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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Sayaka Bell, Will Shafter

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Heron Blue -[FB] Muerte de Marlon Braventos-

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Afueras de Brunswick - Florida

El calor era infernal. De hecho, podría decirse que si era exactamente por eso. Que alguien había abierto las puertas del infierno y que habían encendido unos enormes ventiladores que hacían nada más que escupir el ardiente aire de aquel pozo hacia fuera.

Cansados, los supervivientes no podían avanzar ni un solo paso más, llevaban corriendo prácticamente desde la noche anterior, cuando la horda llego. No era una horda normal, por supuesto, eran cientos. Miles de ellos. Quizás hasta millones. Los pocos valientes, mujeres y hombres, que aún se mantenían en pie a pesar del cansancio que en sus cuerpos comenzaba a hacer melladuras cada vez que mataban a una e las criaturas veían impotentes como cinco lo reemplazaban. No dejaban de venir. Y las balas y flechas y lanzas estaban comenzando a acabarse.

No eran muchos, eran un pequeño grupo reducido que estaban intentando sobrevivir en un mundo devastado por una enfermedad asesina que había salido de la maldita nada. En las caras de aquellos supervivientes parecían que repentinamente habían caído añares, muchos de ellos, ojerosos, demacrados, curtidos por los climas que habían pasado. Quemados algunos por el frio del invierno. Ennegrecidos por el ardiente calor del verano. Casi todos, sucios de polvo y tierra o sangre seca.

Hacía varios días que en ese grupo estaban comenzando a caer la depresión y pesadumbre del superviviente, hablando en voz baja, pensando en rendirse o simplemente entregarse. Antes, eran una cincuentena, pero poco a poco habían comenzado a morir. Todos sabían que era porque sus cerebros se desconectaban durante la noche, y muchos temían dormir por esa misma razón. No querían morir, ni siquiera los niños. Pero aquella mañana, la primera víctima joven había sido encontrada, Sussie había pasado de un sueño a otro plácidamente. En brazos de su madre.

Todos estaban devastados, pero probablemente ninguno más que el capitán Marlon Braventos. Un hombre que había pasado tiempos duros, pero que ninguno podía compararse con aquella época que estaban corriendo desde el comienzo del brote. Hombre de más de cincuenta años, viudo, y muy probablemente ya no le quedaran hijos con vida, siempre tenía palabras motivadoras para cualquier miembro del grupo que cada vez se reducía mas. Todos lo creían loco, ya que siempre decía lo mismo, que un día llegarían a la base militar y sus problemas se acabarían. Pero ese día nunca llegaba, y todas las bases que habían visitado parecían haber sido arrasadas y saqueadas por completo. Y a pesar de todo, el capitán Braventos seguía convencido fieramente en que lograrían encontrar una base en buen estado para asentarse.

Pero ese día, y sobre todo en aquellas circunstancias, definitivamente parecía que no llegaría en absoluto. Hasta que uno de los miembros del grupo lo vio, un rayo de esperanza, muy pequeño y que pretendía avanzar para iluminar a todos los otros. Un barco. Parecía que finalmente las plegarias del barbudo hombre habían sido escuchadas.

Pero que un barco estuviera abandonado en el puerto solo podía significar que no tenía gasolina, o que no tenía baterías, o que estaba descompuesto de alguna manera en la cual simplemente no pudieran lograr sacarlo del muelle. O simplemente lo habían dejado allí y los dueños nunca pudieron haber regresado para reclamarlo.

El último cargador se había acabado, y ahora quedaban no muchas mas flechas y lanzas, estaban desesperados contra miles de infectados. —¡Enciende el bote Roslyn! ¡Enciéndelo!—. Le gritaron todos a la muchacha que, según había contado, su padre había trabajado en la marina y que supuestamente le había enseñado como manera un trasto de esos.

En otro momento había sido una muchacha de figura increíble, podía notársele todavía que tuvo un momento en su vida que verle era un espectáculo para los ojos. Ahora, la que en otra vida había sido una modelo deslumbrante ahora era una jovencita flacucha, de cabello blanco, arrugas en los ojos, y con sus manos callosas y brazos llenos de moretones. Pero sobre todo, muy nerviosa e insegura, tanto así que cuando el barco no logro encenderse al primer intento y comenzó a hacer ruidos extraños comenzó a llorar de la desesperación y tuvieron que atajarla para que no se lanzara a las negras aguas.

Y mientras todos los supervivientes se subían al barco a intentar encontrar una forma de arreglarlo, los valientes combatientes continuaron conteniendo como podían a la horda que se les echaba encima sin piedad alguna. Uno solo de ellos podía no tener mal olor. Cien de ellos ya podían darte el aviso de la distancia a la que se encontraban. Pero miles de ellos, provocaban que el pútrido olor de la carne descomponiéndose en sus cuerpos hiciera llorar los ojos y de tener algo en el estómago, lo vomitarían.

Con sus débiles cuerpos apoyados contra la improvisada barricada, intentaron contener a los infectados mientras arreglaban el barco que lograría sacarlos de aquel problema en el que estaban metidos. Pero simplemente eran demasiados, y ellos estaban muy cansados, muy hambreados, no tenían posibilidad alguna de soportar más el enorme peso y pronto una cabeza sin carne ni cabellos y cubierta de gusanos logro colarse por un hueco y mordió en el hombro a una muchacha. Marlon vio aquello, impotente de poder hacer algo, y si hubiera tenido la fuerza que al comienzo de la epidemia tenía muy probablemente no hubiera dejado que la chica fuera arrastrada por el pequeño hueco por esas manos putrefactas. Los gritos de dolor de la pobre chica eran desgarradores, terribles, parecía que estaba sufriendo un dolor indescriptible en esos momentos y a pesar de todo podía notarse como peleaba por su vida mientras eran engullida viva por esos criaturas carnívoras.

Entonces, el sonido del motor encendiéndose en la embarcación, les hizo apenas voltear la cabeza para mirar hacia atrás. Era un barco lento, pero seguro, firme, y funcional sobre todo. Roslyn estaba siendo contenida todavía, pero al menos habían logrado arrancar el barco. Podían escapar, aunque…

La horda volvió a capturar a otro de los muchachos que habían estado combatiendo durante toda la noche, el muchacho había comenzado a arrojar bombas caseras y las explosiones apenas y lograban su cometido de frenarlos. Pero el chico fue atrapado y arrastrado como si una masa de carne hambrienta fuera y ahora sus gritos se acoplaban a los de la otra chica. Y el bote estaba tardando demasiado en poder salir del puerto… —Luis, dame el bolso con bombas de CJ. Ayúdales a que ese barco se vaya y diles que pongan dirección hacia Sumter—.

Era el mas viejo del grupo, ya había vivido demasiado tiempo, incluso demás desde que la epidemia había comenzado. Solo quería irse con su esposa… El hondureño parecía inseguro de aquello, se negaba a dejar a Marlon. Por otro lado, estaba resultándole muy difícil sostener la barrera. Y sobre todas las cosas, era joven. —Luis, es una orden. Vete, sobrevive a esto, tu les serás de utilidad. Eres más útil que yo, sabes trabajar la tierra, yo solo se jalar un gatillo ¡Dame el bolso de CJ y vete! ¡Vete!—. Otra cabeza se asomó por otro hoyo. La barrera comenzaba a ceder. Marlon clavo un largo machete partiéndola a la mitad y luego saco el revolver de su funda. Solo le quedaba una bala, y apunto el cañón hacia el extranjero. —¡Que te vayas, maldito inmigrante espala mojada! ¡Vete o juro que te disparare!—. Y aquello, por suerte, fueron palabras suficientes para lograr que el joven de Honduras dejara al capitán Braventos sosteniendo la barrera.

Como era de esperarse, la barricada no aguanto mucho más en pie, pero Marlon ya estaba esperándoles con las bombas encendidas y las iba lanzando para atraer la atención de la horda. Las criaturas parecieron encontrar mucho más interesante y probablemente apetitoso al viejo soldado y se olvidaron del barco lleno de personas cansadas que poco a poco comenzaba a abandonar el puerto. —¡La cena está servida! ¡Vengan a comer, sacos de gusanos putrefactos!—. Eran demasiados, miles de ellos, pero el barco comenzaba a irse y todos estaban a salvo. Los muertos no los estaban siguiendo, aquello era bueno. —¡Ustedes y yo vamos a tener una charla!—. Volvió a desenfundar el machete oxidado y comenzó a repartir golpes. Puñetazos y patadas, clavaba el filo exagerado de la herramienta en una cabeza y apartaba el cadáver de una patada.

Pero entonces, sintió los dientes enterrándose en la poca carne que le quedaba en el brazo. No grito, Pero si se lo saco de encima como pudo y le enterró el trozo de acero en el cráneo. No se iría sin dar una buena pelea, eso estaba claro. —¡Vamos! ¡Vengan por mí!—. El barco se alejaba. Ya no estaba al alcance de las manos descarnadas. Esperaba que le hubieran escuchado y pusieran rumbo hacia Sumter, la base militar en la que podrían asentarse finalmente una vez lograran reponerse y descansar de aquellos días de escape.

Luego, sintió más dientes enterrándose en su cuerpo. Ya ni siquiera tenía fuerzas para quitárselos de encima, simplemente dejaban que le mordieran y le arrancaran la piel mientras seguía repartiendo golpes como fuese que podía. Cuando sintió que los dientes comenzaban a desgarrar su pecho, que se quedaban clavados como si fueran clavos oxidados y mellados, Marlon vio no muy lejos a unas figuras que claramente el conocía. Y les sonrió, agradecido por que fueran a verlo. No estaba seguro de cómo, pero de repente giro medio cuerpo y vio a la horda abalanzándose sobre un cuerpo fresco. El, por otra parte, volvía a llevar su uniforme de oficial militar impecable, con sus medallas relucientes. —Perdona por llegar tarde, querida—. Pero su esposa solo sonrió, tomándolo por el brazo, y llevándolo hacia una brillante luz donde sonaba la canción con la cual habían bailado la primera vez en la graduación. Y todo se reducía a ese momento, la sonrisa de su esposa, la música, ya nada más importaba. Finalmente, se había terminado, todo había llegado a su fin y el nuevamente estaba al lado de quien nunca tendría que haberse separado.

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