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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Agent 4.0, Dante De Witt

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Looking for a way. || Phoenix - Sigismund

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Looking for a way.
Norte de Atlanta — 10.08.2015 — Despejado y caluroso — En la mañana.
Hacía unos días tuvieron la fortuna de encontrar una casa rodante que los movió varios kilómetros hacia el norte. Naturalmente, el vehículo se quedó sin gasolina y tampoco había recursos en la zona para hacerlo andar. Buscaron en los alrededores toda la tarde del día anterior pero ninguno logró obtener gasolina de los autos. Joseph creía que era más falta de experiencia que falta de gasolina en los autos de la zona. Tras dormir y recomponer fuerzas, salió nuevamente para volver a intentarlo.

El único inconveniente del hombre era, como se solía relatar en la literatura antigua, su mujer. Tras encontrar unos patines de línea en el pueblo anterior no dejaba de insistir en que debían tener una actividad juntos que les despejara la mente. Ocurrencia sumamente inútil para el inglés. Aún así no se creía capaz de negar la propuesta, más sí de reprochar.

Phoenix. Ya te he mencionado que ésto es sumamente ridículo. ¡Es perder el tiempo!— Aún así se colocó los patines. Le quedaban ligeramente ajustados. Creo que mis niveles de dopamina, norepinefrina y serotonina son demasiado altos. Pensó ya que no era capaz de hacer que su cuerpo hiciera algo más lógico. No se juzgaba a sí mismo, aunque tendría que plantearse sus propias actitudes luego cuando tuviera un tiempo a solas. —Esto ni siquiera me queda.— Mostró que no podía cerrar los cordones. Aún así se puso de pié. Había andado en patines hacía años con la misma mujer, en teoría sabía cómo andar pero las circunstancias eran diferentes. Tampoco es que sea como andar en bicicleta. Con 1'83 metros era difícil mantener el equilibrio.

El suelo era de asfalto. Una ruta en medio de una zona con mucha vegetación que creció aleatoriamente tras el apocalipsis. El matrimonio, pese a parecer despreocupados, mantenían las armas consigo. Y más alertas de lo que parecían.

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El día había comenzado bien para la asiática. El sol bañaba el paisaje. Se encontraba optimista. Más por el hecho de estar acompañada, se sentía afortunada de haber hallado a Joseph.

Al despertar imaginó volver a hacer actividades entretenidas con él, como antes de que el mundo se desplomara. Recordaba los buenos momentos del pasado y quería generar nuevos recuerdos. Buenos recuerdos en la adversidad. Era consciente que su idea había sido un disparate desde el principio, pero a veces los disparates podían hacer que los lazos sean más estrechos.

Me prometiste que lo harías.

Sonreía radiante. Se pavoneaba con los patines puestos en el asfalto. Hacía círculos, iba hacia atrás. Desde niña sabía usar patines, de cualquier clase. Eran patines en línea en éste caso.

¡Te quedan! ¡Deja de mentir!

Se acercó a su esposo para tomarlo de la mano. No lo veía estable. Tampoco quería que cayera y se rompiera un hueso.

Debes andar con confianza, sino te caerás. Yo no podré sostenerte, lo sabes. ¿Ya olvidaste cómo era?

Fingía enfado, pero en realidad comprendía que no pudiera recordar cómo andar con esos artefactos en los pies.

Tras unos minutos de diversión, guardó silencio. Algo se había movido entre los arbustos. En su cintura se encontraba el kukri y lo tomó con firmeza, sin sacarlo aún del cinturón. Con una seña pidió a Joseph que se quedara quieto o que mantuviera el equilibrio, que hiciera silencio.

Era algo grande lo que se había movido. No podía ser humano. Por un instante creyó haberlo visto, pero se le había escapado.

¿Viste lo mismo que yo? — Susurró. — Era una sombra de más de dos metros, tal vez tres. Y se esfumó. Dime que tú lo viste.

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Llevaba días viajando. Por suerte hallo en un rancho en Pennsilvania, un corcel, el pobre se hallaba famélico pero tras dos días de buen trato y alimentación, el equino recupero un aspecto adecuado para viajar y cargar con su peso. Pasaron varios días juntos, evitaba sobrecargar al equino caminando durante algunas docenas de kilómetros. También evitaba lo que el denominaba Hordas; grupos superiores a veinte caminantes. No se le paso descubrir que se hallaba en los territorios que correspondían al estado federal de Georgia, apodado como El estado del melocotón.

Sigismund escucho aquella mañana risas y sonido de algo deslizándose por el suelo. Por ello con la curiosidad de saber que era aquello pero su espada europea en mano, comenzó a acercarse a la zona. Finalmente se asomo mostrándose ante una pareja de una mujer asiática y un hombre de mediana edad. Observo como ella mantenía su mano agarrando un cuchillo kukri, aquel cuchillo le recordó a los combatientes Gurkha que el Ejercito Británico poseía. Conoció a algunos y eran honorables y parecían demonios combatiendo, espero que aquella asiática no tuviese nada que ver con los Gurkhas excepto su arma blanca. -No busco problemas... escuche ruidos y tenia curiosidad.- Dijo sin desenvainar la espada pero sin soltar la empuñadura. Lógicamente ellos tenían la ventaja numérica.

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Maldecía en su interior por estar haciendo tal cosa. La sonrisa en su rostro aún así era genuina, como su diversión y la alegría de ver que su esposa se divertía. Disfrutaba el momento. Aún así los riesgos de la vida actual lo mantenían tenso. Se sostuvo del hombro de Phoenix hasta que ella se alejó con el arma en mano. La preocupación se apoderó de sus nervios. Atendió a los arbustos, viendo hacia arriba, tres metros como lo describió. No había nada allí.

No logro ver...— Calló porque un hombre salió de entre los arbustos. La diversión había terminado tan pronto como comenzó. No se mantendría sobre esos patines en línea más tiempo. Se acercó a Phoenix para mantenerse aún en pié, se sostuvo del hombro de su mujer nuevamente. Traía el puño de acero en el bolsillo, más al analizar rápidamente al hombre creyó que no era apropiado enfrentarse. Ni siquiera se atrevió a atinar a hacer algo amenazante. Al menos no sin un motivo. No era capaz conociendo las habilidades que él mismo poseía, y las de ella. Al oírlo hablar notó su acento natal. Por inercia pensó que tal vez sería un hombre civilizado.

No hace falta exponer las armas.— Presionó ligeramente el hombro de Phoenix, haciendo referencia a que ella tampoco debería mantener el kukri en alto. Notaba la tensión de los pequeños músculos de su esposa. No quería un enfrentamiento bajo ningún concepto. —Eramos nosotros. Los del ruido. Aquí mi esposa y yo creímos apropiado olvidar los males del mundo y despejar la mente. Por qué no también entrenar el cuerpo. Distenderse es peligroso pero necesario en éstos días. Aprovechar también que el día tiene buen clima.— Se aferró más a su esposa, ésta vez con ambas manos. Intentaba mantenerse de pié, firme, mantener la compostura, pero el calzado con ruedas hacía que el sólo mantenerse parado resultara complicado. —Modales los míos. Lo siento. Señor y Señora Crowborough. A su servicio. ¿Necesita ayuda? Tal vez, comida para su... corcel.— Se le dilataron las pupilas al ver el enorme animal. Hacía tiempo no comía carne. No pasaba hambre, sólo que deseaba comer carne. Desvió la vista hacia Phoenix.

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Dejó de ver hacia arriba, buscando algo que seguramente había sido su imaginación. Aún así no creyó estar tan errada. Un hombre de edad pero muy bien conservado se presentó, con un caballo. No bajó su arma sino hasta que Joseph se lo indicó. Se mantuvo firme ya que, por la fuerza con la que sentía que él la sujetaba, creía que estaba intentando no caer más que otra cosa.

Se mantuvo en silencio, observando al hombre con una expresión neutra. No quería verlo de mala manera por si éste sacaba un arma de fuego y comenzaba a disparar a quemarropa. Podían pasar infinidad de escenarios posibles.

Si hubiera sido por ella, no hubiera habido presentación. No tuvo más remedio que alzar la mano al ser mencionada. Observó de reojo a Joseph. Sabía que no se había encontrado con nadie antes de manera espontánea y temía que éste cometiera el error de confiar más de lo que debía en las personas. Ese hombre, por más anciano que se viera, podría ser una gran amenaza para ambos.

Abrazó a Joseph de la cintura. Introdujo su mano izquierda en el bolsillo del hombre y rebuscó hasta encontrar el puño de acero. Algo que invadía la privacidad de su esposo pero no se iba a quedar sin algo con qué defenderse.

Cariño, no creo que tengamos algo para alimentar a un caballo. Con suerte tenemos para comer nosotros. Pero si tiene alguna herida, puedo curarlo.

Un gruñido resonó entre la maleza. Parecía estar cerca pero no se veía nada entre los arbustos. Aún así algo se movía. Y un hedor a putrefacción comenzaba a colarse en el ambiente pese a estar al aire libre. Algo no iba bien y no era el encuentro entre desconocidos.

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Escucho a la pareja notando como mientras que el hombre mostraba llevar el camino diplomatico y pacifista, ella en cambio por su mirada noto que se hallaba alerta, pero lo que le hizo estar atento, eran los ojos del Señor Crowborough que dirigia hacia su montura, el cual observaba con cierto toque al corcel, un toque que conocia bien. Era el de alguien que deseaba comer algo que acababa de ver. -Tranquilos Señor y Señora Crowborough... Ambos nos hallamos sanos y ilesos. Me llamo Sigismund Van Der Arnheim, Ex-General del Ejercito de Su Majestad- Se presento antes de escuchar un ruido similar a un gruñido, sus fosas nasales pronto olieron la putrefaccion y el olor del peligro aproximandose hizo que el corcel pronto comenzara a ponerse nervioso cosa que Sigismund trato de calmar mientras desenvainaba la espada observando a la espesura del bosque. -Algo se acerca... y debe de ser grande...- Dijo con seriedad.

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El abrazo de su esposa le resultó extraño, no era algo propio de ella. Mucho menos el meterle la mano en el bolsillo del pantalón. Frunció los labios por el movimiento que hacía al ponerse la manopla. La situación comenzaba a ponerlo más incómodo de lo que ya estaba. Encontrar un coterráneo no le resultaba grato, por algo estaba en los Estados Unidos. Y el mote "cariño" lo tenía sólo en público. Phoenix parecía volver a comportarse como en los cócteles, manteniendo las apariencias. Tendría que averiguar por qué.

La barriga ya le rugía. Al oír el sonido ambiente supuso por un instante que ese era el ruido de sus tripas. El hedor no se correspondía con su cuerpo, por fortuna. Tampoco el gruñido o sonido de animal salvaje. Con cuidado se alejó de ella. Lo ideal si se tenían que enfrentar a una lucha sería quitarse el calzado con ruedas. Algo que lo tendría en total desventaja. Inhaló profundamente mientras se agachaba para comenzar a desatar los patines. Quería saber exactamente de qué estaba compuesto ese aroma. Podía descartar la putrefacción natural de los muertos infectados, había algo más apestoso que eso.

No se acerca. Está aquí y nos asecha. Viene de su lado, General Van Der Arnheim.— Aún no estaba logrando quitarse los patines. —Dame una mano con esto.— Solicitó a Phoenix. Parecía que sus pies habían encastrado a tanta presión en los patines que no había forma indolora de quitárselos. Para colmo, los calcetines eran muy finos. Podía percibir que se habían roto dentro. Incluso, sus dedos ya comenzaban a doler. —Sigue ahí, aunque no lo escuchemos.— Conocía la gran variedad de mutaciones que Umbrella barajaba, muchas estaban libres como nueva fauna del país, incluso flora había. Por su mente pasaban todas las mutaciones. Con tan poca información no podía detectar cuál era. —General Van Der Arnheim, no lo recuerdo de la televisión ni de fotografías.— La mente de Joseph es como muchos televisores sintonizados en canales diferentes, pudiendo prestar atención a todos por igual. Por un lado se encontraba la detección del espécimen que los acechaba. Por el otro había filmaciones y fotografías de La Reina Isabel II del Reino Unido. Intentaba cotejar el rostro del hombre que tenía en frente con el de algunos de los Generales vistos anteriormente.

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Grande y putrefacto.

El asqueroso hedor llegó a la boca del estómago de la asiática. Sintió náuseas por un momento, pero logró contener el profundo asco. Había olido cosas horribles. De hecho, su profesión se lo exigía. Pero ésto era desconocido y horrible.

Parece que nos acecha una nube de mierda. Seguramente lo sea.

El acento del matrimonio contrastaba de sobremanera, al menos de momento. Phoenix era de Alaska y allí el hablar era firme, modulado y suave. Tal vez por el miedo a los aludes, las cosas se decían una sola vez de forma clara pero sin que sea tan fuerte por las dudas.

Prestó ayuda a Joseph. Intentó quitarle los patines, pero sin éxito. Continuó intentando pero parecía imposible. No comprendía entonces cómo es que sus pies habían entrado, no tenía ningún sentido. A menos que se le hayan hinchado del ejercicio. Cosa que, si lo pensaba bien, era probable.

¡Qué no puedo! Sabes usarlos. Mejor ve por... Deja que yo lo hago mejor.

Entregó el kukri a su esposo y patinó hacia la casa rodante. Tomó su ballesta y las flechas. Se sacó los patines y quedó descalza. Un gato negro surgió de debajo del vehículo. Observó con desaprobación a todos y se sentó con firmeza, como si esperara una explicación. Era el gato de Phoenix, Salem. No traía ninguna clase de identificación. Con la ballesta en mano y una flecha lista para ser disparada, volvió con ambos hombres.

Los sonidos eran ligeramente envolventes. Se oían caminantes comunes. Pero a la vez estaba esa misteriosa criatura.

Un rugido vibró en el ambiente y una criatura de más de dos metros se hizo presente. Tenía piel de reptil, los hombros anchos, cuatro enormes garras en cada mano, tres en los pies. Estaba erguido y con los ojos rojos viendo a la asiática. El monstruo gruñó, mostrando el interior de su boca y los enormes colmillos. El felino sopló y se erizó. Phoenix gritó del susto. Y pese a eso se atrevió disparar.

El virote quedó clavado en el pié izquierdo de la horrible criatura. Ésta rugió y se mostró, de ser posible, más enfurecida que antes. Corrió hacia la mujer. Y Phoenix corrió en sentido contrario, cargando su ballesta nuevamente.

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-Preferiría un bombardeo de morteros antes que este olor.- Comento sacando el militar que ya ni temía al fuego de artillería ligera que eran los morteros. Entonces el Sr. hizo una pregunta respecto a su cara publica. -Pertenezco... Pertenecia al Cuerpo de Marines de Su Majestad, mis ultimos destinos fueron mandos demasiado tranquilos en mi opinion y sin gloria... aunque si recuerda el conflicto del Atlántico Sur, fui parte de las unidades destinadas en aquel frente.- Comento haciendo referencia a la guerra de las Malvinas que fue un enfrentamiento bélico entre la Argentina y el Reino Unido.

Pronto sus ojos siguieron a la Señora hasta su vehículo para verse como surgía una bestia mutante medio reptil y bípeda del bosque. Rápidamente, Sigismund alejo a su corcel, el animal era listo y sabría alejarse de los No-Muertos y obedecerlo cuando el lo llamase. Sigismund observo analizando al mutante como la señora disparaba un virote que pareció cabrear a la bestia mutante. Por lo que fue dispuesto a tratar de dañar a la bestia en las piernas y así eliminar su velocidad casi humana, si iba lento, la Señora Crowborough podría ofrecer fuego de soporte.

Con una velocidad calmada ataco la pierna izquierda del Farfarello tratando de herirlo de gravedad o almenos causarle una herida molesta. -Trata de ralentizar- Exclame tratando de aconsejar una forma de lograr una ventaja frente aquella criatura y poder vencerla o retirarse en caso de ser desfavorable el combate a futuro. Pero el corte fue leve, fue como si cortase la linea de escamas pero sin penetrar la piel, una leve herida. Pudo observar como la criatura se giraba molesta con Sigismund y abandono su persecucion de la asiatica a favor del veterano, el cual comenzo a correr tratando de poner distancia entre la criatura y el.


Lanzo Dado Desafíos
Aciertas: Causo una herida grave en la pierna de la criatura que produce que vaya lento.
Pierdes: Herida leve, sigue con su velocidad actual pero abandona a Phoenix y va a por Sigismund.

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El miembro 'Sigismund Van Der Arnheim' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'Desafíos' :

Resultados :

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Los patines en línea se habían estancado y no había nada rápido que pudiera hacer al respecto más que adaptarse a la situación. Cambiando mentalmente de tema, continuó repasando imágenes de Generales o personas similares hasta que llegó a una que parecía encajar con las facciones del hombre. Sólo que desconocía los hechos históricos de su país, porque sencillamente no le interesaba. Súbitamente repitió la palabra "mierda" que dijo Phoenix. No es lo que yo huelo, pensó e inhaló de nuevo. El Síndrome de Asperger hacía que fuera muy literal.

El kukri, ahora en su mano, era un arma inútil. La única arma útil que podía utilizar era una bomba de proximidad que había encontrado hacía un tiempo en una de sus expediciones. Lo que conllevaba un riesgo para todos los presentes, él incluido. Sin mencionar que sería sumamente ruidoso y atraería la atención de todo lo que estuviera cerca.

Esa mutación no es posible.— Umbrella no había creado a ese espécimen. De ser así lo sabría. Tenía acceso a todos los archivos. Eso o le habían ocultado proyectos. Era una criatura magnífica. Lamentaba la lucha que se avecinaba. Él jamás hubiera permitido que dicho ser fuera silvestre. Tampoco estaba de acuerdo con la extinción de la raza humana, al menos no de ese modo. —¡Ey! ¡Eeeey!— Intentó llamar la atención de la enorme criatura. Vio cómo su esposa atacaba con éxito al mutante. Se aproximó rápidamente para atacar pero el General se había adelantado. —¿Estás bien?— Llegó donde Phoenix. —Ésto no morirá fácil.— Fue hacia Van Der Arnheim. Con el kukri intentó tener suerte de principiante. Atacó a la criatura por la espalda, intentando sólo hacerle un corte limpio y lo más profundo posible. Tener los patines en línea no lo ayudaba a sentirse con suerte. Más cuando la suerte era algo inexistente para Joseph hasta haberse encontrado con Phoenix. Desde ese momento todo le había resultado surrealista. Por éste motivo se animó a prestar ayuda al hombre desconocido y atacar a la criatura mutante.

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El miembro 'Joseph M. Crowborough' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'Desafíos' :

Resultados :

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Corrió hasta impactar contra Joseph. No lo había visto acercarse. Estaba alterada. Tenía que calmarse, de lo contrario podría llegar a disparar un virote al objetivo incorrecto. Inhaló profundamente y luego exhaló. Mantuvo un trote ligero, quería alejarse del enorme monstruo que le daría pesadillas en la noche.

Estoy bien. Estoy... ¡Tenemos que matar esa cosa!

No daba crédito a la gran hazaña del señor desconocido. Jamás había visto luchar a alguien con espadas. No en el contexto de supervivencia al menos.

No, aguarda, ¿qué haces? ¡NO!

Su esposo se veía dispuesto a luchar con la abominable criatura. Un hombre de ciencia y sin entrenamiento tomando las armas no era una buena idea.

Entonces te cubro. — Murmuró resignada.

Disparó cuatro veces a al monstruo. Esperando que sus nervios no intervinieran en su puntería. Disparo cuatro veces con la ballesta. La primera dio en la rodilla izquierda, la segunda voló hacia el infinito, desapareciendo. Luego dio en la rodilla derecha y la mano izquierda.

¡Dale de nuevo! — Gritó al desconocido, pidiendo que atacara.

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Sigismund vio tras correr unas cuantas docenas de metros, como el hombre, se lanzaba atacando a la criatura con el kukri. Lanzo una maldición ante la estupidez del hombre, el arma era demasiado corta para semejante criatura. Por ello fue corriendo notando ya el cansancio del ejercicio producido. -Ataca por detrás.- Ordeno al Hombre mientras llamaba la atención atacando a la criatura en las piernas esperando causarle daños notables con suerte. Pero la capa de escamas era demasiado gruesa para penetrarla con su espada. Por ello vio como saltaban algunas frente al corte de la espada pero no sangraba. -Me cago en tu puta madre, bicho del infierno.- Maldijo viendo como esta criatura volvía a centrar su atención en el distrayéndose de atacar al Crowborough.

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El miembro 'Sigismund Van Der Arnheim' ha efectuado la acción siguiente: Lanzada de dados


'Desafíos' :

Resultados :

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Dedicó un gesto ligeramente hostil cuando el General le dijo que fuera a atacar la espalda del espécimen. No le gustaban las sugerencias de los desconocidos. Tampoco de los conocidos, especialmente de su madre. Eso era otra historia.

Cortó la espalda del enorme reptil. Tropezó con el impacto y cayó al suelo. Rodó en dirección contraria intentando alejarse de las colosales patas traseras. Se le zafó el kukri de las manos. Éste quedó en el suelo, cerca de del animal. Desde el suelo vio los impresionantes disparos de su esposa. Tenía una excelente puntería, debía aceptarlo. Por un momento deseó tener una habilidad de defensa o supervivencia y lucha como ella tenía. Eso le recordó que sí era bueno en algo: con explosivos. Tardó en incorporarse. Llegó lo más rápido posible a la casa rodante y tomó una granada de fragmentación.

Tengo una granada y la usaré.— Advirtió hablando lo más fuerte que pudo, intentando dar aviso a Phoenix y al General que haría algo extremo. —Cuando me digan intentaré poner la granada en su hocico.— No sabía cómo es que haría tal cosa. Temía que si ésta explotaba cerca, no fuera suficiente para matarlo. Aparte, todos tendrían que tener cuidado con la explosión.

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Levántate. ¡Con un demonio!

Su día había comenzado bien. Y ahora estaba luchando con un monstruo que se quería comer al único familiar con vida que tenía. El humor de Phoenix estaba comenzando a oler tan mal como el hedor de la bestia.

Los hombres estaban más cerca del monstruo. La mujer, en cambio, se mantenía muy alejada, a una distancia óptima para disparar con su ballesta. Así lo hizo. Seis veces más, intentando disparar cuando ninguno de ellos se interpusiera en el camino del virote. Ésta vez, Phoenix apuntó a la cabeza y el pecho.

¡Aléjense! ¡Quédense quietos!

Era un mensaje contradictorio. ¿Quería que se apartaran o que se quedaran allí? Quería que no se interpusieran entre los virotes y la horrible cosa. Había logrado atinar sólo dos veces, pero el resultado era exitoso.

Un virote dio en el ojo de la bestia, haciendo que ésta rugiera de furia y se mostrara confundida. El otro virote dio en el pecho y se mantenía clavado, estaba muy profundo.

Alrededor ya se oían a los caminantes de la zona que se acercaban a ver de qué se trataba tanto alboroto. No sabía si seguir luchando o oír.

¡No te acercarás al hocico! ¡NO LO CONSIENTO! ¡Que lo haga el anciano!

Phoenix hervía del enojo por toda la situación. También temía morir. Por lo que su delicadeza ya no estaba presente. Si es que alguna vez fue sutil.

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Escucho con claridad lo que dijo el hombre Crowborough. El bastardo tenia una granada y iba a usarla. Por ello aprovecho el momento en que la bestia fue mutilada quedando tuerta para pasar a su lado cortando le un buen cacho de la pierna pero sin cortársela del todo, pero lo bastante para que su velocidad se viera altamente reducida, iba arrastrando la pierna pero aun así su velocidad era inexorable.

Fue corriendo hasta el Crowborough y con un rápido y casi brusco. -Dame la Granada, Joder- Se la arrebato de las manos y con apenas unos segundos de calculo de lanzamiento, lanzo la granada tras arrebatar la anilla y activar la cuenta atrás. La granada voló pero se quedo corta tocando el suelo y botando por el suelo para finalmente rodar, pero estaba calculado pues la bestia siguió el camino posicionándose literalmente encima de la granada cuando esta hizo explosión.

-Cuidado.- Agarro con la brusquedad típica de sus años como suboficial en mitad de un combate, para obligar a agacharse al Crowborough y taparse los oídos. La cercanía de la explosión podía causar lesiones auditivas de no estar bien protegido y/o preparado. La bestia se había transformado en un amasijo de carne, sangre y hueso despedazado, de cintura hacia arriba, de cintura hacia abajo ya ni hablamos. -Todos bien ?- Pregunto separándose del Crowborough para observar la posición de la asiática. -El Anciano, no es tan anciano como crees. Señora Crowborough- Dijo en referencia a que aun podía dar guerra y ser imprescindible en un grupo de supervivientes.

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No llegó a entregar la granada cuando ya no la tenía entre manos. Por un ligero instante pensó en oponer resistencia pero el instinto de supervivencia lo obligó a no contradecir a su esposa. A todo esto aún tenía problemas para mantenerse de pie y andar con los patines. Jamás los usaría de nuevo, al menos por mucho tiempo. Ni bien vio que el hombre quitó la argolla de la granada, emprendió rápidamente una huida de la zona, confiando en que Phoenix haría lo mismo. Corrió y se agachó cuando se lo indicaron. También sabía en qué momento explotaría, conocía muy bien el sistema de las granadas de fragmentación. Por eso, ni bien percibió que ya no había peligro, se incorporó.

Cubrió sus oídos en el momento adecuado, aún así oía un pitido agudo y molesto. Abrió y cerró la boca un par de veces intentando que sus tímpanos volvieran a funcionar naturalmente. No creía haber perdido su audición. Buscó con la mirada a Phoenix. El General hablaba.

¿Cómo dice? ¿La ve?— No oyó lo que el hombre dijo, sólo lo vio modular. Pudo suponer al leer los labios que hacía referencia a algo que ella había dicho, aunque no comprendió completamente. Joseph estaba aturdido. Más al no encontrar a Phoenix comenzó a preocuparse. El miedo entró en él. Corrió hacia el lugar donde la vio por última vez, pasando cerca de la masa amorfa de sangre y tripas.

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Todo pasó muy rápido. Le fue difícil pensar sus acciones. Vio cómo el hombre mayor de pronto no sólo lastimaba más a la bestia sino que le aventaba la granada que, supuso, era de Joseph.

Corrió a toda velocidad, tanto como sus piernas cortas se lo permitieron. Al sentir el impacto se adentró en la maleza. Cuerpo a tierra aún continuó alejándose. Sabía que su esposo estaría bien. O al menos eso quería creer. Llovió por un instante gotas rojas de la sangre del monstruo. Incluso algún vestigio de tejido se había esparcido por la zona donde se había ocultado.

Aguardó un instante allí, cargando su ballesta nuevamente por si era necesario. Se sintió aturdida, aunque la explosión había sido bastante lejos de ella. Era veloz para correr, más para ocultarse.

Salió lentamente de entre las hiervas. Vio a Joseph con la cara desorbitada. Y ya había escuchado lo que el hombre recién presentado había dicho.

Vamos, eres anciano. No he dicho que no puedas ser bueno luchando. — Se excusó, pero no lo había hecho cien por ciento en serio.

Trotó para ir hacia su esposo. Le notó la cara de preocupación. Ya no había monstruo al cual temerle.

Se acercan los occisos. Tentemos que alejarnos de alguna forma. Sigismund, necesitamos gasolina. También pretendíamos cazar luego de dispersar la mente, como te dijo él.

Dos caminantes surgieron de entre las sombras de los arbustos. El ruido había llamado la atención de todo ser infectado a kilómetros a la redonda.

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