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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Esos momentos que lo cambiaron todo

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Mensaje por Max A. Walcott el Jue 20 Jun 2019, 18:55

Max A. Walcott


Algún día de mayo de 2013.
Hacía un calor insoportable, ese calor característico de California en una tarde como lo era ahora, no solo se sentía, se podía hasta ver, el asfalto desprendía un calor insoportable, Max lo sentía en las suelas de sus zapatillas y por eso hacía rato que caminaba por las cunetas, a lo lejos podía ver el aire caliente moverse, como provocaba aquella típica visión en la que parecía que las carreteras se movían, esas ondulaciones típicas, él avanzaba con la chaqueta al hombro, ni una sola sombra y se sentía agobiado, pero pronto llegaría a su destino y con suerte a alguna sombra.

Hacía un par de días que había perdido a Hugo, su muerte fue dolorosa, ahora estaba solo, ya lo había pasado bastante mal cuando perdió a su madre y ahora se quedaba sin aquel que había llegado a ser como un padre. Pero tenía que ser fuerte, no sabía hacia donde ir, no sabía que hacer no le quedaba nada, pensó en sus familiares de Maryland, pero a quien pretendía engañar, él estaba en una punta del país y ellos en la otra con suerte llegaría muerto y eso sin contar con que ellos estuvieran vivos, no había posibilidades de ello, así que ahora el joven de apenas quince años vagaba solo por ahí, escondiéndose de todo aquello que no le gustaba, esquivando a la muerte. Por ahora había sido una buena estrategia.

En una mano llevaba casi arrastrando su vieja chaqueta, cargaba con su antigua mochila del instituto, ahora llena de otras cosas que nada tenían que ver con las clases, era irónico, pero ahora las echaba de menos, cualquier cosa a aquello. En la otra mano un improvisado ramo de flores que había ido recogiendo poco a poco, iba a ver a su madre, no sabía hacia donde ir excepto volver a casa, allí se sentiría mejor, era el único sitio donde no se sentiría un ratón perseguido por gatos.

Al visualizar el jardín delantero de la vieja casa que se localizaba a las afueras de la ciudad sintió pena, aquel lugar ya no era lo que era, abandonado, triste, desolado, cruzó el jardín con decisión hacia la puerta, Hugo y él la cerraron con llave como si eso fuera a detener a alguien y al ver que seguía cerrada pareció que si lo habían logrado, entró con su propia llave y cerró tras él por si acaso, la mancha de sangre reseca en la moqueta del salón seguía en el mismo punto donde una vez su madre cayó muerta, fue hacia la cocina y salió al jardín trasero, la casa parecía detenida en el tiempo, sucia pero tal y como la dejaron, allí ene se jardín avallado con altos muros observó en el centro la improvisada tumba que Hugo y él cavaron a toda prisa, se le encogió el corazón, se acercó y se sentó al lado de la cruz de madera.

- Hola mamá... - las palabras se le atascaron en la garganta al igual que impidió aquel llanto. - Te echo mucho de menos mamá y he perdido a Hugo, estoy solo... - dejó de mirar la cruz para agachar la mirada  sus propias manos alzando una para frotar con insistencia sus ojos y así impedir aquel llanto, pero los recuerdos de Hugo moribundo, los de su propia madre y luego como él mismo cavó esa tumba junto a su padre no ayudaban nada. - No sé que hacer - dejó las flores con cuidado sobre la tumba, bien colocadas hasta que un ruido que provenía de la casa le alertó, se puso de pie de un salto y asustado como estaba empuñó el destornillador como si fuera un arma de verdad, con sigilo y cautela avanzó hasta entrar a la cocina y llegar al pasillo, el ruido provenía de la antigua habitación de sus padres. Otro golpe más en la puerta que estaba cerrada, todas las demás abiertas, pude ver su cuarto de refilón y como algunas motas de polvo danzaban por el aire visibles gracias a la luz que entraba por las otras ventanas, decidido, sin pensar demasiado en lo que podría ocurrir abrió la puerta de un empujón y se echó hacia atrás preparado para lo peor. El susto se lo llevó de todas formas, el corazón le dio un vuelco, pero al final se tranquilizó.

- Un gato, solo un gato... - se repetía a si mismo mientras que el animal se escabullía por la cocina, a saber por donde había entrado, pero se quedó allí de pie observando la habitación, buena la había liado el dichoso animal, todo estaba tirado por el suelo, del armario se habían caído un par de cajas, avanzó recogiendo un pequeño marco con una foto suya y de Hugo, no pudo evitar sonreír al verla, la colocó en la cómoda al lado de una foto de su madre de cuando era más joven, era preciosa. Pero otra cosa fue la que llamó su atención, al lado del armario había una caja, en ella se leía pintado con rotulador la palabra "mamá". Hugo no conocía a su madre y mamá nunca hablaba de la suya, como si algo le molestase, Max aprendió a no preguntar por ella desde una edad bastante temprana, cuando veía como ella se encrespaba por sus comentarios, supuso que no se llevaban bien.

Se sentó al lado de la caja y la abrió, había un montón de cartas y algunas fotos, la primera llamó su atención, en ella había un montón de niños pequeños, todos tendrían cinco o cuatro años, todos disfrazados de payasos, siguió mirando más fotos, en la siguiente una niña rubia de unos seis o siete años con una sonrisa bastante amplia, giró la foto y detrás vio una fecha, seguramente de cuando se tomaría la fotografía, pero su madre no podía ser, la imagen era a color y la fecha apenas databa de hacía unos doce o trece años. Dejó el montón de fotos y se concentró en las cartas, todas a nombre de su madre, Amber Alighieri y detrás en el remite el nombre que aparecía casi le hizo caer hacia atrás, Miranda Alighieri. Todas igual, su abuela, era su abuela, abrió la primera con la que se encontró.

- Cariño, te echo mucho de menos, Jerrow sigue igual de afectado y la pequeña Vanessa parece haberse olvidado, pregunta por ti, los primeros meses fueron un infierno, pero es una niña al fin y al cabo y ya parece haberse olvidado de todo, te mando algunas fotos... - Max se saltó medio párrafo y siguió leyendo más abajo. - ¿Cómo está Max?

- Vanessa no está bien, necesita a su madre, Amber te sigue echando en falta cada día desde que te fuiste - aquellas palabras a Max le hicieron perder la cabeza, tiró la carta y empezó a sacar más y más leyendo algunos fragmentos casi como si le pagaran una millonada por aquel trabajo, desesperado. - Hoy tu hija ha cumplido diecisiete años, sigue sin hablar apenas con su padre, pero es que Jerrow cada día está más distante, está triste, aunque parece ir recuperándose, muy poco a poco, Vanessa solo habla conmigo, es una buena chica pero sigue metiéndose en líos, Jerrow no sabe que hacer con ella, yo le digo que son las típicas formas que tienen los adolescentes de llamar la atención, pero él no quiere pensar que sea culpa suya, y es que es culpa de los dos, Amber, habéis decepcionado a vuestra hija - aquella carta estaba bastante arrugada como si alguien hubiera querido destrozarla, Max estaba bastante aturdido, ¿tenía una hermana?, la cabeza le daba vueltas, su madre le había mentido, ¿pero solo en eso?, empezó a sacar las fotos, la misma niña rubia por todas partes, Vanessa, Vanessa, Vanessa 6 de Abril, Vanessa 14 de Junio, Vanessa... Todas de ella bastante pequeña, pero logró dar con unas de ella bastante más mayor, bueno en realidad solo una, salía sentada junto a una mujer mayor de pelo blanco, llevaba un traje negro y ella un vestido blanco, sentadas en un sofá con la mirada perdida. Parecían bastante tristes.

Él joven seguía metido en aquella caja de recuerdos sin percatarse de las sombras que empezaban a  envolver la casa, decenas de aquellos seres que habían sido atraídos al lugar por los ruidos y los síntomas de que allí había vida empezaron a rodear el barrio, su casa y él sin darse cuenta de nada.


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