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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Haciendo el topo en Filadelfia —Sayaka

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21 de Septiembre del 2015 al atardecer

Tenía el mapa de la ciudad extendido sobre el capó de un viejo auto frente al Crown Fried Chicken, que ocupaba toda la esquina en la avenida Susquehanna. Estaba oscuro y sus ventanales rotos, en la cima apenas se lograba distinguir el logo de la franquicia, mientras que a un costado, la caricatura de un pollo alzaba su "dedo" aún, en señal de aprobación.

Hace tres días había dejado St. Friedrich para aventurarse en busca de recursos. El primero de ellos había transcurrido sin novedades, ya que había pasado por zonas que ya conocía de memoria. Por supuesto, no había encontrado nada nuevo. Aquellos pueblos estaban más recorridos que su puta madre. Así que cuando visualizó un vehículo más o menos en buen estado, le dedicó casi todo el segundo día a repararlo y conseguir combustible, para hacerlo andar. Pasó la noche en el asiento trasero, y en la mañana a primera hora, tomó la ruta 76 con destino a Filadelfia. Su única compañía era un mapa de la ciudad, en el que había marcado algunos puntos de interés. Principalmente farmacias y centros médicos.

El cielo parecía estar de su lado, toda la mañana a su viaje lo amparó una lluvia torrencial. Truenos y relámpagos remecían el suelo, y ningún jodido zombie se perturbó con el paso de aquel viejo Mazda que avanzaba cuidadosamente por la carretera. Habían algunos autos tirados por ahí, pero los atochamientos solo se hicieron visible cuando comenzaron a aparecer los primeros rascacielos en el horizonte. Buscó una manera de acercarse al centro de la ciudad, pero tan solo pudo llegar al puente de Strawberry Mansion, el cual era imposible atravesar con el Mazda. Podría haber viajado más al sur, buscando otro puente que le ayudase a cruzar el Río Schuylkill, pero igualmente el medidor de gasolina ya estaba en línea roja. Entonces, luego de echar un vistazo a su mapa, decidió seguir el resto del viaje a pie.

Se echó la mochila a los hombros. Ahí llevaba provisiones con las que esperaba sobrevivir los siete días que había calculado para su misión. Llevaba también un bolso vacío que planeaba llenar con cosas útiles que encontrara por ahí. Lo acompañaba también una linterna y, finalmente, su hacha.

Cruzó el puente hasta el parque Fairmount, luego tomó York Street en dirección a Broad Street, donde debería bajar hasta llegar al Hospital de la Universidad Hahnemann, su primer objetivo. ¿Habían infectados en las calles? Muchos menos de los que él hubiese esperado, pero claro que habían. No obstante, los coches abandonados y la lluvia que no dejaba de caer, lo ayudaron para que pudiera avanzar sin tener que ir cortando cabezas.

Llevaba caminando casi una hora, cuando decidió descansar en el, ya mencionado local, Crown Fried Chicken. Estaba completamente empapado, y la verdad ya le estaba tocando los huevos, literalmente. La lluvia había parado hacia unos diez minutos atrás, pero sabía de sobra que se venía una segunda parte todavía peor. Calculó que serían cerca de las 7pm, ya que comenzaba a oscurecer, y por eso fue que decidió tomar una pausa.

Una gota cayó sobre el mapa que estaba observando, Vincent alzó la mirada con gesto irritado, antes de guardarlo. Junto al local de pollos lo tentaba una escalera que le llevaría a la estación de metro Susquehanna-Dauphin, de la línea Broad Street. En otros tiempos, tomar aquel camino le hubiera dejado a los pies de su objetivo en menos de diez minutos. Pero ahora ningún tren pasaría por más que lo esperara, y estaba a cinco estaciones del Hospital. En otras palabras, aproximadamente una hora de caminata.

Otra gota le golpeó la frente, instigándole a tomar una decisión. Lanzó una mirada hacia el sur, la calle no estaba próxima a acabar. Estaba llena de vehículos viejos, enlodados, y pequeñas tiendas que no tenían nada que valiera la pena para ofrecerle. La respuesta era más que obvia. No tenía deseos de seguir mojándose, ni muchos menos de pasearse por las calles de la ciudad con una linterna. Así que, sin darle más rodeos al asunto, escalón tras escalón, se fue internando en la oscuridad de los túneles subterráneos.

La estación se encontraba cerrada. Una cadena vieja y oxidada se aferraba a los barrotes de una reja, lo cual podía ser una muy buena señal. Con algo de suerte, todas las estaciones estarían igual, de modo que no se encontraría con sorpresas allá abajo. Pero seamos francos, aquello era casi imposible.

Sujetó la linterna con la boca, tomó el hacha en ambas manos, y la dejó caer con fuerza. La cadena cedió al primer golpe, dándole la bienvenida a la estación. Vincent permaneció quieto por un momento, escuchando, tratando de ver algo. Pero no había nada que ver, ni nada que escuchar, tan solo la lluvia que comenzaba a tomar fuerza allá arriba. Abajo olía a humedad, a encierro y putrefacción. Una combinación entre el closet de la abuela y el hocico de un perro. Definitivamente habían muertos ahí abajo, la pregunta era, ¿seguirían muertos?

Mapa del recorrido:
Haciendo el topo en Filadelfia —Sayaka Ym5AtE5


I was born from an angel. She raised me properly... But when you reach a certain age, Your destiny, it comes to life. So don't you bite the hand that feeds you or it may cut you with its knife.

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¿Sabes? Creo que soy un “Noko Noko”

Lo había dibujado, el “Noko Noko” para precisar, con su cara alegre y un poco adormilada, caminando apacible y con gran soltura por un camino que al menos en mi imaginación parecía lindo. No era la mejor dibujando y de hecho mis dibujos eran bastante infantiles, ya me lo habían dicho. Recuerdo una vez en la comisaría Chris me retó por estar utilizando el papel membretado de los S.T.A.R.S. por estar haciendo un dibujo de Maddison como si fuera “Baby Mario”
Ahora no era una hoja membretada y dudaba que Chris viniera a decirme algo, estaba bastante sola en ese lugar, lo había estado por años.

- A veces los extraño demasiado chicos…- Recargué mi cabeza sobre el escritorio, y honestamente todo era bastante deprimente desde mi punto de vista.
Me había quedado encerrada hace ya algún tiempo - supongo que algunos días debieron transcurrir - en esa oficina de las líneas del metro. Había sido una mala idea, pero no peor que quedarme en la superficie cuando la horda me vio.

No soy una cobarde, creo, pero jamás he buscado pelear con algo o alguien en mi vida, siempre me pareció algo terriblemente inútil cuando las palabras podían hacer la diferencia y tratándose de los zombies esa era una opción complicada, así que lo inteligente era huir.

Por mucho, esta no ha sido la idea más fabulosa que se me ha ocurrido, de hecho si tuviera un “top ten” de malas ideas, definitivamente está estaría allí.

“Anoté esa idea debajo de mi “Noko noko”, por cierto”

- ¡Por Dios, que aburrimiento! -  grité, y me arrojé lejos del escritorio con una patada, las rueditas de la silla se tambalearon en un curioso “clackeo” hasta que choqué contra la pared y me recliné para ver al techo. La verdad no se veía nada, de no ser por mi linterna estaría en completa penumbra, y aun si tenía baterías de repuesto, con la constancia en que la usaba terminaría por descomponerse, pero mi problema inmediato radicaba en divertirme, así que la linterna debía sobrevivir hasta entonces.
Volví al escritorio y subí los pies sobre este, resulta que el techo era igual de aburrido que todo lo demás a mi alrededor, y excepto por “Noko noko” todo se veía bastante gris, un gris bastante negro de hecho.

¿Sabes? Aquí en América siempre te llamaron “Koopa Troopa” pero mamá decía que era un nombre muy feo, que no le hacía justicia y que “Noko noko” era mejor. Y la verdad creo que estoy de acuerdo, porque llamarme a mí misma Koopa Troopa es bastante lamentable - Me reí por impulso más que por gracia, y sentía que por alguna razón mi querido amigo me escuchaba y quizás podía entenderme. Me limpié las lágrimas.

-

Había entrado a la estación del metro a través de la estación Fairmount, y la caminata fue bastante larga aunque quizás lo hubiera sido más de tener un destino al que dirigirme. La verdad es que la puerta estaba abierta y tomé mi oportunidad para salir de ahí. Esa fue la primera vez que encendí mi linterna y para mi fortuna no había nada en el pasillo delante de mí, si bien detrás se podía contar una historia distinta.
No sabría decir si me siguieron o no, pues no volteé a mirar a ningún lado hasta llegar a las vías del tren. Si, había algunos muertos en los pasillos, a algunos incluso los alumbre pero no se movieron cuando lo hice, era silenciosa cuando quería serlo aun si eso era en muy raras ocasiones. Podía asegurar ahora que ellos eran ciegos, aunque la gente que asegura cosas termina bien muerta, así que la opción probable resultaba ser que tuve suerte.

-

- Y se necesita bastante suerte para terminar aquí, ¿Eh? - Me reí de mi misma.
¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Cuando el sol se vuelve un completo extraño es difícil de saber. Si bien hablar con una tortuga dibujada en un papel arrugado no auguraba que fuera poco tiempo.

Arrojé una cuchilla a la pared, por mera diversión realmente, esta se clavó perfectamente. La cuchilla era la mitad de unas tijeras que me había encontrado allí mismo. Unas simples tijeras para oficina, hechas de metal. Las partí en dos y las convertí en dos cuchillas que pudiera arrojar

- Vaya, ¿Cree que podría mejorarlo señor Guillermo Tell? - creo que me estaba volviendo loca. Hice una enorme reverencia a mi “Noko noko” y me acerqué a la cuchilla, arrancándola de la pared.

- Será algo sencillo señor Longstride. Podríamos hacer una apuesta, si yo gano, saldremos de aquí, y si pierdo, nos quedaremos otro día más. Si me permite - caminé justo como si hubiera alguien ahí, haciéndome a un lado para acomodarme y volver a tirar.

-

El camino había sido bastante funesto, por un lado había una serie de vagones volcados sobre los rieles, seguramente los que estuvieran allí dentro la habían pasado mal. Y honestamente esperaba no hubiera nadie allí cuando eso pasó aunque era improbable porque algunos zombies estaban allí, estacionados, esperando el mínimo ruido para actuar. En verdad tenía suerte.
Del otro lado había algunos más, unos caminaban un poco, seguramente guiados por el chillido de una rata, si es que había ratas allí abajo - no había visto una sola en todo ese tiempo - los movimientos eran como de costumbre, torpes e impredecibles… los odiaba. Soy una mujer que está acostumbrada a saber qué pasará en los próximos segundos. Siempre he vívido tranquila sabiendo eso, las cosas que no puedo controlar, sin embargo, me ponen en un predicamento muy serio, y si es verdad que los zombies son muy simples (por eso de acechar y devorar) también lo es que no sabes cómo lo harán, eso en verdad aterra.
Logré llegar a la estación Susquehanna-Dauphin, y allí decidí salir del lugar, aunque era de noche y la puerta que llevaba a las escaleras de salida estaba cerrada con una cadena que yo no podría romper fácilmente. Así que desistí sin mucho más que pensar, hasta tener una buena idea no saldría de allí, y no tentaría mi suerte caminando más por esas vías. Los zombies son como las dunas, jamás sabrás cuando cambiaron.

-

“Tup” Había fallado por poco, la cuchilla se enterró un centímetro a un lado de mi marca original. Solo uno…
- Es una lástima señor Tell, parece que esta noche no saldrá de aquí - arranqué la cuchilla de nuevo. Si tan solo hubiera sido un centímetro a la derecha quizás se me hubiera ocurrido una idea para romper la cadena. Pero no fue así, y sin embargo.

No sé si estaba alucinando, si había llegado por fin a ese momento de quiebre que se platican en los libros. Pero claramente escuché como algo metálico caía, lejos de mi oficina

Tomé la linterna y la luz voló por todos lados hasta que se estabilizó entre mis dedos, y como una cría imprudente alumbré los pasillos después de abrir la puerta, solo un poco. ¿Que quería encontrar? Eso no lo sé, fue la desesperación del momento pero en unos segundos la conciencia llegó a mi cabeza y apagué enseguida la linterna, cerré la puerta con seguro y me escondí debajo de un camastro. Al parecer la oficina perteneció al velador en su momento, pues incluso tenía cobertores y algunas cosas que podían ser de utilidad y hasta el momento no había pensado en tomar. Cuando quien fuera que había entrado - si es que todo era real - se marchara, tomaría las cosas y saldría por fin de ahí. Quizás un baño sería adecuado, para empezar. Después tendría que intercambiar las cosas que encontrara ahí con alguno de los buenos comerciantes de la zona.

Dicen que aun tras una situación pésima, la esperanza se mantiene viva. Y de ser así, esperaba seguir viviendo junto a ella.

Por cierto, alumbrar una zona en completa oscuridad porque escuchaste ruido, según las películas de terror, se incluye en el "top diez" de malas ideas de Sayaka.

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Apenas dio unos pasos cuando un haz de luz cruzó la estación desde un costado. Vincent pensó que alguien vendría a su encuentro, y enseguida corrió para ocultarse tras un pilar. Sus zapatos hacían ruido a causa del agua que habían absorbido, de manera que le fue imposible oír nada más que su propio movimiento.

Con la respiración agitada, la espalda pegada a los azulejos, y una mano aferrada al hacha con fuerza, apagó la luz de su linterna. No sabía quién o cuántos estaban ahí abajo con él, pero si algo sabía, es que era mucho más fácil enfrentarse a los muertos que a los vivos.

Ninguna luz volvió asomar durante el largo minuto en el que permaneció tan quieto como una estatua. Obviamente nadie quería dar a conocer su ubicación, ya suficiente era con saber que estaban ahí reunidos, y que no podían confiar en los extraños. La oscuridad los protegía, al mismo tiempo que les ponía en peligro; y el silencio, era su único y verdadero aliado. Con esto en mente, Vincent optó por deshacerse de su ruidoso calzado. Se pisó los talones con total calma; primero el izquierdo y luego el derecho, y una vez que sus pies se vieron libres de avanzar sin delatarle, lanzó una mirada al sitio donde intuía debía seguir la otra persona, pues no le había oído moverse.

La única luz que se distinguía ahí abajo, era la que provenía del exterior. Una luz sombría que agonizaba sus últimos minutos, antes de que la noche se instalara por fin. Pero no todo era tan malo. La oscuridad ya no era tan absoluta como en un principio le pareció, pues sus ojos habían comenzado a acostumbrarse. Podía reconocer en las penumbras un cajero automático, un basurero, los molinetes de acceso, la escalera que le llevaría al andén, un mapa del recorrido, carteles y, por supuesto, el pasillo desde donde había aparecido aquella luz.

Se acercó con sigilo. La puerta ponía «Acceso Restringido», y adentro había un pasillo con otras puertas, todas cerradas. Vincent frunció el ceño. ¿Cuál sería la puerta ganadora?

De pronto, un estruendo se escuchó en toda la estación, haciéndole sobresaltar. ¡Dios mío! La acústica ahí abajo amplificaba cualquier sonido, y el rebote no era de mucha ayuda. Vincent no sabía decir si aquello había venido desde su derecha o su izquierda. A regañadientes, decidió que descubrir el origen del estruendo era su prioridad, y se alejó momentáneamente del pasillo para hacer una breve inspección del lugar. Ahí fue cuando vio la causa del alboroto. Un zombie, que venía de la calle, se había desplomado escaleras abajo y ahora trataba de ponerse de pie. ¡Jodidas criaturas! Incapaces de sentir nada. De seguro se había quebrado algo, pero seguiría intentando avanzar aún si no tuviera piernas.

Vincent perdió el interés, y regresó al pasillo.

La primera puerta que intentó abrir le dio acceso a un baño. Uso exclusivo para el personal, de seguro. La segunda puerta no la pudo abrir, y se convirtió en su sospechosa número uno. Por último, la tercera puerta, le llevó a un almacén de materiales, donde ni un alma se ocultaba.

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios mientras volvía hacia la única puerta que estaba asegurada. Aquí era donde terminaba el juego de las escondidas.

A estas alturas, Vincent ya había sacado sus conclusiones: no estaba frente a alguien muy valiente, ni tampoco frente a un grupo numeroso. Se podía apostar el culo a que no había más de una o dos personas tras esa puerta. Tenía incluso la certeza, de que podía alejarse de ahí y seguir su camino sin temor a que le atacaran por la espalda... Oh, pero Vincent no es de dejar cabos sueltos.

Hey –dijo en voz baja, apoyándose contra la puerta– lamento haberte asustado. ¿Crees que podamos conversar?

— [...]

Yo también tengo miedo, sabes –hizo una pequeña pausa y luego su voz, normalmente tosca y nada afable, se tornó suave y llena de emoción. Parecía sincero–. Llevo un tiempo viajando solo y no he podido encontrar comida. Pero tengo algunas cosas. Quizás podríamos intercambiar algo... O no... No sé. A estas alturas solo quisiera poder tener algo de compañía.

Orgulloso de su pequeña actuación, le dio a su interlocutor algo de tiempo para sopesar aquellas palabras y darle una respuesta. Pero Vincent no era un actor, era un soldado y por lo demás uno muy bueno. Siempre atento a todo, siempre listo para enfrentar cualquier problema... Al menos hasta ese entonces.

Se había sumergido en aquel rol de pobre hombre, solitario y necesitado, solo para que una mano putrefacta le sacara a flote, trayéndolo de regreso a la realidad. Una realidad que no da tregua a nadie.

Sorprendido, golpeó al zombie con la linterna y este perdió el equilibrio, cayendo de espaldas. No fue lo único que cayó, la linterna dio un pequeño rebote en el suelo y luego rodó, pero a saber dónde.

Mierda –Vincent se puso a buscar. Los muertos estos eran fácil de matar, siempre que les dieras en el sitio correcto, pero para aquello necesitaba ver primero.

Tocó unos trozos de vidrio con los dedos. Por supuesto, la linterna se había roto. Un poco más a la derecha, su mano empujó un objeto y justo cuando se disponía a tomarlo, las manos del zombie volvieron a posarse sobre él. Esta vez, Vincent se echó para atrás, pero la criatura ya estaba casi encima. Le hubiera propinado una patada para hacerle retroceder, pero estando descalzo, era demasiado riesgoso acercar sus pies al rostro del zombie. Su mejor opción ahora mismo, era evitar ser mordido; así que dejó su hacha a un lado para sujetarle rostro con ambas manos, y así mantener su boca lejos de él. Podía notar como abría y cerraba la mandíbula tratando de morder algo. No era demasiado fuerte, pero tenía las carnes blandas, hinchadas por el agua, y la piel se le desprendía con mucha facilidad, haciendo que las manos de Vincent resbalaran constantemente.


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¿Qué hacer? Aquel hombre me había encontrado fácilmente a pesar de que mi error había sido, quizás, mínimo. La emoción del momento, o la desesperación de estar sola…
Quizás él no existía realmente. Era posible que la realidad me estuviera abandonando al fin, aunque siendo honesta, esa no es la voz que yo usaría para una alucinación, y es que una no elige esas cosas, creo, pero de hacerlo, hubiera elegido una voz más amistosa.
Y es por ello que me sentía confundida, porque su voz era amable y yo estaba demasiado asustada como para confiar y las palabras no salían de mi voz, que alguna vez fueran cascada en un río lleno de ideas.

Yo también me sentía así, sola y con hambre, solo que no tenía nada para intercambiar. Salí de mi escondite como un cachorro asustado, con las piernas temblando al igual que mis labios, acercándome poco a poco a la puerta. Yo también deseaba algo de compañía, alguien más con quien charlar aunque sea un poco antes de seguir nuestros caminos. Es que puede parecer que la vida que todos llevamos el día de hoy nos hace fuertes, y nos enseña a vivir solos y no depender de nadie más, a no confiar pero la realidad es que la soledad es algo a lo que ningún ser humano se puede acostumbrar. Incluso el más aislado de los ermitaños necesita de vez en cuando bajar a un pueblo, aunque sea para que todos le vean y recuerden que existe. Esa idea me hizo cerrar la mano en donde mi cuchilla se encontraba. Todo lo que él decía, yo lo había hecho antes.
Me quedé un momento con una mano en mi arma y la otra en el pomo de la puerta ¿Por qué había comentado todo lo que yo deseaba oír? ¿Realmente se sentía así? ¿Realmente…? Si me iba a matar tarde o temprano derrumbaría la puerta y pelearíamos, yo perdería por supuesto y él se llevaría una gran decepción al ver que todas mis pertenencias se habían quedado en casa porque justamente estaba buscando reabastecerme. Entonces querría respuestas pero yo estaría muerta ya, lo que pasara después seguro era algo que no debería de importarme demasiado ¿Verdad? Tal vez abriendo la puerta cambiaría las cosas pues si existía la más ligera probabilidad de evitar tan cruel destino, supongo que tendría que tomarla, si no, la puerta serviría para refugiar a alguien mpas. Algún día.

Cuando me sentí decidida a tomar una decisión el hombre al otro lado de la puerta comenzó a hacer ruido y proferir un par de maldiciones, Afortunadamente eso me sacó de mis cavilaciones y gracias a ello mi mente comenzó a trabajar justo como me gustaba que lo hiciera, rápido y en orden.
Tras encender mi linterna, abrí la puerta sabiendo lo que me encontraría del otro lado, solo no concebía el cómo. El hombre con quien había intentado hablar hacía lo posible por no ser mordido por un infectado que mostraba toda posibilidad para ganar el combate. Estaba mojado y resbalaba ante la insistencia de su víctima por mantenerlo alejado. Y olía a pescado, definitivamente olía a pescado aunque no podía averiguar cuál de los dos era.
Me acerqué rápido a la pareja que estaba en el suelo, y tomé como pude los cabellos del infectado para controlar aunque fuese un poco su rostro, perdiendo la iluminación de la linterna,  y sin pensarlo mucho clavé mi cuchilla en su sien, atravesandola fácilmente solo para expedir un olor a pescado muerto de su cráneo. El infectado dejó de luchar en ese momento, retiré mi cuchilla en un acto sumamente asqueroso. Después intenté ayudarle al hombre a quitarse al muerto de encima y limpié mi cuchilla con la ropa del ahora inerte cadáver.

- ¿Te encuentras bien? - respiraba agitada. Quizás por la emoción del momento, y mi pregunta fue tan honesta como solía serlo yo misma. Me eché contra la pared para retomar un poco el aliento. Uno podría pensar que un acto tan rápido como coger a alguien y darle un golpe no suponía mucho esfuerzo, pero la realidad es  que la adrenalina que corre en esos momentos es suficiente para dejar sin respiración a cualquiera, y no podía imaginar lo agotado que podía estar el hombre, aunque se repondría rápido, todos lo hacemos.

- Eso estuvo cerca ¿Eh? dije con una sonrisa, y me puse de pie. Busqué al pobre hombre con la linterna sin buscar deslumbrarlo, no deseaba un enemigo más. - En fin, tendremos que irnos de aquí cuanto antes, si vieras la cantidad de cosas que hay en estos túneles te sorprenderías, y solo Dios sabe hasta donde se ha escuchado nuestro escándalo Quizás nos olvidaríamos de la charla de antes por un rato, o lo que fuera que quisiera hacerme el hombre con cara de asesino. Tendría que jugar con cuidado si quería salir viva de esta, porque si bien me convenció con sus palabras, él mismo no irradiaba la confianza que me hizo creer.

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