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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Realidades arcanas | Scott Harker

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Mensaje por Scott Harker Vie 2 Oct 2020 - 1:18



Arklay | 1992

Umbrella había alcanzado un podio de respeto en las expectativas de sus consumidores e incluso de reputadas figuras en las esferas políticas. La TV a color se estrenó narrando las hazañas y obras benéficas que hizo en distintas partes del mundo, pero especialmente en su hogar, Raccoon City, cuando se convirtió en su principal benefactor y esta en un reflejo tintineante de la riqueza que mentado imperio farmacéutico acumuló para la época.

De ser un pequeño poblado agrícola en un valle montañoso del medio oeste, pasó a ser una de las ciudades emergentes de todo el país con todo lo que ello conllevó; millonarios contratos de obra pública, desarrollo industrial, creación de empleos, programas de inversión fiscal.

Y así, la compañía se ganó su lugar en el corazón de los nativos, y en los carteles de bienvenida de la localidad.

Sin embargo, más allá de todo indicio de civilización moderna en la que se había convertido la Ciudad Mapache, su seductora arquitectura moderna, sus calles pavimentadas, el alcantarillado y los humeantes conductos industriales, había algo más que se robaba el aliento de las almas curiosas... Los colosales y macizos ecosistemas aledaños a la localidad.

Las Montañas Arklay

Tan remotas como enigmáticas, la espesura de su frondosidad encerraba misterios, hechos e historias tan viejas y rodeadas de misticismo que, ya para los noventa, era difícil distinguir las leyendas y cuentos para asustar a los más pequeños de lo que era real. Todo esto convertía a Arklay en la meca turística de Raccoon City, la atracción predilecta de alpinistas, cazadores y visitantes que iban de paso y se aventuraban a desentrañar las experiencias ocultas en aquél Eden.

Como todo, también habían secretos de aquellos lares que contados lugareños de posición privilegiada conocían. Hombres y mujeres de bata blanca que nada tendrían que hacer allí, y sin embargo, formaban parte de otra cara de la realidad subyacente de tan arcana región boscosa... una donde algunos días, risas y correteos pueriles contrastaban fuertemente con la naturalidad del entorno en el que sus emisores se encontraban, y sin embargo, armonizaban con el aura virginal y cándida del bioma silvestre. Y en otros, gritos horrorizados de estas mismas voces infantiles se hacían oír, alimentando las leyendas de terror de los supersticiosos y despertando la alarma de los escépticos.


───※ ·❆· ※───


¡Niños, es hora de cenar! —Advierte a los cuatro vientos una mujer joven y de aspecto cándido. Sus ojos rebuscantes y su ceño fruncido reflejaban una mueca de genuina preocupación—. ¡No me hagan buscarlos! —Tan sólo imaginar que su petición sería ignorada, como en todas las ocasiones anteriores, le arrancó una sonrisa que rápidamente despejó todo signo de amargura en su rostro. Siempre tenía que ir a encontrarlos tal como en el juego de las escondidas—. [color:e20c=#Plum]¿Qué más? No tengo remedio —Admitió y se echó a andar a por ellos con una expresión agraciada que no podía evitar.

Ya el atardecer de sangre comienza a pintar el cielo, advirtiendo la cercana caída de la noche. En las entrañas del bosque, los pequeños a los que refería aquél grito expandido por todo el lugar se encontraban jugando. Eran los mismos cuatro niños que siempre participaban juntos en cada nueva travesía, inseparables, en definitiva.

Uno de ellos, el más alto y de cabello castaño, se pone un dedo en la boca pidiendo silencio al más acuerpado y rubio, que se encontraba en la rama de un árbol. El tercero, de piel tostada y ojos cristalinos, intentaba no sobresalir tras la cobertura de una roca y contener una risita que se le escapaba, por la cual, la cuarta de ellos, una niña pálida y de hebras oscuras, le pegaba con la mano justo en el centro de la cabeza, exigiendo lo mismo que el primero: silencio.

¡Chicos, por favor! ¡Me rindo! ¡¿Vale?! ¡Ustedes ganan, pero vengan a cenar! —Chasqueaba con la lengua al terminar lo ya era una súplica confesa. Las ojeras bajo las cuencas de sus ojos hacían tributo a lo cansino que podría llegar a ser su rol como encargada de los pequeños.

Con el pasar de los segundos, la voz femenina que clama que aparezcan se oye más cerca de donde están, y cada uno de ellos se empecina en pasar tan desapercibido que podrían empezar a escuchar su propia respiración; sentir los latidos de sus pequeños y adrenérgicos corazones. Al risueño de los infantes se le hace cada vez más difícil contener su risa, hasta que esta se hace sonora y, repentinamente, el ruido que emite una rama al resquebrajarse es acompañado del vuelo que rompen las aves cuando el peligro acecha. En ese momento la mirada de los retoños van hacia el foco de distracción y se paralizan en un terror expreso, devoradas por la sombra de una presencia abyecta demasiado cerca ya como para poder reaccionar...

¡¡¡AUXILIOOOOO!!!

El desgarrador alarido casi hace saltar de su lugar el corazón de la nana, quien arranca a correr hacia allá donde hacían mella las señales del terror. Todo era oscuro, se llevó algunas ramas con la cara y varios tropezones que casi le hacen caer, temiendo lo peor hasta que la mujer toda magullada choca con el primero de los retoños que se encuentra, en este caso la niña. Esta al primer instinto la abraza con lágrimas en la cara y la ropa ensangrentada. —¡Nana, atrapó a 16-05! —¿Acaso algo de lo que dijo tenía lógica? ¿Qué significaban aquellos números?.. Sus palabras, no obstante, empezaron a cobrar sentido cuando dos más llegaron tras de ella y correspondieron a su versión.

Tiene razón. Estaba detrás de mí. Él no pudo... —Entre jadeos, el rubio intentaba dar su declaración, pero estaba demasiado conmocionado para terminarla.

¡No pudo escapar! —Completó la frase de su amigo en total contraste de humor y estado de ánimo—. ¡Un monstruo horrible lo mordió! ¡Está allá, nana, tienen que buscarlo! —La reacción del castaño era más bien histérica, acompañada de tics nerviosos y movimientos compulsivos en sus manos, como si tratase de remarcar la importancia de algo.

¡Basta de bromas, chicos! ¡13-06 y 20-08! ¿¡Dónde está su hermano!? —Gritó mientras agarraba del brazo a ambos varones. Los niños percibían con más temor agregado al que ya tenían un enojo en la voz de su cuidadora, pero lo que en realidad hablaba era un profundo miedo a que todo aquello fuera verdad. Si en realidad lo era, ¿qué había pasado exactamente?

No fue necesario esperar la respuesta de ninguno de ellos...

Un sujeto con ropas tan raídas como su propia piel en descomposición apareció entre la vegetación con la boca y sus manos empapadas en sangre tibia... Sangre de una víctima muy reciente. La mujer adulta arrojó una mirada petrificada hacia aquella criatura, pero no de miedo, más bien como si la carga de un yunque de culpa recayese violenta y repentinamente sobre sus delgados hombros.

A medida que la criatura lejos de ser un humano se acercaba cada vez más, el shock en aquella cuidadora crecía. Eran los niños quiénes entre gritos y tirones de ropa intentaban hacerla volver en sí, pero nada de eso funcionó. No fue hasta el último segundo en que el fragor de una detonación la despierta de su estado catatónico, cuando la amenaza cae abatida de un disparo. —¡Maldita sea, Emily! ¿¡Qué te dije de mantener a los niños dentro!? —Por el brazo la levantó un hombre uniformado de negro que en su otra mano cargaba un rifle con la boca del cañón humeante—. ¿Sabes lo que esto significa, verdad? —Antes de responderle al sujeto, una lágrima y su voz quebrada le disuadieron de hacerlo, sólo asintió con la cabeza—. Llévalos adentro, ahora.

Los niños y su nana parecen guiarse a través de un camino en el que se topan en contrasentido con un grupo de hombres vestidos con trajes de peligro biológico. Voltean a ver y comprueban que se dirigen allá donde seguramente lo que haya quedado de su pequeño amigo sea un cadáver, o peor aún, sólo restos de uno. Todos entran a una enorme casa en el medio de un claro perdido del bosque. Curiosamente, el carnet de acceso que usa la cuidadora para desbloquear el sistema de seguridad de la puerta revela la compañía para la que trabaja, a quien pertenecía aquella inmensa propiedad y la verdadera naturaleza oculta tras esta, que no sería otra que la Mansión Spencer.


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Montañas de Arklay | 1993

Casi un año había pasado ya desde aquél siniestro que siquiera tocó los oídos de las autoridades locales, ocurrido en los bosques montañosos adyacentes a Raccoon City, cerca de aquél misterioso y enorme complejo residencial fundido en el corazón de Arklay...

La Mansión Spencer

Sus vetustas y macizas estructuras se remontaban a los tiempos en que Umbrella vislumbró su nacimiento, cuando entonces sus jóvenes fundadores eran sólo universitarios recién egresados, con una fortuna heredada de la aristocracia inglesa y audacia y ambición compartidas copiosamente.

Tres décadas después, en los aún Felices Noventa, el lugar era usado como un punto de retiro vacacional para los altos ejecutivos cuando las tribulaciones del mundo, el mercado farmacéutico o las acciones en la bolsa eran demasiado para ellos. Así lo creían todos, o más bien, los pocos que tenían conocimiento de su existencia o siquiera de su ubicación. Acceder a este por vía terrestre podía resultar toda una travesía, un laberinto inescrutable para el ojo inexperto que no conociese las manías, rutas y atajos del paraje boscoso. De hecho, sus huéspedes y visitantes generalmente llegaban en un helicóptero que aterrizaba en el propio helipuerto con el que contaba.

Así, la propiedad pasaba por completo desapercibida de la civilización, y con ella todo lo que sucedía en las zonas aledañas tanto como puertas adentro.


───※ ·❆· ※───


Las leyendas en los bosques de Arklay sobre niños fantasmas por las voces y correteos que se escuchaban a lo lejos, desembocaban en la realidad de que muchos infantes residían en la Mansión Spencer, incluyendo sus cuidadoras. Era probable que se tratase de los hijos de socios mayores de la corporación.

O quizá había algo más en el trasfondo de todo el asunto...

Y vivieron felices por siempre... —Indicó la dulce voz de Emily al cerrar la tapa de un libro.

Emily era una joven de apariencia delicada y tierna, gentil y amable. Y no se trataba de una nana convencional... La gigantesca farmacéutica había contratado a un conjunto de mujeres con preparación sólida en áreas pedagógicas y relacionadas al cuidado infantil. En su caso, ella era una médico pediatra, encargada de cuatro niños de otros tantos que se hospedaban en el resto de alas del complejo.

Con ella se entretenían siempre. Aquella noche de lluvia primaveral en particular, escuchando sus cuentos y la inmersiva forma en que los narraba, al punto tal en que casi siempre se quedaban con ganas de uno más, y así pasaban horas y horas hasta que caían dormidos. Esta vez no parecía que fuesen a dormir tan pronto. —¡Otro, Emily, por favor! Sólo uno más... —Rogaba la niña acostada en su cama, arropada de pies a cabeza.

Más atrás habló el pequeño rubio, quien terminaba un plato de cereales. —El soldadito de plomo es mi favorito.

Bueeno, está bien... Pero sólo uno más. Y se dormirán —Advertiría guiñando un ojo a ambos. Le llamó la atención, sin embargo, el silencio del castaño, quien se veía distraído observando una pintoresca figura de acción entre sus manos—. ¿Verdad, 20-08? —Intentó llamar su atención.

No lo sé, ¿cual de los cuentos con final feliz fue real alguna vez? —Interrogó con una calma inamovible—. 16-05 no tuvo uno. Lo devoró un monstruo.

Y un silencio ensordecedor apareció para apoderarse de la habitación, uno que haría agachar la cabeza para recordar el trágico incidente en que perdieron a su amigo. La pequeña de cabellos azabache y el rubio se despidieron de su nana, mientras que el menor de todos ellos, y sin embargo, el más grande, no salió del calor que le daba su sábana. Igualmente, la joven mujer dejó un tierno beso en su mejilla antes de retirarse.


───※ ·❆· ※───


La luna llena toca el punto más alto del oscuro manto nublado que tiene por cielo aquella noche y la inamovible atmósfera de calma bajo la lluvia se rompe cuando la cacofonía campaneante de un antiguo reloj de la mansión se dispersa por todo el lugar para anunciar la medianoche. A esto le siguió una serie consecutiva de zapateos que hacían eco en los corredores. Pasos que empezaban a aproximarse con premura hacia la habitación de los tres niños...

¡Niños! —La puerta aperturándose con violencia reveló a una magullada y aterrada Emily—. ¡Despierten! ¡Deben venir conmigo! —Se le atropellaban las palabras entre jadeos, mientras los levantaba apresurada a cada uno de los infantes para cogerlos de la mano.

Ninguno entendía bien lo que estaba pasando. Ella les decía que todo estaría bien, que saldrían de allí para ir a un lugar más seguro y que los protegería. Sin embargo, se dispuso para salir por donde vino y de repente sus ojos exhaltados parecieron toparse con un vivo reflejo de lo que huía... Justo en ese momento, un relámpago vislumbró en sincronía con el destello que escupió la boca de un arma, entremezclándose el ruido causado por el disparo con el estruendo de la tempestad.

De un segundo a otro, la cuidadora de los niños yacía en el suelo con un agujero en su frente y la mirada perdida en el vacío.

La muerte se coló a la habitación vistiendo botas militares y el negro simbólico de su oscura labor. Un relumbrón del tormentoso cielo a través del ventanal reveló su rostro hirsuto y pálido, donde la tragedia había dejado huella... una enorme cicatriz en la mejilla.

Entre sollozos y llantos, los niños intentaban asimilar el panorama frente a ellos; el cadáver de la persona que les había dado cuidados y atenciones toda sus vidas, en fuerte y chocante contraste con quien allí presente les arrebató todo aquello. —Todo estará bien, mis pequeños... —Nacía con enfermiza calma ante la situación una voz profunda y grave—. El tío Müller se hará cargo de ustedes...

Fueron palabras que marcaron sus mentes. O al menos, por el corto período de tiempo en que se les permitiría conservar la lucidez y los hórridos recuerdos de aquella trágica madrugada.





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