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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Miedo, asco y Navidad en Las Vegas | Abigail

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Recuerdo del primer mensaje :


23 de Diciembre de 2015
New York-New York Hotel & Casino
Las Vegas, NV.


Una auténtica locura.

Era el primer pensamiento que había cruzado su mente al escuchar al hombre. En un primer momento pensó que sus oídos le habían traicionado y, cuando las palabras salieron una segunda vez de sus labios agrietados por el frío, su cerebro saltó a la segunda explicación más razonable: el frío y la extenuación lo habían llevado al delirio.

Eso es lo que dijo. —Se encogió de hombros, sin duda leyendo el pensamiento en su rostro.

Él suspiró.

Epicentro de problemas y agudos dolores de cabeza, Wesley habría apostado un brazo porque Las Vegas sólo había alterado su oferta en lo que a connotaciones se refería. Sin actuaciones para llenar sus carteleras ni centrales dispuestas a sostener los espectáculos de luces, la ciudad del pecado se había convertido en un agujero en medio del desierto donde nadie en su sano juicio asomaría sus narices. Se dijo entonces que se había dejado engañar. Su mochila iba más ligera de la cuenta, y la comida que faltaba viajaba en el macuto de aquel individuo que había sabido ver la oportunidad en un embuste, a demasiados kilómetros ya como para que arrepentirse e ir a reclamarlos de vuelta fuese una opción.

Adentrarse en la zona metropolitana de Las Vegas era, a falta de papel o lápiz, lo más parecido a firmar una nota de suicidio. Nadie tenía tan poco aprecio a la vida. Ni siquiera Abigail Roth. Sin embargo, una semana más tarde, cuando la posibilidad arrastró sus pies entre callejuelas prácticamente cubiertas por la altura de viejos hoteles, no le quedó más remedio que aceptar que, después de todo, cabía la posibilidad de que el inevitable día al fin hubiera llegado.  

Había terminado por perder la cabeza.

Esa seguridad se había mantenido férrea en su mente durante dos días. No habían sido los mejores de su vida, iluminados sólo por una agridulce noción de que se había prometido uno más. Tratar de buscar algo en aquella ciudad con un mínimo de eficiencia la llevaría semanas, sino un mes. Mucho más de los que sus reservas o la voz de la razón aconsejaban.

Sabía que había consumido la mayoría de las setenta y dos horas casi tan bien como sabía que no podía seguir evitando aquel lugar por más tiempo. Detuvo sus pasos en mitad del puente de Brooklyn a más de dos mil millas del verdadero. Con una mueca en el rostro, recorrió con la mirada la fachada del New York-New York Hotel.

Maldijo entre dientes, haciéndose con su linterna. Le tomó buena parte de media hora, pero logró dar con una escalera trasera en las instalaciones. Media docena de pasillos estrechos y algún que otro desvío obligado, entró silenciosamente en lo que, a la luz de la linterna, intuyó como una antigua sala de personal.

«Viva Las Vegas»

El pensamiento rebotó en su mente, y también pareció hacerlo en el más absoluto silencio que parecía envolver todo.

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Casi había logrado olvidar a la abominación con la que se había precipitado por el hueco del ascensor a su llegada. El hecho, sin lugar a duda, atribuía más mérito al lugar y las calamidades a las que daba cobijo que a su memoria.

Me surge la duda —respondió a su sarcasmo —: ¿Siempre has tenido este buen ojo para elegir hospedaje?

Wes giró la muñeca, echándole un vistazo a su reloj, y comprobó que llevaba allí demasiado poco tiempo para semejante número de desastres potenciales evitados. Antes de separarse, solía ser él quien determinaba los lugares de descanso antes de que se separasen. Si alguna vez había tenido dudas sobre sus razonamientos para hacer caso omiso a sus quejas o sugerencias, estas se habían esfumado de un plumazo.

Recuperó su linterna mientras se encogía de hombros. El haz de luz desapareció en un acto instantáneo, pero el objeto continuaba en su mano izquierda cuando siguió a la mujer por las escaleras. Recordaba bien el motivo por el que él también había decidido descender por el hueco del ascensor, mas se mantuvo en silencio. Se había prometido a sí mismo que, en el improbable caso de aquel reencuentro, haría todo en su poder por no prender la chispa de una disputa.

Llegados a aquel punto, gozaba de la confianza suficiente como para plantearse la posibilidad de salir de aquel lugar indemne. En todos los sentidos. Con lo que Wesley no había contado era con el objeto que Abigail recuperó con alivio del destartalado corredor. Tuvo que acercarse, intrigado, hasta que la poca luz del lugar incidió en el ángulo pertinente para permitirle reconocerlo.

¿En serio? —murmuró, sabiendo al instante que la escasa distancia no le salvaría.

Su escaso entendimiento en cámaras fotográficas pasaba por una consideración como objeto frágil. En sus años de experiencia conviviendo con aquella, Wesley había aprendido casi a envidiar su resistencia. Sencillamente, el objeto se negaba a perecer, por precaria que fuese a la situación a la que se lo expusiese. Por mucho que pudiera llegar a admirar una tenacidad digna de cualquier soldado, su pérdida no sería una que el marine fuese a lamentar.

483 —repitió con un hilo de voz, adelantándose para revisar una a una la numeración de la hilera puertas.

En un primer vistazo, el pasillo parecía despejado. La moqueta silenciaba en gran medida sus pasos en su avance, así que afinó el oído en busca de cualquier sonido fuera de lugar. Navegó por un puñado de números impares, probando suerte hasta que una al fin cedió al empuje de su mano.

Mira eso. —Se detuvo al distinguir el 479 grabado en la placa—. Somos prácticamente vecinos.

La puerta crujió un segundo antes de cederle el paso a una estancia única. Había transitado los suficientes moteles para saber dónde buscar, por lo que tan pronto comprobó que nada acechaba en el baño, se dispuso a registrar en busca de algo útil. Metió las cosas prácticamente sin examinarlas y cerró su mochila, ligeramente más pesada en los escasos metros hasta la habitación de destino.

Con la puerta de la habitación 483 cerrada a sus espaldas, sus hombros se desplomaron un par de centímetros.

¿Es pronto para decir que odio este sitio? —sopesó en voz alta mientras se sentaba en el colchón.

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Bueno, ya me conoces... — Abby se encogió de hombros con una suave sonrisa. Aunque no tanto cuando Wes vio la cámara entre sus manos, había pasado demasiado tiempo con él como para reconocer su estado de ánimo y que aborrecía el trabajo de ella como fotógrafa. Bueno, no se conocieron en una mejor situación, eso no ayudó a que en los tiempos siguientes él tuviera esa repulsión por la Nikon.

Vaya... — susurró al ver el ligero brillo en la placa de su habitación. — Le agradeceré al Santa Zombie, de no haber sido por él igual ni nos hubiéramos cruzado el uno con el otro — Abby también fue a su habitación para recoger sus cosas. No tardó mucho, ya que no había sacado nada de la mochila, que rápidamente se echó al hombro.

Igual deberíamos... — no terminó la frase, ya que un ruido resonó al final del pasillo. — Igual hasta podemos odiarlo más aún... — añadió al percatarse de aquello. La mujer sujetó el brazo de Wes para que avanzase junto a ella en dirección contraria a la procedencia de ese sonido. Fuera lo que fuera no sería bueno.

¿Crees que podríamos salir por alguna de las habitaciones? — en el exterior la arena cubría los edificios, si estaba a buena altura podrían bajar por las dunas que se habían formado contra las paredes. Lo que le preocupaba a la mujer era la noche y tener que moverse en aquella ciudad a oscuras. La arena que se había acumulado en Las Vegas había acabado también con muchos de los zombies, pero en aquel momento lo que más le preocupaba eran las horribles abominaciones de Umbrella. Abby se acercó a la primera puerta que vio, era una habitación normal y corriente. Empujó la puerta con suma delicadeza, puesto que si había algo en el interior sería mejor no llamar la atención.

Despejado — se adentró allí. Se trataba de un lugar polvoriento, intacto en el paso del tiempo. Fue directa a las ventanas, al abrirla se apartó bruscamente cuando la arena comenzó a caer en el dormitorio. — Mierda — en ese lado del hotel estaban atrapados. — Deberíamos ascender.


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El milagro de la Navidad —ironizó.

Por más escéptico que pretendiera sonar, había algo de verdad en todo aquello. Aquel lugar era tan escalofriante como lo era gigantesco. Sólo entonces, con una visión más formada del hotel, empezó a cuestionarse su plan para internarse en él. O más bien la ausencia de uno. Peinar el edificio le habría llevado días y una probabilidad aplastante de no estar vivo para la mitad de ellos. Y, aun así, nada garantizaba un encuentro. Ambos podrían haberse cruzado y volver a tomar caminos distintos sin siquiera ser conscientes.

Le alegrará recibir tu carta —sugirió al tiempo que hacía botar el colchón en el que había tomado asiento. Wesley no ardía en deseos de sufrir un segundo encontronazo con Santa.

Le llevó poco más que un vistazo para concluir que la mujer había pasado allí la noche. Su mente trató de buscar una asociación y dio con todas aquellas historias de voluntarios a hospedarse una noche completa en una casa maldita. En todas ellas sus protagonistas buscaban probar su arrojo o hacerse con algún tipo de premio fijado. A Wesley siempre le habían parecido una estupidez; entonces sólo le parecieron poco ajustadas a la realidad. Sin nada que probar ni premio al que ostentar, él habría descendido al mismísimo infierno y hasta vendido su alma para descansar una noche en un colchón como aquel.

Un quejido se anidó en su garganta cuando Abby prácticamente lo arrastró fuera de la habitación. La mullida sensación lo persiguió como un fantasma alimentado por falta de sueño. Apenas fue consciente de lo que hacía. Se limitó a seguir por una vez la iniciativa de la castaña, cuya pregunta terminó con su repentino estupor.

¿Te refieres a descender por la fachada? —La miró sorprendido.

El plan, pese a la primera impresión, no era descabellado del todo. Wesley lo meditó mientras se internaban en una nueva habitación. Consigo llevaba una cuerda de escalada, suficiente si encontraban un lugar que les brindara una altura razonable y un buen punto de anclaje. La oscuridad les brindaría el resguardo suficiente para hacerlo sin ser vistos. Sólo existía un pequeño inconveniente.

Espera —tosió. Al caer, la arena se había mezclado con el polvo, ahora en suspensión. Wesley intentó despejarlo sin mucho éxito dando un par de manotazos al aire—. Pon que descendemos al exterior. Entonces, ¿qué? —planteó. La señaló con un movimiento de cabeza—. Ya de por sí será un milagro que no enfermes con la ropa mojada aquí dentro. —Tratar de buscar un lugar seguro en la ciudad a oscuras no les llevaría mucho más lejos—. Deberíamos encontrar un lugar seguro, esperar a que pase la noche —propuso—. Entré por lo que parecían áreas para el servicio. Es un maldito laberinto completamente a oscuras, pero no me había topado con nada hasta tu descenso triunfal por el ascensor.

No se le pasaba por alto la puerta que había dejado abierta, o los caminantes que lo habían invitado a descender en primer lugar. Aquel, sin embargo, era un riesgo mucho más calculado que descubrir qué los aguardaba en plantas superiores.

Conocemos el camino; sabemos dónde está el peligro —Ni siquiera tenían por qué volver a toparse con aquella cosa del salón—. Podemos pasar la noche allí, con la salida a la espalda si nos vemos forzados a usarla antes de que salga el sol.

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Abby le miró con auténtica diversión cuando bromeó sobre su carta. — Le pediré una cámara nueva, ¿quiéres algo para ti? — se acercó a él tomando asiento durante un breve momento de descanso. Aunque no duró mucho.

La mujer recordó que hacía poco tiempo había encontrado un segundo machete por ahí y se lo ofreció a Wes. Lo llevaba en su mochila, porque con uno ella se apañaba suficientemente bien. Así que le entregó aquel a él.

Para ti.

Abby suspiró al escuchar sus palabras, porque Wes tenía toda la razón del mundo, como siempre él era el sensato de los dos. — Está bien, pero... — no podía evitar sentir esa sensación en el pecho de nerviosismo y a la vez pánico. — Esto podría ser el guión de una película mala de terror — sí, estaban en un hotel gigantesco abandonado, siendo perseguidos por vete tú a saber que criaturas y un Santa Zombie. El hecho de que su trabajadora imaginación recreara hasta el póster de la película la hizo reír en silencio. Negó rápidamente tratando de centrarse.

Está bien, empiezo a sentir ya mucho frío, la verdad — cedió, aunque la idea de tener que bajar toda esa cantidad de plantas la hacía preocuparse bastante. ¿Y si se topaban con lo que estaban tratando de evitar? Obviamente no se iban a quedar estáticos en el mismo sitio. — Pero si nos encontramos con Santa, te encargas tú de sentarse en sus rodillas y decirle si has sido un niño bueno o no — comentó con ironía mientras que salía de la habitación y le señalaba con el dedo de paso. Abby ya cargaba con sus cosas y se disponía a avanzar hacia las escaleras, en dirección contraria a la de antes, donde habían escuchado los ruidos.

La joven fotógrafa avanzó rápidamente hacia una de las esquinas y asomó la parte superior de su cabeza, a la espera de distinguir si era seguro seguir o no por allí. La oscuridad apenas la dejaba ver, pero pude distinguir un par de zombies moverse de forma torpe y ella hábilmente alzó su mano derecha hacia atrás, a la vez que retrocedía para indicarle a Wes que por ahí no era una buena opción. Abby se giró, con el corazón en un puño y avanzó hacia atrás, buscando otro pasillo por el que seguir. Mientras que se llevaba uno de sus dedos a la boca para insistirle al militar que no hiciera ruido.

DADOS:
¿Hay algo por el pasillo?


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«Paciencia», se dijo a sí mismo.

Si el acceso a otra cámara iba ligado a un aumento del número de imprudencias, él iba a necesitar cantidades ingentes de ella.

Me conformo con salir de aquí.

Sus mejores opciones para ello pasaban, en gran medida, por no tener que volver a toparse con Santa. De por sí, el hombre estaba convencido de que tardaría en olvidar la imagen sin necesidad de un nuevo recordatorio. Allí acababan sus aspiraciones en cuanto obsequios. Cuando la fotógrafa sacó un machete y se lo ofreció, Wesley no supo adivinar sus intenciones. Todavía observaba el mango cuando sus palabras lo sacaron al fin de dudas.

Vaya. —Lo tomó, sorprendido—. Gracias.

De pronto se sintió como si lo hubieran invitado a una fiesta de cumpleaños a la que se había presentado de manos vacías. Trató de deshacerse de la idea y se concentró en el arma. La giró en su mano, comprobó su filo y la aseguró a un lado de su mochila cuando estuvo satisfecho. Resultaba una opción más ligera y manejable que el hacha al que ahora hacía compañía en su espalda.

Wesley ya estaba preparado para la oposición cuando Abigail empezó a hablar. La aceptación resultaba novedosa, así que no pudo evitar anticipar el pero. En los años que habían pasado haciéndose compañía, Wesley había fantaseado con el día en que sus planes no contaran con un contraargumento. Aquel resultó ser el ansiado día. Y, contra todo pronóstico, su llegada cosechó un ceño fruncido por parte del hombre más que cualquier tipo de satisfacción.

En ese caso, mira el lado positivo —respondió a la broma casi por inercia, y sus facciones tardaron más de la cuenta en mudar la sorpresa y formar una vaga media sonrisa—. Ninguno de los dos somos rubios.

Pensó en lo agradable que habría sido regirse por las normas de la ficción, donde rasgos triviales como aquel solían suponer un alto índice de supervivencia. No obstante, su realidad había decidido prescindir de banalidades, y su situación resultaba, cuando menos, precaria. La preocupación afloró con fuerzas renovadas cuando Abigail hizo mención al frío. Podía considerarse afortunado del contenido de su mochila, pero entre sus pertinencias no había nada capaz de combatir un mal resfriado.

Su cerebro barajó soluciones, pero para cuando quiso formularlas, la fotógrafa ya había salido haciendo honor a su costumbre de dejarlo con una broma pendida en el aire y la palabra en la boca. Wesley suspiró, maldijo entre dientes y se dispuso a seguirla.

La alcanzó al cabo de un minuto, justo para ver la poco ortodoxa pero universal señal que lo llevó a detenerse y dar media vuelta. Invertida la marcha, tomó el relevo para conducirlos por la interminable fila de habitaciones. Recordaba a grandes rasgos la disposición recogida en el mapa de plantas inferiores. Los corredores trazaban una u simétrica que desembocaban en dos zonas de ascensores y escaleras de emergencia. Avanzó despacio y sin mediar palabra, buscando quicios visibles entre las puertas o sonidos que delataran presencia que no fuera la suya. Al cabo de lo que pareció una eternidad, sus ojos distinguieron el recodo que los llevaría a su destino.

Hacia las escaleras —murmuró.

El camino estaba despejado. Aun así, Wesley se desplazó en silencio hasta colarse por la puerta, cerrarla a sus espaldas y bloquear los seguros.

Una cosa menos.

Ahora solo queda volver a bajar. ¿Recuerdas la planta?

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