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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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De alguna manera (Phoenix Hemmer)

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De alguna manera (Phoenix Hemmer)

Mensaje por Christel Flowers el Miér 23 Mayo 2018, 06:57

“Tengo hambre” – Estaba recargada contra la pequeña puerta de madera que vislumbraba la estancia que podría ser su última salvación. A media altura una pieza de cristal cortado dejaba ver en forma borrosa el otro lado de la estancia, que no ayudaba mucho a Christel. Eso sí, las letras impresas en color azul le daban alego de esperanza

“Laboratorio farmacéutico Wilson & Boston”

Christel sabía muchas cosas de la vida, había logrado sobrevivir sola hasta ese día de alguna forma que honestamente no lograba explicar, pero con toda la sabiduría que había conseguido, eso de leer no se le daba muy bien.

“Y sed” Su infancia le había enseñado que la farmacia era un lugar maravilloso donde se compraba medicina, y siempre que iba ahí sus padres optaban por comprarle suero, jugo, o cualquier refrescante líquido que estuviera a la mano, y un paquete de galletas o frituras que siempre tenían en venta. El estómago rugió con una gran potencia con el simple hecho de pensar en unos twinkies de fresa que solían darle cuando se portaba bien en el médico (que era siempre) y su cara se resbaló contra el cristal tras un breve despiste por saborearlo. Como si de un aviso hacia el fin del mundo se tratase, el palo de golf que se había convertido en el fiel bastón de la joven fue contra el suelo de loseta en un apocalíptico chasquido que podría despertar al más muerto de los muertos. El corazón de la pobre muchacha respondió con un fuerte latido, sus ojos se abrieron y la garganta profirió un gritito que solo sirvió para irritar la ya delicada garganta de la joven, quien cayó contra el suelo tosiendo con fuerza debido al esfuerzo. El muñón que tenía donde alguna vez hubo pierna dolió con la caída, y los espasmos duraron un rato que pareció interminable, pero como todo en la vida, terminaron por ceder.

"¿Dónde está?" – se preguntó mientras lograba sentarse humanamente en el suelo, buscando su bastón. Este no se había alejado mucho del lugar, esperaba pacientemente a su dueña junto a la pared del pasillo, una pared larga y blanca, tan blanca como si nadie hubiese osado tocarla en años… y bueno, en esas fechas era algo que cobraba bastante sentido.
Alcanzó el palo de golf con los dedos, unos pequeños y delgados que apenas tuvieron fuerza para cerrarse alrededor del pomo, arrastrándolo hacia sí, junto a un chirrido estremecedor. Christel cerró los ojos, apretó los dientes y dejó quieta la mano por un largo rato… ya había hecho demasiado ruido, y cuando cometía tantos errores tenía la encomienda de largarse a como de lugar… pero el hambre.

Maldito hambre.

Se puso en pie como pudo. Quería presumir que se había acostumbrado al dolor, pero no era cierto, nadie se podía acostumbrar a eso, no en esas condiciones y definitivamente no con esa cosa pegada a la pierna. Justo debajo de la rodilla la niña se las había ingeniado para acomodar lo que parecía ser la boca de un destapacaños, que llevaba dos perforaciones mal hechas con una navaja, seguramente desafilada, por donde había acomodado un par de cintas, que al mismo tiempo se había amarrado alrededor del muslo, con fuerza. Debajo de la boca del destapacaños… bueno, estaba el mango del destapacaños.

No era la mejor opción, pero era lo que había y le permitía caminar siempre y cuando trajera el bastón. Si alguien le preguntara ella inmediatamente diría que prefería la silla de ruedas, pero la maldita cosa era demasiado estorbosa, y seguido a ella estaban las muletas, que ya se le habían roto hace un par de semanas.

Y por eso estaba ahí. Necesitaba comida, necesitaba agua y necesitaba definitivamente muletas, sillas de ruedas, un platillo volador… cualquier cosa que no le aplastara la herida como el maldito destapacaños. ¿Y qué mejor lugar que una farmacia? Claro, nadie podría hacerle ver a la niña que un laboratorio farmacéutico era completamente distinto a la farmacia, y que aun así no encontraría nada de lo que buscaba en cualquiera de los dos lugares. Pero igual ya estaba en el lugar, se había tomado demasiadas molestias en entrar ya que a pesar de que el laboratorio era pequeño necesitaba contar con todas las normas de seguridad que el mundo normal solía ponerle a esos lugares, un enorme muro infranqueable con un enrejado tan grueso que nadie podría pasar en condiciones normales, las cuales no tenían en cuenta a una niña delgada y mal alimentada que con toda la tranquilidad del mundo se pasó por entre los barrotes. Igual logró notar que había ciertas partes del cuerpo que comenzaban a estorbarle, principalmente en las caderas, y bien no era la primera vez que lo notaba. Ya no podía esconderse en los ductos, ni pasar entre escombros, y no era por su falta de miembro, era algo más, algo que iba creciendo y definitivamente no le estaba gustando, no debía perder aquello que le había dado la vida todo este tiempo.

El jardín no era tan grande, pero igual supuso un desafío lleno de dolor en el destapacaños. Chris comprendía que necesitaba amortiguar el golpe y el dolor causado por su prótesis, y había pensado en almohadas, plumas de ganso e incluso papel higienico, pero todo eso era un lujo que ya no encontraría tan fácilmente, así que todo se reducía a jirones de su propio pantalón.
Lo que siguió después del jardín fue una bonita puerta de cristal que llevaba a lo que parecía ser una recepción abandonada. Los papeles estaban tirados por todos lados, y como en todo lugar, todo era evidencia de una fuga desesperada por salvar la vida. Le hacía recordar a Christel a su propio hogar. Y por fortuna todo en el laboratorio estaba desierto.

Pero ¿Qué podría haber del otro lado de la puerta? Era una farmacia bastante extraña sin duda, se parecía más a las que estaban en los hospitales pero ¿Quién era ella para decir? Un lugar sin apestosos, sin signos de intrusión, y con una silla de ruedas que la deje descansar era más de lo que podía pedir. Así que comenzó a juguetear con el pomo de la puerta para abrirla. Tarareando canciones en su mente.

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Re: De alguna manera (Phoenix Hemmer)

Mensaje por Phoenix Hemmer el Vie 25 Mayo 2018, 03:59

Había despertado bien temprano en la mañana con una idea fija. Meticulosamente marcó en un mapa de la zona la ruta que haría, los tiempos que utilizaría, los momentos en que comería y el horario correcto para volver al improvisado refugio. Tenía en cuenta los posibles imprevistos. También sabía que, por la explosión de la noche anterior, o lo que haya sido ese horrible sonido lejano, la mayoría de los caminantes estarían en la dirección contraria de donde ella iría.

No caminó mucho hasta llegar cerca del lugar. Observó hacia la derecha y a la izquierda antes de cruzar la calle. Ni bien comprendió lo absurdo en lo que hizo, esbozó una amplia sonrisa y continuó hacia el laboratorio. En contraste con el entorno, se veía radiante, y no por su vestimenta. Traía una remera sin mangas negra, un jean y unas amplias zapatillas deportivas blancas. De su espalda colgaba una mochila pequeña, también de mezclilla, traía pocas cosas dentro. De la cintura colgaba un kukri y un revolver. Y a su derecha su gato adulto, simil bombay, la escoltaba.

Había llegado al laboratorio farmacéutico Wilson & Boston, al menos las grandes letras azules pintadas en él lo identificaban como tal. El único y pequeño inconveniente fue que se encontraba del otro lado del edificio. Había un muro de concreto de metro cincuenta que la separaba del laboratorio, más una reja de un metro sobre el muro. Según un cartel oxidado, ese era el estacionamiento. El exceso de protección del lugar llamó su atención.  Al ver que no tenía posibilidad de traspasar ese obstáculo, comenzó a rodear el lugar.

Se mantuvo en silencio absoluto todo el tiempo. Podía oír así a los occisos de los alrededores. Siempre se los oía chocar con algún objeto, persiguiendo algún ave o algún tipo de sabandija habitual de la zona. O simplemente se delataban cuando la veían y comenzaban a trotar. Afortunadamente no fue el caso.

Caminó hasta llegar al frente del edificio. Tampoco había acceso. Una amplia reja le impedía el paso. Suspiró. Observó nuevamente a ambos lados pero ahora no era un gesto inútil. La asiática buscaba una buena idea.

Tras unos minutos de meditación y de analizar el entorno encontró tres opciones posibles. Había un gran contenedor de basura, aparentemente de plástico, que se encontraba en la esquina de la calle a una considerable distancia. Si lograba traerlo sin hacer ruido, y la tapa lograba sostener su peso, podría saltar la reja por encima. La segunda opción era treparse sobre un Peugeot 205 azul, luego subir a un camión cisterna y de allí sería sólo un salto hacia unos matorrales del jardín. Por último, cruzando la calle había una tabla de madera del tamaño de una puerta. Si no estaba muy mohosa podría apoyarla contra la reja y utilizarla como una escalera improvisada.

Tardó aproximadamente diez minutos en lograr superar ese obstáculo. El jean se le rompió un poco en el proceso y tenía algunas manchas nuevas de suciedad, sin contar con la capa negra de polvo que tenían sus manos. Se limpió en la remera y continuó.

Movió el pomo de la puerta de entrada. Estaba cerrada. El gran reto ya había pasado. Sólo debía buscar una ventana y entrar.

La primera habitación que vio fue una oficina repleta de archiveros. En el suelo había sangre y suciedad del ambiente. La puerta estaba abierta. Pasó al corredor donde las huellas del caos se dirigían hacia la salida de emergencia. Estaba tapiada con maderas. Parecía dirigirse el estacionamiento.

Caminó hasta la puerta de entrada que no pudo abrir. La llave se encontraba allí, puesta. Dejó la puerta cerrada, pero esta vez le quitó la llave para poder salir pronto si así lo necesitaba. Por inercia se la guardó en el bolsillo.

¿Qué opinas de esas flechas?

Salem observó a su ama con entusiasmo, como si le hubiese hecho un halago. Phoenix lo acarició y contempló con detalle las marcas. Se encontraban a un costado, en una pared, señalando hacia las escaleras que daban al primer piso.

Como si de un entretenimiento fuera, siguió las indicaciones de sangre seca que alguien había dejado. Iban hasta el segundo piso, el último en ese caso. Y de allí la guiaban hacia una puerta puerta de vidrio blindado, donde continuaba el pasillo y las manchas de sangre. Había alguien allí que quería ser encontrado. Tocó con su índice la sangre en la pared. Hacía demasiado tiempo que estaba allí. Dudaba que aquella persona aún estuviera viva. Pero quería saber el motivo por el cual había dejado las indicaciones hacia ese lugar inaccesible.

Bajó ya que no tenía más opciones con la puerta blindada. Esbozó una sonrisa. Últimamente su cabeza tenía ideas agradables y optimistas. Al caminar por las escaleras hacia la planta baja se sorprendió al ver una figura femenina muy joven. Estaba por entrar a la recepción. La escaneó con la mirada y un gesto de compasión escapó de su rostro como un reflejo. Los buenos pensamientos se alejaron de su mente y la realidad cayó en su consciencia rasgándola por dentro.

Frente a la asiática había una pequeña con una evidente desnutrición proteica, deshidratada y mutilada. Hasta la fecha no había visto a nadie tan joven y en tales condiciones.

Sonrió a la niña. Recordó Filipinas y las víctimas del grupo terrorista NPA. Sonrió con naturalidad porque allí eso era lo que necesitaban, un rostro amable que cure sus heridas, alguien agradable que los asista en el mismísimo infierno. Alguien lo suficientemente fuerte como para no derrumbarse y por el contrario, elevar el espíritu del necesitado. Esa fue Phoenix y esa sería hasta su último día.

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Re: De alguna manera (Phoenix Hemmer)

Mensaje por Christel Flowers el Sáb 26 Mayo 2018, 19:31

En su cabeza siempre tenía imágenes de las cosas que recordaba de su infancia, la infancia anterior a lo que vivía ahora. Justo en ese momento recordaba la escena de una película cuyo nombre no podía recordar, en donde un ladrón se arrodillaba frente a una puerta y con un par de sujetadores de cabello lograba abrirla en completo silencio, en segundos y como si toda la ciencia elaborada por los cerrajeros sirviera como entretenimiento.
Ella usaba una navaja desafilada y… clips, quizás allí es donde estaba el error, porque era una pesadilla violar las cerraduras. De todas formas lograba apañárselas aunque se tardara un poco más que unos simples minutos en el proceso. Había aprendido por la fuerza que las cerraduras no obedecían a delicadeces y debía de ser firme si esperaba ser escuchada. Así que metió con cuidado la navaja, y una vez que estuvo segura de que no saldría, golpeó con fuerza usando el palo de golf a modo de martillo, no sin antes haberse quitado la camisa raída a cuadros que usaba, quedando cubierta solamente con una blusa sin mangas que debió de ser blanca alguna vez, y ahora dejaba ver su cuerpo desnudo a través de la delgada prenda.

Pero era un mal necesario. Debía envolver el palo con tela para amortiguar el ruido que harían los golpes, y al parecer todo salió de maravilla porque ni un suspiro se escuchó retumbando en los pasillos. Entonces fue el clip quien hizo el truco, Christel lo metió por la parte superior de la cerradura, moviéndolo fervientemente mientras escuchaba el traqueteo de la cerradura resistiendo la intrusión… hasta que la navaja se movió.

Amaba ese momento, era de esas cosas inútiles que quisiera compartir con alguien, si ese alguien existiese… y ella pudiera hablar claro.

La puerta se abrió parsimoniosamente, dejando escapar un leve chirrido junto a un aire divino lleno de polvo que hizo toser nuevamente a la pequeña. Pasó poco tiempo para que se pudiera poner en pie, sobretodo por la dificultad que daba el uso de un destapacaños. En todo caso descubrió que la camisa en el bastón ayudaba a evitar derrapes, así que la dejó ser y pasó al otro lado del recinto, no sin sentirse observada por un segundo. Sin embargo no alcanzó a ver a nadie detrás de sí, por lo que sentenció a la locura que a veces la aquejaba.

Oficinas…

¿Por qué había oficinas en una farmacia? Esto parecía una de esas malas bromas de Jerry… Jerry ¿Seinstein? ¿Zen field? Bueno, seguro ya estaba muerto a esas alturas.
Había algunas sillas en el lugar, de esas con cuatro patas de metal y tablones de madera forrados con tela para darles un toque “oficinezco”. Al fondo de la estancia había muchos cubículos separados en donde seguramente alguna vez la gente habló por teléfono o usó el ordenador, como las películas donde los contadores tecleaban las calculadoras con papelitos tan rápido que las pobres vomitaban números.
Arriba del mostrador, las enormes letras W&B se encontraban colgando firmemente, y dejaba una bella silla con rueditas.

Christel fue feliz.

Ya no sabía si era la comodidad, o se trataba de la alegría de jugar a las carreras en una silla. Pero por un momento la rubia se olvidó de todos los pesares, e incluso dejó pasar por tres ocasiones una máquina expendedora de pastelillos. Christel los vio la cuarta vez. Era hermoso y su estómago estuvo de acuerdo. Aun si nada era comestible ya.

Christel se aferró a su palo de golf como si se tratara de una golfista profesional. Solo le falta cruzar la pierna evaluando su próximo golpe. Definitivamente quebrar la vitrina sería lo más eficiente, aunque hiciera mucho ruido en el proceso, por otro lado, los cristales habían resultado ser muy eficaces para las bombas caseras, hacían ruido y siempre había alguien que salía lastimado, aunque a los apestosos no les pasara nada. Y ahora que lo pensaba adoraba el sonido de los cristales rompiéndose, de hecho adoraba escuchar muchas cosas, se iba dando cuenta.

Cerró los ojos con mucha fuerza en un intento infantil de imaginarse los sonidos como mil explosiones de colores, los cristales esparciéndose a montones por el suelo, Christel logró imaginarse el momento comuna fina lluvia, de hecho, como esos instrumentos musicales raros que hacían las veces de lluvia con miles de guijarros chocando entre si dentro de un enorme tubo de madera. Lo primero que hizo fue abrir su mochila y meter la comida con prisa, sin importarle demasiado la integridad de las envolturas, o la fecha de caducidad. Simplemente todo entro a la mochila, aplastándose para poder hacer espacio. Detrás de ella un golpeteó la puso en alerta, haciéndola voltear con rapidez, para ver a un apestoso golpeando con furia otro cristal. El pobre estaba atrapado en una oficina, quizás la del gerente. Porque llevaba un saco manchado en sangre seca, corbata muy bien acomodada alrededor del cuello, una bonita falda que llegaba hasta encima de las rodillas, y un bonito par de zapatillas negras que necesitaban pintura.

“Entonces el gerente es… ¿Gerenta?" Christel sonrió en silencio. La escena era bastante cómica, ya que en alguna forma extraña, ahora ella se había convertido en un delicioso Twinkie, y había una Christel podrida intentando abrir la máquina expendedora.
Se apresuro a meter los cristales que pudo en un costal detela que llevaba colgando a un lado de la cadera, donde solía llevar la chatarra que iba coleccionando en sus viajes. Todo lo que podía considerar necesario para sobrevivir. Con esfuerzo volvió a sentarse en su nueva silla y, abriendo un paquete de pastelillos rodó a donde estaba su versión podrida, y comenzó a comer.

La comida estaba podrida, pero era mejor que no tener nada en el estomago, y siendo honestos, no es que supiera tan mal, seguramente los conservadores habían luchado arduamente contra la descomposición, esperando a que la muchacha llegara para alimentarse, y es que ya había comido cosas peores, y la mayoría terminaron por ser expulsadas por el asco.

Comió con calma, mirando a su otro yo, pensando en que tan justo sería dejarla salir. Por supuesto que no lo haría, no estaba tan loca todavía, pero… ¿No era bastante triste ya llevar tanto tiempo encerrada ahí? O dicho de otra manera… el saco estaba muy bonito.

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Re: De alguna manera (Phoenix Hemmer)

Mensaje por Phoenix Hemmer el Vie 15 Jun 2018, 00:11

Se mantuvo en la escalera sin hacer el más mínimo movimiento. Observó a la niña, cómo se las ingeniaba para abrir la puerta. Una vez estuvieron ambas dentro del edificio, Phoenix comenzó a agacharse lentamente para ser cubierta por el sólido barandal que pareció haber sido utilizado como una improvisada cobertura en otros tiempos. Había marcas de balazos en el cemento. Se sentó.

Por el reflejo de la puerta de entrada podía seguir los movimientos de la niña. Salem se acomodó al lado de su ama y observaba el mismo punto. Ambos solían tener ese tipo de conexión más seguido de lo habitual y eso reconfortaba a la asiática. Por qué no, también reconfortaba al gato.

Meditó. ¿Cómo es que una niña en esas condiciones lograba estar viva? ¿Cómo es que se le ocurrió aquella improvisada prótesis? ¿Acaso tenía ayuda de otras personas? Esa última pregunta preocupaba mucho a la mujer. De tener a alguien que la acompañe, ese alguien debía de ser lo suficientemente incompetente como para no poder cazar un mísero insecto para alimentarla. Fugazmente pensó que incluso ella misma pudo haber intentado alimentarse de su propia pierna por la desesperación, pero apartó ese horrible pensamiento con un gesto de repulsión y un gesto con la mano como si espantara una mosca. Gesto que hizo que Salem realmente buscara algo volador cerca, pero luego volvió a contemplar a la niña en el reflejo del vidrio.

« La silla de ruedas. Eres muy inteligente. » Esbozó una sonrisa. No quería ayudarla. Por lo que había estudiado, sabía que no había que ayudar a quien tenía actitud de valerse por sí mismo. Y de tener que hacerlo habría que tomar alguna táctica más sutil para que no se malinterprete, para que la persona que debe recibir esa ayuda no crea que es un gesto de caridad o un modo de decir que es inútil. Sucedía con personas de mucho orgullo.

Frunció el ceño cuando el vidrio se rompió. Muchos pedazos cayeron al suelo y se dispersaron de un modo tan amplio que algunos pequeños pedazos de cristal llegaron a los ojos de la asiática directamente y no sólo eran vistos por el reflejo.

Sucedió lo que suponía que iba a suceder. El movimiento comenzó a hacerse presente en el lugar. Arriba algo se había movido y hecho el menor ruido. Con el tiempo Phoenix había mejorado mucho su nivel de concentración en los sonidos, intentaba descifrar cuáles eran de amenaza y cuáles sólo eran ambientales. En este caso no supo qué era, pero algo se había movido. Tal vez un occiso. Tal vez el viento. Lo real estaba en la planta baja. No lograba ver ya con la suficiente nitidez de dónde estaba viniendo el sonido del caminante, pero sabía que pronto comenzaría a amenazar a la joven en silla de ruedas.

Era momento de darse a conocer. Acarició a su felino compañero con sincero afecto y se puso de pié, mostrándose por sobre el barandal. Terminó de bajar los pocos escalones que le quedaban para por fin estar en la recepción del laboratorio. Los vidrios en el suelo hacían ruido al ser pisados por sus zapatillas deportivas. Mantuvo una actitud calmada y asertiva mientras se mostraba plenamente a la niña. A su lado, Salem exigió estar entre los brazos de su ama. Supuso Phoenix que le estaría molestando pisar el cristal, aunque también sabía que por las callosidades de sus patas jamás podría hacerle daño algo como eso. Accedió y alzó a su gato.

Hola.

Levantó su mano derecha. Observó la expresión de la niña. Y también notó algo que no pudo ver bien desde el reflejo del vidrio. Es un hecho que pocas personas pueden permitirse hacer cambio de ropa con regularidad, pero la vestimenta de la jovencita estaba más deteriorada que el peor vagabundo que había visto alguna vez.

Buen provecho, por cierto. No te preocupes, no tengo hambre.

La educación siempre era una excelente herramienta para relacionarse. Si la niña comía. Entonces había que desearle un buen provecho del alimento. Del mismo modo no quería que pensara que le iría a robar la comida, o que pretendía que compartiera, simplemente negó un futuro ofrecimiento con cortesía.

Cambió su atención a la habitación donde una occisa parecía querer salir a golpes por una puerta medio vidriada. Suspiró, intentando restar importancia a la situación. No sin antes haber comprobado, al menos visualmente, que la puerta estuviese debidamente cerrada.

Me llamo Phoenix. Mi gato aquí se llama Salem. Sólo venimos para buscar algunas cosas del laboratorio. Pero nos alegra tener compañía.

En lo que concernía a Salem, lo más importante allí era la difunta que intentaba salir a comerse a los allí presentes, por lo que no cruzó miradas con la niña.

Sabes. Ahora que lo pienso, tal vez nos venga bien algo de ayuda. ¿Podríamos intercambiar favores?

Aún Phoenix no sabía muy bien qué es lo que podía darle aquella niña a ella, a su gato y a su esposo que se encontraba en otro sitio en ese momento. Pero ya se le ocurriría algo pronto si es que preguntaba.

Por cierto, ¿cómo te llamas? O si tienes algún apodo estará bien por nosotros.

No solía hablar en plural e incluir a Salem en las conversaciones ya que sabía muy bien que al gato le resultaba todo muy irrelevante. Aparte, no le gustaba hablar por él ya que entre ellos tenían diferentes opiniones.

Con un fuerte cabezazo la activa occisa rompió el vidrio de la puerta de su oficina. Rugió de un modo tan fuerte y aventó tanta porquería por la boca que parecía haber expulsado al fin sus pútridas amígdalas. El líquido negro que salía de la fallecida apestaba más que cualquier cosa. El hedor intenso invadió el lugar.

Debemos irnos de aquí. Yo quiero ir al primer piso. ¿Me acompañas?

Tal vez otras personas pensaran que es cruel pedir a alguien con una pierna mutilada que suba las escaleras, pero ese tipo de compasión no era lo correcto en aquella circunstancia. Phoenix simplemente quería alejarse del hedor y de la occisa. Sumado a que parecía que otros caminantes cercanos y en la misma planta estaban comenzando a ponerse nerviosos. En cambio, en el primer piso había visto cierta seguridad que no había allí. Quería explorar el lugar y resolver el ingenioso puzzle de las flechas.

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Había algo bueno con respecto a vivir en el silencio. Cuando hablar sola no estorbaba, o platicar con alguien más no hacía que perdieras la claridad con el ambiente a tu alrededor comenzabas a no solo notar aquellos pequeños ruidos, aprendías a aprovecharlos.

Los cristales en el suelo habían sido una imprudencia en toda regla, solo tenía hambre y tomó el camino sencillo a pesar de las consecuencias, pero casualmente se habían tornado en un instrumento de alarma para preparar su huida.

Pero no se movió.

Ya por el rabillo del ojo había visto la silueta, y entendía que un podrido no caminaría erguido, y mucho menos pisaría cristales con tanto cuidado. En pocas palabras, al ser uno de los vivos no podría huir.

Sin embargo escuchó atentamente a las palabras de quien ahora reconocía como una mujer.
El saludo la despertó de un sueño donde terminaba muerta junto a su contraparte zombie. Le temía a la gente aunque no quisiera admitirlo. Le temía mucho. Y aún sin querer demostrarlo, al voltear a ver a Phoenix, el terror en sus ojos no logró disimular. Pero la mujer continuó hablando como si no importara o no se hubiese dado cuenta, incluso logró adelantarse en negarse a la comida que Christel iba a ofrendar gustosa a cambio de su vida.

Christel estaba comenzando a ponerse nerviosa, y no era precisamente por estar junto a una desconocida en un cuarto vacío con solamente una Christel muerta intentando salir, tampoco se debía a los ruidos que se comenzaban a hacer más fuertes con cada minuto debido a su imprudencia. Todo se resumía al momento fatídico en que la gente normal se presentaba y esperaba llegar a dialogar.

Y ese momento llegó.

Se suponía que tras tantos años debía haber encontrado un modo para comunicarse, pero la verdad era que el tiempo no había mejorado esa parte de si, alguna vez con Esmeralda escribió mucho y logró comunicarse muy bien con ella, pero después de separarse ese arte se le olvidó. En fin, que era una mujer ahora (de catorce años, pero mujer) y la lástima a la cría tullida había dejado de servir.

La miró tanto a ella como al gato sin saber bien que hacer, temiendo que ambos fuesen a impacientarse… curiosamente sentía que debía responderle al gato, y peor aun, que el gato podía hablar mejor que ella.

Y su gemela podrida la salvó.

Christel pegó un sonoro chillido, sumamente descompuesto para alguien normal, al extremo que pareció un aullido desafinado por los años, y por poco cae de la silla.
Christel sintió la necesidad de agacharse y recoger el vómito de Christel muerta, pero no podía hacer eso frente a Phoenix sin que las cosas se tornaran… extrañas. Se levantó de la silla haciéndoles saber que era fuerte, e incluso soporto el típico gemido que soltaba cada vez que el destapacaños arremetía contra su pierna. Miró a Christel muerta por última vez, y le señaló el twinkie que quedaba, dejándolo en la mesa… debía compartir en todo caso, y le daba pena dejar atrás a su otro yo. Después de tan solemne despedida sacó uno de los cristales rotos que había recogido, uno pequeño e inofensivo que le entregó a Phoenix, señalándose a sí misma en el intento más audaz que encontró para decirle “yo me llamo así” Entonces sonrió al gato, con quien se sentía algo más cómoda, aunque a él eso no parecía importarle mucho.

No hizo ningún alarde sobre su condición, no lo creyó importante. Lo importante era avanzar al primer piso, porque fuese como fuese allí ya no estaba segura.

El camino al primer piso no era complicado a decir verdad. Bueno, las escaleras siempre habían sido un fastidio, pero un par de saltos con la pierna fuerte, aferrándose del barandal para no caer le evitaban siempre tanto el dolor como el sonido de la madera chocando en el suelo. Phoenix iba delante de ella, a lo que Christel asumió como una conducta protectora, las había visto antes. A sus espaldas se escuchaban los rugidos maltrechos de algunos apestosos que seguramente habían ido a visitar a Christel muerta,

“Espero que no te quiten el twinkie” pensó, y sin querer un pequeño gemido nació de su afectada voz. Ahora que lo pensaba ella sonaba más como un apestoso que como un humano. ¿No sería quizás que es estaba convirtiendo en uno o algo así? Esperaba que no, le gustaba mucho como era a pesar de todo.

Al final llegaron al primer piso, y un ligero taconazo en el suelo dio comienzo a la nueva rutina. Christel veía como Phoenix se movía, astuta, discreta, y el gato hacía lo mismo sin dirigirse la palabra el uno con el otro. Eran cautelosos y Christel intento imitarlos, aunque si bien había aprendido a ser silenciosa, tardaba el doble que los otros dos en hacer cualquier cosa, por simple que pareciese. Le hubiera gustado pedirles que la esperasen, pero era inútil, y eso la hacía inútil a ella también.
Se detuvieron antes de una esquina, donde por el otro lado se abría por fin un espacio más grande que los pasillos interminables del lugar. Ahora había varios caminos, cada uno con señales de colores y palabras raras que Christel no se dignó a ver. El suelo estaba manchado de sangre seca, y algunos cuerpos se encontraban allí, en un estado de descomposición tal que ni las moscas se atrevían a buscar. Eran momias y huesos regados en medio de una estancia con muros de cristal, en donde al parecer compartían oficina y algunos instrumentos de laboratorio, de esos que jamás alcanzó a tocar en su vida  Como fuese, todo parecía sumamente tranquilo, así que Christel se animó a adelantarse, encontrando nada alrededor ¿Qué estaba buscando Phoenix? Allí definitivamente no encontraría sus muletas, así que lo único que quedaba era esperar por la asiática y su gato, que seguro sabían más que ella al respecto. Volteó a verlos, alzándose de hombros. Esperaba no haberlos cansado con un camino tan largo y lleno de silencio, en donde ellos no recibían respuesta por su parte a ninguna conversación.

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Re: De alguna manera (Phoenix Hemmer)

Mensaje por Phoenix Hemmer el Miér 25 Jul 2018, 06:08

Apretó los dientes cuando la joven se puso de pié, evitando el impulso de ir a ayudarla. Sabía que no podía hacerlo. Tal vez sí en otra circunstancia, pero no era el momento de hacerla notar débil. Así que observó a Salem de forma natural para que no se sintiera intimidada por la mirada de una extraña. Sumado a que el sonido que emitió la niña había perturbado ligeramente al gato. También a Phoenix, aunque en menor medida. Muchos pensamientos vinieron a su mente tan rápido como los despachó. No quería especular. Contempló de reojo cómo la joven ofreció la golosina a la muerta. Le pareció extraño, pero no podía juzgar a alguien que parecía haberse criado en el caos. Mejor aún, agradeció internamente al ser superior por la amabilidad y empatía que parecía mostrar la joven pese a las dificultades de la vida.

Tomó el pequeño pedazo de vidrio con toda confianza. Aún si las intenciones eran malas, debía arriesgarse. Por suerte sólo se intentaba comunicar. « Yo lo hice. Yo lo rompí. Yo soy transparente. Yo soy frágil. ¡No! ¿Yo me lastimé?... Yo soy... » Presionó el pedazo de cristal en su mano, como si aquello la ayudara a comprenderla. No estaba dispuesta a consultar qué había querido decir. Sólo intentó buscar la mejor lógica posible. « ¿Qué dije ni bien la vi? "Me llamo Phoenix.", entonces... Me llamo... ¿Cristal? ¡Crystal! » Sonrió de lado de la forma más sutil que pudo. Creía haberlo descifrado. Aunque no estaba segura. Aún tenía otras especulaciones en mente.

Vamos arriba. 

Guardó el cristal en su bolsillo. Notó que se hizo un pequeño corte en la palma de su mano. De esos que no llegaban a sangrar, sino que sólo se cortó una fina capa de piel que al tirar seguro se saldría. Decidió no molestarse a sí misma tirando de su propia piel y caminó tras la joven hasta alcanzarla. 

Salem reaccionó a los saltos de la adolescente. Quiso bajar de los brazos de su ama y caminar solo por las escaleras hasta el primer piso, a su rápido ritmo. Phoenix, en cambio, decidió caminar tranquila, como si nada en el mundo la apurara. De hecho, fue la última en llegar a subir al primer piso. Pero continuó, despreocupada, junto con Salem. Lo hizo más que nada para tener tiempo de pensar, tanto en qué hacer en las instalaciones como encontrar el mejor modo de comunicarse con su compañera. Estaba claro que no podía hablar, o no quería. Pero vio señales claras de que sí podría oírla.

El primer piso comenzaba con un gran pasillo que se extendía a izquierda y derecha casi con las mismas extensiones. Parecía haber más puertas del lado derecho. Las puertas estaban todas cerradas o arrimadas, ninguna abierta de par en par. En el suelo había huellas de sangre tan seca que sólo eran manchones negros y ásperos. Fue hasta el extremo de un pasillo hasta ver que había un espacio amplio. Allí se detuvo un momento a observar. Salem también olfateaba por el lugar como si fuese un sabueso buscando un rastro. 

Había sangre seca por doquier. Siempre le gustó imaginar qué había pasado para que los lugares quedaran en las condiciones en las que las encontraba. Pero aquello era muy abstracto. Una mancha especialmente grande se destacaba en el suelo. Parecía que un manojo de cuerpos fueron apoyados allí. A excepción de las dos marcas enormes de garras que se veían haciendo un extraño relieve. Parecían haber sido hechas por un tigre. Siempre pensó que los animales del zoológico tendrían que estar en algún sitio, pero dudaba que justo hubiera un felino salvaje, o un oso en un laboratorio. Eso tenía que ser de un mutante. Después de la gran mancha de sangre, contempló los cuerpos de aquellos que no se habían transformado en caminantes. Notó que algunos estaban a medio quemar, como si alguien hubiese pensado que prenderlos fuego era buena idea, pero por el abrupto corte de las telas quemadas, era evidente que habían cambiado de opinión. Tal vez se corría el riego de incendiar todo el lugar. También vio que había algún que otro cuerpo que tenía los mismos cortes de garras. Contempló de reojo a la adolescente. Sabía que seguramente estuviera acostumbrada a ver paisajes horribles pero no dejaba de incomodarle el hecho de que no había más remedio que aceptar que aquella niña seguro había visto cosas peores. La vio encogerse de hombros y se le escapó una sonrisa. Ahí notó que la ropa de la niña mostraba más que lo que debía. Intentaría encontrarle una vestimenta más digna ni bien sepa por dónde ir. 

Bueno, tenemos muchos caminos. Yo estoy buscando algunos elementos químicos. De hecho, quiero armar mi propio laboratorio en casa y necesito llevarme muchas cosas.

Contempló los carteles. Éstos decían: Hematología, Bioquímica clínica, Microbiología, Coproparasitología, Bacteriología, Inmunología y Marcadores tumorales. En total eran siete sectores. Le pareció extraño ver elementos de laboratorio fuera de los mismos, en ese sector que parecía ser sólo la intersección del pasillo, una gran sala de estar donde en realidad no se podía estar por mucho tiempo. A su vez, cada cartel tenía un color específico: rojo, amarillo, azul, naranja, violeta, verde y gris, respectivamente. Luego, notó que las batas de algunos muertos del suelo tenían tarjetas magnéticas. En su mayoría eran blancas, pero encontró una color gris. Supuso que abriría la puerta correspondiente al color.

Probar no cuesta nada.  

Dijo a la joven y apoyó la tarjeta magnética en donde debía, en un cuadrado con borde gris que decía "Marcadores Tumorales". No se abrió. Y sería inútil si no se activaba la electricidad del lugar. Aún así intento empujar las puertas. Sólo la que decía Hematología estaba abierta. Ni bien entró vio una libreta pequeña con anotaciones y una lapicera. Ofreció ambos objetos a la joven.

Tal vez si escribes o dibujas podamos comunicarnos mejor. Ahora tenemos que buscar las llaves de las habitaciones y restaurar la energía del lugar. Para eso tenemos que ser un equipo y entendernos de maravilla.

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Re: De alguna manera (Phoenix Hemmer)

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