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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Mensaje por Adrien Zhao el Dom 25 Ago 2019, 19:06


Lonely camp place


10/11/2015 • Afueras de Atlanta • 10:21 A.M • B.S.O.

No le gustaba el lugar. Había pasado la noche en una estructura que reconocía como un pequeño lugar donde la gente solía venir a hacer parrillas; acostado con la espalda completamente recta sobre un asiento hecho de concentro, sin nada de abrigo, y completamente solo. A pesar de que tenía todas las ganas del mundo de ponerse a llorar, simplemente no podía hacerlo, aquel sentimiento de incomodidad y disconformidad estaban tan arraigados en él que funcionaban como una distracción para sus verdaderas emociones, y en parte lo agradecía.

Adrien no era un muchacho que se quejase fácilmente por cualquier cosa, de hecho, solía mantenerse fuerte, pero aquella noche había sido un tanto problemática. Había estado escapando de un grupo de personas con las que había tenido problemas el día anterior, y sin darse cuenta muy bien de dónde estaba, cuando por fin logró perderlos, se quedó dormido en el primer lugar “seguro” que encontró. Aunque, a decir verdad, aquel sitio de seguro tenía poco, estaba al aire libre y de hecho estaba bastante expuesto ya los arboles hacían una especie de claro alrededor del sitio.  Suspiró y se incorporó, adolorido por aquella mala noche, y con cuidado dio una mirada a su entorno para estudiar un tanto sus posibilidades. Desconocía la hora exacta ya que el único reloj que tenía estaba averiado, pero entendía que no debía ser medio día aún. Tal y como recordaba de esa misma noche, el lugar no era muy vistoso tampoco, puesto que estaba conformado por varias estructuras como en la que él se encontraba, y más apartado lo que parecía ser una especie de estacionamiento de vehículos, quizás para campers o camionetas. Otro factor que le daba poca calma a Adrien era el clima del momento; el cielo estaba en una tonalidad gris bastante profunda y la delicada brisa que corría por la zona aparte de fresca era húmeda. Suspiró para luego volver a recostarse, cruzando sus brazos por encima de su abdomen y viendo al techo de la pequeña estructura. Cerró tranquilamente un poco los ojos, mientras relajaba su respiración; si no tenía nada para comer por lo menos descansaría un poco más.

Pero su calma se vio interrumpida por un ruido. No entendía muy bien de dónde provenía, pero sabía que eran pisadas sobre el pasto. No movió su cuerpo, aprovechando la cobertura que le brindaba la corta pared de la estructura a sus espaldas, y deslizó su cuerpo hasta caer al suelo, quedando agachado, mientras esperaba si lo que se avecinaba era una real amenaza. Se extrañó porque no había visto nada hacía unos minutos cuando se despertó, pero debía ser precavido.


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Mensaje por James J. Yeager el Mar 27 Ago 2019, 14:57

La salida del sol anuncia el comienzo de un sábado, y una ráfaga de otoño disipa los últimos rayos de luz de la Luna. James baja las escaleras de la casa que había sido su refugio las ultimas horas a toda prisa para huir de la horda que ha visto aproximarse entre los arboles, en la lejanía. Al llegar a la planta baja y girarse para salir por la puerta de atrás, su mirada choca con la de su reflejo, proyectado por el espejo de la entrada. Pero James no malgasta ni un segundo en detenerse. Simplemente echa a correr, respirando entrecortadamente, con la cara pálida y perlada de sudor. Siente cómo las piernas le tiemblan y se tambalea con cada paso, como si ya no fueran lo suficientemente fuertes para soportar el enorme e invisible peso que carga sobre los hombros. Como si fuera a tropezar y derrumbarse sólo con el más leve roce de la brisa. Es casi sobrecogedor lo rota que parece su espalda, con la tela cediendo sobre huesos como cuchillas.

Había sido una racha de malos días lo que le había dejado en un estado tan deplorable. Su mente decidía tomar parte en el triste juego de revivir, cada vez que cerraba los ojos, los peores momentos de su viejo trabajo. De su vieja vida. Recordaba con la nitidez de una mente enferma cada detalle, cada pestañeo, las bocanadas de humo y de ira y de caos. Las vibraciones de la pistola, el silbido de las balas y los leves suspiros, que salían a borbotones entre los dientes hasta convertirse en gritos. Oh Dios, los gritos. A una mente privada de sueño y un cuerpo roto por el desgaste es más fácil de sugestionar.

Todo a su alrededor gira y duele, gira y duele. Qué fácil sería, abandonarse a las garras de la muerte, metros detrás de él, por decenas. Pero James sigue avanzando, porque eso es lo que las personas como él hacen, ¿no? Vivir del dolor y la pérdida y la angustia. La peor clase de parásito.

James se adentra en el bosque, quiere alejarse de la carretera todo lo que pueda. Pero al bajar tropieza y cae sobre algo punzante en la cuneta. Ahoga un quejido pero no se molesta en mirar, con la insensibilidad de alguien acostumbrado al dolor.
Durante lo que le parecen demasiado largas horas, James se tambalea entre los arboles, y casi se olvida de porqué había estado huyendo. Se sujeta las costillas con sangre deslizándose entre sus dedos. Había sido un cristal, y no sabe si estar agradecido, lo que le había causado una herida no tan profunda como para provocar daños internos, pero sí para ser aparatosa.
Sujeta con la otra mano el asa de su mochila, como comprobando que sigue ahí y James no se da cuenta que ha llegado a una abandonada zona de camping hasta que se su rodilla choca con un corroído banco de hormigón armado, y mas adelante ve lo que parece que había sido una hoguera para barbacoas, en tiempos mejores.

James no sabe que otra persona ha llegado antes que él hasta que la tiene al lado, agazapado detrás de un parapete. Parece que el desconocido le observa, pero ya sea por imprudencia o cansancio, él no malgasta un segundo en devolverle la mirada.

Avanza hasta otra de esas estructuras de cemento y, dejando la marca lúgubre de sus dedos manchados de sangre, se desliza hasta quedar sentado. James deja escapar una bocanada de aire que no sabia que estaba conteniendo, encontrando momentáneo placer en dejar descansar a los doloridos músculos de sus piernas.
James abre la mochila y su camisa, luchando contra cada botón, y solo entonces se da cuenta de que está temblando. Le lleva largos minutos exponer su abdomen y su herida, y casi se olvida que hay otro par de ojos mirándole. Tiene que limpiar y coser la herida, pero ni siquiera puede pasar el hilo por el cabezal de la aguja, que acaba de sacar de su botiquín.

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Mensaje por Adrien Zhao el Mar 27 Ago 2019, 18:19

Un pequeño sobresalto atacó su cuerpo cuando vio a aquel muchacho herido. De su boca no escapó de una palabra, y de hecho, su cuerpo se tensó a tal punto de que ni siquiera pudo respirar por un par de segundos mientras veía a aquel muchacho. Notó como este prácticamente lo ignoraba y caminaba hasta sentarse en uno de aquellos asientos de concreto, de hecho, el que estaba en aquella estructura que quedaba en paralelo a donde se encontraba él, y con ahora un toque de angustia en su cuerpo, se quedó viendo a este. Notó como este literalmente luchaba contra su propia ropa y en cierto modo consigo mismo; la desesperación era algo que se apoderaba de todos en cuestión de segundos y lo entendía, por lo que no le costaba ponerse en los zapatos del contrario. Apreció los tatuajes que eran visibles sobre la tersa piel del contrario y luego observó su rostro.

No quería ponerlo nervioso ni actuar como una amenaza, de hecho, quería ayudarlo. Levantó sus manos intentando forzar un signo de inofensividad, dando pasos cortos y tranquilos, esperando no desatar ninguna reacción negativa en él. Caminó hasta quedar a un par de metros de él, y ya estando ahí, se agachó, frente a él, quitándose la chaqueta en un gesto bastante tranquilo, viéndolo a los ojos y luego extendiendo sus manos hacia él, con total delicadeza y tranquilidad en sus movimientos, por mas tensa que fuese la situación. La pérdida de sangre era considerable y eso era algo que había que tratar cuanto antes, y sin duda alguna estaba dispuesto a hacerlo. Sostuvo delicadamente sus manos, y con cuidado habló.

Confía en mi — entonó con un tono tranquilo, quizás un poco forzoso, pero tenía que actuar rápido y esperaba a que el contrario lo entendiese. No le importó mancharse con la sangre de aquel muchacho, después de todo solo tenía un propósito. — Déjame ayudarte. — dijo, para luego con las llemas de sus dedos retirarle la aguja y el hilo, enhebrando la misma y ajustando el largo del hilo para hacerle una sutura. Sus manos estaban firmes y él se movía tranquilo, yendo hacia la herida del contrario. Sabía que aquello era algo forzado; estaba pidiéndole confianza a un completo desconocido, pero esperaba que entendiese que sus intenciones eran las mejores. Antes de empezar a coser dicha herida, volteó para verle a los ojos, en una especie de pregunta con la mirada para corroborar que el contrario estaba listo.


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Mensaje por James J. Yeager el Miér 28 Ago 2019, 21:57

En los últimos segundos del otoño las horas siempre son demasiado cortas y los segundos demasiado largos. Los días cada vez duran menos y aunque James no puede decir que tiene prueba alguna, la inquietud le atenaza con cada puesta de sol y puede sentir como permanece en el aire en torno a él. Deja caer la cabeza hacia atrás, soltando un suspiro de metálica melancolía y se pregunta porqué esta pensando en eso. Siente el cuerpo ardiendo; esa sensación rellenándole las arrugas de la piel, deslizándose por su columna, derramándose por los dedos de sus pies. Un anhelo. Un temor. El frío del invierno, la lluvia sin comienzo, las mismas horas que sabe que ya han pasado antes. Y entonces llega el dolor y lo pinta todo de blanco.

Hace mucho que James ha dejado de ser médico, que ha dejado de ser alguien, pero recuerda el aspecto de una herida infectada. ¿Cómo es posible? Ni siquiera ha pasado tanto tiempo… ¿verdad?

Los hombros de James se hunden y deja caer su botiquín de plástico al suelo con un estrépito. Se pasa una mano temblorosa por la cara, frotándose sus rasgos tristes, pero no suelta la aguja con la que segundos antes había intentado coserse. Parece que se le ha quedado pegada a la mano, aferrándose a ella como si fuera lo único que le mantiene con un pie en la realidad. Solo entonces ve al desconocido acercándose. Le hace recordar a alguien intentando ganarse la confianza de un perro callejero, al que le han apaleado tanto que ya no cree en los buenos samaritanos. Porque la gente buena no sobrevive.

James se muerde el labio inferior. Un mal hábito que tiene. Y, como el perro callejero que es, piensa que la compasión de ese hombre es un regalo demasiado caro. Así que intenta poner más distancia entre ellos, pero su espalda choca con el muro y deja caer los hombros, como si cargaran con un peso sobrehumano que ya no pueden sostener. Y a lo mejor hiede un poco a arrogancia culpable cuando susurra:

—¿Y tú quién demonios eres? — James siente en su interior, de manera vaga, que a lo mejor esa persona no es una amenaza. Así que suelta la aguja cuando se la quita de los dedos.

Sus manos de rozan y James se encoge. A lo mejor es la fiebre, pero su mirada sigue cada movimiento de los dedos del hombre, hábiles y largos, hasta que asegura el hilo en la aguja, y le pregunta por qué quiere ayudarle. No tiene nada que valga la pena el esfuerzo. Podría simplemente robarle sus cosas, su comida y su agua, el oro del nuevo mundo, y dejarle morirse desangrado. El mundo no recordará haberle perdido.  

James no se mueve cuando le acerca la aguja a la piel, pero ese hombre le mira como pidiendo permiso. Eso le parece divertido, y si no estuviera tan cansando, hasta se reiría. La gente tiende a sentir compasión por las pobres almas inofensivas como la de ese desconocido, que quieren respetar la intimidad de los demás cuando nadie lo haría por él. Es tan triste que es divertido.

—Esto es absurdo. — se rompen las sílabas cuando habla, con el timbre bajo, una especie de reticencia, como de mala gana. Pero no le dice que se detenga, y suena tan deprimido que hasta James se da cuenta.

Entonces, cuando le pincha con la aguja recuerda la fiebre, y su herida, y el calor que le abrasa la piel desde dentro hasta que tiene tanto frío que no puede parar de temblar. Pero sobre todo recuerda el dolor, punzante, del tipo que rebana los nervios y duele, duele muchísimo. En ese momento, James piensa que se va a desmayar.

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Mensaje por Adrien Zhao el Jue 29 Ago 2019, 03:04

Buscaba hacer movimientos diestros y rápidos con sus manos, dando puntos a aquella herida poco a poco. No tenía tiempo para desinfectarla, y seguramente hacerlo iba a ser algo peligroso, debía darle fármacos cuanto antes, y según había visto apenas de reojo sobre el botiquín que ahora estaba en el suelo, habían unos cuantos antibióticos y anti inflamatorios que podrían servir para algo. Cuando por fin terminó dándole no mas ni menos que seis puntos de sutura, cortó el hilo con un movimiento un tanto brusco en sus manos y sin importarle las sangre que las cubría, volteó para ver al botiquín de primeros auxilios.

Tomó los antibióticos y los anti inflamatorios que habían ahí, saco un par de las píldoras y se las dio al contrario en su mano para que se las tomase. No sabía si consigo traía agua o cualquier cosa para pasarlas, pero si algo era obvio era que debía pasarlas cuanto antes o las cosas irían a peor. Cuando siguió ojeando en el pequeño botiquín, para luego tomar un par de calmantes y juntarlos también en las manos del otro. Eran muchas píldoras, sí, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Tomó un paquete de gazas esterilizadas que había en el botiquín y las colocó contra la ahora menos sangrante herida, y haciendo un poco de presión y con un trozo de adhesivo, la fijó en esa zona de su abdomen. Sus dedos luego se deslizaron hasta un rollo de vendas elásticas el cual desenrolló y rodeó todo el abdomen del muchacho, rodeando por completo la herida y asegurándola rígidamente con un gancho para evitar que se cayese y dejase expuesta la herida.

Luego de haberle tratado y prácticamente de haber esquivado todas sus palabras y comentarios, se sentó en el suelo, viendo hacia otro lugar, con la mirada tranquilamente perdida. En su mente resonaba una sabia frase, “después de la tempestad viene la calma”, con la voz de su padre, y sus ojos se aguaron delicadamente, pero evitó el romper en llanto simplemente tomando aire y apreciando el nublado cielo y sintiendo la fría brisa, para luego quitarse aquel exceso de humedad en los ojos refregándoselos con ayuda de su antebrazo izquierdo. Esperó con toda la paciencia del mundo a que el ambiente tenso y apresurado cambiase y se pusiese todo más tranquilo. Realmente hasta le importó poco lo que el contrario pudiese hacer, puesto que ya había hecho lo que quería, por lo que no le importó darle la espalda. Esperaba que si de alguna forma el universo pudiese agradecerle aquello que le gustaba hacer, de ayudar a los demás, alguien ayudase a su padre donde quiera que estuviese.

Una ligera y delgada capa de llovizna otoñal empezó a caer, y Adrien no hizo más que apreciarla. De hecho, se puso de pie y avanzó un par de pasos hacia el borde del techo, estando lo suficientemente dentro como para que el agua no lo empapase, cuidadosamente se recostó de uno de los pilares de aquel techo. Cerró los ojos un par de segundos y tras un suspiro que sintió como dejar una carga atrás, se dio la vuelta para ver a aquella persona que había ayudado. Al notar que el botiquín seguía tirado en el suelo, lo tomó y recogiendo todas las cosas que pertenecían a este (o las que quedasen) lo dejó como si nada junto al contrario. Como pudo tomó asiento junto a él, buscando comodidad, y con un poco de tranquilidad en su voz, por fin pudo presentarse como creía debido. — Lamento no haberme presentado, estaba algo apresurado. Mi… — pausó su presentación para notar que el contrario no se estaba incomodando, pero antes de profundizar en ello, prefirió terminar aquello que había empezado. — Mi nombre es Adrien


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Mensaje por James J. Yeager el Vie 30 Ago 2019, 21:34

La velocidad del tiempo se distorsiona y el mundo consiste en nubes enfadadas, manos hábiles y el latido de su corazón en los oídos de James. Ahora solo están los dos y un silencio sepulcral.

El desconocido se aparta cuando considera que ya no puede hacer nada más, y James intenta luchar contra el cóctel de emociones encontradas que le contraen el pecho. Le ha remendado, y lo ha hecho bien. Con la insensibilidad de alguien acostumbrado a las cosas siendo así; feas. Pero eso no consigue llenar el abismo que hay entre él y el desconocido.

El desconocido se sienta a su lado y James se pregunta, con la adrenalina martilleando en las venas, si está tan solo como él. Empieza a llover y encorva la espalda, doblando las rodillas y sostiene perezosamente las pastillas, entre dedos cerrados. La humedad flota en el aire y lo tiñe todo de un gris monocromático, dando una extraña sensación de soledad.  
James quiere preguntarle al desconocido por qué es tan buen samaritano, que decide ayudar a cualquier idiota con una herida y pocas ganas de hacer amigos. Pero después de considerarlo, cree que no sería apropiado, así que en su lugar simplemente susurra, dos octavas más grave de lo normal:

—Gracias.

La luz poco favorecedora envuelve todo con un tono cetrino y un pesado velo de letargo, y otra vez solo están ellos y un silencio sepulcral. Hasta que el desconocido se presenta, y ya deja de ser desconocido. James se lo piensa dos veces antes de responder.

—Yo soy James. — responde con un brillo de ausencia en su expresión. Huele a tierra, a lluvia y a sangre. Huele a otoño metálico.

En un abrir y cerrar de ojos, James se ha quedado sin antibióticos y casi material medico, y hasta le sabe mal. Como si utilizar los recursos que tanto le había costado encontrar fuera lo mismo que malgastarlos. Un soplo de vanidad por una chispa de vida.

Después de largos segundos James baja todas las pastillas de una sentada y frunce el ceño. Herido y drogado, la combinación perfecta para un apocalipsis idílico. Da un generoso trago de agua de la botella que acaba de sacar de su sucia mochila antes de pasársela a Adrien. El estomago le delata con un rugido, que suena más alto que cualquiera de las palabras que han intercambiado, así que también saca dos viejas latas de conservas, con las etiquetas gastadas y manchadas por los bordes.

—¿Melocotones en almíbar o alubias con tomate? — escoger era un lujo muy caro para personas que vivían de las sobras.

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Mensaje por Adrien Zhao el Sáb 31 Ago 2019, 20:38

El escuchar su agradecimiento en cierto modo tocó una de sus fibras sensibles. No estaba listo para escuchar aquella palabra, pero cuando lo escuchó, un cálido sentimiento llenó sus mejillas y orejas, como si se tratase de la calidez generada por una bufanda. Por más tenso que fuese el ambiente que causaba la colisión las presencias de ambos muchachos, se sentía un tanto más cómodo ya que por fin había confirmado que aquel muchacho era en efecto una persona “educada”. No cualquiera daba las gracias últimamente, y si lo hacían, la siguiente interacción era correr cada uno por su lado, huyendo de cualquier clase de peligros o criaturas inimaginables. Cerró los ojos sonrió buscando que el contrario no viese este gesto en su rostro, para no delatar sus emociones, tampoco quería parecer un loco.

Tras haber escuchado su nombre levantó un poco la mirada intentando mantener así fuesen un par de segundos de contacto visual con el contrario, pero al notar que el semblante del contrario estaba fijo en una dirección en la que él no podía observar bien, por lo que la idea del contacto visual se perdió después de un par de segundos rondando por su cabeza.

Realmente no estaba tan incómodo como podía parecerlo. Se apartó un par de centímetros más del que ahora reconocía como James para darle más espacio, y con cierto cuidado, Adrien se recostó de la pequeña pared que tenía a sus espaldas para relajar un poco su cuerpo. Quizás después de todo aquello debía tomar una siesta absteniéndose a las consecuencias. ¿Despertaría y el contrario seguiría ahí? ¿O había sido todo eso un simple sueño? ¿Se aprovecharía de matarlo cuando estuviese dormido? No lo sabía y realmente tampoco iba a profundizar en aquella cantidad de pensamientos relativamente tontos y paranoicos que lo estaban invadiendo. Sacudió la cabeza un par de veces y buscó con la mirada de nuevo a James.

Cuando posó su vista en el cuerpo del contrario notó que este estaba extendiendo su mano hacia él, con un contenedor que aparentemente en su interior tenía agua. Adrien no quería parecer un malagradecido o un odioso, y para completar con ello, realmente tenía sed, por lo que aceptó con gusto el ofrecimiento del contrario y dio un trago al agua que le ofrecía, juntando sus labios a la botella casi de inmediato, incluso rozando la desesperación. Le devolvió la botella un momento después de darle el trago, y le agradeció con un pequeño gesto que hizo con su cabeza, agachándola delicadamente hacia abajo.

De nuevo su mirada se levantó cuando escuchó la pregunta del contrario. Quizás no era muy propio que aceptase la comida, pero tenía hambre, y el simple hecho de pensar en comer literalmente cualquier cosa se le hizo prácticamente un milagro. Amaba los dulces, y el hecho de que el contrario le ofreciese melocotones en almíbar fue una especie de estrategia no planeada por parte de James para levantarle el ánimo. Mostró tranquilamente una expresión serena y luego levantó un tanto la voz para hablar — Si no es mucha molesta, los melocotones — y mostró una pequeña sonrisa conformada por las comisuras de sus labios. Cuando el contrario le acercó la lata que aparentemente estaba un poco desgastada, viendo de nuevo hacia James. — Muchas gracias — comentó para luego seguir analizando la situación. James le había dado el privilegio de escoger lo que iba a comer, y eso era sin duda alguna algo genial; hacía demasiado tiempo que no escogía nada, y que de hecho, apenas había podido gozar de algunas “comidas” decentes.


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Mensaje por James J. Yeager el Lun 02 Sep 2019, 21:36

James mira a Adrien devorar esos melocotones y la vista es desconocida pero no extraña, como si ya hubiera ocurrido antes pero escapase a su memoria. Como un análogo de sí mismo. James construye una pregunta a medias sobre si todos los supervivientes del fin del mundo tienen ese aspecto, con unos círculos oscuros ensombreciendo sus ojos, una tez a medio camino entre el blanco y el amarillo, y tics ocasionales en una ceja. La pregunta se desmorona tan pronto como Adrien baja el tenedor y atrapa la mirada de James. Hay una línea larga y rígida que va de un par de ojos hasta el otro.

—Eras médico. — no es una pregunta y tampoco sabe por qué lo ha dicho, pero se acentúa su frio escepticismo porque la voz de James es baja, monótona y terriblemente tranquila. Ahora la vida son solo ayeres, el recuerdo y lo poco que pueda darte saber que antes, fuiste alguien. Pero ya no.

Tal vez es por la lluvia, pero se ha levantado una neblina que hace que todo se vea desenfocado. Lo ralentiza todo, oscurece todos los destellos en resplandores y las esquinas se convierten en curvas. James siente una pinchazo en el pecho demasiado fuerte para pasarlo por alto, y una sensación de vacío que casi le hace llorar. En lugar de eso se concentra en la comida, a la que difícilmente puede dársele ese nombre. No tiene ningún sabor especialmente destacable, así que tampoco puede decir que no le guste. Se lo termina todo, recoge sus cosas y se pone en pie con un jadeo adolorido.

—Gracias por tu ayuda, pero yo me voy, y te recomiendo que hagas lo mismo. Esta zona no es seg- — cuando James se agacha para recoger su mochila, el latigazo que le atraviesa las costillas le quita el aliento. Todo a su alrededor gira y de repente sus rodillas ceden, como si ya no pudieran cargar con el inhumando peso que lleva sobre los hombros.

La fuerza de la gravedad tira de James hacia el suelo y esta vez no puede tragarse el grito, que escapa de sus labios con un chasquido sonoro y grave. La tierra se le mete entre las uñas y la lluvia le moja la ropa hasta que se le pega a las extremidades como una segunda piel. Octubre marchita el mundo con cada puesta de sol, hasta que apesta a hojas en descomposición y promesas olvidadas. Con octubre llega la lluvia infinita y James parece la viva imagen de todo lo que hay a su alrededor.

No vuelve a intentar levantarse.

James J. Yeager

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Mensaje por Adrien Zhao el Sáb 14 Sep 2019, 08:57

Cuando vio que se ponía de pie, a pesar de que le preocupaba, no tuvo la fuerza de voluntad suficiente para detenerlo. Por lo menos no en ese momento. Su mirada se posó en aquel cuerpo, detalló una vez más cada rasgo físico del contrario como pudo y poco a poco fue intentando arrancarse aquella incómoda sensación tensa del cuerpo. A pesar de que no lo conocía de nada y apenas habían podido compartir un rato juntos, aún ese sentimiento arraigado que tenía en su ser de querer cuidar a cualquier persona que lo necesitase no se desvanecía,  y tal vez ese era su martirio.
Fue la preocupación lo que le funcionó como detonante para literalmente abalanzarse en dirección del muchacho que acababa de conocer con intención de detener su caída. Estaba preocupándose por un desconocido, sí, estaba rompiendo la regla de oro jamás escrita de aquel mundo; “no te preocupes ni te juegues el pellejo por nadie”, pero lo hacía porque quería, para que no le quedase aquel amargo y metálico sabor de boca de inconformidad, rabia y culpa por no haber ayudado a alguien cuando podía. Su inspiración era esa en ese momento,  la seguridad del muchacho que tenía frente a él, y que ahora estaba inmóvil, en el suelo.

Como pudo rodeó su cuerpo con sus brazos y lo arrastró con toda su fuerza hasta aquel pequeño techo que cubría la zona donde se habían conocido. Sus dedo índice y medio cuidadosamente se posaron sobre su cuello, para sentirle el pulso, y al notar que su corazón aún latía y que seguramente solo se había desplomado por la herida o la falta de sangre, pudo soltar todo el aire que había mantenido en su cuerpo por culpa de la tensión con completa tranquilidad. No quiso prolongar el contacto físico porque no sabía aún si el contrario estaría contento con que lo hiciese, por lo que se puso de pie y ayudándose con su fuerza incorporó al contrario de pie, recargando por completo todo aquel peso sobre sí mismo. No estaba en la mejor condición física, eso sin duda, pero si debía hacer un esfuerzo, lo haría.

Sin embargo, el delgado y delicado hilo que conformaba la paz del momento se quebró cuando vio aquello. Una visión horrorosa, seca, y familiar que no hizo más que erizarle por completo todos y cada uno de los vellos del cuerpo. Su reacción natural fue voltear en dirección a aquello que se avecinaba, no sin antes inquirir susurrando para si mismo y con odio unas agraciadas palabras. — Me cago en la puta, lo que faltaba…

Spoiler:

Tiro un par de dados para determinar que caminantes se aparecerán.

Y no pudo evitarlo. El terror se apoderó de su cuerpo un par de segundos apenas pudo siquiera diferenciar aquel fenómeno. Una descarga eléctrica recorrió por completo su espalda, y tomando como pudo al contrario junto a sus pertenencias, sin siquiera importarle si estaba haciendo ruido o no, se atrevió a correr más hacia lo que creía era el oeste de aquella zona de campamentos. Con cada paso que daba, y cada vez que tenía que reafirmar su fuerza para hacer que el contrario avanzase sentía como sus músculos quemaban y su cuerpo pedía clemencia al destino. No se daba por vencido a pesar del dolor y el cansancio; no lo iba a dejar caer y no lo iba a dejar sucumbir por eso.

Luego de aquella carrera en la cual no se tomó la libertar de medir la distancia que había recorrido ni el tiempo que había tardado, se encontró junto a aquel muchacho en lo que parecía ser una cabaña, cosa que lo aliviaba a tal punto que era casi místico, pero no bajó la guardia. Sí, era una zona de campamento, debía haber campañas. Volteó con velocidad para ver cómo aquella niebla se esparcía lenta pero eficazmente, rodeando prácticamente todo lo que había dejado atrás en cuestión de segundos, y el sudor de su frente no hizo más que perlar su expresión y demostrar que Adrien aún era un ser humano. Tenía miedo.

Sus manos se deslizaron por el pomo de la puerta, y con total desesperación empujó la misma, dejando caer el cuerpo de su compañero y cerrando esta. El proceso de abrirla no fue fácil, tuvo que hacer fuerza y empujar, y lo mismo tuvo que hacer para cerrarla. Pero no descansó. Corrió por toda la cabaña, que afortunadamente era bastante pequeña, de 1 piso y 2 habitaciones, para cerrar las ventanas, y el único par que habían ya lo estaban. Su preocupación extrema hizo que llevase sus manos hacia su chaqueta y la acomodase contra los bordes de la puerta para que en aquella cabaña no entrase siquiera un poco de aquella mortal sustancia, y así un millón de cosas mas hasta que por fin pudo quedarse tranquilo y tirarse al suelo junto a donde estaba su compañero, sin darse cuenta de cuando cayó dormido.


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Mensaje por Agent 4.0 el Sáb 14 Sep 2019, 08:57

El miembro 'Adrien Zhao' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'Enemigos' :
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Resultados :
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We are Enjoy the Silence 4.0:
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¡Cinco años de zombies y los que nos quedan! ¡GRACIAS A TODOS!

Agent 4.0

Agent 4.0
Narrador

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Mensaje por James J. Yeager el Sáb 21 Sep 2019, 20:36

No hay nada más en el aire que respiraciones pesadas y tal vez el sonido de un sollozo en la garganta de James cuando Adrien le pasa los brazos por debajo de las axilas y lo arrastra hasta volver a quedar resguardados de la implacable lluvia. Cree que es absurdo, que ya están empapados, y estarlo un poco más no marcará la diferencia, pero las palabras se pierden entre un escalofrío que se desliza por su nuca y la calidez de Adrien detrás de él.

James se permite relajarse durante un momento, en la periferia de la inconsciencia y la realidad, en los brazos del otro. El aire entra y sale, silbante, de sus pulmones, y no se da cuenta de lo que está pasando hasta que esos mismos brazos tiran de él, y, con tierra en el pelo y su mochila entre los dedos, echa a correr. O más bien Adrien, porque James se da cuenta que sus piernas no se están moviendo, como si su articulaciones hubieran perdido la capacidad de realizar movimientos mecánicos. Su cuerpo tiembla bajo los brazos del otro, y la desorientación le confunde los sentidos hasta que no entiende dónde está. Le duelen los huesos y las costillas se le clavan en los pulmones, no puede respirar y todo duele, gira, duele, gira. El velo del miedo se extiende hasta envolver los doscientos seis huesos que tiene en el cuerpo y le arrebata el aliento, asfixiándolo. James deja de pensar cuando forcejea con aquella persona, porque no la conoce, no sabe quién es o qué quiere. Susurros incoherentes puntúan cada gemido y cada jadeo.

Usa toda la fuerza que no tiene hasta que cae con un estrépito al suelo, y casi se olvida que tiene una herida en el abdomen, pero el dolor se encarga de recodárselo. No recuerda haber estado así de cansado en mucho tiempo, pero James se arrastra dejando un rastro de depresiones, hasta que su espalda choca contra una pared, y le recorre una chispa de seguridad al no sentirse tan expuesto. Solo entonces puede darse cuenta que está con Adrien, muy ocupado de aquí para allá haciendo algo que se le escapa, con la ropa mojada y la cara perlada en sudor. El aire resuena por las bocanadas de aire que entran en sus pulmones y, quizás, se le escapa un suspiro de alivio.

James no sabe dónde están o qué ha pasado, pero aquel lugar parece particularmente desolado. La oscuridad se traga todas las paredes y las esquinas. No registra los detalles.

—¿Qué… —
James construye una pregunta a medias que no es capaz de terminar, así que en su lugar se deleita en la quietud y en sus respiraciones. Se deja llevar por el recuerdo de sueños corrosivos y desesperanza; sobre mirar la luna desde el fondo de un pozo, hasta que se lo llevan la fatiga, el dolor y las desilusiones.

.

Cuando James abre los ojos, los últimos rayos del sol se cuelan entre ventanas tapiadas y es casi insultante. Se despierta de un sobresalto, y a lo mejor un grito, que retumba en las paredes hasta que es capaz de darse cuenta que está despierto, fuera de las pesadillas de su mente, y en la pesadilla de la vida real. Se lleva una mano al pecho y desea, una vez más, no haberse despertado en absoluto.

Cuando su mirada se posa en la otra persona que está con él, en la otra punta de la pequeña habitación, se estremece. James tiene los ojos hinchados y un sabor amargo en la boca, y se da cuenta que esta temblando, los dientes castañeteando unos contra otros. Su cuerpo desprende un olor a tierra y ropa mojada.

Con el frio lijándole los huesos y atravesándole el pelo, se acerca a Adrien con pasos inseguros sujetándose las vendas que le cubren la herida, como si ese gesto pudiera aliviarle el dolor. Se lo piensa dos veces antes de zarandearlo por el hombro, parece que él también se había quedado dormido. Muy prudente.

—Oye. — su voz es áspera y grave. Casi no la reconoce. Pero Adrien no parece reaccionar y los segundos vienen y van, escabulléndose a lo largo de una delgada línea de vacilación.

James no vuelve a intentar despertarlo, así que en su lugar va a la otra habitación, de lo que parecía ser una pequeña cabaña de veraneo. Es una caja encalada llena de papeles hechos una bola, latas de cerveza vacías y una miríada de formas acromáticas. Sábanas sucias y arrugadas sobre el colchón desnudo y cortinas que cuelgan flácidas, como banderas de rendición. Hay colillas por todas partes y una gruesa capa de polvo lo cubre todo. James piensa que el mundo ahora es la viva imagen de todo lo que hay en ese cuarto.

Se acerca al armario tambaleándose, y al abrirlo solo encuentra una polvorienta manta, descolorida, y dos botellas medio vacías de whisky. No hay comida ni ropa seca, pero coge lo que encuentra, incluido el alcohol, y vuelve al otro cuarto. James se mueve por inercia, y se siente como si estuviera en el decorado de una película, construido con polvo y sueños agrietados. Debe de haber un mundo real en algún lugar ahí fuera, donde la risa no parece algo imposible.

James se da cuenta que Adrien está despierto, así que recoge los huesos que se desmoronan y los tendones hechos jirones y dice en voz baja:

—Quítate la ropa. — a pesar de que las sílabas salen de sus labios cenicientos entre tartamudeos, James no tiene la paciencia para aceptar otra alternativa. Ambos están empapados y, con la caída de la noche, la temperatura solo va a seguir bajando.  

James se quita la camisa, pero tiene más problemas para salir de sus tejanos. Se queda frente a Adrien en solo su ropa interior, sin una pizca de pudor o sentido de la intimidad.

James J. Yeager

James J. Yeager
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Mensaje por Adrien Zhao el Jue 26 Sep 2019, 08:14

Aquel descanso que había sido inducido por sí mismo de forma casi forzosa se estaba viendo interrumpido. Aquella situación de hecho le recordaba a cuando era pequeño. Le evocaba la misma sensación y eso le hacía ver esas imágenes como si estuviese ahí, con su padre intentando despertarlo. Cerró los ojos con un poco de fuerza e incomodidad, intentando aterrizar en la realidad, mientras se esforzaba también por reprimir sus impulsos y levantarse gritando, como siempre le pasaba. El frío era terrible y su cuerpo lo demostraba, temblando y dejándolo en una situación bastante vulnerable, abrazado a su mismo y con una expresión de disgusto en su rostro. Sus manos acariciaban poco a poco sus brazos y su cuerpo agazapado casi por completo en posición fetal.

No tardó mucho tampoco en incorporarse, aún con aquel frío invadiéndole los huesos, sentándose y viendo hacia el frente. Pudo distinguir la figura de la persona a la que había arrastrado consigo, en un trayecto que se le había tanto eterno como tortuoso. Refregó sus ojos de una forma un tanto infantil, con los dorsos de sus manos, y viendo hacia este, se quedó sentado en esta posición. Mostró una expresión tranquila y hasta inocente cuando vio a este muchacho frente a sí, sin embargo, su semblante cambió cuando escuchó aquella orden. Sabia a pesar de la falta de luz que su rostro se había ruborizado, y mientras se ponía de pie, habló.
A que te refieres con-… — sin embargo, su comentario se vio interrumpido cuando el contrario comenzó a quitarse la ropa. Intentó apartar la mirada, pero no estaba hecho de piedra, por lo que se quedó viendo a James por un par de segundos. Luego entendió la orden y comenzó a hacer esto también, a pesar de que un tanto más tímido, se detuvo cuando se quitó la camisa. Se quedó helado por un momento cuando llegó al punto de tener que quitarse los jeans, pero procedió cuando se fijó en el pequeño detalle de que ahora James ahora solo estaba en ropa interior.

Una vez no tenía ya nada más que su ropa interior, se abstuvo de estudiar el cuerpo del contrario, forzándose a apartar la mirada hacia otro sitio. Sus manos fueron a parar contra su propio abdomen, en un abrazo a sí mismo mientras veía con cierta impaciencia a James. El contacto de la gélida brisa con su piel lo hacía temblar, y por mera inercia no pudo evitar dar un par de pasos para estar más cerca de James. Aún con el rostro ruborizado, mantuvo la mirada fija ahora contra la del contrario, y en un tono un tanto sarcástico pero serio, habló. — Bien, ¿Y ahora? Qué...


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