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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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La piel del Diablo

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La piel del Diablo Empty La piel del Diablo

Mensaje por Reagan O'Hara el Dom 18 Sep 2016, 21:58

Reagan O'Hara


Abril de 2007, Nueva York.
Habían pasado ya dos semanas desde que David se había marchado. Y aún sentía la sensación de que estaba en el apartamento, sentía su presencia cerca de mi, incluso su aliento pegado a mi piel. El olor de su colonia aún permanecía allí.

Había sido incapaz de ir al entierro y nadie me lo había reprochado. Todos daban por hecho que había pasado los últimos días llorado su muerte en nuestro apartamento en la base. Sí, había permanecido encerrada en él. Sola, sin querer hablar con nadie.

Por fin me había decidido a ir a su tumba, a visitarle y así tratar de desahogar mi mente, de decirle todo cuanto no pude decirle antes. Había elegido uno de los tantos vestidos negros que había en mi armario, sencillo y poco pretencioso. A David le habría gustado, también llevaba uno de los tacones que él me había regalado, a falta de otros mejores. No solía tener zapatos, no sabía mucho de moda, pero de seguro que unas de mis tantas botas militares no quedaría demasiado bien con el vestido.

Recogí mi cabello hacia atrás, tras un rato observando mi rostro en el espejo. Me sentía diferente y aunque casi nunca lo hacía, en esta ocasión decidí maquillar mi rostro y pintar algo de color en él. ¿Por qué? No estaba segura, tan solo me apetecía y aunque unos labios tan rojos desentonaran en un cementerio escogí aquel color.

Una hora más tarde me encontraba caminando entre un mar de cruces blancas. El color negro desentonaba entre el solemne blanco: tumbas sis nombres de héroes caídos. Hasta que llegué a la de él. No sabría decir cuanto tiempo estuve allí de pie, con la mirada sobre el mármol blanco. Aparentemente era una viuda más, rota de dolor... recogiendo los restos de un matrimonio que había tocado fin. Afortunadamente. Me acerqué un par de pasos hasta arrodillarme junto a su lápida.

David... aún me costaba hacerme a la idea de tu marcha — deslicé los dedos sobre la fría piedra y me acerqué a ella, para susurrarle. Solo quería que lo escuchara él, como si terceros fueran a oírme... se escandalizarían. — Siento no haber venido antes, pero temía que fuera irreal, que pudieras llegar en cualquier momento y créeme, eso es lo que más daño me ha hecho — bajé la mirada hasta mis manos. En el brazo derecho aún quedaban sus huellas, difusas... el gris desaparecía por fin entre mi piel pálida. — Pronto no quedará nada de ti y eso me alivia — las palabras parecían atrancarse en mi garganta, pero poco a poco comenzaban a salir, sacando una fuerza que creí que había perdido.

Adiós David — mis labios rozaron el mármol dejando una marca rojiza en la lápida. — Serás la última persona que me haga sentir así, nunca más — una de mis manos se hundió en la tierra. Arrastré el barro hasta su nombre manchando la lápida, ocultando su nombre, borrando su identidad. — Si es verdad que existe un infierno... púdrete en él y disfruta de su tortura, porque cuando nos volvamos a ver juro que seré más fuerte y lo que habrás tenido que pasar no será nada comparado con lo que yo te haré sufrir — en mis palabras solté toda la bilis y rabia acumulada en los últimos años. Escupí y me puse en pie dispuesta a marcharme.

No creía en en divinidades, cielo, infierno... pero una parte de mi quería que fuera real, porque estaba totalmente convencida de que de existir solo serviría para seguir vengándome de él. Después del miedo que me había hecho sentir, del daño, del dolor... todo lo había acumulado para una sola cosa; ser más fuerte. Ya nunca más me dejaría pisotear, por absolutamente nadie.


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La Obediencia trae Disciplina, la Disciplina trae Unidad, la Unidad trae Poder, el poder es Vida...

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Mensaje por Reagan O'Hara el Lun 26 Ago 2019, 16:44

Reagan O'Hara


Abril de 2007, Nueva York.
A veces una misma debe actuar, cuando esperas que algo ocurra con todas tus fuerzas, pero no pasa... entonces es cuando debes hacerlo por ti misma.

El plan ya había sido organizado, al mínimo detalle, no habría nada que se me fuera a escapar. Una realidad era que apenas había pensado en lo que iba a suceder, sencillamente necesitaba hacerlo, antes que acabara siendo una más de esas listas de mujeres muertas. Víctimas... nunca más, aquel día dejaría de serlo. Y eso me hacía sentir bien. Ni siquiera era capaz de sentir el asco que me produjo por la mañana una de las disculpas de él, o una de sus caricias... porque sabía lo que pasaría esa noche, porque era consciente de que no volvería a saber de él. Y me reconfortaba saber que aquello no se volvería a repetir, me dio igual y cuando David se despidió para marcharse a trabajar yo sonreí sincera, aliviada y él creyó que era una muestra de cariño. Se giró y volvió de nuevo hasta mi, para besar mis labios. No me aparté, no sentí nada, dejé que sucediera y con la vista fija en él me fijé en como se marchaba.

Aquel día iba a morir y esta vez yo sería la que provocaría el daño. La que infligiría el dolor, y su muerte no sería rápida e indolora. Lo había pensado muy bien, lo había planeado meses atrás y la idea de una muerte lenta y agónica me producía satisfacción, no se merecía lo contrario, esa mala bestia pagaría por todo el dolor que me había provocado.

Aquel día no tenía que trabajar, pero David sí. Aparentemente todo era normal entonces, él se marchó, yo desayuné con calma, me arreglé... lo único diferente fue la ropa que elegí, no era mía, si no de él. Eso me ayudaría a pasar desapercibida cuando me acercara a la base. Parecería un accidente, estaba convencida de que funcionaría, ya que sino sería yo.


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