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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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[FB] Jugando al ratón y al gato [Vernice Valdeviras]

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Recuerdo del primer mensaje :

Debíamos movilizar a tanta gente en tan poco tiempo, y fueron unas horas, no sólo tensas, sino de un trabajo extenuante.... podía sentir el latir de mi corazón en la cabeza, quizás los nervios me traicionase, pero intentaba mantenerme en calma, yo no era el líder de esta gente, no quería serlo. Mi compromiso no iba más allá de Emma y Leonard, dos jóvenes con los que viajé durante largos meses.... curiosamente, nos habíamos mantenido alejados de todo y todos durante mucho tiempo, pero en ocasiones las cosas se pueden liar, y es entonces cuando la casa se te llena de gente y te das cuenta de que el frigorífico está vacío.

Mis manos ayudaban a la gente a cargar sus pertrechos, e intentaba que no cargasen de más, algunos le habían cogido tanto apego a este lugar en tan sólo dos días que casi podían haber firmado unas escrituras, si en este loco mundo aún quedaran bancos.

De nuevo busqué con mi mirada a la bombera, allí estaba, encima de su camión montando a toda la gente que llevaba como equipaje.... No podía tragar, de pronto me vi envuelto encabezando un convoy y atropellando a muchos caminantes, más de los que en las incursiones anteriores había visto por esta zona, caminos o carreteras. Es como si ellos también se estuviesen trasladando a un lugar donde hubiera más provisiones.... La ambulancia derrapó bruscamente cuando giré por un camino de tierra que se abría paso por la derecha, la carretera principal estaba intransitable, quince o veinte de ellos andaban por medio, como intentando decir “ey, parad, dejad que os probemos un poco”.

Era tan amargo mi recuerdo, que en vez de sonreír, que era lo que tocaba ahora, dos lágrimas se asomaron a mis ojos, empecé a no poder respirar bien, a contener mi respiración mientras tomaba curvas de difícil control, esta vez miré por el retrovisor, pero no pude verla, ni a ella ni a más de tres coches atrás. El camino estaba levantando una polvareda demasiado densa a nuestro paso. Conduje durante veinte largos minutos que por algún extraño motivo fueron apenas segundos en mi cabeza, ¿le habíamos sacado suficiente ventaja a esa horda para llegar a salvo a nuestro destino? Todos estaban muy contentos porque nos dirigíamos a una pequeña fábrica de conservas que estaba en muy buen estado, y que anteriormente, algunos de nosotros habíamos limpiado, quemado todos los cadáveres y comprobado que podríamos estar aislados del mundo exterior, al menos mientras podíamos encontrar un sitio mejor. Pero después de tanto tiempo, no creo que lo hubiera, esto lo tenía todo.





Desperté con un fuerte dolor de pierna, sobresaltado y sudoroso. Tras unos cuantos segundos de intentar calmar mi corazón y que mi ritmo cardíaco volviera a la normalidad, me incorporé como pude eché mis dos últimas pastillas a la boca, e intenté beber agua de una botella en la que no quedaba nada. Respiré profundamente guardando todas mis provisiones en una mochila vieja y gastada, la botella vacía y una manta totalmente desaliñada y que ya casi no me hacía entrar en calor.... No había encontrado el menor rastro, y esta vez, aunque había estado casi dos semanas fuera, no había conseguido siquiera insulina para Emma. Ya no me sentía parte de ese grupo, ya no me sentía parte del mundo, mi posesión más preciada era mi dolor.... con un poco de suerte, estaría de vuelta al mediodía. Apenas cinco millas para llegar a mi destino.

Silbé en señal de buenos días a Niebla, mi querido pastor belga que desde el inicio de todo siempre se mantuvo a mi lado. Mis pasos fueron creciendo su ritmo hasta llegar a una buena marcha, mis articulaciones habían calentado, y el resto del trabajo lo habían hecho los analgésicos, así que ahora seguía el sendero de vuelta, por ahí jamas había encontrado ninguna pista, y mis viajes se alejaban cada vez más del campamento base. ¿Qué habría sido de ella? Quise interrogarme a mí mismo, pero no salían palabras de mi garganta, mientras, niebla se acercaba y alejaba vigilando todos los puntos muertos desde cualquier cosa de esas podría sorprenderme, a pesar de llevar dos días sin comer aún tenía fuerzas suficientes...

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Niebla corría de un lado a otro buscando con qué entretenerse, mientras y ahora con bastante más luz que cuando llegué, recorrí de nuevo los alrededores del camión buscando alguna pista, ya no de qué había ocurrido allí, sino la evidencia de que ella no estaba mal.... A intervalos no armónicos un pequeño gemido o rugido, no sabría distinguirlo, de la pequeña Sally llegaban atenuados hasta mis oídos, y me helaban el alma. Yo había conocido a esa niña jugando, corriendo y siempre feliz a pesar de lo que ya había vivido a su corta edad, no entendía como pudo pasarle algo así, y cómo Vernice, que se desvivía por todos nosotros, había sido incapaz de protegerla. Eso me llevaba a otra pregunta que me angustiaba más aún. ¿Y ella? ¿Qué había sido de ella? No encontré ningún rastro que después de cuatro meses de búsqueda insaciable no hubiese tenido la más mínima respuesta a mis súplicas.... me encontraba tan agotado que tan sólo quería tener la certeza de que ya no debía seguir buscándola.



Era un edificio de paredes blancas, ella estaba herida, y yo con mis pocos o muchos conocimientos sanitarios, era lo más parecido a un médico que había, así que me atreví a coser por primera vez. Su herida empezaba apenas un par de centímetros por encima de su cadera y llegaba casi quince centímetros hacia el muslo, aunque no parecía excesivamente profunda, a todos nos impresionó.

No contaba con anestésico así que tras una fuerte carga de analgésicos y antibióticos procedí a coserla
torpemente. Recuerdo haber pasado varios días junto a ella, vigilando constantes, comprobando que no hubiera fiebre y cambiándole el suero para que estuviese hidratada, ya que permanecía inconsciente.

Tras el accidente me sentía como en casa, quizás el cielo tras mandarnos toda esta incertidumbre nos hubiese querido dar un descanso después de casi conseguir que la perdiera. Alguno de los chicos encontraron provisiones y en la terraza del edificio hacíamos pequeñas barbacoas incluso con comida enlatada.....

Tras recuperarse levemente, ocultando el dolor bajo una pausada cojera que yo quería imaginar que era por la tirantez de los puntos, en una de esas fantásticas barbacoas en las que todo se nos había olvidad, recuerdo que me dio las gracias sentada tras de mí. Estuvimos hablando durante bastante rato, mientras el fuego se iba consumiendo, y avivaba mi esperanza porque algún día, pudiésemos compartir.....

....Podía sentir incluso el calor de mi cara cuando pensé esto por primera vez. Ella acariciando mi pelo, dijo sonriendo:

-No te preocupes Gilbert, pronto mejoraré, y ha sido gracias a tu valentía al detener la infección que se hubiese causado si no hubieras actuado.

Esas palabras fueron las que me lanzaron a buscarla, ella sabía que lo que nunca se conseguiría era lo que nunca se intentaba. Ella me hizo ver que tenía que seguir adelante, hasta encontrarla viva, o una muestra de que ya no lo estaba.





Volví a la realidad, y tras comprobar que no había ningún casquillo de bala, comprendí que por extraño que pareciese no había podido disparar. Eso si era típico de ella. Lo más fácil hubiera sido correr en dirección opuesta a donde había caído el camión, aunque también es cierto que continuar en dirección por donde había venido el camión me llevaría de vuelta a la fábrica. Suspiré varias veces antes de tomar la decisión y di gracias porque la pistola no funcionase.

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Recordé la carta que había dejado sobre la mesa de la cocina y volví a por ella, di un par de vueltas por la habitación hasta dar con un rotulador y escribí en el sobre, justo encima de la anotación ya existente:

"No es necesario que entres, ya no queda nada Karen."


Lo más seguro era que esa persona jamás volviera por aquí, puede que pasaran lustros o décadas antes de que alguien volviera a entrar en esta casa, pero si por algún casual venía, y era, tal y como suponía, familiar de los caminantes de la casa, no se merecía ver lo que ahí dentro había pasado. Nadie se merecía ver algo así.

Con la carta en la mano volví al dormitorio. Me puse la chaqueta, que no había perdido del todo el olor pero al menos no tenía ya residuos encima, y guardé también las dos latas de cerveza que habían sobrado de la noche anterior, en los bolsillos, ahora mismo no me apetecía ni siquiera tenerlas cerca pero seguramente más adelante las podría echar en falta. Busqué entre los cajones y repisas hasta dar con un rollo de cinta adhesiva, y salí al porche de la casa.

Cerré la puerta apalancada, antes o después era posible que se abriera con el viento, pero intenté dejarla todo lo encajada que pude, y con la cinta dejé el sobre pegado sobre la puerta, sujeto por todos los extremos para asegurarme de que permaneciera allí durante bastante tiempo.

Saqué de uno de los bolsillos de la chaqueta el spray de pintura, y lo lancé al aire dando un par de vueltas mientras decidía si hacerlo o no. Al principio, solía elegir muy concienzudamente los sitios en los que dejar la marca: que fueran bien visibles desde lejos, superficies despejadas, que contrastara bastante el color de la pintura... ahora, casi había cambiado el motivo por el que lo hacía y dejaba las marcas en cualquier punto que yo pudiera reconocer del sitio en que había estado. Suspiré observando el bote de pintura girar en el aire, y volví a cogerlo al vuelo. Agité el bote de spray y comencé a marcar el graffity sobre la fachada del porche de la pequeña casa, cubriendo con la pintura puertas, paneles de madera e incluso el vidrio de las ventanas. Me alejé un par de metros para contemplar el dibujo desde lejos, cualquiera que se acercara a la casa lo suficiente podría verlo, pero muy pocas personas en el mundo podrían entender qué quería decir.


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Eran apenas las 18:22 de la tarde cuando el volvíamos por fin al parque. El aviso nos había hecho salir antes de la una del mediodía y por tanto, de la hora de almorzar, así que mi estómago rugía furioso y sentía tanta hambre que me habría comido hasta una piedra. Observé por la ventanilla lateral y me relamí inconscientemente viendo el Porshe Cayenne aparcado en las inmediaciones del parque.

Bajé de un salto del camión, me quité apresuradamente el uniforme dejándolo en la percha correspondiente y corrí hacia el comedor pensando en el festín. Nada más atravesar al umbral pude ver la gran caja de pasteles vacía, ni migajas habían quedado, y Gilbert de espaldas a mí, se rascaba la cabeza contemplándola.

-No me lo puedo creer... ¿No ha quedado nada?

Gilbert me miró como si le hubieran dicho que tenía que correr delante de fieras salvajes, y no lo decía por su pierna, sino por lo poco adicto al peligro que era.

-¿Qué? ¿Me pongo en medio y digo que no? ¿Con cuántos crees que podría...? De uno en uno, sin hacerme daño.- habló encogiéndose de hombros.- Aunque pudiera detener a cuatro abriendo los brazos, saldrían manos de todas partes cogiendo pasteles. Ha sido un horror, la visión me la llevaré a la tumba.

-Vale, esto no puede seguir así.- los compañeros dormitaban en su mayor parte en la sala de descanso, y los demás se habían ido a las duchas, por si acaso, busqué un folio en blanco, un rotulador y tiré de la mano de Gilbert hacia una esquina del pasillo lejos de la mirada de todos.- Mira, esto será así a partir de ahora...- hablé con media lengua por fuera mientras dibujaba la señal en el folio. - Lo colgaré en mi ventana todos los días antes de que llegues. Si la VV está boca arriba significa que puedes entrar... Si está boca abajo, es porque he salido, da un par de vueltas hasta que nos veas entrar o haya cambiado la orientación de folio.
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A día de hoy, todas las marcas que dejaba, tenían el símbolo boca abajo...

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Saqué de mi bolsillo una hoja de papel de calco, tomé la ramita pequeña que llevaba a modo de lápiz en el bolsillo y volví a hacer una rayita, las conté: 17. Había estado andando en una dirección durante siete días, y otros siete de vuelta. Ahora aún sin saber dónde estaba, sabía que me había, no sólo desviado un día de camino, sino que además, aún podían quedarme varios antes de llegar a mi destino, que no era otro que la fábrica. Así que suspiré profundamente intentando oxigenar mi cerebro y esta vez no equivocarme ni tomar una decisión que me perdiera, era importante no volver a hacerlo....



-Ey Gilbert, ponte aquí con nosotros, rápido.- dijo el capitán de la compañía 27.

Todos los chicos incluida Vernice, estaban al lado del camión tres, la autobomba grande y majestuosa, donde solían sacarse fotos siempre que volvían de una gran intervención....

Al parecer y según venían contando con euforia, las llamas se extendían desde el segundo al noveno piso. La escala colocada a media distancia intentando refrescar los pisos superiores, y desde abajo con grandes mangas, seguramente de 40 o más pulgadas, anegando en agua los pisos inferiores. Tampoco entendía mucho del tema. Sólo sé que no hubo víctimas, que consiguieron apagar el fuego pasando de una azotea a otra y atacándolo desde arriba y desde abajo. Todo en menos de seis horas. A pesar de ver sus caras de cansancio, para ellos era importante sacarse esa foto..... Los servicios de emergencias tanto sanitarios como de la policía, tan sólo estuvimos presentes viendo la gran actuación de estos equipos de bomberos.

-Vamos Gilbert, no remolonees.- insistió ahora Lenny, al que quizás, sin poder llamarlo amistad, era el que más veces me dirigía la palabra.

“Gilbert, has traído pasteles?” “Gilbert, has venido tarde” “Oh el día que traigas café será perfecto” Qué cabrón, pensé mientras me negaba a ponerme en la foto.

Lenny cogió la gran cámara y dijo:

-Esta primera la saco yo, rápido.- y me empujó para que me pusiera.

Todos abrieron lugar para que me colocara al lado de ella, que no decía nada, y aunque no creo que le importase, tampoco dijo nada al respecto. Sólo sonrió al acercarme y Lenny empezó a sacar fotos.

-Quietos, no os mováis por favor, un segundito. Joder Carl, he dicho que no te muevas...- Me extrañó, y de repente gritó. -¡Ahora!

Y todos salieron corriendo empujándonos uno contra el otro. Ella me miró extrañada moviendo la cabeza. Al llegar arriba, Lenny me dio la foto, cuando todos salieron corriendo disparó la cámara sacándonos tan sólo a ella y a mí. Me sentí avergonzado y la escondí rápidamente en mi bolsillo. ¿Por qué lo había hecho? Me sonrojé sin saber por qué y me dio tanta vergüenza que....

-Chicos, tengo cosas que hacer, ya nos vemos la semana que viene.- sin siquiera despedirme de ella salí
corriendo escaleras abajo.

Aún recuerdo que quince minutos después aún seguía rojo, avergonzado, y esa sensación volvía a mí al
contemplar la foto. Al empujarnos parecía que su cabeza estaba apoyada sobre mi hombro.




Volví a mirar la foto, vacié mi cartera dejando todo lo que tenía dentro allí, tan sólo guardando mi carnet de sanitario y mi preciada foto dentro. Sonreí, volví a tomar aire, y continué por la dirección en la que ella debía haber huido. La misma línea que marcaban la cabina del camión y la pistola.

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Dejé la pequeña casa y me dirigí hacia el primer cobertizo, el más pequeño, no estaba dispuesta a marcharme con las manos vacías y dos latas de cerveza no eran un buen botín como para darme con satisfecha. Apalanqué la puerta con el martillo y tras un par de crujidos cedió abriéndose de par en par hacia el interior de la pequeña caseta. No se veía demasiado bien el interior a causa del polvo acumulado en los ventanucos, pero cuando mis ojos se habían adaptado a la penumbra, di con una repisa cargada de tarros de cristal con conservas caseras.

-Oh, sí, ¡gracias parientes de Karen!- grité girando la cabeza hacia la casa de granja, como si intentara que ambos caminantes muertos me escucharan.

Abrí uno de los tarros y metí los dedos rebuscando alguna pieza de verdura en su interior, la salmuera hacía que me escocieran las gritas de los dedos, pero no me importó demasiado. Conseguí pescar un pepinillo y me lo llevé a la boca con desesperación. Ni siquiera me di tiempo para comprobar si estaba bueno o no, masticaba rápido tragándome los trozos casi enteros, y luego volvía a buscar otro, repetidamente hasta terminar el tarro.

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Desde que había cumplido ocho años, solíamos pasar todos los veranos en la finca de los abuelos, eso fue después de que mi abuelo materno muriera, de otro modo, papá nunca se había atrevido a volver al pueblo. Aunque era muy pequeña para entenderlo, solía escuchar las historias sobre cómo papá había tenido que salir huyendo mientras el Abuelo Francisco lo perseguía escopeta en mano gritándole que era un ladrón y un malnacido.

Aquella tarde, la tía María Estrella se había puesto a preparar conservas, y yo maldecía por lo bajo. Hacía un día perfecto, soleado y no demasiado caluroso, y los primos jugaban al fútbol en el patio o trotaban a caballo en el picadero. Demonios, ¿por qué las niñas teníamos que quedarnos toda la tarde en la cocina a meter verduras en tarros?

-Humgf.... me aburro...- refunfuñé entre dientes.

-No seas así Vernice, aprende lo que te está enseñando tu tía que algún día te será útil.- me regañó mamá, quien hacía lo que fuera por intentar volver a reconciliarse con la familia.

Mientras pelaba y dejaba caer las verduras en los tarros, no podía quitar la vista de la ventana, la gran planicie cultivada se extendía más allá y me estaba llamando con todas sus fuerzas. Mis tías y mi madre se habían enfrascado en una conversación sobre una tal Rosita Linda Gutierrez que era una ligera de cascos y nosequé más, así que aproveché la ocasión y me dejé escurrir debajo de la mesa sin que lo notaran demasiado, y salí corriendo al patio, antes de que tuvieran tiempo de darse cuenta para gritarme que dejara de llenarme el vestido de tierra. [FB]_______________________________________________________________________________




Mis dedos tocaban ya el fondo del tarro y comenzaba a dolerme el estómago por comer tan rápido, así que me detuve y frené el deseo de abrir otro bote más. Rebusqué por la caseta hasta dar con una vieja cartera de cuero, la llené con unos cuantos botes más, no demasiados, sólo los que cupieran sin resultar demasiado pesados, y me la colgué a la espalda.

Salí de nuevo al exterior y reemprendí la marcha hacia el este, dejando pronto la granja a mis espaldas, antes de decidir si dirigirme o no a la fábrica quería comprobar si el maldito laboratorio seguía dónde lo había dejado dos meses atrás.

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Si había algo que me hiciera falta más que un par de analgésicos, era un trago de agua. Mi boca estaba seca así que cogí una piedrecita del suelo recordando lo que decía el doctor Andrew: que cuando se le secaba la boca chupaba una pequeña piedra y eso le hacía salivar. Soplé una piedra varias veces, no fuera que con tanto salivar hiciera barro, y me la eché a la boca. No sé si eso me hizo salivar, pero sí que mientras sacaba todos los sabores que recorrían mi boca, recordé que todavía llevaba el conejo en mi mochila.

Hice una pequeña parada, y metiendo la palanca por los agujeritos de los dientes intenté despellejar el conejo. Siempre había escuchado que la carne de conejo había que dejarla orear algunas horas antes de comérsela, pero yo era incapaz de tomar nada. Miré varias veces la pieza, y aunque no tenía ninguna intención de comerla, el asco fue superior a mí.

-Toma Niebla.- dije totalmente convencido.

Niebla moviendo su cola, tomó la pieza y se alejó hasta una colina, donde empezó a comer y comer, seguramente hasta no dejar más que la piel. No pasarían veinte minutos cuando volvió a darme alcance, saltando y trotando a mi alrededor, necesitábamos un sitio en el que poder beber....



Estuvimos hasta altas horas de la madrugada en la barbacoa de la que sin duda fue la última noche que pasamos juntos. Hacía casi cinco meses de esto.

Ella sonreía con su pelo cayéndole en la cara mientras mordía un perrito caliente. Lo único que habíamos podido echar al fuego eran las últimas quince latas de frankfurts que habíamos encontrado en un pequeño pueblo, su supermercado había sido asaltado un par de veces, y ahora que los probábamos, sabíamos por qué habían dejado las salchichas allí, ni siquiera estar en un estado de sitio justificaba el comerse esas salchichas.... Pero era lo único que teníamos, era lo que nos había sentado a todos alrededor del fuego.

Algunos cantaban y otros sonreían y contaban historias como si no hubiese ocurrido nada. Yo no dejaba de mirarla, el fuego hacía que estuviera más preciosa aún. No sé si quedó dormida en mi hombro, pero apoyados contra la pared cogí mi chaqueta y nos tapamos con ella. Fueron los últimos momentos felices que recuerdo. No estaba seguro del tiempo que había pasado, quizás fui yo el que quedé dormido, ella me dio un beso en la mejilla y tiró de mí, yo la seguí hasta donde ella me dirigía sonriéndome con los ojos afilados....




Sería media mañana. Tenía que controlar mi mente, dejarme de recuerdos y ponerme al día con lo que estaba haciendo. De pronto, cometí un error más, había seguido andando por una llanura demasiado grande, sin resguardo, sin sitio donde poder esconderme, y la colina más cercana que me guareciera de la mirada de intrusos o del olfato de los caminantes se alejaba de mí más de media milla. Reparé en lo que había ocurrido, y oteé a todos lados. Al norte se veían un par de pequeñas casetas, quizás tres o cuatro, pero aún se veían bastante lejos, y el sol casi de cara no me permitía interpretarlo con claridad. A la derecha, el este, se podía observar un pequeño bosque y a la izquierda una colina suave, por la que ascendía un pequeño camino.

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Aunque todavía era temprano, ya había suficiente luz como para que la resaca martilleara mi cabeza dándome ganas de volver a vomitar. Me encaminé hacia una zona arbolada que iba poco a poco introduciéndose en un profundo bosque, cuanto más lejos me mantuviera de la luz del sol tanto mejor, y puse rumbo al este.


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Había salido corriendo de aquel maldito laboratorio a toda prisa, ni siquiera me había fijado en si había aparcamiento fuera o una carretera asfaltada que llevara a algún sitio, llevaba tantos meses sin ver la luz del sol que en cuanto vi la puerta abierta simplemente eché a correr sin mirar atrás. Seguí las indicaciones que me había murmurado pocas horas antes el forense, y al llegar a la valla publicitaria, me agaché a recoger la bolsa que me había dejado preparada con provisiones, sin casi dejar de correr, para luego seguir mi camino. Por nada del mundo iba a permitir que volvieran a encontrarme, o al menos, no iba a ponérselo fácil.

Había seguido corriendo un buen rato más, llegué a un tupido bosque y comencé a atravesarlo, pensando que si había alguien siguiéndome le sería más difícil encontrarme entre las sombras y la vegetación. Fui bajando la marcha, el cansancio y el agotamiento ya hacía que notara un pinchazo en la cintura, demasiado tiempo sin correr debía de llevar ya.

Llegué exhausta al cauce de un pequeño riachuelo, no se veía demasiado bien a través de las copas de los árboles, pero debía de ser ya mediodía. Me senté sobre una roca y comencé a investigar en la bolsa que me había preparado para la huida: algo de comida, un martillo, algo de ropa limpia... Me quité las botas de seguridad, la planta de los pies se me había molido en la desenfrenada carrera, y hundí los dedos en la corriente de agua casi helada. Y ahora... ¿dónde debía ir? Había estado tanto tiempo encerrada, que ahora el mundo se me hacía inabarcablemente enorme.

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Llegué al cauce del riachuelo. Recordaba que la primera vez que estuve ahí el camino se me había hecho casi interminable, aunque cierto era que esta vez lo hacía en sentido contrario, igual quedaba todavía mucho por recorrer. Esta vez el cauce era mayor, seguramente a causa del deshielo de primavera que ya prácticamente había terminado.

Me agaché en la orilla quedándome de rodillas e incliné la cabeza sobre el agua. La corriente se dirigía de norte a sur, si mal no recordaba el laboratorio debía de estar al sureste de aquel lugar, así que, si hacían algún tipo de vertido al río debía de ser más allá de este punto. De todos modos medité la decisión un segundo, pero luego tomé agua entre las dos manos y bebí ávidamente, para acabar metiendo la cabeza dentro de la misma corriente del riachuelo, el agua fría y limpia me ayudaría a despejarme y quitarían los rastros de olor que quedaban aún de la casa de la granja.

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Dirigí mis pasos lo más rápido posible hacia la base de la colina, pero en dirección a las casas del sur. Intenté no hacer mucho ruido, y cuando estaba apenas a unos doscientos metros aguardé más de una hora viendo el movimiento que ahí había.

Si había alguien ahí no había notado ningún movimiento, ese era mi trabajo, mi especialidad, observar y
descubrir los movimientos por pequeños que fueran, que se producían en un escenario, en una localización. Vigilar y dirigir a mis equipos por radio. Había pasado casi una hora, o quizás fueran dos. Y tras repetir cuatro veces la misma operación escudriñando centímetro a centímetro de la lontananza, volví a confiar en mi cuarto veredicto. Allí no había nadie.

Empecé mi camino lentamente, y envié a Niebla bordeando la colina, alejándose de mí, si veía algo ladraría. Llegué hasta la parte de atrás de la primera casa, era pequeña, unos veinte metros cuadrados. Asomé mi cabeza lentamente, no se veía nada, aunque la puerta parecía abierta. Un poco más a la izquierda, había otra pequeña caseta, algo más grande que en la que estaba apoyado, y en frente a mi izquierda, lo que sería una casa de granja. De repente algo perturbó la tranquilidad con la que estaba realizando mi operación. En la fachada de la pequeña casa había una señal....



-Ey Gilbert,- dijo ella saltándome alrededor y poniéndome la mano en el hombro- fue una gran idea.- sonrió de nuevo.

Asentí mientras que lo que pasaba por mi cabeza era haberla abrazado fuertemente.

-Tienes razón Vernice- dije con voz suave y tranquila mientras le daba los pasteles en la mano- de todas formas los tuyos estaban a buen recaudo.

Sonreí y le entregué un paquete con las tres caracolas de canela que tanto le gustaban. Las horas que pasaba con la señora Margarita, su madre, estaban dando su fruto. Ella me lo contaba todo, sus gustos, cuales eran los pasteles que más le gustaban y cuales odiaba, los que intentaba no meter en la caja por mucho que los pidiera Lenny. Y sobre todo, si es que alguna vez me atrevía, dónde le encantaba pasar los fines de semana. Pero quién era yo para pedirle una cita, si ni siquiera se daba cuenta de que venía por ella.

Me sonrojé ligeramente, al darme cuenta de que estaba siendo un tramposo, y que estaba usando a su mamá, la señora Margarita, para que ella no notara que no era capaz de pedirle siquiera una cita, menos aún preguntarle por sus gustos. Subimos las escaleras juntos hasta la cocina del parque de bomberos.




Volví a mirar la fachada, efectivamente, era su señal. Miré varias veces, señalé a Niebla la otra casa, haciendo una señal circular con la mano derecha y apuntando hacia la otra casa. Niebla corrió tras de ella para yo ir hasta donde estaba la señal con la que Vernice y yo nos comunicábamos. La VV hacia abajo significaba que no estaba, que había salido, y ahora intentaba recordar cuantas cosas más podría querer decir: volveré, no volveré, espérame aquí hasta que vuelva aunque ahora mismo no estoy....

Busqué sin muchos resultados cualquier otra señal, ¿cuánto tiempo hacía que estuvo aquí? Quise pensar que era nuestra señal y que me quería decir algo. Fui a entrar, pero en la puerta había un sobre. No era para mí, pero podía tener cualquier información dentro. Era su letra, en el sobre, se veía claramente que era la letra de Vernice y le había dejado la nota a alguien, igual era importante, pero no era yo quien debía abrirla. Así que abrí la puerta e invité con un ligero silbido a Niebla para que entrase. Pocos segundos después, un ladrido me indicó que podía pasar. Lo que allí vi era indescriptible, más de lo de siempre: alguien que había perdido un ser querido y había tenido que quitarle la vida y la no vida el uno al otro. Difícil de entender si no estabas viviendo lo que los que aún quedábamos con vida habíamos visto. Cerré la puerta tras de mí, sin saber cuánto tiempo había pasado ahí.

Me dirigí al primer cobertizo, la puerta parecía rota, había sido forzada y abierta a la fuerza, así que debía ser la primera. Me acerqué y volvimos a repetir la operación, tras el amistoso ladrido de Niebla entré, casi arrastrando mis pies, serían las doce del mediodía aproximadamente.

Era un pequeño cobertizo donde se guardaban las herramientas, aunque ya no quedaban muchas. Tenía una especie de encimera donde debían prepararse conservas, en una estantería se podían ver unos cuantos botes aún de conservas. No me paré a mirar si estaban o no en mal estado, si tendría que pagar un juicio o prestar atención por mis malas acciones, si había un dios o habría otra cosa que me haría pagar por ellas.... abrí una de las latas de conserva, y sin pensarlo mucho, poniendo el dedo para no tragar ninguna verdura bebí todo el líquido. No era lo mejor que había probado, aunque podía recordar cosas peores no hace mucho. Bebí con ansias salpicándome la cara y la camisa, necesitaba más, así que abrí otro y repetí la misma operación, bebiendo todo el líquido que tenía. ¿Demasiado salado? Daba igual, todo lo que repusiera en mi cuerpo estaba bien. Intenté abrir el grifo, pero aparte de ruidos, no salía agua. Volví a cerrarlo por si en algún momento volvía, que la factura del agua..... Sonreí al ver lo que estaba haciendo ¿Factura? ¿Vuelta a la normalidad? Al parecer haber bebido un poco de líquido me había afectado más de lo que ya lo estaba.....

-¿Conserva de pimientos?- dije en voz alta.

Tomé uno llevándomelo a la boca, si esta gente era hipertensa yo lo agradecía, porque nunca había probado una conserva más sosa. Abrí un tercer bote y terminé de beber todo el líquido, esta vez sin derramar una sola gota. Ahora que había bebido me sentía exhausto, aunque, si ese líquido me lo hubiera echado en la herida, habría sido capaz de cauterizarla.

Sin darme cuenta, mientras revisaba la habitación, me había comido un bote de pimientos, quedaban dos sin abrir y dos sin líquido abiertos. Volví a poner la tapadera en ellos y los dejé allí, aún me quedaba un cobertizo por investigar.

Me acerqué al cobertizo que se hallaba cerrado, necesitaba encontrar algo para curar mi herida. La puerta estaba cerrada, no parecía un mecanismo complicado pero no quería hacer más ruido. Lo observé durante algún tiempo de nuevo y coloqué la palanca en lo que sería la cerradura, una vez hice palanca salté y dejé caer todo mi peso sobre ella. "Clonck". Sonó una sola vez, no estaba abierta pero sí había sido desplazada de su enganche, la madera de toda la puerta había perdurado sin ser abierta durante todo este tiempo. La luz que dejaba la puerta tras haber movido la cerradura fue suficiente para volver a meter la palanca, girarla, empujarla con mi cuerpo y al soltar la presión que yo mismo ejercía, tirando de la barra hacia arriba. "Clonck", sonó secamente y la puerta cedió....

Tiré de la hoja hacia fuera y miré hacia un lado, alzando la barra y entrando hacia el otro..... Sin saber por qué, quedé mirando las paredes: estanterías, herramientas oxidadas, mucho material que en su día hubiese servido para echar a funcionar una granja, ahora parecían piezas de un extraño y antiguo museo, piezas que antaño fueron muy útiles y que hoy, con lo que estábamos viviendo, con el peligro que se corría estando fuera, y quizás también dentro, eran basura.

Empecé a revisar todo lo que podía servirme, por arriba y por abajo, empecé a buscar cualquier cosa que pudiera ser útil, necesitaba curarme la pierna, necesitaba agua, necesitaba.... tantas cosas necesitaba que cualquier cosa que pudiera buscar me vendría bien.....

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Acabé quitándome por completo la chaqueta y saqué los objetos de los bolsillos para evitar que se estropeasen, la hundí en el agua, y la dejé sujeta en la rama de un árbol que ascendía desde el riachuelo, así se limpiaría y perdería del todo el olor que aún podía tener.

Mientras dejaba que la chaqueta se lavase me quedé revisando los objetos que llevaba conmigo: las dos latas de cerveza que habían sobrado de la "fiesta" de la noche anterior, el spray de pintura que agité enérgicamente (debía quedarle algo menos de la mitad, pero era suficiente por ahora), la nota que ya había perdido prácticamente toda la tinta y apenas era un papel arrugado, y el llavero plateado con forma de ambulancia.


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Aquel era un buen sitio para pasar una temporada, lo bastante lejos de las carreteras principales, con un amplio terreno despejado alrededor, provisto de todos los servicios e instalaciones. Según creo, en su día había sido un club de campo para gente adinerada, muy adinerada, así que incluso contaba con una zona de hotel de lujo para aquellos que querían pasarse una temporada jugando al golf o montando a caballo, lejos de los quebraderos de cabeza de la ciudad y los negocios.

A día de hoy, era un buen sitio para recuperarse y descansar, pero ya no aguantaba más tiempo atada a la maldita cama y sentía la necesidad de empezar a hacer cosas y volver a la actividad. Me había levantado y me había puesto un fresco vestido veraniego que había encontrado en uno de los armarios de las habitaciones, no era el tipo de ropa que hubiese elegido, pero al menos, así no tenía que llevar elásticos ni cinturillas que me presionaran sobre los puntos de la herida.

Salí a la recepción del club, y estuve un rato dando vueltas con calma por el edificio para reconocer el lugar, muchos de los compañeros me saludaban mientras hacían distintas tareas y parecían contentos de verme de nuevo en pie. Debía de ser cerca del mediodía cuando, a través de los cristales del comedor, vi la ambulancia llegar por el camino de tierra y aparcar en la puerta de la recepción. Sonreí de medio lado y salí a saludar.

-Ey, ¿ya te has levantado?- preguntó Gilbert con una sonrisa mientras sacaba las llaves del contacto.

-Sí, iba a morirme, pero del aburrimiento.- alcé los brazos estirándome para desentumecer los músculos.

-Uhm, eso está bien, es buena señal.

Le seguí a la parte trasera de la ambulancia, él abrió las puertas y mostró la cabina cargada con media docena de grandes cajas, ¿qué serían? ¿Comida? ¿Medicinas?... Me picaba la curiosidad así que intenté coger una para llevarla al interior.

-¿Dónde hay que dejar esto..?- pregunté intentando conseguir más información.

-No, no. Tú no debes de coger peso aún. Lo descargaremos nosotros.- respondió el apartándome suavemente mientras Leonard y Leroy comenzaban a sacar algunas cajas.- Toma, si quieres hacer algo, aparca ahora la ambulancia mientras nosotros lo colocamos.

Él dejó colgando el llavero de su dedo índice, y yo se lo arrebaté rápidamente con un sólo movimiento.

-Claro, eso está hecho.

En cuanto cerraron las puertas y se apartaron hacia la entrada, puse el motor en marcha y dejé el vehículo bien colocado en el aparcamiento, justo a la sombra de mi gran camión forestal. Observé por los retrovisores como iban metiendo las cajas en la recepción una a una, y con las llaves en la mano, comencé a darle vueltas al llavero que tenía forma de ambulancia. Sonreí de medio lado, desenganché el llavero y lo guardé en el bolsillo del vestido justo antes de que Gilbert se acercara a la ambulancia de nuevo.

-¿Te ayudo a salir?- me dijo, como preguntándose por qué tardaba tanto en bajar.

-No, no hace falta, toma.- dije extendiéndole la arandela con las llaves de la ambulancia.

-Vale.- respondió apartándose para dejarme paso.- Uhmg... ¿y el llavero?

-¿Qué llavero?- dije andando ya en dirección a la recepción del club. _________________________________________________________




Él siempre había sabido perfectamente que lo tenía yo, pero nunca había vuelto a preguntar al respecto.
Saqué todas las cosas dentro de la cartera de cuero que me había llevado del cobertizo, estarían más seguras que en los bolsillos de la chaqueta. Me quité las botas y los pantalones de Fútbol Americano para que no se fueran a estropear las protecciones, y me metí en el agua helada del riachuelo, dejándome bañar con los brazos extendidos por la corriente de agua.

Después del baño volví a ponerme la ropa con la piel aún algo húmeda, doblé y colgué la chaqueta sobre la cartera de cuero para que fuera escurriéndose por el camino, y me puse en marcha de nuevo. Si no calculaba mal, el laboratorio debía de estar aún a unas tres o cuatro millas, así que todavía tenía un buen rato por delante.

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Allí no quedaba nada, me había agotado de tanto rebuscar, a pesar de no ser muy tarde estaba demasiado perturbado y no estaba seguro de si aquello serían las señales que solía dejarme en el parque de bomberos mi pequeña.... ojalá siguiera con vida.

Golpeé una pequeña cesta con algunas patatas podridas, y mi sorpresa fue al ver rodar un objeto metálico y bastante contundente, Dios, ¿sería posible haber tenido tanta suerte? Me agaché y ¡qué diablos! Era una linterna. Sin hacerlo, pude notar que mi alma sonreía. Pulsé el interruptor y una luz golpeó instantáneamente la pared, joder, qué potencia, y eso que no era ni siquiera la una del mediodía. Puse la segunda posición y la luz se hizo aún más potente, así que, encantado volví a darle a la tercera posición, y la linterna soltó un destello iluminando, no sólo las ya iluminada sala del cobertizo, sino que además podía alumbrar la era entera. Era una de esas linternas suizas de supervivencia que en su máxima potencia podía llegar a dar hasta 2000 lúmenes, menudo foco..... Tiré de la palanca hacia atrás para quitarle potencia para no gastar las pilas, que aunque parecían nuevas, Murphy.... estaba ahí..... Tiré con tanta fuerza que pasé de la posición off a otra que tenía escondida marcha atrás, un destello fulgurante, intermitente me cegó durante algunos segundos. La volví a dejar en off, y estuve a oscuras durante más de un minuto, coño, que potencia tenía el bicho.....



-¡¡Cuidado granada!!

Blooom

El sonido hueco de la detonación de la Flash-bang nos hizo girar al lugar de donde provenía, y un destello de luz tan brillante nos cegó a todos. El dolor de mis ojos, quizá por la distancia, debió de ser algo menor que el de algunos compañeros, que gritaban.

-¡Mis ojos! ¡Dios! Mis ojooooos!!

Mientras la voz del capitán decía serena a nuestro alrededor, a sabiendas de que ninguno podíamos verle, sólo escucharle.

-Bien muchachos, lo que habéis escuchado es el sonido de una M84, coño, ¿nadie os habló de ellas? Es una granada cegadora, cuando escuchéis ese ruido apretad vuestros ojos, ¡todos los tres! Si no queréis que os vuelva a pasar esto. Puede que algunos de vosotros hayáis terminado aquí vuestra instrucción, sobre todo aquellos a quienes se les haya desprendido la retina. La próxima vez que escuchéis ese sonido tenéis cinco segundos en los que mantener vuestros ojos bien cerrados. Ahora que me escucháis quiero que tengáis vuestras orejas bien abiertas, esa luz os cegará, así que mantened vuestros ojos bien cerrados durante el tiempo que os he dicho, un sonido a una alta frecuencia denotará que la luz se ha apagado, aún así, mantenedlos cerrados. Sabréis que en ese tiempo el enemigo habrá podido llegar a vuestra posición, así que si recordáis donde está la puerta, esos son los cinco segundos que tenéis para salir en dirección opuesta al sonido. Espero que antes de la misión hayáis hecho las paces con dios, porque está granada es lo que muchos buenos soldados escuchan antes de morir......




La luz fue llegando dolorosa a mis pupilas, apreté fuerte la linterna y la dejé caer bocabajo para que si se encendía por error alumbrara a mis pies y no a mi cara, y recuperándome del impacto luminoso me dirigí al otro cobertizo donde misteriosamente alguien se había olvidado unas conservas.

Hice recuento, dos tarros completos que guardé en mi mochila, y uno al que ya le había succionado todo el líquido, tan amargo, tan picante, tan dolorosamente extraño.... aunque para mí fue una de las mejores delicias que había tomado en mucho tiempo, pero.... había algún bote más vacío. Lo abrí y su interior aún estaba húmedo, eso me hacía confirmar que allí no hacía mucho había estado alguien ¿sería ella? Joder, no podía ser, y si era... ¿Por qué había dejado botes ahí? ¿Pensaría volver?

Rasgué un par de trapos que tomé de un pequeño montón que había en el cobertizo, tomé uno de los del centro porque tendría menos polvo, y probablemente menos microbios, aunque eso era lo que menos me preocupaba ahora. Eché el último chorro de salmuera del segundo bote de pimientos en él, y lo pequé en mi pierna, justo en la herida que ahora ardía más que nunca. Con otro de los trapos hice varios jirones y lo até alrededor de mi pierna sujetando el apósito inventado con fuerza, al menos, esa sal mantendría húmeda la herida y al ser tan salado, recogería la infección.

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"Green Pharma Reserach Labs,
Building a Green World"


Así rezaba la valla publicitaria que se erguía con soberbia metros antes de la entrada al laboratorio farmacéutico. No me había tomado tiempo para inspeccionar los alrededores de ese lugar cuando conseguí huir, apenas guardaba un vago recuerdo de cómo era, pero ahora que lo tenía delante, lo que veía encajaba bastante con la imagen mental que había almacenado. Una explanada anodina, en medio del bosque, bastante rodeada de vegetación para que no fuera fácil distinguirlo desde ninguna carretera.

Desde el exterior, el edifico no llamaba en nada la atención, apenas tres pequeñas naves industriales
prefabricadas, una de ellas con un gran portón que se abría para acceder al parking subterráneo, sólo había cuatro coches aparcados en el exterior, y los cuatro estaban cubiertos de polvo y con las ruedas desinfladas. ¿Realmente estaría abandonado? ¿O quizás sólo era parte de la escenografía? Un señuelo para que los incautos se acercaran allí sin sospechar nada. Pero había pequeñas señales de que aún tenía cierta actividad, por lo pronto, no había encontrado ni un sólo caminante en los alrededores, así que se encargaban de mantener "limpia" la zona; la maleza no había llegado a comer terreno al parking de tierra ni a la explanada que rodeaba a las naves industriales, si realmente estuviese abandonado en estos pocos meses los arbustos deberían haberlo cubierto ya.

Suspiré y me cubrí tras unos arbustos para observar más detenidamente el lugar. Me preguntaba qué hacía allí, ¿qué me había llevado ahí realmente? ¿Qué esperaba encontrar o hacer? Nunca había encontrado ninguna señal de que después de mi huida me hubiesen seguido, pero por si acaso había evitado acercarme a esa zona desde entonces. ¿Qué habría sido del forense? Espero que hubiera sufrido represalias después de dejarme escapar.

Continué agazapada durante un rato más, esperando encontrar, quizás alguna señal de actividad.

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-¿Has jugado alguna vez al ajedrez?- preguntó el Dr. Hornet trayendo el tablero en la mano.

-Púdrete...

-Vamos, dale una oportunidad... Sé que no quieres estar aquí, pero pronto estarás bien, y te podrás marchar.- él, día tras día, venía a la celda con una nueva excusa, un nuevo recurso para intentar ser conciliador, intentando convencerme de mentiras que no tenían ni pies ni cabeza, sin tener ni idea de que el que realmente estaba siendo engañado, era él.
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No estaba segura de cuanto rato llevaba observando, pero tampoco había sido demasiado. El gran portón de la nave central se abrió con un ruido mecánico, y una furgoneta atravesó la explanada de tierra, en dirección a su interior. Me quedé congelada, como si fuera de piedra, aguantando incluso la respiración para que no pudieran notar ni el más mínimo movimiento del seto tras el que me ocultaba.

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Me alcé raudo, con fuerza renovada comencé a andar y al salir fuera del cobertizo volví a ver la señal que Vernice había dejado. Me acerqué a ella con cautela, escudriñando todos los lugares por si algún motivo había otra señal. Indudablemente era la señal de que no estaba, pero también podría ser la señal de que volvería. Rondarían las dos de la tarde, y sin saber por qué, y pertrechado ya para irme, comencé a dar vueltas intentando ver cualquier rastro. Mi rodilla había empezado a dolerme de nuevo, y mi invento para curarme no sé si había dado resultado o no, pero había empezado a escocerme la herida de sobremanera; eso, y que seguramente no estuviera convencido realmente de irme, me hizo volver al cobertizo.

Cogí el bote de pimientos sin líquido que quedaba, dejando los dos botes vacíos allí, el que yo había engullido, y el que seguramente se había comido con más sutileza que yo la persona que me había dejado el resto de suministros. En aquel momento debí creer que sería más segura la puerta que estaba cerrada, o que sería más fácil de defender. Así que comencé a andar hacia el cobertizo. Dejé los botes vacíos cerca de la puerta, cerré la puerta de nuevo por dentro y descolgué la mochila junto a la pared sobre la que abría la puerta; en caso de que alguien entrara me daría unos segundos para incorporarme, o para hacerme el muerto, lo que me viniera mejor en ese momento. Casi sin darme cuenta, y asomándome de vez en cuando por una rendija que daba a la plaza principal, debí quedarme dormido, agotado, con fiebre, con dolor de mi pierna..... cada cosa que me iba sumando era cada vez peor, y enamorado, muy enamorado......




-¿Señor?- dijo la camarera amablemente, que cada vez se agachaba más y me enseñaba una mayor porción de sus pechos.

-Sí sí, por favor tráigame otro, no van a cerrar todavía, ¿no?

-Café cargado y con un poco de hielo, ¿verdad señor?


-Sí claro, me extraña que se lo haya aprendido tan bien.-
dije, siendo un poco cínico, teniendo en cuenta que en tres horas era el séptimo café que pedía.

Al poco tiempo, y mientras mi mirada se centraba en la puerta y en la cristalera de la cafetería que daba a la entrada principal, la joven se volvió a acercar a mí dejando el café en el centro de la mesita, anteriormente había recogido el servicio anterior, y ahora, volvía a agacharse en tal modo que pude ver los dos hielos antes de que dejara el vaso en la mesa. Pero no eran esos hielos los que yo quería ver.... me sonrojé.... no es que quisiera ver hielos, pero hubiera sido agradable poder ver a quien los llevaba.... Agité la cabeza en mis pensamientos.

-Muchas gracias.- dije.

-¿Quiere otro periódico o revista? Creo que ha acabado con todos los que teníamos, ¿señor está esperando a alguien?

Eso me llevó de nuevo a ella, la miré intentando que no fuera una mirada fría, ni que pagara por el enfado que ya cubría mi cuerpo....

-Eso creía yo señorita, que estaba esperando a alguien. Pero como dijo el poeta: “Y yo me la llevé al río.... pensando que era mujer, y luego era un tío”

La muchacha se quedó perpleja sin saber si sonreír o llorar, se alejó lentamente mientras yo ponía mis manos en la cabeza. Veinte minutos y un café después, saqué veinte dólares, los dejé sobre la mesa, y salí por la puerta.

Había malgastado toda la ilusión en siete cafés.

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Estuve bastante tiempo observando las naves industriales del laboratorio, según podía calcular gracias a la banda sonora de mi cabeza, cada veinte minutos, entraba o salía una furgoneta entraba o salía del gran portón central. Estaban activos, y mucho. Si a estas alturas no habían descubierto aún el asentamiento de la fábrica, sería un milagro. Si todavía estaban ahí, debía encontrarles y avisarles antes de que fuera demasiado tarde.


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Echaba otro vistazo a través del retrovisor cuando, sin apenas emitir ruido alguno, noté la presión en el hombro, y el susto me hizo soltar el enorme volante, que ante una irregularidad de la carretera, se giró bruscamente. Una de las ruedas, la frontal derecha, perdió pronto el contacto con la carretera, y el terraplén empezó a ceder bajo el peso del camión forestal, que cayó tumbado sobre el lateral derecho deslizándose hacia la pradera.

Al volcar el camión, había caído contra la puerta del copiloto, golpeándome en el hombro y quedando algo aturdida, sin embargo, los rugidos que profería Sally me preocupaban más. Me puse en pie todo lo rápido que pude, la pierna de la niña se había quedado atrapada entre la puerta rota y el suelo de aquel prado, así que por suerte no era capaz de alcanzarme.

-Lo siento...-
murmuré mirando a la niña que extendía sus brazos intentando sujetarme. No lo había conseguido, le había fallado a ella y a la promesa que había hecho, sabía que nunca me lo perdonaría, pero ahora tenía que escapar de ahí.

Comencé a escalar hacia la puerta del conductor, apoyando los pies sobre el sillón y las palancas de cambios ignorando cualquier dolor que pudiera sentir, abrí la puerta y el aire, todavía frío, de la mañana me ayudó a despejarme un momento y terminar de trepar para salir al exterior. Por la ladera, siguiendo la estela que había dejado el camión al deslizarse, bajaba atropellada y torpemente la horda de caminantes que me había seguido. Pero había algo que me preocupaba más, llevé la mano al hombro dolorido, no había sangre, no había herida... a pesar del mordisco los dientes de Sally no habían conseguido atravesar la chaqueta, bendito tejido antidesgarros...

La avanzadilla de la horda llegaba ya a los pies del camión, y si no me daba prisa, no podría salir de ahí,
terminaría por unirme a ellos. Bajé del camión descolgándome por las grandes ruedas y el eje de transmisión, ya podía escuchar a los más rápidos arañando la pintura del techo del camión y gruñendo, no tardarían en empezar a rodearlo para intentar darme alcance.
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El aire comenzaba a cargarse con la tensión que solía preceder a una tormenta eléctrica, así que si quería estar a resguardo antes de que estallara debía ponerme ya en marcha y darme prisa. Mientras me alejaba en dirección al bosque, eché un último vistazo a la valla publicitaria, pensando en la provocación que sería el dejar mi señal sobre ella, pero lo bien que me sentiría al hacerlo.

En pocas horas llegué de nuevo al riachuelo, aprovechando la oportunidad volví a tomar agua de él y saqué los tarros de conservas que llevaba en la cartera. Vacié el líquido de dos de ellos y, como pude, metí los pepinillos y tomates en los otros dos tarros, luego los enjuagué y los llené con agua fresca, no sabía cuándo sería la próxima oportunidad que tendría de abastecerme de agua y era mejor prevenir.

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Abrí los ojos, poco a poco iban tomando formas las borrosas siluetas que iban conformando la habitación, no era tan cómodo el sillón en que supuestamente me había dormido, ni la habitación tenía la ventilación adecuada..... el aire era denso, demasiado denso, la humedad se había apoderado de toda la estancia, y o bien era niebla o mis ojos no me dejaban ver más que una densa neblina que dificultaba la visión de todos los objetos que allí había.

La herida me dolía mucho, a pesar de no haber sido un disparo directo la pequeña masa de carne que había arrastrado y la quemadura posterior, me habían dejado un doloroso recuerdo. Abandonado, inconsciente, el odio volvió a mí.

El gozne de la puerta sonó un instante, la neblina se desvanecía ante mí, y la puerta comenzaba a abrirse. Me incorporé lentamente, en poco tiempo la puerta se había abierto al menos 45o y cuando el cuerpo empezó a atravesar el umbral, me abalancé sobre él golpeando con la fuerza de un trueno la puerta sobre su cuerpo. Su cabeza emitió un frío crack al golpear contra el marco. Agarré su camisa, tiré fuerte de él hacia mí y cerré la puerta, intentando hacer el menor ruido posible. Alcé mi mano intentando golpear para hundirle el tabique nasal en su cerebro, cuando pude discernir, sendos chorros de sangre escurrían por sus oídos, el golpe le había roto la base del cráneo. Caí de nuevo, agotado, y con un sentimiento de culpabilidad que me carcomía por dentro.


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Abrí los ojos bruscamente. Joder. Tomé la barra que había dejado justo a mi lado, la apreté y con la respiración agitada me di cuenta de que todo había sido un sueño, un mal sueño.... un recuerdo. Recuperé la compostura y el aliento, y volví a mirar por la rendija que daba justo detrás de mí, la luz había empezado a apagarse en el cielo, quizás me había quedado dormido un par de horas o tres, justo para recuperarme, pero no se veía rastro de que nadie hubiera vuelto.

Me levanté, y asegurándome de que no hubiera nadie por la zona, volví a abrir lentamente la puerta. Me coloqué la mochila y salí. La puerta de la granja, seguía incólume, tal y como yo la había dejado. La carta que allí yacía, esperando que el buen dios volviese a traerla a la vida, estaba apoyada entre el pomo y el quicio que ofrecía la apertura. Esta, la carta, permanecía allí, por lo que nadie había entrado o salido de la casa.

Giré mi cabeza hacia el otro granero, y sin que hubiese nada diferente dirigí mis pasos de nuevo allí, vacío, sin actividad alguna, la luz comenzaba a quebrarse lentamente, si pensaba volver, no sería hoy cuando lo hiciera, pero aún me seguía manteniendo allí la ilusión de volverla a ver, que volvería sonriendo y dando saltos. Me preguntaría:

"- ¿Dónde están los pasteles? ¿Hoy que estamos solos no has traído?"

Sonreí, e intentando salir de mi recuerdo, cerré los ojos queriendo no pensar más en ella. Por otra parte era tarde, si intentaba descansar, quizás por la mañana estaría más repuesto y podría volver..... ¿volver? Si nadie me esperaba..... si nadie sabía que la estaba buscando..... dos semanas después Emma habría encontrado la forma de autoabastecerse y conseguir sus medicamentos. Era una buena comunidad, donde si trabajabas para ella, no te faltaba de nada, y Leonard parecía estar demasiado interesado en ella, por ayudarla y porque no sufriera. Desde que nos encontramos los tres había sido como un hermano.

No sé cuándo ocurrió, y lo peor de todo, es que ni siquiera el cómo..... esto me ocurría a menudo. Mis pasos, mis acciones, a veces hasta largas horas, hacía las cosas inconscientemente, por rutina, y en estos tiempos que andaban, la rutina era lo que mataba a la gente.

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A estas horas de la tarde, ya me resultaba difícil orientarme en el bosque. Normalmente solía fijarme en pequeños detalles que me llamaban la atención: un jirón de tela en una rama, un nido caído en el suelo, un árbol con una forma curiosa... o intentaba usar las estrellas para más o menos trazar un rumbo. Pero esta vez el cielo estaba totalmente cubierto y había muy poca luz como para poder distinguir casi nada.

Ya hacía un par de horas que había dejado atrás el riachuelo, y estaba casi segura de que había andado en línea recta todo el camino, así que si no me fallaban los cálculos, deberían faltarme solo cuatro o cinco kilómetros para llegar de nuevo a la granja. Ahora me maldecía por haber dejado que se me hiciera tan tarde, y pensaba en lo a gusto que estaría tumbada en el balancín del porche descansando los pies y dejándome mecer por el aire. Podría dirigirme directamente a la fábrica, ver si seguían allí y alertarles de la amenaza, pero no podía arriesgarme a que me estuvieran siguiendo, así que sería mejor esperar un par de días en algún lugar seguro hasta que comprobara que no había nadie tras mi rastro.

Mi cabeza vagaba dando vueltas entre estos asuntos y otros de menos importancia, cuando de pronto, escuché el gorjeo algo más allá de la última fila de árboles que alcanzaban mis ojos a ver. Me quedé muy quieta intentando que no notaran mi presencia, pero lo más seguro era que ya me hubiesen olido. No había duda, entre el crepitar de las hojas y el silbido del viento, se escuchaba el paso rítmico y torpe de los caminantes.

Rápidamente, y con el pulso algo tembloroso, llevé las manos a la escopeta, que ni siquiera había llegado a probar, sería un gran fiasco darme cuenta en estas circunstancias de que no funcionaba. La desenganché de las correas de la cartera de cuero, y la levanté preguntándome a mí misma si tenía cartuchos. Sí, la había cargado, recordaba haberla visto cargada en la casa de la granja.

Los caminantes se seguían acercando, ahora los veía con algo más de claridad, un primer grupo de cuatro andaban torpemente hacia mí, pero me parecía ver que detrás, venían más. No podía ser... ¿eran acaso todavía restos de aquella horda que nos había perseguido cinco meses antes? ¿Tanto tiempo llevaban estos condenados deambulando por este maldito bosque para volverme a encontrar ahora?

Alcé la escopeta apuntando en dirección a ellos. Catorce metros. Sujetaba la culata recortada de madera con la mano derecha y la izquierda sostenía el cañón. Doce metros. ¿Las escopetas como estas tenían seguro? No tenía ni idea, sólo esperaba que estuviera quitado, me iba a hacer falta. Diez metros. ¿Estarían bien colocados los cartuchos? ¿Y si los había puesto al revés...? Joder, en este momento no lo recordaba, pero no tenía tiempo de pararme a mirarlo. Ocho metros.

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-¿De dónde la sacaste?- preguntaba Gilbert refiriéndose a la escopeta.

-Del edificio en que encontré a Meredith. -le respondí con una sonrisa.

Era absurdo, y seguro que no era el momento de sonreír, pero me sentía feliz de tenerle al lado. Hacía casi dos meses que toda esta locura había dado comienzo y era una alegría el volver a ver una cara amiga, el estar charlando juntos en el parque de bomberos me hacía sentir un poco más cerca de los días en que nada de esto había pasado, y me hacía sentir que en cierto modo, aún había posibilidades de una vuelta a la normalidad.

-¿Y sabes usarla?

-Pues, no mucho, la verdad. Prefiero no tener que hacerlo.

-No, claro que no, pero esto es importante.- dijo él cogiendo el arma y colocándose detrás de mí.- Mira,- apoyó la culata contra mi hombro derecho- tienes que apoyarla bien así, para que no te golpee el retroceso.- cogió mi mano izquierda y la colocó sobre la corredera del cañón sujetándola con la suya, yo mientras, le miraba de reojo.- Y aquí la tienes que sujetar con firmeza, para que no se te desvíe hacia arriba. Ten en cuenta que no tienen mucho alcance, seis o siete metros. Pero tiene mucha dispersión, así que... si disparas a las piernas y te vienen muchos de frente, los tirarás al suelo.- siguió hablando, esta vez empujándome suavemente para que apuntara hacia abajo.- Y si disparas recto deberías volar unas cuantas cabezas.- concluyó dirigiéndome para apuntar hacia arriba de nuevo.

Dio unos pasos hacia atrás apartándose de mí y me giré apuntando con el arma al suelo, yo le sonreí un poco sonrojada, él había pasado a ser el señor White-Red de nuevo.


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No esperé a contar hasta seis. Apreté el gatillo, pero algo salió mal.

El bang resonó haciendo que algunos pájaros huyeran de las copas de los árboles despavoridos, y pude ser testigo de ello porque había caído de espaldas al suelo. En el aleteo furioso y sobresaltado algunas plumas cayeron lentamente, dibujando espirales en el aire, ¿pero qué hacía? Los muertos debían de haber ganado dos o tres metros más de terreno en este intervalo de tiempo y no podía dejarme vencer por una tonta caída.

Ensordecida y torpe por el disparo me di la vuelta en el sotobosque húmedo, sin soltar la escopeta recortada, cuyo cañón se había ennegrecido casi por completo. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que me quemaba el rostro, pero no era tiempo de pararse a pensar en ello.

Una vez en pie, sujeté la culata de madera con ambas manos y comencé a hacer lo único y mejor que sabía para defenderme: con un balanceo, aún algo torpe y, potente del tronco comencé a golpear las cabezas de los caminantes que iban ganando la maratón. La combinación entre el cansancio y la adrenalina lo convirtió en un baile automático, que ejecutaba inconscientemente mientras la primera línea de muertos iba cayendo al suelo.

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Aunque estaba algo repuesto aún sentía que podría beber bastante, tomé el bote de pimientos que horas antes había tomado el líquido y metí uno lentamente en mi boca, ahora, ya sin ansia, más como una forma de alimentarme e intentar que mi herida curase. No era algo de lo que me sintiese orgulloso, y cada vez notaba más los síntomas de deshidratación, tan sólo había conseguido llenar media botellita esta vez, y bien resguardada para que no se derramase, la guardé en la mochila.

Quizás en mi próximo viaje debiera buscar un mapa ¿Cómo no había caído antes en ese pequeño detalle? En cualquier población de las que antes había visitado podría haber encontrado tan preciado documento, era algo que se me había pasado por completo, saber dónde hay un arroyo, un lago, una colina...., el ansia de encontrarla me había llevado a agotarme. Unos metros al norte, un paseo al sur, una caminata de un par de días al este, incluso semanas al oeste. Había recorrido todos los puntos cardinales yendo y viniendo por el mismo camino, y realmente era la forma más errónea de actuar. Si bien los manuales lo contaban así, en esta situación, un apocalipsis zombie, no era la forma correcta de hacerlo.

La gente se movía por miedo, por necesidad, buscaba refugio para pasar la noche y corría de día, asociaciones incomprensibles de gente que no tenían nada en común para sobrevivir, y que una vez más, demostraban lo peor de nuestra sociedad. Si alguien podía acumular víveres y alimentos no se acercaba a otro grupo hasta haberlos consumido al completo, en raras ocasiones esto ocurría así, por eso, en pocas ocasiones esto funcionaba. Los grupos se iban desanimando, puesto que, a pesar de que cada uno tuviera su propio valor, siempre sobrevalorábamos lo que nosotros hacíamos, como si fuésesmos nosotros los más importante o quienes más ayudábamos a la comunidad....

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Los chicos habían vuelto, al entrar en la zona de evacuación vitoreaban lo bien que lo habían hecho.

-¿Ey viste? Esos dos no tuvieron tiempo ni de reaccionar, jajajaja.- sonreía Mike.

-Ya ya, pero fue mi machete el que acabó con los guardias. Sin ellos hubiera sido posible tu trabajo.- alardeaba Stuart.

-Bueno, ey chico de apoyo, no pensaréis que además tenéis todo el mérito...- decía el más joven del equipo bravo, el que se encargó de la incursión al interior más profundo del laboratorio.

Tras ellos venía el profesor al que habían salvado.... tres disparos de un fusil de asalto AK47 acabaron con la vida del profesor, así como la del joven miembro del equipo Bravo, a la vuelta, y tras abatir al guerrillero que los había seguido, el capitán nos reprochó las acciones individuales.

-Bien bien,- dijo con voz seca -hoy, gracias a vuestras acciones individuales y tener que demostrarnos a todos cuan importantes han sido, tendréis que vivir con esto. No sólo habiendo ganado todos los partidos hemos perdido la liga, sino que además hemos perdido a un compañero.

Esas palabras duras y amargas hicieron el más crudo de los silencios no sólo durante el viaje de regreso, sino en todas las demás misiones en que nuestro grupo de operaciones encubiertas estuvo involucrado. No se trataba de la acción individual de cada uno, sino del grupo al completo. Mi cabeza iba hundida entre mis piernas y por debajo mis manos ensangrentadas. Los dos cuerpos inertes por la mera fanfarronería, demostrar qué buenos habíamos sido individualmente, nos había llevado a esto.

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Mi respiración estaba agitada, ese recuerdo me había vuelto a perder una vez más en mí mismo ¿Me estaba volviendo loco? ¿Estaba perdiendo todo el control sobre mis acciones? ¿Eran los recuerdos lo que movían mi vida? Qué narices, necesitaba encontrarla ya, necesitaba saber si estaba viva o muerta, por alguna extraña razón sabía que habría sobrevivido, y eso me estaba llevando a mí a la muerte.

Recordé a Emma, vulnerable y en la peor etapa de su vida, la adolescencia, sin saber la verdad de cómo murió su padre. Leonard, un joven estudiante de ingeniería que había dedicado su vida a estudiar y a hacer todo lo que sus padres le habían pedido, y ahora seguía siendo sumiso. No sólo no le importaba lo que le pasase a él, sino que había heredado el compromiso de cuidar de la pequeña Emma, quizás eso hacía que yo dejara el campamento con más soltura, y con menos preocupación, pero.... ¿Cuánto daño le estaba haciendo a él?

Giré mi cabeza como para despertar de mis propios pensamientos y salir de ellos con un nudo en mi garganta. Tomé de nuevo un pimientillo y lo llevé a mi boca, lo pasé por mis labios para intentar hidratarlos, y el escozor fue tan tremendo que comprendí que debía salir de allí cuanto antes. Volver a casa, retomar fuerzas, curarme y marcharme del grupo. Ella no iba a volver. De estar viva, ya lo hubiese hecho, de haberle importando lo más mínimo los que estábamos ahí, habría regresado aunque fuese con una derrota. El camión, Sally abandonada, cinco meses de búsqueda infructuosa.... tragué como pude el exquisito manjar que me había ofrecido la vida: un pimiento amargo y salado que llenaba mi estómago al tiempo que provocaba náuseas..... Sería el estómago vacío, fui tragando lentamente uno tras otro, y al final, tras haber consumido el último dejé el bote apoyado en un tocón de madera que había sido el lateral de una asidera para amarrar vacas, caballos o cualquier animal que alguien hubiese atado allí....

-Niebla,- dije sin alzar demasiado la voz - fuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii...- un silbido agudo y entrecortado por las heridas que tenían mis labios, y al poco tiempo apareció Niebla, girando y trotando a mi alrededor, mientras que pequeñas briznas de paja se desprendían de su pelo. Ella también había estado retozando y descansando en el granero. Y ahora se desperezaba dando rápidos trotes a mi alrededor.

Booooom booooom


Dos disparos sonaron en la lontananza. Habían sido realizados a bastante distancia, puesto que el ensordecido y apagado ruido resonó en la placeta de la granja. La dirección no podía ubicarla precisamente, pero provenía del noreste, entre el norte y noreste, no podía asegurarlo. Miré a Niebla, y en la dirección en que tenía levantadas sus orejas, fue en la que instintivamente comencé a andar, oscureciendo, y a pesar de que tenía una buena linterna, eso no me ayudaba. Mi corazón se había contraído por alguna extraña razón alguien estaba en peligro, o era tan sumamente estúpido como para disparar un arma sin estarlo realmente......

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