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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Por alguna razón... || James J. Yeager

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Mensaje por Thea Grayson el Jue 24 Oct 2019, 23:00


Por alguna razón...


09/11/15 ▬ Cerca de Salina ▬ Kansas ▬ Soleado ▬  Mediodía ▬ B.S.O.

Las cosas se estaban poniendo últimamente bastante tranquilas y eso no era buena señal. Maze, Dallas y yo nos pasábamos el día últimamente trabajando en el refugio. Habíamos mejorado la electricidad lo máximo posible, ya que muchas partes del cableado estaban deterioradas por el paso del tiempo y las ratas... que por cierto a esas también las tuvimos que echar. Y ahora el refugio al menos en cuanto a limpieza y plagas estaba totalmente limpio.

Había salido en busca de provisiones con la vieja furgoneta de Jay, la volkswagen roja funcionaba bastante bien y lo más importante, era muy útil. De su dueño tristemente aún no sabíamos nada. Según un mapa que me había hecho Maze por aquí había una cabaña, de un guardabosques, en ella encontraría cajas de tornillos, cableado y algunas cosillas más que necesitábamos. ¿Por qué tenían eso ahí? A saber, Maze lo vio en una salida y no pudo traerlo, así que me tocaría a mi.

Conducía por carreteras secundarias rodeadas de bosques.

- Según esto debería ser aquí... - detuve la furgoneta en la entrada de un camino, saqué el papel donde Maze había dibujado un mapa improvisado y lo analicé. - Espero que no se haya equivocado... - bajé del coche cargando con algunas de mis armas. Tras el incidente del supermercado había perdido una buena parte de ellas, pero ya había encontrado nuevas y volvía a tener un buen pequeño arsenal. Aseguré los kukris en mi cintura... revisé la vieja beretta y el cargador del revólver. Sonreí al sujetar esta arma. Había pertenecido a mi padre, la encontré en su antiguo despacho: lo cual también me ponía triste. Desconocía donde estaba, pero si se había sin su arma... no podía ser nada bueno.

Avancé por el sendero un par de metros, parecía que hacía mucho tiempo que nadie irrumpía allí, buscaba una vieja cabaña que era lo que Maze me había dicho que debía de encontrar, pero en su lugar... una enorme casa comenzó a aparecer en el horizonte y detrás de esta había un pequeño largo. Los rayos de sol se reflejaban en la superficie del agua y otros traspasaban las ventanas rotas de la casa, formando una estampa bonita a la vez que triste. El estado de abandono era más que evidente, un árbol atravesaba la vivienda, por lo que seguramente llevaría abandonada incluso desde antes del brote del virus. ¿Pero a dónde me había enviado Maze y dónde estaría la dichosa cabaña?


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Mensaje por James J. Yeager el Vie 25 Oct 2019, 21:07

James encuentra un viejo ultramarinos cuatro días después de su encuentro con Adrien. Los últimos rayos del sol caen casi horizontales entre los arboles y la brisa mueve sus hojas, sacando una melodía de aplausos ligeramente húmedos.

El lugar es pequeño y poco llamativo, abandonado en algún punto de la frontera entre Georgia y Tennessee. Una caja encalada llena de papeles hechos una bola, latas vacías esparcidas por el suelo, estanterías caídas y una miríada de formas acromáticas. La oscuridad se traga todas las paredes y James siente esta sensación de vacío que le observa.

La trastienda es un cubículo de aire viciado y polvo, sin ventanas y una vieja de puerta de servicio atascada, pero James encuentra comida y agua para varios días, algunos medicamentos de venta libre e incluso un pequeño botiquín amarillento con antibióticos de amplio espectro, gasas, vendas y desinfectante. Quien quiera que sea que haya estado viviendo allí, no volvió.

James se limpia la herida y cambia las vendas. Esa noche la pasa bajo techo.

.

La salida del sol anuncia el comienzo del día, y una ráfaga de otoño disipa los últimos rayos de luz de la Luna. James duerme tanto como sus pesadillas se lo permiten, y el cansancio y la falta de sueño empiezan a pasarle factura, porque no ve a los tres muertos que le cortan el camino hasta que los tiene delante.

.

James no se da cuenta que ha cruzado dos estados hasta que ve una señal tirada en la cuneta, medio ilegible por el imponderable paso del tiempo. Treinta y cinco kilómetros hasta Jackson, Misuri.

Continúa hasta que las piernas le tiemblan, como si ya no fueran lo suficientemente fuertes para soportar el enorme e invisible peso que carga sobre los hombros y es casi sobrecogedor lo rota que parece su espalda, con la tela cediendo sobre sus huesos como cuchillas.

A lo mejor ha pasado un día entre hoy y ayer. O tal vez más de uno. James ya no está seguro.

.

Es media noche cuando James entra en una casa de Windsor, a medio camino de Kansas City, buscando refugio. La neblina hace que todas las esquinas se vuelvan curvas y todo se vea desenfocado, cubriéndolo todo con un pesado velo de letargo.

James está él solo y un silencio sepulcral.

La casa es una construcción pequeña y deslucida, sucia y medio vacía. Probablemente saqueada por gente menos escrupulosa que James, que se ha quedado de pie en el umbral de la puerta de  entrada al ver a dos cuerpos todavía sentados en el sofá, en un abrazo casi tan trágico como los agujeros de bala que tienen en las sienes. La vista es desconocida pero no extraña, como si fuera algo que ya debe de haber ocurrido antes pero que escapa a su memoria.

El pasillo es corto pero sus paredes están repletas de instantáneas de diferentes personas y lugares. Una sinopsis de la vida de los inquilinos presentada con precisión militar. Es una historia de familia, calidez y galletas ganadas con mucho esfuerzo, de contar las gotas que caen del gotero a la vía y de rezar a dibujos animados para que traigan la felicidad.

Sin embargo, lo que hace que a James se le acelere el pulso, y la cabeza le de vueltas está detrás de la puerta a la única habitación en la que todavía no ha mirado, adornada con coloridas pegatinas que forman una sola palabra: ‘Megan’. Dentro, la pequeña Megan descansa bajo las mantas. Todo huesos, lineas demacradas, y una furiosa herida en la sien. James pierde la capacidad de respirar y reflexiona sobre qué podría ser el vacío que le oprime el pecho. No sabe por qué está llorando.

Al amanecer, los entierra a los tres en el jardín trasero.

.

El coche que encontró en Windsor le deja tirado en una carretera secundaria cerca de la interestatal setenta, a las afueras de Junction City y con una horda pisándole los talones. Esa noche la pasa estirado en el techo de una autocaravana abandonada, con la muerte por debajo y el cielo encima.

James tiene un recuerdo lejano, como si hubiera pasado tanto tiempo que ya el recuerdo ni siquiera es suyo, de cuando solía tumbarse en el jardín de su casa y levantaba la vista hacia la Luna y las estrellas engastadas en las nubes. Casi tan cerca como para poder soplar y convertirlas en constelaciones. La sensación cálida que solía sentir en su interior ahora parece algo imposible en la desolación del rostro de James.

.

Noviembre marchita el mundo con su puesta de sol cuando James encuentra una casa engullida por la naturaleza una tarde particularmente fría. Parece como si sus paredes fueran a derrumbarse con el más leve roce de la brisa, incapaces de aguantar ni su propio peso, si no fuera por las enredaderas que la mantienen de una pieza como vértebras de tejido vivo. La pintura azul de las pareces está cuarteada y se puede levantar con un solo dedo, como un colorido revestimiento de fragilidad que apenas consigue alejar el amianto post-moderno.

Un enorme árbol atraviesa el porche y es tan imponente que James piensa que es casi como si tuviera que ser así. Esa casa parece la viva imagen de en lo que se ha convertido el mundo.

Dentro apesta a hojas en descomposición y promesas olvidadas. Los muebles están cubiertos por sabanas blancas y una gruesa capa de polvo, con unas escaleras estrechas que suben al segundo piso, flanqueadas por la cocina y la sala de estar. Las cortinas caen flácidas como banderas en rendición y James se siente aislado, como si estuviera en el decorado de una película, construido con polvo y sueños agrietados.

En la cocina encuentra cecina, unas cuantas latas de comida y una botella de ron.  

La noche se pinta del sonido del viento y el fluir del agua del lago sobre la figura inmóvil de James. La medianoche pasó hace horas y le arden los ojos por la fatiga pero no puede dormir. Así que decide buscar sosiego en ese mar de caña de azúcar fermentada que encontró por la tarde.

Esa noche James se emborracha en el balcón del segundo piso que da al lago, con las piernas colgando de la cornisa y tragándose sus sueños corrosivos y su desesperanza. El alcohol sabe a cuchillas rebanádole la garganta y le cae como un ladrillo en el estomago, pero eso no consigue llenar el abismo que hay dentro de él.

James se despierta cuando el sol ya está alto en el cielo, y con él, el deseo de hundir la cara en la almohada y echarse a llorar. El otoño trae días que desaparecen de repente y mañanas que dejan de llegar y se pregunta cuánto tiempo lleva viviendo así.

James no recuerda haber roto la botella, pero puede imaginárselo por la mancha reseca de alcohol en la pared y los cristales esparcidos por el suelo. Tampoco sabe porque tiene los nudillos abiertos y sangre medio seca tirándole de la piel, pero todo eso le parece parece irrelevante cuando al levantarse el estomago se le vuelve del revés y un dolor punzante le atraviesa la cabeza como un latigazo.

Es espantoso la facilidad con la que James piensa en lo que fácil que seria cortarse la venas con uno de aquellos cristales e irse de una vez con un susurro. Y puede que lo hubiera intentado si su atención no hubiera sido captada por otra cosa.

Cuando se asoma por detrás de las cortinas, opacas y desgastadas, James ve a una mujer acercarse a la casa, demasiado ligera como para estar de paso. El inexplicable pánico que se le escapa de la garganta como un graznido le dice que recoga su mochila y eche a correr, que los vivos son peores que los muertos y permitirse creer en las buenas intenciones de alguien es un lujo demasiado caro.

Así que baja las escaleras de dos en dos, apoyándose en la pared, luchando contra el cóctel de sensaciones oprimiéndole los pulmones y el fuerte olor a alcohol que desprende su ropa. Pero la desconocida ya está demasiado cerca para que pueda salir por la entrada así que corre hacia a la cocina, para darse cuenta que la puerta de atrás está cerrada a cal y canto.  

Sin salida ni adónde ir, James coge un atizador de la chimenea y se esconde detrás de la puerta de la despensa, tres metros cuadrados de suciedad y telarañas. Solo entonces se mira las manos y ve la sangre, y maldice en voz alta el rastro que debe haber dejado por toda la casa.

James J. Yeager

James J. Yeager
The Old Red Umbrella

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