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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Navidades locas entre arena y zombies [Abigail + Libre]

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Veinte de mayo de 2015.
Las Vegas, Nevada.
Mediodía - Temperaturas cálidas.


Me encontraba lejos de Silver Lake, muy lejos, pero no importaba, necesitaba alejarme si quería dar con nuevos útiles para mi pequeño taller. En más de una ocasión había pedido ciertos productos que nadie había sabido localizar, así que creí oportuno que fuera yo mismo en busca de ellos. Era consciente de que no debía ir solo, pero igualmente me acompañaba Rose. La caravana que había encontrado a principios del brote y que había servido como mi hogar durante todo este tiempo. Rosalie, así la llamaba había sido perfecta, tanto para viajar como para refugiarme en Silver Lake, en ella había improvisado un pequeño taller y estaba totalmente seguro de que era la envidia de todos los integrantes del refugio.

Había conducido kilómetros y kilómetros hasta llegar a Nevada. Sabía que en aquella ciudad encontraría lo que buscaba y bueno... Había sido mi hogar durante un tiempo largo, realmente se trataba del único sitio del país, seguramente, que mejor conocía. Pero a mi llegada sentí una enorme pena, no era la ciudad que recordaba, ya no era ese lugar donde las luces brillaban. Las rumores eran ciertos, la arena había seguido avanzando hasta cubrir en su mayoría sus grandes calles. Rosalie avanzaba lentamente por estas y no se veían caminantes, pues todos habrían quedado atrapados bajo la pesada arena o permanecerían en el interior de los enormes edificios. Los casinos, hoteles de lujo... Todos sobresalían por la arena gracias a su imponente altura. Detuve a Rose y bajé lentamente de la caravana. Cerré con llave y la guardé en mi bolsillo. Me costaba andar con tanta arena.

Ahora no era capaz de saber hacia donde iba. No recordaba las calles así y a saber por donde quedaría la tienda de electrónica que buscaba, seguramente estaría enterrada como el resto de edificios que no llegaba a localizar.

¿Y ahora hacia dónde voy? — fruncí el ceño pensativo y empecé a caminar lentamente sin darme cuenta de que cada vez estaba más cerca del Resort Palace. Observé el imponente edificio como se alzaba ante mi, podría escalar perfectamente una de las dunas y colarme en su interior por alguna ventana. Antes si quería pasar una noche allí debía pagar un riñón por una de sus habitaciones, ahora la cosa era diferente... Sonreí. ¿Por qué no? Subí la duna rápido a la vez que torpe, pues era difícil escalarla. La ventana estaba rota por lo que no tuve que hacer un gran esfuerzo para colarme en el interior.

Estaba en un pasillo desolado, el tiempo había hecho estragos en él, pero lo que más me sorprendía era la decoración de navidad. Claro, el virus se había comenzado a propagar por el mundo en aquellas fechas. Caminaba lentamente por el pasillo, había guirnaldas medio caídas, flores, un abeto en una especie de recibidor... Recogí un gorro de Papá Noel del suelo, lo sacudí y me lo coloqué en la cabeza. Sonreí divertido, tenía un hotel entero para mi solo... O eso creía yo. Podría hacer cualquier cosa, incluso revivir la navidad, ya que llevaba desde 2011 sin celebrarla como era debido. ¡Qué más da daba si estábamos en mayo o por ahí! No llevo las fechas muy bien, ¿alguien las lleva hoy en día?


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Abigail se había marchado muy al oeste del país. Maxwell esta vez no le acompañaba, era la primera vez que se separaba de él tras el brote, por lo que la mujer no se sentía del todo tranquila con su situación actual. Para que engañarse, se sentía incómoda y asustada. Cualquier cosa la ponía alerta, cualquier ruido que escuchara por ínfimo que fuera provocaba en Abby puro pavor. Pero habían pasado ya unos días y comenzaba a acostumbrase, lo curioso era que aunque a veces no soportaba la compañía del rubio ahora lo echaba de menos como nunca. Sobre todo poder hablar con alguien y que esta persona respondiera.

¡Pero fuera dramas! Abigail estaba ni más ni menos que en Las Vegas, la ciudad del juego, de las luces, del pecado... Aunque no la recordaba tan... ¿así? Resultaba desolador ver como el desierto había seguido su paso una vez que la humanidad se quedó atrás. Ya no había nadie que limpiara la arena del desierto, nadie que detuviera su paso y esta había seguid por tanto su camino. Era triste, como justicia poética. Aquel lugar nunca había sido de nadie y ahora la naturaleza reclamaba lo que era suyo.

La intensa luz del sol de desierto dañaba su visión, así que decidió ponerse sus viejas gafas de sol, aquellas compañeras fieles de sus aventuras, junto a su cámara se podrían decir que siempre habían estado con ella. La nikon descansaba, como no, en la mano derecha, colgada por la correa que había enrollado en el mismo brazo. Siempre la llevaba así, tal vez fuera una manía absurda en vez de llevarla como todo el mundo colgada del cuello, pero le resultaba incómodo de esa forma, y en la mano en cambio la sentía más cerca, más preparada y sobre todo más segura.

Sus pies se iban hundiendo en la arena, le costaba avanzar pero no resultaba un inconveniente realmente. Ascendió por la duna hasta quedar en lo alto de esta, las vistas eran sobrecogedoras: el cartel que daba la bienvenida a la ciudad estaba a medio caer, con una parte enterrada en el dorado desierto y bueno... como no hablar de la ciudad.

Al final tus luces se apagaron — Susurró con la vista fija en el paisaje. Sin llegar a apartar la mirada, Abby encendió su cámara de fotos, ajustó la apertura de diafragma, lo cerró del todo para obtener una mayor profundidad de campo, deseaba captar toda la escena posible y además la luz sería un inconveniente, eligió la velocidad apropiada que el exposímetro le indicaba y la sub-expuso un poco para que no salieran algunas zonas quemadas, enfocó y encuadró la escena: el cartel de bienvenida a la ciudad quedaba a un lado y la ciudad desolada detrás. Abby tomó una fotografía que no se podía describir más que por si misma, la pena es que pocos o nadie fueran a verla...

Tardó aproximadamente una hora en bajar hasta la ciudad, ya sería media tarde aproximadamente cuando la mujer logró llegar hasta uno de los hoteles más prestigiosos de la ciudad, al menos antes. Decidió ascender por una de las dunas que lo cubría, hasta una ventana rota. Abby estaba tan entusiasmada con la idea de entrar en el interior del Palace, que no vio las huellas en la arena. Había estado en un par de ocasiones allí, por galas benéficas de navidad o convenciones de fotografía y debía reconocer que siempre se lo había pasado en grande. Ahora le daba pena verlo así, pero igualmente le traía buenos recuerdos. Tampoco se puso a pensar que en el interior estarían los caminantes que no estaban en las calles... No pensaba en nada más, que tremendo error.

Vestía ropa sencilla, una camiseta de manga corta gris que seguramente era de Max y por eso le quedaba algo grande, sí, tendía a quitarle la ropa a su compañero cuando se quedaba sin ropa limpia, unos vaqueros algo desgastados y botas negras. Sacó de su mochila la vieja linterna que llevaba e iluminó el fondo del pasillo llevándose una buena sorpresa. Había una figura humana a unos metros de distancia de ella. Le pareció que admiraba la decoración navideña sino fuera porque Abby estaba convencida de que se trataba de un zombie. Se armó de valor y también con su machete en la derecha, una vez que guardó la cámara en la mochila. Avanzó rápida y sigilosa por el pasillo y cuando estuvo a una buena altura hundió el machete sobre su sien, dos veces hasta que la zombie cayó por fin definitivamente muerta.


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El tiempo había hecho daño en las instalaciones de aquel lugar, algunas paredes contaban con el papel agrietado o rajado, también se vislumbraban manchas de sangre reseca por todas partes, el rastro se perdía en el final del pasillo, donde la oscuridad impedía ver algo más allá. Caminaba en esa dirección hasta que me percaté de que no portaba mi linterna y no deseaba adentrarme en un lugar en el que no podría ver nada. Por ello tomé la inteligente decisión de ir en la dirección contraria. En esa parte del pasillo había ventanas y lo iluminaban todo mejor, al igual que tampoco había necesidad de seguir el rastro de sangre. Eso sería muy poco astuto por mi parte, como ir directo a la boca del lobo.

A mi paso me topé con una pequeña salita ubicada en mitad del pasillo. Había una mesa de café en el centro y varios sofás la rodeaban, revistas tiradas por el suelo y sobre estos muebles... Serviría para los huéspedes o las visitas de estos. A saber, no me iba a plantear toda la estructura de aquel dichoso hotel o si esa salita tenía sentido ahí o no. Lo único que llamó poderosamente mi atención fue el gorro de Papá Noel que había colgado del perchero. Era bastante bonito y esponjoso, de calidad, nada que ver con esos gorros de tela fina que te encontrabas en los mercadillos por nada y menos. Lo recogí del perchero y tras sacudirlo un rato todo el polvo que tenía, que no era poco, me lo coloqué en la cabeza y proseguí con mi paseo.

Sonreía como si fuera un niño con un nuevo jueguete, me divertía llevar aquel sombrero, sin embargo todo se fue al traste de un momento a otro. El susto me lo llevé sí o sí. De pronto escuché un golpe en mitad del pasillo, así que no pude evitar dar un pequeño respingo. El ruido en cuestión procedía de algo más adelante y no podía ver de que se trataba porque el pasillo giraba hacia la derecha. Así que corrí sigiloso hasta la esquina y me asomé con cuidado. Solo veía un inmenso pasillo y entre medias otro perchero medio caído que estaba apoyado sobre la pared. Sonreí relajado, aunque mis nervios seguían ahí. — Solo era el perchero... — sonreí aliviado y con un suspiro me acerqué a colocarlo. — Pero... ¿Quién o qué lo ha tirado? — me pregunté en voz baja ahora casi petrificado y más nervioso que nunca. De la nada apareció un rostro macabro, lleno de heridas que supuraban algo de color verdoso, dientes negros y cara de enfado... Portaba un traje de color rojo, era bastante grande, con una buena barriga. Aquel tipo no debió vivir mal en su época.

Oh... — solté al ver el Papá Noel zombie que había salido de otra intersección del pasillo. Cabía destacar que le faltaba sombrero. — Así que el gorro es tuyo... — antes de que pudiera atacarme salí corriendo de allí. El zombie comenzó a perseguirme por los pasillos mientras que yo corría de puerta en puerta tratando de abrirlas todas, pero ninguna cedía y cuando ya comenzaba a darme por rendido, una abrió. Me colé por esta, cerré y me apoyé en la puerta para que Santa no me comiera. — ¡Juro que he sido bueno, ve a perseguir a otro! — exclamé mientras que presionaba la puerta hacia afuera para evitar que él pudiera entrar. Pero parecía que le había despistado, menos mal... Entonces me percaté de que estaba a oscuras. Rápido saqué del bolsillo de mi pantalón un mechero que no tardé en encender, se trataba de un cuarto de la limpieza, comprendí cuando una de las escobas se me vino encima y a punto estuve de gritar, pero no lo hice, ya había cumplido el cupo de cobardía del día huyendo del Santa zombie.


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Venga Abby, vamos a ver qué encontramos... — Abigail se tuvo que susurrar para poder proseguir con su camino. No es que fuera miedosa, tan solo que aquel tipo de situaciones la ponían en un constante estado de alerta que... sí, acababa en cierto miedo, que realmente no era tan... ¿miedo? Abby prefería pensar algo así, pese a que realmente sí que sintiera algo de miedo. Ya daba igual que hubiera sobrevivido al fin del mundo o que se hubiera enfrentado a monstruos horribles producto de esos indeseables de Umbrella, pero... ¿Qué más daba si un pasillo semi oscuro la ponía nerviosa? Adiós a toda su valentía, pensó con vergüenza y más aún cuando a punto estuvo de gritar al escuchar un ruido acompañado de un grito que procedía del final del pasillo.

Mierda... — Susurró mientras que empuñaba su machete en la derecha y la linterna en la izquierda, todo el tiempo apuntando hacia el final del pasillo del que procedía el ruido. Lo más seguro era que se tratara de un zombie más, ¿qué era un zombie en comparación a todo lo que había soportado? Resopló, definitivamente echaba de menos a Max, sí, no era igual ir sola.

El soldado sería tan solo una persona, ¿qué podía hacer una persona sola, dos contando con ella misma contra una horda de zombies? Nada, pero su compañía la hacía sentir mejor, más a salvo, era difícil de explicar. Como cuando te ibas a dormir, escuchabas un ruido y te tapabas más aún con la sábana, como si esta fuera mágica... Curioso.

Vamos Abby, tú puedes defenderte sola, ¿a caso eres una miedica? ¡Has vivido cosas peores! — Sí, pero los zombies seguían siendo zombies. Finalmente se armó de valor, ya que le molestaba el hecho de no ser capaz de defenderse sola, claro que podía. — No necesito a nadie — Giró por el pasillo y se quedó petrificada. — ¿Ahora también hay zombies tamaño familiar y edición de navidad? — Preguntó para ella misma al ver al zombie de Santa caminar por el pasillo del hotel. Y eso hizo echar de menos la compañía del soldado otra vez...

¡Esto es surrealista! — Exclamó cuando el zombie comenzó a perseguirla. Abby echó a correr en la dirección contraria, machete y linterna en mano. ¿Qué se suponía que debía hacer? Si con un zombie normal y corriente podía a duras penas... ¿Qué se suponía qué iba a hacer con aquel grandullón?

Abby seguía corriendo por los pasillos como una chalada, ninguna de las puertas que trataba de abrir cedían, así que seguía huyendo del zombie. Ya comenzaba a sentirse cansada, tiraba todo cuanto se encontraba a su paso para ver si el zombie tropezaba o algo, pero ni el perchero, ni la silla, incluso sus pertenencias (que ya no podía apenas con ellas) provocaron que él se retrasara y cuando ya comenzaba a sentirse agotada se fijó en algo bastante curioso; las puertas del ascensor estaban entreabiertas.

¡Bingo! — Exclamó creyendo que podría entrar y subir por la típica trampilla del techo. Aquel era un plan de lo más arriesgado, ya que todo podría fallar, pero es que no le quedaba de otra, con suerte el zombie se quedaría atascado entre ambas puertas. Cuando estaba a punto de entrar frenó en seco, pues... sí las puertas estaban entreabiertas, pero no había ascensor, tan solo el hueco de este. — ¡Joder! — Gritó dando un pisotón en la moqueta, momento en el que se giró para ver que apenas la separaban dos metros del zombie barrigón. Gritó y sin más remedio saltó por el hueco del ascensor. El grito prosiguió algo más...

No es que pensara suicidarse, no, Abby había visto que en el centro del hueco estaba la típica cuerda del ascensor, y típica porque la conocía de haberla visto en las películas. Se aferró a esta con todas sus fuerzas, valiéndose no solo de las manos, sino también de sus piernas. El zombie la siguió por el hueco, pero este no era consciente de nada y acabó precipitándose al vacío unos cuantos pisos abajo. — ¡Ay, ay, ay, ay...! — Seguía quejándose ella con los ojos cerrados y no los abrió hasta que no escuchó el golpe que produjo aquel bulto de carne contra el suelo.

Cuando abrió los ojos de nuevo casi ni se lo creía... Se balanceó en la cuerda hasta que pudo volver y saltar dentro de la planta, con el corazón aún a mil por hora. — Y que luego me digan que soy una negada para esto... ¡Toma ya! — Sonrió, aún nerviosa, echó una mirada hacia atrás y cuando fue a peinarse se dio cuenta de algo: se había quemado un poco las palmas de las manos al aferrarse a la cuerda y dolía... Pero era lo de menos comparado con las otras alternativas. Y ahora la pregunta era... ¿Quién había sido el que había gritado antes?


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¿Y ahora...? — sujetaba aún la puerta con ambas manos, a la vez que miraba en realidad nada, pues seguía a oscuras. Esperaba que el grandullón me encontrara en cualquier momento, que abriera la puerta de un golpetazo y me comiera prácticamente de un bocado, pero lo bueno es que no pasaba eso... aún así, la espera se me empezaba a hacer eterna y no es que estuviera esperando a que me devorase, es que la incertidumbre era lo peor del mundo.

Acabé por sentarme en el suelo, entre las escobas y otros artilugios de limpieza. — Pues nada... — apoyé la espalda contra la puerta y encendí el mechero para ver mejor el lugar en el que me encontraba. Fruncí el ceño al ver algo rojo, enganchado al palo de uno de los recogedores, estiré la mano y atraje el trozo de tela hasta que quedó frente a mis ojos para poder examinarlo mejor. Aquel diminuto trozo de tela no era ni más ni menos que una de esas piezas de lencería... un tanga, sí, así los llamaban. — Agh... Así que esto era el picadero de algún listillo o listilla — lancé la tela a un lado y posteriormente froté mis dedos en el hombro de mi chaqueta.

¿Y por cuál chimenea se habrá perdido Santa esta vez? — me pregunté. Era extraño que no se escuchara ni el más mínimo gruñido procedente del pasillo. Pegué la oreja a la puerta y es que no distinguía nada, tan solo un silencio descomunal que conseguía ponerme más nervioso. Decidí esperar, había que tener paciencia, por ello comencé a registrar las cosas del cuartito, por si había algo que me sirviera de ayuda para mis experimentos.

El aburrimiento comenzó a hacer mella en mi y eos que seguramente no llevaría ni diez minutos en aquella habitación. Había encontrado un cucharón, cosa que no entendía, ¿qué pintaba un cucharón en aquel armario? Dio igual, lo examinaba con ayuda del mechero, veía mi reflejo en la base y posteriormente comencé a jugar con él haciendo movimientos sin más, hasta que me di con él en la frente de verdad, no muy fuerte realmente. — Uy... ya está bien — lo deposité a un lado y me dispuse a salir.

Abrí una rendija la puerta, lo justo para asomar mi cabeza y mirar en ambas direcciones del pasillo. — ¿No hay Santas zombies en la costa...? — negué al ser consciente de ello y me atreví finalmente a salir del todo. Sujetando el machete con ambas manos empecé a andar en una dirección, hacia una de las esquinas del pasillo, lentamente, paso a paso, como había visto a policías y militares en las películas de acción. Apenas podía hasta respirar de los nervios, temiendo que hasta el más mínimo ruido pudiera atraer al dichoso Papá Noel.

Cuando giré la esquina y vi que no estaba solo comencé a gritar a la vez que alzaba aún más el machete. — ¡¿A QUIÉN TE VAS A COMER AHORA SANTA ZOMB...?! — antes de llegar a rozar a la mujer que tenía justo en frente detuve el machete entre ambos, en alto, viendo que estaba viva y coleando. — Oh, tú no eres Papá Noel... — obvio que no, había muchas diferencias entre el Santa y la mujer.


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Empezó a reírse sola, ¡había podido contra ese grandullón! Parecía casi increíble y encima de aquella forma tan espectacular, como lo habría podido haber hecho perfectamente cualquier heroína en una de esas películas de acción. Max habría flipado con aquello... Negó, a Max, seguramente ahora le importase bien poco lo que estaría haciendo ella, y ella quiso pensar que también le daba igual, pero realmente no. — Genial, a ver ahora dónde están mis cosas — se dijo mientras que recogía la mochila que había arrojado a un costado del pasillo...

Abby fue recogiendo el resto de sus pertenencias, que no consistían en más que aquella mochila y la linterna. Desenfundó su machete otra vez por lo que pudiera pasar, ya que había organizado un buen escándalo en el pasillo y no sería de extrañar que aparecieran más zombies. Lo único que pidió es que no vinieran también en formato XXL.

Apenas acababa de recoger la funda de su cámara de fotos, que había sido el único objeto en el que más se había preocupado en proteger cuando alguien se lanzó literalmente a por ella. El sujeto estaba gritando, así que eso de primeras le dio a entender que estaba vivo, pero verlo con el machete alzado en su dirección y gritando como un loco no ayudaba realmente, por lo que ella empezó a gritar también. No hacía falta decir que estaba aún muy nerviosa tras su encuentro con aquel zombie.

Aún con el corazón a mil por hora, además de que no parecía ser la única, ya que el chico también parecía bastante nervioso. Abigail pestañeó varias veces al escucharle decir que no era Papá Noel y ató cabos.

Ah... pues me alegro de que te des cuenta de que no soy un zombie gordo y repulsivo... ¿Gracias? — Abby arqueó ambas cejas. A simple vista él no parecía muy peligroso, pero a saber... Al menos había tenido la decencia de detenerse antes de abrirle la cabeza con el machete. — Soooy... Abby, por cierto — Dijo por fin estirando su mano en la dirección de él.


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Desde luego eres más guapa que él... mucho más... — negué rápidamente. — ¡Yo soy leopold Hart, aunque todos siempre me han llamado Leo, encantado mucho gusto! — comenzó a decir de forma atropellada para evitar soltar más tonterías que me dejaran en evidencia. — ¿Y qué hace una chica como tú por un lugar como este? — sonreí. Hacía mucho tiempo que no me topaba con nadie fuera del refugio.

¡Ay Dios, el zombie Santa! — recordé repentinamente al zombie gigante. — ¡Rápido, hay un zombie gigantesco por ahí que quiere recuperar la navidad y un par de tallas más de pantalón, corre! — agarré a la mujer por los hombros y comencé a empujarla en la dirección del armario. — Tengo un fantástico armario de refugio, o mejor nos vamos de aquí, mi caravana está fuera, se llama Rose y tiene gasolina... — iba diciendo de forma atrpellada, sin llegar a alzar mucho la voz, mientras trataba de que Abby me siguiera hacia allí.

Pero vamos mujer, antes de que aparezca o nos comerá de un solo mordisco, que con ese tamaño seguro que no le cuesta nad y no exagero, era ENORME — seguía hablando de forma atropellada, casi sin espacios a causa de los nervios y de que pudiera volver a salir aquel zombie.


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Abigail miró al chico con una sonrisa que iba creciendo conforme él iba hablando. Lo miraba con diversión, pues parecía que él solo había iniciado una conversación de lo más rara.

¿Zombie Santa? no... — Leo comenzó a estirar de ella, tratando de guiarla hacia un armario, según decía él, pero es que Abby no era capaz de explicar lo que había pasado. — No tienes que preocuparte ya de él, resulta que... — él seguía igual de nervioso tratando de guiarla hacia su "fantástico" refugio, aunque ella opusiera resistencia.

Espera, espera, espera... — empezó a decir ella, obligandole a detenerse. — El zombie está muerto, ha caído por el hueco del ascensor — Abby señaló el lugar, sintiendo de nuevo el dolor en sus manos. — ¿No tendrás una pomada para quemaduras, verdad? — preguntó de paso, ya que las manos comenzaban a doler bastante.

Me he quemado al agarrarme del cable — volvió a señalar el ascensor y comenzó a caminar por el pasillo, deshaciendo el camino que había hecho cuando el zombie la persiguió, Abby buscaba sus cosas y no tardó en dar con ellas, sobre todo su cámara, que era lo que más le preocupaba. Colgó la bolsa de esta del cuello y la mochila en su hombro. — ¿Y bien? — miró al chico alzando sus manos para que viera las quemaduras. No parecía un mal chico, así que se sentía cómoda con él y tampoco parecía tan serio, eso en verdad hasta le divertía.


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¿En serio? — la miré realmente sorprendido al escuchar que ella había matado al zombie. — ¿Tú sólita? — es que me costaba creerlo, a ver si se había equivocado de zombie. — ¿El grandullón del traje de Santa Claus, así y así...? — hacía gestos para indicar su tamaño.

Jo, debes ser una versión de Wonder Woman real, o algo así, porque menudo bicho era ese... — me acerqué al hueco del ascensor y me asomé, por más que me esforzará no se veía nada, ya que estábamos muy arriba. — ¿Y cómo lo has hecho? — inquirí alzando una de mis cejas. Asentí cuando me preguntó por la pomada. — Sí, bueno no, tengo algo mucho mejor donde Rosi, una maceta de aloe verá, es mucho mejor, porque cortas un pedacito y te echas lo de dentro en la quemadura, te lo das cómo una pomada y a parte de aliviar el dolor cura bastante bien — explicaba, a la vez que hacía gestos para acompañar a las palabras.

Anda... — dije repentinamente al recordar algo. Fui directo hacia la mitad del pasillo y me estiré para tratar de llegar a la lámpara que descansaba colgada en la pared, quité el cristal que cubría la bombilla y observé el interior, aquellos cables me serían de utilidad. — Que bien, me servirán para una cosa — me estiré todo lo que pude y comencé a desmontar la lámpara, llevando para mi todo aquello que pudiera utilizar posteriormente, hasta la bombilla que parecía estar bien aún.


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No te creas... era fotógrafa — Abby se encogió de hombros cuando el tal leo comenzó a decir que debía ser una superheroína o algo así. A Abby le hizo gracia escuchar aquello después de haberse sentido tan mal en los últimos días. La conversación con Maxwell le había afectado bastante: hasta el punto de creerse que de verdad era tan inútil y que la comparasen con Wonder woman era unaa auténtica inyección de autoestima. — Y sí, ese, bien grande y bien feo — concluyó ella mientras que observaba como leo comenzaba a irse por las ramas. Hasta el punto de que la dejó prácticamente hablando sola.

Hola... estoy aquí — Abby se señaló con un dedo y siguió al chico hasta una lámpara. El joven hablaba solo y parecí bastante concentrado en aquel monólogo sobre cables y bombillas. Abby lo iró enarcando una ceja. — Esto... disculpa, no quiero molestarte en tu discusión sobre cables, pero... de verdad que ese aloe vera me vendría de perlas — sabía que era una buen remedio para las quemaduras y él mismos e había ofrecido, por lo que le echó un poco de morro para ver si le daba un poco de la planta.


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Los hoteles buenos no se andan con rodeos... estos cables son bastante buenos, que desperdicio tenerlos aquí tirados... — iba diciendo mientras que me acercaba a otra lámpara y repetía el procedimiento, recortando, quitando todo aquello del interior que me pudiera servir de utilidad. Hasta guardé las bombillas con mucho cuidado en el interior de la bolsa que llevaba.

Y ahí había un cuadro de luz... — sonreí señalando al final del pasillo cuando Abby me hizo regresar junto a ella. — ¿Eh...? — pregunté en su dirección, mirándola con aire despistado. — ¡Ah, sí, el aloe vera! — exclamé recordando la conversación. — Ten y procura no gastarlo todo, que me tiene que durar más tiempo — del bolsillo me saqué las llaves de la caravana y se las entregué a ella. — Es la caravana que está al salir por la ventana de la habitación esa, la maceta esta en la mesita de la cocina... o en el fregadero... ¿junto a la ventana? no sé, búscala tú, que te lo tienen que dar todo hecho — negué y tras darle las llaves proseguí con mi búsqueda de cables.


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¿Qué...? — Abby miró incrédula la llave en su mano. ¿De verdad aquel muchacho se la había entregado como si nada? — Oye, no deseo ser grosera, pero... — iba a decirle que aquello no estaba bien, que no podía ser tan confiado con los desconocidos. ¿Y si se largaba con su caravana? Había tenido suerte y no lo era, pero... ¿Y si sí?

El tal Leo estaba obsesionado con arrancar esos cables de las paredes y a ella le dolían las palmas de las manos tanto que se decidió. Abby siguió el camino que le había señalado, por la ventana y bajó con mucho cuidado para llegar hasta la caravana. Allí estaba aparcada sobre la arena. Abrió la puerta con la llave y cuando pasó al interior no pudo evitar soltar una exclamación ahogada ante la impresión que le produjo ver tal desastre.

¡Menuda pocilga! — pero en vez de seguir analizando aquel desastre decidió acercarse hasta la ventana, mirar la mesa... y por último el fregadero. Allí estaba la maceta, medio oculta. La depositó cerca de la ventana, donde no recibiera la luz directa pero si una buena dosis. Tal y como le había pedido Leo solo cortó un pedacito que comenzó a aplicar en ambas manos. El frío era agradable contra la pie quemada, aliviaba bastante.


Aquí tienes, tus llaves de vuelta y ahora sí te lo diré... ¡Las llaves no se las puedes dar a cualquiera, y si me hubiera ido con la caravana y te hubiera dejado tirado? — una vez que estuvo de vuelta le entregó las llaves con su respectiva regañina. — Y... gracias —  añadió después. — Por cierto... ¿se puede saber para qué quieres tantos cables? — preguntó ya por curiosidad.


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¡Ay! — di un leve respingo al escuchar a la mujer a mis espaldas. Estaba tan concentrado en mi tarea que ni siquiera la escuché llegar. — ¿Ya has ido a por el aloe? — pregunté con una ceja alzada; ¡si apenas había pasado un momento! Eso o que estaba demasiado absorto en mi tarea de recolección. Recogí las llaves y las guardé en el bolsillo del pantalón, me predisponía a seguir arrancando los cables cuando sus palabras me hicieron volver a mirarla.

Pero no lo has hecho — repliqué. — Si fueras de esas no te habría dejado las llaves — claro que no habría tenido ni idea, pero... bueno, que más daba, nos e había ido con la caravana. No me había parecido mala mujer y por tanto confié en ella.

Para mis proyectos, construyo cosas de utilidad para mis amigos y yo, cosas que ayuden a sobrellevar mejor estos tiempos — iba a proseguir con el trabajo cuando me fijé en un Papá Noel de peluche que había en una de las esquinas del pasillo.

Este hotel no reparaba en gastos — caminé hasta el peluche y lo recogí del suelo. En realidad era un oso con corbata roja y gorro de Santa. Lo guardé, se lo regalaría a cualquiera de los más pequeños de Silver Lake.

Es una pena, yo no pude celebrar estas navidades, bueno, en realidad ninguno pudimos... — el pasillo estaba tan bien decorado... Llevaba años sin celebrar aquellas fiestas y ahora lo echaba de menos. — Y tengo hambre, ¿bajamos a ver si queda algo comestible en las cocinas? — antes de que Abby pudiera llegar a responder, yo comencé a caminar por el pasillo hacia las escaleras para bajar en busca de comida. Cargué con mi mochila y el resto de cosas, mi estómago comenzaba a rugir cual león hambriento y tenía la esperanza de que en aquellas enormes cocinas típicos de los hotelazos como aquel pudiera encontrar comida decente.


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¿Qué...? — la fotógrafa observó al muchacho entre incrédula y algo molesta. — ¿Y si lo hubiera sido? — Abigail no entendía cómo era posible que aún quedase gente como él: tan tranquilo, despreocupado... era como si para aquel chico jamás se hubiera propagado el fin del mundo, el apocalípsis era imposible, algo lejano... sí, Leo la hacía sentir así.

¿Acaso eres algo así como un inventor? — preguntó sin llegar a quitarle el ojo de encima, sentía curiosidad ahora por lo que él hacía. Y sí, definitivamente Leo vivía totalmente despreocupado al fin de los tiempos. Lo comprobó cuando sugirió bajar a buscar algo de comida.

Dudo que eso sea buena idea — Abby no era asustadiza por lo general, pero si seguía con vida era precisamente porque había sabido diferenciar entre buenas y malas ideas, además de la ayuda de Maxwell, claro, pero aquel era un tema a parte.

Se percató, ahora que él lo mencionaba, de la decoración navideña del hotel. Lo cierto era que aquello le recordaba tiempos mejores. — En Nueva York nos pillóbastante antes, apenas acababan de poner los adornos... — comentó con un suspiro lleno de melancolía y algo de añoranza por los viejos tiempos.


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Pues... seguro que encontramos comida que se pueda consumir aún — con mis dedos froté mi barbilla a la vez que mis labios se curvaban en una pequeña sonrisa. — ¡Podríamos celebrar la navidad, claro que sí! — no había tenido la oportunidad de ello en los últimos años y nunca era tarde. — Piénsalo, ahora o nunca, quien sabe si llegaremos a 2016 — le hice un gesto a Abby para que me siguiera y fui directo hacia las escaleras. No sin antes recoger el gorro de Papá Noel que me volví a colocar en la cabeza.

Las escaleras resultaban ser bastante oscuras y temía que en cualquier momento pudiera aparecer alguno de ellos. Por ahora tenía suerte, por si acaso le pedí a Abby que no hiciera ruido alguno y yo también trataba de no hacerlo, claro.

Oye... ¿tú no traías una linterna? déjamela anda — ya que iba delante, lo más apropiado sería que yo llevase la linterna y así pudiera iluminar mejor por dónde íbamos. Conforme íbamos descendiendo, la luz se volvía cada vez más tenue, pues nos adentrábamos en la zona del hotel que estaba enterrada en la arena.

Algunas plantas parecían más seguras que otras, en esas en las que escuchaba ruidos de demás las pasaba más rápido y todo eso hasta que llegamos a la enorme planta que formaba la recepción.

Vaya... — solté un suspiro al llegar. Iluminé con la linterna el lugar. La mayoría de ventanas, al igual que la puerta principal estaban todas rotas y dejaban pasar montículos de arena. Todo estaba a oscuras, lleno de decoración navideña, algunas tiras se mantenían, otros adornos estaban a medio caer. También habían cadáveres tirados por el suelo.

Con cuidado — le susurré a la mujer. Sigiloso y con mucha cautela comencé a caminar por la recepción, con cuidado de no pisar ningún cadáver. Me fijé en los carteles y cuando di con uno que señalaba el restaurante seguí las indicaciones en la dirección de este, atravesando el vestíbulo.


Estoy hecho todo un genio:


Refugio :

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¿En serio? — por un momento a Abby aquello le pareció una soberana estupidez. ¿En serio no tenían nada mejor que hacer que celebrar una navidad pasada? Buscar comida, ropa... lo suficiente para sobrevivir un día más. Abby no pedía mucho, necesitaba volver a la carretera y seguir... ¿Seguir hacia donde? Volver a una rutina horrible, luchar por vivir, sufrir día tras día... entonces no le resultó tan mala idea la propuesta de Leo. Se giró en su dirección y le dejó la linterna que había pedido.

De acuerdo — ¿qué era lo peor que les podía pasar? ya habían matado a Papá Noel. Descansar, desconectar, pasar un buen rato y comer hasta reventar. ¿En serios e había planteado otra alternativa?

Cuando llegaron a la recepción, Abby apoyó su vieja D80 en una polvorienta mesa y tomó un par de instantáneas del lugar. Leo se paseaba por la habitación creando una especie de neblina fantasmagórica al tratarse de una exposición lenta. La foto resultaba impresionante: el lugar abandonado, los cadáveres, los viejos adornos de navidad y la estela de Leopold al pasar.

Abby hizo caso al chico y le siguió con muchísimo cuidado. Los dos acabaron llegando al restaurante y el estómago de la morena comenzó a rugir con fuerza ante la cercana idea de poder comer algo decente. Siguieron un rastro de mesas caídas, basura... hasta el ala de servicio, unas puertas dobles que daban a un oscuro pasillo y al final lo que parecía la cocina. Había un olor bastante desagradable, seguramente de toda la comida que se había podrido, pero ellos esperaban encontrar también comida no perecedera. La fotógrafa miró a Leopold, él sujetaba la linterna y por tanto era quien llevaba el rumbo. — ¿Vamos? — preguntó con cierto tono de inseguridad, temía lo que pudiera ocurrir ahora.


Gracias:

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A ver... — pregunté dubitativo. Llegamos a través de un pasillo amplio y oscuro a una sala enorme llena de mesas, debió ser el comedor. Tal vez tuvo mejores momentos... Sí, claro. Había mesas volcadas, cortinas semi arrancadas y mucha suciedad.

Abby y yo caminábamos hacia el final de la sala, yo esperaba que en aquella dirección estuvieran las cocinas, tenía hambre, para variar...

Por otro lado tenía miedo de lo que pudiera pasar. Si nos habíamos encontrado a ese grandullón allí arriba... ¿Qué habría abajo? Aparentemente estaba vacío, esperaba que siguiera igual.


Estoy hecho todo un genio:


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Leo guiaba a la fotógrafa a través de lo que había sido el comedor del hotel. Era enorme, con un sin fin de mesas que ahora en su mayoría estaban volcadas o llenas de polvo.

No quiero ser gafe, pero... Si esto está así es por algo — el cerebro de Abby comenzaba a trabajar a una velocidad increíble, pensando en historias trágicas que hubieran podido ocurrir allí. Si había sangre y ese desorden era porque el virus había llegado hasta allí cuando aún había gente, y si había gente había zombies... Y ppr tanto problemas, estaba convencida de que seguían allí, a no ser que se hubieran ido antes de que las puertas se bloquearan por la arena. Empezaba hasta a tener algo de miedo.

¿Y si...? — no terminó la frase porque le enfadaba el hecho de tener miedo, así que se obligó a seguir ahí. Iban a celebrar la Navidad que nunca celebraron. Con Leo a quien acababa de conocer y le parecía un poco chiflado.

Lograron dejar el salón y llegar a un pasillo bastante oscuro. Iluminó con la linterna. — Creo que vamos en buen camino, ese hedor... — quiso vomitar, era horrible, se tapó la boca y nariz con un pañuelo, pero había sido tan fuerte que lo tenía clavado en su cabeza. Seguro que aquello pertenecía a la comida que se había podrido, o eso esperaba. Lo que deseaba era encontrar latas que no caducaran. Tomó valor y siguió adelante.


Gracias:

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Que mal huele... ¿Te has tirado un pedo? — enarqué una ceja y cuestioné a Abigail con tono de desaprobación. — Porque he visto un baño por ahí, ¿sabes? — indiqué con la mano la dirección y volví a seguir caminando hacia adelante. Tal y como había sospechado las cocinas estaban allí, en el lugar más recóndito y oscuro del hotel.

Los hoteles grandes como este solían tener su propio generador de corriente, si funciona aún tal vez encontremos bolsas de congelados — dejé caer entusiasmado. El problema sería que no habrían durado tanto tiempo, ni aunque fueran generadores de emergencia, entre una cosa y otra haría mucho tiempo que habrían dejado de funcionar. Si no tendríamos latas, eso estaba asegurado.

Al llegar a las cocinas e iluminar por poco lograba vomitar, lo que encontré sobre las encimeras, que iluminó nuestras linternas no me gustó ni un pelo.


Estoy hecho todo un genio:


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Abigail abrió la boca para quejarse y mandar a aquel chalado a paseo, cuando se percató de que efectivamente olía mal, pero mal de verdad, como nunca antes había visto.

Restos de una esoecie de... ¿Gelatina marrón? Inundaba prácticamente toda la cocina, Abby comprendió rápidamente que no se trataba de gelatina y que seguramente eso había sido comida. Ahora eran manchas resecas de algo marrón, asqueroso y que olía fatal. La fotógrafa se colocó la manga de su camiseta sobre la boca para poder tratar de disimular el desagradable olor, no sirvió de mucho.

Se acercó a una de las cámaras frigoríficas y le pidió ayuda a Leo para abrir la pesada puerta, tenía muy poca confianza en lo que pudieran encontrar ahí.


Gracias:

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