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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Drake Ackerman, Ethan J. McQuoid

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¿Aún recuerdas aquel 4 de julio? [Ajax Burke]

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3 de julio de 2007.
Afganistán.

No, no me ha entendido... — sonreí en un intento de parecer amable, pero aquel hombre comenzaba a sacarme de mis casillas.

Señorita Hadley, usted acaba de llegar al senado como quien dice y las cosas no se hacen así — Hawkins quiso zanjar la conversación, también mostrándose amable en apariencia, sin embargo había algo en su tono de voz que lo mostraba exasperado.

Si quisiera que las cosas se hagan como siempre y sigan igual, señor Hawkin, no me habría presentado a nada, y si estoy aquí es porque he creído conveniente estar aquí. Es lo mínimo que podemos hacer por nuestras tropas que pasarán el 4 de julio fuera de su país y lejos de sus familias, así que... podría mover el culo y hablar con quien haga falta, pero quiero a esas personas aquí el día tres por la noche. Esos hombres se juegan la vida por su país, que al menos quienes manejan los hilos tengan la decencia de aportar un poco de empatía. No se van a morir por comer con ellos aquí un maldito día, ellos por el contrario y tristemente puede que sí — en cuanto el vehículo se detuvo bajé de él, dejando a Hawkins con la boca abierta.

Si yo había viajado hasta Afganistán era porque había un destacamento bastante importante de soldados originarios de Míchigan. Me apenaba no poder pasar el cuatro de julio con mi familia, pero era igual para ellos. Se encontrarían lejos de sus familias y nosotros podríamos hacer lo mismo por ellos aunque solo fuera un día. Incluso el presidente tenía pensado quedarse en la Casa Blanca, así que estaba moviendo cielo y tierra para que no fuera así.

Bajé del vehículo como un torbellino, básicamente porque no quería verle la cara a Hawkins, tras un viaje tan largo junto a él comenzaba a sentir instintos homicidas en su contra, no aguantaba a aquel tipo.

Vestía ropas claras en su mayoría, era lo que me habían recomendado para mi viaje. Pantalones tácticos beige, botas militares del mismo tono, una camiseta de tirantes negra y por encima una camisa de manga corta con la bandera de Estados Unidos a un lado. Por la cabeza llevaba un pañuelo de color tierra y gafas de sol para protegerme de los rayos de este.

Buenos días, Leah Hadley, mucho gusto teniente — estreché la mano del hombre que fue el primero en recibirme y posteriormente las del resto de personas que estaban allí. — Soy Leah Hadley, mucho gusto — el resto de personalidades apareció a mis espaldas repitiendo el mismo proceso. Hawkins, el senador por el partido republicano sonrió a carcajadas seguramente ante alguna de sus pesadas bromas. Ni siquiera me di cuenta de que fui la única que no mencionó su cargo. No estaba al tanto del protocolo que había que seguir en aquellos actos, pero tampoco lo consideré ningún problema.

El teniente explicó que nos mostrarían las instalaciones y que podíamos preguntarles todo cuanto quisiéramos. Posteriormente añadió que nos habían habilitado una zona de dormitorios a parte junto a un comedor privado.

¿Por qué un comedor a parte? Hemos venido a ver y conocer a las tropas de nuestro país, lo agradezco, pero no son necesarias tantas molestias, si no creo que la visita no tendría ningún sentido — el pequeño grupo se detuvo, todos para mirarme como si hubiera dicho una estupidez. No pude evitar sentirme como una niña pequeña ante la mirada extrañada de los adultos por haber dicho algo sin sentido y eso me molestó muchísimo.


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Las compuertas pesadas que hacen de entrada y salida de una base se abren de par en par a plena luz del día, despejando el paso a un Humvee agujereado por balas de gran calibre. De aquella bestia de cuatro ruedas descienden tres efectivos del Equipo 6 de los SEAL, quiénes sacan urgentemente a un hombre con una pierna despedazada, en camilla, con dirección a enfermería. El quinto operador se baja del asiento de conductor y permanece alejado, sólo atestiguando la escena. Se quita aquél casco y las gafas, revelando su identidad. Era Ajax Burke, y ese era un día "normal" en la base norteamericana de Jalalabad, en Afganistán.

No te preocupes, Burke, él vivirá... Hiciste un buen trabajo con esa herida —Palmada en el hombro, el Cpt. Mackintosh elogia al irlandés, quien a pesar de aquella motivación tiene un rastro de preocupación en su cara. Su misión había sido proveer apoyo a otro equipo que pisó una mina y cayó en una emboscada de los talibanes. Fue sangriento, debieron retirarse y sólo pudieron salvar a uno de ellos.

En el parque de armas, despojó de sí todo el equipo logístico que cargaba encima; casco, chaleco portaequipaje, guantes, cargadores, radio, etc. Y guardó su fiel rifle de precisión en un armario, quedándose con nada más que su pistola reglamentaria enfundada en la cintura. Afuera hace calor, el sudor que recorre la piel enrojecida de aquél torso desnudo, lleno de cicatrices y musculado, lo demuestra. Ajax se encontraba 'dándole a los hierros', como diría él (en referencia a alzar pesas), cuando llegó con prisas un asiático uniformado, sin aliento suficiente como para pronunciar bien las palabras que trataba de decir. Era el nuevo recluta y siempre lo usaban como mensajero. —Tómate un minuto, Suh —El teniente ignoró lo que balbuceaba, aunque el joven le daba insistentes toques en la espalda, como si intentase llamar su atención—. ¡Que respires, coño! —Espetó con una voz grave e intimidante, y siguió en lo suyo, aunque no por mucho más.

¡Lo siento, señor! ¡Es que la Senadora de Míchigan estará aquí en unos minutos, y el Capitán Mackintosh me ha ordenado informarle que él no podrá hacerlo y será usted quién responda sus preguntas y le enseñe el lugar!.. ¡Señor! —Completó el asiático de forma icónica, y Burke detuvo sus acciones. Tardó un par de segundos, mirando a la nada, en asimilarlo. Un estruendo repentino asusta a Suh, quien ve que su superior deja caer las pesadas mancuernas al suelo y de mala gana coge la camisa de combate que colgó en una barra, desapareciendo del lugar cual relámpago. Corrió al patio principal medio desnudo, vistiendo su torso en pleno trayecto. Gira su cabeza a la izquierda y encuentra una formación de soldados de infantería y sargentos mirándole, o mejor dicho, a quien está al lado de él... Vuelve su mirada a la derecha y le toma por sorpresa una cara bonita y extrañamente joven para ser la presunta Senadora de Míchigan.

Teniente Burke a su servicio, ¿usted es..? —Paró a preguntar mientras estrechaba aquella delicada mano que él presume jamás hizo otra cosa que no fuese sostener un lapicero para escribir. Pero un codazo del sonriente Suh en su espalda le pone erguido y en perspectiva, una señal discreta que confirma que aquella mujer era la Senadora, aunque ni ese golpe le disuade para disculparse. —El gusto es mío —Acotó con una sonrisa que delataba la poca importancia que le da al cargo político de esta y además revelaba su debilidad con las mujeres.

Aclarando su garganta, se prepara para hablar. —Bienvenidos a FOB Fenty. Es un placer tenerles aquí —Un barítono con timbre oscuro capta sus atenciones—. Comenzaremos un recorrido en el que conocerán las instalaciones. Tendrán el ala oeste de la base, que incluye dormitorios y un café-comedor exclusivamente para ustedes —Burke mueve su cara de izquierda a derecha lentamente, mirando cada rostro mientras hablaba—. Sin más preámbulos, vengan por aquí —Completó con un ademán con la mano para que le siguieran.

Pero justo antes de emprender la caminata, aquella voz femenina hace que todos se detengan. El Teniente se voltea a ver a la única mujer joven entre aquellos dinosaurios políticos... ¿Quejándose de tener la mejor atención posible en medio de la nada? La incomprensión se asentó en su rostro y le dejó el ceño fruncido. Lo siguiente que dijo derrumbó las expectativas de Burke, aquellas en las que se basó desde el comienzo para meterla en el mismo saco que sus colegas y el político promedio, corrupto, mentiroso y ladrón. Reaccionó, se giró para ver la cara que todos pusieron ante las palabras de Hadley y sintió la profunda necesidad de hacer algo al respecto para romper el hielo.

Bueno... Si bebe cerveza irlandesa y no le importa comer el terrible estofado que nos sirven, tenga seguridad de que puede sentarse con nosotros —Senadores y soldados rieron a partes iguales, agradeciendo aquél comentario que les instaba a sentirse como en su casa y comer con ellos si eso era lo que realmente querían. Él la observó a ella con una sonrisa ladina, dio media vuelta y al fin dio comienzo a la marcha por el gigantesco complejo.


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¿Le pillamos por sorpresa Burke? — al menos algo de gentilidad por parte del hombre, junto a una bonita sonrisa a la que respondí con otra igual. Era bueno ver que parecía un hombre agradable, pues sabía que aquellas visitas de protocolo no solían gustar demasiado a los soldados.

El teniente Burke nos guió hacia el interior del campamento. Parecía un hombre muy seguro de sí mismo, pero... eso me hizo preguntarme por cuántas atrocidades habría vivido. Y esto último volvió a refrescar mis pensamientos a cerca de la poca decencia y respeto de mis cmpañeros de profesión hacia esos hombres y mujeres que luchaban por ellos. No por su país, que también, pero tristemente en su mayoría las guerras venían por culpa de peces que no eran ni capaces de compartir mesa.

Si quisiera unas vacaciones me habría ido a la playa... — añadí por lo bajini ligeramente molesta por los comentarios del grupo, que parecían encontrarse de turismo. Claro que... ¿qué les importaría a aquellos soldados la visita de cuatro chupatintas del gobierno? A esos vejestorios solo les importaba la foto que saldría en unos días en la prensa y a los soldados volver a casa en el próximo escanso junto a sus familias.

Agradezco su tiempo Burke.

Es su trabajo Hadley... — Hawkins parecía haber iniciado una pequeña guerra conmigo por culpa de mis comentarios y este último suyo provocó risas condescendientes entre él y sus compañeros. Casi podía leer hasta sus pensamientos al girarme hacia ellos y ninguno era nada bueno. Entonces yo también sonreí. — ¿Ah, pero ustedes saben lo que es eso? — las risas cesaron, yo no dejé de sonreir, pero en el último momento fruncí el ceño fingiendo pena por mi comentario. Y ahora sí, me volví hacia adelante para seguir el camino. Definitivamente, no quería seguir aquel teatro de falsedadd en el que todos fingíamos que yo era una más de ellos, no me respetaban y menospreciaban mi trabajo e ideas, así que... se acabó lo que se daba. No iba a volver a consentirles ni una más.

Y dígame Burke, ¿cómo es de fuerte esa cerveza? porque creo que cuando acabe el día voy a necesitar más de una — le pregunté solo al militar ahora que por fin esas hienas habían dejado de reír.


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¿Que si le habían tomado por sorpresa? Demonios que sí, y él se lo hizo saber a ella con su sonrisa silente aunque carente de vergüenza alguna, porque él era así, desvergonzado y con poco qué ocultar. Se suponía que el líder de patrulla sería quien se encargase de un asunto como ese. Pero sabiendo cómo es y cómo piensa, quizá Mackintosh dejó a cargo a Burke bajo la premisa de que, por haber estudiado ciencias políticas, lidiaría mejor con ello. No obstante, lo que el viejo capitán pasó por alto es que al teniente no le gustaban la cámaras, e irónicamente, tampoco los políticos. ¿Por qué tiraría su título de Harvard si no? ¿Escoger el uniforme y no un traje con corbata no lo decía todo?

Los pies del estoico irlandés se echan a andar, guiando la manada a través de un largo corredor con accesos, secciones y salidas en ambos extremos, mientras la engrasada maquinaria que tiene por cerebro cumple su función, la de analizar lo que había ocurrido unos instantes atrás. Por su apariencia, forma de hablar e incluso por su aroma, puede concluir que la Senadora jamás pisó un desierto, o siquiera un barrio bajo en USA. Por eso le sorprendía el descontento que ella mostró tan sólo por tener privilegios sobre los soldados. Costaba creer que había algo más detrás de esa linda sonrisa que sólo caprichos, deseos de poder y sed de votos.

Esta es la zona "A" de personal naval —Un ventanal enorme transparenta un polígono de tiro con operadores y comandos practicando; los disparos apenas se oyen detrás del cristal anti-ruido—. En términos simples, es un sitio donde el soldado perfecciona sus cualidades para el combate. Pero también es un lugar de recreación —Tan sólo unos pasos más adelante se puede apreciar un área condicionada con maquinaria y equipo de gimnasio para entrenar, y al lado unos cadetes jugando baloncesto en una cancha improvisada—. Cuando se pasa tanto tiempo en la guerra, la línea entre la diversión y el combate es muy delgada... —Dijo como quien quiere poner énfasis en alguna realidad cruda—. O simplemente, la cancha está cerca del polígono porque donde estaba antes no dejaba dormir al comandante —Pero otra de sus ocurrencias sale a flote y tal comentario ameno hace que las risas dejen eco en los pasillos, en especial los soldados quiénes conocen de primera mano lo payaso que puede llegar a ser Ajax.

El siguiente módulo lo recorren en silencio. —Sector clínico y enfermería. Tenemos muy buenos profesionales en salud —Agregó. Esta vez no tenía ninguna broma para tapar lo que se podía contemplar; heridos, hospitalizados, militares sin extremidades haciendo terapia. Simplemente continuó el resto del camino en silencio, sólo hasta que la joven política le agradece por el tiempo que invierte en el recorrido. Pensó en responderle algo como "No es problema", o "Estamos a su servicio", pero la voz añeja del viejo republicano interrumpe al teniente, sentenciando que esa era su función, y aunque comenzase a ser un tipo molesto, puede que tuviese razón.

Cuando Leah les ladró aquella pregunta retórica insinuando llamarles vagos, Ajax y el recluta Suh contuvieron una sonrisa que casi termina en carcajadas. La Senadora los calló a todos ella sola, y ese corto encontronazo le hace pensar al teniente lo mucho que contrasta la mujer de sus acompañantes, no precisamente por diferencias entre demócratas y republicanos... Quizá le juzgó mal desde el inicio... En cualquier caso, el timbre de teléfono de uno de los políticos le hace volver a la tierra y se sacude de esos pensamientos, concluyendo que quizá todo aquello eran patrañas y se estaba dejando llevar por su cara bonita. Los políticos son políticos, y eso no va a cambiar.

El grupo se dispersa un poco, a la espera de un ascensor que Ajax llamó para acceder al ala que les correspondía. —Oh, ¿entonces nuestra senadora bebe cerveza? —Respondió a la pregunta de ella en un tono irónico y risueño. Asoma una rápida mirada sobre el hombro para ver a los políticos ahí atrás, distraídos—. Pensé que era de las que prefieren un Advil o un calmante. Debo advertirle que he visto a marinos grandes como una montaña caer después de la tercera ronda —Dijo casi en tono de susurro, fuera del alcance de los oídos curiosos, con una sonrisa pícara, ya que estaban tratando un tema que a él le encantaba y además era su pasión... La cerveza.

Las puertas del ascensor se abren revelando el interior. Aire acondicionado, luces potentes, aluminio por todas partes, un enorme espejo con una barra horizontal para apoyarse al fondo, y espacio suficiente para veinte personas. En definitiva, el Estado parecía tener más intereses que sólo combatir el terrorismo en Afganistán porque aquella infraestructura no era nada barata, aunque a fin de cuentas todo ello lo pagaba el bolsillo de los contribuyentes. Una vez llegado al piso superior, Burke les conduce a la parte más vistosa de la base, la que era su destino; les muestra el extenso comedor con un cafetín integrado y una máquina expendedora, lo que era un lujo en el Medio Oriente. Y finalmente el corredor que da acceso a habitaciones cómodas, especialmente pensadas para ejecutivos y con vista hacia un bonito patio con una piscina que jamás se usaba y consumía más dinero en mantenimiento que un regimiento de soldados en comida.

Si necesitan algo más, tienen al Suboficial Suh a la orden. Él me avisará de cualquier inconveniente que ustedes reporten —Sin que se diera cuenta, Burke dejó un pequeño fragmento de papel escrito en uno de los bolsillos de la Senadora. Parece que sabe usar sus dotes como francotirador, experto en camuflaje, ocultación, evasión y sigilo para esas estupideces igual de bien que en la guerra—. Senadores. Senadora —Se despidió mirando especialmente a ella al nombrarla individualmente. El papel en su bolsillo señalaba una hora de forma militar (1900 hrs), la dirección del comedor de personal naval y un mensaje: "Si se arrepiente de venir, tendrá que hacerlo igual, porque el Advil desapareció de su mesa de noche".


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La visita continuó sin más altibajos. Hawkins parecía haber aprendido que era mejor no molestarme, o al menos eso esperaba yo, porque de verdad que quería centrarme en el trabajo y no en discusiones estúpidas que parecían de párvulos. Quería tomar algunas notas sobre el estado de la base, entrevistarme con algunos soldados procedentes de Michigan...

¿Y por qué no? — Burke me hizo reír cuando me comentó lo de el Advil. — Hay dolores de cabeza que no los quitan los medicamentos... — respondí en el mismo tono a la vez que miraba de reojo al grupito de hombres codearse entre ellos como si de verdad fueran las personas más importantes de aquel lugar. — Te sorprendería... — añadí con cierta diversión. De pronto aquel día no parecía tan malo. Tenía pensado que el resto de senadores serían el ombligo del mundo, que como en las demás reuniones me costaría hacer valer mis palabras o que por el simple hecho de ser hombres se entenderían mejor, y sin embargo vi la expresión de Burke y Shu al responderle a Hawkins. Con todo aquello cuando acabó la visita agradecí a ambos su intervención e incluso seguí con mi trabajo de mejor humor. No me importó seguir el día junto a Hawkins y su séquito, al contrario, no me callé en ningún momento y no me importó seguir discutiendo con lo que consideré que era lo más apropiado. Pese a que ellos consideraran que las cosas no se solían hacer así. Pero finalmente, aunque el presidente no estaría allí había conseguido que todos los miembros de aquella base tuvieran una celebración del cuatro de julio y una visita sorpresa que sería incluso mejor que la de el presidente. A fin de cuentas... ¿no sería otro político más haciéndose la típica foto?

A eso de media tarde mientras iba de aquí para allá recogiendo cartas que iban a Michigan y que yo misma entregaría en el servicio de correos, entrevistando a algunos soldados, cambiando de bolígrafos, cuadernos... un caos, pues entre ese desorden me di  cuenta de que tenía un papel en uno de mis bolsillos con el que no contaba.

Oh... — miré el reloj de pulsera, al que como no, no le había cambiado la hora, clculé rápidamente y... si lograba encontrar el comedor llegaba a tiempo. Velozmente dejé todas las cosas en el pequeño despacho que me habían asignado y como no, porque siempre iba corriendo a todas partes, así fui hacia el comedor indicado, tras que varios soldados me dijeran cómo llegar. A estas alturas de la película, quedaba claro que era un desastre en cuanto a la orientación o todo cuanto tenía que ver con la organización, salvo en mi trabajo que podía ser la persona más maniática y perfeccionista del mundo.

¿Burke? — asomé mi cabeza por la puerta del comedor indicado, me sorprendió verlo completamente vacío, pero claro, aún faltaba tiempo para la cena. Volví a mirar el reloj, serían las 19:03 hr. ¿Se habría marchado ya? Eso sí que sería puntualidad militar. Me adentré en la sala cerrando tras de mi. Se trataba de un comedor sencillo, las mesas y los bancos estaban perfectamente colocados en un orden simétrico. Las cocinas se encontraban a mi izquierda, así que me acerqué hasta ellas, apoyando mis manos en el metálico mostrador. ¿Me habría equivocado de hora?

Pues no habrá cerveza para ti hoy... — me dije en un susurro.


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¿Qué hace un comando de las Fuerzas Especiales el 4 de Julio? Pues... Es difícil decirlo con certeza. Pero en el caso particular de Burke y sus amigos, bebían hasta no recordar la noche anterior. Lo que era un sueldo mínimo en Estados Unidos, ellos se lo gastaban en unas horas de juerga en algún club nudista de la ciudad. ¿Por qué? Simple. Eran jóvenes; Burke, quien era el mayor de su escuadra, apenas había cumplido la treintena, y ni hablar de los demás, quienes aún estaban en sus veintitantos. Vivían al límite porque en ese infierno árabe podían morir a cualquier hora, día o semana. Y además tenían el dinero para hacerlo, eran de los chicos malos que hacían trabajos "extras", bien pagados... Cuando no habían misiones, y el alto mando no los supervisaba, ellos mostraban la otra cara de la moneda a Afganistán, ofreciendo sus servicios como contratistas. Habrían dado un riñón sólo por tener la oportunidad de matar más talibanes de los que sus registros de bajas ya señalaban; eliminar a gente mala, capaz de hacer cosas terribles a inocentes, les producía una satisfacción morbosa e incluso enfermiza, y si había dinero de por medio, ¿cómo resistirse a ello?..

En cualquier caso, ese 4/07 iba a ser un poco distinto para el teniente. Los bastardos del Congreso le habían jodido no sólo una de las pocas fechas en las que al menos podía descansar, beber o tener sexo, sino el día anterior también, pasó la tarde más como mayordomo de ellos que cumpliendo sus funciones militares. Al menos el espíritu rebelde de la Senadora le causaba curiosidad y prometía diversión, haciendo menos sufrible la circunstancia de tener políticos encima. Aún con la duda de que aceptase su "no-tan-formal" invitación, a las 9:00 pm, Burke se encontraba en el depósito de la cocina apilando varias cajas de cerveza en una carretilla. Luego de unos instantes, una voz, que se quedó plasmada en su cabeza desde que la escuchó por primera vez, pronuncia su nombre. Se asoma desde la cava que refrigera los víveres y la ve, siendo inevitable para un pervertido como él espiar en silencio a la Senadora de espaldas y lo que su linda figura mostraba, justo cuando esta se apoyó en un mesón. —Psst... —Sisó en aras de captar su atención, e hizo un gesto con el dedo índice en el medio de sus labios para pedir discreción y silencio. Lo siguiente que hace es sacar la carretilla cargada de al menos cinco cajas de plástico color verde, con el logotipo de Heineken plasmado. Hace otro ademán mudo con la mano para pedirle a Leah que lo siga, y sale por la puerta trasera de la cocina.

Me van a matar por esto, Burke —Dijo un joven sargento que los estuvo esperando furtivamente allí donde logran salir. Era una zona adyacente a la base, el sol estaba cayendo detrás del horizonte y el cielo oscurecía.

Cállate y toma. Ya no te puedes echar atrás —Le entregó varios billetes de dólares americanos mientras decía aquello en un tono serio, casi como una amenaza, y el tipo en silencio volvió a las cocinas—. No se preocupe por él, no le harán nada... Creo —Le miró a los ojos a ella, y sonrió con cierta malicia al plantar la duda al final de la frase. Condujo el carrito y guió a la Senadora a través de un sendero que da con el conjunto residencial de los soldados. Habían armado una enorme fogata. El primero en saludar a Burke es aquél que asaba carne y pollo en las brasas sin camisa, haciendo un gesto con la mano.

Ponte una camisa, ¿quieres, Perkins? —Burke lo reprende y al hombre le cambió la expresión al darse cuenta de porqué lo decía; su superior venía acompañado de cierta persona, y no es porque fuese una dama... Todos habían visto aquella cara en la TV al menos una vez, como militante, activista política, defensora de los D.D.H.H, etc. Que fuese mujer era lo de menos; en ese mismo lugar y momento habían mujeres militares como ellos y se trataban como iguales. Cuando estaciona la carretilla, los reciben con mucho jaleo, gritos e intentos de imitar el aullido de los lobos... La cerveza había llegado, por fin—. ¡Perdónelos, Senadora! ¡Son animales! —Tuvo que alzar la voz entre tanto ruido para que le escuchase, mientras aquellas bestias lo abrazaban como si fuese el Tarzán del grupo y ellos los simios. Eran unos idiotas, a decir verdad, pero esa era la familia del teniente, y la forma en la que él los mira delata su cariño incondicional por ellos. Él se había ganado el respeto, la confianza y el cariño de los presentes, y viceversa; sin dudarlo, daría su vida por cada uno de los soldados que estaban allí.

Rompían las reglas a lo grande, y él esperaba que ella no saliese corriendo de allí por ello. Lo que se suponía debían comer tradicionalmente el Día de la Independencia, lo ingerían por adelantado, desde el día anterior. Perkins era especialista culinario encargado de la cocina, y tal como Burke hizo con la cerveza, sacó provisiones temprano por la mañana que nadie iba a extrañar. —¿Qué más da si nos adelantamos un día? ¡Basta de cereal y estofado! —Responden con carcajadas a la expresión aquellos que están sentados alrededor del fuego, viéndose los unos a los otros entre risas. Burke pone un par de sillas plegables, haciendo lugar para él y su invitada, y le ofrece un plato con alas de pollo fritas y otros tipos de carne a la brasa.

No comemos ensaladas ni barras proteínicas... —Intenta molestarla con un chiste que insinúa que ella parecía muy refinada, mientras sonríe y destapa con la mano la cerveza irlandesa que luego le entrega—. Pero disfrute con nosotros esta noche, y la que sigue también. Le hará un bien a América —Alzó su botella en un gesto de brindis "por la patria", aunque en realidad todo fuese por conocerla a profundidad y matar la curiosidad que le picó desde el momento en que Hadley actuó fuera del arquetipo de político promedio.

Ahora que comparte bebida y comida con los SEAL... —Se detiene, abandona los cubiertos para comer el pollo con las manos, y prosigue—. Podría contarnos algo de usted, ¿no? —Echó un vistazo a Leah, prestando atención a lo que diría en silencio, mientras bebe un sorbo de cerveza.


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Oh, ya creí que te habías arrepentido... — bajé el tono de voz conforme el hombre me instaba a permanecer en sigilo. Enarqué una ceja ante aquel gesto, ¿a caso no deberíamos estar por allí? Ante aquel pensamiento y las palabras de él una sonrisa algo nerviosa apareció en mis labios.

No, no parece que esté actuando bajos las directrices de la base... — hablé más para mi que para él, pero aún así seguí a Burke hasta llegar a lo que parecía una auténtica fiesta clandestina previa al 4 de julio. Conforme me veian llegar, aquellos hombres y mujeres se fijaban en mi presencia, saltaba a la vista que no era de allí y los que me reconocían incluso parecían ponerse algo nerviosos.

Tranquilos, no estoy aquí — repetí en un par de ocasiones, negando y sonriendo de esa misma forma algo nerviosa. ¿Qué podría pasar también si se enteraban de aquel comportamiento por mi parte? Tomé asiento junto a el SEAL y observé por un momento las llamas. Hacía mucho tiempo que no celebraba un cuatro de julio. Demasiado.

¿Nada de ensaladas? Tal vez debería hablar con alguno de los encargados de vuestros menús para que lo hagan más variado — el tono de mi voz sonó burlón a la vez que desafiante a las palabras del hombre. No pude evitar reirme mientras sujetaba el plata con una mano y con la otra la cerveza que me ofrecía. — Creo que si vamos a beber juntos ya va siendo hora de dejar el "usted" — acto seguido brindé junto a él. Di un trago a la cerveza, y en ese precioso momento me di cuenta de que no recordaba la última vez que había tomado algo sin que no se tratara de algo relacionado directamente con trabajo: charlas, cenas, reuniones... Y aún así estaba allí junto a esas personas por trabajo.

¿De mi? — y aquello sí que me pilló por sorpresa, pestañeé varias veces a la vez que me reía. — ¿Qué puede haber de interesante en un político? — respondí con más preguntas, tratando de apartar la atención de mi vida, tampoco es que supiera que podría contarles interesante. Bebí de nuevo del botellín y comencé a devorar una de las alitas. Tenía hambre, no había comido prácticamente nada en 24 horas... Con el cambio de horarios, las llamadas... Me había olvidado como siempre de las cosas más importantes.

Bueno, está bien, yo te cuento algo y tú me respondes con otro dato tuyo — hice una pequeña pausa mientras comía y bebía. — Pero antes dime, sé que en algunas bases el castigo más habitual es el calabozo... ¿Si nos pillan aquí yo también entraré en el mismo saco? — seguramente fuera por el tiempo que llevaba sin beber, porque de estar en mis cabales aquella pregunta me habría puesto muy nerviosa y sin embargo me reí ante aquella idea.

Nací en Raccoon City y si hubiera perseguido el sueño de mi infancia ahora estaría tan ricamente trabajando en una farmacia con todo el Advil del mundo para mi solita.

Las llamas consumían la madera y el fuego aumentaba. Los militares reían, charlaban... uno de ellos incluso tocaba algunas notas en una guitarra. Al observar la escena me pregunté qué dirían mis compañeros de profesión ante aquello. Pero rápidamente alejé aquellas ideas cuando seguí comiendo y bebiendo. Seguramente se escandalizarían, pero realmente no me importaba demasiado.

Es tu turno Burke — di un trago a la cerveza. Aquello había empezado como una forma evasiva para sus preguntas y sin embargo sentí curiosidad por cuanto el hombre podía contarme.


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Al instante en que ella le devolvió la broma, con aquella amenaza de hablar con sus superiores sobre el menú de comidas, los compañeros de Burke encendieron el lugar en bullicio, incluso uno de ellos se acercó a gritarle de forma jocosa y provocadora, evitando que él pudiera responder algo en su defensa. El rey de las bromas... humillado por una política. Se limitó a echar una sonrisa con la cabeza a gachas, derrotado, en silencio, para que al menos le dejasen terminar su comida.

Sí, queremos saber de uste-... Quise decir, de ti —Corrigió prudentemente, no habían pasado ni cinco minutos desde que ella le pidió tutearla y él volvía a caer en el formalismo a estas alturas, cuando al menos ya sabía que no eran unos santos—. 'Interesante' y 'político' no son palabras que vayan de la mano. Pero lo que vi hoy... Lo que vimos hoy nos dice que usted no es cualquier política. Hay excepciones a la regla —Comentó, lanzando una mirada entre la botella de la que bebe y ella.

Suh rompió ese tono de seriedad con el que Burke hizo aquél cumplido. —Debieron haber visto la cara del republicano, chicos. Cuando la Senadora lo calló, se quedó así... —Enseguida abrió aquellos ojos rasgados tanto como su genética nipona le permitió, frunció los labios y arrugó la frente, exagerando la reacción muda de Hawkins de una forma burlesca. Estallaron las risas por todas partes y ni el mismo Suh pudo contener aquella expresión en su rostro mucho tiempo más antes de carcajear con los demás.

Aunque la Senadora hizo un chiste sobre el calabozo y lo que le pasaría si le pillasen, todos callaron en ese momento para atenderle. Sólo uno respondió. —Entre SEALs no nos delatamos, Srta. Hadley. Aunque nos enterrasen de cabeza en la orilla de la playa por horas, no confesaríamos que usted estuvo aquí por su propia voluntad. Burke tiene un ojo agudo para escoger sus amistades, y si la trajo aquí, entonces usted ya es una entre los nuestros —El irlandés observó al Sgt. Miller, autor de aquellas palabras, y luego a Leah. Con la mirada encontrada, asintió con la cabeza una sola vez, respaldando y afirmando las palabras ajenas como si fuese algo que debía dar por hecho.

Cuando la política deja de eludir la petición de hablar sobre ella misma, y comienza a contar un poco sobre su origen, Burke abandona en la mesa el plato con nada más que huesos. Todos prestan atención, y quedan algo sorprendidos de su lugar natal. —Mi hermano y yo somos de Raccon City también, vaya casualidad. Rooney necesitaba un transplante de médula ósea y de no ser por Umbrella, mi hermano no estaría aquí conmigo —Destacó uno de los Goldberg, quien intentaba afinar una guitarra acústica y tenía a su hermano gemelo al lado. A simple vista no hay ninguna diferencia entre ambos, son físicamente iguales, simpáticos y jóvenes.

Tus amigos serían muy felices si fueras sólo farmacéutica. Aunque creo que eres de esa gente que piensa más en los demás que en sí misma —Inclinó la botella para señalarle cuando se refiere a ella, y acabó su cerveza luego de un trago profundo mientras le miraba. Aunque no lo dijese en el momento, él se sentía identificado con esa descripción que le atribuía a ella. Y de alguna forma, sentía que tenían eso en común... ambos odiaban las injusticias—. ¿Advil? Nah, la cerveza es más barata, y no te come los riñones ni el hígado —Dictó en tono jocoso, riéndose de su propia broma. Destapó varias botellas que fue pasando a los soldados y un par más para ellos dos, preparándose para cumplir el trato que rato atrás acordaron.

Bueno... Un trato es un trato —Estiró sus piernas y se recostó más en la silla que parecía quedarle un poco pequeña. Soltó un bufido por sus fosas nasales, y la botella que apoya sobre su panza descendió con su barriga al resoplar—. No sé dónde nací y tampoco tengo padres. Sólo tengo al hombre que me adoptó, la persona a quien más amo y respeto —Alza el brazo con la cerveza en alto para hacer un brindis por su padre, y se echa un trago antes de continuar—. Algunos creen que nací en Irlanda, y puede que tengan razón... ¡Amo la cerveza irlandesa, demonios! —Exclamó en un tono gutural y, entre comentarios risueños, algún soldado le arrojó un calcetín que cayó sobre su cabeza, tapándole la cara—. Está bien, está bien... Alegan que soy irlandés porque el IRA, un brazo paramilitar armado de esos lares, me usó como señuelo bomba cuando era un bebé, para atentar contra una comisaría en Boston —En esta ocasión, comentó en un tono neutro y serio mientras se quitaba el calcetín de la cara; a pesar de conocer la historia, todos callaron en ese momento—. Mi papá, mi padre adoptivo, da igual... Yo le digo papá. Él fue el explosivista que desactivó la bomba y me salvó la vida —Y volvió a verter la sustancia amarga y espumosa en su boca. Sólo se escuchó la leña chispeando en la fogata, a ninguno de allí le gustaba comentar nada sobre esa historia que sólo fue contada una vez.

¡Oh, vamos! Todos los días nos enfrentamos a la muerte, ¿y les conmueve una historia así? Ustedes no son hombres-rana como yo, deberían destituirlos —Intentó animar el ambiente, porque no odiaba que se compadecieran de él, que le tuviesen lástima era una especie de insulto a su nombre—. Bueno... ¿qué más puede contarnos nuestra invitada especial? —Abrazó la botella entre manos, y recostó el mentón sobre su hombro, desde dónde podía verle cómodamente.


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