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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Septiembre 31, 2015
Nueva Orleans, Louisiana

Nueva Orleans era víctima del carnaval de los muertos. La vieja ciudad se convirtió en un cadáver más en el cementerio que eran los Estados Unidos. Perdió su encanto, el hechizo que prometió proteger la tierra se quebró y Nueva Orleans se despidió de la música que la mantuvo viva durante tantas tragedias. Ahora era una ciudad fantasma con estructuras francesas en ruinas al ser abusadas por las fuertes lluvias. El moho crecía en las paredes de muchos edificios, la calle era adornada con pedazos de florituras de metal que cayeron de los techos, y la sangre tenía el asfalto de un tono siniestro. Los turistas muertos seguían vagando por la calle Canal esperando que el trolley llegara a dar el esperado tour por el lugar, pero sólo encontraban cuerpos en avanzado estado de descomposición.

Luna suspiró quitando la mirada del paisaje deprimente que era esa ciudad cuando los pesados pasos de un soldado le avisaron que no estaba sola en ese balcón.

-Jefa, ya todo está listo. El Humvee está preparado para salir.-

Luna López, Jefa del USS y líder del Redline, su cabeza tenía un grandioso valor para aquellos que conocieran los rangos del Red Umbrella.

La latina quitó su peso de encima de la elaborada baranda para dar cara al soldado de uniforme negro.

-Los alcanzaré en par de horas.- afirmó con par de palmaditas al hombro del soldado antes que avanzara a la apertura del edificio. El soldado se giró para dar su queja, la siguió por el pasillo y por las escaleras hasta que quedaron delante del Humvee. -No es seguro, López. - insistió el muchacho sin comprender el porqué ella quería quedarse en esa anticuada ciudad. -James, por favor. No llegué a ser la cabeza del USS y el Redline por lucir guapa. Estaré con ustedes en cuatro horas máximo y si no he llegado para entonces vengan a buscarme. - volvió a dar un par de palmadas en el hombro del soldado. -Al menos que alguien la acompañe...-

Luna apuntó con el índice al ruso. -¡Thor, vente!-

Parte del Redline caminaba por las olvidadas calles de Nueva Orleans sin aparente rumbo. Luna iba adelante por unos escasos pasos para guiar la caminata. Una charla casual se abrió entre ellos, nada de importancia, nada que fuera digno para recordar en la noche. Cruzaron la calle Canal para introducirse al montón de pequeñas calles que daban al corazón de Nueva Orleans, el Barrio Francés. La iglesia se levantó a la izquierda de los representantes de Umbrella, pero carecía esa aura santa. La iglesia se sentía igual de muerta que toda esa tierra. Luna apretó el paso para llegar al Barrio Francés donde había un edificio de tan sólo dos pisos. Un viejo elevador, de ese modelo arcaíco que sólo los edificios históricos poseían, existía en la parte trasera, pero las escaleras eran mucho más fáciles de tomar para ahorrar tiempo.

-Sólo quiero saber si se llegó a vender mi apartamento... Es una estupidez, lo se, pero no volveré al Barrio Francés en mi vida así que debo aprovechar.- dijo al ruso mientras subía las escaleras. En el tope, junto a la otra entrada al elevador, estaba la puerta del apartamento de Luna tirada en el suelo. La latina se acercó con la mano sobre la empuñadura del machete, pero al llegar a la entrada se dio cuenta que estaba libre de amenazas.

En general, el apartamento estaba intacto. Los gabinetes estaban abiertos, uno de ellos roto, y no había comida en ellos. Los muebles seguían siendo los mismos, la mesa estaba aún coja de una pata, y la pared de la sala tenía un manto con un león dibujado con elaborados diseños iguales a los tatuajes de Luna. Ella avanzó a la recamara sin pensar que allí encontraría una silla de ruedas esperándola. El trago amargo fue inesperado, pero pasó rápido. Luna no se llevó nada de su cuarto, pero escaló el sofá para quitar de la pared el manto del león.

-Me encanta esta cosa... hasta lo tengo tatuado en la espalda.- admitió mientras lo enrollaba para llevárselo.

¡Bam,bam,bam,bam!

Un pesado ritmo se escuchó por la calle principal del barrio. Luna miró a Thor antes de acercarse a la ventana. Una cruzada caminaba por la calle con caras pintadas y algunos infectados atados en cadenas. Ella se tapó con la cortina esperando que eso fuera suficiente y volvió a mirar a Thor.

Estaban atrapados.


Living Among Death //Sakaya, Thormund, Will ITxibjm

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Ridícula.

Así me sentía. Aunque para ser sincera, si puedo serlo, creo que no existe nada más tierno, o adorable, o lindo si lo prefieren, que mi forma de viajar.
Jamás me consideré una persona sensual, creo que mi brillo se encuentra en otro lado, quizás mi cerebro, quizás mi lengua, y viajar en una scooter de alguna forma confirmaba mi idea.
Así que una Vespa LX500, eso fue lo que encontré y no dude un solo momento para utilizarla. El viaje en ella fue largo, demasiado para mi poca paciencia pero ¿Quien puede presumir que ha viajado medio país en una scooter color rosa con un medio casco del mismo color? Tenía que ser agradecida en todo caso pues me llevó a lo que alguna vez fue Nueva Orleans, que al día de hoy podía rebautizarse como “una pequeña ciudad atiborrada de muertos vivientes que tienen un pésimo gusto por el jazz” Era una ciudad con historia que había soportado las mayores inclemencias del ser humano y se levantaba orgullosa entre sus escombros a pesar de todo.
Ya había estado ahí anteriormente, era una ciudad que consideraba inestable, y si no fuera porque tenía que detenerme ahí hubiera tomado algún camino que me llevara a cualquier otro lugar.

- Odio este lugar… Me detuve y comencé a caminar empujando la scooter. Podía imaginar a la ciudad llena de color, de música y aroma a café. Cuando me platicaban de ella imaginaba de hecho a la gente vestida de negro, con boinas francesas y libros de poesía andando de un lugar al otro. Jazz sonando en cada esquina, o alguna guitarra acústica semi-desafinada. El bullicio de la gente.
Pero no había nada, la ciudad estaba desierta y los colores en los muros se habían desvanecidos, ahora empalidecían las calles, todas silenciosas, llenas de polvo. A lo lejos se podía escuchar el crujir de los edificios amenazando con caer. Era todo demasiado tétrico para mi gusto, quizás para el gusto de cualquiera.
Las calles se encontraban desoladas, los zombies habían desaparecido del lugar, incluso la peste que llevaban consigo se encontraba ausente, el viento resoplaba libremente y levantaba la tierra arremolinando entre las banquetas y cruces de la ciudad. Podía recordar incluso que logré escuchar las ruedas de mi propio vehículo en el asfalto, moviendo la gravilla.
La soledad no era algo que recurriera a las ciudades, así que la sensación de estar abandonada en medio de la nada surgió en mí como un grito de auxilio, creo que tenía miedo. Y temía por la gente que iba a visitar, así que aceleré el paso.

Conocí a los Emerson hace poco menos de un año, era una familia de dos parejas y un pequeño que se habían instalado en la ciudad bajo la lógica de “aquí nadie se atrevería a venir” y por alguna razón yo lo comprendí como “ya no tenemos nada que perder”. La familia la conformaban dos entusiastas y apacibles abuelos, siempre contaban historias acerca del mundo antes de que todo ocurriera, y trataban de enseñarle a su pequeña nieta a ser una buena mujer, la educaban con los asuntos básicos de la escuela, y a rezar, que parecía ser de gran importancia para ellos. Los padres de la niña eran la hija de los abuelos y su esposo, quienes decidieron quedarse en casa con los señores para protegerlos. Fue gracias a ellos que conocí a la familia, de hecho, se dedicaban a comerciar justo como yo, e iban de un lugar a otro recogiendo recursos, reparándolos, o inventando algunas cosas que podrían ser de interés para los demás… justo como yo.
No era mala idea montar su casa en medio de una ciudad. Solo los más valientes se atrevían a entrar debido a la multitud de cadáveres rondando por las calles, salvo que en ese momento no había ninguno.
Estacioné el scooter justo enfrente de la casa, el casco sobre el manubrio. Y toqué a la puerta, y se abrió lentamente.

- ¿Hola? ¿Señor Emerson? ¿Emma? empujé lentamente la puerta, y por instinto me lleve una de mis navajas a la mano. Solo tenía dos de ellas, las mismas que había conseguido crear del par de tijeras que encontrara en la estación del metro, y que no me servirían para nada, excepto arrojarlas. La puerta chirriaba en tono fúnebre y por mi espina recorrió un sentimiento de pesar - de terror - como hacía mucho tiempo no había sentido.

Era inútil, pero abrí con fuerza el último tramo de la puerta y prepare mi mano para arrojar la navaja. Nada
No había nadie. El lugar se encontraba desierto aunque hubiera preferido usar la palabra “normal” para describir la situación. La casa era un desastre, me había confiado al ver que la puerta no había sido maltratada, pero dentro los sillones, papeles y alfombras se encontraban en un desorden tal que parecía una invasión de muertos, si bien no había cadáveres. En el suelo podía ver un cuchillo de plata, ornamental y sin filo que descansaba amenazante sobre la alfombra polvorienta. Pasé sobre él con miedo a contaminar una escena del crimen que nadie vendría a revisar.
La sala de la casa se había convertido en un almacén donde acomodaban las cosas que solían vender, algunas piezas de vehículos reposaban sobre tablones de madera improvisados y tenían armas, piezas de ellas y algunas municiones. Ahora, sin embargo, las municiones y armas habían desaparecido, quedando solo las piezas de vehículos que a nadie le importaba en esas fechas, mayoría que había caído al suelo junto con las repisas revolviéndose con manojos de joyas que hace tiempo se guardaban en cajas de zapatos.

Estaba claro que ellos ya no estaban ahí, que algo había pasado y en realidad deseaba salir de allí inmediatamente. Choqué contra la pared y con una mano golpeé una de las sobremesas, tirando un par de cosas al suelo que me sobresaltaron. Y me acuclillé para poder recogerlas.
Había una estatuilla bastante bonita, un ángel cuyos brazos extendía para recibir a alguien, quizás a mí, en un abrazo, uno de los brazos se había roto por el impacto. Además, una bonita foto enmarcada tenía la imagen de la familia, en un día tranquilo alejados de la ciudad, y tomada en pleno apocalipsis.
Dejé las cosas en su lugar, y preferí continuar buscando en la casa, pues a pesar de que mi mente me gritaba volver e irme de allí, no podía abandonar la posibilidad de saber que había pasado con tan buenas personas.

Continué por el pasillo hasta donde estaban las habitaciones, en ellos había ropa tirada por doquier, desde vestidos hasta camisas, pantalones y ropa interior y un aroma a podredumbre que a cada paso se intensificaba. Una vez más presioné mi navaja, y mi mano comenzó a temblar.

- ¿Emma? - empujé nuevamente la puerta, dentro hedía terriblemente y cuando la abrí. El chasquido de unas cadenas, de un hueso dislocado, y un gruñido lleno de rabia.
- Oh dios, no… - Era Dana, la pequeña nieta, no tenía más de siete años y se encontraba encadenada en su habitación, envuelta en sangre. Su mirada desorbitada me miraba con un odio que se sentía tan vacío, carente de vida. Movía las piernas para intentar levantarse  y los pies se resbalaban con su propia sangre, un charco enorme que se expandía hasta tocar mis propios pies. Los muros de la habitación llevaban marcas hechas con sangre, algo que a mi me parecieron runas, y una enorme en el centro de la habitación que parecía un ataúd envuelto en líneas, a un lado de la pequeña Dana había un alijo con cosas extrañas, nada que yo pudiera diferenciar, nada que pudiera conocer, solo la náusea subiendo por mi pecho y los pies obligándome a salir de ahí, aun en contra de mi voluntad.
No puedo recordar cuantas veces me golpeé contra la pared, o cuantas trastabillé en mi huida de la casa, solo el sabor amargo de mi boca cuando la náusea me dominó y mis deseos por alejarme de allí corriendo para aclarar mis pensamientos. Podía escuchar a lo lejos tambores, una marcha, y se acercaba cada vez más...

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El pobre jamelgo parecía estar harto de tener que cargar con el huesudo carroñero sobre su lomo. No solo porque lo maltrataba, sino porque además el muy maldito no tenía ni pálida idea de como debía de ser tratado un corcel de su porte, hijo de campeones, altivo y gallardo y probablemente de los últimos pura sangre que existieran ¿Qué sabría? Lo había visto, una bolsa de medicamentos, probablemente ansiolíticos, ese había sido el precio ¡Un insulto! Pero, había valido para el paso de mano, y su dueño era aquel mal hombre. Un insulto, pero, su plan estaba en marcha…en cuanto se distrajera, huiría y se uniría a alguna tropilla salvaje. Si, esa era una fantástica idea, si señor.

William entonaba una canción, del gran Ian Fraser Kilmister. Muchas de las canciones que había escuchado de Motorhead decían una gran y enorme verdad, otras tantas solo hablaban de algo que también disfrutaba mucho y era beber. Beber hasta caerse ciego, también de sexo, y canciones de pasar un buen rato. Pero la entonación era melancólica, y le gustaba, y parecía que al caballo también le gustaba mucho como cantaba.

William echaba mucho de menos el quad, el Hércules, ya que había sido su transporte casi desde que se había asentado en el refugio de aquella pelinegra loca. La muy maldita era preciosa, pero al flacucho le daba una mala vibra gigantesca la mirada que tenía, como si pareciera que fuera a chuparle el alma al abrir la boca. A veces esperaba que le chupase algo más, pero si alguna vez tenia las agallas para decirle, lo único que le chuparía seria el corazón luego de arrancárselo con un escarbadientes.

Levanto la cabeza para reconocer el terreno, tenía que admitir que viajar a lomos de un caballo era una tarea cansadora y pesada. Además, era un animal de mierda, terco como cualquier otro caballo maldito, se había gastado una buena cantidad de píldoras y antibióticos en aquel intercambio y mientras que el hombrecillo juraba que era un animal espectacular, el rubio no podía dejar de sentirse estafado; No admitiría nunca que no sabía montar muy bien a caballo, que lo único que sabía montar era mujeres y nada más, pero mientras el jamelgo entendiera cuando le decía que camine y girase en la dirección que tiraba de las sogas todo marcharía bien.

Nueva Orleans. O al menos eso creía que decía el cartel viejo y roto que anunciaba la entrada a la ciudad. Siempre había querido conocer aquel barrio que, se decía, era azotado por el vudú y la magia negra y que atraía la maldad más pura y ardiente del infierno. Un paseo divertido seria sin lugar a dudas, y con una sonrisa arreo al caballo a que se adentre en la famosa y oscura ciudad…

Al flaco carroñero le dolía todavía la cabeza y aún seguía sangrando cuando entro a aquel edificio viejo y venido a menos que parecía ser de los mejores que se mantenían en pie. Estaba mareado por el golpe que había recibido y bastante mareado si podía ser posible, nunca hubiera esperado que el caballo lo traicionara y mucho menos al uniformado que le apunto con su rifle de asalto. rifle que ahora descansaba contra su espala al lado de la ballesta. Y a pesar de todo, por más que quisiera usar el arma del soldado de uniforme negro, no sabía cómo hacerlo ya que no le agradaban las armas como esa. Muy ruidosas, muy poco sutiles, para nada naturales, escupidoras de fuego violentas que no conocían el respeto por la carne y por el alma de aquella persona que recibiría la salva de proyectiles.

El caballo le había traicionado, eso no había duda alguna, cuando dio un brinco fuerte elevando las patas traseras en el aire y mandándolo a volar varios metros contra un árbol. Apenas y había perdido el conocimiento en esa ocasión, aunque estaba medio desvanecido y fue capaz de ver la persona que se aproximaba, lo reconoció por el parche que tenía en el pecho y por el uniforme también y bueno, simplemente lo reconoció y nada más. Quizás se hubo ensañado de mas con la persona por la traición de su montura y no debió de arrancarle con la hoz algunas partes del cuerpo, como las manos o los pies o incluso abierto en canal…pero lo hecho, hecho estaba. No había nada más que hacer por el pobre soldado de uniforme negro. Además, el tenía toda la culpa ¿Por qué aceptar un trabajo en esa compañía del demonio? A William todavía le dolía el orgullo por lo que le habían hecho. El orgullo y otras partes más íntimas, claro.

Fue el olor a podrido lo que le ayudo a llegar hasta aquel sitio, que a buenas a primeras parecía un lugar más como cualquier otro venido a menos y que no tenía nada interesante en su interior ¡Pero sí que lo había! Desesperado estaba el rubio por tener de nuevo un vehículo, algún motor que rugiera entre sus piernas y no tuviese pensamiento propio como el animal que lo había dejado tirado. Estúpido caballo, esperaba que una horda de mordedores se lo zamparan pronto.

Partes de vehículos, mucha ropa, algunas botellas de alcohol. Las municiones estaban oxidadas y parecían viejas e inservibles, y había un carrito de jardín que al rubio le sirvió de mucho y que poco a poco comenzó a ir llenando con todo lo que necesitaría para su nuevo transporte. No sabía si armaría otro quad o si haría alguna otra cosa, pero un coche definitivamente no. No le serviría para meterse en el bosque y en las zonas salvajes del país era donde todavía había refugiados dentro de sus campamentos. Además, claro estaba, un vehículo pequeño era ideal para meterse dentro de las ciudades infestadas y poder escapar sin correr tanto riesgo a acabar de plato principal de la cena.

Pero lo mejor estaba, claro como si fuera una especie de guardiana, en una habitación cubierta de sangre de porquería que tenía dentro una niña encadenada que poco le importo al rubio. Con saña, todavía molesto por el asunto del soldado y del caballo, le partió la cabeza al pequeño muerto vivo rabioso y le echo las manos encima a la caja que en vano trato de abrir con el cuchillo puesto que estaba cerrada. Y cerrada con muchas ganas, de hecho, no había nada que pudiera hacerse con ello de momento.

Feliz estaba de haberse hecho con un buen botín estaba el rubio que tanto ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba sucediendo en la calle. Pensaba ya en lo que se iría a armar, probablemente consiguiera un buen cuadrado, un buen esqueleto claro, y se haría uno triciclo motorizado bien poderosa. Quizás le metiera unas ruedas gruesas y fuertes que podrían ayudarlo a subir montañas…se le hacía agua la boca y se empalmaba fantaseando en lo que sería su nuevo vehículo.

Dio de frente contra ellos. Con un habano colgando de la boca, y mirando sobre el borde superior de unos redondos anteojos de sol que había logrado recuperar de la casa que estaba entro aquella niña mordedora, miraba que era aquello que estaba acercándose y medio como que le resultaba gracioso por alguna extraña razón. Como muy poco, el rubio sabía que había al menos un centenar o más de mordedores encadenados y todos tenían la particularidad de ser de piel negra aunque había muchos otros de piel blanca. —Que montón de fenómenos…—. Llego a susurrar, y trato de caminar despacio para que nadie se fijara en su flaca figura ni en su tesoro. Encendió el habano, y muy lentamente volvió sobre sus pasos con su carro lleno de tesoros, sin darle la espalda a aquel desfile grotesco que estaba sucediendo en aquellos momentos. Tenía que ser extremadamente cuidadoso...ya que aunque tenía el rifle de asalto del soldado que escupía balas, pero no sabía usarlo, aunque si el diablo ponía su cara hereje de necesidad aprendería de una forma u otra.


Lenin, the mouse
Living Among Death //Sakaya, Thormund, Will CT3VIah

mis premios:
Living Among Death //Sakaya, Thormund, Will GerXKpT

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No tenía el más mínimo inconveniente en acompañar a Luna. Dios sabía que daría mi vida por la suya, ella era la jefa de mi escuadrón y ya solo por eso le debía respeto y todo mi esfuerzo. Un soldado no era un buen soldado si no estaba dispuesto a dar su vida por la causa y como buen ruso sabía que el colectivo era más importante que el individuo, las necesidades de Umbrella y de RedLine estaban por encima de las mias propias, por ello entendía que mi vida debía supeditarse a las necesidades de los míos. Esa ya sería una razón más que suficiente para acompañar a la jefa, ella era mi compañera y amiga. Solo por eso estaría dispuesto a lo que fuera por nuestra protección. Supongo que esta era una razón por la que me habían seleccionado para este grupo.

Luna se alejaba del Humvee y del resto de miembros de Umbrella. En mi opinión el único defecto de esta mujer es que era demasiado despreocupada, sin duda fruto de los estragos de su peculiar enfermedad en su vida. Cuando uno no percibe el dolor tiende a infravalorar los riesgos y a no actuar en consecuencia a estos. Otra razón para acompañarla.- James, pasame un walkie anda.- fue lo único que dije, con una sonrisa en los labios, dispuesto a seguir inmediatamente a la alocada mujer. Caminaba un par de pasos por detrás de la jefa. Me encantaría pensar que me había seleccionado por mis potentes habilidades de defensa pero era demasiado evidente que era mentira. Personalmente pensaba que si me había seleccionado era porque yo no iba a representar un impedimento para sus movimientos.

Subimos al antiguo piso de la jefa, no era de mi estilo. Ese telar de león me parecía una de las cosas más horteras de la Tierra. La Mona Lisa estaría destruida en el Louvre y este espanto estaba intacto en Nueva Orleans, un ultraje imperdonable. Tenía claro que cuando muriera y fuera al infierno le pediría explicaciones al demonio sobre este asunto. El sonido de las cadenas retumbaron en mis oidos y nos puso a los dos en posición de alerta. Estábamos atrapados. Debíamos perpetrarnos, prepararnos para lo peor. Luna cerró la cortina y cerré la puerta del apartamento. Hacer el mínimo ruido posible era prioritario pero las comunicaciones eran más que necesarias

.- Rambo 0 a Hotel 1, responda Hotel 1.- dije en un susurro, dirigiendo mi voz contra el micrófono del walkie.- Nos encontramos bloqueados al sur del punto de recogida. Procesión de Infectados. Queden a la espera para posible extracción.- De entrada no era una buena idea que vinieran a buscarnos, esos soldados era muy eficaces pero el estruendo que montarían era absolutamente innecesario, más aún si podíamos salir por nuestra cuenta. Siempre era ideal tener un plan B. Plan que no parecía ser el más confiable, el equipo del Humvee no contestaba, silencio total por radio. No era una locura el pensar que habíamos perdido la cobertura o algo por el estilo, parecía que los nuestros no vendrían a extraernos tan fácilmente.

- No responden Luna. ¿Algún plan?.- dije mientras apoyaba mi espalda contra la pared al lado de la puerta. No había tenido tiempo de reconocer en su totalidad el piso ¿había alguna otra salida para controlar? Esperaba que no fuera así. De todas formas el apartamento estaba en un segundo piso así que igual que nosotros podríamos llegar a jugárnosla a saltar por las ventanas ellos también podrían llegar a entrar por ellas. No era la situación más afortunada para el corpúsculo de RedLine. No teníamos posibilidades para enfrentarnos a todos esos que paseaban por las calles, Luna era una buena luchadora, yo no y lo máximo que podría llegar a construir es un artefacto explosivo con los materiales que pudiera encontrar en el apartamento.

- Si quieres puedo hacer explotar algo para avisar a los nuestros, pero sin duda también llamaría la atención de esos.- No era una buena idea y lo sabía, pero no tenía ninguna idea mínimamente aceptable y al final uno acaba cayendo en lo que más o menos domina. Yo solo soy un ruso loco que sabe curar heridas y destruir cosas con mucho ruido. Eso no era muy útil en estos momentos.

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Una marcha en dedicación a la muerte iba despacio desfilando con cadenas tintineando, un profundo retumbar de tambores, y maniacas risas que mostraban la festividad detrás del acto. Los ojos negros de la latina regresaron a la calle llena de muertos, vivos, y algunos que eran imposible de determinar en qué estado estaban. Thormund llamó al convoy, pero no hubo respuesta. El ritmo de los tambores penetraban la cabeza de Luna interrumpiendo su torrente de pensamientos. En otra ocasión, años atrás cuando ella no era más que un peón más en la guerra contra los muertos, Luna hubiera esperado para escapar cuando el momento fuera adecuado o se hubiera disfrazado igual que uno de esos locos que desfilaban con caras pintadas sólo por escapar con vida para llegar a la base, pero ella no era un simple peón ya. La vida de Thormund estaba atada a la de ella porque compartían un escuadrón, una amistad, y ella siendo la cabeza del sector USS tenía la responsabilidad de ser una líder. Si moría ella, su legado iba a ser un chiste y si moría él quedaba como una mal líder.

-No explotaremos nada aún, Thor. -

Ella se apartó de la ventana para dejarse caer en el sofá ya que sólo un par de cosas estaban a su disposición para hacer.

-La marcha va en la misma dirección que debemos ir nosotros... -

El brazo de Luna se estiró por el borde del espaldar cruzándose de piernas para acomodarse sobre el mullido sofá. No podían adelantarse, ya la marcha tenía una ventaja que era imposible de superar. La otra opción era esperar que hicieran sus ritos para entonces ir por el mismo camino, pero ¿Y si se topaban con ellos? Luna miró su reloj para ver cuantas horas faltaban para que el convoy supiera que estaban en un aprieto y faltaba demasiado. Por otro lado, la marcha de los muertos desconocía que ellos estaban allí refugiados. Era un pequeño golpe de suerte, o eso parecía antes que se escucharan pasos por el edificio. Luna se tensó de inmediato postrando su bota en el suelo cuando el viejo edificio crujió de una manera que no era familiar. Ella se levantó de su asiento caminando con sumo cuidado a la entrada para escuchar los pasos que se aproximaban al mismo ritmo calmado de la marcha. Un estruendo indicó que alguien pateó una puerta y luego otra...

Luna se giró rápidamente empujando al ruso a la habitación principal. En otro tipo de situación, Luna se hubiese reído con ganas porque él era el primer hombre al cual estaba empujando a la habitación con una pizca de desespero. -Ve, ve, ve. - susurró mirando hacia atrás, a la puerta que permanecía cerrada. Una vez en el cuarto, Luna cerró la puerta sin hacer ruido.

¿Se esconderían o escaparían?

La puerta principal recibió un golpe.

-Están registrando el lugar.- anunció caminando hacia cada ventana pensando en una manera de escapar y luego recordó la salida de emergencias en el baño. -Bloquea la entrada.-

La puerta del apartamento cayó con un fuerte golpe seco. Luna entró al baño de la habitación matrimonial encontrando su reflejo en un espejo sucio, pero aquello no resaltó más que el anillo que encontró sobre el mostrador. No había tiempo para revivir los viejos tiempos, pero tampoco para dejar eso allí botado. Ella recordó su deber y se concentró en abrir la ventana que daba a una escalera de metal. Quejidos se escucharon en el baño cuando la ventana se negó a abrirse.

-Vamos... Vamos... Carajo...- dijo en su otra lengua hasta que se rindió.

Un golpe a la puerta de la habitación la hizo saltar del susto.

-¡Explota algo!- dijo ella cuando tomó el machete para romper el cristal de la ventana. Miró a Thormund con esa sonrisa fuera de lugar que solía poner, -Haz que esos bastardos ardan...- salió primero para esperar qué podía crear el ruso en poco tiempo si era que se podía con los productos químicos que habían en el baño.


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Terminaba de vomitar por ¿Cuarta vez? No lo sé, pero indudablemente mi garganta se encontraba muy resentida por ello, el estómago se había convertido en una licuadora que solo se había propuesto a  limpiar a mi organismo de cualquier cosa que tuviese en mi interior… Y las náuseas… Oh Dios… Las náuseas palpitaban en mis mejillas cual recordatorio de que cuando menos lo esperara una nueva arcada arremetería contra mí, y sería doloroso, horrible y doloroso.

- La pequeña apenas podía decirlo. Tenía mis manos cubriéndome el rostro, con los dedos atravesando mis cabellos, presionando algunos mechones con fuerza. Sollozaba, lo hacía con genuina agonía - ¿Por que ella? ¿Por que la pequeña Lily? Nadie me respondió. A veces se debe recordar que estás sola.

Quería a los Emerson, no podía mentir al respecto. Eran una buena familia que se cuidaba entre sí y no le deseaba ningún mal a nadie, en ocasiones me sentía uno de ellos y creo que ellos me sentían también… supongo que debía de haber una razón para tener que ir a una de las tantas ciudades abandonadas por Dios… solo para verlos, para estar un par de horas quizás charlando y olvidarme de la soledad en que se había convertido mi mundo, y honestamente eso es demasiado pedir porque ellos ahora no están, solo la pequeña Lily pateando su propia sangre y solo yo tan cobarde para no acabar con su misera existencia.

Mis pensamientos me habían alejado tanto que al principio no vi la procesión, como tampoco escuché más los tambores que ahora resonaban a escasos metros de mí, y cuando alcé el rostro encontré el suyo frente a mí. Su piel era tan oscura que parecía irreal debido al rostro, uno pintado de blanco simulando una calavera. Llevaba el pecho desnudo, musculoso para ser tan delgado y con bastante sudor cayendo al suelo. Cuando me vio alzó una sonrisa que erizó cada bello en mi piel, y me dedicó un par de palabras que enmudecieron con el rugir de los tambores y los gritos de la procesión. Después él mismo gritó con la euforia de quien ha encontrado un gran trofeo, alzando en sus manos un mazo improvisado con un grueso palo cubierto por una gruesa piel, y en el mazo un cráneo… humano.

Cuando me tomó del cabello quise huir y comprendí que había sido demasiado tarde. Quizás de haber comprendido que la escena en casa de los Emerson auguraba un destino así me hubiera permitido huir sin mirar atrás, pero no había sido así, y por más que me repetía que debí haber huido, que debí comprender lo que pasaba, por más que intentaba engañarme dentro sabía que no me quedé por ignorante.
Me arrastró por la calle directamente a la precesión, yo intentaba luchar y muchas veces logré detener su avance, pero un fuerte golpe en el estómago me hizo comprender que no podría salir viva de esa situación, al menos no de esa forma, y no habría modo de convencerle de dejarme ir.
Continué gritando en vano mientras me acercaba al desfile, donde los zombies y humanos cautivos caminaban en una marcha fúnebre, todos encadenados por las muñecas, con grilletes clavados a tablones, en forma de una crucifixión en masa. En poco tiempo mis brazos fueron encerrados por los grilletes dedicados a mí, y el hombre se fue como si no hubiera pasado nada, saltando y gritando mientras desaparecía con la multitud.

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