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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Ava Aiken

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Michael estaba furioso, lo sabía por la rabia que se reflejaba en sus ojos, idéntica a la que su madre irradiaba cuando se salía de sus casillas. –¡¿Quieres que pase lo mismo de la otra vez?!- Estaba demasiado tenso para controlar mi tono de voz o incluso lo que decía a ese punto. No quería ser duro con él, pero tampoco podía ser suave. Michael apretaba los puños tan fuerte que sus nudillos se habían puesto blancos. Por la forma en que me miraba directamente se notaba que quería gritarme toda una vida pero no se atrevía a estallar por respeto, ¿O por temor? Realmente no tenía idea. Yo solo temía por no poder controlar mi lengua por la tensión y terminar hiriéndolo sin querer. –Volveré a checar las puertas.- Masculló en voz muy baja como si estuviera guardando un secreto. –¡¿Qué?! ¡Más fuerte, Michael!- exclamé cruzando los brazos, poniendo esa expresión de ”A ver si te atreves a contestarme”. –Que volveré a checar las puertas.- Pronunció en voz alta. Sus ojos se habían puesto rojos, como si se estuviera conteniendo las ganas de llorar por la rabia. –Pues anda en lo que preparo esto.- contesté fríamente. Odiaba ser el “malo”, pero desafortunadamente mi hijo no obedecía de otra forma. Antes de que cambiara el mundo, jamás me imaginaba llevándome así con Michael, pero bueno, si de aquella forma podía mantenerlo vivo, podría soportar un poco de rencor.

Cuando Michael desapareció por el arco que dividía la sala del comedor, me viré de nuevo hacia las ventanas para taparlas con unas cobijas oscuras que encontré en las habitaciones de la casa. Habíamos dado por casualidad con un barrio residencial desierto que se encontraba a cuarenta minutos a pie de un pueblo, el cual en el pasado debió ser considerado como una pequeña ciudad por lo grande que era. Sin lugar a dudas era menos peligroso quedarse en el barrio que en la pequeña ciudad, es decir, al menos aquí teníamos mayor campo de visión y menos caminantes circulando por las calles. Moví los muebles de la sala para hacerle espacio a los colchones que bajaría de las habitaciones. En caso de tener que salir a prisa o encontrarnos con gente indeseable, era mejor estar cerca de las puertas. Estaba cansado, hambriento y la tensión no se había disipado del todo cuando regresó Michael. Cenamos una lata de duraznos en almíbar. Tanto él como yo tuvimos que contener la respiración para no sentir el sabor porque detestábamos la fruta en conserva, pero era lo que había y estábamos agradecidos por ello. Mientras me acomodaba en mi respectivo colchón, miraba a mi hijo dándome la espalda, sin saber cómo pedirle disculpas por haberme puesto de ese modo momentos atrás.

Pensé que se le pasaría después de una larga noche de sueño. No pude estar más equivocado. -¿Michael?- Pregunté temeroso de confirmar lo que sospechaba. No hubo respuesta. Supongo que estaba demasiado exhausto para darme cuenta o se había vuelto lo suficientemente sigiloso durante estos dos años de terror, porque se había marchado dejando la puerta entreabierta. Lo siguiente que supe fue que estaba corriendo como un demente por la avenida principal del barrio gritando su nombre.

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Aunque podía pasar mucho tiempo en la tranquilidad y seguridad del cuartel con Edmond y los demás, de vez en cuando le gustaba salir a ella misma a buscar suministros, médicos especialmente; que es para lo que realmente ella sale, porque algunas veces se ha encontrado con una que otra planta medicinal y se la ha llevado para intentar cosecharla en el lugar aunque aún sin mucho resultado. Aunque por los momentos esa salida no había tenido muchos frutos para ella como médico, pero seguro Edmond estaría encantado con la munición que encontró en algunas casas. Tenía algún tiempo de haber salido del cuartel y por los momentos estaba caminando por las afueras de un pueblo un tanto grande. Antes de eso pasó dos años vagando ella sola, y a la larga en aquellos momentos le gustaba más, puesto que sabía que tendría un lugar seguro al cual regresar; y después de pasar dos años sola… bueno, ya podía defenderse bastante decentemente.

Salem estaba en su hombro bastante bien afianzado solo buscando ser centro de atención y mimado como de costumbre. Habían pasado la noche en una pequeña casa muy alejada de todas las demás y del pueblo, de camino a un caserío cercano. En dicha casa es donde habían conseguido la munición que tanto desagrado le causo al gato que incluso se mostraba indignado solo por llevarla cerca de él. Mientras caminaban buscando posibles lugares donde podrían encontrar más cosas y tachaban de su improvisado mapa donde ya no habían encontrado nada. El lugar favorito de Salem fue donde encontraron un poco de comida para gato que él se devoró sin dudarlo; sin siquiera dejar para luego, porque literalmente metió la cabeza en el saco y se acabó todo de una sentada.

Luego de caminar un rato estaban rebuscando dentro de otra casa del camino cuando escucharon unos gruñidos y Salem de inmediato se escondió bajo un sofá. Pero ella, como buena curiosa se asomó a una ventana para ver qué tan lejos estaban los bichos. Sorpresa la suya al notar que los bichos estaban corriendo detrás de un niño, sin siquiera reconocerlo aún, corrió a tomar su cuchillo para salir a ayudarlo. Mientras corría a él, lo identificó sin poder creerlo y solo aumentó su velocidad dándole oportunidad de matar a un caminante y haciendo acopio de su poca fuerza tomarlo de la mano y correr con él directo a la casa donde estaba Salem esperándola en la puerta preocupado por ella. A duras penas logró empujar a Michael dentro y cerrar la puerta con pestillo y con la ayuda del niño trabar la puerta con un mueble y revisar las otras puertas para cerrar. Una vez ella segura de que estaban a salvo dentro, verificó por otra ventana cuantos bichos había fuera. Quedaban solo dos luego del que ella había eliminado.

Seguidamente respiró y se sentó frente a Michael en la sala y solo lo abrazó con fuerza casi maternalmente, esperando que él la recordara porque si no sería algo extraño. –Michael, me alegra verte bien, has crecido mucho. –Le dijo soltándolo y mirándolo con una sonrisa. –¿Dónde están tus padres? –Su voz siempre dulce denotaba algo de miedo, ella realmente no quería escuchar que Leon y Thilda ya no estaban, pero si así era… ella se encargaría de Michael sin dudarlo; lo haría por cualquier otro niño, pero él… Él es el hijo de quien fue su primer amor, y así le doliera un poco aún todo aquello, este merecía todo el cuidado y la protección del mundo, y quien quita, quizás hasta se llevara bien con Alan. Ella notó en su cara que no parecía reconocerla y que solo se había quedado allí para huir de los zombies. La mujer suspiró y lo soltó. –Soy tu traumatóloga, la amiga de tu mami. La doctora Hoffman. –Le contó esperando que él la reconociera.


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-¡Michael! ¡Michael!- Había dejado de pensar racionalmente cuando me di cuenta de que mi hijo se marchó. Sabía que probablemente gritar su nombre mientras corría por la calle principal del vecindario no era la mejor idea porque, no solo era improbable que me contestara, sino que llamaba la atención de los muertos. En cuanto vi a un caminante por la acera virándose hacia el origen del ruido, me detuve jadeando para aclarar mi mente. Miré en todas direcciones tratando de buscar alguna señal, algo que inconscientemente hubiera dejado Michael al marcharse. A mi mente llegaron recuerdos de cuando era más joven y mi padre trató de llevarme de cacería. Me maldije mentalmente porque de haber escuchado al viejo, quizás sería más observador con mi entorno y notaría las diferencias que no estaban ahí el día anterior, como un cazador que sigue un rastro. Mientras el caminante avanzaba en mi dirección, yo observaba con detenimiento toda la calle en busca de alguna pista que me ayudase a dar con el paradero de mi hijo. –Ya, carajo.- murmuré irritado porque los gruñidos del caminante no me dejaban concentrarme. Le clavé el hacha en el cráneo y una vez en el suelo, le puse un pie en la cara para tener un punto de apoyo al quitársela.

Mientras limpiaba mi hacha en la ropa del muerto, vi de reojo algo brillante que no había notado antes. Me erguí colocando el hacha en mi cinturón y avancé hacia lo que parecía ser una envoltura de aluminio para una barra de cereal. La reconocí al instante porque fue parte de lo que encontramos en la casa en el momento de la inspección. Michael había pasado por ahí. Por el sitio donde lo encontré, deduje que Michael siguió avanzando en dirección al pueblo, hecho que comprobé cuando me encontré a medio camino un caminante con una flecha en la boca. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda al imaginar a aquel muerto sobre el pequeño cuerpo de Michael, porque de otra forma, no podía imaginarlo alzando la ballesta lo suficientemente alto para darle en la boca de en tal ángulo como para alcanzar el cerebro. Debió estar muy asustado.

Me recargué en una cerca de madera porque empezaba a invadirme el pánico pensando en lo peor. “Michael es un niño fuerte, Michael es un niño fuerte, Michael es un niño fuerte…”, me repetía mentalmente para tratar de convencerme. Esto no era como prepararse antes de salir a escena, donde sólo tengo que repasar mis diálogos mentalmente, respirar hondo y vocalizar, esto era la maldita vida real, era el maldito mundo podrido en el que ahora vivíamos. Cerré los ojos a la vez que empezaba a masajear mis sienes. Era demasiado pronto para imaginar el peor escenario y Michael sí era un niño fuerte, pero aunque fuera así, el pensamiento estaba alojado ahí. Michael no era tan tonto para no volver por su flecha a menos que estuviera siendo perseguido por más de un caminante. Con esto en mente, volví a ponerme firme. Le quité la flecha al cadáver agitándola un poco para quitarle los restos de materia gris. –¡Michael por favor, deja de jugar, maldita sea!- No debía estar muy lejos.

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Michael había tenido un descuido extraño y en lugar de que su padre se preocupara no paraba de regañarlo. El adolescente le gustaba revisar las puertas más de una vez, pero ese día en especial se sentía deprimido. ¿Qué si quería que pasara lo mismo? Claro que no. ¿No sería su padre quien lo deseara? Casi no hablaban de lo ocurrido y ahora se lo decía de esa forma. No pudo controlarse más y miró a los ojos a Leon como si estuviera a punto de estallar. Quería gritarle, mas el respeto que todavía le quedaba por su progenitor y una pizca de terror al verlo así con él lo impidió. Asimismo, no podía negar que sí pudo haber ocurrido algo por no revisar la maldita puerta.

Volveré a checar las puertas —dijo casi en un susurro mientras bajaba la cabeza, pero sus puños seguían apretados y encima de todo su padre lo obligó a repetir lo que había dicho. Para alguien de su edad ya podía verse como algo humillante. No era un inútil… Sólo había olvidado la revisión. Obedeció molesto y se fue, sin que el enojo bajara ni un poco. La cena, que lo empalagó, terminó por empeorar el día. Se pasaba los trozos de durazno casi completos para no saborearlos. No le había vuelto a hablar a Leon en lo que quedaba del día, y tampoco lo hizo en ese momento. Quería irse, pero la única forma de hacerlo era asegurarse de que él, el asesino de su madre, no se diera cuenta. La ira no le permitía razonar del todo bien, pues muy en el fondo sabía que su madre ya había sido mordida por los infectados y eso hacía menos culpable a su padre. Tenía llena la cabeza de pensamientos que se repetían uno tras otro en una marcha interminable que no le iba a permitir conciliar el sueño. Seguía él… Iba a morir y en manos de su propio padre. Parecía tan real la corazonada, la idea repetitiva. Aguantó las lágrimas y como era de esperarse, durmió después de unas horas, mas por cansancio, porque su cuerpo no pudo más, pero no tardó en volver a despertar. Se levantó sin hacer mucho ruido y vio dormir a Leon. Se alejó para poder revisar su mochila y, seguro de que traía sus cosas, volvió a examinar a su padre. Tomó su ballesta. Estaba nervioso y no del todo decidido, pero al final salió con sigilo por una de las puertas y comenzó a alejarse.

Minutos después el niño corría de los infectados tan rápido como podía, con la agilidad propia de su edad, ya más asustado que enojado. La mochila era un peso, pero no la abandonó. Había sido un tonto al escaparse y ahora en verdad estaba a punto de ocurrir lo que tanto había temido: La muerte. Si hubiera sido uno otra vez y no tres, tal vez habría podido defenderse, incluso acabar con él con la ballesta como un poco antes había hecho con otro, pero no le quedaba otra opción en ese momento que una carrera por su vida. Estaba seguro de que ya no había salida y llamó mentalmente con un grito a su madre, como en las noches que tenía pesadillas cuando era un niño pequeño, sin embargo, de pronto la que apareció fue una mujer, quien tras matar a uno de aquellos monstruos lo llevó consigo de la mano. Lo primero que pensó Michael fue que de alguna manera la súplica a su madre había sido escuchada, pero también fue un golpe a su orgullo.

Había estado demasiado cerca la muerte, sin duda. Cuando entraron a la casa ayudó a aquella mujer a cerrar la puerta. Respiraba agitado y su corazón todavía estaba demasiado acelerado. Ella lo abrazó y lo llamó por su nombre. Hacía mucho que no recibía un abrazo y se sonrojó, pero más importante, estaba confundido. ¿Lo conocía? ¿Qué ocurría? Su voz era dulce, pero la pregunta que le hizo era incómoda y Michael no respondió de inmediato, además, no podía quitarse de la cabeza al infectado que lo había tirado al suelo y casi lo muerde, cuando todavía no se había alejado tanto de la casa donde dejó dormido a su padre. La doctora Hoffman… El apellido hizo eco en su mente y la miró sin poder creerlo. Había escuchado su nombre muchas veces a lo largo de su vida, pero no podía ser verdad. ¿Se trataba de una trampa? Imaginó que había salido de un problema para meterse en otro. Se aferró a la ballesta y fingió que trataba de recordarla.

¿Hoffman? —preguntó muy tímido. La única salida era actuar e intentar irse antes de que le quitara sus cosas, lo que seguro era su intención, pues había aprendido a no confiar en otros, pero la voz de ella era tan dulce. Volvió a sonrojarse mientras recordaba un momento muy vergonzoso, sin poder entender que de verdad se tratase de la persona que pensaba… ¿Había tenido tanta suerte y encima de todo después de haber hecho algo malo como fugarse? No podía ser.

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Ella notó que el niño estaba mirándolo desconfiado y bueno… hacía bien, no puede solo confiar en el primero que se le cruce. Y ella entendía que no la recordara porque de eso tenía ya varios años. Así como el niño se sonrojó ligeramente por la vergüenza, ella recordó la escena con mucho cariño y la hizo sonreír mientras le asentía. –Así es Michael, yo te puse el guante de samurái, espero que no te sigas subiendo a arboles sin tener cuidado. – Aquel consejo se lo había dado cuando sus padres no miraban para ganarse la confianza del niño aquella vez y que la dejara revisarlo. El consejo fue simple, “Si dejas de montarte en árboles, no mejorarás en ello, pero ten cuidado con las ramas finas, esas siempre te hacen caer”. Aquella vez se ganó una sonrisa del niño y este una paleta por su parte, y otra que le dio al terminar la consulta y salir con su yeso. Incluso le dio una a Leon solo por hacerla reír de aquella manera aquel día.

Más de una vez se llegó a lamentar el haber puesto primero su carrera, o el no hacer un esfuerzo por intentar seguir con él, pero las cosas eran como eran, y si el destino había decidido que él terminara con Thilda por algo seria. Estaba notando que el ruido de los caminantes estaba alterando al niño, por ende lo miró con dulzura y se levantó sacando su cuchillo. Ella no solía hacer eso, si podía solo esperar a que se fueran lo hacía y ya, pero debía darle a Michael una sensación de seguridad hasta que lograra sacarle que pasó con sus padres. Con algo de esfuerzo movió los muebles y abrió un poco la puerta usando su poca fuerza para evitar que entraran mientras le clavaba el cuchillo en el cráneo, primero a uno y luego al otro, hasta que finalmente el ruido cesó. Apartó como pudo los cuerpos y volvió a cerrar la puerta para regresar con Michael. –Muy bien, ahora si estamos a salvo. –En eso Salem se acercó al niño para pasearse por sus piernas y ronronearle buscando su atención. –Le caes bien. – Su tono fue casi de complicidad. En eso escuchó una voz conocida a lo lejos, ese era Leon. Ella estaba totalmente segura, podría reconocer la voz de ese hombre donde fuera, miró inquisitivamente a Michael porque no le costó hilar lo que pasaba al escuchar las palabras de Leon llamando a su hijo. Ella negó a la mirada de súplica que le dedicó el muchacho, dándole a entender que no quería que su padre supiera. –Primero, no podemos dejarlo allí fuera, es peligroso para él y está haciendo mucho ruido. Y segundo, nunca debiste alejarte de él, eres un niño Michael y es peligroso, sigues vivo cariño y eso es un milagro, pasara lo que pasara… no debes ponerte en peligro ¿Si? Voy a ir a buscar a tu padre, si quieres quédate aquí o sube a revisar las habitaciones, pero no salgas de la casa por favor. Confía en mí. –Le pidió antes de acariciarle el cabello. –Y si es que tuviste problemas con ese regañón ya lo resuelvo yo. –Dicho eso caminó de nuevo hacia la puerta y antes de salir volteó a verlo. –Cuida a Salem por mí mientras regresamos. –

Salió directo a buscar al hombre, y aunque es una adulta no pudo evitar que su corazón se pusiera pequeño al verlo y solo correr directo a él y lanzarse a abrazarlo con toda su fuerza, terminando por ocultar su cara en el cuello del hombre y acurrucarse allí casi como si fuera una niña buscando protección, y que quede claro, tuvo que saltar para poder hacer aquello, porque ella pequeña y él tan gigante la tarea fácil no sería. –Leon. –Le susurró sin apartarse solo para que la reconociera.


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Seguía en medio de la calle mirando en todas direcciones para ver si encontraba algo más que me ayudase a dar con el paradero de mi hijo. —Michael, ya basta, esto es serio.— Pronuncié en voz alta mientras echaba rápidas miradas sobre las cercas del barrio con la esperanza de ver al menos su cabello castaño sobresaliendo por los picos de madera. Continué llamándole por su nombre sin importarme las consecuencias que eso acarreara, porque confiaba en mi agilidad. Una vez que lo encontrara, no dudaría en saltar a la acción y deshacerme de cualquiera que atentara contra nuestras vidas, fuera una persona viva o muerta. Como me encontraba en ese momento sentía que podría aniquilar una centena de caminantes sin problemas. Escuché un sonido seco por algún lado, como un saco de arena cayendo al piso, pero me distrajo un caminante que por mi desesperación dejé que se acercara demasiado. Me viré a clavarle el hacha soltando una maldición.

Cuando saqué el hacha de su cabeza destrozada, decidí que tenía que tomarme un momento para serenarme, porque estaba siendo irracional. Cerré los ojos dejándome envolver por una oscuridad imaginaria. Repasé mentalmente los sitios anteriores en los que estuvimos antes de asentarnos en aquella casa, tratando de recordar si en algún momento Michael se vio interesado por alguno en especial porque conociéndolo, regresaría a cualquier espacio que le diera alguna clase de seguridad. Mis pensamientos se vieron interrumpidos abruptamente cuando sentí que se me abalanzaban encima. Mi cuerpo se balanceó hacia adelante porque el peso de quien se había colgado de mi cuello hizo que perdiera el equilibrio momentáneamente. Sólo veía cabello oscuro y desconocido tapándome la cara. Instintivamente empujé con fuerza a la persona que me rodeaba con sus brazos y acto seguido alcé el hacha entre nosotros para poner distancia. Se trataba de una mujer de baja estatura (bueno, para mi todos eran de baja estatura) con largo cabello oscuro —¿Qué dem…?— Sentí cierta familiaridad en el ambiente, pero era imposible o mejor dicho, totalmente improbable, ¿no? Pero creí haberle escuchado llamarme por mi nombre cuando se colgó de mi cuello… ¿podría ser? —¿Pipper?— murmuré incrédulo.

Inmediatamente bajé el hacha y sólo me quedé ahí por unos instantes observando su rostro. No había cambiado mucho, tal vez su cabello sería más largo y luciría más cansada que cuando trabajaba en el hospital. Estaba congelado por la impresión, incluso dejé de respirar unos instantes. Por primera vez, me quedé sin palabras. Tenía que decir algo ya, —Por un momento creí que… Y luego yo…— señalé al caminante, señalé el hacha, di un par de vueltas mirando a mi alrededor sin saber cómo describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Es decir, la última vez que la vi fue en una sala de urgencias con una bata blanca y una expresión que no supe interpretar porque después de tanto tiempo sin verle, había perdido esa habilidad. Sabía que se había decepcionado de mis elecciones de vida, pero hey, sólo soy un hombre. Nunca pude disculparme apropiadamente ni siquiera invitarle un café para conversar, nada. Sólo recordaba haberle regalado un par de entradas para la obra que estaba presentando en Broadway como agradecimiento por haber ayudado a mi hijo.

Un momento, ¡Mi hijo! —Me alegra saber que estás bien, de verdad, pero ahora no tengo tiempo de ponerme al día.— Dije mientras le agarraba de los hombros. Tenía un mundo de emociones encontradas en esos momentos, pero mi hijo seguía por ahí. —Estaba con mi hijo, Michael, ¿lo recuerdas? Bueno, desperté y se marchó con todo y una ballesta que encontramos. ¿Podrías ayudarme a buscarlo?— le pedí en tono suplicante casi al borde de las lágrimas. Era más probable que se fuera con ella que conmigo si lo encontrábamos, porque sabía que seguía molesto por lo de anoche. Si algo le pasaba a Michael, jamás me lo perdonaría. Se lo debía, se lo debía a él y a Thilda.

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El guante de samurái… Esas eran unas palabras clave lo hicieron reaccionar y mirar la pequeña cicatriz de su brazo izquierdo, ya casi nula por el paso del tiempo. Observó a la doctora con curiosidad una vez más y aunque su rostro era muy difuso en la mente de Michael, había mucho de familiar en aquella mujer y su forma cariñosa de hablar. El chico bajó la ballesta al darse cuenta de que todavía apuntaba con ella, avergonzado de nuevo por no saber cómo actuar. Recordó cuando tenía apenas nueve años, lo que ahora parecía muy lejano; Michael se había subido a un árbol en la escuela y se cayó por un descuido. El brazo se le había hinchado tanto que todos pensaban que se lo había fracturado, y vaya que le dolía como si estuviera roto. La doctora Hoffman lo había atendido, y a pesar de lo mucho que odiaba los hospitales y las vacunas en aquel entonces, la traumatóloga había logrado tranquilizarlo. Un esguince de muñeca, eso había sido todo, además de los rasguños y el susto de muerte que sus padres tardaron el perdonarle. Thilda y Leon no lo dejaron trepar árboles después de eso.

Sí, le había puesto un guante de samurái y le había dicho que tuviera cuidado; su madre y la doctora habían hablado animosamente y no quedaba duda de que se conocían. Una amiga, por ello su nombre no había pasado desapercibido en la infancia de Michael, y menos después de que le hubiera curado el esguince con tanta paciencia. Su padre llegó después, todavía disfrazado por su trabajo en el teatro, y gritaba de tal forma que cualquiera que no lo conociera habría pensado que estaba loco. A Michael lo avergonzó todavía más recordar la escena, pero el ruido de los infectados lo sacó de sus pensamientos y lo regresó a una realidad cruda, una en la que su madre ya no existía. ¿Dónde están tus padres? Le había preguntado la doctora, mas él no sabía cómo decirle que la amiga a la que hizo referencia ya no estaba y que él había huido.

La doctora acabó con los monstruos de afuera a través de la puerta y por fin el ambiente se sintió más relajado. Hasta entonces el adolescente puso atención al gato negro que se le había acercado ronroneando. Michael lo acarició un poco. De verdad le había caído bien. De pronto se escuchó un grito de Leon en la calle, quien lo buscaba. La traumatóloga lo miró y el chico le suplicó con los ojos y una pequeña negación de cabeza que no le dijera dónde estaban, pero era obvio que no iba a funcionar. Agachó la cabeza, era cierto que su padre corría peligro allí afuera y que él todavía era un niño. Costaba admitirlo. Sintió alivio de que por lo menos ella pareciera estar de su parte, así que asintió cuando le pidió que cuidara a Salem.

Michael levantó al gato en brazos y accedió a revisar las habitaciones de arriba, lo que supuso era una forma de que se distrajera, pero le gustó la idea porque cuando regresara la doctora con su padre, no iba a ser lo primero que viera al abrir la puerta. Ya se esperaba el regaño, y admitía que esta vez iba a tener mucha razón. Incluso comenzaba a sentir culpa de haberlo preocupado de esa forma. La relación con Leon se había vuelto muy ambivalente, por lo que los sentimientos del adolescente eran muy confusos. Subió las escaleras y por sentido común entró a la habitación que le permitiría ver a la traumatóloga desde la ventana.

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El chico terminó accediendo de notable mala gana mientras se iba a revisar la casa en compañía del gato, el cual lo miraba casi como si él (Salem) fuera el adulto responsable de los dos. Si hay algo que se debe admitir es que el movimiento de Pipper de saltar sobre Leon como si fuera un día tranquilo de Mayo en una situación normal y no en un apocalipsis donde hay horribles bichos que quieren comerte… no fue nada inteligente. El empujón la dejó sin aire unos instantes y la hizo retroceder. Al ver que sacó el hacha alzó las manos en señal de paz y lo miró con sus ojos muy abiertos y esa expresión de temor que últimamente se la mantiene en su rostro aunque intente permanecer feliz. Él tardó unos segundos en reconocerla, pero cuando lo hizo ella suspiró con tranquilidad y sonrió suave para él antes de asentir. –Si Leon, soy yo. No me he visto en un espejo en algún tiempo, pero estoy segura que no he cambiado tanto. –Le respondió buscando sacarle una sonrisa y aliviar el ambiente entre los dos. Al ver su reacción por todo no pudo evitar reír un poco y asentir de nuevo en señal de que lo entendía. –Tranquilo, fue tonto de mi parte haber saltado así, pudiste haberme matado por error, y hubiera sido mi culpa. Así que está bien, no pasa nada ya. – Antes de que pudiera decirle nada más él la tomó de los hombros y ella volvió a mirarlo directo a los ojos, con los suyos grandes y atentos.

Escuchó sus palabras y el tono de su voz desgarró su corazón, definitivamente amaba mucho a su hijo. Ella aprovechando que él estaba un poco más a su alcance le tomó de la cara y le hablo suave buscando que su propio tono lo calmara un poco. Como cuando estaban niños y a él le pasaba algo. –Leon, si lo recuerdo. Michael está bien, yo lo encontré, está con Salem ahora en aquella casa. –Lo soltó con una mano solo para señalarle la casa y volver a mirarlo luego. –Está bien, lo encontré a tiempo, respira un poco y vamos para allá. –Le regaló otra de sus sonrisas tranquilizadoras, esas que tanto perfeccionó en el hospital para hablar con los pacientes y sus familiares, sobretodo antes de una cirugía. –Y Leon… haya pasado, lo que haya pasado, no lo regañes ahora, solo lo hará peor, yo sé que no soy madre, y posiblemente me digas que no me meta, pero no creo que Thilda y tu deban regañarlo, porque si se escapó es por algo. –Ahora ella era la que le pedía a él, solo que con su voz suave y dulce como siempre. Mientras le tomaba la mano para guiarlo a la casa y hacerlo caminar con ella. Debían apurarse y entrar, después de los gritos dados por el hombre no era una buena idea quedarse a fuera esperando que los caminantes aparecieran en cualquier momento.


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Tenía los ojos muy abiertos, casi desorbitados, y mis cejas estaban tan fruncidas que sentía que se romperían mis vasos sanguíneos por el esfuerzo, dejándome los párpados morados durante los próximos días como si me hubieran dado un golpe directo a la frente. Así era mi angustia, mi preocupación, saber que mi hijo podía estar en peligro era algo que me consumía como un incendio forestal. Las manos cálidas de Pipper sobre mi rostro seguro buscaban la manera de brindarme confort, pero estaba demasiado alterado como para sentirlo. Sin embargo, lo que me dijo después fue suficiente para desvanecer la soga mental que apretaba mi cuello. Miré hacia donde señalaba y pude ver como Michael se asomaba tímidamente por la ventana del piso de arriba, ocultándose detrás de la pared apenas cruzamos miradas. Michael estaba bien. Yo estaba bien. Todos estaban bien. Mis manos se suavizaron sobre sus hombros momentos antes de que las llevase hacia mi cara. Me tambaleé un poco hacia atrás hasta que mi espalda se encontró con un poste de luz. Me deslicé hasta el piso, sentándome en la acera pensando en lo agradecido que estaba de encontrarme en el lado opuesto de las casi nulas probabilidades de, no solo encontrarme con alguien a quien apreciaba muchísimo sino además que el aprecio sea lo suficientemente recíproco como para asumir la responsabilidad de proteger a mi hijo sin saber si yo seguía vivo. Mi respiración se volvió pesada porque trataba de no ponerme a llorar ahí mismo por el alivio. En el pasado era una persona sumamente expresiva con mis emociones, pues también era parte de mi trabajo, pero en el presente tenía que ser firme y no podía darme un momento para ser vulnerable, no mientras estuviéramos expuestos, no mientras viviéramos con un cuchillo en la garganta 24/7.

Froté las manos contra mi rostro para recomponerme antes de soltar un largo suspiro, al que precedieron unos cuantos más hasta regular mi respiración. –No sé…- hice una pausa para tragar el nudo en la garganta que aún no desaparecía del todo. -No sé quién sea Salem, pero qué bueno que está ahí.- agregué con la voz más clara. Aparté las manos de mi cara para apoyar los codos sobre mis rodillas un momento. Los sentía hinchados, quizás estuvieran rojos e inundados de lágrimas. Me tomaría un momento más antes de ponerme de pie, como dijo Pipper. Asentí a lo que me dijo. Estaba demasiado agradecido con el universo como para enojarme. Con una mano me tallé un ojo a la vez, me sorbí la nariz y después, ayudándome con el poste, volví a ponerme de pie para dejar que me guiase hacia la casa. Una vez frente a la puerta, arrastré a los muertos neutralizados por el camino de piedra hasta la puerta de madera de la cerca para que bloquearan la entrada. Asegurar la casa era lo menos que podía hacer en esos momentos. Al entrar, lo primero que vi fue un envase de toallitas húmedas desinfectantes. No era lo más óptimo, pero me ayudaría a limpiarme la sangre putrefacta de las manos y los brazos. –Ten.- Le extendí el envase a Pipper.

Michael no quería que me percatara de su presencia, pero para su mala suerte crujió la madera de uno de los escalones cuando bajó silenciosamente a observar. Nos miramos mutuamente por unos instantes. Sonreí levemente, ganándome un ceño fruncido seguido de una carrera hacia el piso de arriba. Por supuesto que seguía furioso. Suspiré bajando la mirada. En otros tiempos, antes de los caminantes, hubiera corrido directamente a abrazarlo y hubiera llorado en mis brazos por encontrarle, como cuando se perdía en el centro comercial. Ahora estábamos tan distantes el uno del otro y el mundo era tan peligroso que tenía que cargar con su rencor si eso me ayudaba a mantenerlo con vida. –No bajará pronto…- murmuré más para mí mismo que para iniciar conversación. Empezaron a escucharse gruñidos en la calle. –Ni nosotros saldremos pronto.- me viré hacia Pipper sumamente apenado. –Perdóname por haberte arrastrado a esto. Este debió haber sido un día como cualquier otro para ti y ahora estaremos atrapados aquí por un buen rato por mi culpa.- fruncí los labios hasta que quedaron como una sola línea. No había tiempo que perder. -Busquemos mantas oscuras para cubrir las ventanas que no tengan cortinas y aseguremos las salidas.- Acto seguido, me fui a recorrer las habitaciones en busca de algo que pudiera ser de utilidad... además de las cervezas calientes que encontré en el armario de la primera a la que entré. Bueno, al menos servirían para entretenernos durante la espera.

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