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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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El que mata los sueños, merece una condena || Gilbert White.

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principios de junio 2015.
Clarksville, Tennessee

Las vistas de una ciudad fantasma les daba la bienvenida a Marianne y Gilbert tras casi tres horas de viaje desde La Fábrica. En medio de los dos, sobre el asiento, estaba Niebla. La perra de Gilbert era una excelente compañera de viaje; se había echado junto a ellos hasta llegar. Y, haciendo adulación de su gran inteligencia, ya había erguido un poco la cabeza para ver por dónde se encontraban.

En el camino se habían topado con la ruta principal atestada de coches inmóviles, tal vez restos del gran éxodo, y habían tenido que optar por el camino largo que les regaló un paisaje lleno de pequeños pueblos olvidados. Apenas si quedaba algo de ellos, la carente actividad comercial de antaño los convertía en lugares que no hacía falta recorrer.

Marianne guardó el mapa en el bolsillo externo de la mochila al verse entrando en la ciudad como en un acto reflejo. Había aprendido a tener todo a mano y en el mismo lugar de manera sana y no obsesiva. O al menos así lo creía ella.
No se ve mucha actividad, pero me niego a creer que no haya un gran grupo de muertos en algún lado esperandonos —sentenció mirando los edificios de la calle principal de Clarksville. La mayoría, de ladrillos pero casi teñidos de gris por el viento y la lluvia, tenían las ventanas tapiadas. Daba la sensación de que nadie había transcurrido aquellas calles en mucho, mucho tiempo. En el aire se escuchaba tan solo el ronroneo gastado del viejo pick up andando por la desmejorada carretera. El sol estaba ya en lo alto, aunque no había llegado a su cima. Marianne sonrió complacida; todavía ni siquiera era mediodía.
Tiempo récord a pesar de esa vuelta que tuvimos que dar, ¿eh? Juraría que los autos no estaban ahí antes —Marianne volvió la vista a Gilbert, interpelándole con la mirada para saber qué creía él respecto al gran cementerio de coches que se habían cruzado casi a mitad de camino. No sería la primera vez que algo así ocurría, podía tratase de un desvío para las grandes hordas de caminantes, era cierto, pero también podían usarlo para obligar a los vivos a ir en alguna dirección específica. Fuese la razón que fuera, no se habían encontrado con mayores problemas.

La ciudad de Clarksville era bastante más chica que Nashville e incluso que Chattanooga, sin embargo contaba con una buena universidad y grandes logros económicos. Aunque de nada había servido frente al apocalipsis zombie. Las ciudades estaban igual de muertas hubieran tenido, o no, gran trayectoria.

El coche pasó frente a la entrada de un cine importante. Marianne se quedó mirando el gran cartel que ponía "RO Y" en mayúsculas, y antes de fijarse en el suelo, adivinó que la X se encontraría destartalada sobre él. En el momento no supo decir porqué, pero la entrada le sonaba más que familiar. Más tarde se encontraría tarareando una canción vieja y tal vez -y solo tal vez- conectaría aquel cine con Sheryl Crow.

Muy bien, Gilbert. Estoy cansada de entrar en hospitales en busca de medicina. Suelen ser callejones sin salida, y por lo general ya han sido asaltados antes —concluyó. Supuso que en todo el tiempo transcurrido desde que el mundo se había ido por la borda, su acompañante había llegado a la misma deducción. Cada día se hacía más difícil encontrar lugares que no hubieran sido inspeccionados. Después de dos años había que echarle imaginación al asunto—. Necesitamos consultorios externos y de preferencia pequeños. Los odontológicos suelen ser buenos para encontrar analgésicos y antibióticos. Incluso anestesia. Las veterinarias no son mala idea tampoco; ¿qué dices?

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A pesar de mi silencio, había ido escudriñando cada esquina y cada matojo del camino. Marianne parecía hacer lo mismo, a pesar de su formación médica, se notaba una basta experiencia castrense y eso hizo que, muchas de las cosas que hablamos por el camino, no fueran sino simples gestos y miradas alertando al otro. Habíamos llegado a Clarksville, nunca había estado allí a pesar de haber seguido esa misma carretera en alguna ocasión. Nunca me habían gustado los grandes atolladeros en los que podías meterte si de pronto te encontrabas con que tu vehículo no podía continuar y debías avanzar bastantes metros para dar la vuelta, así que en la medida de lo posible, siempre había evitado estas rutas, pero para un viaje tan largo, sin duda, esto era lo mejor. Para el regreso intentaría explicarle a Marianne el peligro intrínseco de circular por ahí.

-Tienes razón Marianne. En raras ocasiones las búsquedas en grandes hospitales son buenas. Nosotros buscábamos insulina para Emma en colegios. Las pequeñas enfermerías de los colegios han sido siempre los grandes desconocidos para los supervivientes y nuestra principal fuente de medicación. No sólo para saqueadores, sino para la gente “normal”. En las clínicas de fisioterapia suele haber material para contusiones, vendajes, etc. Creo que será una buena idea empezar a buscar por donde has dicho. ¿Conoces esta ciudad?


Esperaba que la respuesta fuese positiva, pero es que, delante de nuestros ojos, como caída del cielo había una pequeña oficina de turismo, esas sí que es verdad que nadie las había tocado. Tener un pequeño plano de la ciudad podía darnos algunas pistas de dónde teníamos que dirigirnos, pero es que lo que íbamos a buscar estaba por todas partes. Los carteles de clínica dental, en grandes bajos comerciales, eran algo que en los últimos años (debido al crecimiento del uso del cepillo) se encontrarían por doquier.

Niebla había pasado al asiento trasero y se asomaba por la ventanilla. Iba observándolo todo de lado a lado, y cuando le parecía que había algo interesante por la parte frontal, volví a su lugar pero esta vez erguida, sin pasar del freno de mano del vehículo. Las orejitas de la belga no dejaban de moverse como un radar militar en todas direcciones, fue entonces, cuando mirando hacia el frente y antes de llegar a un cruce, ladró.

-Ve más despacio,- dije -Niebla ha podido localizar algo.

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Marianne se permitió fijarse en Gilbert por unos segundos al escuchar su pregunta. Aunque más que cuestionándole, cuestionandose. No creía conocer aquella ciudad. -Pero, ¿había diferencia? Era cierto que las calles grises y desoladas sí que le recordaban a algún lugar ya visitado. Las ciudades tras el apocalipsis se habían vuelto muy similares, sobre todo cuando habían cedido al fin del mundo después de dar batalla.
No. No lo creo —dijo dubitativa, pero después reafirmó junto con una negación de su cabeza. El acostumbramiento era un arma de doble filo—. Jamás he venido aquí —y al menos no en la vida real después de todo. Era un recuerdo muy lejano, más parecido a un sueño.

La médica tuvo que afirmar el agarre de sus manos sobre el volante. Se había vuelto un actor reflejo, el dolor de sus falanges fingía desaparecer a día. No en dosis extremas ni mucho menos, su pulso jamás recobraría la delicadeza de antaño, pero sentía cómo la tensión en sus dedos y articulaciones se desvanecía. O al menos así era siempre y cuando no pasara más de tres días dentro de La Fábrica. Lo cierto era que aún no se había animado a pronunciarlo en voz alta. Ni siquiera le había dado a Pickton un indicio de ello; del escozor que le causaba estar ahí dentro.
Sabía lo que muchos decían. Siendo médica no debería arriesgarse a salir en búsquedas de provisiones o exploraciones. Y era cierto, lo mejor para la comunidad entera era ayudar desde sus aptitudes médicas. Y a pesar de que Jean había decidido quedarse, poner en riesgo su propia vida era una pésima jugada. Pero, ¿cómo podría ponerse cómoda detrás de todas las medidas de seguridad cuando el mundo se caía a pedazos? Quedarse dentro de los límites sólo empeoraba su dolor crónico.

Salió del torbellino de pensamientos cuando Niebla ladró y no dudó en hacerle caso. Disminuyó la velocidad del coche, afinó su mirada y, también, se fijó rumbo a donde la perra dirigía su vista.
Un caminante apareció entre hierbas y ligustrinas crecidas desde el fondo de una casa hasta la puerta de entrada, pero no se trataba más que de prisionero de su antigua vida. Altas rejas aún en buen estado le impedían salir hasta la calle. Marianne viró el volante de manera suave, dejando los gruñidos del hambriento de tripas atrás.

El plan, entonces, son pequeños consultorios. ¿Cómo se te ocurre que los encontremos? —preguntó sin perder la vista en la calle. Algunos semáforos pendían de sus postes y aunque algún que otro clave cruzaba las calles la mayoría caían sobre la acera.
Condujo junto a una vieja cabina de teléfono público y una pequeña idea vino a su mente. Dejó salir una ínfima exhalación que se transformó en media sonrisa—. Las viejas guías de la ciudad pueden ser un buen comienzo —alzó una ceja y con un movimiento de cabeza señaló la cabina que, a pesar de que estaba en pésimo estado, bajo el hueco del teléfono(o donde se suponía debería haber uno) se encontraba una gran bibliorato de números de teléfono y direcciones.

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Seguía vigilante a pesar de que la conversación con Marianne era amena, sabía de la vida mucho más de lo que quería dejar aparentar, y quizá por su trabajo en el ejército, había visto también más de lo sospechado. Aquella insinuación tras detener el coche no necesitó ninguna explicación, apenas había detenido el vehículo cuando abrí la puerta para dirigirme hasta la cabina.

-Niebla vigila.- dije para que mi perra no dejase que nada me sorprendiera.

Tras el viaje mi rodilla estaba entumecida y me costó, al menos cuatro o cinco pasos, que volviera a funcionar sin quedarse encajada. Todo el interior de la camina estaba lleno de sangre, sangre reseca y aunque no tan nauseabunda como debió de estar cuando ocurrió, daba una imagen de cómo pudo ser. Arranqué las primeras y últimas páginas de la guía que aún tenían sangre incrustadas, al fin y al cabo, no todas las clínicas estarían en las primeras y últimas páginas. Por suerte, era un gran tomo de “Páginas amarillas” así que lo tomé y volví hasta el coche.

Niebla volvió a ladrar y yo giré mis pies sobre mí mismo para observar como detrás de una gran barricada de vehículos policiales, se abrían paso al menos treinta o cuarenta de esos seres. Estábamos adentrándonos en el centro de la ciudad y, ahora más que nunca, debíamos elegir bien la ruta. La entrada sería fácil, pero si nos quedábamos atrapados en cualquiera de esos callejones sin salida, lo pasaríamos realmente mal si el número de caminantes era tan elevado.

Aceleré mi paso hacia el coche, y al tiempo que entraba en él y cerraba la puerta, Niebla movió su cola y me lamió la cara.

-Tranquila chica, no ha pasado nada. Marianne, debemos asegurarnos de que no nos sigue ninguna horda como esa. Ahí la calle está cortada y probablemente encontremos más barricadas conforme nos acerquemos al centro.

Mientras Marianne ponía de nuevo el coche en marcha abrí el tomo por la letra C. Clínicas. Ahí lucía un gran título en mayúsculas y al menos veinte páginas con las direcciones de diferentes clínicas: dentales, veterinarias, estéticas, etc. Como era de esperar, los negocios que más pagaban venían en las últimas páginas e indicados en un callejero no demasiado exhaustivo, pero que al menos podría ayudarnos con nuestra labor. El gran tocho de guía se había convertido ahora en unas 20-25 páginas de clínicas en la ciudad y un callejero en que sólo venían reflejadas las calles más amplias.

-Con esto tendremos bastante. ¿Cómo se llama la calle en que estamos Marianne? A ver si podemos fijarnos.- dije para poder ubicarme en el plano y empezar a buscar algo que nos fuera de utilidad en los alrededores.

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Marianne no pasó por desapercibida a Niebla, aunque la vista la tenía clavada en Gilbert. Llena de ansia y expectativas. Le preocupaba lo suficiente la rodilla de él como para haberle preguntado incontables veces por ella tras el reencuentro en La Fábrica. Pero, esta vez, otro pensamiento ladró en su mente. Los ojos de la médica se dirigieron hacia el final de calle, donde descubrió -también gracias a la perra- la barricada policial anti zombies. Alzó las cejas en un genuino gesto de sorpresa y en un intento de ayudar a Gilbert a entrar al coche le tendió ambos brazos para tomar el bibliorato.

Seguro, Gilbert. Cuenta con eso. No planeaba un picnic aquí, después de todo —esbozó una sonrisa, permitiéndosela a pesar de las buenas nuevas (entiéndase el sarcasmo) y presionó con el pie para arrancar. A pesar de sentirse atrapada en medio de lo que quería y debería hacer, Marianne no tenía ninguna intención de perecer en medio de una ciudad fantasma sin nombre. Y es que, dejar detalles al azar (como podía ser la salida de la ciudad) no estaba en sus planes.
Por el retrovisor le echó un último vistazo a los coches amontonados y sus ojos se guiaron rápidos y sin verdadera intención hasta las hojas que su acompañante tenía en las manos. Siempre había sido buena en el sentido de la ubicación y lo tenía claro. Pero también tenía claro que no conocía el terreno. Desprendió la mirada de las hojas y, tras un giro para doblar, se arrimó hacia el volante con el cuerpo. Intentaba ver el nombre de la calle, sí, pero también descubrir hasta dónde seguía la barricada.

Avenida Greenwood y... Kleeman Drive —dijo y asintió una vez para reforzar su respuesta—. Supongo que las barricadas están ahí por la escuela —agregó haciendo un ademan a las hojas que tenía Gilbert, donde un gran terreno rectangular desviaba las calles del pequeño mapa. Las escuelas habían sido uno de los primeros lugares en ser evacuados cuando todo comenzó, por lo que en ocasiones podían servir como buenos refugios. Además, las barricadas podían ser una buena manera de alejar a los muertos de distintas zonas.

El coche siguió el paseo sinuoso por las calles muertas. Marianne le había pedido a Gilbert que nombrase las calles de los consultorios que iba encontrando en las páginas, de modo que, de pronto, clavó el freno y exclamó;
¡Cumberland Drive...! ¿No habías dicho que...? ¿Qué numeración?

Pero, antes de que pudiera siquiera fijarse en el número del local más cercano, descubrió que una masa oscura y conocida se movía detrás, a unas calles de distancia, y se acercaba hasta donde estaban en un movimiento errático pero masivo.

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Volví a clavar mis ojos en las páginas amarillas. Busqué rápidamente el número, la primera de esta calle ya nos la habíamos pasado y volver con todo lo que nos seguía hubiera sido un error.

-Tenemos uno en el número 112 y otro en el 170. Ándale rápido para separarnos todo lo que podamos de nuestros seguidores. Yo limpiaré la sala y tú, que sabes mejor que nadie lo que buscamos, dedícate a recoger. Sólo una cosa, tu ve preparando cajas y yo las cargaré en el coche, pero cuando te diga vamos no te entretengas. Tengo la costumbre de esperar hasta el último momento.- sonreí mientras seguía marcando el segundo número sobre el listín telefónico con mi dedo.

Habíamos pasado por dos grandes intersecciones que no tenían ningún tipo de barricada, los caminantes se dirigían hacia el sur, por lo que sería una buena opción como ruta de salida alternativa si es que esta fuese necesaria. Estábamos cerca, no tardaríamos mucho en llegar, por lo que tomé mi arma e hice la comprobación neurótica de rigor. Todo funcionaba a la perfección. Me vi casi obligado a tararear o silbar durante algunos segundos para evitar pedirle su arma y comprobar que todo iba correcto, así que tras unas estrofas de silbido más divertido que incómodo, volví a tomar mi beretta para repetir la jugada.

-Todo correcto.-
Guardé el arma en la pistolera de mi chaleco táctico. -Ahí está Marianne.

Me preparé para saltar del vehículo en cuanto este se detuviese y entrar junto a Niebla, tras examinar los alrededores, y limpiar la clínica si es que aún quedaba algo.

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Con un asentimiento certero de cabeza aceptó las palabras de Gilbert. La masa negra se reducía a cada metro que avanzaban y, al final, Marianne terminó por visualizar la clínica. Desde la calle inspeccionó la fachada del edificio con detenimiento. Buscaba alguna señal de alarma pero desde donde estaban no se adivinaba ninguna y, en tal caso, las ventanas parecían haber sobrevivido.
Se bajó de auto en un movimiento rápido tras haber chequeado su arma y, con la mirada determinada y con un trote rápido, circundó el coche. Una vez junto a la puerta se fijó en su compañero y alzó ambas cejas un segundo. La ansiedad de abrir una puerta nueva sin saber qué habría detrás le sabía ciertamente dulce y divertida. Pero temeraria también, en cierto punto.

Sólo no dejes que me salten encima, Gilbert —le dijo con cierta diversión en el brillo de sus ojos, había aprendido a confiar en él hacía ya bastante tiempo. Acto seguido alzó una pierna rápida para patear la puerta y abrirla. No era la primera vez que lo hacía y, además, el portón cedió rápido. El olor a muerte y encierro escapó como si de una fuga de gas se tratase e invadió brutalmente sus fosas nasales, incluso a pesar de que, y tras tanto tiempo, había aprendido a ponerse el brazo -con el que no apuntaba su arma- alrededor del rostro.

Dentro, a simple vista los cuerpos putrefactos no tenían movilidad propia. Dos o tres yacían en el suelo y alguno que otro había sido abatido sentado. Marianne tomó la última bocanada de aire fresco antes de adentrarse en el edificio. Las paredes estaban teñidas por sangre y tripas, el mobiliario caído entre escombros de paredes internas. La recepcionista estaba también ahí, inmortalizada en la pared tras el escritorio de entrada.

El dejo ácido del aroma a muerte le daba, a Marianne, como ganas de estornudar.

Antes siquiera de avanzar un paso más, se escuchó ruido en alguna de las habitaciones internas. Marianne echó un vistazo a Gilbert y le animó a seguir. En la recepción no habría nada que les pudiera servir al fin y al cabo.

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Salí del coche y anduve tras Marianne mientras observaba y hacía cálculos mentales, para ver el tiempo que nos darían los caminantes antes de llegar al “punto de no retorno”.

-Ocho, diez minutos a lo sumo Marianne.


Apenas había acabado de decir esto, Marianne, la preparada médico militar que hacía ya algunos años iba y venía igual que yo a La fábrica, abrió la puerta y se coló en la recepción de la clínica. Había liberado el mayor y mas pútrido de los aromas que había olido en mucho tiempo, si no el que más. Allí debía haberse desatado una verdadera hecatombe y una masacre, que probablemente primero habría sido de caminantes a vivos, y después, alguien como nosotros a los caminantes. Pero algo me sacó de mis pensamientos justo cuando dejaba la puerta cerrarse tras de mí. Niebla apuntó su hocico a la habitación del fondo e hizo un gruñido mientras que con la trompa tocaba mi rodilla izquierda.

-Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr....


Bajé el dedo índice de la mano hasta su hocico y permaneció en silencio. Era fácil, ese sonido indicaba que al final, a pesar de los intentos de quienes fueran que intentaron abatir a todos los caminantes, no lo consiguieron, porque allí la no vida se había hecho un hogar.

Saqué el arma recién revisada y tocando de uno de los bolsillos del chaleco el silenciador, antes de que el estruendo volviese a repetirse, lo instalé en mi m-92.

-Marianne, tú sólo dedícate a buscar lo que necesitamos. No te preocupes.

Di tres grandes zancadas y Niebla giró sobre la puerta al mismo tiempo que yo. Era la sala de medicación, donde solo había un cuerpo inerte tirado en el suelo y un pequeño gatito blanco que se había colado por la ventana exterior y jugueteaba con una venda en el estante superior.

-¡Joder! Joder, joder.... Hemos tenido suerte Marianne, aunque un minino me ha dado un susto de muerte.

Comprobé el resto de la habitación para asegurarme de que no había nada, indicándole con una sutil reverencia a Mariane que pasase. Había medicación, sólo faltaba que fuese de la que necesitábamos.

-Reviso las otras salas mientras tú coges lo que necesitamos. Seis minutos Marianne, tenemos seis minutos.- Niebla, sin embargo, seguía gruñendo a las otras dos habitaciones cerradas de aquella planta. -Vamos pequeña, dejemos que Marianne siga buscando aquí.

Si tenía suerte y encontrábamos suministros médicos no necesitaríamos abrir las otras dos habitaciones y saldríamos de allí cagando leches. Si no era así, habría que probar suerte con las que quedaban, eso sí.... de una en una.

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Marianne arrugó la nariz y sorbió por ella, en un intento de no estornudar a pesar del vaho a muerte.

El disparo de Marianne serviría no solo para abatir al cuerpo que fuese contra ella sino también, y lamentablemente, para atraer a unos cuantos muertos más y no era el plan, así que no había porqué oponerse a su compañero. Buscaría lo más rápido que pudiera, estaba claro, y ocho minutos era ya (a estas alturas del apocalipsis), tiempo suficiente para divisar algo importante o recurrir a otra habitación.

En un movimiento rápido de su mano derecha se alzó el pelo en una coleta y lo torció, ágil, para hacerse un moño. Al ver el cuerpo inerte supo que su compañero tenía razón; la suerte estaba de su lado...

O no tanto.

Marianne se abalanzó rápida y segura sobre el gran escaparate. Dentro de él solo había frascos rotos y cajas vacías. La bostoniana agarro los frascos con cuidado de no cortarse e inspeccionó cada una de las repisas, sin embargo los pocos recipientes que aún quedaban en pie eran soluciones que expiradas por dos años poco servirían. Esperanzada, luchó contra las correderas viejas y oxidadas, y abrió un cajón del que salieron decenas de cucarachas, pequeñas y rojizas pero también grandotas y oscuras. Alborotadas por la intromisión de un ser humano escapaban atolondradas, cayendo una tras otra de la mesada hasta el suelo, huyendo rápidas como sabedoras de lo que podría ocurrir si no lo hacían.

Ella estaba decepcionada y el suelo pegajoso.
¡Gilbeert! —llamó su atención, aunque no muy alto, y salió de la habitación para sumarse a los pasos del hombre y Niebla. El gato blanco se cruzó entre las piernas de Marianne y maulló reclamando atención—. Suerte hubiera sido encontrar algo en la puerta número uno —dijo mirando al gato con una sonrisa torcida, preguntándose internamente algo que prefirió no ponerse a analizar.

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Había abierto la siguiente puerta tras golpear varias veces y esperar casi quince o veinte segundos no se escuchaba nada, ni siquiera un murmullo por lo que, cuando Marianne llegó hasta mí, comprendí que era el momento de girar el picaporte y entrar en la siguiente habitación.

-Vamos Niebla.- dije mientras la puerta se abría tras un gran empujón.

La puerta se abría hacia la izquierda y la hoja golpeó contra la pared, mostrando a la derecha, una gran pared que corría hasta el fondo. Me apoyé y apunté con el arma esperando tener más suerte que en la anterior sala. No había terminado de colocarme sobre la pared cuando al alzar mi arma un caminante se estaba abalanzando hacia mí, apenas tuve tiempo de apuntar, tan sólo intenté apartarlo con la mano izquierda y le disparé a bocajarro el arma pegada a su frente. El disparo sonó ensordecido por el silenciador, Niebla gruñó al fondo de la habitación donde un segundo caminante provenía de la gran sala con paso torpe, tirando con sus lánguidos brazos un par de cajas y algunos botes de cristal que caían al suelo.

-Quieta Niebla.-
le ordené mientras apuntaba con el arma. Tras el disparo el caminante cayó al suelo bloqueando levemente el pasillo del almacén. -¡Limpio!- Dije -Cuando quieras Marianne.

La luz entraba por un ventanal, como en el caso de la habitación anterior, era buena hora y el sol podía colar sus rayos dando luz a toda la sala. Allí estaba, justo lo que me hacía falta: unas gafas de sol olvidadas seguramente por algún médico o enfermera, que sorprendidos por el apocalipsis, se dejaron olvidadas tras salir huyendo. Ahora esas gafas tenían dueño, la bombera sería una clara candidata, ya que ella me había regalado las que yo portaba en un bolsillo de mi chaleco. Sonreí y las guardé sin prestarle mayor atención a lo que en aquel almacén pudiera quedar.

-Espero que aquí tengas más suerte Marianne. Comprobaré la siguiente habitación.- dije mientras comprobaba el reloj de mi muñeca y repetía en voz alta el tiempo que nos quedaba antes de llegar al punto de no retorno. -Seis minutos Marianne.

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Esa vez la habitación rindió sus frutos. Al fondo de ella y empotrado en la pared se encontraba un gran mueble. Antaño de color blanco, ahora percudido por culpa del fin del mundo y pintado en sesos y sangre podrida, a Marianne le llamó la atención una fila de cajas que, a pesar de estar manchadas por fuera, sabía que adentro portaban gasas y vendas selladas en paquetes de distintos tamaños.
¡BINGO! —dijo alzando la voz junto con una risita. La alegría fue inmediata y, mientras se acercaba a los paquetes, la médica se reía entre dientes de felicidad como una niña.

Una vez más, no se permitió pensar en la suya.

Como parecía que estaba de suerte probó también con las puertas inferiores del mueble. Se agachó a la altura del pequeño armario para inspeccionar mejor los rincones y en él encontró una gran caja de plástico con jeringas y varios paquetes de guantes de látex. ¿Cómo podía ser que nadie hubiera encontrado aquella mina de oro antes?
Sin razón aparente, pero al mismo tiempo como un acto reflejo, miró hacia la puerta de la habitación impaciente. Confiaba en Gilbert. Respiró. Y él había dicho que se encargaba de los muertos.

Con un movimiento de muñeca se fijó en su reloj; de los seis minutos quedaban solo cuatro.

Le dio la espalda al mueble y con los ojos repasó la gran habitación. Utilizó su buena memoria visual para recordar, también, las estancias anteriores. Pero a pesar de haber visto demasiadas cosas, no recordaba grandes cajas con las que cargar todo aquello. Marianne volvió a girarse y abrió las ultimas dos puertas que aún no había revisado. Dentro encontró algunas botellas de alcohol y agua oxigenada, como también algunos analgésicos y antibióticos, pero no cajas. Empezó a rellenar su bolso con los paquetes individuales más pequeños.

No era suficiente.

Cajas, Gilbert. Necesitamos cajas —urgió sacando la cabeza por la puerta para buscarlo por el pasillo. Caminó rumbo a la siguiente habitación expectante y con un brillo de triunfo en la mirada lo buscó a él— ¡Para transportar todo lo que acabo de encontrar! —explicó con una gran sonrisa pero no por ello perdiendo el tiempo. Sin saber si él sabía a qué se refería, lo miró desde donde estaba y no llegó a cruzar el umbral de la puerta, simplemente salió corriendo por donde había venido, al recordar algo que —creía— había visto en la primera habitación: grandes botes de... algo.

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¿Cajas? Miré mi reloj, aún teníamos tiempo. La doctora había entrado en un estado de éxtasis y no era para menos. Entré en la habitación de la que había salido y pude comprobar que había un gran alijo de todo lo que habíamos venido a buscar. Miré hacia todos los lados y no encontré cajas, pero sí un carrito de los que usan en los almacenes las auxiliares de enfermería y enfermeras para transportar toda la medicación.

Empecé a echar en todas las bandejas todo lo que podía repartiéndolo bien. Había todo tipo de material fungible además de medicación en cajas hospitalarias. Era una alegría. Gran cantidad de todo con lo que ya no había necesidad de seguir abriendo puertas. Si algo había aprendido en las incursiones era que, una vez que tenías todo lo que necesitabas, seguir buscando era arriesgarte a ti y a todos los que de ti dependían.

Había llenado el carrito y aún quedaban muchas cosas por meter, así que no lo pensé: abrí un archivador de casi 1,50 con 5 grandes cajones y fui volcando cajón a cajón y sacando todo lo que tenían. Archivadores, carpetas.... todo amontonado en una esquina, para luego meter todas las cosas que había encontrado Marianne en cada una de las cinco gabetas, colocando el archivador como pude sobre el carrito. Aquella acción me había llevado unos dos minutos, con lo cual nuestro tiempo estaba llegando a su punto límite....

Empujé el carro hacia el pasillo que daba a la puerta de salida y me asomé a la sala a la que había entrado Marianne.

-Marianne, debemos irnos.-
Dije con voz solemne. -Ya está todo empaquetado. No suelo equivocarme pero.... tenemos el tiempo justo de salir y cargar esto en el volquete de carga del vehículo.

Daba igual, no iba a pararme a acomodar nada. Como cayese se quedaría. Recordé una famosa frase de Marcus: al que le dé, le ha dado; y eso pensaba hacer yo con todo lo que llevábamos, lanzarlo atrás, luego ya lo recolocaríamos al llegar a casa.

-Marianne,- repetí y entré en la habitación buscándola desesperadamente. -se acabó nuestro tiempo. Si no salimos no podré cumplir lo que he prometido.... protegerte.

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Marianne volvió rápido pero no lo suficientemente rápido para Gilbert. Lo descubrió con un carro de transporte, que serviría mejor que lo que ella había conseguido, buscándola y tal vez algo nervioso porque como Marianne pudo comprobar en su reloj, ya no quedaba tiempo.

—¡Entonces vámonos, Gilbert! ¿Qué estás haciendo ahí parado?

Lo apuró por sorpresa con un tono de voz demasiado ansioso para ser real. El asunto de haber encontrado todo lo que habían ido a buscar la había exaltado y relajado, pero todo eso desaparecía al verlo a él, firme y cumplidor como pocos. Volcó todo lo que había encontrado rápida y sin pararse a ver qué era qué dentro de los archivadores que había encontrado. Cierto era que se habían pasado un poco más de los seis minutos pero en cuanto estuvo lista, lo hizo saber.

Agarró el carrito del otro lado y empezó a tirar de él, junto con el empuje de Gilbert, para ir hacia la salida, cuando un ruido en la primera habitación llamó su atención. Alzó un brazo en señal de alto, y en cuanto lo hizo escuchó el sonido de algo cayendo al suelo. No iba a esperar a que fuese Gilbert quien se fijase qué ocurría puesto que ella estaba más cerca; así que hizo algunos pasos acercándose a la habitación de entrada, pero el gato blanco que antes se había cruzado bajo sus piernas se asomó ronroneando y fregándose contra el vértice de la pared. Maulló reclamando atención otra vez y de un salto se subió al carrito, acomodándose dentro del archivador con los paquetes individuales de gasas y vendas.

Marianne resopló dejando salir todo lo contenido dentro y volvió a la carga; salir de ahí. Entreabrió lentamente la puerta por la que habían ingresado y aunque no vio nadie en la calle no terminó de fiarse: el ángulo por el que podía fijarse al exterior no era el mejor.

Salimos, guardamos las cosas y hasta la vista Clarksville, ¿sí? —solo repetía el plan, pero entonces un caminante apareció en su campo de visión, a unos cuantos metros de distancia de la vieja pick up. Y, atrás de él, había otro. No vio más, pero adivinó qué era lo que seguía después de esos dos.

Es ahora o nunca, Gilbert.

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El tiempo se nos echaba encima.

-De acuerdo Marianne. Salimos, volcamos todo esto en el cajón de la pickup y la pones en marcha. Espero que no sea demasiado tarde. Una, dos y tres.

La puerta se abrió y tras Marianne, empujé el carro como pude. No pesaba demasiado, las ruedas estaban bien engrasadas y funcionaban correctamente, sólo tenía que empezar a echar cajas atrás, cayesen como cayesen y luego el carro. Nos vendría bien y sería muy útil en el asentamiento.

Al salir a la puerta vi un par de caminantes, el primero a unos siete metros del vehículo, y el segundo iba perseguido por otro par, que estaban casi a quince. No quise mirar más allá, de haberlo hecho mi corazón se hubiese helado y seguramente hubiésemos dejado el carro ahí.

-¡Rápido al coche! ¡¡Monta en el coche!!

Empecé a lanzar como podía cajones del archivador al cajón del vehículo. Uno de ellos sonó extraño.

-¡¡Miau!!

¿Miau...? De uno de ellos, en que había guardado todas las gasas, saltó un gato blanco. Concretamente el que habíamos sorprendido en la clínica a nuestra llegada. Menudo susto... Pero eso no fue todo, un rugido apenas a dos metros de mí me hizo girarme y golpear fuertemente con mi destornillador. Su cabeza crujió y se desplomaba a apenas dos metros de mí. Mis nervios empezaban a acrecentarse porque no escuchaba el motor del coche aún.

-¡Vamos Marianne! ¡Enciende ese motor ya!

El segundo caminante alzó sus brazos y abrió sus fauces con ferocidad. Quizá me había confundido con un pastelito y quería hincarme el diente. Asesté un segundo golpe del revés y este segundo caminante cayó al suelo. No me paré a pensar si estaba vivo o muerto, pero ahora eran tres los que a menos de una decena de metros se acercaban a mí, y detrás multiplicaban su número. Aunque no debía hacerlo, sabía que cientos de ellos llegarían en unos minutos a nosotros. Ya no había tiempo, había más caminantes que llegaron desde el otro lado. A pesar de estar cortada la calle con una enorme barricada, algunos cuerpos se habían dirigido hacia nosotros y ahora delante, justo por la ruta que debíamos seguir para llegar al cruce que nos daría la libertad, nos estaban rodeando. Así que subí al volquete de la pick-up, golpeé el techo para que Marianne supiera que estaba listo y me sujeté como pude.

-¡Vamos doctora! ¡Sácanos de aquí!

Debía abrirle paso, los de la retaguardia me preocupaban menos siempre y cuando ella pusiera el coche en marcha y nos cara de aquí. El sabor mezclado de la bilis en la boca seca había llegado hasta mí, justo en el momento en el que abrí fuego a uno de los muertos que llegaban a la puerta por la que yo debía haberme montado.

BANG

El disparo destrozó la cabeza de uno de ellos.

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Marianne corrió hasta el coche cuando hubieron salido de la clínica, pero su vista se concentró en el mar de muertos que había detrás suyo. En vez de subir inmediatamente al coche, con la puerta abierta y un pie sobre él para ganar altura, la bostoniana sacó su arma y con un tirón de la corredera hizo frente a los caminantes, a medida que Gilbert guardaba -tiraba- la cosas en el volquete de la pickup.

¡Gilbert, cuidado! —gritó a tiempo, no sabía si la había escuchado pero él había reaccionado rápido y acabó con el muerto que se acercaba por su espalda. Ella ya había abatido a uno que se acercaba por la izquierda.

Ingresó al coche al escuchar la insistencia de su compañero y puso la llave, pero al girarla la camioneta gruño gastada y tosió como una vieja enferma antes del silencio. Marianne volvió a intentarlo. Fueron dos las veces que lo intentó, presionando el pedal izquierdo con el pie, antes de que arrancara. Alzó la vista hacia el techo cuando escuchó el golpe de Gilbert, y lo devolvió a modo de comprensión.

Frente a ambos, una fila de muertos se acercaba a un paso lento pero mantenido, siseaban la muerte en todos y ningún idioma.
No me falles, nena. No ahora —le habló a la camioneta.

El vehículo se quejó como un toro antes de irse de lleno con sus voraces fauces hacia la fila de soldados del demonio. El paragolpes recibió unos tres muertos, partiendolos a la mitad pero no acabando con ellos. Dos de los torsos cayeron rápido y sin el menor esfuerzo, pero uno se aferró sobre el capó y se arrastro contra el parabrisas rumbo a Marianne, como si el vidrio en medio no estuviera separandolos. La médica pudo ver cómo su piel podrida se separaba de sus mejillas y sus ojos amarillentos la descubrían con hambre y rencor.

La velocidad había descendido y le preocupaba que Gilbert no estuviera a salvo detrás en la camioneta, así que perdió el miedo y apretó el acelerador al tiempo que gritó:
¡No te sueltes, Gilbert! —lo único que podía pensar era en qué diría a Vernice si algo llegaba a sucederle— ¡Por nada del mundo!

La camioneta golpeó contra otro caminante cuando Marianne giró el volante en un intento de esquivar a unos cinco  que se abalanzaban sobre ellos en grupo, como jugadores de fútbol americano. Un brazo putrefacto voló por los aires y por el ruido que hizo, supo cayó sobre el volquete.
¡¿Todo bien?!

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Cuando por fin la camioneta se puso en marcha, con mi mano izquierda y colocado en una posición de estabilidad, disparé por encima del volquete a todos los caminantes que pude para evitar que alguno, por mala fortuna, destrozara el radiador. A pesar de que la camioneta de Robert ya había sido reforzada para tales quehaceres no estaba de más intentar evitar los impactos. Pero cuando Marianne, que ya estaba cogiendo confianza, arremetió contra un grupo algo mayor tuve que agarrarme fuerte con ambas manos y pasar mi brazo por la barra de seguridad, para no salir despedido, no por uno... sino por ambos lados de la camioneta. No sólo fui yo quien se asustó, un miau sonoro y aterrado se escuchó detrás de mí, y sin entender por qué saltaba a mi pecho, cuando cayó el brazo de un caminante al interior del volquete pude comprenderlo.

-Marianne....- dije aún con los dientes apretados -creo que nadie necesita antibióticos.... igual la velocidad debería ser un poco menor.

Seguramente no me había escuchado, así que lo que hice fue dejar al minino entre mi chaleco táctico y, aún notando sus pequeñas uñas que se clavaban en mi pecho, volví a hacer un par de disparos. Pude observar a Niebla sentada en el asiento de atrás mirándome con cara de despedida a través de la ventanilla trasera, o quizá algo celosa, porque a quien acurrucaba ahora era a un gato... ¿Qué había pasado con nuestra relación? ¿Cuándo se había roto?

Alcé la mirada, y aunque la calle por la que íbamos estaba más poblada de lo normal, podía ir abatiendo con mi arma a los caminantes a sabiendas de que tenía munición suficiente, a todos los muertos antes de que llegaran al punto de impacto del coche.

-¡¡Marianne si aflojas un poco puedo ir limpiando la ruta!!


Como echaba de menos la BW15, hubiera podido derribarlos a todos y además, atarme al coche con la correa. Pensé en un rápido movimiento neuronal, buscar asideras y mosquetones, era una prioridad si tomábamos como costumbre que condujera Marianne.

-¡¡Sal por la derecha Marianne!!

Era una calle bastante más estrecha que había visto al pasar antes, no tenía demasiado movimiento, y ahí podríamos detener unos segundos el coche para que el gato y yo entrásemos como si se tratara del arca de Noé. El mismísimo y auténtico Arca.

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Marianne bajó la velocidad no porque hubiera escuchado nada de lo que había dicho Gilbert, sino que temía que le pasara cualquier cosa. A diferencia de él, la médica nunca había dicho en voz alta que su labor no era simplemente reconocer lo que necesitaban en una búsqueda de suministros; sino también debía protegerle tal como él hacía. Eso era, en parte, porque confiaba en él a la hora de salir en búsquedas o exploraciones: ni Marianne ni Gilbert eran de dejar atrás a nadie. Había sido Richard quien la había entrenado, realmente entrenado para el campo donde ahora luchaban, los últimos años que sobrellevaban juntos.

Los disparos de Gilbert abatían caminantes a diestra y siniestra, provocando que los mismos cayeran inertes en el suelo. Marianne sitió los cuerpos estallar bajo las ruedas de la camioneta, partiéndolos a la mitad y abriéndose un feroz paso entre los caminantes que gruñían desesperados de hambre. Alzando los brazos hacia su compañero se quejaban a viva voz como manifestantes.

Niebla pegó el hocico al vidrio que dejaba ver a Gilbert detrás, en el volquete, y emitió un gemido de preocupación que obligó a Marianne a mirar hacia atrás.
No dejaré que le pase nada, te lo prometo —respondió Marianne a la perra, como adivinado sus pensamientos, y volvió la vista al frente.

Lo escuchó a él como lejos, pero lo escuchó al fin y no tardó el hacer girar una vez más el volante para ir hacia la derecha, tal como había pedido. Desde donde estaba, Gilbert tenía una vista panorámica de la calle y, Marianne supuso, podría ver más allá para saber cuál era la mejor ruta para salir de ahí.

El mar de muertos cesó por unos segundos al doblar, se trataba tan solo de una calle pequeña que hacía de embudo tras las grandes avenidas que habían cruzado. Así y todo, la mayoría de los caminantes había empezado a girar su trayecto con la intención de seguirlos. Marianne comprendió entonces qué era lo que quería Gilbert y se estiró por el asiento con rapidez para abrir la puerta del acompañante, no sin antes mirar a Niebla y pedirle que se quedase quieta.

¡¡Vamos Gilbert! ¡¡Date prisa!! —lo alarmó mientras los caminantes seguían acercándose hacia el coche, Marianne alzó el arma y disparó a uno que se acercaba a su compañero por detrás.
Con la adrenalina, la de boston estaba preparada para cualquier cosa. Pero sobretodo para apretar el acelerador y salir de ahí.

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En cuanto bajó la velocidad hasta detenerse no esperé ni siquiera a ver el gesto que me invitaba a volver a entrar en la cabina del auto. Salté como pude, no sin antes ver cómo derribaba a un caminante que se acercaban demasiado mi posición. Tras entrar le enseñé el gato que llevaba en mi mano izquierda.

-Bueno, pronto seremos como el arca de Noé. Entre los mayores, los niños y todo los animales que vamos recogiendo, dentro de poco llenaremos nuestro propio barco de salvamento.-
sonreí dejando al gato en el asiento trasero junto a Niebla y cerrando mi puerta. -Adelante Marinane, sácanos de aquí. Ha sido un buen día.

Dejé caer el cargador casi vacío y coloqué uno nuevo. La bala de la recámara había quedado prendida así que, con la ventanillas del automóvil totalmente bajada y mi arma lista, di un par de golpecitos en el salpicadero y como si de una inyección de adrenalina se tratara, grité.

-Vamos Marianne, sácanos de aquí que llevemos nuestro cargamento donde es necesario.

El callejón daba a otra gran avenida y si todo estaba bien, deberíamos poder girar hacia la izquierda y poder tomar una vía principal que no sacase de la ciudad. Pero nostoros, mejor que nadie, sabíamos que a veces lo fácil se complicaba.

-No te preocupes Marianne, yo seguiré abriendo el paso. Tú sólo ocútape de que no reviente el radiador. Esoscaminantes parecen bien alimentados, jejeje.

Sonreí viendo como Niebla y nuestro nuevo pequeño amigo se olisqueaban y acercaban sus trufitas el uno al otro, era como una presentación. No cabía la menor duda de que en estos tiempos los animales eran más racionales que nosotros y aunque se guardaban las distancias, nada vaticinaba un encuentro peligroso entre ellos.

Bang bang

Esos los disparos que había derribado a sendos cuerpos, ya muertos de antemano, daban la señal de salida hacia nuestro destino.

-Go go go...- fueron las ultimas palabras antes de que el vehículo se pusiera en marcha.

Quizá con ella tenía un feeling especial y nos entendíamos en muchas ocasiones sin necesidad de hablar. La operación había sido un éxito, cada uno sabíamos lo que teníamos que hacer y así habíamos actuado. Estaba bien repartir las tareas y aunque yo me sentía más cómodo (por mi vida profesional como conductor de servicio de urgencias) con el volante en mis manos, sabía que volcar todo en la misma persona podía hacer que el plan fracasara.

Me sentía cómodo mirando el mapa y buscando rutas alternativas en el asiento del copiloto. Incluso ahí atrás, en el volquete de carga, me había sentido cómodo y nada intimidado por su conducción.... bueno, un poquito sí.... pero sólo cuando apoyaba las dos piernas echando el peso porque sentía un pinchazo en mi rodilla que siempre podía empeorar. Al ver que el coche volví a estar en marcha le sonreí a Marianne.

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Marianne sonrió al escuchar acerca del arca de Noé. Le había sorprendido que el pequeño gato aún anduviera entre ellos en vez de haberse echado a correr por algún que otro rincón inaccesible y aunque no fuese fanática de las mascotas, sí que admiraba el sentido de supervivencia del felino. Después de todo, había decidido no soltarse de la vida que fugazmente se cruzó en su camino. Pero sin más que la sonrisa, apretó el acelerador para salir del aquella callejuela y abrirse paso hacia la gran avenida que ya habían conocido.

¡¿A la izquierda?! —preguntó con la intención de virar el volante y volver por sus propios pasos, pero se hizo imposible. Le fue preciso un volantazo hacia la derecha y un poco violento, lo suficiente para hacerla sentir culpable, pera necesario para no ir de lleno a un grupo de muertos vivos que caminaba por la avenida como si fuera un gran éxodo migratorio. Marianne se alegró de que Gilbert ya estuviera del lado de adentro del coche.

¡Uy, lo siento, lo siento! ¡En serio! —se excusó la médica otra vez. Por la rapidez del movimiento, el gato se resbaló hacia la derecha y Marianne se aferró fuerte al volante para no caer también hacia ese lado. Atrás en la caja, los bártulos se deslizaron también pero ninguno cayó a la calle. Marianne procuró no volver a girar el coche de tal manera.
Gilbert, no seas gafe. ¡Sabes que todavía todo puede salir mal! —esperaba que no; pero no hacía falta cantar victoria antes de tiempo. Tras ellos se extendían unos cuantos caminantes,  una masa errática que se alejaba a medida que el coche avanzaba. Delante de ellos se abría el camino y no había nada más que carretera. El problema era que estaban yendo hacia el lado contrario —¿Crees que se extienda mucho más por los laterales? —preguntó fijando sus ojos azules en el retrovisor y sintió que uno de los caminantes la miraba específicamente a ella—. ¿Puedo doblar aquí? —urgió ansiosa, instándolo a mirar el mapa para contestarle.

No se permitiría aún celebrar lo que habían conseguido, pero había algo así como una sonrisa que se empecinaba en  aparecer desde su comisura izquierda. Un brillo divertido e incluso alegre por lo que acababan de conseguir.
Marianne se mordió el labio inferior para que la sonrisa no se extendiera por su rostro pero fue en vano, buscando a los muertos a través del retrovisor de repente se empezó a reír.  El gato se quejó y volvió a acurrucarse junto a Niebla.

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Tras el volantazo me recompuse como pude y me dispuse, en un acto automatizado, a mirar el mapa mientras sacaba el cargador de mi beretta, con una bala en la recámara, y cargando uno nuevo. De mi bolsillo saqué de nuevo la munición para recargar el clip nuevamente.

-Bien,- le dije encogiéndome de hombros cuando me hizo la pregunta. No estaba seguro de si quería buena idea o no, pero ahora la densidad de muerte había descendido notoriamente. -reduce la velocidad y déjame que mire el mapa. Sé que estás con unas ganas terribles de mostrarles a todos lo que hemos conseguido pero...- hice una pausa -Sí, sí. Gira a la izquierda en la siguiente, a unos ochenta metros. La gran avenida que gira nos llevará directamente a una carretera secundaria que nos acercará a La Fábrica.- Revisé de nuevo el itinerario que le había marcado a Marianne. -¿Me permites tu pistola? Te la recargaré. Lo siento...

Estaba volviendo a hacerlo.... No sólo tenía que recargar mis armas, sino asegurarme de que las de todo el mundo estuvieran listas. Y es que, en la situación en que se encontraba el mundo, cualquier error podría considerarse como el último. Tomé el arma de Marianne sin esperar siquiera su aprobación, y dejando una bala en su recámara, repetí la acción que había hecho con la mía: sacar el clip, recargarle la munición que faltaba, y volver a introducirla, dejándola con el seguro puesto donde ella la pudiera tener a mano.

-¿Sabes Marianne? Cada vez es peor.- me refería evidentemente a mi manía.

Nos conocíamos desde hacía ya bastante tiempo, hacía más de un año, pero aún en mi memoria recordaba el momento fresco en mi mente. La joven Lisa fue lo que quizás estrechó nuestros lazos, y quizá el agradecimiento de todo el grupo, por no tener que.... enterrar a su amiga, fue lo que inició una fuerte amistad. Que aunque a pesar de no habernos mantenido en contacto durante largos periodos de tiempo, siempre sabía que volverían al mismo lugar. Quizá ahora, que la ilusión de ir a un lugar mejor, bien protegido y de que nuestra pequeña sociedad podría convertirse en una realidad bajo la bandera de la república, la joven médico echaría de una vez raíces al igual que yo.

-¡¡Cuidado!!-
dije viendo como un par de esas cosas salían detrás de un coche abandonado en la calzada y se interponían en nuestra trayectoria.

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