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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Mensaje por Will Shafter el Lun 25 Feb 2019, 03:28

Día 0

Aquella mañana recibía a William con los ojos enrojecidos, producto de no haber dormido en varios días seguidos, bostezando y tratando de evitar el sopor que suponía aquella vigilancia sin sentido ¿Por qué su padre creía que los cerdos irían a aparecerse y aguar la fiesta de los Highlanders de Reacher Hill? Se prendió un cigarro, y nuevamente echo una mirada con los prismáticos alrededor de la colina en la cual estaban situados. Se estaban perdiendo un fiestorro de los grandes, porque no todos los días los clanes Shafter, Packie, O’Hara y Trevier se reunían. Solían estar juntos en los velorios y también en las bodas, o cuando algún anciano llegaba a cumplir los cien años. Lo último, no era usual, pero si había suficientes ancianos en camino a los cien años de edad.

Su hermano a su lado estaba metido en la intensísima lectura de una revista de aventuras ¿Comic? ¿Así se llamaba? Daba igual, no prestaba atención a lo que se suponía que tenía que hacer allí arriba, que era vigilar. Su primo, el pequeño Lou, se rascaba desinteresadamente la larga barba entrecana mientras removía una cazuela calentando el guiso de la noche anterior. Pequeño Lou era un urso de dos metros y medio con los brazos gruesos como arboles jóvenes y la fuerza de un toro al que se le aprietan las pelotas con una tenaza ¿Por qué le decían Pequeño Lou? El tío se reía como tonto mientras el guisado iba calentando, canturreaba alguna canción. Tampoco le prestaba atención al trabajo que el padre de William había mandado.

Sara era la única que parecía estar más o menos estar atenta a la tarea. Sea porque quería ganarse su lugar en alguno de los clanes o sea porque estaba interesada en alguno de los tres hombres que la acompañaban o sea porque simplemente le habían dado la orden. No lo sabía, la pequeña Sara había aparecido un día de invierno en los huesos, media congelada, y con una fiebre tan elevada que podrían haber cocido un huevo frito. Quizás por eso aún estaba “a la espera” y pretendía probar su valía a los higlanders. No se quejaba, no bostezaba, y ni siquiera se separaba del arco y los prismáticos, y cada dos por tres daba un salto en su asiento y echaba una mirada al camino debajo de la colina.

Pequeño Lou fue el primero en romper el monótono y aplastante silencio, con aquel vozarrón fuerte y grueso pero de tonto que solamente podía tener alguien cuyos padres eran primos cercanos. —¿Y si hacemos nuestra propia fiesta aquí arriba? Estoy seguro que a Sara no le importaría bailar para nosotros—. Sugirió, tal vez pensando con aquella cabecita de tonto que tenía que sería una grandísima idea. La adolescente fugitiva le echo una mirada que Will advino como una advertencia, donde Lou le pusiera una mano encima le clavaria el cuchillo en medio de la cara.

Nadie bailara para nadie y nadie hará ninguna fiesta aquí arriba. Mi padre nos mandó a hacer algo, y tenemos que hacerlo nos guste o no. Además, en un par de horas vendrán a reemplazarnos—. Respondió el hermano menor de William. Siempre respondía el, por que como era sabido, su hermano mayor no tenía mucha paciencia para aquello de hacer entrar en razón a las personas o llevarlas a un buen liderazgo. Aquella era la razón por la cual el Flaco Will había rechazado de buena gana heredar el futuro cetro de líder del clan Shafter ¿Para qué lo querría? No era bueno mangoneando gente, mejor que fuera su hermano menor y los otros que se mataran por el cetro del clan. El pasaba absolutamente de ello. —Además Sara está pensando en matarte más que en bailar para ti, Lou—. Confirmo, y advirtió, a su primo quien derrotado volvió a sentarse y a seguir calentando su estofado.

Mientras la discusión de la fiesta seguía en pie entre su hermano y Pequeño Lou, el rubio seguía mirando la carretera y fue que reconoció el coche patrulla que se acercaba hacia la entrada de Reacher Hill. Disparo en advertencia una solitaria flecha con el arco, que se clavó en el parabrisas de la patrulla haciendo que esta se detuviera en seco. —Bueno, el oficial Patton se ha detenido, bajemos a ver que quiere. Sara, tú te quedas aquí arriba, si intenta algo métele una flecha en una nalga—.Ordeno el rubio, siendo lo máximo que haría aquel día. No era líder, pero a veces podía mandar a una persona. Además, Sara siempre le hacía más caso a el que al resto de los Higlanders del clan Shafter. Nunca sabría por que la adolescente actuaba así.

El delgado hombre bajo ágilmente por el empinado terreno, con el arco colgando del hombro y sorteando árboles, piedras, huecos en la tierra y también alguna que otra trampa puesta por algún cazador distraído. Su hermano le siguió, aunque fue más inteligente y decidió bajar por el sendero marcado hacia años por el propio clan. Lou, en cambio, tropezó y bajo por la colina rodando hasta chocarse contra el coche patrulla del oficial Patton.

Un hombre obscenamente gordo con un gran sombrero de vaquero estaba recuperando el aliento y al mismo tiempo maldiciendo al clan Shafter mientras que el novato, que William no conocía de nada, intentaba sacar la flecha del vidrio delantero del coche. Patton miro al rubio, con quien ya tenía una historia larga y de eso podía dar testimonio su nariz torcida varias veces rota por los intentos que tenía el delgado hombre de ser arrestado y gruño. No le gustaban aquellas personas, obviamente, pero por algo estaba en ese sitio y era momento de sacarles provecho. El delgado William lo supo incluso antes de que comenzaran a hablar.

¿Donde esta tu abuela? Llévame con ella, tenemos que hablar—. Demando, sin saludar siquiera a los tres hombres que habían bajado a recibirlo. Le duraba todavía el susto y a la vez el enfado de tener que rebajarse a estar allí plantado, conversando con las personas que aterrorizaban su pueblo.

William miro a su hermano, luego a Lou. Era el único de los tres que tenía historia con aquel hombre gordo, ya que la primera vez que lo había arrestado había sido cuando tenía trece años y lo había mandado a la correccional del condado. Le sonrió, enseñando el brillo de un diente de plata. —Comisario Patton—. Comenzó el delgado hombre, sin dejar de sonreírle. —Usted y yo tenemos una amistad ¿Verdad? ¿Por qué no me saluda? ¿Por qué no me da la mano? Yo lo aprecio a usted, lo respeto…mucho, a decir verdad ¿Qué tal si comienza por un amable saludo?—. Se burló, riéndose del pobre hombre.

Tal vez estaba demasiado desesperado y no había otro motivo para ello. El novato miro a su jefe, quien se iba poniendo lentamente rojo intenso. El cuello, la cara, las orejas, la enorme papada. Mierda, hasta el bigote de morsa se le estaba por poner de color rojo. —Hola William ¿Puedes dejar de comportarte como el estúpido payaso que eres y decirme dónde diablos esta tu abuela?—. Ciertamente, lo que esperaba el rubio era recibir un puñetazo, o una amenaza o incluso un insulto. No que accediera tan dócilmente a que le suelte un saludo que aunque sonaba forzado, al mismo tiempo pretendía ser amable.

No le gustaba, para nada. Patton no era para nada así, el hombre era el típico sureño machista que no se dejaba amedrentar por un hombre delgado como William. Ni aunque tuviera a su espalda a un gigante como Pequeño Lou. Patton era campeón de boxeo del estado Pensilvania desde que era un crio, y aunque fuese un hombre entrado en años, tenía la fuerza de una patada de mula en sus manos. Solo por eso el rubio entrecerró los ojos y miro fijamente al hombre. —No está disponible y no dejaría que tu ni tu novato manojo de nervios con arma en la cintura se le acerquen ¿Que quieres de ella? Me lo puedes pedir a mi—.

Asuntos de estado, roñoso de mierda, así que llévame con tu abuela o juro que voy a…—. Pero no continúo hablando. William le hizo una seña a Sara que, desde su elevada posición, clavo una flecha en el capot del coche patrulla.

¿Para qué quiere ver a mi abuela, oficial Patton?—. Pregunto nuevamente el rubio, luego de la interrupción, con un tono que demandaba más todavía que esperaba recibir una orden. —Le advierto que la próxima flecha hará que le vuelen ese estúpido sombrero, así que piense bien lo que dirá—. Ya no había sonrisa alguna en el rostro de William. Una línea seria en sus labios que dejaba en claro.

Patton miro con odio a William, demasiado odio podría decirse, de ese tipo de odio caliente que corroía cuando tenías delante a una persona que realmente se merecía ser asesinada a puñetazos. —Creo que me he equivocado en venir hasta aquí a hablar con ustedes, salvajes de mierda—. Comenzó el gordo hombre a hablar, poco a poco levantando la voz. William no sonreía, ahora si era el Patton que conocía. —Debería de haber traído a todo el destacamento de oficiales, balearlos a todos, y llevarme a esa vieja bruja a la fuerza. Y prometo que lo hare, volveré, y te meteré una maldita bala entre los ojos y luego meare en tu flaco y repugnante cadáver William Shafter—.Eso era lo que quería William, escuchar las intenciones del hombre que ahora si se dejaba ver como tal. —¡Connor! ¡Metete al maldito coche y prepárate para aplastar a estos tres hijos de puta si intentan algo!—.

Es un placer haberlo visto, oficial Patton, dele mis saludos a su preciosa hija cuando regrese a su cálido y civilizado hogar—. El hermano de William saludo a los oficiales moviendo su mano con gracia. Lou apretaba el mango del hacha que tenía en sus manos, preparado para asestar un golpe. William, volvía a sonreírles a los dos mientras otra flecha se clavaba en el capot del coche patrulla.

Tardaron dos horas más en llegar a reemplazarlos y cambiar la guardia, pero la amenaza del jefe de policía de Humpfrey había sonado demasiado real como para ignorarla, por esa razón William prefirió perderse otro día más en compañía de Miranda y quedarse vigilando. Su padre estaba demasiado ebrio para escucharle, por lo que por primera vez en sus treinta años, William sentía que tenía que ponerse el manto de cacique y proteger a los clanes que celebraban. No tenía sueño, ya no, estaba nervioso pero ¿Qué era lo que le ponía tan nervioso al hombre que conocían por haber matado a un enorme puma con sus manos? Y como diría su tío, Lou el Grande, había olor a mierda en llamas en el aire. Y poco a poco ese olor se iría acercando a la comunidad de Reacher Hill.


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Mensaje por Will Shafter el Mar 26 Feb 2019, 05:04

Día 7

~Interrumpimos esta emisión para un informe urgente de última hora~

William se quedó mirando la pantalla, apoyado contra el taco de billar, prestando atención a lo que decía el reportero en el noticiario nocturno de última hora ¿Qué podía ser más importante que la reunión amistosa del mestizo de Obama con el primer ministro de Reino Unido? No había estado para nada tranquilo el asunto, y desde que Patton lo había amenazado con dispararle directamente en la cabeza y mearle en el agujero de la bala, no podía casi pegar el ojo. No por que tuviese miedo de esa bola de cebo y mierda que llevaba una placa y un arma legal, si no por el mero hecho de que se había acercado hasta Reacher Hill. Era un acto desesperado, incluso el de haber obedecido con el saludo forzado lo era ¿Qué estaba pasando?

Swifty a sus espalda silbo largo y tendido cuando también se quedó mirando la pantalla de la televisión. Incluso Larry, el apache que atendía el bar del mismo nombre se quedó mirando el pequeño receptáculo brillante de la caja boba que capturaba almas y convertía en idiotas a sus adictos. —Los disturbios continúan en Buenos Aires, pese al toque de queda que ha decretado el gobierno, esta medida de seguridad ha traído consigo el fantasma de la dictadura militar que ha sufrido el país y de la que aun parece no recuperarse—. Decía el reportero a la cámara. No, gritaba, porque había sonido de explosiones, luces titilantes que solo declaraban que había incendios en las calles. Detrás del reportero había figuras que se tambaleaban, y uniformados que disparaban indiscriminadamente hasta que aquella cosa caía al suelo.

Los militares patrullan la ciudad, con perros  y con sus equipos antidisturbios. El presidente ha desaparecido, hace tres días que no emite ningún comunicado oficial, la ciudad capital está cayendo en la anarquía y en el caos, Tim—. Un gruñido a la espalda del camarógrafo y los mismos militares que antes estaban disparándole a la anterior persona, ahora apuntaban al camarógrafo y al periodista. Luego, la señal se cortó para dar paso al periodista del canal de CNN. —Enseguida regresaremos con la transmisión directa desde Buenos Aires, Argentina. El conflicto entre Paquistán e Irán y la India se agrava a medida que pasan las horas, reciente información declara que una formación aérea ha estado bombardeando puentes y caminos, buscando cortar de alguna manera el paso de los refugiados. Nuestro enviado especial a la región indica que es cuestión de horas para que alguno de los tres países tome represalias mas severas si no dan explicaciones de lo que está sucediendo—. William bebe de la botella de cerveza mirando con el ceño fruncido y un gesto de preocupación evidente en su rostro. Su hermano menor mira atontado la televisión y Larry mueve su cabeza de un lado a otro negando algo. Vaya uno a saber que era lo que estaba negando el indio.

Vaya mierda que se está convirtiendo el mundo ¿Verdad? No me sorprende nada de esos estercoleros tercermundistas de donde estaban transmitiendo ¿Argentina? Esos sudacas pueden morirse bien muertos ¿Irán? ¿Paquistán? ¡Que se maten! Son nidos de islamitas fanáticos y terroristas que amenazan nuestra buena vida—. Jeff, su tío, palmeo con fuerza el trasero de la camarera de la cantina de Larry mientras se reía a carcajadas por lo que sucedía. —¡Que vivan los estados confederados!—. Bramo su tío, mientras continuaba riéndose y sus amigos lo vitoreaban. —Oye tu, apache, trae más cerveza y que está bien fría ¡Rápido!—. Larry miro a William. William miro a Larry. Se rieron, el indio no se ofendía con Jeff porque ya lo conocía, prácticamente era un secreto a gritos que el cantinero había pasado su adolescencia en compañía del clan Shafter y eran uña y mugre. Solo por eso los recibía en su negocio y les permitía aquellas libertades.

En un rincón, Sara movía su cabeza al ritmo de una canción melancólica, mientras bebía su propia cerveza y tarareaba con la misma lentitud que la banda que sonaba por los cascos de la casetera que el rubio le había regalado. Swifty la miraba con voracidad, pero no se atrevía a nada, sabía que su flacucho y huesudo hermano le golpearía hasta dejarlo muy hermoso si intentaba algo con la joven escapista. Pequeño Lou seguía jugando al billar con su padre y su tío y los otros hombres del clan, no le prestaban mucha atención a la televisión. Las camareras que se movían insinuándose para aquellos higlanders era una distracción más atractiva que ver lo que sucedía en el resto del mundo.

Luego de los comerciales, volvió a haber otra pausa donde una hermosa rubia anunciaba lo que parecía que era una vacuna ¿Para qué? Ellos tenían sus propias medicinas, la vieja abuela siempre tenía sus magias y sus hierbas y sabría lidiar con aquella rara enfermedad cuando llegara. Pero sabía que no llegaría, Jeff lo decía a gritos, los marines contendrían los disturbios y luego de aquello limpiarían por completo el mundo. Y al final, Estados Unidos podría conquistar el globo como se lo merecía realmente, pondrían a flambear la bandera de los federados en cada maldito país tercermundista. O esa era la fantasía que hacía que a su tío Jeff se le pusiera bien dura.

Se ha reportado un nuevo brote del virus en Portland, las autoridades están cerrando los aeropuertos y los puertos. Se recomienda a la población que eviten los sitios de migración masiva, y recuerden vacunarse—. Nada de aquello estaba bien ¿Por qué las personas no podían ir a dónde quisieran? ¿Por qué el gobierno había anunciado por radio el día anterior que había que vacunarse y visitar al menos una vez a la semana? Y lo que más curioso le resultaba a William, los helicópteros. No uno, si no cientos de helicópteros, que recorrían los cielos, las carreteras, todo el territorio donde vivían. Limpiaban la zona en un barrido visual, todos los días, era un gran gasto de recursos si aquello era meramente pasajero.

La noche se volvía aburrida, y se hacía vieja poco a poco. Jeff hacía rato se había metido dentro de baño con una de las camareras y del interior se escuchaban gemidos ahogados y risas. Sobre todo risas, quizás la muchacha estaba pasándola en grande con el ebrio de su tío y su prominente barriga que impedía ver que tenía ahí debajo. Pequeño Lou roncaba sobre la mesa de madera, agarrado a una botella de whisky casero y Swifty bailoteaba con Sara. Demasiado cercanos para gusto de William, pero no le diría nada, aunque si le patearía el trasero si veía que su hermano menor acercaba las manos demasiado a la adolescente.

No podía dejar de ver la televisión, parecía uno de esos ricachones adictos que estaban sentados en sus enormes y cómodos sofás mirando el rectángulo brillante las veinte y cuatro horas. Larry le había pasado una libreta donde el rubio comenzaba a anotar cada pequeña cosa que le llamaba la atención; El canal de CNN había recuperado la señal de Buenos Aires, en el preciso instante en donde la catedral de la ciudad abría sus puertas y recibía cientos de peregrinos para hacer una noche de vigilia rezando. Y fue entonces que todo se fue a la mierda de verdad en el sitio. —Mi padre me conto sobre ello, como Argentina las paso realmente mal en la década del setenta al ochenta ¿Pero esto? Esto, Willy, es muy diferente—. El periodista que sostenía el micrófono corría a guarecerse de los disparos y los proyectiles de los tanques dentro de un local de arcos dorados y un payaso muy sonriente. El hombre tenía una fea cortada en el rostro, y de repente, la señal se cortaba…y una marcha, o canción militar, y un cartel rojo que decía

“Se comunica a la población argentina que a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control operacional de la junta militar. A partir de la hora veinte del corriente día, la ley marcial entra en vigencia y aquel que no la cumpla será retenido por incumplimiento de la ley. Toda persona herida moderadamente o de gravedad, será inmediatamente ejecutada en el sitio que haya sido encontrado. Atentamente, general y jefe de la junta militar, Raul Ignacio Sierra”

Luego el cartel se fue, y apareció un general con un elegante uniforme lleno de medallas. El hombre saco un arma y comenzó a disparar a la cabeza a varios ministros que tenían sus elegantes trajes sucios de sangre. Algunos podían mantenerse, otros estaban doblados. Y uno, estaba siendo retenido por cadenas a una puerta, su piel gris y sus ojos blancos y la espuma que salía de la boca…

Entonces la puerta de la cantina de Larry se abrió. Will estaba tan absorto mirando la ejecución de los militares que se llevó un buen sobresalto, y el efecto fuese lanzar una botella de vidrio a los recién llegados. El vidrio impacto contra la cabeza de uno de los policías. —¡Auh! ¡Hijo de puta, pagaras por eso!—. Era obvio que iban a pagar aunque no quisieran, eran como veinte o treinta policías de civil, entre los que se encontraba Patton. El amigable comisario solo dije “hagan lo suyo, muchachos” y vaya que lo hicieron. Pequeño Lou incluso se llegó a ver realmente pequeño mientras era golpeado por una docena de los polis…

Eres una mierda que se graduó en la universidad para seres de mierda con honores en la mierdosidad ¿Verdad, Patton?—. Le dolía todo el cuerpo. Se lo había buscado, había defendido a Sara y había logrado que la chica lograse escapar. No quería pensar en lo que habría pasado si les ponían las zarpas encima a la adolescente, pero principalmente pasaría que regresaría al lugar de donde había escapado. William no podía permitir que eso sucediera, fuese cual fuese la razón por la que se había escapado, tenía que ser de verdad de mucho peso. Y no dejaría que la devolvieran, aunque eso le hubiese costado una buena paliza.

Los policías casi los habían matado a golpes ¿Hacían falta de verdad una veintena de hombres contra cinco de ellos? Y Larry, pobre apache. Tenía la cara deformada de tantos golpes ¡Y el no había tenido nada que ver! ¡Y le destrozaron el local! Swifty no parecía estar mucho mejor tampoco, tosía y hacía gestos de dolor, y cada vez que escupía sacaba sangre y coágulos. —Me duele el pito al mear—. Decía Pequeño Lou, estrujándose el paquete. Era la quinta vez que orinaba desde que los habían metido a todos en el calabozo, y junto con William era el quien peor había recibido. Era lógico, tirar abajo al más grande, dejarlo de combate.

Las horas pasaron lentamente mientras los heridos higlanders se quejaban y buscaban una posición para intentar conciliar el sueño pese a la golpiza recibida. De cuando en cuando alguno llamaba a Patton, pero no comenzaron a hacerlo más urgentemente hasta que Jeff comenzó a convulsionar y a echar espuma por la boca, el gordo estaba de verdad mal. Y sin embargo, el tal Connor asomo la cabeza, dijo. —El sistema sanitario está colapsado, lo siento, no podemos hacer nada—. Algo que obviamente provocaba los insultos y maldiciones de los hombres encerrados. Estaban viendo a su tio morirse, y no podían hacer nada, se sentían sumamente impotentes por aquello.

Jeff Shafter murió al cabo de otra larga hora de agonía. Sus orejas habían comenzado a sangrar, y una enorme mancha marrón mancho la delantera de su pantalón, y no pudieron hacer nada más que mirar. Lou lloraba, Swifty apenas y podía abrir los ojos, y Willy sentía la muerte darle un abrazo cada vez que respiraba. Larry en su idioma aborigen logro articular una oración por el hombre que apreciaba a pesar de sus comentarios racistas de ebrio. —Bien, creo que aprendieron la lección ¿Verdad?—. La voz de Patton desde la entrada les llamo la atención. William ni siquiera tenía fuerzas para contestarle porque sentía que sería el siguiente en morir, ya que algo estaba picándole el costado y respirar le costaba horrores. —¿Dónde están tus putas flechas ahora, eh flacucho? ¡Metan a ese en la celda enfrentada! Malditos borrachos—.

Por el rabillo del ojo, el flaco William vio al borracho. Arrastraba un pie descalzo, tenía la mandíbula colgando y…y tenía la piel de un tono grisáceo peligroso. El borracho se reanimo cuando uno de los oficiales intentaba lanzarlo dentro de la celda, agarrándolo por el cuello y clavando sus dientes. El hombre grito tan fuerte, tan alto, tan desgarradoramente que le hizo mearse encima del susto. Patton le pateo la espalda y los metió a ambos al interior de la celda bajo llave. —¡Patton! ¡Vuelve cobarde hijo de puta! ¡Vuelve y no nos dejes aquí con esa cosa!—. Gritaban los higlanders y Larry el apache. Al cabo de unos minutos, el comisario regreso junto con otro oficial y comenzaron a disparar con unas enormes escopetas al interior de la celda.

No importaba que estaba en el camino, ellos dispararon. Luego, recargaron, y de vuelta siguieron disparando y lo repitieron dos o tres veces. Ni siquiera podía contar, pero se esforzó en mantenerse despierto hasta que todo termino. Y al terminar, fue Connor quien abrió la celda de los higlanders. —Váyanse. Ahora, no vieron nada, dirán que sufrieron un accidente de tránsito ¡Váyanse! ¡Ahora, rápido!—. Lou cargo al hombro a Swifty, que seguía sin poder ver por la inflamación de sus ojos y el rubio se apoyó en el apache y juntos se alejaron caminando.

Pasaron al lado de Patton en silencio, y al cruzar por al lado del rechoncho hombre pisaron y sonó a mojado bajo sus pies. El comisario se había orinado del susto, igual que había le había pasado antes. No dijeron ni una palabra mientras salían de la comisaria, solamente se fueron arrastrando todos juntos en dirección a Reacher Hill. El cielo aclaraba en el bosque, poco a poco se volvía rosado, el sol comenzaba a salir. No se alejaron mucho, cuando volvieron a escuchar los estruendos típicos de las balas que provenían de la comisaria.


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Mensaje por Will Shafter el Vie 08 Mar 2019, 03:18

Día 16

Nubarrones grises cubrían el cielo aquel día bajo el que un nutrido grupo de personas miraba una tumba vacía, desprovista de un cadáver que alimente la tierra. —Mataron a  mi hermano—. La  mirada vacía que tenía Grant Sahfter, mirando la cruz frente a un montón de lapidas que debajo no contenían nada, era extraño de ver. Generalmente, el hombre con sangre sioux no solía demostrar sus sentimientos, menos frente a tanta gente. Pero allí, abrazando a su madre, delante de todo un grupo de highlanders…era algo fuerte de ver. Algo que no solía verse todos los días, y algo que nadie hubiese imaginado de ver nunca. Grant Shafter apenas y había abierto la boca durante la respetuosa ceremonia, celebrada varios días después de la muerte real de su hermano Jeff, habían intentado que el comisario Patton les entregara el cadáver pero cínicamente el hombre se hacia el desentendido y decía desconocer sobre ningún cadáver.

Pero de aquello, Sara se lo había contado a William. El flacucho hacía varios días estaba tendido en la cama con su torso cubierto de vendas y varias sondas saliendo de su espalda y un collarín ortopédico en su cuello. Swifty era el que más rápido se había recuperado, aunque también llevaba un collarín y el brazo enyesado, pero el muchacho había recuperado su buen humor y hasta hacia alguna que otra broma. Se reían, todos, y luego sollozaban como niños con las rodillas golpeadas en el suelo. Larry finalmente se había establecido nuevamente en la comunidad de Reacher Hill y parecía que allí se quedaría durante un buen tiempo, la paliza recibida parecía haberle recordado sus raíces apache y todo el daño que podía hacer el hombre blanco y quedar impune.

Pequeño Lou era obligado por la abuela Shafter a beber un líquido espeso que olía a rayos y luego meaba. Meaba durante diez minutos o más a veces, y al principio orinaba sangre y Will en una de las oportunidades que llego a verlo creyó que el gigantón acabaría desangrado o que en realidad estaba menstruando. Ahora, Lou decía que meaba verde y que la espalda le dolía horrores, pero que ya no le dolía las bolas o el pájaro cuando meaba. Era una buena noticia al menos, el único que seguía postrado en una cama era el flacucho Willy, cuidado bien de cerca por la joven Sara.

Al igual que durante la boda celebrada hacía varios días, los Packie, O’Hara, y Trevier habían regresado para el funeral de Jeff Shafter y todo parecía indicar tristemente que tomarían venganza por aquel hombre. Había mucha gente en el bosque profundo de Reacher Hill aquellos días, y uno o dos días después del respetuoso entierro llegaron otros clanes más. Bishop, Quil y Collum. Y al día en que la abuela Shafter finalmente le dio permiso al macilento William para levantarse, la familia de Larry también se les había unido. Estaba demasiado dolorido como para sentarse a escuchar las amenazas y lo que le harían a Patton y sus hombres cuando bajaran a Humpfrey, pero para lo que no estaba adolorido para nada era para sentarse a mirar la televisión y ver las noticias.

La patata-antena no era lo más tecnológico del mundo, había que admitirlo, pero le era útil para ver las noticias locales y nacionales. Según parecía, finalmente Irán y Paquistán se habían tirado los pepinazos y ahora los periodistas explicaban con expertos en la materia como cubrirse y protegerse del aire radioactivo que subiría a la atmosfera. Las recomendaciones para fabricar uno mismo su propia mascara respiradora con filtro, y hasta la mejor forma de purificar el agua. También enseñaban a identificar las tormentas con lluvia toxica y los colores diferentes de los rayos que provocarían dichos eventos climatológicos. Por primera vez en su vida, William ponía toda su atención en aquello como si realmente fuese lo más importante.

Y un día lo escucho, se despertó con el grito de una de las muchachas que parecía de verdad asustada. Era muy temprano en la mañana y todavía le costaba moverse libremente, pero ahí estaba el flacucho, haciéndole frente a un asustado hombre. El hombre tenía una herida y sangre seca en la cabeza, y ahí estaba el herido rubio haciéndole frente, fue toda una suerte que apareciera detrás del hombre Pequeño Lou que con un solo golpe bien dado en la nuca y el tipo acabo noqueado. —¿De dónde ha salido?—. Pregunto la asustada chica, tanto al rubio que estaba costándole mantenerse en pie como al gigantón que miraba la surreal situación en la que estaban metidos.

No lo sé, Wendy ¿Tú has visto de dónde vino?—. Pregunto el Flaco Shafter, mientras era asistido por Sara y su hermano para recuperar la postura y nuevamente estar en pie.

Otra voz a lo lejos, de entre unos matorrales, voz de un niño. No uno de los niños de los clanes que estaban reunidos en Reacher Hill, sino de un niño desconocido. —¿Papá? ¿Papá estas ahí? ¿Puedo salir ya de mi escondite? ¿Haz contado hasta mil uno?—. El niño daba pasos suaves, como intentando no despertar a nadie, parecía que buscaba a su padre. El rubio intercambio una mirada con su primo, quien lo sostenía con fuerza para que no acabara cayendo, y luego miro a la otra chica que se había asustado y seguía bastante sorprendida por aquel encuentro con el hombre. —Lou, mete al tipejo ese en la jaula y Wendy, asiste al niño—. Y eso quedaba por resolver, como haría su hermano para sostener el apaleado costal de huesos en que estaba convertido. Lo mejor fue que lo dejase sentado contra una columna de la cabaña de madera que tenían a sus espaldas y de esa forma Swifty no se cansaría y Will no estaría tan adolorido por estar de pie.

La aldea de Reacher Hill poco a poco comenzó a asomar las cabezas y a salir de sus tiendas de campaña para saber que era todo ese griterío y escándalo que sucedía. Wendy regreso con el pequeño niño asustado, llorando, berreaba que quería ver a su padre pero Pequeño Lou se lo había llevado a la jaula de hierro que tenían lejos de la aldea. El pequeño niño estaba sucio, tenía una herida fea en su pequeño brazo, pero estaba envuelto en una venda mugrosa y apestosa.

La abuela Shafter, la matriarca del clan, fue quien atendió al muchacho sin temer de lo que podía significar aquella herida. El pequeño lloraba, ya que no entendía quienes eran esas personas que lo estaban atendiendo o donde estaba su padre, y era Grant Shafter el que miraba con asco al pequeño ser humano berreante. El hombre, claramente, aun no se recuperaba de la pérdida de su hermano y bien sabia el macilento rubio que su padre no iría a recuperarse en mucho tiempo.

Al día siguiente de lo acontecido con el hombre que había entrado a la aldea de Reacher Hill, Grant seguía interrogándolo y cada que podía, golpeándolo cuando le respondía algo que no le gustaba para nada. Una de las varias hijas de Grant le había quitado el teléfono y estaba tomándose fotografías, cuando un mensaje de texto llego. El mensaje sonaba serio, decía que el hombre había sido despedido de su empleo y cuando el jefe de los higlanders le había dicho aquello, comenzó a reírse histéricamente y lo único que pregunto fue por la salud de su hijo.

El pequeño muchacho había logrado bajar la fiebre, ya no lloraba, había comido muy bien y la herida extraña que tenía en su brazo si bien no hubo sanado, ya no presentaba la horrible decoloración que tenía el día anterior. El chiquillo decía que el hijo de su vecino de la casa de al lado lo había mordido, que el niño lo había atacado rabiosamente y que su padre lo saco de encima dándole con una pala en la cabeza. Conto también que su padre había resultado herido por el padre del otro niño cuando vio la pala sucia de rojo a su hijo no moverse tendido en el suelo. Luego de eso, se habían metido en el interior de la minivan familiar y habían puesto rumbo lejos de su hogar, habiendo guardado mucha comida y algunos juguetes. De su madre y su hermano mayor, que estudiaba en una universidad de internado, no tenían noticias desde hacía mucho tiempo.

Ese día no hubo mucho más salvo el largo interrogatorio de la abuela Shafter al pequeño niño y de Grant al padre del muchacho. El hombre recibió tratamiento para sus heridas y también su hijo, aunque no se le permitió salir de la jaula de hierro, pero si había recibido una manta para que no pasara frio en las noches. La buena noticia era que William ya no tenía necesidad de usar la muleta o el bastón y la abuela Shafter ya le había quitado los tubos del pecho, ya que no tenía más liquido en sus pulmones y estaba casi recuperado por completo.

La mañana del día dieciséis recibió al pequeño grupo de William en el interior de una cueva que habían acondicionado para hacer un refugio cuando salían a cazar y pescar. Larry había ido con ellos, ya que el indio necesitaba despejar su mente y al mismo tiempo buscar hierbas ¿Para qué? No tenía ni la más pálida idea, pero desde que había sanado sus propias heridas se había mantenido bien pegado a la abuela Shafter haciendo pócimas y ungüentos raros como el que le habían puesto al jovencito chillón. Pequeño Lou estaba despellejando un ciervo enorme, Sara seguía escuchando música desde su casetera y Swifty se había alejado del grupo porque, según le decía, las miradas hoscas de su hermano mayor le interrumpía la inspiración para cagar.

Fue Larry el primero que rompió el silencio desde la noche en que había muerto el gordo Jeff. —El espíritu del lobo dice, William, que todo está pronto a terminar y que la gente blanca de tu grupo debería unirse a su pueblo—. Como era de esperarse, el rubio gruño y mientras lo hacía enrollaba un cigarrillo de marihuana en silencio. Lou le hecho una mirada y extendió su pipa para que se la llene con la hierba y Sara se lo quito de los labios para encenderlo ella. Siempre el primer bocado era el mas sabroso. —¿No tienes nada para decir, William Alexander?—. Larry le echo una mirada acusadora, mientras caminaba hacia Lou, abriendo una bolsa de cuero y extendiendo la mano para tomar su cuota de carne de ciervo.

El rubio por supuesto que no iba a decirle nada que el apache no supiera ya, su padre estaba reuniendo a todos los otros clanes para poder bajar hacia Humpfrey y patearle el trasero al hijo de puta de Patton por matar a su hermano. Sería un juicio tribal, y sería muy sangriento de eso no cabía duda alguna, y aunque quisiera él no podía elegir por hacerlo o no hacerlo ya que no tenía opción. Si habían esperado tantos días, era porque tenían que esperar a que se recuperase de las heridas recibidas defendiendo a Sara de los policías.

El grito los asusto a todos y tomaron sus armas, pero no hubo necesidad alguna ya que Swifty llego corriendo con los pantalones bajos, y en un estado muy agitado. —¡Una puta cabeza!—. Fue lo primero que dijo el muchacho al lograr acercarse al grupo. —¡Una puta cabeza, mierda! ¡Una puta cabeza sin cuerpo me mordió el culo!—. Siguió gritando, sin darse cuenta que tenía los pantalones bajos.

Will no tenía mucha paciencia por aquellos días ya que les había arrebatado el teléfono a sus hermanas y miraba las noticias. Además, escuchaba la radio todo el día y el gobierno seguía insistiendo con una vacuna especial contra un virus recientemente descubierto. —Si tu intención era ayudar a que viésemos si tenías una herida o no, no la tienes Swifty—. Ladro el mayor, señalando con una flecha que tenía los pantalones bajos. Inmediatamente se los subió, completamente enrojecido de que Sara le hubiese visto. —Vamos a ver esa cabeza que dices que te ha mordido, anda—. Y fueron tras ella, luego de trocear al ciervo y terminar de afilar las flechas.

Era una cabeza. Humana, de un hombre de no más de cincuenta. Le faltaba una mejilla pero la otra era bien regordeta y fofa, sin firmeza; No se notaba que tuviese mandíbula, parecía que era un hombre severamente obeso si se ponía a juzgar a simple vista, y aunque al principio no lo hacía, cuando el flaco se acercó a verla más de cerca comenzó a moverse. Primero los ojos, luego la boca, sin dientes. —¿Sigues con hambre? Montón de mierda adicta a las hamburguesas y la comida chatarra—. Dijo con desprecio a la pobre cabeza del obeso hombre. —El cuerpo no debe estar muy lejos, o tal vez encontremos al infeliz de pelotas gigantes que consiguió arrancarle los dientes. Me da igual que encontremos primero, pero iremos separados. Lou ve con Larry y Swifty ven conmigo y Sara—.

Pero ni siquiera pudieron dar un paso para dividirse y comenzar la búsqueda que escucharon un fuerte estruendo que resonó en todo el silencioso bosque de Reacher Hill. Fue automático para todos, quizás más lento para William porque aún estaba resentido de las heridas, pero de todas formas corrieron en la dirección que venía el disparo y de repente sonó otro disparo más en el aire que los hizo poner urgencia a su andar.

¡A la mierda!—. Solto Swifty, cuando llegaron a la carretera y la imagen dantesca que tenían delante los sorprendió y dejo a todos con los ojos abiertos como platos. Una hilera interminable de vehículos que cruzaba la carretera de tierra que pasaba por Reacher Hill estaba intentando avanzar por el camino. Y subido a uno de los vehículos, Grant Shafter sosteniendo una pesada escopeta de dos caños que humeaba.

Esto no parece nada bueno—. Larry puso la mano sobre el hombro de William cuando llego y se quedó mirando la situación. Un hombre había perdido la cabeza en uno de los disparos de Grant, el hombre tenía la mirada desencajada y casi se podía sentir la rabia que manaba por los poros del jefe de los montañeses. —Nada bueno, Larry—. Confirmo el rubio, agarrando el hombro de Sara para ponerla a sus espaldas y que nadie la viese o reconociera.

Del bosque, salieron más hombres de los demás clanes. De repente, había un nutrido grupo de hombres y mujeres, todos portando armas y detrás de Grant. —¡Mi nombre es Grant Shafter, y estas tierras les pertenecían a los ancestros de mi padre!—. Claro, William sabía que su abuelo era un amerindio. Así como sabia también que la madre de Swifty era una muchacha de otro pueblo, y las madres de sus otras hermanas todas diferentes. —¡Esto es Reacher Hill! ¡Mi hogar, no su hogar, malditos hijos de puta! ¡Ustedes mataron a mi hermano Jeffrey! ¡Ustedes y su progreso y su necesidad de guardianes por las leyes! ¡Ustedes!—. Anonadado, William vio como Grant disparaba a una pareja que salía de una camioneta, todos los propietarios de los vehículos comenzaban a salir corriendo.

¡Reacher Hill me pertenece! ¡Es mi hogar! ¡No van a arrebatármelo nuevamente!—. Era una situación demasiado mala, de eso no cabía duda alguna. Lo único que conseguirían dividiéndose de esa manera era llamar la atención de las fuerzas policiales locales ¿Acaso su padre pretendía ir a la guerra con la policía de Humpfrey? —¡Nadie pondrá un pie en Reacher Hill! ¡Nadie!—. Más disparos. Más cuerpos que caían al suelo.

Larry se lo había advertido, era curioso como el apache había tenido la amabilidad de advertírselo y como no le había hecho ni mínimo caso a sus palabras. Quizás, luego de ver aquella reacción de aquellos hombres blancos, quizás ni siquiera el espíritu del Gran Lobo los querría. Era probable que el infierno los recibiera con mucho gusto, aunque lo que no se imaginaban era que el infierno estaba nada más que empezando a mostrarse poco a poco.


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Mensaje por Will Shafter el Mar 09 Abr 2019, 05:57

Intervalo I - Sara

¿Es que acaso tu nunca te callas?—. Pregunto el huesudo hombre rubio a la muchacha que estaba acompañándole en aquella frustrada cacería. El amanecer había quedado muy atrás y la mañana iba muriendo para dejar ver poco a poco el calor del mediodía y los insectos chillones que estaban clamando por un infernal calor en puerta.

Sara miraba al hombre y le dedico una jocosa sonrisa de oreja a oreja, triunfante, como si finalmente hubiera obtenido lo que tanto quería obtener. Fastidiar al flaco, claro que no lo fastidiaba por fastidiarlo sino más bien era el puro deporte y el aburrimiento extremo y enfermante que sentía estando allí en el matojo de hierbas recostada. Las horas pasaban, y William apenas hablaba o apenas se movía ¿Quién no moriría de aburrimiento de esa forma? Sabía que si uno quería capturar la pieza perfecta, debía de esperar. William era extremadamente metódico con aquella consigna, le gustaba capturar los mejores, y por eso era tan callado y tan paciente.

Hasta que dejaba de serlo…—¿Por qué nunca dejas de gruñir?—. Protesto la adolescente, mirándolo aun con esa sonrisa burlesca en su semblante. Sabía que el rubio tarde o temprano le daría un golpe, pero ni mil golpes alcanzaban para quitarle la enorme satisfacción que se sentía por acabar frustrándole.

Y ahí estaba, frustrado, gruñón, hosco, con cara de matar a cualquiera que se atreviera a seguir molestándole. Ella podía hacerlo, por supuesto, porque la Abuela Shafter lo había designado como su “guardián”, algo que aún no sabía que diantres significaba pero que sonaba muy bien. Un tanto como a un juego de rol de niños, si había que admitirlo, un poco freak y hasta absurdo ¿Quién necesitaba un guardián? ¿Por qué vivían todavía en el bosque? ¿Por qué tenían un líder? ¿Por qué se hacían llamar “clanes”? ¿Por qué, a pesar de tener un líder, seguían los consejos sabios de la anciana Shafter? ¿Por qué agradecían a los animales que cazaban antes de matarlos? ¿Por qué la policía no podía acercarse a los terrenos de Reacher Hill sin recibir una advertencia hostil? ¿Por qué allí no había turistas? ¿Por qué vivían con generadores eléctricos y con enormes cocinas de leña cuando en pleno siglo veinte y uno existía la electricidad, el internet, y las cocinas a gas?

Tantas preguntas. Tan pocas respuestas. Pero le gustaba, era una buena forma de vivir a pesar de que rayara lo ilegal ¿Y qué le importaba a ella? Su vida, por completo, absolutamente todo lo que le rodeaba era totalmente ilegal. Incluso su propio nombre, que solamente la abuela Shafter conocía pero que ella prefería hacerse llamar “Sara”. Nada más que Sara, si aquellas personas vivían de esa forma, como en un juego peligroso e ilegal ¿Por qué ella no podía llamarse Sara? Siempre le había gustado el nombre de la protagonista de Laberinto desde la primera vez que había visto la película en el VHS. Se lo adueño, era su nombre, y se acababa la discusión.

William tenía la edad que tenía su padre al morir. Veinte y nueve años, tez blanca, rubio, ojos azules, y un carácter de mil demonios. Nada parecido con su padre como lo recordaba, el oficial de policía Doven era amoroso, cariñoso, siempre le leía cuentos antes de dormir. Podía haber sido un hombre para nada preparado para lo que significaba la vida, y al momento en que ella había llegado al mundo tal vez era demasiado joven. Sus abuelos habían marcado la diferencia, ayudando a un pre adolescente descarriado a poder cumplir con todo, logrando así ver a su padre graduarse en la academia de policías a los veinte años. Y tan solo ocho años después, recibir una bandera, su gorra, su placa y una medalla al valor. Y el calvario que se había convertido su vida cuando tuvo que vivir con su madre.

Eran recuerdos, quedaban en el pasado, no quería ni siquiera ya pensar en eso a pesar de que su cuerpo desnudo le trajera a la memoria lo mucho que había sufrido hasta que había decidido escaparse. Encendió un cigarrillo y levanto una pluma del suelo, mientras le daba una calada al cigarrillo, le metió la pluma en la oreja a William. Tal como sabia, recibió un golpe en la cabeza, pero el dolor era mínimo comparado con la gracia que le hacía molestar a ese hombre.

Tenía que admitir que William le caía muy bien y que disfrutaba con su compañía. Era parecido, o más o menos, a la figura paterna perdida y aunque nunca podría reemplazar a su padre con ese hombre hosco y de aspecto hambreado, era una buen suplente. Los novios de su madre eran uno peor que el otro,  y habían sido el motivo principal por el cual se había escapado de su hogar hacía ya tiempo. El skinhead que traficaba armas, el adicto a la meta que había hecho engancharse a su madre, el cholo que drogaba a su madre y la prostituía y a veces también la había forzado a ella. El carnicero golpeador, cuando comenzaron a tener hambre y había necesidad de alimento. El ladrón, que había metido un botín en su humilde casa y luego había caído atrapado por la policía y había intentado culpar a su madre de ser la mente maestra del crimen. Y el último, quien parecía que podía ser un ángel, resulto ser un auténtico demonio digno de las más profundas pesadillas. Su cuerpo le dolía todavía por las noches y probablemente nunca dejaría de dolerle.

Gruñón—. Le dijo al rubio, luego de un rato de sobarse la cabeza por el fuerte golpe recibido y apoyarla sobre el hombro ajeno para sentarse a mirar la laguna, con un cigarro compartido y la botella de licor casero del montañés. Si, eso se sentía bien. William era el mejor, mejor que Swifty. Mejor que Pequeño Lou. Muchísimo mejor que Jeff, y otros varios raros que había conocido cuando finalmente había recuperado las fuerzas. William estaba bien, aunque tuviese ese carácter de querer alejar a todo el mundo.

Escucho el gruñido de su protector y luego lo escucho beber de la botella que tenía en su mano y ambos se quedaron mirando el lago. La carne seca era increíblemente blanda a pesar de que, justamente, se trataba de un alimento reseco que debía de ser duro de mascar ¿Cómo lo prepararían? Siempre se preguntaba qué clase de secretos guardaba la anciana matriarca de los Shafter en sus gruesos y pesados libros. Tal vez, un día, lograría que la anciana la tomara de pupila y le enseñara sus trucos de comida natural y de medicina con hierbas. Algún día.

Pero mientras ese día llegaba tenía que conformarse con aprender todo lo que podía del rubio que no quería enseñarle absolutamente nada porque la veía como una carga, y aunque fuera curioso, ella se sentía como una carga. Y con eso, hacían las paces y cuando quería aprendía lo que Will no quería explicarle y tenía que observar y tratar de adivinar por sus propios medios ¿Por qué daba pasos tan lentos? ¿Por qué olisqueaba los arboles? ¿Por qué solía escarbar la tierra para juntar un manojo y olerla? ¿Qué significaba el tener que poner la oreja contra el suelo? Sabía que el rubio decía una plegaria en Navajo, antes de matar a un animal ¿Pero que significaban? Descubrió, por sus propios medios, que el delgadísimo hombre más o menos agradecía por los recursos que su cuerpo le brindaba y le aseguraba de que su alma viajaría al coto de caza del Gran Lobo. Lo adivino porque siempre, siempre, una vez que terminaba de sacar toda la carne útil, los cuernos, la piel y las pezuñas, enterraban al animal y lo cubrían con flores. Cosas raras, que costaban comprender al principio, pero que luego tenían un intenso valor emocional.

Y entonces comenzó a tararear una canción que había escuchado. Mucho. Demasiado. Tanto que se le quedó grabada en la corteza de su huesudo cráneo y podía hasta tocarla en la guitarra que le había regalado Swifty en un vago intento de abrirle las piernas. Sonrió, Will le había dado un golpe en la cara que había roto su nariz para hacerlo huir de sus intentos con ella, y lo mejor era que había logrado conservar a guitarra y la desgracia del menor de los Shafter era tener que escuchar como la entonaba para el gusto del hijo mayor de Grant. —Oh amor, oh amor, ¿No lloverás sobre mi esta noche?—. Cantaba, palmeando su mano contra su pierna. —Oh monta, haciendo auto stop ¿No me llevaras más cerca de ti?—. Cerraba sus ojos, William no le dio su característico “toque de atención” lo cual significaba que tenía permitido seguir cantando.

Sin lugar a dudas, a pesar de la frustrada cacería, estaba significando un día de esos días que uno nunca quisiera que terminara. Hacía calor, el licor casero estaba fresco y agradable para beber. El flacucho tenía la hierba madura y perfecta para fumar y disfrutarla, ya que no daba esas subidas apresuradas que te impedían disfrutar de ir poco a poco. Sentía el calor en la piel desnuda de sus brazos y le picaba la cabeza por culpa del gorro caliente de lana que traía sobre su cabeza. William podía estar con su mejor cara de pocos amigos, claro, pero eso no significaba absolutamente nada porque a ella no le afectaría. Se acurruco contra el costado de su mentor y siguió mirando hacia la superficie del lago que brillaba con el sol de la tarde. —¿Crees que te puedas mantener callada mientras reviso las trampas para peces que deje en el agua?—. Escucho que pregunto, muy pero que muy lejos de donde se encontraban en ese momento. De alguna manera, imaginaba como hubiera sido conocer a William Alexander Shafter mientras su padre aun estuviese vivo ¿Lo conocería viéndolo tras los barrotes de un calabozo o el rubio hombre sería capaz de enderezar su camino lo suficiente como para ser policía?

Sonrió. —¿Crees que te puedas mantener sin gruñir mientras revisas las trampas para peces que dejaste en el agua?—. Siguió sonriendo en sueños, sintió un toque suave en la cabeza. Abrazo el huesudo cuerpo de su guardia y respiro profundamente. Por un momento sintió el intento de un cuerpo intentando liberarse de un agarre contra otro, pero al ver que no podía hacerlo, nuevamente muy lejos escucho un gruñido de molestia. Y eso volvió a hacerle sonreír, acomodarse, y sonreír. Era un día perfecto…

…la explosión que escucho le hizo sobresaltar y despertar severamente alterada. Nunca había sabido que tenía asma hasta que se despertó un día de ese último crudo invierno nuclear sin poder respirar bien y sintiendo el puño de los dioses aporrear su pecho. Despertó con sus ojos abiertos de par en par y mirando en la oscuridad, buscando ¿Qué? ¿Qué era lo que estaba buscando? Estaba desorientada, y la falta de aire estaba haciendo lo suyo también. Asustándola, desesperándola, poniéndola ansiosa y torpe.

Un cuerpo a su lado se movió lentamente, con una respiración forzada y unos movimientos tan despacio que por un momento creyó que era uno de ellos. Un mordedor, pero antes de volver a  espantarse y empeorar la situación en la que estaba metida por la falta de su inhalador logro pensar. Logro escuchar, respiraba, difícil y con mucho esfuerzo pero respiraba y tenía algo en la mano que estaba pegajosa y resbalosa. Tomo aquello, su inhalador, apretó el gatillo y sintió el alma regresarle al cuerpo y sus ojos fueron acostumbrándose a la poca luz poco a poco. Luego, cuando estuvo bien por completo, encendió la linterna de gasolina que tenía a un lado e ilumino el pequeño hueco que estaban usando de refugio. El hombre a su lado era un completo desastre.

Sara nunca lo había visto de esa forma y esperaba que no fuese la última vez que fuese a verlo, tanto tiempo a su lado, tantas veces que le había protegido ¿Cómo podían a los demás miembros del clan haberlo dejado a su suerte así sin más? Era inhumano, y ella había hecho muchas cosas en ese último tiempo para sobrevivir ¿Pero abandonarlo? Nunca, era algo impensable. Era… ¡Era como su padre, mierda! ¡Era su mejor amigo! ¡Le había enseñado, protegido, procurado alimento, abrigo! Y cuando su asma había comenzado, fue el primero en montar en su caballo y salir a recorrer la peligrosa carretera en busca de su medicación ¿Y pensaban que por unos cuantos gritos y golpes entraría en razón de abandonarlo?

Aunque le dolía todo el pequeño cuerpo, ella se quedó aguantando tercamente, sabía que no la matarían por que iba en contra de las reglas del clan. Grant había detenido la golpiza y dio la orden de marcharse y mientras nadie lo estaba viendo, le dejo una bolsa con suministros como para una semana o dos. Tenía que sobrevivir con eso, o morirían intentándolo. Reprimió un escalofrió al verlo a la luz de la lámpara, porque ahora el apodo si que le quedaba perfectamente bien. Ni siquiera en sus buenos tiempos había estado de esa forma, pero ahora…

Will el Huesudo, le llamaban. William Zombie, Alex Purohueso, Will el Flaco. Las bromas más recurrentes hacia el rubio eran sobre si había aumentado de peso o no, algún chiste sobre que se le notaba que comenzaba a tener tripa, o incluso que estaba fofo de los brazos y los muslos. Bromas irónicas sobre su aspecto esquelético que ahora más que nunca podía apreciársele. —Deberías dejarme…irte con Lou, o Swifty, o incluso con Jasper…—. Le puso los dedos en los labios y, tal cual le había enseñado la abuela Shafter, comenzó a cambiar los mugrosos vendajes sanguinolentos de su protector. Luego tendría que lavarlos, tenía suficiente agua como para hacerlo, recogió bastante de las últimas lluvias y la tenía bien hervida y purgada para usarla como para lavar vendas.

Sorbió por su nariz, le costaba contener las lágrimas cuando escuchaba a su “padrastro” hablarle de forma que parecía anunciar su pronta muerte. Había perdido a uno, no perdería a otro. —¿Qué? ¿Y perderme como te levantaras a cortar cabezas como Connor MacLeod? Ni lo pienses, gordito—. Saco vendajes limpios, los cuales empapo en licor casero y en la boca le metió un palo para que mordiese. Tenía que acomodarle los puntos, ponerle las hierbas curativas, apretar la piel con las vendas. Sentiría mucho dolor, pero había que hacerlo si no quería dejarlo morir.

Solo había pasado un año. Nada más que un maldito año. Solo un año y había logrado que William envejeciera tanto como si hubieran pasado diez o veinte. Barbudo, desaliñado, pelo sucio piojoso, tenía olor a sudor y manchas de tierra en el cuerpo que casi hacían que no se pudiera ver la blanca piel del montañés. Y solo había acabado de cumplir los treinta y un años de edad, pero parecía de cuarenta con esa figura.

Agradeció que le hubiese dolido tanto que se hubiese acabado quedando dormido. Escuchar los gritos contenidos que solía pegar cuando cambiaba las vendas o lo pringaba de hierbas o le limpiaba con licor era estresante. Agotador, muy cansador. Siempre acababa quedándose sin energía luego de la tarea. Que se hubiera quedado dormido fue una bendición del Gran Lobo, ya que pudo salir del pequeño refugio para lavar las vendas y al volver, sintió los azules y desquiciados ojos de su mentor mirándole desde el lecho, moribundo. —Sabía que una o dos balas no matarían a William Alexander Shafter, el hombre que tuvo una madre que le gustaba leer—. Bromeo, y rápidamente se limpió las lágrimas de los ojos. Escucho un gruñido, seguido de una tos agresiva y quejidos de dolor.

Ella se acercó lentamente a donde estaba el huesudo hombre y limpio la barba sucia de sangre del rostro ajeno con el cuenco de agua tibia. Le dio a beber algo de ese licor, y luego ella también bebió.—Teniendo en cuenta que no fueron una o dos balas, Sara…—. Pero volvió a ponerle en la boca la botella de licor. No quería recordar como el hijo de puta del comisario Patton le había disparado con la carabina de asalto a quemarropa. Era un milagro que de todos esos disparos, solo unos pocos hubiesen dado en tan delgada figura.

Necesitaba relajarse con algo, y mirando a su alrededor encontró el elemento exacto con el que se iría a relajar y trataría de hacerle a Will calmarle el dolor del cuerpo que sentía. Aún tenía algo de plomo dentro que no sabía cómo se lo quitaría, pero que en algún momento juntaría el valor y lo haría. Temía que se muriese mientras lo operaba, a pesar de que la abuela Shafter le enseñara como sacar balas y coser heridas, ella no se sentía preparada. Tomo la guitarra, acaricio las cuerdas, le sonrió al huesudo rubio moribundo. —¿Te molesta si toco algo? La abuela Shafter decía que la música ayuda a relajar tanto como las hierbas—. Sus manos tocaron algunas notas sin saber a dónde irían a llevarla. Tenía tanto miedo, tanto pero tanto miedo. Tenía pesadillas donde se acababa quedando sola en aquel mundo maldito.

Siguió tocando las notas con sus manos con mucha suavidad y entonces comenzó a cantar. Y a llorar, en silencio, como para no alterar el sueño del hombre en la cama. —El verano vino y se fue, el inocente nunca puede durar. Despiértame cuando termine Septiembre—. Era una mala canción para el momento, pero era lo único que su corazón le reclamaba para entonar y no sabía por qué razón lo hacía. Aunque debía de haber alguna, una que muy a flor de piel en su corazón sentía. Sorbió por la nariz, y siguió cantando. —Aquí viene la lluvia otra vez, cayendo de las estrellas. Empapando en mi dolor de nuevo, convirtiéndonos en lo que somos…—. Y, eso fue todo.

Los azules ojos surcados de venitas del hombre moribundo miraban a la muchacha llorar en su rincón abrazando la guitarra, su trofeo, con fuerza y por un momento pensó que la iría a romper. —Ven aquí—. La llamo como pudo, le costaba demasiado hablar debido a las hierbas y el alcohol que había consumido. Estrecho con su brazo sano el pequeño cuerpo de la adolescente y le dio un paternal beso en la cabeza, mientras intentaba consolarla para que dejara de llorar. —¿Por qué será que tú nunca te callas?—. Pregunto.

El agarre en su brazo le hizo gruñir de dolor, algo que ella le hizo soltar una sonrisa y le provoco hipo. Una sonrisa triste, pero al mismo tiempo alegre. —Lo hare—. Dijo entre hipo y sorbiendo por la nariz los mocos que le caían debido al llanto. —Pero prométeme que nunca me dejaras de gruñir, pa—. Reclamo la fugitiva adolescente a aquel que se habia convertido en su "Pa" y que tanto le había protegido desde que había llegado a Reacher Hill. Cerro sus ojos, siguió tarareando la misma canción, poco a poco el sueño se fue apoderando de ella y de alguna forma u otra, sentía que sería una buena noche después de todo.


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