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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Mensaje por Ethan J. McQuoid el Jue 06 Jun 2019, 21:43

Base de Pandemonium,
Tarde del 1 de Octubre
¡Pero a ti qué demonios te pasa? —fue una pregunta, a voz en grito que resonó en toda la estancia, en la base de Pandemonium. Ethan sostenía a Eddison por la solapa de su jersey, habiendo salvado la rigidez del chaleco que protegía a aquel huidizo líder que había regresado solo y tembloroso. Asustado. Aunque no más asustado que cuando el jefe de las SSU lo interceptó, sabiendo lo que había hecho. El hombre, alzado ligeramente del suelo, intentó explicarse entre titubeos, pero a cada palabra que decía, más encendía al rubio que no hacía más que apretar los dientes—. ¡Maldito cobarde! —sentenció, entre dientes—. Ni siquiera te cercioraste de que todos los que abandonabas estuvieran muertos. —entrecerró su mirada también. De haber podido, lo habría asesinado allí mismo, indignado por esa cobardía que él no conocía—. ¡Quedas suspendido de tu cargo por un mes! —exclamó justo después de soltarlo con brusquedad—. ¡Y espérate que no haya más consecuencias, Eddison! —le señaló con el dedo, mientras su furia se reflejaba en su ronca voz que, desde luego, sonó del todo amenazante.

Ambos estaban en la sala de control, pues Franklin había ido a notificar lo sucedido, e Ethan había decidido seguir la misión de cerca. Por suerte para el soldado, la voz de Sam interrumpió en el intercomunicador. Tan sólo su murmullo entrecortado le bastó al rubio para olvidarse de aquel torpe y presuntuoso líder incompetente. Se apoyó en la mesa, haciéndose con el emisor, para apretar el botón que abriría la línea con la doctora—. Murray.No tenía que haberla dejado ir, pensaba, mientras esperaba respuesta—. Murray, ¿me escuchas? —preguntó, al ver que ella no parecía articular para responderle, más allá de notificar algo que él ya sabía. Un par de intentos más le valieron a Ethan para concluir que, efectivamente, no podía oírle—. ¡Maldición! —tuvo la tentación de tirar lejos el intercomunicador, pero se contuvo en un esfuerzo hercúleo por mantener las formas—. ¿Dónde está?—preguntó a la persona responsable de captar la señal, al lado de ese aparato de comunicación. Aquel hombre, le señaló la pantalla donde podía verse un punto parpadeante, en las inmediaciones de Los Angeles. Fue en ese preciso instante, cuando Ethan tomó una decisión rápida y hasta visceral—. Estate pendiente, ¿de acuerdo? Voy a firmar una solicitud para salir a por ella. —le pidió al mismo hombre que le había dado la información que había pedido—. Necesito tener monitorizada su señal. —se irguió, mientras informaba él, ahora—. Mantenme informado si sufre cambios. —ordenó, con voz calmada, antes de alejarse para salir de aquel lugar—. Vuelvo enseguida.

Última localización del Escuadrón 10-23,
Distrito Industrial, Los Angeles,
3 de Octubre

Por fin, Ethan había podido salir de la base. Había pasado dos largos días excesivamente callado, constantemente molesto y tenso. Más de una vez se le había sorprendido quieto, ante ese panel que mostraba las gráficas de las constantes vitales de la única superviviente de aquel escuadrón que había sido reducido, que aún permanecía fuera. Su mujer, Natalie, lo había sentido inquieto, extraño… distante. Pocas veces recordaba haberlo visto así. Y, aún así, le dio su espacio, como siempre había hecho.

El rubio lo había preparado todo, llevando consigo, esta vez, a un médico y a un segundo SSU como apoyo. Era una misión de rescate, no se iban a entretener en explorar, más allá de averiguar exactamente dónde estaban los restos del vehículo destrozado, dar con Samantha, atenderla en primera instancia y, con estas, regresar a la base para que recibiera más cuidados médicos.
En esta ocasión, era Ethan quien conducía, apretando tanto el volante como el acelerador. Iba rápido, pero seguro. Porque, después de todo, por muy desesperado que estuviese por encontrar a la morena, no perdía el norte: más gente dependía de él. Así, llegaron rápido al distrito. El coche volteado ya era un amasijo de hierro aún humeante. Ethan dio las pertinentes indicaciones a sus acompañantes, instándoles a que fueran particularmente cuidadosos y prudentes. Su objetivo ahí era bien diferente al que solían tener. Comenzaron a buscar alrededor del vehículo, alejándose poco a poco. Pero, fue el rubio el que se coló por ese hueco en la pared que daba a una oficina ruinosa, adecuando sus ojos a esa penumbra debido a la humareda. Por suerte, el humo parecía no entrar en aquel lugar. No obstante, le costó dos barridos con su mirada, adaptarse y empezar a ver qué había allí. Y el corazón se le paró por un par de segundos—. ¡Murray! —exclamó, en cuanto vio aquel cuerpo e, inmediatamente después, el rostro que ya reconocería en cualquier parte. Corrió, salvando la distancia que lo separaba de ella en apenas segundos, gracias a sus largas zancadas. Se arrodilló, ignorando su propio dolor al hacerlo de forma brusca, como así lo hizo. No tuvo valor para moverla al principio, impactado por ver aquella pistola cerca. Inmediatamente, sus azules revisaron aquel cuerpo laxo, con terror, en busca de cualquier signo que evidenciara lo peor. Pero, para su tensa tranquilidad, no observó nada. Su siguiente paso fue cubrir aquella magullada mejilla con su propia mano, cubierta de ese polvillo blanquecino de restos de hormigón. Estaba fría. Demasiado fría. Y pálida—. Vamos, Sam, despierta. —sus manos le temblaban, aunque él no se diera plena cuenta, más allá de esa respiración dificultosa, con temor aún en el cuerpo. Con su mano ociosa, buscó la muñeca femenina, presionando suavemente. Un exhalo entrecortado salió entre sus labios al sentir un pulso muy débil. Aún estaba viva. Aquella noticia impactó en el SSU, hasta el punto de emocionarlo—. Por lo que más quieras, despierta. —murmuró, sintiendo ese escozor característico en su mirada. Parpadeó lento, ignorando aquel transmisor que lo llamaba por su nombre, pidiéndole ubicación—. No me has hecho venir hasta aquí para dejarme así, ¿verdad? —él hablaba como si la morena inconsciente, pudiera escuchar aquella advertencia velada de aquella voz que ahora, era igual de temblorosa que sus manos. Terminó sucumbiendo a ese anhelo que no podía liberar, ante ese mismo rechazo de la joven días atrás, que había supuesto una barrera entre ambos que los distanciaba, para tristeza del rubio, que sentía agónica esa situación de poder hablar con ella de temas banales, callando tantísimas cosas. Por supuesto, ignorando que la mujer se encontraba casi en la misma situación. Pasó el brazo por los hombros de ella, para convertirse él en su nuevo apoyo—. Sam. —ignorando que, cambiándola de postura, podría causarle el dolor que, tal vez, necesitara para regresar con él—. Despierta. —aquel murmullo en voz quebrada sonó vulnerable, desesperado y con una angustia desbordándose, hasta el punto de intentar abrazarla malamente, apoyando su propia mejilla en la frente de la chica—. Por favor...


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Mensaje por Samantha C. Murray el Vie 07 Jun 2019, 08:16

Ella había hecho todo en sus manos por detener el sangrado y proteger sus heridas al punto que había soportado dos días largos con la incertidumbre de su destino, llevada al extremo de considerar el suicidio como una solución rápida y necesaria a todo ese miedo que ya la había agotado. Pero no había podido ejecutar su plan, no había podido hacer nada más, que solo sollozar en miedo y desesperación hasta la inconsciencia y nuevamente se había sumergido en memorias lejanas o añoranzas perdidas.

Soñaba que caminaba descalza por aquella playa blanca, de la mano de alguien cuyo rostro no podía ver, llevaba un suéter crema que apenas cubría hasta la mitad de sus muslos, mientras sentía el calor del sol sobre su rostro, escuchando el romper de las olas cuya espuma acariciaba sus tobillos y retrocediendo dejaba una estela delicada, descubriendo las caracolas que tornasoladas brillaban con los rayos del sol. Y una voz infantil la llamó...

“¡Mami!”

La morena alzó el rostro para fijarlo en el origen de ese llamado, visualizando entre la niebla mañanera una figura infantil. Sus labios se abrieron por un momento y exhaló sintiendo el escozor de sus ojos verdes, comprendiendo que esa voz no podía ser real... y aun así, empezó a avanzar hacia allí, hasta el punto de casi correr hasta que llegara a un punto donde pequeñas huellas se marcaban en la arena, dos pequeños piecitos que la hicieron sentir como sus mejillas se comenzaban a humedecer por sus lágrimas, mientras quedaba de rodillas en la cálida arena, mientras tomaba una pequeña cadenilla que tenía un angelito en repujado y emitía un jadeo, alzando su mirada, paseándola por todos lados, dejándose llevar por la desesperación.

Un dolor punzante la hizo quedarse sin aire, antes de llevar una mano a donde tenía esa herida que había vendado sola y la sangre empapaba ese suéter que llevaba y la mano que había puesto allí, un dolor que la hizo sucumbir sobre la arena, tomando una profunda y violenta bocanada de aire adolorida y temblorosa, viendo esa silueta masculina que aparecía en su visual, con el rostro cubierto por el sol y sus poderosos ases, mientras él se agachaba para aferrarla entre sus brazos ¿Quién era...? ¿Ethan?

“Aún no es tu momento, despierta... Sam, despierta”


Murmuró, sintiendo como el dolor volvía a cada rincón de su cuerpo acelerando ese pulso y aumentando su presión, aferrándose a ese hombre que en su mente la sujetaba entre sus brazos en una postura que no hacía nada más que recordarle la herida de su costado. Pronto ese olor masculino se hizo mucho más fuerte, un fresco perfume que reconocía y que sin saberlo profundizaba hasta cada rincón de su cerebro que conflictivo enviaba alarmas a su sistema nervioso que la obligó a volver luego de un rato demasiado largo, a la realidad. Una realidad, confusa, mientras escuchaba un quebrado ruego que la confundió, mientras sentía que no tenía fuerzas para nada más...


Sus labios resecos y quebrados se separaron, exhalando, sintiendo como el frío atravesaba sus doloridos y quebrados huesos, donde incluso respirar dolía y su cuerpo empezaba a colapsar por no soportar más aquella situación extrema en la que había sobrevivido demasiado. Aun así, tuvo la fuerza para hablar con su ronca y rasposa voz- E.…Ethan... –inhaló dolorosamente y sintió sus ojos escocer, empañados por unas saladas lagrimas que se acumularon al sentir ese calor que mitigaba su propia debilidad- Aquí estás... –susurró, mientras una cansada sonrisa llena de... ¿paz? se dibujaba en sus labios y daba paso al alivio de alguien que estaba satisfecho de lo que estaba recibiendo. Un dulce último regalo, antes de poder ir a aquella playa blanca y tibia que en un principio la había recibido.

Una sonrisa dulce, demasiado dulce, con un afecto inexpresado en palabras que se reducía a la adoración en el brillo de sus ojos, mientras de sus rabillos dos lagrimas escapaban y se perdían entre sus cabellos negros, alzando su mano derecha para acariciar ese rostro masculino con suavidad, rozando con su dedo índice su mentón. Inhaló como si le costara soportar el dolor que atravesaba sus huesos y su cuerpo, sintiendo como él tomaba su mano y ella débilmente presionaba, hasta sentir como él la ponía en su cálida mejilla- soñé... –quiso decir, pero su voz se quebró por su reseca garganta- con una... playa hermosa... –inhaló de nuevo-... eras tú.... –su cabeza dolía muchísimo y sus latidos se aceleraron mucho más- q.…quien estaba conmigo... –dijo confusa dejando quizá notar que le era difícil respirar, exhaló emitiendo un suave jadeo- lo siento... –sus ojos se empañaron y sus lágrimas se derramaron copiosas- hubiese…hubiese…. –exhaló- querido...-tragó la poca humedad que sus glándulas salivales le daban- ...tener... mas.... –inhaló de nuevo- tiempo...a....tu lado....

El médico y el otro SSU, tuvieron que abrirse camino y buscar por ellos mismos al SSU y la herida, los ases de las lámparas rompieron la penumbra de los escombros, mientras ella derramaba esas ultimas lágrimas antes de dejarse llevar por la inconsciencia de nuevo, tras exhalar, pensando que esa iba a hacer la última vez que despertara. El dolor en su cuerpo, la deshidratación y la pérdida de sangre y el frío que sentía, parecían la antesala a ese final que pensaba le había llegado en los brazos de ese rubio a quien dejaría en la ansiedad de no saber si la había perdido o si se salvaría. El médico habló al líder, tratando de hacer que la soltara y la recostara para estabilizarla, mientras abría su maleta y al verla laxa, procedía a los primeros auxilios, abriendo su chaleco y con una tijera, recortar esa camisa descubriendo su torso pálido, con aquel sostén deportivo cubriendo sus pechos. Su costado se veía completamente amoratado, vendas fijas y ensangrentadas daban a entender que ella misma se había atendido y que había perdido mucha sangre.

No tardó el médico en avisar a Pandemonium que iba a necesitar el quirófano, revisó sus signos vitales, para colocar una mano en uno de los hombros del líder y asegurarle que estaba viva y estaría bien, que solo estaba inconsciente por el dolor de las obviamente rotas costillas de su costado derecho, la herida y las otras lesiones que en Pandemonium atenderían, pero que su cuerpo estaba cansado y necesitaban llevarla a casa de inmediato, no dudó en ponerle una mascarilla de oxígeno y electrodos para monitorear en tiempo real su ritmo cardiaco. El brazalete médico de Samantha, se apagó, necesitaba carga y con un último pitido la pantalla se puso negra, no podían hacer una evaluación completa allí, pero inmovilizarla entera era la solución más segura, sabiendo que ella había estado en el vehículo hecho girones.


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Mensaje por Ethan J. McQuoid el Dom 09 Jun 2019, 01:12

Ethan la abrazaba fuerte contra él, ansiando ver alguna reacción por parte de la morena que reforzara su esperanza por no haber llegado tarde. Y cuando escuchó su propio nombre en aquella voz rasposa, débil y ronca, él mismo liberó un sollozo de puro alivio. Se apartó ligeramente para poder encontrarse con aquellos glaucos que habían perdido mucha intensidad y brillo. Sonrió como estúpido, feliz de verla bien, de ver esa sonrisa que ella le regaló, ayudándola a cubrir su propia mejilla cuando ella alzó su mano. Un gesto que poco le duró al rubio, siendo consciente de esas inhalaciones de Samantha que denotaban la dificultad en su respiración. Pero esa disculpa…—. Ssshhhh. —acalló él, girando su cabeza para poder dejar un beso en aquella magullada y ensangrentada palma ajena—. Te pondrás bien... —susurró con la voz ahogada, por esa revelación que le decía tanto, incluso hasta contradecir ese rechazo de la doctora que Ethan recibió al besarla apenas hacía un par de días. No fue consciente de su alrededor, perdido en esa tensión creciente al ver cómo ella volvía a perder la consciencia—. Sam... —la llamó, mientras recapitulaba en lo último que le había estado diciendo entre exhalaciones. ¿Se había despedido? Otro choque de realidad que aceleró su pulso, asustándolo por momentos—. ¡Sam! —gritó, llegando a zarandearla para hacerla reaccionar. Algo que no llegó a conseguir para su creciente desesperación—. No, no, ¡no! —en lo más profundo de su ser nació una ola de turbada emoción que fue creciendo y expandiéndose hasta inundar su mirada y secar su boca—. ¡Despierta! —exclamó con voz ahogada, mientras se derrumbaba, con un terror infantil que no pudo contener—. Vuelve conmigo. —sus palabras eran meros susurros desesperados, impregnados de atemorizada tristeza de que aquel momento que había pasado extremadamente rápido ante sus ojos, sería la última vez que la viese con vida—. No me dejes... —ni siquiera se percató de que el médico que lo acompañaba se había acercado ya, y tomado el pulso. Informó al jefe de escuadrón de su frágil estado. Pero Ethan parecía perdido en aquel rostro que se mantenía impertérrito. Fueron las palabras "aún podemos salvarla" cuando él reaccionó. Miró con sorpresa e incomprensión al doctor que le instaba a inmovilizar a Samantha, subirla en una camilla y llevarla a la base con toda la premura posible, para intervenirla.

Y el rubio no se lo pensó más.

Ayudó en todo lo que pudo, tratando con especial cuidado el cuerpo lacio de la morena, cargando aquella camilla en la que yacía, en el vehículo. Después de esa vuelta, aún más acelerada a la base, Samantha entró a quirófano, dejando a Ethan en la entrada de éste, con una tensión palpable. Fueron horas de intervención. Horas de incertidumbre. Tiempo en el que el rubio se paseó por aquel pasillo, sin decir nada, lo suficientemente tenso como para comer, hablar o hacer otra cosa que no fuera estar pendiente de esa puerta que le hacía agonizar al no moverse.

Finalmente, el cirujano que atendió a la muchacha salió, pero tan sólo informó al SSU de que ella quedaría en observación, negándose a darle su diagnóstico, al no ser más que un compañero. Aún así, Ethan terminó en ese habitáculo al que llevaron a la doctora. Tuvo miedo de acercarse por un buen rato. No supo explicar aquello. Y aún fue más largo el rato que tardó en deslizar sus ásperos dedos hasta aquella fina mano en la que le habían puesto una vía a la morena.
Estaba en casa. Estaba con él.

Sólo quedaba esperar y desesperar. Ethan, después de haber dejado pasar un día completo allí, sin apenas comer, empezó a notar ese cansancio que llevaba arrastrando desde el mismo momento que supo que había que salir a por ella. Por lo que se permitió el lujo de retirarse a intentar descansar. Y al menos, lo consiguió por unas horas.

No obstante, hubo algo con lo que no había contado. Algo que había dejado apartado de su rutina, desde hacía tres largos días.
Ethan, ya está bien. —enunció su mujer, pillándolo por sorpresa, al salir de aquella ducha para despejarse.
¿Qué pasa? —preguntó el rubio, con extrañeza. De verdad que no era capaz de concebir la realidad desde otro punto de vista.
Pasas demasiado tiempo allí. —sentenció Natalie, cruzándose de brazos, frente a él.
Es mi trabajo. —se quiso excusar.
No, tu trabajo no es cuidar de ella. —atajó ella, sabiendo que llevaba razón. Ethan sabía eso.
Forma parte de mi equipo, Lie.
Debes de ser el líder más entregado a su grupo. —reprochó con aire de suficiencia.
Me da igual lo que los demás piensen.
¡A mí no! ¡La gente habla, Ethan! —finalmente, su mujer explotó, habiendo soportado aquella situación por un tiempo que ella misma consideraba ya demasiado.
¿Y?
No me gusta lo que se está diciendo ahora mismo de vosotros dos. —confesó, volviendo a ese tono calmado.
... —Ethan no supo qué decir ante aquella revelación. Porque le era muy fácil imaginarse lo que la gente pudiera estar hablando. En ese aspecto, y aunque habían intentado ser discretos, ni él ni Sam lo habían sido. Al menos, lo suficiente.
¿De verdad no te das cuenta? —preguntó ella, percatándose entonces de que él no se había parado ni a pensarlo—. Son ciertos, ¿verdad? —fue directa al preguntar, ladeando ligeramente la cabeza con una tristeza que tornaría en rabia finalmente, conforme avanzó la conversación.
No hay nada, Lie, aunque eres libre de pensar lo que gustes. —enunció Ethan. Por mucho que Sam se hubiese disculpado como lo hizo, moribunda, y él se hubiera quedado estremecedoramente turbado por su pérdida de conocimiento, ¿quién podía asegurarle que las cosas cambiarían? ¿Y a ella? No había nada escrito. Ethan quería aferrarse a eso.
Entonces, ¿qué hay? —demandó la mujer, queriendo saber más. Queriendo, en realidad, aferrarse a la confianza que tenía en él.
Ella ha estado ahí cuando todos los demás integrantes del equipo se marcharon. —no fue capaz de admitirle que en el último mes, su relación con Samantha se había vuelto... extraña, un tira y afloja que había llegado a acercarles más de lo que nunca hubieran imaginado.
No os soportábais. Por eso se fueron. ¿Qué ha pasado con todas esas veces que te quejabas de ella? —le recordó.
Supongo que no tuvimos la necesidad de conocernos un poco más antes.
Y lo que has visto de ella te gusta, ¿no? —sentenció ella, queriendo que su marido le diera la tranquilidad plena, al decirle que no le gustaba. Pero, no fue eso lo que ocurrió.
¿A qué viene todo esto, Lie?
A que soy yo la que se queda aquí esperando a un marido que prefiere estar con otra. —terminó admitiendo, perdiendo un poco el control y alzando el tono de voz.
¡Está inconsciente, Natalie! —exclamó él, como si su esposa no fuera consciente de algo así. Como si todo lo que ella temiese fuese el ahora—. Me parece muy injusto que me avasalles con algo que no puede estar ocurriendo. Pero más injusto me parece que lo hagas a sabiendas. —dijo, en lo que se secaba el torso—. Y aún más, siendo consciente de lo que hablamos al casarnos. —se detuvo, queriendo que sus palabras tuvieran cierta contundencia.
Precisamente por eso, te estoy advirtiendo. —ella entrecerró la mirada.
¿Qué vas a hacer? —preguntó Ethan, siendo consciente por fin, de ese carácter oscuro y hasta ahora oculto de aquella mujer.
Lo que haga falta. Tú eres mi marido. No eres de otra. —sentenció Natalie, señalándole con el dedo.
Deja de decir chorradas.
Ella sonrió ladina y con aire perverso—. No son chorradas. ¿Qué podrán pensar del jefe de las SSU si abandona a su mujer? O, si la deja por otra... lo mismo da. —enunció, llevando algo de claridad a sus intenciones—. No me digas que ahora vas a romper ese férreo honor de marine tuyo, ¿verdad? —se regocijó, en lo que Ethan se quedaba del todo perplejo—. Ten cuidado, cariño. —terminó acercándose a él para poner ambas manos en el torso masculino y alzarse sobre sus pies para dejar un beso en su mejilla—. Hay peores monstruos ahí fuera. —concluyó, antes de separarse y con las mismas, salir de la estancia. Ethan no salió de su sorpresa. ¿Con quién demonios se había casado? Por un terrible minuto no supo qué hacer. ¿Podría lidiar con todo aquello? Si bien su prioridad era la recuperación de Samantha, esa amenaza velada de su mujer fue un contundente mazazo que el rubio no se esperó.

Tragó saliva, medio ausente mientras se enfundaba en ese traje oscuro suyo de misión, aunque no fuera a salir en unos días. Con estas, temiendo momentáneamente que Natalie tuviera la indecencia de atacar a Sam de alguna forma, el rubio se dirigió a la enfermería. Solo sintió alivio al llegar a aquel box, donde se encontraba la morena. Y con una nueva turbación brillando en sus ojos, Ethan tomó la decisión de permanecer cerca, mientras ella estuviera inconsciente.
Ya no podía fiarse de nadie.


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Mensaje por Samantha C. Murray el Lun 10 Jun 2019, 00:47

Ocurrieron muchas cosas, la habían encontrado a tiempo, su sistema empezó a colapsar por la inflamación en torno a sus huesos rotos y una infección era la que se abría camino en medio de tanto caos, la perdieron unos pocos minutos en el Humvee y luego de devolverla, en Pandemonium fue llevada de inmediato a cirugía donde estuvo varias horas que no fueron contadas por nadie más aparte de ese rubio que la había rescatado.

Y no fue hasta que esas horas pasaron, que finalmente el doctor salió con ese reporte aliviante y preocupante a la vez. La habían perdido de nuevo en el quirófano, pero lograron estabilizarla, mientras operaban esa pierna que no se había partido en dos, pero que requirió de una placa estabilizadora para evitar mayor rotura del fémur y que así pudiese sanar. Habían retirado fragmentos de metal de la herida profunda que tenía en su costado, la infección casi había llegado a su sangre, la contusión en su cabeza había causado una inflamación que temían podría causar un daño grave de no tratarse de inmediato y finalmente sus costillas que solas sanarían.

Al salir de operaciones, una más limpia morena, de cabellos sueltos y esa bata de “hospital” inconsciente salía derecho a la ICU, el doctor temía por la debilidad de sus pulmones, por lo que había procedido a una intubación endotraqueal, para ayudar a sus pulmones a sobreponerse de aquella inflamación de tejido por las costillas rotas en su costado derecho. Limpia, el mapa de sus moratones y cortes era más visible y la palidez de su piel solo era señal suficiente del estado delicado que precedería a esos días en los que estaría sumida en un letargo atemporal. No despertó por los siguientes dos días y medio, en que le hicieron muchas más pruebas y su mente, no soñó nada.

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O quizá sí…

Aquella cálida playa seguía reproduciéndose, junto a las risas que ella dejaba salir en ese mundo a salvo de la muerte y el dolor en su realidad. Y como deseaba quedarse allí... sentada en esa arena tibia, sintiendo la brisa del mar y viendo la figura infantil que nunca dejaba ver su rostro, así como ese acompañante que le era en extremo familiar. Pero algo en ella se aferraba a esa vida a la que volvería sin realmente desearlo, en ese mediodía del que sería el tercer día, pero que no llegaba a serlo, con movimientos de sus finos dedos de las manos y luego de sus párpados. Abriendo muy lentamente sus ojos verdes, que borrosos apenas le servían para ver y poco a poco empezaban a aclararse hasta ver el brillo de aquella nueva habitación a la que la habían movido.

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Sentía el dolor amortiguado, seguramente por nos analgésicos y no tardó al mover su cabeza, en sentir aquel tubo anclado a su boca, que inconscientemente la hizo cerrar los ojos en la reacción inicial de querer tocarlo para retirarlo, su vista empezó a aclararse y fue cuando sus ojos verdes acuosos se fijaron en la silueta de ese hombre que había reaccionado para evitar que retirara aquel tubo, aferrando su mano con cuidado hablándole con turbación. La reacción femenina fue aferrar ese agarre entre las manos masculinas, mientras unas lagrimas caían por el rabillo de sus ojos, negándose a soltarlo.

Acostumbrandose a respirar en conciencia con ayuda de ese tubo, que al estar ya despierta, no sería necesario, sus finos dedos se cerraron en torno a ese agarre, mientras sus ojos finalmente vieron esa pierna que aún no estaba enyesada, pero descansaba en una férula adecuada para la fractura incompleta que había tenido y a altura, comenzando a relajarse con la ayuda de las palabras que el rubio derramaba sobre ella, logrando que por fin emitiera una respiración profunda y fijara sus cansados ojos en esos azules y quiso sonreír… pero no pudo. Miró la máquina con sus signos vitales como si se cuestionara sobre su estado, que día era o cuánto tiempo había estado así.

Sin embargo, el agarre firme a la mano masculina, se tornó dulce, al punto que con solo ese tacto y una dulce caricia que entregó, le dejó saber cómo se sentía. Él había ido por ella...


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Mensaje por Ethan J. McQuoid el Lun 10 Jun 2019, 18:20

Aquel pitido rítmico, que reflejaba el pulso de la morena, llegó a atenuar la inquietud de Ethan, según iban pasando las horas en ese lugar austero que llegó a agobiar al rubio. Junto a la máquina que forzaba la respiración de Samantha, se habían convertido en una banda sonora tan inquietante como balsámica, pues si no había cambio, eran buenas noticias.
Pero no era lo único que turbaba al SSU. No. Las palabras de su esposa y lo que no había llegado a decirle, lo tenían aún más crispado. Hasta el punto de abandonar en muy contadas ocasiones aquella habitación y, de hacerlo, pedirle a uno de los de Seguridad que se apostara en la entrada el tiempo suficiente como para poder regresar él.

Todavía le importaba menos el que fueran a decir.

Nadie tenía pruebas de nada. Ni siquiera su esposa, basando sus acusaciones en meros rumores. A Ethan le molestaba sobremanera que la gente en vez de arreglar los problemas de sus propias vidas, se dedicara a hablar de las de los demás. Sobretodo cuando, como era su caso, no se podía decir nada más. La morena se había encargado de dejarle claro que no habría nada entre los dos, pese a esos dos besos que habían hablado claramente por ambos. Ethan entendía a duras penas las razones expuestas por la doctora. Claro que, ella misma, ignoraba las circunstancias que habían rodeado aquel matrimonio. Lo que el rubio no se habría esperado había sido la reacción de Natalie.

En ese mar denso de pensamientos y emociones andaba nadando, cuando vio una regularidad en el pulso monitorizado. Inmediatamente, se levantó de aquella silla y se acercó a la camilla. Su mirada fija se clavó en aquel rostro que no mostraba emoción alguna. Samantha estaba sumida en analgésicos, en bálsamos para el dolor, pero el hecho de que aquellos ojos comenzaran a moverse bajo sus párpados para abrirse finalmente, restó al exmarine un peso tremendo de sus hombros. La emoción de verla reaccionar lo embargó, sintiéndose repentinamente mucho más ligero.

Vio con claridad esa molestia por el tubo que le habían metido en la boca, para poder respirar. Y, más aún esas intenciones de la morena, por ir a quitárselo. Con mano temblorosa atajó la de la morena, que por suerte no tenía puesta la vía en ella, para frenar ese impulso femenino—. Eh. —murmuró, teniendo que pasar saliva después, —. Tranquila. —le habló en cuanto ella lo miró e Ethan vio esa reacción de echarse a llorar y aferrarse a su mano con fuerza—. Estás a salvo. —añadió, repasando con su pulgar el dorso de la mano que mantenía en la suya. Estuvo tentado de regalarle una caricia en la mejilla, para secar esas lágrimas que habían caído por su sien y se habían perdido en su cabellera oscura. Pero contuvo cualquier intento de muestra de cariño que pudiera derivar en sospechas.
Unas sospechas totalmente infundadas, por esa barrera entre los dos.

Finalmente, Ethan se inclinó hacia la silla para traerla al lado de la camilla, sin soltar esa mano que ahora había aflojado el agarre—. Te dije que me encargaría de ti. —susurró, después de sentarse con algo de pesadez—. Vas a pasarte unos cuantos días así, por precaución. —informó, transmitiéndole lo poco que le había dicho el médico que se había encargado de ella, al volver a la base—. Así que vas a tener que armarte de paciencia. —sonrió cansado. Conociéndola, iba a tener que sobreesforzarse, pues la paciencia no era algo que Samantha tuviese muy desarrollado, particularmente—. Cuando venga el médico, te dará más información. —dijo, todo serio, cuando Sam buscó el aparato que monitorizaba sus constantes. Quizás, frustrado y resignado por igual de que el doctor no hubiese soltado prenda acerca del verdadero estado de la morena.
Porque, por mucho que le pesara, no tenía lazo alguno con aquella mujer.

Finalmente, tras mantenerle la mirada por unos segundos, Ethan agachó su rostro, para suspirar pesadamente. Sus hombros perdieron algo de altura, denotando como, por fin, podía permitirse el lujo de perder algo de tensión. Se apoyó un poco mejor en el respaldo del asiento, regalándole otra caricia más. Sus azules, una vez más, buscaron la mirada ajena que parecía pendiente de todo lo que él estaba haciendo—. Me diste un buen susto, Sam...


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Mensaje por Samantha C. Murray el Miér 12 Jun 2019, 07:27

Estaba a salvo…

Esa impotente sensación atravesó sus huesos, sus venas, su sangre y cada nervio que recorría su anatomía, sin soltar aquella mano masculina que sostenía la suya con firmeza, a la que ella correspondía con una firmeza semejante en ese intento de aferrarse a algo más que ella no había podido formular antes por su necedad, pero que de sus labios hubiese escapado de no tener ese tubo molesto en su boca. Y mientras escuchaba lo poco que sabía ese rubio de su situación y era mucho más frustrante de lo que ella pensó que sería... poco sabía el resto de lo difícil que iba a ser Sam, como paciente.

La morena presionó ese agarre un poco más escuchando que cuando llegara el médico, le daría un informe detallado de cómo estaba. Ella rodó sus ojos con exasperación suprema, acción que quizá le robaría una sonrisa a ese hombre que la acompañaba... porque por más que doliera, ella no tenía a nadie más y su pequeña sobrina Abby, no contaba ya que ella era una pequeña niña que aún debía ser consolada cuando tenía pesadillas en la noche.

“Luces cansado...” quiso decirle, acompañando aquellas palabras con la que deseaba fuese una caricia dulce por ese fuerte mentón. El fruncimiento de su ceño acompañó el brillo turbado de sus ojos verdes, finalmente sintiendo ese amortiguado dolor que la ayudaba a darse cuenta que tan mal estaba y, aun así, eso no era nada comparado a las emociones que revolucionaban su interior y explotaban con millones de deseos y añoranzas, dándose cuenta gracias a ese suceso tan drástico, que, aunque el dolor de la pérdida y la soledad fuesen intensos, estos merecían cobrarse su vida, teniendo personas como ese hombre a su lado. Y estaba allí el dilema, que ese hombre era el marido de otra que precisamente vivía en ese refugio y había querido alejarlo para no irrumpir como una maldita egoísta caprichosa, pero en ese instante... lo deseaba tan cerca, dándose cuenta de cuan correspondido habían sido esos dos besos que se habían atrevido a darse.

Correspondidos y sentidos...

Si iba a haber un lugar en el infierno para ella por besar al marido de otra, esperaba que lo tuviesen listo para cuando ella fuera a quemarse eternamente.

Perdió sus ojos en esos hombros fuertes cansados, en la postura que adoptaba como señal única que había sido casi abatido por un huracán y allí estaba, resistiendo ese cansancio monumental para acompañarla. Y sentía tanto haberlo asustado, haberlo alejado, haber perdido esa oportunidad que había tenido de corresponder una emoción que sabía palpitaba profundamente. Sus dedos presionaron ese agarre de nuevo y sus ojos verdes se llenaron de nuevas lágrimas de frustración, respondiendo esa caricia con una delicadeza única y débil...mientras sentía como un nudo se formaba en su pecho estremeciéndola.

Deseaba tanto apaciguar su preocupación y de alguna manera agradecerle y a la vez decirle de esos sentimientos que ella había luchado por guardar para sí misma, pero solo pudo deslizar sus finos dedos por esa mano cálida y cubriéndola con la suya, buscar enredar sus dedos con los de él, antes de presionar y ladear su cabeza hacia el lado donde estaba, para hacerle saber que lo sentía. ¿Qué más podía hacer? Fue justo en ese momento que escuchó pasos notando que el rubio los había escuchado también y en un rápido movimiento, había apartado su mano, dejándola a ella con esa sensación vacía y la huella de su calor impresa en su piel.

Armand, el médico que se estaba encargando de ella, apareció en el umbral y sonrió de inmediato apenas vio a la morena despierta y a Ethan acompañándola.

“Quien diría que me tocaría salvarle la vida a mi jefa, estábamos preocupados por usted...Señor...” saludó al SSU y luego miró a la morena "¿como se siente doctora Murray?"

Caminó hacia la camilla, tomando la tableta con el informe, viendo como ella realizaba un gesto de "Perfecto" uniendo su dedo índice y pulgar formando un circulo, dejando sus otros tres dedos ligeramente curvados. El doctor le extendió la tableta riendo por lo bajo y negando al mismo tiempo y así dejar que ella leyera por su cuenta lo que habían hecho y en qué medicación estaba. Ella se tomó unos pocos segundos para repasar la tableta y enterarse rápidamente, antes de mirar al médico y ladeando su cabeza, señalar el tubo que tenía en la boca, escribiendo en la tableta “¿Hasta cuándo?” para mostrarlo a ambos hombres, el médico sonrió y negó ante la desesperación de su jefa.

“Podemos proceder a quitárselo, pero necesitaremos hacer algunos preparativos, si tiene un poco de paciencia a media noche podremos hacer el procedimiento”

Escribió entonces "Fantástico, puedo esperar 80 años más", una respuesta ácida y propia de la morena qe instantáneamente se giró a ver al rubio y buscar en esos azules una confirmación silenciosa de si estaría allí o no. Ella... necesitaba que estuviese. ¿estaría?


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Mensaje por Ethan J. McQuoid el Jue 13 Jun 2019, 23:21

Era del todo curioso cómo el tiempo parecía pasar más rápido, cuando los azules de Ethan encontraban los glaucos iris de Samantha. Sin embargo, las premisas del rubio por lo que pudiera estar pensando su acompañante, distaban demasiado de lo que realmente eran, pues el SSU no pensaba en mucho más que no fuera ese gracias tácito que, a sus ojos, era del todo innecesario. Porque el exmarine ya se había resignado a mantener distancia, a olvidarse de ese sentimiento que había llegado a cambiar su carácter y costumbres. A retomar una vida y rutina que ya no le gustaba, atrapado en un matrimonio que había tomado un tinte del todo amargo e inesperado.

Pero no sería algo que el rubio llegara a enunciar en voz alta.

¿A quién podría interesarle cómo estuviera él? Estaba convencido de no aguardar ni siquiera un mínimo de interés ajeno. Fuera de quien fuese. Por ello, quizás, se había movido por lo que se había susurrado internamente que estaba bien. Porque, después de todo, aquella morena, aunque no lo quisiera como él sí la quería, no dejaba de ser importante para Ethan. Y, más allá, de los impulsos del hombre, había tenido un mínimo de egoísmo para no dejarla morir allí fuera, sufriendo hasta su último hálito de vida.
Si a Samantha no le parecía bien, estaba convencido de que ya se lo haría saber en cuanto pudiera hablar.

Sin darse plena cuenta, sus manos ahora entrelazadas, le contaban algo muy diferente. Algo que el rubio no supo ver. Y menos, ante la inesperada visita, que lo hizo apartarse, rompiendo todo contacto con ella. Terminó por incorporarse de la silla, para facilitarle al doctor una mayor movilidad, siendo silencioso testigo de aquella conversación entre médicos. Una sonrisa tan cansada como torcida se dibujó en sus labios con ese último comentario de la morena, a tiempo de sentir por el rabillo del ojo cómo Armand se giraba a él.
Debería irse a descansar, McQuoid. Lo más difícil de estos últimos cinco días es lo que consiguió. —enunció después de reír por esa ocurrencia de la paciencia, ahora mirándolo de forma más pausada—. La ha traído de vuelta. —enarcó las cejas, como si ese gesto ya implicara un reconocimiento a esa hazaña que Ethan ni consideraba—. Ahora ella está estable y en buenas manos. Puede despreocuparse y descansar. Le hará falta. —añadió como punto final, instándolo a que verdaderamente le hiciera caso.

Un suspiro resignado salió de sus labios, mirando primero al compañero de Samantha y, seguido, justamente a ella—. No te imagino esperando ochenta años más. —enunció, con cierto deje desafiante y hasta divertido—. Ni pacientemente… y mucho menos sola. —se irguió un poco más, para cruzarse de brazos, ahora situado a los pies de la cama de la mujer—. Me quedaré un rato más con ella, doctor. —contestó tras un par de segundos más de puro silencio, deslizando su mirada, de nuevo, hacia el hombre que, se encogió de hombros, desligándose de esa atención que le había brindado. De por sí, el rubio era persona terca, pero la espinita de inseguridad que ya le andaba pinchando desde que tuviera esa última conversación con Natalie. A raíz de ésta, a la inquietud por esa recuperación de la morena, también se sumaba el temor por su seguridad.
Ethan estaba decidido a no dejarla sola, siempre que estuviera en su mano.

Después de unos minutos más de conversación con la morena, el doctor se retiró. Por su parte, Ethan que ahora se apoyaba con ambas manos en el piecero de la camilla, volvió a elevarse a su propia altura, pasando las manos por sus costados y, tomarse la confianza de estirarse, habiéndose enlazado sus propios dedos a su espalda. Necesitaba desentumecer su cuerpo, eliminando esos remanentes de tensión pura, por esos últimos días que habían sido del todo estresantes para él.

Otra cosa a la que el rubio no le daba importancia, pues para él, lo importante era justamente lo que Armand había dicho: Samantha estaba de vuelta, estable y en buenas manos. Y, aunque no fueran las suyas, aquello lo aliviaba enormemente. Poco a poco, regresó a esa posición en la que se sentaba en la silla, a un lado de la camilla, seguido por esos iris verdosos que parecían no perder detalle de cada movimiento o gesto de su acompañante—. Bueno, ahora ya puedes hacer un cálculo de cuántos días sopesas quedarte aquí. —dijo Ethan, al poco de sentarse. Él seguía ignorando que habían sido horas de operación realmente complicada; seguía ignorando que el corazón de Sam había fallado un par de veces; y, también, seguía ignorando aquel diagnóstico reservado que tenía la morena. No obstante, la vida seguía. De hecho, existía una probabilidad considerable de que Ethan tuviera que llegar a salir del a base un par de veces, mientras Samantha estuviera en aquel lugar. Algo que inquietaba a ambos, sin saberlo—. Porque voy a necesitar que alguien cubra tu baja. —explicó, con tono bajo, afable y cansado. No obstante, sus azules terminaron clavándose en la mirada contraria—. Y más te vale que seas realista. Has sufrido mucho. —terminó añadiendo, antes de carraspear—. Podrías aprovechar y alargar tu recuperación un poco más, para hacerlo bien. —le vendría mejor que bien, en realidad, según rememoraba Ethan que ella ya había comentado una vez. Samantha estaba lejos de alcanzar aún el cien por cien, para salir en una misión. Era algo que resultaba evidente y obvio para los dos—. Puedo esperar. —claro que podía. Como ella podía haber dicho antes, él era capaz de esperar ochenta años de ser necesario.

No parecían ser tan distintos como ambos querían creer.

Con un renovado suspiro, un rato después, Ethan llegó a confesarle a Samantha, algo que lo había estado carcomiendo en esos dos días de eterna espera, hasta salir por ella—. Si lo llego a saber, no te habría dejado ir con él. —él que había bajado la mirada, la alzó para buscar la contraria, expectante ante cualquier cambio en el gesto de aquel rostro femenino. Y, sin embargo, un pensamiento lo hizo sonreír de lado, con un aire socarrón y repleto de sorna que lo invitó a incorporarse del respaldo de la silla, inclinándose hacia ella, en actitud confidente. Se apoyó algo mejor en el colchón, con los antebrazos, adquiriendo hasta un aura divertida—. ¿Sueno muy posesivo si te digo que no voy a volver a darte tanta libertad para ir con otros grupos? —preguntó, enarcando una de sus cejas, del todo travieso, antes de dejar que aquel pequeño momento pasara, para volver a su posición.

Las horas podían pasar perfectamente, que en aquel cuarto, por irónico que pareciese, Ethan no se daba plena cuenta de que ya la tarde había empezado a caer, dando paso a esa hora de cenar que se tradujo en la visita de la enfermera con unas pequeñas bolsas de plástico para esa dieta intravenosa que la morena había tenido desde que salió de quirófano. Entretenida estaba colgándola del cabecero de la camilla, cuando una visita inesperada se coló en la habitación.

Ethan ciertamente se sintió de más en aquel lugar, considerando que, para lo solitario y hasta íntimo que había sido para el disfrute de la sola presencia del otro, en aquel preciso instante, eran demasiado en un lugar tan pequeño. Con esas, se incorporó, ignorando la atención que aquel gesto pudiera estar captando. Con movimiento tranquilo y lento, dejó la silla en un rincón, para no obstruir el paso—. Te dejaré en mejor compañía... Iré a descansar un rato. —terminó enunciando, dirigiéndose a Samantha, con una sonrisa cansada e irónicamente triste.
Ese aire resignado no lo abandonó ni siquiera cuando, habiendo metido sus manos en sendos bolsillos de su pantalón, abandonó la estancia para ir a su propio departamento, a tomar una ducha y, de poder, tumbarse un rato en la cama. El hambre había quedado totalmente eclipsado por el cansancio, que ya empezaba a urgirle al cuerpo de Ethan que parase pronto.


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Mensaje por Samantha C. Murray el Dom 16 Jun 2019, 08:48

Samantha, no era de las mujeres que fácilmente se estremecía o sucumbía a sus instintos, era una que sabía controlar sus emociones la mayoría del tiempo y que solo en una ocasión había sentido ese escalofrío en compañía de alguien específico. Un escalofrío que no hacía más que intensificarse y acompañarla constantemente a medida que escuchaba como el rubio se negaba a ir a descansar por acompañarla y no iba a poner mucha traba al respecto, porque deseaba que se quedara... estaba realmente feliz por ello y sentía sin duda que podría descansar, teniéndolo a su lado.

Estaba tan alegre que no escuchó lo que el médico fuese a decirle luego, solo recibió una tableta electrónica con su respectivo lápiz para que la morena escribiera, se comunicara y entretuviera mientras tanto, antes de retirarse y dejarlos a solas. Viendo la silueta fuerte del SSU y cómo procedía a sentarse donde estaba, tocando ese tema que ella no deseaba realmente tocar, porque no deseaba que él saliera al exterior sin ella, quería ser egoísta, tenía que salir de esa cama de una buena vez... tenía, tenía.

Era una mujer saludable y en buena forma, por lo que confiaba que su cuerpo tendría más que suficiente con que consolidar la fractura correctamente, según el informe, el fémur no se había partido por la mitad, por lo que esos 4 meses, se acortaban radicalmente a 2 o menos si ella se esforzaba el doble (que lo haría) para que en menos tiempo por lo menos, ya pudiera salir con el equipo y nadie iba a detenerla en ese proceso... o eso creía ella. La gran ventaja era que el hueso no se había roto por completo y el trabajo de osificación no sería tan grande. Y sabía que, durante ese tiempo de sanación, sus costillas sanarían en aproximadamente 6 semanas.

Su mente se llenó de información por unos momentos, pensando ya en esa recuperación que empezaría luego de una semana más y unos días en punto para empezar a hacer pequeños movimientos. Aún no le pondrían el yeso en su pierna, por el cuidado de las suturas que le habían hecho por la cirugía...

“Podrías aprovechar y alargar tu recuperación un poco más, para hacerlo bien”

La morena abrió mucho sus ojos y luego los entrecerró negando, para escribir en la Tableta electrónica “No pretendo alargar las cosas más de lo necesario” lo mostró al rubio, borrando el texto para volver a escribir algo “Puedo recomendarte a alguien por dos meses, en DOS meses estaré de pie y andando” escribió con terquedad, pero una determinación férrea brilló en sus ojos verdes, para emitir un suave suspiro, intentando relajar su cuerpo, al repentinamente sentirse cansada por estar consiente o pensar demasiado o… no poder hablar. Pero su frustración, voló lejos en el momento que la siguiente confesión hizo temblar todo su terreno seguro, sintiendo el calor de sus mejillas anunciarle ese posible sonrojo que las tiras de ese tubo ocultaban bien, escribiendo rápidamente “No había manera que lo supieras, yo tampoco lo vi venir” intentando transmitirle esa sensación calma que pudiese tener gracias a esa confesión que significaba tanto y le daba la ilusión de confesar sus emociones.

Una confesión que removió sensaciones que no había sentido tan intensamente antes, ese cosquilleo que revoloteaba y la quería hacer sonreír, pero ese maldito tubo no la dejaba y aunque sus manos estuvieron listas para responder con escritura, una profunda turbación en sus ojos verdes fue la respuesta mientras negaba un poco, pensando en ese “te quiero” que no
deseaba escribir, si no susurrar con su propia voz. Era lo justo... pero le dolía la espera, frustrante espera en la que se sumergiría entonces, “conversando” levemente hasta que esa enfermera llegara y acomodara las bolsas.

Fue sin embargo la silueta inesperada de ese amigo suyo que la había acompañado al gimnasio en contadas ocasiones, la que llamó su atención, el chico se había presentado con unas flores que había conseguido de la zona natural del refugio, no eran muchas, pero eran las suficientes para poner en un pequeño florero, saludó a su jefe antes de hablar con la morena que recibió aquellas flores sintiéndose algo apenada pero agradecida por ese regalo, pero algo que se le clavó dolorosamente, fue cuando ese rubio se retiraba para dejarla según él en “mejor” compañía. No había mejor compañía que la suya y le dolía terriblemente la resignación que ella sintió había causado... en parte la aliviaba saber que intentaría descansar ¿descansaría realmente?, pero por otro lado... no quería que dejara su lado, porque quería decirle tantas cosas...y no podía hasta que le quitaran ese tubo y aunque se lo quitaran, si no estaba allí ¿Cómo iba a decirle algo? Cuando se fue, se sintió tan... frustrada y culpable, que el desgano fue su constante, mientras solo se limitaba a asentir a las palabras de aquel hombre que visitaba y que se quedó hasta esa hora en la que le habían quitado el tubo, por fin.

Suceso tras el cual ella prefirió descansar y dormir, gracias a los medicamentos para el dolor que ya empezaba a ser notorio y quizá es en esos momentos en que comprendía eso que le dijo el médico “Todos en la medicina querían tener una colega como Samantha, pero absolutamente nadie quería tener a un paciente como ella” sin aquel tubo estorbándole, frustrada al punto de querer gritar, enojada y mal humorada, se rehusó a dormirse hasta que realmente no pudo más, con esa amarga sensación en su paladar por no haber pronunciado palabra alguna a ese hombre que no sabía cuándo vería allí de nuevo.

Aquel sueño otra vez irrumpió en su cabeza, un melancólico deseo de un pasado que ya era historia desde que el brote se desatara. Pero ella seguía añorando esa tranquilidad de salir y sentir la arena en sus pies... sentir la brisa acariciando sus cabellos y el sol iluminando su rostro, aunque fuese por una tarde... o una mañana... sin armas, sin miedo, sin esa sensación pesada de desolación que tenía al ver los carros abandonados en decadencia en las calles, los edificios deteriorados, la madre naturaleza comenzando a mostrar indicios de su reclamo a lo que los humanos habían tomado...

Día Siguiente...

Con eso es que los ojos de la morena se volvieron a abrir, esta vez siendo capaz de respirar entre sus labios, sintiendo su lengua espesa y pesada por la sed, su cuerpo adolorido por estar tanto tiempo en esa postura que empezaba a desesperarla desde el instante en que sus ojos enfocaban, todo dolía, pero fue lo que vio a su derecha, lo que la hizo olvidarse de lo fastidiada y molesta que empezaba a estar...él había regresado mientras ella dormía, había decidido volver y esa era su oportunidad, justo en ese momento, todo lo que había deseado se resumía a ese segundo en el tiempo, en que lo tenía a su lado y finalmente podía decirle todo eso que había querido hacerle saber desde ese instante en que pensó que no iba a sobrevivir y se sintió abrumada. Quiso despertarlo, pero se veía tan cansado que no encontraba otra forma de agradecerle que dejarlo descansar... sin embargo en esa postura iba a tener más dolor que otra cosa.

Y dividida por sus emociones, la morena alzó su mano derecha y la acercó a esos rubios cabellos que siempre había añorado acariciar y apenas rozando un poco con las puntas de sus dedos, se atrevió a hundirlos hasta sentir su suavidad y abrumarse a tal punto que, mordiendo su labio inferior, reprimió un suspiro de alivio- te extrañé... –susurró muy bajo, aunque él no pudiese escucharla- pensé que no vendrías de nuevo...


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Mensaje por Ethan J. McQuoid el Dom 16 Jun 2019, 22:30

Esos comentarios escritos, hacían a Ethan a sonreír, cuando se los imaginaba en ese tono solemne y autoritario de la morena, que no daba pie a duda alguna. No obstante, el rubio se sabía con la última palabra y, por mucho que ella asegurase que en ocho semanas volvería a estar bien, sería algo que irían viendo conforme avanzasen los días. Aún era demasiado pronto para que ninguno de los dos tomara una decisión. No obstante, el SSU lo dejó pasar. No dijo nada más, dejando que la poca conversación fluyera, ignorando el efecto que tenían sus propios comentarios en Samantha o las ganas que ella misma tenía de poder hablar para hacerlo con verdadera franqueza.
No, el pobre rubio lidiaba con la resignación de la última vez que habían llegado a hablar. Y el hecho de que él ya estuviera en un matrimonio, le había dado pie a la morena a querer alejarlo. E Ethan hacia su mejor esfuerzo por respetar esa decisión. Sin embargo, le era del todo inevitable aprovecharse de ese sentimiento compartido que debía ser reprimido, para tener sus gestos para con ella. Pensaba que a la morena no le llegaban a molestar, cuando, en realidad, lo que hacían era envalentonarla a una conversación inminente entre ambos cuando fuera el momento más adecuado.

Con un suspiro largo, el rubio abandonó la estancia cuando Samantha recibió aquella inesperada visita. Con paso cansado, se fue a su pequeño departamento minimalista, para darse una ducha caliente para terminar de relajarse un poco. Lo peor parecía haber pasado pero el rubio era incapaz de dejar de darle vueltas a la conversación con su mujer. Mujer que, por cierto, no estaba en el lugar.
Ethan no se pensó dos veces en alcanzar su radio y llamar al encargado de seguridad. Ya le había pedido el favor de echarle un ojo a la enfermería de vez en cuando, para evitar malas sorpresas. Le pidió que si veía a su mujer, lo avisara, con la excusa de estar buscándola. No necesitó mencionar a Samantha pues si Natalie se pasaba por la enfermería, no tenía mayor motivo que...
Ethan sacudió la cabeza, queriendo sacarse esos malos pensamientos de la cabeza. No podía ser tan perversa, ¿verdad? Además, no había pruebas, a pesar de que él mismo reconocía no haber sido cuidadoso en ese aspecto.

Finalmente, el cansancio y la tensión que habían sido sus más fieles aliados la última semana, hicieron pesar sus hombros demasiado. El exmarine se echó en la cama, con la intención de cerrar los ojos y descansar un poco, como le había dicho a la morena. Y ni siquiera los abrió cuando sintió la puerta abrirse y percibir el aroma característico de su mujer. No hubo preguntas, ni miradas, ni siquiera interacción. Natalie pensó que Ethan dormía y él no se movió ni hizo por desmentirlo. Cuando todo quedó en silencio y a oscuras, él tuvo la libertad de abrir los ojos de nuevo, sumido en los pensamientos que no le dejaban dormir.

Y al poco tiempo, se levantó sin haber dormido, en mitad de la noche, como era su costumbre. Y, como parte de su rutina también, tomó sus bártulos y se fue a ese gimnasio, dos plantas más abajo, para desahogarse con aquel saco de boxeo. No obstante, sus golpes eran imprecisos. Fuertes, sí, pero imprecisos, ausentes, en lo que su cabeza se había visto sumida en un vórtice que lo mareaba. Y lo que más lo desesperaba era no saber si aguantaría mucho más esa situación tan incómoda.

Apenas eran las seis de la mañana cuando se fue a las duchas comunes que había al lado del gimnasio. Bajo el agua caliente, que escurría por las líneas de su cuerpo, parecía haber encontrado su hueco tras el que esconderse y protegerse del mundo. Pero no podía quedarse allí eternamente. De hecho, era consciente del trabajo que podía estar acumulándose en esa mesa designada para él en la que casi nunca estaba.
Y, estando Samantha en la enfermería, no era algo que fuese a cambiar ahora.

Con decisión, fue a la sala de control, haciéndose con ese montón de expedientes de peticiones de acceso que él mismo debía firmar, para ascender cada solicitud a los cargos por encima de él. Podía entretenerse mientras le hacía compañía a la morena o esperaba que despertase. Verla dormir, sin ese molesto tubo para facilitar la respiración, le devolvió una pequeña sonrisa.

Dejó todo el papeleo, sobre la camilla, intentando molestar lo menos posible a la morena. Sin embargo, le bastó mirar aquel rostro que denotaba tranquilidad en ese momento, para olvidarse de lo que tenía intención de hacer. Reprimió el impulso de tener ese gesto que era una caricia en su semblante, repleto de afecto, sustituyéndolo por un tímido roce de su dedo índice en la mano derecha de la joven. Con una exhalación, alzó la mirada de nuevo y con cuidado, se apartó para hacerse con la silla, colocándola en el lado derecho de la camilla. Al sentarse, colocó toda la documentación en su regazo, pero la intención de revisarla se quedó en mera intención cuando, a los pocos minutos, se sumió en un sueño profundo, como llevaba meses sin tener.

Apenas fue una hora... o dos, las que había llegado a dormir. Fueron esos finos dedos y ese hormigueo suave los que arrancaron a Ethan de aquel sueño. No llegó a entender lo que había dicho, cuando se removió. Tardó unos segundos en abrir los ojos, parpadeando seguido para verla, en cuanto giró su cabeza. La desubicación brilló fugazmente en sus azules, en lo que sonrió con suavidad, al verla despierta—. Buenos días. —saludó con la voz apagada aún por el sueño. Y, sin embargo, volver a escuchar esa voz tan rasposa como grave tan característica de ella era razón suficiente para olvidarse de todos los problemas que lo atosigaban—. Disculpa, vine hace un rato pero no tenía intención de quedarme dormido... ¿Cómo te encuentras? —preguntó, espabilándose de inmediato. Se llevó la mano a cubrirse la boca, escondiendo un bostezo tras el cual, Ethan sacudió la cabeza un poco—. ¿Tienes hambre? —inquirió—. Iré a traerte algo para desayunar, ahora que ya puedes comer. Así me termino de espabilar.—se ofreció. Antes de levantarse, tomó ese trabajo pendiente, para dejarlo bajo la silla. Lo haría más tarde, en cuanto pudiera. Tardó relativamente poco en avisar a las enfermeras de su intención, ir al comedor y regresar con una pequeña bandeja de plástico. En ella, había un bollo recién horneado, un vaso de leche caliente, otro de café, uno vacío para mezclar y un zumo de naranja. Ethan pensó que algo más ya sería demasiado, sabiendo que Sam llevaba sin comer nada sólido varios días. Así, se presentó en esa habitación de la enfermería, de vuelta—. Espero haber acertado. —murmuró, sujetando la bandeja con una mano, mientras que con la otra, montaba ese pequeño soporte a modo de mesilla para las comidas—. Aquí tienes tu desayuno de bienvenida.


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Mensaje por Samantha C. Murray el Lun 17 Jun 2019, 10:12

Ella no tardó en verlo removerse, sin abandonar esas caricias suaves que entregaba sobre esos rubios cabellos que había comprobado, eran suaves y adictivos para sus dedos finos que no detenían sus mimos, al menos hasta que el giró su cabeza para finalmente verla y saludarla de ese modo adormilado que le pareció de lo más dulce, conquistandola un poco más y causando que su corazón latiera un poco más rápido. Agradeció entonces que el monitor de su ritmo cardíaco ya no estuviese allí, delatándola con ese hombre que tanto había iluminado su humor con solo estar allí- Buenos días... –dijo con un susurro tranquilo que venía con los colores de esa voz naturalmente ronca y a su vez, descansada por ese sueño profundo que la había acompañado.

Ella negó ante su disculpa- No te preocupes, me gusta que hayas descansado un poco, aunque fuese en esa mala postura...-dijo sonriendo al verlo bostezar, sintiéndose cautivada por ese aura tan enternecedor y adorable que poseía. Era un hombre hermoso, terco, pero hermoso...y ella se preguntaba ¿Así sería despertar con él cada mañana? Un cosquilleo se alojó en su abdomen, causando que tensara un poco su cuerpo y mordiera sutilmente su labio inferior- ¿Hambre?... –emitió casi suspirando- podría comerme un caballo... –dijo bromista, pero con un dejo de realidad palpable y lleno de añoranza por algo rico que finalmente cayera en su vacío estómago, viéndolo determinado a llevarle algo de comer con ese cuidado que era ajeno en muchos sentidos, tan nuevo como extrañamente agradable y llevadero.

Y por ello lo dejó ir, mientras una enfermera revisaba todo en ella, incluyendo esa sutura que aún estaba muy reciente. La morena aprovechó para decirle a la ya conocida enfermera con la que solía trabajar también y le informó de ese dolor en sus caderas y espalda, debido a la quietud y ella prometió que luego del desayuno, intentarían moverla un poco para que esos dolores fuesen disminuyendo y no perdiera costumbre. Con eso se sintió contenta y servida, viendo llegar entonces a ese rubio con la bandeja de plástico y ese desayuno que se veía más que apetitoso, salivando con ganas ante la visión y olor de algo tan sabroso- No tienes idea de cuánto... –susurró esbozando una sonrisa, dejando que acomodara ese soporte que le ayudaría a comer mejor y no dudó en ir al ataque- ¿Y tú no comerás nada aún? –quiso saber.

Sus ojos verdes no se apartaron de ese semblante masculino, mientras agradecida, tomaba un trozo de ese recién hecho alimento que mordería y disfrutaría a punto de emitir un sonido de gusto- está delicioso… -dijo murmurando con una suavidad tan conmovida y casi avasalladora, extendiendo su mano derecha hacia él, mientras la izquierda sostenía ese trozo cálido, esperando que tomara su mano y ella pudiera rozar sus dedos con esa áspera pero firme mano masculina, deslizando sus finos dedos en un intento de acariciarle como único gesto abrumado de agradecimiento, dejando que ese suave contacto hablara mas por ella- Gracias…-murmuró entonces, mientras llevaba otro trocito de ese pan recién horneado y dulce con esas chispas de chocolate que hicieron cantar a su necesitado paladar, mientras inhalaba profundamente y cerrando sus ojos disfrutaba de esa primera comida, pero no fue hasta que volvió a abrir sus ojos, que esbozó una nueva sonrisa, antes de rozar con sus dedos esa mano, buscando entrelazarse entre los de él, antes de llamar su nombre- Ethan…

Había algo realmente importante…

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Hay… algo importante que quiero decirte… -susurró con una calma profunda, mientras se permitía beber un poco de esa leche caliente, dejando el vaso sobre la bandeja, regalandole toda su atención a ese rubio, buscando propiciar esas suaves caricias entre sus manos, llenas de significado para ambos- No soy perfecta… -susurró- y soy propensa a cometer muchos errores y repetirlos como una tonta…. -simplificó- pero creo que luego de unos cuantos golpes aprendo...y… -inhaló como si buscara las palabras para decirlo- hay algo...que quiero decir antes que cualquier otra cosa, intente callarme…. -La enfermera, tocó con suavidad la puerta e ingresó disculpandose. Pero Sam confiaba en ella y retuvo la mano del rubio, por si trataba de apartarla, sin quitar sus ojos de los suyos- escuchame... -la enfermera salió cerrando la puerta a sus espaldas, luego que habia recogido la tablilla de la morena con los ultimos examenes.


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Si bien Ethan había sido realmente comedido en lo que le había traído a la morena para que desayunara, la posibilidad de quedarse algo corto, representaba una pequeña espinita, dado ese hambre monumental que ella parecía tener. Se tuvo que repetir a sí mismo que, pese a todo, lo había hecho por el bien de la doctora, pues lo que menos necesitaba era tener una indigestión por un exceso. Y menos, ser él el culpable, al querer cuidarla con tanto mimo. Algo más que raro en aquel rubio que, aún estando presente la mayor parte del tiempo allí, quería suponer compañía secundaria. Ethan lo que más quería era hacerla sentir bien. De rebote, se aseguraba que no le ocurriese nada malo. Pero lo primordial era su intención inicial.

Tras colocar finalmente la bandeja en aquella mesita con ruedas, especial para ese menester, el SSU la movió para dejarla a la altura y mano de Samantha, que no tardó en extender uno de sus brazos para tomar entre sus dedos aquel bollo tierno y caliente y empezar a desayunar. Con una sonrisa complacida que terminó por convertir en una risa leve, el rubio le dejó espacio, regresando a esa silla que quedaba a un lateral de la camilla. Apoyó su espalda en el respaldo, a tiempo de escuchar la pregunta de la mujer que al parecer, se había dado cuenta de que sólo había desayuno para una persona. Ethan negó sutilmente con la cabeza como respuesta inmediata—. No tengo hambre. —alegó correspondiendo esa mirada clara y verdosa que parecía particularmente atenta de cada uno de los movimientos de su acompañante. La realidad era que Ethan se estaba malacostumbrando peligrosamente a ignorar las propias necesidades de su cuerpo, descansando y comiendo lo mínimo, menos incluso que lo recomendado, por todas esas preocupaciones que cerraban su estómago y mantenían su mente totalmente espabilada, evitando así que lograra descansar o comer bien.

No obstante, todo quedaba relegado a un segundo plano en cuanto la veía sonreír.

Vio por el rabillo del ojo esa mano femenina que se extendía para buscar la suya. Con un fugaz fruncimiento de ceño, llevó la suya a su encuentro, con la intención de dejar una caricia sutil en su dorso. No obstante, Sam volvió a tomar las riendas, cuando entrelazó parte de los dedos de ambos, dejándole claro que quería ese contacto entre ellos. Un contacto que, si bien Ethan también deseaba, le transmitía un mensaje del todo contradictorio al que ya tenía de ella. ¿Acaso ella, aun habiéndole dicho que no debían tener nada, calmaba sus ganas en esos pequeños gestos? Un reflejo demasiado contenido de lo que ambos sentían por el otro. Una resignada limitación que, en particular, pulsaba tanto en el pecho del rubio que Ethan sentía quedarse sin aliento de lo que dolía quererla y no poder dar rienda suelta a esa intensa emoción. Por no atarla a la desdicha de ser ese segundo plato, pues él ya contaba con una mujer. Una mujer que ahora profería amenazas por algo que Ethan no había hecho, tensando poco a poco las cuerdas que conformaban la entereza del hombre, sometiéndole a una carga que mermaba drásticamente sus energías.

Así, con ese aire cansado que ya lo caracterizaba, sonrió un poco más, dejando también una pequeña caricia en esos finos dedos, entre los suyos—. No hay de qué. —contestó, convencido de que haría lo que había hecho por aquella mujer todas las veces que fueran necesarias. Ethan se había visto tocado desde que la posibilidad de perder a la morena se había convertido en una agónica realidad para él. Las horas se habían hecho eternas hasta encontrarla y más aún en su regreso y posterior intervención. El rubio sentía haber perdido décadas de vida en lo que habían sido esos cinco días, desde que supiera de la angustiosa situación de Samantha, hasta verla despertar por fin, a salvo aparentemente.
Y no negaría que tenerla allí, consciente y en recuperación, le traía un alivio inmenso.

Sus azules se entretuvieron mirando esos dedos entrelazados, sin saber bien qué pensar, tan sólo disfrutando de ese roce que sería máxima representación de ese sentimiento mutuo que los dos habían decidido reprimir y condenar, para desdicha de ambos.
O eso era lo que el rubio pensaba.

Pero su mirada buscó la contraria, cuando escuchó su nombre en aquella voz que parecía regalarle una estremecedora caricia. Ese verde intensificado en aquella mirada secó su boca, haciéndolo tragar saliva y humedecerse sutilmente los labios, para quitarse esa incómoda sensación de sequedad de encima. Aprovechó para inspirar largamente cuando ella procedió a darle un trago a aquel vaso. Se sintió nervioso, de repente. Tanto como para detener sus caricias. En esos prolongados segundos pudo pensar cualquier cosa. Inevitablemente, su pulso se aceleró, pensándose lo peor. ¿No había sido suficiente? O, por el contrario, ¿sí lo había sido? ¿Quería más espacio? ¿Quería que dejara de ir a verla? Esa opción parecía atravesarlo mala y vivamente, al contemplarse. Pero aún peor era que ella misma cerrase toda puerta, aprovechando que ahora no tenía tubo que la impidiese hablar y reconocerle a Ethan que abandonaría toda opción que implicase mantener contacto entre ellos. Fue ahí cuando el rubio dejó de respirar por unos segundos, en los que Samantha comenzó a hablar, redirigiendo la conversación hacia sus dominios. La mirada de Ethan se turbó, aunque él no quisiera ser evidente cuando, a pesar de todos sus malos pensamientos, en antelación, sentía esos finos dedos rozar con tranquilidad y cariño, la áspera piel de su mano. Para mí sí lo eres, calló, considerando que ya era demasiado tarde para una confesión así que, en vista de esas malas expectativas que el SSU estaba teniendo acerca de lo que ella quisiera decirle, podría sonar demasiado a la desesperada—. ... Como todos... —murmuró en un susurro que no era más que ese tono normal en voz ahogada, cuando escuchó que aprendía de sus errores. Tarde pero aprendía. Era humano. Era normal. Ethan no podía ni quería regañarla por ello.

¿A qué venía todo aquello?

Era una pregunta que se le quedó en el tintero, cuando oyó los toquecitos a la puerta. Como ya hiciera el día anterior, quiso retirar la mano, cohibido, hasta asustado por lo que hubieran podido ver los ojos ajenos. Miles de inquietudes pasaron por su cabeza en esos instantes en los que su mirada se alzó hacia la puerta y vio a la enfermera. Una persona que bien podía decirle a su esposa que lo había visto de la mano con la morena, y ahogar así la coartada que él mismo le había dicho a Natalie, pues no había excusa si la doctora ya no estaba inconsciente. Pero lo que no se esperó fue que ese intento suyo por quitar la mano se vio reducido por ese agarre de la propia Samantha, que hizo la presión justa para mantener ambas manos entrelazadas. Ethan, en ese momento, con la alarma centelleando en sus azules, miró a la morena, sin entender. Que ya no le importara quién viniera, sólo daba lugar a una inminente separación de caminos, ¿no? Según contemplaba aquello, Ethan se tensaba paulatinamente, hasta el punto de colocar suavemente su propia mano derecha en el posabrazos de la silla, dispuesto aferrarse a este para impulsarse, levantarse y huir de allí. ¿Por qué era todo tan incómodo de repente? Su pulso había cobrado intensidad y rapidez, hasta hacer eco en la base de su cabeza. Apretó los labios por ese nerviosismo que lo estaba atosigando internamente por esos eternos momentos en los que aquella enfermera tardó en volver a salir. Esa glauca e intensa mirada había atrapado a la de Ethan, sumándole el encanto que traía esa voz grave, ordenándole de forma suave que le prestara atención. ¿Qué demonios tenía que decir? —... Sam...—susurró el rubio, con aquella súplica silenciosa. Ella era la única que podía terminar de golpe con toda esa tensión que Ethan había recopilado en esos agónicos instantes en los que se había creado una expectativa que no pintaba bien.

Porque, de ser algo bueno lo que fuera a decirse, no costaría tanto, ¿no?


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Ella notó la ansiedad que recorría a Ethan, lo decía esa mirada brillante y cristalina, sabía que quizá estaba arriesgando mucho al decir algo como eso, sabía que quizá él temía que esa enfermera le fuese decir algo a alguien, al verlos tan juntos... pero eso no iba a pasar y aunque se hubiese tardado, finalmente sus labios formularon lo que le estaba costando admitir en voz alta- Te quiero... –y lo había dicho... por fin.

Quizá la confusión brilló con mayor intensidad en los ojos del rubio al escuchar eso, mientras presionaba su mano con firmeza, sintiendo como su propio corazón se aceleraba- Ethan, te quiero... –repitió reafirmándolo con una voz menos temblorosa, no había peros, no había otra forma de decirlo para adornar esa realidad puesta en palabras que trascendía y sacudía el suelo de ambos en ese solo instante que parecía condensarse en algo tan simple- no quiero destruir tu vida, pensé que empujándote lejos de mí, no te verías obligado a elegir como continuar viviendo... solo, no quiero robarte la poca felicidad que podrías tener en tiempos como estos... y si eso significaba ignorar lo que sentía... – hizo una pausa, encogiéndose levemente de hombros presionando sus labios- era un sacrificio válido...

Y sintió un torrente de emociones que desbordaron empañando sus ojos verdes, aflojando con suavidad su agarre, mordió su labio inferior, sintiendo que el calor se apoderaba de sus mejillas y desvió un poco su mirada antes de volver a ver la expresión del rubio, notando como las lágrimas finalmente desbordaron por sus mejillas, deslizándose hasta su mentón. Cubriendo sus labios con esa mano izquierda, intentó contener las emociones que ahora desbordaban por cada poro y se convertían en ese quiebre que ya no podía aguantar- Fui feliz alguna vez... – murmuró mientras negaba- lo perdí todo y nunca imaginé que me sentiría así de nuevo...

Porque todo parecía cobrar sentido cuando él estaba cerca, todo ese dolor, valía la pena- Lo siento tanto... –murmuró- por darte todas esas emociones encontradas y no ser clara...por no facilitarte las cosas... –agregó con un tono mucho más bajo, mientras una de esas lagrimas escapaba del rabillo de uno de sus ojos, mientras cerraba los ojos dejando caer su rostro hacia su derecha y exhalaba con el corazón al cuello, emitiendo un suave suspiro, antes de abrir sus ojos lentamente, antes de verlo de nuevo- Te quiero... –repitió.

Y se había lanzado de ese puente, cruzando para que la caída no fuese tan estrepitosa...


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"It's a lie for a lie and I'm getting tired. On the other side, on the other side... "

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Te quiero…

¿Qué?
Ese aumento paulatino y aparentemente irreversible de tensión se frenó en seco, aún estando en unos límites del todo insospechados para el rubio. Ethan sintió que le estaban hablando en otro idioma, sin comprender absolutamente nada. Hecho que, por supuesto, se reflejó de forma más que transparente en aquel rostro masculino.

Ethan, te quiero.

Internamente, no era algo que el rubio no supiera. Aquellos besos tan furtivos como correspondidos, habían sido del todo elocuentes, ¿no? Quizás pudieran estar basados en mera atracción física pero, de ser así, ¿qué sentido tenía todo aquello que habían hecho por el otro? No obstante, Ethan contuvo emociones, escudándose en lo que aquella suave voz ya había susurrado en un cuarto trastero, unos días atrás—. Estoy casado. —murmuró—. Tú misma lo dijiste. —terminó aquel susurro queriendo ser la parte racional que no tenía fundamento pero que, aún así, había estado rondándoles las dos veces que se habían dejado llevar.en la intimidad de esa cercanía. Y aún así, ese tono que empleó terminó con un titubeo. Porque, para ser completamente honesto, Ethan había demostrado ya, tanto a ella como a él mismo, cuánto le importaba estar atado a otra mujer. Él ya había elegido, incluso aunque la morena le hubiese dicho que no. A ese último deseo expreso se había aferrado cuando aquella misión en la que tuvo que organizar su rescate, dejó más que evidente que él, pese a todo, no había cambiado de opinión. Y por quererla, contenía sus ganas, respetando la distancia impuesta. Algo que quiso recordarle a ella después de aquella confesión que lo hacía temblar. Notó entonces cómo Samantha aflojaba su agarre y empezaba a explicarse. Y, aún así, la tensión acumulada hizo de las suyas y, al final, se terminó incorporando de la silla, para liberar tanta presión. Necesitó un par de pasos, dándole la espalda momentáneamente, exhalando fuertemente. Porque después de todo, ¿qué implicaba aquella revelación de ese secreto a voces? Las preguntas se agolpaban en su mente, la tensión no dejaba de agobiarlo, hasta el punto de llevar una de sus manos a la nuca, rascándose ese vello naciente, para calmar su ansiedad.

Lo que tampoco esperó fue justo esa caída emocional que golpeó a la morena, llegando a disculparse al final, prácticamente por todo. ¿Por no facilitarle las cosas? Ethan frunció el ceño antes de buscar la mirada contraria. ¿Qué estaba diciendo? Finalmente, fue ese último “te quiero” el que lo hizo reaccionar. Con tranquilidad se acercó a ella para, sin siquiera plantearse el volver a tomar asiento, buscar esos labios femeninos con menos cuidado que cuando lo hiciera aquella vez en ese trastero alejado de la base. Un beso que habló tanto por él, que pensó no necesitar añadir nada más. Sin embargo, Ethan vio necesario dejarle clara una cosa. Por ello, aún de pie e inclinado sobre ella, movió sus manos para volver a acunar el rostro femenino entre ellas, instantes antes de separarse, alzando su semblante lo justo para poder verse—. ¿Cómo puedes decir semejante barbaridad? —inquirió, hablando con la rapidez justa para que ella no pudiera contestar—. ¿Robarme la poca felicidad? —enarcó una ceja, con una suave sonrisa que le dió un aire del todo irónico. Se aseguró de que aquellas emocionadas pero intensas pupilas verdes mirasen directamente a sus iris azules, cuando fue él quien habló de nuevo, a sabiendas de que lo que estaba por decir también dejaba claro su implicación—. Tú te has convertido en todo lo que me hace feliz ahora mismo. —dejó una caricia con su pulgar en el hueso de la mejilla femenina.

Con un suspiro suave por la nariz, suavizó su gesto, dándose cuenta de un pequeño detalle. No obstante, sin mencionar palabra, ni dejar que fuera ella la que hablase, volvió a esos labios que lo recibieron de nuevo, reiterando ese baile que al poco, se vio interrumpido por un susurro que el rubio vertió con dulzura en el fondo de la boca de la morena:— Pero te odio por no haber sido egoísta hasta ahora. Porque yo me moría por que me dejaras serlo contigo.


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