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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Maximillian V. Alexandros

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Exactly whom I'm supposed to be. [Privado]

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Exactly whom I'm supposed to be.
Georgia — 04.08.2015 — Despejado y caluroso — Tarde
La cabaña se encontraba en condiciones de ser habitada. Las paredes se mantenían sólidas al igual que el techo. El sistema de cañerías era inútil pero había un lago a 10 minutos donde se podía ir a recoger agua en el momento en cuanto se necesite. Consistía de una sala de estar con dos sofás, una cocina con comedor aparte, dos habitaciones, una biblioteca y dos baños. Pese a que era un sitio completo, los ambientes eran estrechos. La mayoría de los vidrios de las ventanas se mantenían en su lugar.

Phoenix había salido el día anterior con el propósito de tener un momento de introspección. Christel se había quedado pero hacía algunas horas que no la tenía a la vista, había ido a ver si había alimañas o sabandijas en las trampas. Salem se había retirado con Phoenix. Y Joseph se encontraba nuevamente solo para continuar ideando métodos de supervivencia sedentaria.

Desde el primer día trazó un perímetro el cual pudiera llamar su zona segura, su propiedad, su hogar. Dejó que las mujeres se encarguen de la cabaña mientras él veía el exterior. Marcó con ramas los límites de la zona y exploró cada lugar para poder generar un plano mental. Al examinar la tierra dedujo que podría ser fértil con algo de trabajo. Luego, tenía una lista de artículos necesarios para realizar un vallado sutil contra los vivos. Respecto a los muertos, todos los días se encargaba de tomar uno o dos caminantes, quitarles las vísceras y refregaras en el suelo y los árboles correspondientes para mantener invisible la zona. Ya luego haría trampas para que no se acerquen, pero para eso necesitaba muchos elementos que no tenía.

Según la sombra en el suelo, ya irían a ser 18 horas desde la partida de Phoenix y Salem, y unas 4 horas desde la última vez que vio a Christel. Y ya había realizado todas las tareas que tenía pensadas para el día. También dedujo que podrían ser las las cuatro de la tarde, hora del té según sus costumbres pero lujo que no podía darse en ese momento.

Decidió entrar en la cabaña, asearse y ponerse la camisa gris Ralph Lauren, el jean Paul Smith y las zapatillas Diemme que su esposa le había traído en la última expedición. Creyó apropiado ponerse también la fragancia Christian Dior. Tendría que hablar con ella respecto a las viejas costumbres que sería mejor dejar atrás para evitar riesgos innecesarios. Pero aún así no podía dejar de apreciar el presente que lo hacía sentirse civilizado de nuevo.

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Una agradable brisa golpeo el rostro de Daniel quien caminaba acompañado de Phoenix por un sendero, sobresalían varios arbustos y arboles, era una zona relativamente fresca quizá en algunas épocas pero ese día estaba sumamente caluroso, cosa que Daniel odiaba, pero  a lo que ya estaba muy acostumbrado, el cielo se pintaba con un azul intenso y unas pocas nubes adornaban el paisaje, realmente estaba hacía un buen tiempo, eso era lo positivo, a pesar de abrasante calor del momento. Se notaba un poco pensativo y quizá mas callado de lo normal, la verdad era que no sabía como asimilar todo lo que había pasado, y realmente no le gustaba conocer nuevas personas, era algo que nunca le gusto, mas ese carácter no iba a causar que se separara de Phoenix una vez mas, eso no evitaba que no sabía exactamente como iba a actuar, era hasta ridículo para el mismo que lo pensara una y otra vez, en su mente se repetía lo ultimo, que mas daba, si Phoenix estaba con ellos no podían ser tan malos

¿Cuanto falta?  pregunto mientras volteaba a ver a Phoenix a medida que caminaban par a par, miraba a su alrededor realmente amaba los lugares naturales, le daban cierta paz, y los últimos días había pasado en lugares de ese tipo, su apariencia había mejorado, logro hacerse con mejor ropa de la que cargaba un jeans de color azul oscuro, una camiseta blanca,seguido de una chaqueta de cuerina delgada, de verdad estaba mucho mas cómodo que antes, unas solidarias ramas les cubrieron por un momento del sol, hizo una seña a Phoenix y se detuvo, bajo su mochila un momento poniéndola en el suelo, el cual era cubierto por una manta de pasto verde, saco una botella de agua y comenzó a beber Ya estoy viejo, necesito detenerme y aprovechar la sombra dijo con una sonrisa en tono de broma al momento que miraba a la asiática

Tomo uno de los cigarrillos que aun quedaban, y con su encendedor le dio fuego, dio una profunda calada mientras se recostaba en el arbol que les protegía del intenso sol, el calor no daba tregua, pero las brisas que se hacían presentes cada ciertos minutos cuales héroes para aliviar el vapor, hacían un gran favor

Se saco el chaleco para aliviar el calor, se sentía cómodo con el puesto que llevaba varias pertenencias en el, a pesar de la soledad del sitio en aquel momento, se mantenía alerta ante cualquier movimiento por la zona, aunque al parecer eran los únicos y no le sorprendía

Entonces... ¿Cómo son ellos? miró a la asiática, mucha curiosidad se escucho en la interrogante de Harris, quien en verdad no sabía como sentirse exactamente con la situación,y lo que conllevaba, realmente no le agradaba mucho, y Phoenix lo sabía, probablemente un choque de clases


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Ya casi estamos.

O al menos eso era lo que esperaba. Para ser sincera consigo misma, no estaba segura de estar yendo por el camino correcto. No dudaba que la dirección fuese correcta y que ya conocía la zona, pero aún tenía la sensación de no estar del todo familiarizada con aquel bosque. Como mucho, sabía que si se ponía a gritar a todo pulmón Joseph la escucharía e iría a buscarlos. Esperaba no tener que acudir a eso.

Mejor, hagamos una pausa.

Inhaló y exhaló profundamente. Sentía que el calor le estaba cocinando el brazo vendado, y que su temperatura volvía a subir. Cada tanto sentía escalofríos, pero era mucho más leve que hacía varias horas. Aún estaba sorprendida de su buena fortuna. Estar viva en ese momento le parecía mágico, increíble. Tomó la botella de agua de Daniel y bebió. Estaba caliente pero aún así la reconfortaba.

No sé cuántos años crees que tienes. Eres joven aún. No sé cómo puedes fumar con este calor.

Sonrió de lado y tomó asiento en un tronco caído. También se recogió el cabello nuevamente para despejar su rostro. Aún traía la misma ropa que se puso en la mañana, el short, las medias dispares, zapatillas y la remera. Salem, por su parte, parecía haber decidido seguir con el camino hacia la cabaña. Lo que hacía suponer a Phoenix que estaban mucho más cerca de lo que pensaba. Inclusive, supuso que tal vez unos pasos más y podría verse.

Te contaré. Christel es adolescente, blanca, rubia, tiene una buena estatura para su edad pese a la desnutrición. Le falta una pierna y no habla pero escucha. Estamos intentando que se alimente lo mejor posible.

Se puso de pié. Le resultó más fácil comenzar a hablar de la joven que de Joseph y le pesaba ya que sentía un gran afecto por él. La supervivencia debía ser más fuerte que cualquier situación personal, así que tras unos minutos de contemplar el hermoso bosque, continuó.

Y Joseph es un hombre alto, blanco, cabello negro, ojos verdes y azules... es inglés, científico especializado en química, farmacología, bioquímica... y la verdad que no estoy segura pero sé que es científico. Oh, y tiene 40 años, si no me equivoco.

Tomó sus pertenencias al ver a lo lejos los ojos de su gato. También oyó un sonido de pasos errantes cerca.

Sigamos.

Continuó la caminata, ya más orientada que antes. Y tras unos minutos, llegaron a un claro con la pequeña cabaña en el centro. Se veía movimiento en la sala.

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Había aprendido muchas cosas desde que se encontrase con Joseph y Phoenix. Entre ellas, que podía buscar comida que no tuviera hongos encima de los hongos, y que los insectos no eran tampoco una buena idea para llevar una alimentación sana.
En general parecía que todo lo que había hecho (excepto robar y llevarse la comida de los demás) estaba mal, y podía conseguir cosas mejores si usaba su ingenio sin perjudicar al prójimo. Quizás por eso se había decidido a quedarse allí, además del hecho de que Phoenix conocía a Minzy, y eso la ataba un poco al pasado que tanto extrañaba.

Muchas veces se sentía incómoda estando en el pequeño grupo, sentía que le miraban aquello que no tenía, y es que no estaba acostumbrada a la ropa que habían elegido para ella, a pesar de que por dentro había deseado fervientemente usarla pero… su cuerpo no era digno de ello.

Tras saquear el centro comercial con Joseph, y bajo idea y demanda de él, se habían llevado un montón de ropa para Christel, toda variada, al parecer el buen hombre quería usarla de modelo o algo parecido, porque se veía bastante animado en ayudarle a mejorar el autoestima, o cosas raras de las que hablaban los ingleses, al parecer ellos tenían un desagrado tremendo por los harapos y el café, aunque Christel no lograba saber que detestaban más.
En fin, que había elegido un bonito vestido primaveral para la muchacha, color blanco con estampados anaranjados y rojos a lo largo de toda la tela, que daban alusión a flores. Llevaba dos delgados tirantes que dejaban ver sus exageradamente delgados hombros, y por tal el esquelética clavícula. Lo único que la reconfortaba en cierta medida era que la falda iba por debajo de las rodillas, aunque aun así se llegaba a ver un poco de su pierna mutilada. Eso y la vergüenza de llevar un vestido que jamás imaginó llegaría a usar tras la muerte de sus padres le hizo buscar cualquier pretexto para alejarse de la cabaña que se había vuelto su hogar temporal.

– Con esto será suficiente – Había ido a revisar las trampas a pesar de que no recordaba muy bien donde estaban. La cosa era salir de ahí a como fuera lugar, y honestamente no era tan tonta como para olvidar, de hecho tendía a incordiarse en ese aspecto, últimamente había cometido muchos errores que hacía un par de años jamás hiciese. Se sabía muy inteligente, se lo habían dicho sus padres, incluso Esmeralda y Nicholas, muchas de las personas que la acobijaron después de la pandemia le habían hecho saber que tenía un gran potencial.

Ahora se sentía la más boba del mundo.

Se levantó de la piedra que hiciera las veces de silla, llevaba una canasta bajo el brazo, como las muchachas jóvenes de los cuentos que iban a ver a la abuela enferma y terminaban siendo devoradas por un lobo, se aferró a su bastón (que era una rama grande y gruesa) y se imaginó siendo un mago poderoso de esos que salen en los otros cuentos, para comenzar a andar de vuelta a la cabaña.

Le gustaba donde vivía. Había pocos apestosos y estaban lo suficientemente perdidos para que los vivos no los encontraran, además, la cabaña – que se veía ya desde donde estaba – era sumamente acogedora.
Con un fuerte rechinido de la vieja puerta hizo su llamado a entrar. Eso lo agradecía, sería patético intentar decir ¡Llegué! sabiendo que saldría solo un aullido malogrado. Se dirigió a la mesa roída para depositar su canasta llena de cadáveres y algunos frutos que encontró en el camino. Después se decidió a sentarse nuevamente sobre el sillón que afortunadamente tenían ahí. No sabía dónde estaban todos, pero se sentía segura.
Cuando Joseph apareció, aseado y con un olor sumamente agradable, Christel no pudo evitar mirarlo como boba por un segundo, era guapo, se veía de hecho bastante apuesto una vez acicalado. Jamás le había pasado algo así, y vaya que había conocido gente apuesta, pero nunca le había importado ese tipo de cosas. Ahora se sentía distinta.
Tras ese segundo de bobería – que esperaba Joseph no notara – alzó la mano para saludarle con una delicada sacudida, y desvió la mirada, sonrojada, para ver a la canasta que había dejado antes. Señalándola. Se tomó con fuerza la falda intentando bajarla, no sabía bien si era para que no viese su muñón, o porque la vergüenza era demasiada por el desliz de hace un momento. En todo caso, la sonrisa nerviosa no se quitó del rostro.

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Asearse, afeitarse y vestirse. No había día en que no realizara ese ritual. No tenía un horario estipulado para ello, simplemente sabía encontrar el mejor momento. Desde que estaba acompañado creía importante no perturbar las vistas la mujer y la niña.

Al salir del baño sabía que estaría la joven Christel. La había oído entrar no solo por la puerta sino por ese sonido característico que hacía al avanzar por el piso de madera. La joven había sido motivo de su ocupación los últimos días. De la biblioteca ya tenía seleccionada la bibliografía que debía usar para sacarla de la ignorancia. Y había hecho un programa de estudio semanal que ella debería respetar. A fin de cuentas era menor y la responsabilidad recaía sobre el tutor.

Buenas tardes.— Dijo al ver el saludo. —Veamos qué trajiste.— Caminó directo hacia el canasto donde había conejos y ardillas, los colocó dentro de una bolsa plástica. Luego, a los frutos los seleccionó en comestibles y venenosos. —Desde hoy tendrás una dieta hiperproteica. Dentro de lo posible.— Lavó rápidamente un puñado, medido con su puño, de frutos secos y los entregó en un plato a Christel. Luego le entregó un vaso con agua. —Come todo, sin reprochar, tengas hambre o no. Y bebes todo.— La vio con seriedad porque no aceptaría una contradicción.

A través de la ventana había movimiento. Lo vio con el rabillo del ojo. Hizo una seña a la joven de que se quedara quieta. Tras ver a Phoenix deshizo la seña. Vio que había alguien más con ella. Era un rostro conocido. Lo había visto en el diario de vida de su esposa. Era más bajo de lo que había imaginado y en edad mayor de lo que le había dicho. Comprobó estar presentable para poder presentarse y luego salió por la entrada principal con una sonrisa agradable y fingida que al ver a su esposa se volvió verdadera sólo por un instante.

Buenas tardes.— Dijo una vez estuvo cerca como para que lo escuchen. Notó al instante la herida vendada de Phoenix pero no comentó nada el respecto al no percibir preocupación en el ambiente. —Veo que has tenido un altercado y ayuda. Como siempre, sales airosa.— Era palpable el afecto simple hacia Phoenix. Luego, se dirigió hacia el hombre y extendió su mano derecha para presentarse. —Joseph Crowborough, un gusto.— En otra realidad hubiese explicado el parentesco con la asiática y su profesión. De hecho, tenía ganas de hacerlo. Aún así en conversaciones recientes habían acordado no dar información a menos que sea estrictamente necesario.

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