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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Vivos, muertos y otras cosas terribles (Ian Davenport)

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Mensaje por James J. Yeager el Lun 25 Nov 2019, 23:26


Vivos, muertos y otras cosas terribles


01/11/2015 - Afueras de Juction City - Kansas - Nublado

El coche que James encontró en Windsor le deja tirado en una carretera secundaria cerca de la interestatal setenta, a las afueras de Junction City y con una horda pisándole los talones. Esa noche la pasa estirado en el techo de una autocaravana abandonada en medio de la carretera, con la muerte por debajo y solo el cielo encima.

James tiene un recuerdo lejano, tanto que parece que ya ni siquiera es suyo, de cuando solía tumbarse en el jardín de su casa y levantaba la vista hacia la Luna y las estrellas engastadas en las nubes. Casi tan cerca como para poder soplar y convertirlas en constelaciones. La sensación cálida que solía sentir en su interior ahora parece algo imposible en la desolación del rostro de James.

La noche se pinta de los jirones del aliento de James al condensarse en el aire, el graznido que sale de gargantas podridas y el ocasional tambaleo de la caravana cuando uno de ellos se choca con el vehículo. La medianoche pasó hace horas y los ojos le arden por la fatiga pero James no puede relajarse, así que aquí está, mordisqueándose el labio y recordando una vida que ya no le pertenece.  

.

A lo mejor ha pasado un día entre hoy y ayer. O tal vez más de uno, pero cuando James llega a la vieja granja de sus abuelos, casi no la reconoce. Es el fantasma de lo que una vez fue y pudo haber sido, con la pintura de las paredes deslucida, cristales medio translucidos después de capas y capas de suciedad y madera corroída por el desuso. Es una caja destartalada y sucia, de pie orgullosa en medio de un campo olvidado de hectáreas que se extienden hasta donde alcanza la vista, como muchas otras granjas de la zona.

James no entiende porque está ahí ni puede explicar esa opresión que siente en el pecho, como si le estuvieran envasando al vacío las entrañas, pero recorre largos pasos hasta llegar al porche de la casa y casi se estremece, pero de alguna manera no está sorprendido. De cerca, la vista es extraña, pero familiar, abrupto en cierto sentido, como algo evasivo para su mente pero que está fosilizado en su alma.

Se queda en el umbral de la puerta, y aparte de la gruesa capa de polvo y el olor a hojas en descomposición, James escucha los ecos distantes de risas, amistad y familia, y hace que tenga unas ganas terribles de sollozar. Las viejas y desvanecidas sonrisas y el dolor se derrama.

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Mensaje por Ian Davenport el Vie 29 Nov 2019, 23:32

Querían rapidez, pero aquella no era una misión para ir con prisas. Regresaba por fin, tras cumplir con su objetivo satisfactoriamente... aunque se traía consigo algunos cortes y moratones de esa misma noche. Amanecía y llevaba ya efectivamente más de veinticuatro horas despierto. Ya no era capaz ni de identificar el día en el que se encontraba. Solo que estaba en un día muy largo. Se sentía cansado, pero se impedía a sí mismo parar, pues entonces sabía, por experiencia, que todo el cansancio acumulado caería y que perdería más de seis horas durmiendo. Así que hasta que no llegase a la base no se detendría.

De lo que sí que era consciente era de que necesitaba asearse y limpiar sus heridas, antes de que se le infectaran. Así que comenzó a plantearse el hecho de parar. Y cuando vio aquella granja en la lejanía... terminó por decidirse.

Había despejado la casa, es decir, había acabado con tres zombies que habían en la casa. Los dejó en la parte de atrás, se trataba de un garaje e Ian los cubrió con unos plásticos que encontró, mostrando un poco de respeto hacia esa familia, puesto que se había refugiado en su hogar, destartalado, pero al fin y al cabo una casa.

Se encontraba en el baño, aseándose, limpiando los cortes y cosiendo un par de cortes.

Jo-der... — resopló entre diente, en un susurro. Estaba acostumbrado a el dolor, a ese tipo de heridas e incluso peores, pero provocarselas él mismo con una aguja, era algo que le desagradaba bastante. Limpió la sangre que cayó en el lavabo, como si de verdad fuera un invitado en aquella casa. Le habían educado así.


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Mensaje por James J. Yeager el Sáb 30 Nov 2019, 22:51

Los segundos vienen y van, escabulléndose a lo largo de una delgada línea de vacilación. En el exterior, la hierba se difumina con el cielo, colores romos y opaco caos. James se queda allí, de pie en el umbral de la puerta, asfixiándose a cámara lenta, con el corazón torcido por el esfuerzo de bombear oxigeno por todo su cuerpo. No tiene ni idea de porqué no es capaz de entrar y aferrarse a la promesa de refugio y descanso, pero el pinchazo que siente en el pecho es demasiado fuerte como para pasarlo por alto. Así que en lugar de eso, se da media y vuelta y se marcha.
Si James está hecho una mierda, es por los recuerdos. Lo están matando, y no hay nada que pueda salvarle. Nada ni nadie puede salvarte de tus recuerdos. Por eso se va, porque no necesita más sufrimiento en el que regocijarse hasta que sea demasiado tarde incluso para eso.

Sus piernas se detienen frente al granero, y James alza la mirada. Cuando era pequeño ese lugar siempre le pareció imponente e inexpugnable, capaz de sobrevivir al olvido y el paso del tiempo. Ahora es solo una sombra de antaño, resumida en cuatro paredes demasiado altas para poder soportar su propio peso, un tejado a dos aguas cayéndose a trozos e insulsa monotonía.
Hay un atisbo de ansiedad en el pulso de James cuando decide abrir la puerta, que delata su presencia con un furioso chirrido metálico. Dentro todo parece particularmente desolado, la oscuridad se traga todas las esquinas y James tiene esa sensación de vacío ajeno que le observa. Huele a humedad, paja y serrín. A tierra y decadencia.

A simple vista no hay nada que le llame la atención. Trastos abandonados en una esquina, algunas balas de paja y la puerta que separa el espacio de las caballerizas. Pero cuando la escasa luz se refleja en lo que parece ser un viejo espejo James no puede evitar acercarse. Apenas reconoce al hombre que le devuelve la mirada. La luz poco favorecedora envuelve su piel con un tono cetrino y un pesado velo de letargo. Círculos oscuros ensombrecen sus ojos y es casi sobrecogedor lo hundidos que parecen sus hombros, como si ya no fueran lo suficientemente fuertes para soportar el enorme e invisible peso que carga sobre ellos

Solo entonces James registra como un murmullo, y a lo mejor pasos demasiado irregulares para ser deliberados. Metal contra metal, no especialmente ruidoso, pero el sonido es del tipo que acaba atrapándote, ahogándote lentamente sin dejar nada excepto puntas de los dedos aferrándose desesperadas a la tierra y burbujas de aire rompiendo la superficie.
James no se rinde a esos toquecillos impacientes y cuando vuelve a mirar hacia el espejo ya no es él del otro lado, sino una especie de hombre relleno y aun así vacío, con sombras que caen entre la emoción y la reacción. Es su hermano, ensangrentado y muerto, es caos, gritos y disparos, manos podridas haciendo carne jirones y James no soporta más la presión.

Se cubre con las manos sus rasgos tristes, tal vez con demasiada fuerza, intentado alejar esas imágenes. La angustia le sube por la garganta en un grito grave, y su mano se cierra sobre algo que lanza y rompe el espejo con un estrépito lo suficientemente alto para atraer atención indeseada.  
Al fin, cuando James ha dejado de jadear para tratar de absorber algo de oxígeno, abre los ojos. No puede apartar la vista de la forma en la que sus dedos tiemblan y hace una mueca exhausta, en el limite entre el delirio y la realidad. Entonces aquel ruidito ya no es un murmullo lejano sino gruñidos exasperantes, y el peso de un cuerpo chocando contra la puerta de las caballerizas.

—Cállate. — con dos pasos llega hasta la puerta, que solo choca contra el pestillo que la mantiene cerrada con más fuerza. La voz de James sale con una reticencia, como de mala gana. —Cállate. — golpea la puerta con la mano abierta para acentuar su ira monocromática, pero eso solo parece alentar a la criatura del otro lado. —¡Cállate! — entonces coge el atizador que está recostado al lado de la puerta con demasiada alevosía como para ser casualidad, y antes de que pueda pensarlo abre la pequeña puerta y le hunde el hierro desde la sien hasta el cuello a aquel muerto.

James acompaña al cadáver hasta el suelo y no para hasta que el atizador ya no choca contra carne y hueso sino tierra. El aire entra y sale, silbante, de sus pulmones, y lanza el arma con las manos ensangrentadas cuando se pone en pie, lejos. James se concentra en recuperar el aliento para alejar ese sentimiento de obscena satisfacción.

Los ojos de James están rojos. Sus labios, blancos. El silencio es negro.

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Mensaje por Ian Davenport el Lun 02 Dic 2019, 21:01

Cuando terminó con las gasas las tiró a la basura. Se llevó una mano a la frente para comprobar que no tenía fiebre, pues de repente empezó a sentirse más cansado y adolorido de lo normal. Su cabeza daba vueltas y sentía que no tardaría en desfallecer, todo tal vez producto del cansancio mental y físico. El primero era tal vez incluso mayor.

Se obligó a sentarse en el borde de la bañera y se llevó ambas manos a la sien, en un intento de aliviar aquella presión. Así estuvo un par de segundos, respirando, una y otra vez, con calma, para tranquilizarse y tal vez alejar el dolor. Pero solo conseguía que su cuerpo se relajara más y que sintiera aún más el cansancio. Incluso se estaba quedando dormido allí mismo. El ruido le hizo abrir los ojos de par en par, por un momento creyó que era producto de su imaginación. Se trataba de unos golpes suaves, al menos desde su posición. Parecían proceder desde fuera. Ian se asomó a la ventana y escuchó con atención: de el granero.

Se planteó quedarse allí. Podría encerrarse en uno de los dormitorios y dormir un poco, Umbrella podría esperar. Pero no se sentía seguro si había indicios de que por allí había algo o alguien más. Armado con su machete descendió los escalones de la casa, lo más sigiloso que su cuerpo le permitía.

Al llegar a la planta baja salió al exterior de la misma forma, procurando no causar ni un solo ruido. Muy despacio avanzó hasta el granero y lo rodeó lentamente. Apenas era capaz de ver nada del interior desde allí, así que decidió su siguiente paso. Ian se colocó en un lateral de la puerta, pegado a la pared.  Se agachó y golpeó una de las puertas de madera, una sola vez, más que un golpe se trataba de rozar con el machete la madera, provocando ruido. De esa forma no se sabría de qué podría tratarse. Si dentro había un zombie, o una de esas criaturas de Umbrella se escucharían gruñidos, si no... el ruido resultaba bastante inexacto, la persona podría pensar que se trataba de un zombie más. Él sabría cómo actuar. Ian se preparó en el lateral con el arma levantado.


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Mensaje por James J. Yeager el Mar 03 Dic 2019, 13:30

El silencio que sigue después de desquitarse con el muerto es lo más ruidoso que James ha escuchado nunca. La ansiedad en sus venas se aviva en la quietud, en el zumbido del viento y en su respiración, ruidosa y sonora. Y cuando vuelve a mirar al cuerpo tendido en el suelo, James ya no puede soportar estar dentro de esas cuatro paredes. Se siente como en el decorado de una película, creado con depresiones, sueños corrosivos y desesperanza. Pero aunque James se haya girado y esté a dos pasos de la puerta y el caos y la promesa de lluvia gris, no puede escapar de la miseria, y eso le hace sentir aún más solo y aún más triste. Porque James se ha convertido en la clase de carbón que vive de la miseria. Que tiene una dependencia parásita de absorber la agonía de los huesos.

Si James no hubiera estado tan aborto encarnando todo lo que es triste, mirando a la Luna desde el fondo de un pozo, a lo mejor se habría detenido al escuchar aquel ruido, lejano de una forma abstracta, pero lo suficientemente tangible para haber sabido que no era producto de su imaginación, o se habría dado cuenta que aquella ligera sombra esparcida en la tierra, encorvada del otro lado de la puerta antes no estaba ahí. Pero ese día James estaba enfadado con el mundo y celoso, así que sigue avanzando con la frialdad de alguien acostumbrado a vivir de las sobras y regodeándose en su desgracia.

Solo cuando James empuja la puerta, entreabierta, y el chirrido de las bisagras fractura la calma, cuando una brisa de otoño se lleva su desasosiego y James deja escapar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo, se da cuenta, quizá un par de segundos demasiado tarde, que no está solo.

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Mensaje por Ian Davenport el Mar 03 Dic 2019, 14:40

Como siempre los segundos se le hicieeon eternos, aunque siempre le habían enseñado que la paciencia era un don él no la tenía. Aparentaba muy bien, y ya.

En cuanto la puerta se abrió, Ian no se lo pensó dos veces. Saltó sobre esta lanzandose a por lo que en un principio creyó que era un zombie. Pero no, estaba vivo y lo más sorprendente es que creía conocerlo.

Ian cayó sobre el hombre con todas sus fuerzas, machete en mano. Le tiró contra el suelo y quedó sobre él. Abrió los ojos mucho al darse cuenta de que no se había confundido. Pero eso no podía ser, porque había dejado morir a ese hombre. Bueno, él no, sus superiores. Pero lo sintió como si hubiera sido por su culpa. Así que no era de extrañar que en su estado comenzara a imaginarse cosas.

¡Tú estabas muerto — gritó a la vez que lo zarandeaba. Una parte de él estaba fuera de sí ante aquello. El cansancio acumulado y aquello le había terminado por sacar de sus cabales.


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Mensaje por James J. Yeager el Jue 05 Dic 2019, 20:06

Cuando quiere darse cuenta, James está en el suelo después de un golpe que le sacó todo el aire de los pulmones. No se lo ha visto venir y de repente deja de registrar los detalles, porque un hombre le está atacando y James no tiene forma de defenderse.

Ese desconocido le zarandea y James no entiende por qué todavía no le ha abierto la cabeza como un melón con ese enorme machete suyo, ni discierne del todo las palabras que le está gritando, como si tuvieran un significado más profundo que James no es capaz de descifrar. Su voz es abrupta, y James no puede recordar con precisión cuándo la ha oído antes.
James mira hacia arriba y con la mirada recorre rápidamente los contornos de unos pómulos afilados, piel pálida, una mandíbula definida. Un milímetro detrás de otro. La vista es desconocida pero no extraña, como si fuera alguien que ya debe haber pasado por su vida antes pero escapa a su memoria. En ese momento (no cuando la afilada hoja de una machete estaba a centímetros de su cabeza), es cuando el brillo del miedo que se desliza por el rostro de James es distinguible. Tiene el pulso acelerado y está algo desorientado, la cabeza le da vueltas y es como si el estómago se le hubiera vuelto del revés. No siente los dedos, es más, tampoco las rodillas.

Sólo entonces se da cuenta de que probablemente no sea la primera vez que se ven, pero James no se atreve que explorar ese hilo de su subconsciente y la necesidad de quitárselo de encima le invade. Así que le lanza a ese hombre un puñetazo que impacta en su quijada con fuerza, tanta que James sabe que después le dolerá la mano.

Se levanta todo lo rápido que sus músculos y articulaciones se lo permiten y James acorta la distancia que le separa de la puerta sin molestarse en mirar atrás. El aire resuena, no por el estrépito del golpe, sino por las bocanadas de aire que silban al entrar a su pulmones. Tiene que salir de ahí, porque él ya no conoce a nadie, y no quiere aceptar del desafío del recuerdo.

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Mensaje por Ian Davenport el Vie 06 Dic 2019, 12:28

Sí, aquello tenía que ser producto de su imaginación. Su cansada mente le estaba jugando una mala pasada reviviendo una historia del pasado que le había dejado marcado. Aún era capaz de recordar a la perfección el momento en el que falló a su compañero David, así se llamaba él, lo recordó. Le dijeron que regresarían después, que se encontrarían en la base, pero jamás llegaron y cuando pidió explicaciones a uno de sus superiores, solo obtuvo una respuesta: «Daños colaterales». Aquellas palabras se habían grabado a fuego en el hombre. Que a diferencia de muchos de sus compañeros él si tenía aprecio por la vida ajena. Y más si eran conocidos, amigos, si habían compartido una comida, alguna historia... Aquella anécdota le hizo plantearse que él también podría ser un daño colateral para Umbrella, prescindible y desde entonces luchó para no serlo. ¿Pero era la elección más acertada?

Ian lo miraba casi aterrado, como quien veía a un fantasma, pero también se mostraba realmente furioso. ¿Por qué a él, por qué ahora?

El golpe le hizo caer hacia atrás. Ian estaba fuera de sí. Le llevó un par de segundos reaccionar, se levantó a la vez que se frotaba la zona golpeada y comenzaba a correr, en la dirección en la que se había ido el muchacho, dejando atrás su machete.

¡David! — se limitó a gritar cuando le vio de nuevo.


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Mensaje por James J. Yeager el Dom 08 Dic 2019, 16:42

James se ha alejado unos cuantos metros cuando escucha los pasos de aquel hombre formando un asfixiante ritmo detrás de él. Pero James es rápido, y si llega a la línea del bosque que rodea la parcela de la granja, podrá quitárselo de encima. Sin embargo, su siguiente pisada se detiene en un espasmo involuntario cuando consigue entender lo que ha gritado ese desconocido. Hace años que no escucha ese nombre pronunciado en voz alta y James se queda sin aliento. Los segundos se extienden, James cierra los ojos y se obliga a respirar, hondo, como si el aire pudiera llenar el vacío que hay en su interior. Su nuez asciende, se detiene y no vuelve a bajar.

El corazón de James se desploma pero de alguna forma no está sorprendido, casi como si tuviera que ser así. Solo entonces se gira y es un movimiento lento y terriblemente tranquilo. Casi antinatural. Cuando sus miradas chocan, de repente el encuentro fortuito parece más un juicio deliberado que una posible conversación. Más aterrador que tenso, más horrible que incómodo. Hay una linea larga y rígida que va de un par de ojos hasta el otro y esta vez sí se atreve a reconocer al desconocido.

No tiene que pensar mucho para darse cuenta de quién es, y a lo mejor distingue una chispa de miedo en su mirada pero James no tiene el tiempo ni la paciencia para indagar más. No quiere ponerle nombre a esa cara porque después no podría fingir que todo esto no está pasando, pero recuerdos de camaradería, risas y amistad le traicionan. Su hermano aveces le hablaba de él e incluso, en algunas ocasiones, James se les unía en los escasos momentos en que podían darse el lujo de tener un respiro.
James no es ajeno al respeto que sentían el uno por el otro, al cariño. Entonces las viejas y desvanecidas sonrisas y la miseria se derrama. Y en ese momento, estalla. James se derrumba a cámara lenta bajo la presión y el dolor. Está harto de todo.  

No piensa cuando se le tira encima y ambos ruedan por el suelo hasta que James lo atrapa bajo su cuerpo y le asesta un puñetazo que retumba en su propio hombro. Pero James no está de humor para considerar aclaraciones, porque también recuerda la desesperación, el miedo, la traición, y ese dolor hace que se olvide de todo lo demás.  —¡Tu le mataste! ¡Nos mataste! — hiede a rencor cuando le coge del cuello de la chaqueta y le golpea otra vez. —¡Nos mataste! — su voz retumba áspera por el desuso, dos octavas más aguda de lo normal, encolerizado.

James J. Yeager

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