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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Ocho ojos ven mejor que cuatro || Dann Hetfield

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1 de Junio de 2015
Sweet Auburn - Atlanta
17º - 22:05

Era triste ver en que habían quedado aquellas calles que una vez fueron tan coloridas y estuvieron tan vivas. Los graffitis aún manchan las paredes recordando que hubo una época mucho más feliz que esta, donde la sangre y el ojo por ojo era la norma de los que quedaban vivos... Si es que quedaban.
El rosario oscila en mi mano como todos los días, sintiendo que así voy de la mano con Filippa y que no estoy tan sola, que ella me ayuda y me guía en este infierno en vida. Se que esta enfadada conmigo, se que piensa que le he fallado a Dios y a su memoria... pero si ella supiese que ha estado viviendo en una mentira toda su vida, pensaría como yo ahora. Agradecería lo que estoy haciendo, comprendería que esto es lo mejor para que todo vuelva a la normalidad.

Las calles están tan vacías que se escucha el eco de mis botas golpear el asfalto. Porque, aunque lleve la túnica negra, debajo debo estar preparada para cualquier cosa. Correr, escalar, esconderme... El día a día de mi nueva vida, una vida a la que pensé que jamás me acostumbraría. Miro el mapa y un fuerte suspiro de cansancio sale por mis labios. Necesitaba encontrar un buen sitio donde descansar un par de horas, beber un poco de agua y reponerme todo lo posible para continuar mi camino a ninguna parte. Cuanto más te movías más difícil era que te encontrasen y, si así prolongaba mi vida, así seguiría... Mis ojos se mueven sobre el papel y levanto la vista, avanzando con paso rápido hasta la siguiente esquina, apoyándome contra la pared e inclinándome para echar un rápido vistazo a la calle que estaba tan vacías como por la que había venido.

Se me hace extraño, las ciudades solían estar pobladas por estos seres del inframundo y allí no había nada ni nadie. Y, como si algo hubiese escuchado mi pensamiento, un fuerte siseo viene de la ventana más cercana a mi posición sobresaltándome al ver contra el cristal algo tan negro que se confundía con la oscuridad del lugar y tan peludo como cualquier buen peluche infantil. Me alejo despacio pero sea, lo que sea que hay ahí dentro ya sabe que estoy fuera.
Se remueve contra el cristal, este se resquebraja y se agrieta con suma facilidad ante la presión de esa cosa, la cual fija la vista de sus ocho ojos en mi. El siseo se hace más fuerte y la ventana termina por romperse en miles de trozos, obligándome a alejarme de un salto para no sufrir algún corte, viendo a la vez como sus ocho ojos y sus afilados colmillos tratan de atravesar la ventana para alcanzarme. Pasa una pata, luego otra, luego vuelve a intentarlo de otra manera y, aunque la forma en como se mueve en busca de carne humana me parece fascinante, no tengo intención de quedarme mucho más tiempo allí como el marco de esa ventana, el cual empezaba a separarse ante los golpes.

Corro rápida notando la mochila golpearme la espalda, escucho como los escombros caen al suelo y el siseo se hace eco en el sitio. Un escalofrío recorre mi cuerpo y solo se me ocurre una cosa, esconderme en el casa más pequeña y estrecha que encontrase, esperando que por el tamaño del lugar esa pesadilla se diera por vencida.
Un pequeño videoclub es el escogido, entrando tras darle una patada a la puerta que me hizo dudar de la fuerza de la adrenalina o de lo seguro que pudiese ser ese sitio pero esperaba que, al menos, me diera para descansar unos minutos y hasta que esa cosa se aburriese de buscarme.

El local es pequeño, lleno de estanterías cargadas con películas que ya nadie jamás vería. Hago un barrido rápido a la sala, pasando de pasillo en pasillo para que nada ni nadie me sorprendiese, mirando con cierta irritación una puerta trasera que daba a un callejón. A pesar de que no me gustase tener varias entradas que cubrir, tal vez en aquella situación fuese necesario... Me meto detrás del mostrador y me agacho apoyándome contra el cristal sucio, estirando las piernas y sacando la botella de agua medio vacía...

-Cada vez más lejos... cada vez más difícil... cada vez más arriesgado... - Niego despacio y doy un pequeño trago de agua esperando poder racionar correctamente lo que me quedaba -¿Cuándo empezaremos a tener algo de suerte? - Miro el rosario esperando una respuesta que sabía que no llegaría...

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Merodeaba una vez mas por las calles, en busca de cualquier cosa útil, en busca de víveres, o en algo de distracción, la vida ahora era mas aburrida. Aunque siempre he sido bastante solitario, y desde luego no me desagrada estar solo, ya no hay tantas cosas por hacer, sin tecnología, sin mis videojuegos, sin nada que hacer. Y ni siquiera tenía un arma de fuego para poder dispararle a algo, cosa que me encantaba. A quien no le gusta dispararle a todo? O hacer explotar cosas? Yo lo echaba de menos, mucho.

Avanzaba por la calle, sucia y destrozada ya por el paso del tiempo y el crecimiento de arboles y plantas, entraba y salía de los edificios que me parecían buenos para un registro, armerías, farmacias, droguerías, casas, cualquier cosa, pero estaba todo saqueado, era muy complicado encontrar nada. Aunque si había algo fácil de encontrar, muertos, y más muertos, eso estaba chupado, por todos lados, nunca te faltaba un buen muerto andante.

Fue entonces, cuando en mitad de mis frecuentes conversaciones conmigo mismo, unos golpes se escucharon a lo lejos, acompañados del sonido de unos cristales al romperse, para después dar paso al sonido de alguien corriendo. No solía verlo todos los días, pero en este mundo es frecuente algo así. Corrí hasta la esquina de un edificio, escondiéndome de lo que pudiera estar armando ese jaleo, y asomando ligeramente la cabeza, pude ver como una chica corría hasta el interior de un videoclub, no parecía estar armada, con armas de fuego por lo menos, pero huía de algo, algo mas peligroso que ella. Me quedé unos segundos a la espera, intentando descubrir quien era el que daba caza a la joven. No aparecieron mas hombres, bandidos, o más común, muertos. Apareció una especie de bicho, bastante grande, no se que cojones era, pero daba asco, asco y miedo, tenía que salir de allí. Pero iba a hacerlo solo? Dejaría a la joven allí tirada? La verdad es que no me apetecía morir, y menos devorado por esa asquerosidad, pero joder... dejarla ahí no era propio de mi. Aunque las personas ya no eran personas, la gente hacía cualquier cosa por sobrevivir, quien me asegura a mi que podía fiarme de ella? Y no la conozco de nada, ni le debo nada. Resoplé. - ¡Joder! -

Di unos pequeños botes en el sitio de los nervios, incitándome a salir corriendo hacia el videoclub. Agarré con fuerza el hacha, con ambas manos, y segundos después, tras asumir que estaba loco, y que lo que iba a hacer era una estupidez enorme, eché a correr. Crucé la calle para pegarme a la hilera de edificios en la que se encontraba el videoclub, y volví a esconderme tras una parada de autobús, evitando ser visto por la bestia. Tras unos segundos y varios soplidos por la adrenalina, eché a correr de nuevo hacia una callejuela, que llevaría a la puerta trasera del local, si es que la tenía.

En mitad del callejón, un muerto, que casualidad. Arranqué a correr aún mas, sujetando el hacha con una mano, alcé el brazo hacia atrás y sin dejar de correr le asesté un corte en la frente, aprovechando la fuerza de la carrera y sumando la del golpe. El muerto cayó redondo, y tras eso conseguí llegar hasta la puerta trasera, menuda suerte. No lo pensé dos veces, atravesé la puerta rápidamente, haciendo bastante ruido, pero poniéndome a salvo de la bestia, que ni siquiera sabía donde estaba llegado a ese punto. - ¡Eh! ¡Eh niña! - Susurré con fuerza para intentar encontrarla. - Donde estás? Vengo a ayudarte, tranquila! - Me adentré un poco mirando hacia todas partes. - En serio, sal! Vamonos de aquí. - Atranqué la puerta trasera con una silla que encontré en la sala en la que acababa de entrar, y seguí buscando a la chica.

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