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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Mensaje por Gilbert White el Dom 31 Mar 2019, 22:26


Tenemos visita

28/09/13 ♦️ Villa Rica ♦️ Georgia ♦️ 12:00 ♦️ [url=ENLACE]B.S.O.[/url]
Habíamos batido todos nuestros récords de velocidad. Mientras el camión de Vernice aseguraba que no se amontonaran muchas de esas cosas a nuestro alrededor, Emma, Leonard y yo, habíamos seguido un exhaustivo plan para conseguir (prioritariamente y en ese orden) las medicinas que ella necesitaba y alimentos.… Si teníamos suerte y el lugar seguía tranquilo, nos encargaríamos más tarde de las herramientas, las armas y la munición. No todos los pueblos eran tan hospitalarios como el que esa mañana habíamos asediado. Habíamos conseguido dos botes de insulina para Emma y eso nos daría una autonomía de más de un mes, y con todas nuestras reservas llenas no paramos demasiado tiempo ahí.

Al pasar junto a la tienda Emmerson's Supplies, habíamos visto que seguía con las persianas bajadas y que en un pequeño cartel decía: “Armas, munición y artículos de caza”. Aquello prometía (y no queriendo estar demasiado tiempo ahí), con la mirada nos entendimos, volveríamos por la mañana bien temprano ya que debíamos buscar un lugar para acampar antes de que cayera la noche.

Ahora, mientras colocábamos las trampas que nos advertirían de si alguien se acercaba en la oscuridad a nosotros, miraba lo bello del paisaje y la estampa que tenía aquella colina a unos cuatro kilómetros del pequeño pueblecito, situado a 55 km. De Atlanta.

La pierna había empezado a dolerme otra vez, así que echando un par de analgésicos a mi boca y tragando agua del pequeño bote que llevaba en mi mochila, comprobé como Leonard me enseñaba el dedo pulgar; la primera fase del perímetro estaba asegurada. Mientras Emma y él terminaban de colocar los focos, mi cabeza se centraba en la avería de la ambulancia. Teníamos de todo, pero si no conseguíamos que el motor funcionase, la insulina de Emma no soportaría el tiempo que le había estimado.

-Vernice,-
dije -¿cómo están todos?

Comprobé que Wilhlem y su esposa habían empezado a preparar unas latas para comer y los niños, a pesar de que andaban distraídos en sus cosas, cuando olían comida siempre se acercaban a la pareja de ancianos. Wilhelm siempre portaba una vieja ballesta del S XVI con un gran acento renacentista, o al menos eso parecía a mi corto entendimiento. Más que un arma peligrosa, que lo era, era una obra de arte y a pesar de que su munición actual eran virotes de tiro al blanco y cacería mayor, guardaba un bonito carcaj de flechas con más de cuatrocientos años.... Aunque eso les daba igual a los caminantes.

Desde lo alto de la colina y bajo el auspicio de media docena de grandes robles, escondimos los vehículos (todo lo que se podían esconder un camión de bomberos forestal y una ambulancia....). Pero allí estábamos, cerrando la parte más fría desde donde venía el viento, que hoy se hacía complaciente desde el norte, y resguardándonos de todo.

Llevaba varias semanas queriéndome sentar con Vernice, acercarme a ella para hablarle de algo que me estaba comiendo, necesitaba que supiera lo que sentía por ella. No quería que volviésemos, por algún designio del destino a separarnos sin que supiese toda la verdad.... ¿Qué era de mi vida?.... Me refería obviamente a antes de conducir una ambulancia. Ella nunca había querido indagar, pero seguramente cuando yo hablaba del incidente de mi pierna se debía hacer mil preguntas que nunca llegaba a decir en voz alta. En verdad nos hacía falta sentarnos junto a un fuego, cubiertos por una capa de estrellas y hablar. Necesitaba que supiera lo que sentía por ella....

Hasta ahora, las veces que habíamos hablando de algún tema, teníamos puntos de vista diferentes. Yo quería marchar en un pequeño grupo, sin dejar a nadie tirado ni dejar de ayudar a quienes encontrásemos, pero ser un pequeño grupo.... Sin embargo ella me daba la razón, pero seguía recogiendo a todo lo que nos encontrábamos. "¿Un niño pequeño? Súbelo al camión. ¿Una pareja de ancianos? ¡Móntalos si hay sitio!"

Gracias a dios no nos faltaba alimento y nunca permanecíamos más de tres días en el mismo lugar, con lo que podíamos preveer los peligros que nos acechaban y antes de acampar preparábamos un perímetro bastante fortificado. Por eso descansábamos tres o cuatro días a lo sumo en un lugar, para que unos pudieran dormir toda la noche y descansar, y otros durante el día siguiente. Así nadie estaba agotado, salvo las ocasiones en que los caminantes daban con nuestro lugar de acampada....

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La expedición de aquella mañana había sido rápida y productiva. Tanto era así, que ahora me encontraba intentando componer un puzle, cuyas piezas eran las latas y cajas de alimentos que habíamos conseguido, y los compartimentos de la autobomba forestal. Me rasqué un instante la cabeza contemplando las hileras de latas amontonadas en el suelo, que había tenido que sacar para intentar recolocar todos los nuevos suministros, y lo cierto era, que ahora parecía que teníamos más recursos fuera del camión que dentro de él. Me estiré hacia atrás extendiendo los brazos y resoplé con una pizca de frustración, ya era la tercera vuelta que daba a la "reorganización" de los compartimentos y parecía que cada vez estaba menos cerca de lograrlo.

Aquello era bueno, o al menos debía serlo, porque mi lucha a muerte con los compartimentos casi llenos del camión, indicaba que no tendríamos que preocuparnos en una temporada por pasar hambre, eso siempre era una alegría, más aún cuando tenías gente "a tu cargo". Lo cierto es que hacía un día fabuloso, de esos que no crees poder recordar cuando te encuentras sumido en la vorágine de un invierno duro e interminable, pero en esta zona del país parecía que el verano luchaba por extenderse un poquito más, y por lo pronto, lo estaba consiguiendo. Una suave brisa soplaba meciendo las ramas de robles y el sol calentaba con delicadeza los cuerpos expuestos al sol.

Contemplé los compartimentos abiertos una vez más con los brazos en jarras y resoplé decidida a no darme por vencida en mi "tetris" de almacenamiento. Saqué de uno de los receptáculos los bidones de combustible, puesto que ahora me parecía que podría ser mucho más apropiado para las latas que "hacían cola" aguardando su turno en el suelo, y fue entonces cuando escuché la voz de Gilbert detrás de mí.

Sam, Sally y Leroy jugaban a saltar a la cuerda, discutiendo de tanto en cuanto por saber quién "se la quedaba" cada vez, Koi leía un viejo cómic con la espalda recostada contra un árbol, y el matrimonio Bernsteinbachtal preparaba la comida sentados sobre un mantel de cuadros.

-Bien..., creo que están bien.-
me rasqué la cabeza un momento y sonreí contemplando la bucólica escena.

Esos breves períodos de paz y casi felicidad eran difíciles de encontrar, pero de vez en cuando los astros se alineaban, y aquella estampa podía pasar por un tranquilo día de picnic. ¿Quién iba a decir cuando el caos se desató sobre la tierra que aún encontraríamos algunos retazos de esperanza? Igual no estaba todo perdido. Ahí estábamos nosotros, dos años y dos mil millas más tarde, diez desconocidos compartiendo un día de campo en el fin del mundo. En cuanto las raciones de comida empezaron a estar listas, los niños abandonaron sus juegos y corrieron a sentarse sobre el mantel junto a Whilhelm y Lana Bernsteinbachtal.

-¿Y tú? ¿Estás bien?-
pregunté a Gilbert mientras empezaba a apilar algunas latas en el compartimento, que anteriormente contenía los bidones de combustible. -Este sitio está bastante bien. ¿No crees?- dejé caer...

Nos habíamos convertido en nómadas perpetuos, siempre huyendo de la muerte que nos pisaba los talones. A lo largo de este tiempo habíamos tenido muchos compañeros de viaje y también habíamos perdido a otros tantos; y por duro que fuera, era imposible mantenerse al margen, con el corazón frío y no trabar lazos de afecto y amistad con aquellos compañeros, después de todo, era lo más parecido a una familia que podía recordar.

Miré el compartimento, ahora lleno de las latas que previamente estaban en el suelo, miré los bidones de combustible que reposaban sobre la hierba, miré de nuevo el compartimento, miré la ambulancia, miré los bidones de combustible, miré el compartimento... De un momento a otro me estallaría la cabeza y aparecería el cartel de "Game Over".

-No necesitarás repostar... ¿no?- le dije a Gilbert y suspiré, deseando que alguien tuviera por fin la solución a aquel endemoniado puzle

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Nadie les había encomendado una misión rescate, pero la pareja se había puesto el trasto al hombro desde el primer día. No porque quisieran convertirse en héroes de batalla ni mucho menos, pero andar entre los peligros de una ciudad en ruinas (o apocalíptica) era casi una de las pocas cosas que sabían hacer bien. Que no era lo más prudente, claro, pero en las circunstancias no había lugar para caer en pozos negros. Les había tocado la nueva gran guerra tras apenas concluida la anterior y aunque en el mundo previo les hubieran recetado una buena cantidad de medicamentos e incontables días de terapia y reposo, ya no tenían el lujo de elegir cómo querían vivir. La supervivencia en el día a día era excluyente y ni los hombres ni los muertos serían sensibles frente a un par de afectados por la empresa que quebrantó el mundo.

Tras la caída del asentamiento de Virginia Beach, donde algunos militares habían comentado ya la cercanía del Campamento de Atlanta, Pickton y Marianne habían pasado algunos días en la nada antes de encontrar el camino correcto. Si bien los Estados Unidos era el país natal de los dos, pocas veces Marianne había ido mucho más al sur de lo que le había exigido su carrera.

El camino de Virginia a Atlanta no había estado libre de amenazas, a pesar de todo habían encontrado a quienes luego serían componentes importantes del pequeño grupo explorador. Primero habían levantado a Ryan, un chico de unos veintiocho años que si bien no era un maestro en batalla sabía defenderse mejor que otros cuando los muertos aparecían al ataque: sus aptitudes eran natas y gozaba de gran velocidad para escapar de situaciones riesgosas. Poco después habían encontrado a Julio, el jardinero de origen mexicano de veinticinco años. Muy hábil con las tijeras de poda, que también iba camino a Atlanta en busca de su hermano mayor. Y por último se había sumado Lisa, una ex actriz doble de riesgo que se apuntaba a todo lo que tuviese 'PELIGRO' escrito en mayúsculas. Acababa de perder a su esposo cuando la cruzaron, así que no solo la salvaron de morir devorada por caminantes. Según ella, también la habían salvado desde un ángulo mucho más filosófico. Desde entonces los tres acudían con la pareja en cada exploración que ameritaba y aunque generalmente las cosas salían bien, esta vez habían sufrido un pequeño (gran) percance.

Pickton bufó y se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. Cerró el capó del coche con un golpe suave pero seguro.
No arranca.
Creí que en el ejército te enseñaban a no morir por estas cosas —dijo Ryan con tono burlón, sacando la cabeza por la ventanilla como un perro acalorado.
La última gasolinera la pasamos hace rato, puede que... —Pickton cortó a Marianne en la mitad de la frase:
Es el motor. No sirve.

Marianne salió del coche con un portazo y anduvo por la carretera unos metros, como si evaluara su alrededor. Pickton abrió el mapa y lo puso sobre el capó, al mismo tiempo Ryan le señaló sin muchas dudas el lugar donde se encontraban. El calor de la carretera se hacía insoportable, y no muy lejos había un pueblo en el que seguramente encontrarían cómo reparar el coche, pero coincidieron en que no sería prudente jugar a los exploradores con el sol ya tan cerca del horizonte.

Caminaron desde la carretera colina arriba, donde armarían un pequeño campamento para descansar de a tres mientras dos montaban guardia. Tras haber decidido dónde pasarían la noche y aprovechando los últimos rayos del sol, Marianne y Pickton realizaron una última recorrida antes de asentarse entre unos robles, pero un grito de dolor pidió ayuda con desesperación. Cuando llegaron hasta el alarido, la tijera de poda de Julio estaba clavada en el cráneo de un caminante errante pero el hombro de Lisa estaba teñido en sangre.

No hizo falta que ninguno dijera nada, todos sopesaban en torno a lo mismo.
Dejen de pensarlo tanto. Alguno tendrá que hacerlo. Como lo hablamos —Lisa estaba en lo cierto. Nadie quería transformarse en un monstruo de esos—. Vamos —urgió.

Los ojos de Marianne no salían de la herida, buscando una solución que no terminase con una bala en medio del cráneo de Lisa.

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Mensaje por Gilbert White el Sáb 20 Abr 2019, 13:20

Vernice parecía bastante ocupada con su nueva tarea. El Tetris era un juego muy divertido, pero no tanto cuando gracias a la cantidad de recursos, no podías dejar nada fuera de los pequeños compartimentos que teníamos para almacenaje. La ambulancia estaba hasta arriba de todo: medicamentos, munición, armas y comida; y el camión de bomberos, casi al 120% de su capacidad. Si bien era cierto que diez personas consumían bastante, estábamos teniendo mucha suerte y no hacíamos ningún derroche por muy bien que fuera todo.

Por mi cabeza pasó una pregunta que me cambió el rostro. ¿Qué pasaría si la ambulancia llegaba a su fin? Los compartimentos secretos, todos los refuerzos y arreglos que se le habían hecho para ser un vehículo preparado para arrollar masas ingentes de “esas cosas”.... Leonard, a pesar de no haber terminado sus estudios de ingeniería, mejoraba incluso las directrices que yo le daba; si alguien pedía una amortiguación muy rígida que pudiese cambiar a suave, él conseguía hacerla incluso electrónica, para no tener que bajarse del coche a cambiar la dureza. Era capaz de cambiar una transmisión y hacer cualquier tipo de arreglo a un vehículo en tiempo récord y con piezas, que aunque ahora tuviésemos repuestos, en un principio tuvimos que improvisar.

-No Vernice. Déjalo fuera, si Leonard consigue arreglarlo repostaremos los vehículos. Y no te preocupes, el material que te sobre podemos colocarlo en la parte de arriba, tengo cuerdas y gomas elásticas para asegurarlos a la baca.


No quise responderle a cómo me encontraba. Esa ambulancia llevaba bastante tiempo con nosotros. El accidente de la anterior nos había hecho recordar que los vehículos de nuestro viejo mundo no eran lo bastante buenos como para andar por el nuevo y apocalíptico, así que le tenía un poco de añoranza pero no quería preocuparla.

-Estoy bien, sólo dándole unas vueltas a la cabeza. Creo que tenemos todas las despensas llenas.- le sonreí -Eso es buena señal. ¿Sabes? He pensado en algo. Somos nómadas y a pesar de que este es un buen sitio, sabes lo que ha pasado otras veces que hemos permanecido demasiado tiempo....

No quería volver a discutir sobre “buscar un hogar”, “un lugar seguro”, “un sitio donde despertar e irse a dormir sin problemas”. Eso era engañarse, ya no podías dormir tranquilo en ningún sitio, ni despertar, ni quedarte bajos las estrellas sin haber puesto trampas que te alertaban si alguien se acercaba al perímetro. Un caminante no podría hacernos nada, una docena podría darnos problemas para eliminarlos, pero ahora y desde hacía ya bastante tiempo, los que quedábamos vivos eran más peligrosos si cabía, que los que caminaban ya muertos. Los saqueos, los robos, los asesinatos, las muertes, y todo tipo de denigrantes acciones, eran cometidas en esta nueva sociedad impunemente. Suspiré.

-Descansaremos aquí. Estaremos hasta que nuestras provisiones quepan en los vehículos.


Sonreí señalando las cajas amontonadas que metía y sacaba intentando que de alguna forma ocupasen menos espacio. Ella sabía que no era posible, pero seguía dándole vueltas. Además de ser alguien muy inteligente era lo más cabezón que nadie hubiese encontrado, y a mí me gustaba....

-Tengo una idea bastante buena Vernice. Aún está verde, da vueltas en mi cabeza y estoy madurándola, pero puede que tengas razón.- dije otorgándole todo el beneficio y quitándole cualquier duda. “Me estaba ganando....” -Creo....- dije dulce y casi rocé mi mano con la suya -que tienes razón, deberíamos dirigirnos a Atlanta, puede que el campamento que hay ahí, si no a todos....- tragué saliva -puedan acoger a algunos de nosotros.

En ese instante, Niebla que había estado vigilando por su parte y reconociendo el terreno, saltó en medio de los dos jugueteando entre nuestras piernas, lamiendo nuestras manos.

-¿Qué pasa chica?- dije acariciando un poquito su lomo, pero ella esta vez, estaba más interesada en Vernice, mordía su pantalón y tiraba de ella en dirección a la comida. ¿Qué pasaba? ¿Nadie le iba a echar algo de comer? Puse la mano en su hombro, en el de Vernice, y le hablé. -Creo que te llaman a cocina. Luego seguiremos hablando.

En realidad, quería saber qué pensaba de todo aquello. Llegaría el momento en que necesitaríamos un vehículo más grande, y poco después, un lugar donde asentarnos. Pero no quería dar mi brazo a torcer, hasta al menos no conocer de quiénes se trataba.

___________________________________________________________________________________

Después de la comida, demasiado copiosa para mi gusto, los niños yacían en el suelo exhaustos de correr, jugar, pero sobre todo del abundante almuerzo de Lana, de seguro esa mujer, el día que llegásemos a un lugar en que hubiera horno, nos cebaría a todos como en el cuento de Hansel y Grettel.

La tarde había pasado lentamente y Leonard ya llevaba más de dos horas con el motor. Me acerqué a él llevando una botella de agua para que se refrescara.

-¿Cómo va eso Leonard?- dije antes de amartillar la pregunta -¿Es grave?- dejé caer.

-No no, no te preocupes. Tan sólo una piedra que debió golpear la bomba del agua, por eso se había calentado tanto el motor. Gracias a dios no lo hemos forzado. De hecho Gilbert, teníamos repuesto, la he ajustado y ahora estoy aprovechando para hacerle los cambios. Quizá debiéramos ponerle alguna protección más por debajo para estos casos, ahora que tiene la amortiguación alta las piedras no rozan pero al entrar por algunos caminos una desafortunada puede romper algo importante y que no tengamos recambios. Ya he anotado todo lo que nos hace falta reponer.

-Genial.- dije golpeándole en la espalda.

Todo lo llevábamos anotado en una libreta de recursos y rutas, cada lugar que visitábamos dejábamos su ubicación exacta y qué podíamos encontrar ahí: actividad de caminantes, humanos y sobre todo, dónde habíamos dejado alijos de recursos escondidos.

De nuevo Niebla hizo aparición. Un ladrido seco y un gruñido indicaba que alguien venía por el lado este de la colina. Desde abajo no se veían nuestros vehículos así que fuera lo que fuese que había olisqueado ella, no nos había visto todavía, aunque esas cosas tenían un olfato muy fino.

-¡Emma!- dije a la muchacha que andaba por ahí cerca peinándole el pelo a Sam -Viene alguien. Todos a vuestros sitios rápido.

Emma hizo la señal de alerta a Sam y ambos corrieron de la mano para avisar a Vernice. Gracias a la buena costumbre de recogerlo todo, en un par de minutos estarían metidos en el camión y preparados.

-Leonard, sepárate del grupo y observa.

El joven ingeniero tomó un arma de precisión y se adentró en unos arbustos a unos cincuenta metros aproximadamente y desde los que podía ver todo el ascenso a la colina, el pueblo y la carretera que circundaba el mismo. Tomé mi escopeta de corredera comprobando que estuviese cargada y revisé también mi beretta, cargador más una en la recámara, volviéndola a meter en la funda de mi chaleco.

Un grito heló mi sangre. Alguien en la base de la colina había gritado, aún a bastante distancia como para distinguir un par de caminantes seguía a un pequeño grupo de personas a unos trescientos metros de nosotros. Me agaché esperando a ver qué ocurría, aún estaban lejos. Leonard esperaba mi señal tanto para ayudarles con los caminantes como para defendernos en el caso de que fueran hostiles.

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Después de una abundante comida me había permitido el lujo de echar una pequeña siesta. Esta noche tenía quequedarme haciendo guardia y claro, un descanso a estas horas era casi obligatorio. Me había encaramado en el techo de la autobomba forestal para disfrutar de la sombra fresca que proyectaban las ramas de los robles sobreel vehículo, mientras mordisqueaba una brizna de hierba entre los dientes y daba rienda suelta a mispensamientos.

Me dejé dormir saboreando el dulce sabor a triunfo que me concedían las palabras de Gilbert: "Creo.... que tienes razón", pero sobre todo me entretenía pensado en: "Deberíamos dirigirnos a Atlanta, puede que el campamento que hay ahí, si no a todos.... puedan acoger a algunos de nosotros." Llevaba mucho tiempo deseando volver a
tener un hogar, un sitio seguro para nosotros y todos nuestros compañeros de viaje, y no habían sido pocas las discusiones que habíamos tenido por nuestros divergentes puntos de vista al respecto. Pero parecía que empezaba a entrar en razón.

Por lo pronto tenía que concentrarme en: "Descansaremos aquí. Estaremos hasta que nuestras provisiones quepan en los vehículos." Así podría prolongar nuestra estancia en aquella colina de Villa Rica todo el tiempo que quisiera de forma artificial, lo único que debía hacer era ir a escondidas a por más suministros cada día, de modo que nunca hubiera suficiente espacio en el camión para llevarlo todo. Un plan maestro. Y pensando cada detalle del mismo me dejé dormir.

_______________________________________

Andaba sumida en un profundo sueño cuando el grito de una voz femenina me despertó. Ya había tenido muchos más despertares como ese, de hecho, dada la profesión que había desarrollado durante toda mi vida "civilizada", los despertares bruscos eran el pan de cada día. Me di la vuelta sobre mí misma sin erguirme, para no quedar a la vista de quien hubiera proferido ese grito, desde el suelo la visión en perspectiva del techo del camión debía de tapar mi silueta. Me arrastré todo lo silenciosamente que pude, hasta el borde trasero de la autobomba, y me asomé hacia abajo para ver qué sucedía.

Las palabras de Emma, Leonard y Gilbert eran apenas susurros y se movían desenfrenadamente de un lado a otro. Leonard inmediatamente se escondió entre los arbustos con su arma de gran calibre y Emma guiaba a Sam, los niños y el anciano matrimonio, de vuelta al interior de la cabina de autobomba. Era el protocolo habitual: que todos ocupasen sus puestos en los vehículos para tener la huida preparada ante cualquier señal de peligro, justamente por eso, solíamos descansar sobre los techos de los vehículos manteniendo las ventanillas de los mismos abiertas.

Al alzar la vista al horizonte, al pie de la colina sobre la que estábamos asentados, me pareció divisar un vehículo y unas cuantas siluetas moviéndose. Sin duda debían de ser ellos los autores de los gritos pero, ¿quiénes serían? ¿Hospitalarios u hostiles? Muchas malas experiencias anteriores nos habían enseñado a ser precavidos, casi puede que en exceso, así que me erguí en cuclillas sobre el techo sacando la pistola de su funda, aquella beretta que me había dado Gilbert y que tanto le había costado enseñarme a usar, y poniéndome alerta ante cualquier acción agresiva por parte de esos desconocidos.

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La tensión dentro del grupo era extrema. Lisa no dejaba de sangrar por el cuello, manchando su camiseta y lloraba ya sin ruido. Las lágrimas le corrían por el rostro, más asustada de volverse uno de aquellos seres que de otra cosa.
No pensaba que sería yo la primera en irme, Mex —le dijo a Julio con media sonrisa mientras se limpiaba el rostro de lágrimas— Siempre creí que un niñito de tu edad sería la primera víctima —su risa se convirtió en tos y por su rostro se notó que le dolía al hacerlo— Y si no fuera por ti, me habría devorado hasta las tripas. Qué cosa el karma, ¿eh?

Julio también lloraba, aunque intentaba disimularlo. Desde el principio había estado tras Lisa y lo sabían todos. El pobre había creído que, después de tanto tiempo juntos, la mujer acabaría dándole una oportunidad, ser algo más que compañeros, pero la escena borraba toda expectativa. Se puso en pie y quitó las tijeras de podar de la cabeza del monstruoso asesino de su amiga. Aprovecho al limpiar la sangre espesa y podrida entre unos arbustos para alejarse y llorar tranquilo.
Ryan estaba de rodillas junto a la mujer, tomándole la mano que se volvía fría. Su cuerpo empezaba a cubrirse por un sudor helado y un par de círculos violáceos comenzaba a hacer presencia en su rostro.

Marianne observaba con una frialdad no muy propia de su persona, de pie y confundida. Pickton se acercó a ella bloqueando a los demás de su campo de visión.
¿Qué pasa?
Si hay uno, puede que haya más. Un disparo no es la mejor manera pasar desapercibidos.

Marianne no lo miró, volviendo a fijarse en Lisa sin contestar. Sabiendo que Pickton tenía razón.
Se arrodilló junto a Lisa y le limpió las lágrimas de los ojos, sonriéndole con ternura. Le acomodó el cabello y le impresionó que no lograra contagiarse del llanto. Lisa había sido la última en integrarse al grupo, no por ello era menos importante. Y además de todas las aventuras y desaventuras que habían pasado juntos había demostrado ser una persona brillante, amable y leal. Sin embargo sus lagrimales seguían secos.

Julio se acercó de entre los arbustos con cara de preocupación, Pickton podía olerlo.
Ahí vienen, no llegué a contarlos. Puede que... ¿veinte? —su respiración se había acelerado y casi trastabillaba por los nervios. —Pero están algo lejos.
La colina los ha de estar deteniendo un poco.
Si vamos más arriba tendremos más tiempo.

Se miraron entre todos y todos los pares de ojos quedaron clavados en Lisa. Ninguno dijo nada hasta que, y contra todo pronóstico,la voz de Pickton se hizo escuchar.
Podemos cargarte lo que dure, Lisa. —No era lo más inteligente pero Pickton sabía -aunque a veces parecía que lo olvidaba- que ya no estaba en el ejército. Y si realmente eran veinte, acabarían con ellos sin más bajas que Lisa, ya lo habían conseguido antes. Como fuese, tendrían la posibilidad de verlos mejor camino arriba—. Pero tenemos que irnos ahora.

Lisa no se animó a oponerse a ninguna de las dos cosas. A pesar de que habían hablado de cómo reaccionarían en el peor de los casos, ninguno quería despedirse de ella antes de lo necesario. Pickton la cargó con facilidad y emprendieron el camino colina arriba. Los caminantes venían por detrás, poco a poco podían escucharse sus gruñidos como susurros constantes del bosque. Marianne paró en seco cuando descubrió a un tirador más adelante, señalando entre los árboles. El grupo siguió su ejemplo, aunque Ryan no dejaba de mirar nervioso hacia atrás.

Tenemos un grupo de esos bichos pisándonos los talones. No estamos buscando problemas, solo terminar con ellos y despedirnos como corresponde de nuestra amiga —ninguno en el grupo le negaba el liderazgo a Pickton, pero el hecho de estar entre un tirador -uno que veían, al menos- y unos veinte caminantes empezaba a ponerlos nerviosos.

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Mensaje por Gilbert White el Miér 24 Abr 2019, 20:47

Comprobé que todos tenían una buena posición. Por el gesto de los chicos que subían, habían descubierto a Leonard y seguramente intuirían, que en lo alto de la colina había un grupo de gente, eso era buena señal. Independientemente de que no íbamos a dejarles ahí a su suerte, lo que menos quería era que atrajesen hacia nosotros a un grupo de caminantes, así que ordene a Leonard que empezara a hacer fuego, ya que con su silenciador no atraería a más de esas cosas.

-¡Emma!- dije alzando la voz para que me escuchasen ellos también. -¡Ayúdales a que no desactiven las trampas!

Me hice visible alzando la mano que no portaba el arma en señal de saludo, dos de ellos iban uniformados con ropa militar y pude distinguir que el que transportaba a la herida, tenía el rango de sargento, pero tampoco quise descuidarme ya que, mucha gente podía vestirse con ropa militar, de hecho, ni siquiera el ejército era ya tal. Había visto muchos soldados convertirse en algo que hubiera deshonrado nuestra bandera.

-¡Seguid recto y no tropecéis con los alambres!- alcé la voz mientras Emma se dirigía a indicarles el mejor camino por el que subir.

Leonard abrió fuego sobre los caminantes que más cerca tenían. El silenciador de su arma hacía casi inaudible el sonido de su disparo.

-¡Koi!- dije intentando sacar al pelirrojo de su letargo -Ayuda a Emma con los heridos y traedlos hasta el camión.

La jovencita asintió con su cabeza, sabiendo que no quería que se pusiera en peligro. Leonard salió de su escondite mientras volvía a cargar su arma. Ya había diezmado a los caminantes que seguían a ese grupo, debíamos intentar que no alcanzaran el perímetro de seguridad y poner a salvo cuanto antes a los visitantes. El pelirrojo no se había movido mucho, como era de esperar.

Ellos eran un grupo de cuatro, aunque una de ellos no tenía muy buena pinta y su esperanza de vida estaba bastante mermada, pero al menos sabían que nosotros éramos más de cuatro. Les superábamos en número, en armamento y en posición. Al verles más de cerca eso ya no me importo tanto, no parecían mala gente, de hecho alguien que no abandona a sus heridos ya puede contar con todos mis respetos.

-Mi nombre es Gilbert.- dije cuando llegué a su altura. -Emma, llévalos hasta la ambulancia, intentaremos curar sus heridas.

Aunque vista más de cerca, a esa chica sólo podríamos aplicarle morfina para el dolor y que una vez se
despidieran de ellos, sedarla para que no sufriera en sus últimos momentos. Al fin apareció Koi y ayudó a Emma con la chica herida.

-¿Vosotros dos nos ayudaréis a eliminar a vuestros perseguidores?-
dije como una pregunta mientras extendía mi brazo para saludar.

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Vaya despertar abrupto para una siesta. Desde el techo del camión aguanté la respiración esperando a ver las acciones de los recién llegados y cómo se desarrollaba la situación. Gilbert solía ser muy cauto e incluso desconfiado con los desconocidos, pero en este momento estaba ofreciendo nuestra ayuda a aquel grupo de personas que llegaban perseguidas por los caminantes, aunque bien podía tener algo que ver con el uniforme militar que ellos vestían. Era hora de ponerse en marcha.

Guardé la pistola en la cinturilla del pantalón, luego en cuclillas caminé hasta el techo de la cabina del camión y me introduje por la ventanilla abierta con un movimiento rápido.

-¿Qué está pasando Vernice?- preguntó Lana con cierto gesto de preocupación.

-Viene gente. Ya sabéis, no hagáis ruido. Whilhelm cúbrenos con la ballesta desde la ventanilla, y si la cosa se complica arrancáis y nos vemos en el punto reunión.

Abrí la puerta del copiloto, no visible desde el ascenso a la colina, y salí al exterior. Sobre la explanada Gilbert y los otros soldados estaban entretenidos en las presentaciones y bienvenidas.

-¡¡Eh!! ¡Soldaditos! ¿Vais a echarnos un cable o qué? ¡Ya tendréis tiempo de contar batallitas después! ¡¿Vamos a matar a los muertos?!

Poca era la simpatía que solía sentir por los militares, y para todos los miembros del grupo, creo que era ya algo conocido. No quería parecer desagradable pero ahora mismo, la prioridad era deshacernos de los caminantes que acabarían por invadir el "campamento" si no hacíamos algo rápidamente y no estaba dispuesta en ningún modo a permitir eso, al menos ahora que había convencido a Gilbert para quedarnos ahí descansado un tiempo.

Cogí las armas del compartimento lateral de la autobomba y corrí bordeando nuestra posición y cubriéndome entre los arbustos, sorteé con cuidado y sigilo las trampas (elaboradas con cuerdas elásticas del equipo de escalada, cencerros y latas) y avancé unos veinte metros más cubierta entre la maleza, hasta quedarme al final del ascenso a la colina. Leonard, desde lo alto de la explanada, disparaba a los caminantes que llegaban desde el oeste y Gilbert estaba recibiendo ya a los desconocidos, por lo pronto seguían sin parecer peligrosos.

Avancé un poco más hasta más o menos calcular que el disparo podía ser eficaz, y tras amartillar la corredera, disparé haciendo que la dispersión derribara a tres de ellos. Atraídos por el ruido, otros dos caminantes, empezaron a acercarse hacia mí, desenganché el hacha pulasky del broche del cinturón y avancé unos cuantos metros para ocuparme de ellos cuerpo a cuerpo.

El más cercano estaría a unos tres metros de mí, corrí bordeándolo un poco y gracias a su torpeza, conseguí colocarme detrás y clavar la hoja sobre su nuca, dejándolo por fin fuera de juego. Apoyé el pie sobre la espalda para volver a liberar el hacha, cuando el segundo caminante se encontraba ya a dos metros de donde yo estaba. Levanté el antebrazo para preparar la defensa ante su mordisco, colocando el brazo bajo su mandíbula, y clavé el pico del hacha en el cráneo que crujió de un modo desagradable.

Esta primera oleada ya no daría más problemas, Leonard se había desecho de siete u ocho que llegaban por su lado, pero a lo lejos, como unos treinta metros de distancia, otra segunda ronda de caminantes continuaban con su paso lento pero constante, hacia la cima de la colina.

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