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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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La fragilidad de los cuerpos. [Pipper Hoffman]

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Fines de junio 2015.
Carreteras.
Después del mediodía


La vieja Chevrolet Silverada de Robert rugía por una amplia carretera ya sin vida, y Marianne no pudo evitar pensar en el llanero solitario y su mítica frase al montar su caballo Plata. Entre recuerdos le pareció escuchar a su hermano, desaparecido en combate años antes del desastre, que gritaba: ¡Hi-ho, Silver, awaaaaay!

Tras un rápido vistazo por el retrovisor, regresó la mirada a su acompañante. En esta ocasión y por primera vez desde su llegada, se encontraba viajando junto a Pipper, a quien le dedicó una media sonrisa antes de concentrar la vista una vez más en la ruta. Apesar de que no habían coincidido mucho hasta el momento, Marianne había llegado a descubrir que la mujer que se sentaba a su lado tenía bastante en común con sí misma: no solo era médica sino que también estaba en la mitad de sus treintenas y había asistido en guerra. O al menos así habían mencionado Vernice y Gilbert cuando surgió la idea de la esquilma.

Perdimos a una muy buena amiga ese día, la misma tarde en que nos encontramos con Vernice, Gilbert y los demás. Mucho antes de la mudanza a La Fábrica, claro. Entonces aún estábamos en el asentamiento de Atlanta... —contó Marianne y se sumió en un segundo de silencio al recordar a Lisa y aquella fatídica tarde. Se habían sucedido tantas cosas desde que habían coincidido por primera vez con la pareja en Villa Rica, que parecía increíble que hubiera pasado, tan solo, un año desde su encuentro—. Aunque nunca lo estuvimos realmente, ¿sabes? es decir... No como acá. Es la primera vez que, con Richard, nos sentimos lo suficientemente a gusto y en confianza como para quedarnos en algún asentamiento. —No era un secreto, además el tiempo en la extraña comunidad de Golftown, que les había albergado y ayudado sin ánimo de nada, les había hecho reflexionar. Ayudar a un extraño. Y, claro, tampoco era coincidencia que empezaran a asentarse en La Fábrica justo ahora, después de que en la reunión se hubiera puesto a Albert y Monty en el lugar que realmente se merecían.

A la americana se le hacía fácil y amena la conversación cuando se trataba del presente, el pasado sin embargo era otra cosa. No había dicho mucho de su vida antes de la plaga más que algunos detalles básicos: estudió medicina y se había especializado en cirugía, aunque abandonó y enlistó en el ejercito tras el incidente de su hermano. Richard era el sargento a cargo de la unidad militar a la que alguna vez perteneció como médica y habían enfrentado el fin del mundo juntos. Aunque reservada con su otra vida, Marianne se había ganado la confianza de muchos gracias a su esfuerzo, trabajo y el peligro en el que se ponía de forma constante... ya fuera por los demás o por las ganas de sentir algo más que el apocalipsis.

Marianne se removió en su asiento buscando mayor confort y se fijó en unos viejos carteles de indicación que estaban roídos y sin algunas letras. A duras penas si se entendía qué era lo que ponían.
Bien, según las indicaciones tenemos que agarrar la 60 en cuanto se nos presente la oportunidad. No creo que estemos lejos —dijo, tendiéndole a Pipper el mapa que estaba atrás, en el asiento trasero. Con el dedo índice le indicó, en un gran círculo orientativo, más o menos la región por donde se encontraban. El plan era tan fácil como llegar el Parque Nacional Ozark y volver a La Fábrica con una buena ración de plantas medicinales.

Llevado a la práctica, sin embargo...

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Podía decir con seguridad que el tiempo que tenía junto a Leon y Michael en la fábrica, era lo mejor que le había pasado en medio de todo el apocalipsis. Los mejores momentos así como la tranquilidad más grande que haya sentido. Por eso y aunque ella no fuera una persona para nada violenta, defendería su nuevo hogar a capa y espada.

Aunque está vez tenía que realizar una tarea algo simple e incluso agradable; salir en un corto viaje junto a Marianne para buscar plantas medicinales. Nada más le hablaron de ello aceptó emocionada. Aunque amaba la seguridad de La Fábrica extrañaba un poco salir y recorrer nuevos lugares y ver la naturaleza, por ende aquella era la oportunidad perfecta. Podría salir un rato, ser útil para todos y claro conocer a su compañera de viaje. Incluso era un buen momento para descansar de las quejas de la señora Maria sobre sus rodillas y sus síntomas inventados.

Estuvo lista temprano para salir y dejó a Salem al cuidado de Michael y Leon... Aunque el gato terminaria haciendo lo que le viniera en gana.

El ambiente en el auto era tranquilo y ameno y escuchaba atenta todo lo que Marianne tenía para contarle, le entristecia escuchar que perdieron gente buena antes de mudarse pero también se alegraba de que lo lograran, por lo que sabía ella y todos los de La Fábrica, eran maravillosas personas y eso causaba que todo en el lugar se sintiera diferente a antes. - Lo entiendo. -Le confesó son una suave sonrisa antes de mirar el paisaje a su alrededor. - La mayor parte del tiempo antes de reencontrarme con Leon estuve sola con Salem, pasamos de grupo en grupo pero la mayor parte de las personas han perdido la humanidad, el norte o sus valores. Sólo quieren sobrevivir sin importar qué, sin tener siquiera un motivo. Aunque también conocí a grandes y lindas personas, incluso me topé con Gilbert antes de llegar aquí y saber de la existencia del asentamiento, aunque cada quien tomó su camino. - Recordar cosas para ella es fácil, su pasado nunca ha representado gran pesar y aunque existan cosas duras, ella no es del tipo de personas que entierra lo sucedido, pero si entiende cuando otras lo hacen, por eso con la mayoría de las personas que ha conocido últimamente deja que sean ellos quienes narren en vez de convertir una conversación en un posible interrogatorio.

Pipper tomó el mapa doblandolo de modo que su utilización fuese más cómoda para ambas. Asintió a las indicaciones de la conductora y marcó con un lápiz por donde acaban de pasar. - Según esto... Debemos estar allí en unos cinco minutos, máximo diez, no creo que tengamos que internarnos tanto, pero... Traje un libro por si vemos alguna otra planta que no conozcamos y sea útil. - Le informó señalando su bolso en la parte trasera.

Efectivamente minutos más tarde la carretera 60 se toparia con ellas. - Mira allí, ya debemos cruzar. - Con su mano señalaba el camino y el bastante deteriorado cartel, pero que por fortuna aún era legible.


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También la escuchó atenta, mirándola eventualmente de reojo pero con la vista puesta siempre en la gran carretera. A los costados, había inmensos paisajes de la nada misma después de unas largas filas de árboles. Grandes hectáreas de campo desolado que estaba a merced de la madre naturaleza. Marianne comprendía lo que Pipper quería decir pero, por suerte, la soledad no la había vivido en carne propia. Desde el principio el nuevo mundo la había encontrado con Richard Pickton a su lado, y por suerte en el camino habían ido levantando personas queridas y que valían la pena. Lo que no quería decir que no se hubieran cruzando con saqueadores y bandidos.

¿A Gilbert? —preguntó recapitulando, olvidando los malos ratos, y sus labios dibujaron una sutil sonrisa— Claro, cuando recorrió medio país en busca de Vernice ¿cierto?

Ya había escuchado las historias entre los pasillos de la Fábrica; la pareja había regresado tan solo un par de días antes que Marianne y Richard, movilizando a todos e instándolos a la nueva etapa del asentamiento. La mudanza era un paso inminente, el internado que había comentado Vernice era una de las mejores opciones que había escuchado en el último tiempo puesto que la fábrica de carne enlatada empezaba a ser más un problema que un fuerte.

La bostoniana hizo un asentimiento de cabeza, comprendiendo la cercanía de la salida y cambió el carril por comodidad, incluso aunque la ruta estaba desolada como la mayor parte de los días. Agarró la salida y cruzó un puente que las llevaba hacia la derecha, cruzando por arriba de la gran carretera por la que habían llegado.

Yo también traje un libro de hierbas medicinales —dijo entonces, después de la concentración silenciosa que le había llevado la salida—. No soy una experta y tampoco me gustaría terminar como Christopher McCandless —dijo haciendo alusión al conocido senderista que había muerto de envenenamiento por confundir semillas malditas por inocuas.

La nueva ruta era un poco más pequeña, aunque se encontraba igual de despoblada que la anterior. El camino siguió por lo menos unas dos horas; hasta que, a lo lejos, Marianne pudo divisar una caravana de automóviles abandonados que les cerraban el paso.
Esto no me gusta, Pipper. Los ojos bien abiertos —murmuró. Podía ser una coincidencia pero igual de molesta; el no poder atravesar con la vieja Chevy la ruta comprendía un gran problema. Midió a distancia el espacio entre la banquina y los grandes pastizales que crecían salvajes al pie de la ruta y, descendiendo lentamente la velocidad, se fue tirando hacia la calzada, en un intento se sobrepasar el cementerio de autos por el costado. Tendrían que tenerlo en cuenta al regresar.

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Cuando Marianne preguntó o mejor dicho confirmó sobre aquello de Gilbert recorriendo medio país ella solo asintió con una sonrisa llena de esperanza y dulzura. –Sí, siempre voy a amar esa historia, me parece súper dulce. Pero no me hagas mucho caso, yo soy una tonta romántica al fin de cuentas. –Comentó con una risita nerviosa. Quería evitar hablar de Leon y ella, principalmente porque teme incomodar o molestar a su acompañante, uno jamás sabe que carga llevan las personas encima. Y normalmente a las personas no les gusta escuchar sobre la vida amorosa de los demás… por más linda o no que sea. Las grandes mentes piensan igual, y por eso ambas llevaron libros, eso era bastante genial a su parecer. En las dos horas más de viaje que tuvieron que realizar lo hicieron en un silencio cómodo y agradable, pasándole unas botanas que tenia de contrabando desde que llegaron a La Fábrica con Verenice.

Estaba a punto de dormirse por el suave mecer del auto cuando Marianne la alertó de la caravana de autos amontonados. Sacudió su cabeza suavemente para despertarse del todo, una vieja costumbre de cuando tenía que montar guardia, ya fuera en sus días de interna, o en la guerra. Se acomodó en el asiento y esperó que Marianne lograra bordear todo pero antes notó algo que llamó su atención y le interesó. –Espera. –Llamó su atención antes de que siguiera y le señaló a un auto con un tráiler en su parte trasera. –Eso puede sernos útil en la mudanza. Si acercas el auto estoy segura que puedo desmontarlo y montarlo aquí atrás. Podemos llevarlo con lo que tenga, no es muy grande pero servirá, y si fuera más grande seguro no puedo halarlo o empujarlo hasta este auto. –Comenta divertida con lo último, si Rocky la viera haciendo fuerzas probablemente se infartaría como hacían de joven, que a veces no la dejaba ni cargar su mochila alegando que podía torcerle la espalda por el peso, cosa que ella sabía que no porque tenía buena postura y el soporte correcto; pero lo dejaba hacer nada más porque es sumamente dulce. –Vamos, revisaré de una vez que de bueno hay cerca y si hay caminantes, aquí tengo mi espada. –Dijo dándole seguridad a la mujer que no sería devorada al primer segundo por más delicada que luciera.


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Marianne alzó la vista a Pipper y siguió su mirada, aunque estaba demasiado concentrada en la caravana de automóviles que había frente a ambas. Dudó por un momento, y de hecho estuvo a punto de decirle que sería mejor idea hacerse con el cargo a la vuelta, pero sabía que si alguien más pasaba por ahí y pensaba rápido, sería demasiado tarde.

Detuvo el coche sobre la baquina, junto a los grandes pastizales.

Te ayudo. —dijo nada más y como no iba a aceptar una negativa por respuesta no esperó a que la diera. Es cierto que en alguna otra ocasión se hubiera quedado dentro del coche para salir pitando en caso de encontrarse de frente con alguna mala experiencia, pero como esta vez estaban solas las dos harían más rápido de esa manera.

El sol del mediodía pegaba fuerte y, aunque Marianne intuía que se acercaban de lleno al invierno, el calor del sur de los Estados Unidos no daba tregua alguna.

Cuando se bajó de la pickup tenía el hacha enganchada en su cinto. Cerró con llave para evitar inconvenientes y guardó las mismas en el bolsillo trasero de su pantalón antes de ponerse manos a la obra. Una ligera brisa recorrió el cementerio de vehículos y Marianne lanzó una mirada al cielo antes de acercarse a uno de los coches abandonados y fijarse por la ventanilla qué había dentro. Un par de chocolatinas cerradas reposaban en la parte de atrás del auto.

Se dispuso a ayudar a su compañera para desmontar el carromato y montarlo en el vehículo, estaban a medio camino jalándolo hasta el coche, cuando se escuchó algo entre los altos pastizales, que se movían descuidados como si alguien estuviera caminando entre ellos.
Pips... —llamó su atención y señaló el costado de la ruta con un movimiento de cabeza.

¡GUAU! —ladró un perro, saliendo de entre los matorrales.
Atrás de él apareció un niño.
¡Tio Sam! ¡Espera, Tío...! —se calló cuando clavó la mirada en las dos mujeres.

Marianne se fijó en que, ambos, apesar de estar sucios y desaliñados, no parecían estar pasando hambre.

Bueno, bueno, bueno— se escuchó detrás de ambas una voz masculina con acento sureño que salía de entre los coches— ¿Qué tenemos aquí? —llevaba una escopeta al hombro y mascaba algo en sus molares izquierdos.

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'¿Qué hay ahí?' :
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No iba a negar la ayuda, principalmente porque sabía que se tardarían más si solo lo movía ella, asintió a la mujer y se encaminó al trailer para desmontarlo con su espada y cuchillo en sus fundas. Comenzando a desmontar el aparato un objeto llamó su atención y lo tomó, era un encendedor algo que en aquellos tiempos es super útil. Lo guardó en uno de sus bolsillos y prosiguió con su tarea.

Antes de llegar al auto de nuevo Marianne llamó su atención y se quedó quieta y atenta hasta que escuchó el ladrido y se quedó aún más quieta mirando a Marianne mientras el hombre hablaba. Bajó la voz sólo para que su acompañante pudiera escucharla. - Vamos a empujar esto fuerte, hay una pequeña bajada así que debería bastar, tu enganchalo y enciende el auto, yo lo distraigo... - Le apretó suavemente la mano. - Y confía en mí por favor. - Le pidió antes de tragar empujar con fuerza para luego voltearse con una sonrisa natural pero que no sentía. Recordaría las lecciones de Rocky sobre qué la actuación podría salvarle la vida.

-Buenas tardes, ¿Señor Sam? - preguntó al hombre haciendo referencia a cómo el niño lo llamó. - Mi nombre es Amanda. - Mintió descaradamente pero estaba segura que no se había notado. - ¿El trailer es suyo? Disculpe entonces. - Su voz sonaba apenada pero su instinto de peligro le decía que no era momento de ser la dulce mujer que es siempre, que sólo debía ganar tiempo y huir.


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El miembro 'A. Pipper Hoffman' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


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We are Enjoy the Silence 4.0:
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¡Cinco años de zombies y los que nos quedan! ¡GRACIAS A TODOS!

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El hombre mascó el tabaco mirando de arriba a abajo a la mujer que le había hablado con una media sonrisa lujuriosa. El muchachito, en vez, dio un respingo y después de una señal del hombre, salió corriendo hacia la hierba, adentrándose en ella y poniendo en alerta a Marianne, quién en realidad no estaba completamente de acuerdo con el plan de su compañera, pero no iba a ponerse a discutirle.

Así que ahí estaba, empujando el carromato para engancharlo en la vieja Pick Up, con la seguridad de nunca darle la espalda al tipo que se les había acercado.

El hombre se quedó en silencio unos segundos antes de dirigirse a Angelique, como si lo que estuviera sucediendo a él no le importase. Sin embargo:

Tío Sam —el desconocido chasqueó la lengua y el animal caminó hasta él, plantándose a su lado— es el perro. El trailer es mio, y toda esta puta caravana de coches es también mía. Así que ¡FUERA DE MI PROPIEDAD! —dijo haciendo aspavientos con las mano que tenía libre. De pronto hizo un  movimiento rápido con la diestra, alzó la escopeta y repitió: —¡FUERA DE MI PROPIEDAD!

Marianne ya estaba dentro del coche y tocó el claxon una sola vez para llamar la atención de Angelique e intentar salir de ahí vivas y con todo funcionando.

Se escuchó un disparo, la conductora agachó la cabeza y abrió la puerta del acompañante en un intento de ayudar a la muchacha que aún faltaba por subirse al coche—. Vamos, vamos —apuró impaciente. Por las dudas tenía el hacha a mano. Ya tenía el auto en marcha, en cuanto Angelique estuviera dentro clavaría el pie en el acelerador para salir de ahí: matorrales y autos viejos por delante, qué importaba ya.

Cuando Marianne miró por el retrovisor, el hombre ya no estaba solo. No podrían volver por la 60. Sería suicidio.

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La vida nunca ha sido sencilla, pero en medio de un apocalipsis de muertos vivientes que desean arrancarte las entrañas a mordidas… mucho menos. Al ser doctora y sobretodo traumatóloga, existían pocas cosas que le daban asco, pero la forma en la cual aquel hombre la estaba mirando… le repugnó del todo, sin embargo mantuvo su fachada con una sonrisa y un rostro tranquilo esperando escuchar el tráiler engancharse al Pick Up y al motor rugir. Mostró un ligero gesto de diversión por el nombre del perro, pero cuando el hombre comenzó a hablar ella solo se preparó mentalmente para usar su espada, no le haría daño a él, jamás heriría a un ser vivo, pero tampoco se dejaría matar por un tráiler el cual se negaba a soltar porque era útil para su gente… y porque aquel hombre solo era un matón más.

En menos de un minuto ya las cosas estaban fuera de control, él la apuntaba con un arma, Marianne tocaba el claxon para apurarla y ella analizaba rápidamente cual sería la mejor forma de escapar de eso. Pero notó las intenciones del hombre en disparar y sacó su espada justo a tiempo, haciendo una floritura con la suficiente rapidez y fuerza para moverle el arma y que el disparo saliera a otra parte. Por desgracia la bala impactó de lleno en el tanque de gasolina de un auto cercano y comenzó a gotear, antes de darse cuenta estaba corriendo al auto pero escuchó un “click” antes de subir… el hombre había encendido la gasolina y el fuego se propagaba rápido. Cerró la puerta como pudo y solo susurró. –Corre. –En aquel momento no le importaba a donde fuera mientras se largara de allí. Guardó su espada en cuanto pudo solo para darse cuenta que tenía una cortada de considerable magnitud en el brazo, suspiró cansada por eso, ni siquiera se dio cuenta de cómo se la hizo, pero solo se retiró la camisa de cuadros que tenía encima… y que era de Leon para arrancarle la manga y vendarse con eso sin preocuparse mucho, lo importante en el momento era parar una hemorragia; ya luego se tomaría suturas ella misma. La herida no era profunda, era superficial pero si larga sobre su piel, sanaría bien, y si se tomaban las suturas con cuidado ni marcas quedarían.


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Y de pronto...

¡BOOM!

...todo tembló.

El fuego había prendido un hilo de gasolina que llevó hasta el tanque de un coche particular y este explotó. Los pedazos volaron por lo aires, así como ráfagas de fuego que se esparcía por entre el cementerio de coches y se avivaba junto con el sol que le daba de frente.
Marianne se agarró al volante con fuerza mientras apretaba el acelerador a fondo, preocupada por cómo se habían sucedido las cosas. Miró de reojo en un fugaz centelleo a Pipper, y aunque desvió la mirada la volvió rapidamente a ella, alarmada por la herida que presentaba.

¡¿Estás bien?! —preguntó volviendo la vista a la carretera, intercalándola con el fuego que crecía cada vez más y se propagaba más allá de ellas mismas. La bostoniana podía sentir el calor del fuego de cerca, como persiguiendola y la luz rojiza que emanaba le recordó (por primera vez en mucho tiempo) a la guerra.

Marianne sintió un escalofrío y procuró centrarse.

El punto más alto del fuego, Marianne pudo ver por el retrovisor, llegó hasta la copa de los árboles a su izquierda y otra explosión se escuchó unos metros atrás. El coche se hizo un poco hacia delante por la fuerza de tanque y Marianne tuvo que apretar el volante para que las manos no le fallasen. El otoño había resecado ya la mayor parte de las plantas y el fuego se arremolinó enojado contra los oriundos del sur; pero como consecuencia también contra las dos médicas que huían aún sin salir completamente de la zona de peligro.

Esa gente está loca —el tono de voz de Marianne sonaba exaltado e inmediatamente la Chevrolet se quejó. El trailer venía detrás, con movimientos sueltos y saltando a cada pozo de la banquina ya descuidada por el paso del tiempo. La pick up era también vieja y por culpa de la ruta y una banquina olvidada, los movimientos eran brutos y secos, cualquier persona sufriente de mareos hubiera vomitado ahí mismo—. No quiero pensar en que se calcinen ahí dentro, pero tampoco me gusta la idea de que estén siguiendonos.

Se sentía culpable.

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Y el auto explotó y las llamas cobraron vida como si del mismo centro del infierno se tratara. Sin poder evitarlo se encogió en su asiento y se notaba sumamente nerviosa. Por segundos. Los sonidos de la guerra, los cuerpos mutilados, las noticias de bajas y los pacientes de emergencia llenaron su mente. Respiró profundo para calmarse y alzó la cara de nuevo para ponerse a atender su brazo. Le asintió a Marianne para calmarla. - Si, es una herida poco profunda, y está limpia, no sé con qué la hice y técnicamente necesitaría una vacuna pero estaré bien. Al llegar me suturo y listo. No deberían quedar marcas siquiera. - Dijo sería y casi como diagnóstico médico a si misma.

El calor la estaba sofocando y sabia que llegaría al asentamiento con una ligera insolación por el calor pero tampoco sería nada grave. - Tu solo acelera Mary... Ellos mismos incendiaron eso así que debieron tomar precauciones para huir a tiempo. Si alguno salió lastimado, lo siento porque son humanos, pero debieron pensarlo. Ese hombre casi me vuela la cabeza con una escopeta, y sino reacciono rápido no lo estuviera contando, así que disculpame de verdad sino estoy muy afligida por ello. - Su tono era real, con dolor y la misma dulzura de siempre, pero también sonaba determinada y que momento así era comprensible.

-Por allí. - Le señaló una aparente salida, por el lado contrario al fuego y esperando que las llevara de nuevo a la interestatal.


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Cuando el coche dejó de temblar por la explosión, Marianne volvió a fijarse en la herida de su compañera. Le preocupaba que perdiera demasiada sangre, pero Pipper ya había hecho su propio diagnóstico y, la conductora sabía, era difícil contrariar a los médicos de sus ideas. Lo que sí le preocupaba era con qué se lo había hecho, pues los automóviles estacionados no estaban en buen estado y no se trataba de una herida de bala. Dudó en detenerse para asistirla, pero en dicho momento lo mejor sería alejarse de donde estaban.
Si tú lo dices... —respondió sin total convicción.

El fuego atrás de ambas se esparcía por una carretera que se convertiría en un cementerio abrasado, negro sin ninguna clase de vida. Era imprescindible escapar, pero sobretodo todo era imprescindible recordar que aquella ruta estaría imposibilitada para las próximas salidas.
La muerte del fuego para Marianne era absoluta y el recuerdo de la explosión antes de casi ser capturada por los yihadistas era real. Las manos habían comenzado a sudarle por demás y por eso intentaba mantener la preocupación puesta en su acompañante; no quería que la cabeza le jugase malas pasadas ni quería perder los estribos por un recuerdo que sin Richard cerca la obligaba a flaquear.

Asintió una vez, fijándose en el retrovisor pero no respondió a la médica. No estaba preocupada justamente por el tirador sino por el niño y todo lo que pudiera haber detrás de un hombre estúpido con un arma, pero ¿quién era ella para hacer nada? Lo mejor era alejarse cuanto antes.

Con una exhalación pesada se fijó una última vez en las llamas que dejaban atrás y no supo si los gritos eran parte de un recuerdo de guerra o algo real. En todo caso, había decidido dejarlo atrás.
Las llamas se convirtieron en humo y el cementerio de coches en ruta. Retomó el tramo por la primera salida que le fue posible para volver al asentamiento. Lo primero sería atender y ayudar a Angelique y lo demás historia. Ya habría otro momento para ir en búsqueda de esas hierbas medicinales.

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El fuego se alejaba de ellas y su respiración volvía a ser controlada. Sus memorias y desastres internos volvían dentro de la caja de Pandora sin causar estragos o siquiera que pudieran notarse. Pero sin saber si era para su propio alivio o el de Marianne le apretó suave una de sus manos y le sonrió buscando aliviarla, buscando quizás transmitirse a sí misma que todo estaría bien al finalizar todo.

El camino las llevaba de regreso al hogar de ambas, con sus familias y amigos... De nuevo... Todo debía estar bien.


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