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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Esto se acaba [Taron Travis] [Flashbacks]

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14 de diciembre de 2012.

Sobrevivir... No, ¿a quién pretendía engañar? No iba a salir de allí con vida y cada vez lo tenía más claro. ¿Mis compañeros? No tenía ni idea de dónde podrían estar. ¿Mi familia estaría bien? Había perdido el contacto con ellos y solo esperaba que me hubieran hecho caso y que se hubieran encerrado en casa de mi hermana.

Había perdido mis armas, sí, estaba sin nada. Así que mis posibilidades de sobrevivir se reducían aún más. Hasta ahora había sido astuta, me había mantenido al margen y si había tenido que enfrentarme a uno de ellos, lo había hecho en la lejanía, sin tener que acercarme demasiado, eran las balas quienes se habían encargado, ¿pero ahora? No podía engañarme, estaba aterrada. El último soldado con el que había estado colaborando estaba ya bien muerto. Del pobre no quedarían ni los huesos. Esto escapaba a mis límites.

Una tienda de ropa no era la mejor opción para esconderse, pero era la única opción que tenía. Las calles daban miedo y al menos aquel vestidor parecía seguro.

Mi rostro parecía tan demacrado y cansado en el reflejo del espejo... Me encontraba sentada en la moqueta con los pies sobre la puerta, había cerrado el pestillo, pero por si acaso también yo misma bloqueaba la maldita puerta. Había visto tantas cosas... No quería morir, no deseaba morir convertida en una hamburguesa humana. Era lo peor, lo que más me aterraba, esos dientes clavados en mi piel sin poder hacer nada... Gritando de dolor y deseando que el siguiente mordisco acabara con mi agonía. Un escalofrío me recorrió de arriba a abajo. Definitivamente tenía que hacer algo.

¿Cobarde? Tal vez, pero más insensato sería salir ahí desarmada.

Un golpe en la puerta.

Fue inevitable, me sobresalté dejando escapar un leve grito que traté de ahogar tapando mi boca con ambas manos. Estúpido e inservible. El zombie de fuera ya se había percatado de que había alguien dentro y comenzó a gruñir y golpear la puerta aún con más fuerza. No tenía ya tiempo, ese atraería a más. Hice de tripas corazón.

Abrí la puerta y la empujé con todas mis fuerzas en un intento de tirarle a él, lo conseguí. Corrí entre pasillos llenos de ropa, tratando de no tropezar con los cadáveres o cualquier cosa que estaba tirada por el suelo. No lo logré y tropecé. Me arrastré desesperada, sabía que el zombie me seguía y apenas veía nada, la tienda estaba prácticamente a oscuras de no ser por algo de la luz de la luna que se filtraba por el escaparate. Llegué al mostrador, no había nada con lo que defenderme, levanté la pesada caja, tal vez en una situación más normal apenas habría podido con ella. La lancé, o mejor dicho traté de golpear con ella al zombie. Este cayó al suelo y yo también con un largo suspiro. Pero no estaba muerro... Aún no. El zombie comenzó a moverse y se levantó finalmente, tambaleando, con media cabeza literalmente aplastada. Quise vomitar.


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Re: Esto se acaba [Taron Travis] [Flashbacks]

Mensaje por Invitado el Sáb 31 Mar 2018, 22:29

Joder.

Me metí en un callejón y me dejé caer hasta apoyar la espalda contra la pared de ladrillos, frustrado, ignorando la basura desparramada por el suelo y el contenedor enorme que había al final de la calle. Apestaba, sí, pero el mundo actual lo hacía mucho más. Ya habían pasado tres putos días desde que me había escapado del furgón que me iba a llevar a la prisión militar y mi estado de fugitivo no me inquietaba en absoluto; antes estaba dispuesto a aceptar las consecuencias de mis actos, pero no implicaban ser el delicioso postre de unos guardias no-muertos. Así que me libré de ellos y me monté en el furgón. En ese momento no pensaba en nada, pero ahora me podía permitir repasar mis posibles cargos. Rebelión, agresión y robo. Ah, y por lo que iba a la cárcel: homicidio.

En el furgón, cuando se me pasó la adrenalina de la huida, me di cuenta de que uno de los guardias zombies me había mordido en el brazo. Supuse que ese sería mi final porque a través de la herida habría entrado la saliva, contagiándome con el puto virus. Así que sólo pensé en conducir. Y conduje hacia ninguna parte hasta que se me acabó la gasolina. Me gusta conducir, me relaja tanto como darle puñetazos a algo... Luego abandoné el vehículo y llevaba vagando desde entonces. O al menos eso creía, porque mis recuerdos más recientes me parecían fragmentos de un mal sueño. No sé, había cosas que no recordaba pero sí fragmentos borrosos como que tuve que detener el coche en un punto porque sentía que me estaba quemando vivo y... Y luego no sé qué coño pasó.

Decidí no atormentarme, sobretodo porque mi prioridad sí que se me hacía más real: encontrar a mi esposa. Eso no podía olvidarlo.

Repasé mentalmente mis opciones y de lo que disponía, que no era mucho. Del furgón sólo había conseguido sacar un machete, con el que había cortado la cadena que unía las esposas que rodeaban mis muñecas; pero sólo logré deshacerme de la cadena, las pulseras metálicas aun permanecían intactas recordándome mi destino en caso de no estar en un apocalipsis zombie. Quién lo diría. Me levanté del suelo con una mueca, aun si llevaba mucho caminando no podía permitirme el lujo de descansar tanto y menos aun cuando todavía podía escuchar a los muertos gruñendo por las calles contiguas. No. Necesitaba tres cosas: Comida, un refugio para pasar la noche y un vehículo funcional.

Y yo siempre consigo lo que quiero.

Me centré en lo primero ya que había visto varias tiendas en mi camino al callejón. No pensé en cómo, pues ya estaba caminando con el machete en la mano. Nunca me ha gustado darle vueltas a algo... Los zombies me ignoraban, como si fuera uno de ellos. O quizás no me veían por la oscuridad de la noche. De todas formas en ese momento no lo entendía, pero no me quejaba. Aunque sí que empecé a caminar despacio, para no tentar a mi suerte. Por fin iba a entrar en un establecimiento cuando escuché un grito. Fue débil, pude haberlo imaginado, sin embargo significaba un atisbo de esperanza. Por instinto, o por deber moral, me di la vuelta y corrí hacia la dirección del breve sonido. Algunos zombies a mi alrededor comenzaron a percatarse que yo no era uno de ellos. No me importó, seguí corriendo hasta entrar en una tienda desde la que se oían ruidos.

Dejé el machete en el suelo lo suficiente para mover una estantería hasta ponerla delante de la puerta, bloqueándola. Desconocía si había más entradas, mas no tenía tiempo para revisar la tienda entera. Vi a uno de ellos cerca del mostrador, tenía media cabeza aplastada y aun así continuaba moviéndose. Lo contemplé durante unos segundos -para poder creérmelo, supongo- hasta que comencé a escuchar varios gruñidos y golpes que venían de fuera porque los zombies ya hacían cola en la puerta, y reaccioné. Me acerqué deprisa al muerto viviente y antes de que se diera la vuelta le corté el cuello con el machete, puse más fuerza de la necesaria pero logré que lo que quedaba de su cráneo se separase del cuerpo y ambas partes cayeran al suelo. Seguí observándolo, por si decidía levantarse degollado.

Cuando comprobé que no subí los ojos hasta la chica que estaba en frente junto al mostrador. De primeras me pareció una chica, aunque la escasa luz de la luna y su rostro cansado no me ayudaban a distinguir sus facciones. Que no fuera un zombie todavía se me hacía raro, porque parecía una criatura pequeña y asustada. Pero yo no la conocía, así que no iba a juzgarla. Después de todo yo no era más que un hombre vestido con una camiseta blanca sucia, unos vaqueros y unas botas; además del trozo de tela ensangrentado que cubría la parte de mi brazo donde estaba el mordisco, las chapas plateadas militares de identificación que colgaban de mi cuello y las esposas sin cadena que rodeaban mis muñecas. Allí ya no era nadie; ni un soldado, ni un fugitivo. Lo único que importaba era que no estaba muerto y vivo a la vez. Y ella tampoco.

Fruncí el ceño.

Sin motivo alguno empecé a experimentar aquella sensación que recordaba de manera borrosa, esa de estar quemándome vivo por dentro. No sabía si era la segunda vez que me pasaba o la tercera, o la cuarta en tres días. Como si mi cuerpo me reclamara así algo que no le estaba dando. El problema es que yo no sabía qué. Hice una mueca y solté una maldición, luego miré hacia la puerta donde la estantería ya se tambaleaba por los golpes que estaba recibiendo desde fuera. Me apoyé en otra estantería porque sentía que me estaba ardiendo la sangre cada vez más. ¿Me voy a convertir en uno o no? Decídete ya, joder. De cualquier modo la estantería que bloqueaba la puerta no iba a aguantar mucho y entonces entraría una multitud de zombies que nos devorarían. Teníamos que salir de allí.

Deslicé el machete por el suelo hasta que el arma paró cerca de los pies de la chica. No hay tiempo de presentaciones en el fin del mundo.Nos vamos ahora, pequeña─ Susurré con un deje de cansancio e impaciencia en mi voz, tal vez porque estaba intentado ignorar el dolor que sentía por todo el cuerpo y porque no sabía cuánto tiempo iba a aguantar así. Seguidamente tomé aire y me abalancé hacia la puerta haciendo uso de toda mi determinación. Aparté la estantería con cuidado de no hacer mucho ruido. Abrí la puerta. Había tres. Empecé a forcejear con dos, el otro directamente entró en la tienda. Ya echaba de menos el machete pero recordaba mi entrenamiento, lo que esperaba era que la chica decidiera utilizar el arma y ayudarme.

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Suerte, ¿ha sido eso?

Por un instante me quedé paralizada, y mis opciones no eran muchas. Quería vomitar, pero en vez de ello recogí el machete del suelo y lo clavé en el cráneo del zombie con todas mis fuerzas. Lo desincrusté de su cabeza y volví a apuñalarla repetidas veces hasta que aquella cosa cayó al suelo. La sangre, o más bien aquella sustancia negruzca y viscosa había salpicado mi rostro y mis ropas, que ya de por sí estaban para tirar.

Apenas daba crédito a lo que acababa de pasar, pero simplemente había pasado y si era suerte o no me dio igual. Aproveché la ayuda. Agarré el machete y corrí tras el hombre que forcejeaba con de esas criaturas. Empujé a una de ellas lejos de él, el zombie y yo caímos al suelo, yo encima, clavé el machete por error en su hombro. Estaba tan cansada que me costó sacarlo, forcejeamos en un intento de él comer y yo de evitar la mordida o posibles arañazos. Desesperada deslicé el machete hacia arriba, hundiendolo en la parte baja de la barbilla, el arma atravesó su boca, la lengua... vi el brillante filo en su boca y no paré, empujé el arma hacia arriba, hasta que llegó a la cabeza y paró.

Observé su rostro, aterrada, asqueada... ahora sí que iba a vomitar.

Saqué el arma y lo lancé por el suelo en la dirección de aquel hombre que me acababa de ayudar, porque tenía bien presente lo que había hecho por mi y lamentaba no poder hacer más. En aquel momento me levanté rápidamente y me aparté del cadáver, vomité lo poco que había comido en esos días, en una esquina, sin poder contenerme apenas, aquella visión tan espeluznante había terminado por vencer sobre mi. Y mi cerebro no ayudaba, porque en vez de tratar de apartar todas aquellas imágenes escalofriantes que había vivido en esos días, mi cerebro me las repetía una y otra vez.

Hasta que no pude más y me aparté torpemente hacia la entrada de la tienda, tambaleándome como si fuera otro más de esas criaturas. Apoyé mis brazos sobre el capó de un viejo ford destrozado que días atrás se habría estrellado contra una farola y observé a aquel hombre, cansada...

Gra-gra...gracias — susurré deslizando el dorso de la mano por mi boca para limpiarme. — Soy Barbara — pude decir mejor, aunque sentía la garganta muy dolorida. — ¿Estás bi...? — no terminé la frase, pues un destello llamó mi atención, algo brilló en su muñeca cuando un débil rayo de luna incidió en aquel objeto. No tardé en darme cuenta de lo que era, o al menos habían sido.

Me erguí rápidamente, olvidando lo cansada que estaba, como si mi propio deber tirase de mi, instintivamente llevé mi mano derecha a la cintura, donde estaba la funda de mi arma, vacía tristemente. Mi mandíbula se tensó.

¿Por qué llevas unas esposas? — alcé mi mano derecha en su dirección, para pedirle que se quedara quieto. Mi cabeza aún daba vueltas, por un lado me decía que lo dejase estar, aquel tipo me acababa de salvar la vida y todo se había ido a tomar por culo... ¿Qué importaban ahora esas esposas? Pero... seguía siendo un agente de la ley, o eso pensaba yo. Lo llamaban deformación profesional, la placa seguía pesando.


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