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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Pride, Pain and Love, at war [Ethan J. McQuoid]

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5 de Mayo de 2015
8:00 pm

La salud de Sam mejoró considerablemente. En unos cuantos días le permitieron volver a su “hogar” donde continuó con su descanso, ahora ayudada por una escayola que ayudaba a mantener su pierna estable y muletas, pasó el mes de abril en cama, su sofá y repasando la colección completa de películas que tenía a disposición y aunque el rubio iba de vez en cuando a hacerle compañía, no era tanto como para ahorrarle esfuerzo. Fue en estos meses que la morena supo reconocer el mal sabor de boca que la situación dejaba en su paladar.

Cada que lo veía irse por esa puerta, para volver con su esposa.

Samantha entonces fue orgullosa y cuando 6 semanas habían pasado y el yeso fue retirado... a la mitad de mayo, engulló la fecha inicial de su verdadera rehabilitación. “Ella sabía cómo cuidarse sola” pensó para sí misma con toda la terquedad que pudiese anidar en su interior, pero nada preparaba a nadie para lo tanto que dolía el empezar a moverse y a tener que ser independiente sin ayuda y aquello le costó mucho a la morena que asistió a las primeras 3 sesiones de terapia por su cuenta, su pequeña sobrina quería ayudarla, pero era una niña, por lo que no podía hacer mucho más que pasarle cosas cuando estuviera en su compañía.

La terapia consistía en el aumento de la movilidad de la pierna, empezando por un pre calentamiento con ayuda del terapeuta y luego empezando a caminar sujetándose de las barras y ejerciendo cierta presión en la pierna para acostumbrarla a su trabajo original, terminando con más ejercicios realizados por su acompañante que masajeaba y ayudaba a aliviar la tensión y el dolor, ayudada de medicamentos para la inflamación y el dolor que le sacó lágrimas de vez en cuando. “Cuando ya no te duela, podremos empezar a trabajar los músculos de la pierna, para que ganen fortaleza” decía aquel terapeuta para ayudarla a “sentirse mejor” pero no había manera en que se sintiera así por lo que al quinto día el mal humor estaba a flor de piel.

El dolor, la inflamación, el fastidio por verlo tan complicado, por batallar cuando su pierna le fallaba y todas esas razones que le sacudían violentamente la moral, la llevaron a simplemente dejarse caer sobre aquella colchoneta, dejando a medias el caminar agarrada de la barra y agitada, perder sus ojos en el techo de aquella zona de rehabilitación, furiosa, con ella misma y el dolor palpitante, que le empañaban los ojos. Inhaló profundamente antes de acostarse de lado en el suelo, casi en posición fetal y así erguirse de nuevo y sentándose llevar su mano derecha a esa pierna que dolía muchísimo.


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"It's a lie for a lie and I'm getting tired. On the other side, on the other side... "

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Ethan hacía lo que podía.

Intentaba seguir llevando una rutina normal dentro de aquella situación que para nada lo era. Porque la realidad no era otra que el simple hecho de que estaba jugando a dos bandas. Por un lado, estaba su esposa. Mujer que, a su vuelta de Irak, había empezado a tratar todos esos miedos y malas praxis que él había adquirido, rodeado de tanta muerte durante tantos años. Cuando todo explotó, Natalie e Ethan eran simples colegas que terminaron apalabrando un matrimonio por un simple capricho femenino. Porque el rubio nunca pensó que justamente esa otra mujer que ahora también ocupaba esa otra parte de su rutina, Samantha, aparecería en su vida, rompiendo todos sus esquemas, dejando la mente y el corazón del SSU patas arriba… pero correspondiéndole como nadie lo había hecho nunca. Ella era ese otro lado, esa contrapartida que lo hacía feliz. Porque no tendría reparo en admitir que escuchar aquel te quiero de aquellos labios que ahora adoraba besar, había sido un último gran momento en su vida.
No obstante, no dejaba de tener presente esa advertencia de Natalie.

Más aún, después de que ella se enterase que la morena ya estaba consciente. Con descarada sutileza, le había hecho saber a Ethan que estaría pendiente de su recuperación… pero también del tiempo que él pasara con ella. Razón más que suficiente para que el propio Ethan se sintiera con la presión al cuello por las medidas que su propia esposa pudiese tomar. No conseguía salir del shock de descubrir que se había atado a una mujer tan retorcida.

Aún así, cada minuto con Sam merecía la pena.

Porque, a pesar de todo, Ethan se las estaba ingeniando para estar con Samantha, ocupando ese tiempo de recuperación que tanto la desesperaba. Primero en la enfermería, y después, en su propio departamento, donde tenían mucha más privacidad. No obstante, siempre acababa volviendo con aquella esposa a la que ya sólo temía.

Esa tarde, como las anteriores, había ido a buscar a la morena a ese departamento, extrañándose de que no contestara. ¿Dónde podía haber ido? El segundo e inmediato lugar al que se dirigió para buscarla fue la enfermería, donde tampoco la encontró. Sabiendo que aún no se había recuperado del todo de la pierna, no podía haber ido muy lejos. Por suerte para el rubio, la misma enfermera que los interrumpió aquel día que la morena confesó, supuso correctamente que él estaba buscando a la doctora. Así que, tuvo el detalle de acercarse a él y decirle que Samantha se encontraba en la zona de rehabilitación.

Terriblemente extrañado, el rubio se dirigió hacia allí, sin demorarse en entrar para ver a la morena incorporarse para sentarse en aquella colchoneta—. ¡Sam! —exclamó aún con sorpresa y el ceño fruncido, dirigiéndose hacia ella—. En mi vida he conocido mujer más terca que tú... —una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios antes de acuclillarse justo frente a ella—. ¿Por qué no me dijiste que habías empezado con la rehabilitación? —la miró con cierto deje de preocupación, al formular la pregunta, llegando a recorrer aquella pierna femenina con la mano, del tobillo a la rodilla, en un roce que quiso ser reconfortante. Sus miradas mantuvieron ese contacto que no dejaba de ser significativo, contándose demasiadas cosas en ese silencio establecido—. Venga, échate. —inclinó la cabeza, más que dispuesto a ayudarla, pese a que sus conocimientos sobre rehabilitación eran escasos—. ¿Qué es lo que más te duele?


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Ella era terca y no le gustaba sentirse débil y en ese momento se sentía terriblemente débil y le molestaba como no tenía idea, por lo que con sus manos intentó levantarse pero el dolor pudo con ella y su voluntad de hierro, haciéndola que desistiera y maldijera a todo dios por su mala ventura. Fue en ese momento qué pasos se escucharon...y luego… esa voz pronunciando su nombre, causándole un escalofrío que extrañaba “¿Que hace aquí? Debería irse mejor con su mujer que seguro lo esperaba con ganas” pensó refunfuñando mentalmente, agriando su temperamento al punto que solo un gruñido fue respuesta cuando terminó de acercarse a ella.

“¿Por que carajo tiene que sonreír así?” refunfuñó mentalmente al ver esa sonrisa suya que la hizo apretar sus labios y contenerse de sonreírle de vuelta, fallando un poco en esa tarea, queriendo mantenerse cabreada ¿Que por qué no le dijo nada? Por que él tenía otras cosas que hacer “Como estar con su mujer, si” los celos eran cosa seria y más viniendo de alguien como ella que se acidificaba por dentro con resentimiento agotador ante esa situación que había “aceptado” voluntariamente- Porque tienes mucho qué hacer y esto es algo que debía hacer sola… -”no vayan a verte demasiado conmigo” se tragó como si fuese un bloque de ladrillo rústico ¿debía hacerlo sola? ¿enserio? Ya ambos sabían que ella era el colmo del orgullo, la terquedad y ….se vió sometida por esa caricia reconfortante que la hizo frustrarse al punto de formar un puchero y sentir que las lágrimas se le escapaban.

Quiso oponer una resistencia y ser terca y no dejarlo tener ese efecto que tenía sobre ella, no darle la satisfacción de saber que se estremecía intensamente solo con pequeños detalles como esa caricia sutil que había llevado a ese punto de rendición. He intentó sostenerle la mirada sin evidenciar sus emociones varias, pero no pudo y así, con sus ojos empañados, reflejó el cansancio que ya venía acumulando por que le gustaba la vida dura y él entendió, por lo que, la testaruda morena se recostó y exhalando solo miro ese techo de nuevo, sintiendo su pierna palpitar con intensidad- la parte baja de la pantorrilla...cerca de la articulación del tobillo… -y en efecto, se notaba enrojecida y algo hinchada y dolorida, por el sobre trabajo que significaba empezar a caminar de nuevo, luego de haber estado inmóvil por tanto tiempo.

Apretó sus labios orgullosa, sabiendo que no tenía sentido intentar molestarse con él, por que cada pequeño gesto la enamoraba y capturaba mucho más. Cuando sintió que él empezaba a atender la zona un dolor leve la hizo emitir un quejido, mordiendo su labio inferior llevando una mano para apretar la colchoneta que amortiguaba el peso de su cuerpo, necesitaba empezar a mover su pierna con urgencia- maldición….como odio esto.... -dijo ronca, llenando sus pulmones profundamente y asi exhalar con brusquedad, buscando esos ojos del rubio para sentir que quería gritar, deseaba... ya no sabía que, pero eso resonaba en lo más profundo, reflejandose en sus ojos entre enojo, dolor y frustración, inquietud, turbación y una docilidad agresiva que solo era propia suya.


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La frustración de la morena se le hizo del todo evidente al rubio, con sólo mirar aquellos ojos verdosos, empañarse ligeramente. ¡Cuán ignorante era pensando que sólo estaba tan abatida por su lenta recuperación! O, al menos, su situación era algo a lo que no quería darle vueltas. Se sentía mal por obligar a Samantha a disfrutar de una relación con él a condición de hacerla prohibida, tan solo en la intimidad de ciertos sitios de la base. Ni siquiera cuando salieran en misiones, fuera de Pandemonium, tendrían esa oportunidad de comportarse como una pareja normal.

Aquello parecía un callejón sin salida en el que Ethan prefería no pensar.
Su tiempo con Sam debía ser escaso y, por ello, justamente, optaba por disfrutar de ella. Aunque, quizás, la morena no pensara igual, desameritándose frente a esas "otras cosas" que él tuviera que hacer. Contuvo un suspiro de resignación por ese reproche implícito pero también ese intenso abrazo que quiso darle en cuanto vio aquellos ojos verdes, con emoción contenida. Por muy hermética que Samantha quisiera ser, Ethan tenía una imprevista habilidad para leer sus miradas, las cuales se le hacían terriblemente explícita.

Ethan no apartó sus azules de ella, cuando le hizo caso y se tumbó en la colchoneta. Algo en él despertó al verla así. Por peculiar suerte, Samantha apartó la mirada, aplacando todo golpe de intensidad, haciéndole saber qué le dolía—. ¿Aquí? —palpó con la yema de sus dedos la parte superior de su tobillo, con suavidad. Y con esa misma delicadeza, masajeó la zona, notando esa hinchazón que acompañaba al enrojecimiento de la piel. No pudo decirse que Ethan no tuviera dedicación cuando repasó aquella piel, aquel músculo atrofiado y débil, por falta de uso—. Aguanta, Sam —murmuró cuando vio cómo apretaba la colchoneta con la mano—. Podrás volver a caminar, antes de lo que piensas... —quiso ser optimista, para sacarla de tanta frustración. Sabía cómo era ella. Tenaz, entregada y persistente. No le cabía la menor duda de que la morena le dedicaría el doble de horas a la rehabilitación para recuperarse cuanto antes.

Y, no sólo en cuanto a rehabilitación se refería.

Los azules de Ethan volvieron a alzarse, buscando el rostro ajeno. Fijándose entonces en aquellas facciones, al borde de un colapso emocional que el SSU quiso calmar en ese mismo momento. ¿Para qué reprimirse más? Justo en ese instante no había nadie más alrededor, lo que les otorgaba cierta libertad y, ¿para qué negarlo? algo de adrenalina al saber que, en cualquier momento, podrían verse interrumpidos y, en consecuencia, no podían regalarse algo que durase más que un beso furtivo o una mirada intensa. No obstante, quién sabe si fue la posición, esa necesidad por ella, o, mismamente, el querer dar un paso más en todos esos gestos para reconfortarla, que Ethan volvió a dejar aquel pie apoyado, para gatear sobre ella, estirándose un poco y así, finalmente, inclinar su rostro sobre el de ella y regalarle un beso. No uno rápido ni suave. Sus labios hablaron por él, en un baile que fue lento, entremezclando sus labios con los de la doctora de forma intensa. Al rubio no le hizo falta tiempo apenas para darse cuenta que Sam correspondió con un atisbo de ansiedad. Como si, a pesar del reproche, de la cara larga y toda esa inquietud, deseaba tanto como él un gesto así. Tuvieron la suerte de que nadie interrumpió ese momento, más allá de esos pulmones que pidieron mesura para recuperar el aire perdido en ese baile—. Todo lo que tengo que hacer... —susurró, sobre sus labios, instantes antes de alzar un poco más su cabeza, buscando una vez más aquella mirada clara, expresiva y turbada—. No es tan importante como ayudarte a ti. —y, el pobre hombre, en eso no mentía, independientemente de que la doctora le creyese o no. A pesar de esa coacción a la que se veía sometido por aquella que fuera su esposa, Ethan tenía sus prioridades muy claras, aunque estuviera limitado.


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Afirmó varias veces al escuchar esa petición, ella podía aguantar, realmente podía... pero era desesperante encontrarse tan limitada al punto de necesitar ayuda para casi todo. Una ayuda que no quería pedirle al rubio, en su intento de ser tan independiente como pudiese de él, porque era tan orgullosa como para tratar de no abrirse a esos lados más vulnerables, aún a pesar que lo quisiera como lo quería.

La morena, lo quería para ella solamente y era un golpe fuerte a su orgullo el tener que cuidarse las espaldas de ser vistos y escuchados por otras personas, cuando en realidad él solo debía dejar a su mujer para empezar algo con ella de la forma correcta... vamos, con el pie derecho. Pero algo le decía que no iba a pasar y eso dolía muchísimo y no mejoraba nada aquella situación el dolor que atravesaba su pierna que era masajeada con delicadeza por ese hombre que no tenía ni idea de la batalla campal de pensamientos que estallaba en su cabeza- espero.... –murmuró con una suavidad ronca, a ese comentario que buscaba alimentar con optimismo su presente. Eso esperaba, si, con muchas ganas.

Un quejido escapó de sus labios, mientras alzaba una mano y mordisqueaba uno de sus dedos, en su intento por callar el dolor que ahora parecía darle tregua gracias a los masajes que estaba recibiendo... hasta que se detuvieron ¿Por qué había parado? Abriendo sus ojos volvió a ver al rubio y entonces siguió su actuar- Ethan... ¿Qué... –murmuró, hasta que sintió su cuerpo cubierto por el suyo, en esa postura comprometedora que los unió a los dos en el silencio de ese lugar, dejándose embaucar al sentir la suavidad de sus labios reclamando de los propios, una respuesta que no tardó en llegar, porque su propio cuerpo la traicionaba y la hacía estremecer.

Perdida en los escalofríos que ese roce regalado le entregaba, haciendo que olvidara por un momento todos esos pensamientos caóticos que la atormentaban y la hicieran suspirar contra esos labios cálidos sin abrir sus ojos al menos hasta escuchar esas primeras palabras, mirándolo con tantos sentimientos impresos en ella, reprimidos y transformados en centelleos perdidos ¿en serio era así? Y era en esos momentos que deseaba bajar la guardia, quería rendirse a esas promesas y creer que realmente era así como él decía ... sin embargo, lo hallaba todo tan surreal y difícil de creer y quizá no lo creería hasta que realmente encontrara esa estabilidad que tanto añoraba algo en lo más profundo de su ser.

Perdiéndose en esa mirada profunda que la hizo liberar el aire con mayor lentitud, mientras alzaba su mano derecha y la posaba en la mejilla izquierda del rubio, acariciando suavemente su piel, sin apartar de sus espejos azules su mirada.

Y como añoraba solo dejarse abrazar por esa reconfortante sensación de estar cuidada, como quería encontrar su comodidad en esos brazos que la rodeaban y aunque dolió... sonrió como si no le doliera, como si pudiera realmente vivir así, aunque algo en lo más profundo sabía que llegaría un punto en que no lo soportaría, pero no sería ese día, en que sostuvo esa sonrisa silenciosa y deslizó sus dedos hasta su nuca, hundiéndolos en esos cortos cabellos rubios, sin palabras, ni comentarios adicionales. Alzó su rostro para capturar sus labios y regalarle un beso como respuesta a esa afirmación que le removía todo y sacudía como un terremoto- me conoces, soy así de terca... – "Y orgullosa..." pensó luego de justificarse con voz temblorosa y llena de una sedosa suavidad, dándose cuenta del efecto que ese hombre tenía sobre ella, por  más que  ella quisiera estar enojada.

Rozando sus narices juntas, la morena exhaló y se dejó recostar en el piso de nuevo, antes de rendirse a esos escalofríos "No te dejes llevar... " pensó para si en ese intento de mantener el control y el orgullo ante lo que creaba ese nudo en su garganta y pecho- podrían descubrirnos... -susurró en un exhalo profundo, sin que sus manos aflojaran su agarre, allí donde podía agarrarse de ese fuerte hombre que cegaba su perspectiva.


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Ethan atendió esa respuesta en forma de beso de la doctora a esa afirmación suya, casi aliviado de que la morena, aparentemente de mal humor, hubiera bajado un poco el listón en ese momento y no le hubiese echado a los perros por alguna de sus escabrosas circunstancias. Porque razones tenía y de sobra, para recriminarle muchas cosas que Ethan no terminaba de atar. No obstante, el rubio quiso mantener a Samantha lejos de la tensión que ahora parecía regir su rutina, mientras no estaba con ella.

Sin remedio, sonrió cuando aquel beso acabó, tras escuchar el murmullo de aquella voz femenina que parecía arrullarlo con la mejor de las melodías—. Hmm... —emitió bajo el mismo tono—. No me había dado cuenta. —sonrió hasta reír con suavidad, abriendo los ojos, mientras dejaba ver un deje travieso en su semblante. Sus azules se fijaron en aquella mujer, al recostarse en aquella colchoneta. Algo vibró en su interior. El SSU ató en corto a esa parte de su ser que deseaba más de ella, condenados al decoro y discreción que pocos lugares les ofrecían.

Y así se lo llegó a recordar Samantha con ese último murmullo suyo. Unas palabras que atenuaron la sonrisa del rubio. ¿Por qué era tan complicado el relajarse para disfrutar hasta de aquellas caricias que ella dejaba por su mejilla hasta su nuca? Un escalofrío recorrió lentamente su espalda, ante aquel contacto, erizando su piel dolorosamente lento. Con un suspiro que llegó a acomodarse en el pecho de la joven, Ethan sonrió con cierta resignación. Volvió a inclinarse sobre ella, esta vez para posar sus labios sobre aquel mentón femenino. Y, sin llegar a estar mínimamente satisfecho con ello, bajó un poco más, haciendo que, esta vez, alcanzaran la suave y sensible piel de aquel fino cuello. Huelga decir que, a pesar de ese suspiro que escuchó salir de los labios de la joven, el rubio prosiguió en un descenso sugerente, dejando otro beso en aquella clavícula ligeramente prominente. Sintió su pulso dispararse, con el eco de sus latidos retumbando en la base posterior de su cabeza. Sus manos hormigueaban, ansiosas por tocar, mientras que podía sentir el torrente de sangre recorrer y calentar su propio cuerpo, al disfrutar de aquellas vistas, de aquellas sensaciones y de la intensidad que desprendía esa conexión visual que mantenía con Samantha. Pero de ahí, se escurrió hasta el abdomen de la morena, justo bajo la franja de su pecho, en mitad de su vientre, recuperando parte de su posición inicial frente a ella—. No pueden decirnos nada. —respiró sobre aquella prenda que cubría la piel de su tripa, que Ethan habría besado con gusto. Y de hecho, fue lo que hizo, aunque fuera sobre su ropa, antes de incorporarse, para quedar de rodillas—. Sólo estamos haciendo ejercicios de rehabilitación. —enarcó las cejas antes de echar mano a aquella pierna necesitada de ejercicio de la doctora, con sumo cuidado. Llevó aquel pie, con suavidad, hacia su hombro izquierdo, apoyando en éste la planta del pie femenino. Rodeó su rodilla con la mano izquierda, mientras que la mano derecha bajó hasta el músculo abductor de su muslo—. Intenta empujarme, Sam. —sugirió, mientras intentaba recuperar un pulso más tranquilo y ahogaba su ansiedad en esos momentos que, sin más engaño, los saboreaba como algo insuficiente para lo que aquella morena despertaba en él.


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Por que no has querido darte cuenta... -simplificó con ironía humorística ácida. A veces, solo a veces Sam se preguntaba por qué era tan idiota: Así como dato. La morena se cuestionaba cada reacción, cada impulso, cada sensación que él lograba causarle con sus acciones, con sus caricias y con la forma en la que le hablaba; toda su fuerza de voluntad se iba al infierno y como la kriptonita a Superman, sufría de los estragos que sus encantos causaban en ella y cada rincón de su cuerpo adolorido y cansado de luchar por recuperar su fluidez como criatura independiente, no hacían nada más que recordarle la vulnerabilidad emocional y física por la que estaba atravesando, al permitirle a él acercarse y profundizar en esas emociones suyas que tan bajo llave había mantenido.

Un gruñido bajo escapó de su garganta al ver esa sonrisa traviesa que él le regalaba luego de afirmar con ironía que no se había percatado de su terquedad. Ella sabía sin embargo que ambos estaban atados en corto y ella volvía a amargarse al solo pensar en el “por qué” que justificaba esa condena que ÉL estaba permitiendo, se prolongara dolorosamente y que ella estaba permitiendo durar... porque tenía la vaga esperanza que él fuese finalmente a darle la buena noticia alguno de esos días, de que finalmente no tendrían que esconderse de nadie y podrían disfrutar de algo juntos...

Algo que ella no imaginó que podría volver a tener.

Y fue así como cada beso quemaba, cada respiración que sentía sobre su piel, quemaba, dolía emocionalmente, pero al mismo tiempo, alimentaba el fuego salvaje de esa pasión que sabía que sentían ambos y los llevaba a perder todo control cuando estaban cerca. Y con eso, la manía de aquel hombre en provocar esos fogajes y luego desviar toda la atención a algo tan "normal" como aquella rehabilitación, la ponía de mal humor.

¿Que no la ponía de mal humor últimamente?

Un gruñido fue el adelanto a ese esfuerzo sobrehumano contra el dolor y las ganas de empujar con su dolorida pierna. Odiaba la vulnerabilidad de su recuperación, odiaba la postura en la que estaba y la situación que él le recordó sin querer con aquellas palabras sobre lo que “estaban haciendo”. Sus manos bajaron para apoyarse en la colchoneta y con un esfuerzo notorio, empujó con su pierna, fijando sus ojos en el semblante del rubio, callando las ganas de reprocharle, atorándolas en su garganta, atadas en corto por su orgullo que actuaba como filtro a sus palabras, que no salieron de sus labios, por suerte.

Solo un exhalo, mientras cruzaba su antebrazo izquierdo por sobre su rostro y su mano derecha a su pierna palpitante que ya estaba recuperando algo de fuerza, aun así, no era suficiente. Inhalando profundamente, intentó de nuevo empujar el hombro donde su pie estaba apoyado, ejercer presión que se hizo un poco más intensa al poner su extrema concentración en ello, mente, corazón y alma.

Mierda... -maldijo por lo bajo, emitiendo un quejido cuando rendida se dejó recargar en el suelo y su pierna aflojaba en un intento de bajarla y descansarla por un momento- No está funcionando... quizá es suficiente por hoy....siento que quiero matar a alguien...–se frustró, sabía que, si estaba funcionando, ella más que nadie lo sabía al ser precisamente médica en traumatología, pero era ese momento en el que necesitaba quejarse, ser negativa y poco cooperativa. Apenas estaba empezando y ya quería rendirse por ese día ¿chistoso, no?

Tenía unas ganas tremendas de golpear algo y luchar con todas sus fuerzas, de confrontar su existencia y romper su realidad para construir otra... una más bonita, una menos agónica, una que trajera algo de alegría a su vida. Y lo triste, lo más triste de todo era... que ese rubio, la hacía feliz.... no como ella deseaba...

Y no solo de momentos se vivía plenamente.

Ya quería que llegara alguien y los interrumpiera, no para lo que podría pensarse, necesitaba insultar a alguien y mandar al infierno a la primera victima que tuviera delante, que no fuese ese rubio que influenciaba tanto en ella. Ahora era turno de él de intentar apaciguarla


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Ethan rió con suavidad, ante esa sagaz contestación a su broma retórica y el gruñido posterior. El carácter contundente de la morena parecía no tener solución, con esa sensación de que Samantha querría siempre quedar por encima, con esos certeros comentarios directos que no dejaban de aclarar la realidad, aunque Ethan no se había movido del terreno divertido.

El rubio contenía a duras penas esa emoción que albergaba al tener esa relación tan peculiar y prohibitiva con la morena. Por instantes, juraba contagiarle dicha emoción a Samantha, pero enseguida se veía tragada por esa irritabilidad que estaba sufriendo, al verse físicamente impedida de la pierna. Pero el SSU había visto grandes y rápidos progresos en su recuperación que no entendía cómo Sam no lograba verlo, siempre ansiando ir más rápido de lo que debería.

Aún así, ella se acomodó en la colchoneta, antes de hacerle caso y tratar de empujar con esa pierna que había perdido hasta masa muscular. Ethan sintió un pequeño empujón. Aplaudió internamente a la morena, pues para todo lo que había pasado, él pensaba que tendría menos fuerza esa primera vez. Pero, contrariamente a lo que ethan estaba comprobando, Samantha se frustró repentinamente (o al menos, lo exteriorizó al final), maldiciendo, dejando de tensar todo su cuerpo y hacer el ademán de bajar la pierna.

Al rubio entonces, arrodillado frente a ella, se le notó un gesto particularmente serio, bajando su mirada a esa pierna que debían recuperar para después deslizarse, recorriendo el cuerpo femenino con cierta lentitud en su ascenso hasta encontrar la mirada verdosa de ella. Él exhaló suave pero largamente por la nariz, con sus azules clavados en aquellos glaucos que parecían estar retándolo, regañándolo y atravesándolo por igual. Hasta que finalmente, decidió acabar con aquella situación tan ridícula que ella había propiciado—. ¿Ya te vas a rendir? —enarcó una ceja, con un atisbo de decepción en los claros iris—. Acabas de empezar, Sam. —le recordó.

¿A cuento de qué tanta irritación? La frustración femenina por la rehabilitación no estaba justificada. No cuando, apenas llevaba una semana de sesiones. ¿Quién podía ver mejora en apenas un par? No, Samantha era demasiado exigente con todo. Incluso con aquellas cosas que no podía controlar—. No es suficiente. —y a Ethan, por lo menos, llegaba a crisparle que se quejara tanto, sin motivo aparente. Ella iba recuperándose realmente rápido y bien. ¿Por qué se quejaba entonces?— ¿No querías empezar antes la rehabilitación? ¿Para qué? ¿Para rendirte en cuanto haces fuerza un par de veces? —le expuso, haciendo clara y fugaz recopilación de lo que había visto esa vez—. No me seas floja y quejica. —apoyó ambas manos en sus rodillas, sin plantearse siquiera apartar la mirada de la contraria—. Por más que gruñas no te recuperarás antes. —debía dejar de ser tan inmadura en ese aspecto—. Y a mí, tus gruñidos no me asustan. —susurró con una sonrisa zorruna, habiéndose inclinado un momento, en actitud confidente. No tardó en erguirse, relajando su rostro, para volver a mostrarlo serio. Sin contemplaciones aunque con claro cuidado, tomó aquella pierna femenina de nuevo, volviendo a posar la planta del pie sobre él, esta vez sobre su torso superior—. Deja de querer correr más que nadie y date tiempo de una buena vez. —sentenció, mientras volvía a colocar sus manos sobre aquella pierna femenina, afianzando sus dedos, llegando a regalarle una caricia que aunque sutil, sí fue intensa—. Ahora, empuja de nuevo.


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Y a veces, solo a veces odiaba ese tono que empleaba ese hombre delante de si para ponerle la realidad sobre la mesa, pero ella no necesitaba eso, ella necesitaba y quería una estabilidad que no iba a poder tener...quería pensar que “aún”, porque parte de ella tenía miedo que nunca llegara y eso la hacía sentir irritada, inestable y enojada. Y la empujaba a odiar aquellas palabras que él continuó derramando con esa filosa razón suya, que sabía que tenía.

Pero a ella le valía un rábano de huerto que tuviera razón, ella se había ganado el derecho a hacer todos los berrinches que le vinieran a los ovarios hacer y aunque gruñirle no iba a servir de nada para demostrar su frustración y aunque no lo asustaran (Porque en un principio no eran para asustarlo de ninguna manera), creía que podía quejarse y desahogar las emociones conflictivas que sacudían todo su temple interno. Porque pese a que hubiese el sabio dicho sobre vivir el día, ella ya estaba cansada de vivir el día, había vivido el día cada día desde que aquella ridícula pandemia que había asesinado a todos los seres queridos de miles de familias, se había desatado. Había vivido el día cada momento y segundo de su vida desde entonces... y estaba cansada.

Y en un arranque de enojo, frunció el ceño al ver esa sonrisa zorruna y llenándose de un impulso puro, como un volcán que hacía erupción llenó sus pulmones para sentir como si carbones ardientes, encendieran una hoguera salvaje y con esa sensación, la doctora empujó haciendo caso a esas últimas palabras, tomándolo por sorpresa con la fuerza con la empujó para hacerlo perder el balance y ayudándose de todo su cuerpo se irguió, apoyándose en su rodilla sana que quedó entre las piernas del rubio y extendiendo sus manos apoyarlas en sendos hombros fuertes del militar al que empujó al suelo en una acción muy similar a la de una pantera cazando, con sus ojos clavados en los azules que ahora le devolvían la mirada, con clara sorpresa por ese movimiento tan ágil que seguramente le había costado aire, fuerza de voluntad, esfuerzo y una buena dosis de dolor que supo controlar impertérrita.

Sus costados dolían horriblemente por ese esfuerzo que para ella había valido la pena, su pierna herida, flexionada y relajada a un lado palpitaba también pero no le falló en ningún momento de aquel movimiento, como si ella hubiese tomado control de cada rincón de su cuerpo y decidiera que no iba a permitir esa vulnerabilidad durar demasiado. Agitada, lo miraba en completo silencio, mientras solo su respiración irregular se podía escuchar, presionando esos hombros contra el suelo ayudándose de su peso, sin ser demasiado dura, hundiendo sus dedos en esos fuertes músculos, sin añadir palabra alguna.

La piel de la morena brillaba con ese leve sudor frío por el esfuerzo, mientras se rehusaba a soltar la presión que ejercía sobre los hombros masculinos, en ese silencio que ahora compartían los dos, en esa estancia que brillaba con todas esas luces y mantenía una temperatura regular y refrescante... aquella era la primera vez que ella se encontraba en esa posición, sobre él, determinada, molesta, pero muy determinada y fuerte... y era extraño. Su corazón latiendo con fuerza en su pecho, mientras sus pulmones clamaban por aire, doloridos por el esfuerzo luego de haber descansado tanto.

Llevaba puestos unos pantaloncillos de deporte cortos y una camiseta holgada que descubría uno de sus hombros, revelando de alguna manera que o no llevaba sostén o llevaba uno de esos que no poseían tiras, de lo cual todo quedaba a misterio hasta que no se comprobase lo contrario, poco a poco su respiración comenzó a normalizarse, su semblante se relajó apenas un poco, conservando su seriedad calma y desafiante y la presión empezaba a ceder...apenas un poco.

Solo un poco.
Y su silencio, decía mas que mil palabras.


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"It's a lie for a lie and I'm getting tired. On the other side, on the other side... "

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Desde luego, Ethan no se esperó que sus palabras calaran en ella de la forma que lo hicieron. Como tampoco se esperó ese empujón de fuerza considerable y sorpresiva que terminó por desestabilizarlo, haciéndole caer hacia atrás. Al andar arrodillado, dio con su trasero en el suelo, consiguiendo que de la fuerza que lo empujara, terminara estirando las piernas hacia el frente—. ¿Sam? —se vio diciendo, de forma retórica, antes de que su espalda diese contra el suelo. Desafortunadamente para él, por esa inercia, se acabó golpeando la cabeza también contra el suelo. Del golpe cerró los ojos con fuerza. Eso lo aturdió el tiempo suficiente como para que Samantha aprovechara a echar sus manos a los hombros del exmarine, con intención de inmovilizarlo parcialmente.

Ethan sintió la presión del peso de la morena sobre sus hombros, afianzado con aquellos finos dedos que llegaban a clavarse en su piel a través de esa camiseta que llevaba puesta. Aún tardó un par de segundos en volver a abrir los ojos para encontrarse con la solemnidad y decisión brillando en la mirada contraria. Y aquella conexión significativa entre ambas miradas volvió a darse. Todo rastro de socarronería y diversión se había borrado del semblante del SSU por un momento. Sólo por un momento, pues aquel movimiento imprevisto de la morena le demostraba a ambos que la determinación de la doctora estaba intacta, por más que ella pudiera llegar a quejarse. Con ese pensamiento, Ethan volvió a mostrar esa sonrisa ladeada, en lo que recuperaba consciencia y medía cuidadosamente la posición de ambos—. Me gusta tu nueva manera de quejarte. —murmuró con algo de sorna, viendo con claridad ese desafío en los glaucos de la morena. Esa seriedad de la que evitó reírse. ¿Por qué se lo tomaba todo tan a pecho? El rubio no la recordaba tan irritada por cualquier nimiedad, esos primeros días en los que estuvo en observación. ¿Qué había cambiado?

Llevó una de sus manos a esa pierna lastimada, regalándole una suave caricia que pudiera reconfortar parte del dolor. Ascendió por aquel muslo, percibiendo un sutil temblor que atenuó su sonrisa pícara. Ethan aplaudía esa capacidad para soportar el dolor que Samantha estaba demostrando. Aunque fuese por mera cabezonería y por no verse débil ante los demás. Pero… sólo estaba él en aquel lugar. ¿De verdad quería fingir incluso con Ethan? ¿Por qué lo hacía? El rubio frunció el ceño, haciendo que sus dedos alcanzara aquel pantalón corto y, recorriendo esa curva de las caderas femeninas, llegó a la línea de la prenda, en su cintura. Tuvo la desfachatez de colar su mano, por la holgura de su camiseta, suspirando al rozar aquella piel oculta a su mirada. No tardó en alzar la mano contraria, llegando al mismo punto. Sam parecía imperturbable, a pesar de que era la primera vez que se veían el uno sobre el otro, después de que la morena fuese meridianamente clara con lo que sentía por él. Una exhalación más marcada por parte del rubio, reveló que tener a aquella mujer encima suyo, no lo dejaba indiferente. Sus ásperos dedos ascendieron lentamente, pero marcando su paso por aquella piel, levantando con parsimonia la prenda que llevaba la doctora. Finalmente, Ethan se jugó todo a una carta cuando elevó su cabeza del suelo, aproximándola a la de Samantha, aún con una pícara diversión centelleando en sus azules—. ¿Ahora sí es suficiente por hoy? —murmuró con una voz melosa pero ronca, queriendo saber cuál sería el siguiente movimiento que ella pudiera hacer, para actuar en consecuencia.
Definitivamente, ninguno de los dos parecía estar pendiente de esas visitas imprevistas que pudieran romper un momento tan comprometedor como era aquel.


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Su cuerpo estaba tenso al inicio, sus costados y su pierna herida dolorosamente palpitaban recordándole que aún no estaba en su total forma como para creer que podía permitirse ejercer semejantes movimientos como el que acababa de hacer. ¿Cuál era su intención después de todo? Su intención estaba llena de dudas, ella simplemente no quería ser débil, no quería depender de nadie por temor a perder más de lo que ya había perdido y ese rubio... causaba en ella el efecto balsámico adictivo de sentir que todo estaría bien... que ella podría bajar la guardia y finalmente dejarse ser.

Oh cállate... –murmuró, pero su mente egoísta y lógica decía “no así, no siendo la segunda, no ocupando el lugar secreto que las amantes usualmente ocupan” y en esa línea de pensamientos estaba, cuando en ese intercambio de miradas se perdió, estremeciéndose hasta los cimientos al sentir esa caricia que se deslizó por esa dolorida pierna, desarmada por un gesto tan nimio y dulce, sintió que todo su esfuerzo por ser de hierro, se perdía en lo profundo de un abismo lejano. Sus ojos puestos sobre los del ex militar no dieron signos rápidos de ceder, al menos hasta que sintió como esas caricias 0 enrojecido costado que había estado muy amoratado al inicio.

Y la presión de las manos femeninas en esos fuertes hombros se redujo, estremeciéndose, erizándose ante ese tacto cálido y áspero que la hizo exhalar, antes de escuchar las palabras que la harían morder su labio inferior y atentaran con matar los estremecimientos que estaban recorriéndola. Pero no fue así, ella no pudo evitarlo y sucumbió a ese impulso que capturaría los labios contrarios entre los suyos para saborearlos con lentitud, en respuesta vengativa a esa diversión suya, mordiendo su labio inferior, absorbiéndolos con suavidad juguetona, atreviéndose a rozar con su lengua en busca de la suya y relajar sus hombros y espalda lo suficiente para adoptar una postura cómoda sobre él, recargando su cálido peso en su cuerpo trabajado y caliente.

Y así es que ella quiso ser caprichosa, permitir que el roce de sus narices juntas, lo rasposa que se sentía la barba masculina contra su suave piel, la tibieza de sus cuerpos juntos y sus respiraciones vaporosas la hipnotizaran. Acelerando su pulso y llamando a que sus sentidos respondieran a él, predispuesta a proceder en más de un sentido… contra el dolor, contra su propia terquedad que ahora era reducida a mero obstáculo superable, de la mano de ese hombre que tocaba su piel y la derretía.

La morena, deslizó sus manos hasta apoyarse en esos pectorales duros y exhaló con suavidad contra esos adictivos labios, recuperando un poco del poco aire que podía mantener a raíz del palpitante dolor en sus costados y aún así rozó su nariz con la de él, alejándose lo suficiente para verlo a los ojos y volver a atacar esos labios en un profundo asedio nuevo que exhalaría un suspiro tibio y tembloroso, sonido sedoso que buscaba armonizar y llamar a la excitación de ese rubio, para compartirla con ella.

Queriendo provocarle escalofríos con esos suaves sonidos que expresaban otro tipo de vulnerabilidad y poder femeninos, que le removieran el suelo y lo hiciesen sentir necesitado de ella, que ahora deslizaba con su mano izquierda, una caricia suave por sus rubios y cortos cabellos.


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Ethan mentiría descaradamente si dijera que no se había esperado que finalmente Samantha le regalara un beso. Porque se lo había puesto demasiado fácil. Desde que despertara en aquella habitación del hospital de la base, y ambos hablaran con claridad meridiana, habían sido muy pocos los momentos que habían tenido ellos dos solos. Y, a pesar de que aquel no era el mejor de los momentos ni las circunstancias le regalaban la seguridad de un rato en exclusiva intimidad, la necesidad física ya comenzaba a ser lo suficientemente grande como para poder obviarla. Más en aquella situación, en la que la distancia se quedaba como algo irrisorio entre ambos. La morena inclinó su rostro sobre el del rubio finalmente, atrapando su boca con la propia, en un beso que bien podía considerarse un terremoto a los sentidos. Las manos ásperas del hombre presionaron aquella tersa piel, resbalando sus dedos hacia su espalda, hasta cruzar sus brazos, abrazándola cuando sintió el peso de aquella fémina sobre el suyo.
Sólo entonces Ethan se dio cuenta de cuánto había necesitado a esa mujer tan cerca.

Y cuánto podía influir con sus acciones, cómo así hacía él en las suyas. Se alimentó de sus suspiros, acompañándolos con los propios, dejando que aquella calidez que lo arropaba fuera más allá de su piel, calentando su cuerpo, en ráfagas intensas que retumbaban en su interior, encendiendo aún más su anhelo por ella. Hasta que no aguantó más. Aprovechando que la pierna sobre la que aún se apoyaba Samantha estaba entre las suyas, Ethan tiró de ella, girándoles, cambiando las tornas. Fue así como dejó de sentir ese temblor en aquella pierna lastimada, al no tener que apoyarla ni forzarla de ninguna de las maneras. Sintió cómo entonces los finos dedos de la morena se engarfiaron sobre sus ropas, escuchando un gruñido más que le devolvió la sonrisa traviesa—. Déjame llevarte a tu cuarto. —susurró, consiguiendo que su aliento se colara entre los labios ajenos, de lo cerca que procuraba mantenerse de aquella boca que volvió a besar sin miramientos, escuchando ese murmullo afirmativo, resonando en la garganta de la fémina, en lo que Ethan la hacía sucumbir a ese denso océano del deseo en el que ambos se habían sumergido de cabeza en un abrir y cerrar de ojos.

Hizo un esfuerzo hercúleo para separarse de ella y conseguir alzar su cuerpo, metiendo uno de sus brazos por debajo de sus rodillas y el otro bajo su espalda. Pero de lo que ambos fueron menos hábiles fue el dejar de besarse, con esa imprevista y repentina adicción a los labios del otro. Ethan, como pudo, se hizo con esas muletas que ella usaba, hasta que lograra recuperarse del todo. Tal vez, en su intento por aparentar normalidad.

Justo antes de salir del lugar, llegó a un complicado acuerdo con la morena: una vez más, en esas circunstancias que les urgían a ambos, debían comportarse unos instantes más, hasta que llegaran al abrigo del cuarto de la doctora. Por suerte, no se toparon con mucha gente, puesto que el comedor había abierto sus puertas justo cuando Ethan encontró a Samantha en aquella estancia de rehabilitación. No obstante, no fue hasta que la puerta automática de aquel pequeño apartamento se cerrara, que el SSU no suspiró de alivio.

La sonrisa volvió a su rostro en cuanto encontró la mirada contraria, en su torpe camino hacia aquella cama, por el que fue perdiendo las muletas de una forma torpe y despreocupada. Al topar una de sus piernas con el lecho, el rubio se inclinó para posar a la morena con un mimo y un afecto que no había llegado a mostrar antes, tras lo cual, no pensó en separarse. Aquellos verdes lo atraían intensamente, hasta el punto de hacerle olvidarse de todo salvo de esas ganas crecientes por volver a aquella boca—. ¿Por dónde íbamos? —enarcó su ceja izquierda por un instante, para sonreír con cierta picardía antes de ser él, esta vez, quien acercara su rostro al de aquella mujer para continuar con aquel beso que terminaría consumiéndolos a los dos.


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Su piel se erizó al sentir esas cálidas manos masculinas recorriendo su piel, la forma en que sus brazos envolvieron su cuerpo y la invitaban a recargar su cuerpo sobre el suyo, amoldando su anatomía con la suya, mientras continuaba con ese beso lento y profundo que intercambiaban con hambre, añoranza y a su vez una ternura que la estremecía hasta los huesos. Sintiendo una poderosa estática que se generaba por el simple tacto y olor mutuo en una cercanía tan íntima... dándose cuenta de la necesidad que sus emociones habían tenido se tenerlo junto a ella de ese modo, repentinamente llena, completa y apaciguada como si eso es lo que había estado necesitando para sanar todos esos temores y dolencias personales que habían sido su constante desde quién sabe cuánto.

Sus labios juguetearon con los suyos, rozándose, acariciándose y devorándose como si del fruto más dulce se tratara, absorbiendo y dando mordiditas pequeñas, caprichosa y demandante, añorante de ser cubierta por él en todo sentido, perdiéndose en sus brazos y ese abrazo que presionó más su cuerpo y que terminó propiciando el cambio de postura. Y su cuerpo lo agradeció, sus costillas y su pierna, relajándose le indicaron que lo mejor era, dejarse descansar, destensando sus músculos y así responder con un beso más profundo y escalofriante a esas palabras roncas que anunciaban una petición que ella sabía a dónde les llevaría.

Si hubiera tenido ganas de quejarse, se hubiese quejado por sentir que debía separar sus labios y sus cuerpos por pocos segundos para que él pudiese apartarse y quién sabe cómo, llevarla hacia su habitación. No esperó sin embargo, el ser tomada entre sus brazos de aquel modo, para recordarle que “debían” mantener la compostura, sus cojones debían. Pero la morena solo hizo sonoro su descontento con un gruñido que bien interpretado por los demás, la pusieron en el mismo estado de ánimo que siempre, frente a los demás: De Malas.

Los pocos que la vieron, recibieron su mirada como dardos, por que todos en Pandemónium “sabían” que ambos se llevaban mal y aunque públicamente habían limado asperezas y parecían llevarse mejor, imaginaban que la morena odiaba dejarse ayudar tanto. Y no podían estar más equivocados, ella deseaba hundir su rostro contra su cuello, besar su cálida piel y murmurar cosas a su oído y morder esa oreja y molestar cuanto pudiese hasta esa habitación/hogar, a donde se dirigían y sería donde decidieron sucumbir a lo que tanto lo habían deseado, por lo que, era una tortura, fingir ella su amargado ser por esos pasillos en los que poca gente habían visto y la habían saludado, odiaba ese fingir locura, ante lo que realmente estaba pasando allí. Pero la influencia del rubio era tan marcada, que al llegar a la habitación capturó su atención de nuevo con un escalofrío que la recorría de la nuca a la base de la espalda.

Erizándose al sentir como su cuerpo descansaba por fin en la cama y sin tardanza sonreía antes de corresponder ese delicioso beso que selló por fin la condena de la morena que bajo el cuerpo masculino, re acomodándose en la cama, se aferraba a él y hundiendo sus dedos entre sus ropas, lo atraía para invitarlo a perderse contra su cuerpo estremecido por su calor y la ansiedad que ahora aceleraba su pulso y la hacía murmurar su nombre contra sus labios entre su aliento cálido, deslizando sus manos por su fuerte espalda, buscando los bordes de su ropa para intentar despojarlo de la prenda superior y permitirse disfrutar del calor de su piel y la fuerza de sus músculos marcados.

Tiró de la camiseta para quitársela y arrojarla lejos en cuanto él se lo permitiese, mientras sus manos jugueteaban deslizándose por esa espalda, bajando por su costado hasta hundir traviesa sus dedos entre la tela de los pantalones y la piel, agarrándole un glúteo con firmeza y la otra por su nuca, juntando contra él su pierna no lastimada, enredándola entre las suyas, jadeando contra sus labios y así, propiciar ese encuentro que prometía ser la condenación de ambos.

Sabía que no sería la misma luego, porque querría más, mucho más.


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