de los prismáticos que siempre traía consigo.

Escalar, ahora que lo pienso... —Masculló sin despegar los binoculares de sus ojos.

Descartó las dos opciones que el rubio puso sobre la mesa y la razón era simple: necesitaban terreno elevado para contemplar mejor los alrededores de la base. —No podemos ver nada desde aquí y estamos expuestos —Aseguró aterrizando por fin en tierra y cerrando el vehículo tras su andar.

No iban a entrar a saco. Eso sería un suicidio, y esperaba que Marcus lo captase a la primera.

La guerra es lo tuyo. Déjame la infiltración y el reconocimiento a mi —Demandó con su petulante forma de ser, por si las cosas no le quedaban muy claras a su compañero.

Tomaría la delantera en una breve caminata que finaliza donde desemboca lo que antaño fue una avenida transversal y hoy sólo es un retrato del primitivo y Lejano Oeste. Le arrojaría uno de los kits de rápel sin los que jamás asistía a una misión, señalando con su mano el edificio residencial que tendría que escalar y del que debía hacer su punto de vigilancia.

Scott haría lo propio por su parte en otra de las estructuras de esa calle, una obra de construcción inconclusa vecina, dejando a interpretación del rubio el tiempo que les arrebataría aquella tediosa faena.



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