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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Jugando al ratón y al gato

   
30/05/2015 ♦️ Sur de Teneessee ♦️ 5 semanas a pié ♦️ B.S.O.

Debíamos movilizar a tanta gente en tan poco tiempo, y fueron unas horas, no sólo tensas, sino de un trabajo extenuante.... podía sentir el latir de mi corazón en la cabeza, quizás los nervios me traicionase, pero intentaba mantenerme en calma, yo no era el líder de esta gente, no quería serlo. Mi compromiso no iba más allá de Emma y Leonard, dos jóvenes con los que viajé durante largos meses.... curiosamente, nos habíamos mantenido alejados de todo y todos durante mucho tiempo, pero en ocasiones las cosas se pueden liar, y es entonces cuando la casa se te llena de gente y te das cuenta de que el frigorífico está vacío.

Mis manos ayudaban a la ente a cargar sus pertrechos, e intentaba que no cargasen de más, algunos le habían cogido tanto apego a este lugar en tan sólo dos días que casi podían haber firmado unas escrituras, si en este loco mundo aún quedaran bancos. De nuevo busqué con mi mirada a la bombera, allí estaba, encima de su camión montando a toda la gente que llevaba como equipaje....

No podía tragar, de pronto me vi envuelto encabezando un convoy y atropellando a muchos caminantes, más de los que en las incursiones anteriores había visto por esta zona, caminos o carreteras. Es como si ellos también se estuviesen trasladando a un lugar donde hubiera más provisiones.... La ambulancia derrapó bruscamente cuando giré por un camino de tierra que se abría paso por la derecha, la carretera principal estaba intransitable, quince o veinte de ellos andaban por medio, como intentando decir “ey, parad, dejad que os probemos un poco”. Era tan amargo mi recuerdo, que en vez de sonreír, que era lo que tocaba ahora, dos lágrimas se asomaron a mis ojos, empecé a no poder respirar bien, a contener mi respiración mientras tomaba curvas de difícil control, esta vez miré por el retrovisor, pero no pude verla, ni a ella ni a más de tres coches atrás. El camino estaba levantando una polvareda demasiado densa a nuestro paso.

Conduje durante veinte largos minutos que por algún extraño motivo fueron apenas segundos en mi cabeza, ¿le habíamos sacado suficiente ventaja a esa horda para llegar a salvo a nuestro destino? Todos estaban muy contentos porque nos dirigíamos a una pequeña fábrica de conservas que estaba en muy buen estado, y que anteriormente, algunos de nosotros habíamos limpiado, quemado todos los cadáveres y comprobado que podríamos estar aislados del mundo exterior, al menos mientras podíamos encontrar un sitio mejor. Pero después de tanto tiempo, no creo que lo hubiera, esto lo tenía todo.



Desperté con un fuerte dolor de pierna, sobresaltado y sudoroso. Tras unos cuantos segundos de intentar calmar mi corazón y que mi ritmo cardíaco volviera a la normalidad, me incorporé como pude eché mis dos últimas pastillas a la boca, e intenté beber agua de una botella en la que no quedaba nada. Respiré profundamente guardando todas mis provisiones en una mochila vieja y gastada, la botella vacía y una manta totalmente desaliñada y que ya casi no me hacía entrar en calor.... No había encontrado el menor rastro, y esta vez, aunque había estado casi dos semanas fuera, no había conseguido siquiera insulina para Emma. Ya no me sentía parte de ese grupo, ya no me sentía parte del mundo, mi posesión más preciada era mi dolor.... con un poco de suerte, estaría de vuelta al mediodía. Apenas cinco millas para llegar a mi destino.

Silbé en señal de buenos días a Niebla, mi querido pastor belga que desde el inicio de todo siempre se mantuvo a mi lado. Mis pasos fueron creciendo su ritmo hasta llegar a una buena marcha, mis articulaciones habían calentado, y el resto del trabajo lo habían hecho los analgésicos, así que ahora seguía el sendero de vuelta, por ahí jamas había encontrado ninguna pista, y mis viajes se alejaban cada vez más del campamento base. ¿Qué habría sido de ella? Quise interrogarme a mí mismo, pero no salían palabras de mi garganta, mientras, niebla se acercaba y alejaba vigilando todos los puntos muertos desde cualquier cosa de esas podría sorprenderme, a pesar de llevar dos días sin comer aún tenía fuerzas suficientes...

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Cada mañana que despertaba en aquel sitio que había convertido en mi refugio provisional, tenía la misma sensación: la firme e inamovible decisión de que esta vez llegaría allí. Y no era porque no conociera su ubicación, simplemente, conforme iba acercándome... empezaba a pensar que sería buena idea dar una vuelta más amplia, buscar algún desvío para no toparme con demasiados caminantes o tomar alguna bifurcación que me llevara a algún pueblo en que encontrar algún suministros. Fuera como fuere, mientras estaba en ruta, cada mañana al despertar, iba debilitándose más mi fuerza de voluntad, y empezaba a pensar que sería una tontería ir, que ya no habría nada... y que era mejor no verlo. Nunca, hasta esa mañana, me había acercado tanto, ¿qué quedaban...? ¿diez u ocho millas?

Desperté con los primeros rayos de luz que se colaban entre las hojas del frondoso roble que había sido mi cobijo aquella noche, y el primer pensamiento que me rondó la cabeza fue... "Maldita sea, qué diablos hago aquí, debería volver... estar cerca de aquí, es estar cerca del puto laboratorio..." Pero mi retahila reflexiva fue interrumpida por el murmullo del matorral al agitarse. Instintivamente saqué el martillo de la cinturilla del pantalón y me asomé sosteniéndome con una mano en la corpulenta rama que me había arropado durante la noche.

Unas graciosas orejillas castañas se deslizaban veloces y zigzageantes entre los arbustos. "¡Un conejo!". Primero me invadió la ternura al verlo pasar, pero después recordé el mundo en que vivíamos, y que un pedazo de carne no lo conseguía todos los días... casi me estaba relamiendo, cuando una segunda figura pasó, torpemente, siguiendo a la criatura.

Un caminante, que en su día debía haber sido una abuelilla entrañable, seguía con su torpe caminar al animal, por suerte para su supervivencia, la velocidad del conejo era sorprendente, y sin peligro alguno había conseguido sacarle ventaja a la señora en putrefacción, cuyo vestido raído y andrajoso se había quedado enganchado en unas zarzas justo debajo del roble, e inútilmente intentaba avanzar.

-Pues ti para ti, ni para mí.- dije descolgándome de una rama del roble.

Tomé impulso balanceando las piernas, mientras mis brazos me dejaban colgada de la rama, y extendiendo ambas piernas, la puntera reforzada de las botas de seguridad impactó con la cabeza de la caminante haciéndola caer al suelo y boca abajo, aunque su ropa seguía enganchada a las zarzas, así que no lo tendría fácil para ponerse en pie. Me dejé caer en el suelo, y saqué las tijeras de la cinturilla del pantalón, apoyé la pierna izquierda sobre su espalda, y me agaché hacia ella, dejando descargar un pisotón sobre su cráneo, que crujió con un sonoro "crack".

Alcé la vista, pero ya las orejas del conejo no eran visibles, apenas se notaba un poco su paso por el agitarse de las ramas en la zona en que la maleza era más alta. Me faltaba velocidad... llevaba días dándole vueltas, y seguramente era una tontería, pero no estaría nada mal poderme hacer con una bicicleta... Recordaba perfectamente el ruido de la cadena al enganchar en los piñones, la sensación de satisfacción de unos frenos perfectamente ajustados que al apretar apenas un poco le puño deceleraba la velocidad justo la cantidad necesaria, la inexplicable sensación de libertad y felicidad al tomar las curvas tumbando descendiendo una montaña, y la energía que me recorría cuando tras una larga ruta sentía como no había kilómetros suficientes para cansarme.

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Era el mes de mayo de 2011, el día no lo recuerdo, pero creo que tampoco importaba, y todos los días que no trabajaba, claro, salía muy temprano de casa, después de darle un besito de despedida a mamá y tomarme el café, con mi bicicleta a cuestas. Dentro de poco empezaría el circuito de competiciones de verano para aficionados y había que entrenar.

Había concluido el ascenso al monte Emeraust poco antes de las diez, y después de un tentempié ligero y rellenar el bidón de agua, quedaba lo más divertido, bajar. Me levanté de la roca en que me había sentado a descansar y me sacudí el culote de musgo y piedrecillas, volví a colocarme el casco, y saqué mi viejo móvil para enviarle a mamá un SMS diciéndole que ya estaba en camino.

Subí de nuevo a mi adorada bicicleta de carretera y comencé el descenso. Tan solo necesitaba tocar un poco el freno para tomar bien las curvas de la carretera, por lo demás, simplemente me dejaba llevar por aquel artilugio que se había convertido, prácticamente, en una extensión de mi cuerpo. He de reconocer, que en algunos tramos más rectos, el cuentakilómetros llegó a registrar más de 60km/h.

Llegué de vuelta a Evergreen antes de mediodía, siempre se tardaba menos en volver, y al parar en un semáforo de la Avenida Rousevelt miré un segundo hacia atrás y vi la ambulancia de Gilbert unos cuantos coches más atrás.

El semáforo cambió de color y el tráfico retomó su movimiento, comencé a pedalear y me hice a un lado del arcén, para que los vehículos más rápidos pudieran pasar, aminoré un poco la marcha hasta que la ambulancia llegó a estar en paralelo conmigo y eché un vistazo al interior. Gilbert y el resto del equipo médico iban en la cabina del conductor, no llevaban rotativos ni sirenas puestas, lo que quería decir que iban de vuelta "a casa". El siguiente semáforo se puso también en rojo, y me subí a la acera para poder detener en paralelo a ellos unos segundos. Hice sonar el timbre de la bicicleta dos veces, y cuando por fin miró en mi dirección alcé la mano, con la distracción el semáforo cambió a verde y ellos se pusieron en marcha antes que yo, así que retomé la pedalada, y giré hacia la derecha, mientras que la ambulancia seguía recto por la avenida, y aseguraría que a más velocidad que antes.

Ellos podían ser más rápidos... pero yo podía ser infinitamente más ágil.
Tomé la primera perpendicular a la avenida, y luego la segunda bocacalle a la izquierda, a tres manzanas a la derecha, había un callejón que desembocaba en el parque para perros de la calle Jackson, desde donde tomaba la primera a la izquierda y recorrí dos manzanas hasta encontrar al fin, la fachada principal del hospital. Llegué pedaleando a toda velocidad hasta su plazoleta delantera y apreté los frenos y tensé los brazos para dejarme caer por las escaleras que salvaban la planta de diferencia que había entre las "consultas generales" y las "urgencias".

Me sonreí, la ambulancia no había llegado todavía al parking. Apoyé la bicicleta contra el muro de ladrillos, y yo saqué del bolsillo trasero del maillot una nectarina, dejé reposar la espalda contra la pared, justo a la entrada de las urgencias. Le di el primer bocado a la fruta mientras veía como la ambulancia de Gilbert por fin pasaba por el murete que separaba el centro hospitalario de la calle, y volví a sonreír mientras pensaba en qué decirle.

Bajó del vehículo y me saludó con un breve gesto con la mano, luego abrió la parte trasera para recoger algunos maletines y se perdió en el interior del edificio con el resto de sus compañeros.

Le di un segundo mordisco a la nectarina, y justamente Gilbert salió por la puerta al lado de la que me había apoyado. Un chorreón de jugo de la fruta me bajaba por la comisura de los labios, y me apresuré a limpiármelo toscamente con el antebrazo, intenté hablar pero tenía la boca demasiado llena. Maldición. Mi frase perfectamente estudiada había perdido todo el poder de impacto.

-Humfg... ¡Fe ha pagheido veghte en la agvnehida ghface ughn ghfrato!-
tragué e intenté concluir, aunque seguramente ya había quedado como una garrula, y no tenía arreglo alguno.- ¿Cómo has tardado tanto?

Él simplemente se rió y se llevó la mano a la nuca.

-¿Qué? Estoy muerta de hambre, ¿no vas a invitarme a un café?-
añadí yo al ver que él no decía nada.

-Sí claro, espera un...-
empezó a decir, cuando salió por la puerta la doctora de su equipo médico dándole un golpe en el hombro.

-Vamos Gilbert, tenemos una P1 en Willow Creeck, ve a por las cosas. Yo te espero en el coche.


Él suspiró, y con pocas ganas, pero con prisa y decisión volvió al interior del edificio, mientras, le eché una mirada llena de odio y maldiciones a la doctora que se metía ya en la ambulancia. Sostuve la nectarina entre los dientes y saqué el teléfono móvil del bolsillo del maillot, le escribí un segundo SMS a mi madre con algo de pena: "Voy a comer en casa, llego en 20 minutos".


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"No estaría mal una bicicleta..."
Pensé para mis adentros, si no recordaba mal, en uno de los últimos pueblos en que había estado buscando provisiones, había una tienda de deportes bastante grande, seguro que tendrían algunos modelos... ¿o igual era sólo otra excusa para evitar hacer lo que sabía que debía hacer?

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Mi cabeza volvió a volar a una tarde de abril.


Habría estado con la señora margarita escogiendo cuidadosamente los bollos que más le gustaban y más recuerdos de su niñez le traerían.... En realidad pensé comprar cinco de cada uno, porque el único recuerdo que podría tener era el de los vándalos abalanzándose sobre los pasteles antes de que el café llegara a la mesa, lo tenía todo estudiado les diría:

-Señores, por favor, un poquito de educación, esperad a que Vernice y el resto de compañeros traigan los cafés antes de meter mano a la cajita...

Pero eso era tan fácil pensarlo y tan difícil de decir... había veces que me quitaban las cajas al entrar, en realidad, y después de casi dos años repitiendo la misma operación los días de turno, en el parque de bomberos seguro que más de la mitad creían que yo era el repartidor de bollería, y que iba porque algún alto cargo del departamento me había dado una sanción administrativa de repartir bollos los jueves. Suspiré.

Aquel día, al llegar al parque de bomberos, no había ninguna señal en la ventana, así que aparqué, Niebla dio un salto bajando del coche veloz. Con ese rico olor a canela y una sonrisa, me dirigí al parque, acababa de entrar por la puerta cuando....

-Incendio en el número 23 de la Calle Roger, unidades 27A, 27B y 55.


De todos los lugares salían bomberos equipándose, y ella deslizándose por la barra bajó, encogiéndose de hombros, como queriéndose disculpar porque algún estúpido pirómano se hubiera pegado fuego en los pantalones, yo hice lo propio, me encogí de hombros y me dirigí a dejarlo todo en la sala de estar de la compañía 27. Tan sólo al cruzarme con el jefe Dwait, abrió la cajita y dijo:

-Oh una lástima que vayan a enfriarse.-
cogió uno de los bollos de la cajita que estaba cubierto de azúcar glass y le dio un bocado dejando una marca blanca sobre su bigote, mientras se dirigía a su vehículo.




Moví la cabeza recordando las palabras que tenía preparadas y también ensayadas para decirles cuando alguien iba a asaltar las cajas, pero la decepción me había dejado mudo. Niebla corrió a saludarla, y tras dar dos vueltas alrededor de ella y recibir sus caricias, volvió a mi lado, después de dejar las cajitas en un banco, se las señalé y me despedí con la mano....

Niebla me alertó, detuve mi paso y me agaché, Niebla miraba hacia el norte, quizás su vista pudiera verlo, o igual era su olfato, intenté agudizar la vista cerrando un poquito los ojos, pero no conseguí ver lo que Niebla intentaba avisar, así que la llamé.

-Ven aquí, ven...- ella obedeció corriendo velozmente hasta mi lado, tumbándose en el suelo sin dejar de mirar en aquella dirección.- qué ocurre pequeña.- volvió a ladrar.

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Estaba dando vueltas en círculo mientras decidía que hacer, andaba unos cientos de paso hacia el norte, luego hacia el este, luego hacia el sur... y al final volvía al punto de partida, el viejo roble en que había pasado la noche. Resoplé mirando el cadáver de la caminante en el suelo, estaba tan descompuesto que no valía la pena examinarlo, seguro que si en vida hubiera llevado algo de valor, se le habría caído ya por el camino. Sentí un escalofrío por mi espaldas al observar la repugnante escena, supongo que por más veces que lo veas, eso no hace que se convierta en algo habitual, aún debía de quedar algo civilizado en mí.

Volví a emprender el camino, una idea peregrina rondaba por mi cabeza. ¿Y si volvía al lugar del accidente? Si no recordaba mal, andando unas cuantas millas hacia suroeste debería encontrarlo, e igual era un buen modo de encontrar alguna pista sobre ellos. ¿Habrían dejado alguna señal? ¿Lo habrían encontrado? Después de más de cinco meses no creía ya que la horda siguiera por esos parajes. Así que di un paso... y luego el siguiente... en dirección a aquel maldito lugar.

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Maldita sea, estaba todo tan bien calculado, llevábamos tantas semanas planeándolo, inspeccionando la zona, limpiando las instalaciones... y ahora esto. Parecía que las jodidas leyes de Murphy se cumplían a rajatabla. Si algo podía salir mal, saldría mal.

Conducía sin demasiada velocidad, la idea no era sacar mucha ventaja a la horda, sino simplemente hacer de liebre, con los rotativos y las sirenas a todo volumen, y por lo que veía a través de los retrovisores el plan estaba funcionando.

-¿Cómo vas cielo?- pregunté al aire, pero no obtuve respuesta, supuse que se habría quedado dormida.

Seguía avanzando, y parecía que la columna iba creciendo cada vez más detrás de mí, ¿tantos era? ¿De dónde había salido esa inmensa cantidad de caminantes? La canción de la conga se cruzó por mi cabeza, y me pareció tan ridícula la situación que no pude sino reír, me parecía recordar a mi padre bailando en alguna fiesta de año nuevo, y la verdad es que lo hacía de pena.

-Ey Sally,-
dije en voz alta de nuevo.- ¿te sabes la canción de la conga? No tengas miedo, sólo estamos bailando la conga con ellos.

Algunos, los más torpes, se iban despeñando por el borde derecho de aquella carretera de tierra conforme la columna de caminantes se hacía demasiado ancha para el tamaño de la vía. La carretera quedaba limitada por ese margen con un terraplén de unos cuatro metros de desnivel, y más allá, se extendía en una pradera abierta, salpicada por unos pocos árboles aislados y cuya hierba había empezado ya a amarillear.

La niña no respondía ya a ninguna de mis preguntas, pero ahora mismo, mi preocupación principal era seguir la ruta y alejarlos lo más posible de la fábrica, llevaría conduciendo unos cuarenta o cincuenta minutos ya, no era suficiente, nunca estaban suficientemente lejos.

Echaba otro vistazo a través del retrovisor cuando, sin apenas emitir ruido alguno, noté la presión en el hombro, y el susto me hizo soltar el enorme volante, que ante una irregularidad de la carretera, se giró bruscamente. Una de las ruedas, la frontal derecha, perdió pronto el contacto con la carretera, y el terraplén empezó a ceder bajo el peso del camión forestal, que cayó tumbado sobre el lateral derecho deslizándose hacia la pradera.


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Estaba segura de que me arrepentiría de ello más tarde, pero por lo pronto, seguí andando en dirección al lugar del accidente.

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Niebla sacaba su lengua como relamiéndose e intentaba señalar en aquella dirección, cogí mi palanca por si se trataba de un caminante y eché a andar en pasos cortos y discretos, intentando hacer el menor de los ruidos. Niebla echó a correr y tras alejarse unos treinta metros ladró, algo empezó a moverse en la hierba, quedé paralizado, sin dejar de mirar a todos lados alcé la palanca, me coloqué en posición de defensa, y de pronto, algo pasó entre mis piernas.

Una liebre, bastante bien criada, pasó casi rozándome, rauda y veloz la perseguía, intentaba alejarla de la madriguera, en más de una ocasión habíamos perdido una pieza por este mismo motivo. Yo no podía hacer nada, ni corría como ellos, ni con una palanca podría hacer gran cosa, así que me dediqué a observar los alrededores, por si algún peligro se cernía sobre nosotros. Poco después Niebla se dirigía con un paso alegre, y sutil hacia mí, y en su boca... algo traía en su boca, con un poco de suerte podríamos comer algo. Comprobé que la presa estuviese en buen estado y la guardé en la mochila.

El sol estaba en su cenit, cuando mi boca necesitaba beber algo de líquido. Saqué la botella y meé dentro, el comienzo de mi deshidratación, hizo que apenas pudiera llenar la mitad, así que para olvidarme de todo le puse el tapón y la guardé detrás, para que se enfriara un poco.


La noche anterior nos habíamos encontrado en un servicio conjunto de bomberos, policías y emergencias sanitarias. Me alarmé al verla salir del edificio en llamas, con un perrito en su mano derecha, y la izquierda encogida sobre el chaquetón del uniforme.

-¡Valdeviras! ¿Qué es eso?- había gritado el jefe con su potente voz.

-No es nada jefe. Me he torcido un poco la mano.


-¡De eso nada! Ve a ver a los sanitarios ahora mismo.


Ella vino hacia las ambulancias con gesto cabizbajo, por desgracia mi equipo estábamos ocupados atendiendo a una víctima del incendio, así que un compañero le vendó la mano y se la llevaron al hospital.


Por la mañana, al terminar mi turno, pasé por el parque de bomberos buscándola.

-No, Vernice no ha vuelto aún.- me dijo uno de sus compañeros- Ah, pero dijo que si podías recoger sus cosas, y luego ella iría a buscarlas a tu casa.

Subí las escaleras hasta el vestuario de los bomberos, abrí su taquilla, aunque me sintiera un poco como si estuviese hurgando en su intimidad, y cogí la bolsa de deporte con la ropa y el resto de efectos personales de Vernice, pensando en que más tarde nos veríamos en casa....


-No, no te preocupes, ya lo hago yo, ahora tienes que intentar que ese dedo, no tenga mucho movimiento, al menos en una semana.


Al llegar a casa, a recoger todas sus cosas, fui a prepararle una bebida caliente, pero los calmantes habían hecho su efecto, quedándose totalmente dormida, y al volver con los chocolates calentitos, me la encontré tumbada en el suelo del salón. Intenté despertarla, la incorporé suavemente tumbándola de nuevo y moviendo su cabeza con delicadeza, pero sólo balbuceaba cosas ininteligibles, así que, sin entenderla intenté acercarle el cacao caliente a su nariz.

-Verás, te sentará muy bien.-

Nunca había visto a nadie tan torpe, su barbilla chocó con la taza, la taza chocó con mi piel, volcándose.... y ambos quedamos cubiertos de chocolate. Ah, ¿se me olvidaba mencionar que estaba caliente? así que si yo me estaba quemando la mano, ella se estaba quemando también. Cogí la jarra de agua y en un acto estúpido pero certero, eché el contenido frío sobre su pecho, bueno, su pecho y alrededores.

Ella, pensando que estaba jugando, cogió otro vaso que había en la mesa, vaciándolo sobre mi cabeza en un arranque de lucidez. Evidentemente aquello empezaba a desmadrar, así que, la abracé fuerte y le pedí disculpas. Volvió a quedarse dormida en mi pecho, y yo fui incapaz de moverme.





Anduve durante treinta o cuarenta minutos y volví a detenerme, saqué la botella de la mochila, desenrosqué el tapón rápidamente mirando al horizonte, y bajo la mirada de niebla me llevé la botella a mis labios, y bebí, intenté no saborear, y acabé la botella como me fue posible. Me llevó un largo momento recuperarme de lo que había hecho.... Se puede sobrevivir en un mundo así, pero nadie dijo que fuera fácil.

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Había andado al menos la mitad de la distancia a la que calculaba que se encontraba el camión accidentado. Pasé ante una granja que el tiempo había invadido y la maleza había reclamado ese espacio como propio. Igual era un buen momento para descansar. Una vieja cerca de madera rodeaba los tres edificios principales que componían aquella granja: la casa, de una sola planta pero con un porche encantador, un granero de dos plantas, cuyas puertas estaban abiertas de par en par, y otra construcción baja de madera, que supuse sería algún tipo de garaje o cuarto de aperos.

Revisé una a una todas las construcciones en las que no encontré signos de caminantes ni de habitantes vivos, luego me dirigí a la pequeña casa para investigar. Limpié un poco el polvo de una de las ventanas con la manga de la chaqueta y me asomé al interior de la casa. A primera vista no había actividad en el interior. A través del cristal podía reconocer el comedor formal, una esquina de la entrada y la cocina al fondo de todo. Repetí la operación con la segunda ventana, el dormitorio daba al porche, y sobre la cama había un vestido de señora completamente extendido y un sombrero a juego, pero no había rastro alguno de caminantes.

Di un par de golpes en la puerta y nuevamente no recibí ninguna respuesta, así que me encogí de hombros y apalanqué la puerta suavemente con la hoja de las tijeras de podar. Un desagradable olor se me abalanzó encima nada más abrir la puerta. Era el olor de la muerte. Avancé despacio por la entrada de la casa, había algunas habitaciones que no había llegado a identificar aún y en efecto, al fondo de la casita estaba el salón, y el olor se había más fuerte cuanto más me acercaba ahí.

Cubrí mi cara con la manga izquierda de la chaqueta, mientras que con la mano derecha continuaba enarbolando las tijeras, y me acerqué despacio, muy despacio a la sala. Lo primero que noté fue la punta de mi bota chocar con algo, una vieja escopeta reposaba atravesada en el suelo, y en el sofá orejero justo frente a la televisión yacía el cadáveres de quién la hubiera disparado. Habría sido imposible identificarlo pues ya no tenía rostro, pero al menos calculaba que era un hombre de unos 60 años. En la mesilla junto al sillón, había un vaso cuyo contenido se había evaporado ya y un sobre cerrado que solamente decía: "Para Karen". Fui hasta la cocina de la casa y me senté en una vieja silla de madera, con la carta entre las manos, y sin quitarle ojo, planteándome si sería muy descarado abrirla y leerla.

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Ese día había llegado a casa antes de tiempo, unas lluvias torrenciales de primavera habían anegado el campo del instituto así que el entrenamiento de atletismo se había suspendido, y conforme aparqué la bici junto a la acera, me encontré la banderita del buzón levantada, ondeando con orgullo. Abrí la puerta del buzón y revisé su interior, sólo estaba esperando una carta... y ahí estaba. Dejé el resto de la correspondencia dentro y guardé la tan ansiada carta dentro del impermeable amarillo que escurría lluvia sin parar, volví a montarme en la bici y me puse de nuevo en marcha.

Corrí por los pasillos del hospital como una loca, iba dejando tras de mí un reguero de agua, sólo un par de enfermeras me miraron con mala cara, pero ninguna me dijo nada, me conocían ya de hacía tiempo. Entré a la habitación con aire triunfal, habiendo sacado la carta del impermeable y enarbolándola con orgullo.

-¡Ha llegado ya! ¡Ha llegado!-
grité mientras corría hacia la cama.

-¿Ah sí..? ¿Y qué te han dicho?-
preguntó mi padre, postrado en cama, con interés aunque pocas fuerzas.

-Todavía no la he abierto...-
me senté al lado de la cama, sosteniendo la carta con dos manos y mirándola de cerca.

-Bueno, ¿y a qué estás esperando?-
dijo con una sonrisa.

-¿Debería...?- dije mientras rompía el sobre con desesperación. Él me la quitó de las manos y empezó a leer en voz alta, con su profunda y grave voz, que tanto echaba de menos.

-Joseph Rossemberg, decano de admisiones de UCLA. Nos complace ponernos en contacto con usted para poner en su conocimiento...


-¡¡Aaah síiiiii!!- mi padre seguía leyendo, pero yo ya no le escuchaba, había sido suficiente. Me levanté de la silla y empecé a bailar de forma ridícula y empapada por la lluvia, mientras él continuaba la lectura en un tono más bajo, con una leve sonrisa de orgullo.
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-.... Señor, se han salido del escáner, no encuentro al grupo Zulu.

El capitán me miró extrañado, y tomando la radio repitió solemnemente.

-Zulú 6-4 para Papá Zulú. Se han salido de la ruta, contesten. Su última posición 65º Norte 163º Este del mapa de actuación. Repito, su última posición 65º Norte 163º Este del mapa de actuación.


Soltó el PTT y nos mantuvimos unos segundos sin respiración, como si el mantenernos en hipoxia fuera a resolver la situación o a los muchachos les fuera más fácil contactar con nosotros o incluso oírnos.

Los otros dos equipos permanecían en su lugar, esperando que el equipo zulú llegase a su posición, pero nada, no había ruido.  

El tiempo transcurría, y me sentía culpable de que los muchachos se hubiera perdido.... pero qué culpa tenía yo, eran soldados entrenados y no debían haberse salido del camino, o del sendero, o de dónde cojones les hubieran dicho que fuesen. Mi angustia iba creciendo, y mientras todos esperaban en silencio que por arte de magia aparecieran en su lugar, comprobé todo el sistema.... Comprobé todo el sistema una y otra vez, todas las conexiones, todo estaba condenadamente bien enchufado.

...¿Se han perdido? ¿Se habían perdido?

     ….¿Los había perdido?....

              ….¿Había que abortar la misión?....




Mi respiración estaba agitada, miré a todos lados y tenía los puños apretados el dolor de mi rodilla era terrible, no reconocía la zona...

¿Me he perdido?.....¿Me habían perdido?....¿Dónde estaba....?

Coño.... dije como si me fuese a escuchar alguien me rasqué las sienes, pasé mis manos por la cabeza y mire a uno y otro lado, no reconocía ese sendero, desde la colina por la que descendía se debería ver ya lo que había pateado otras tantas veces... ¿como era posible que me distrajera tan a menudo? Entiendo que tenía que mantener la cabeza ocupada pero... ¿¿tanto??.... ¿Tantas veces?....¿¿¿O tan a menudo???....

Deberían ser más de las dos de la tarde, hora más que suficiente para haber regresado. Todo el líquido que quedaba me lo había bebido....De una sola vez....


Me senté bajo un arbusto, a ver si aparecía en el monitor algún rasgo de dónde estaba.

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Dejé la carta sobre la mesa de la cocina con un suspiro, ¿quién sabe? Igual algún día encontraba algún buzón de correo al que echarla, aunque resultaba triste saber que nadie la entregaría, más triste era pensar que seguramente esa Karen ya no existía como tal. Debía ser mediodía, y empezaban a rugirme las tripas, a primera vista no había nada comestible en la casa, y el cansancio casi me podía más que el hambre y no podía desperdiciar la oportunidad de dormir en una cama.

Salí de la cocina al pasillo de la casa, y empujé una pesada vitrina de madera delante de la puerta principal, si algo quería entrar, que por lo menos hiciera ruido. Entré al dormitorio y me dejé caer sobre la cama boca arriba, suspiré mirando al techo y comencé a entrecerrar los ojos, en este momento, al quedarme dormida, siempre empezaban a mezclarse los recuerdos con la realidad.

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Bostecé en la puerta del hospital justo antes de verle aparecer, hacía un poco de frío, así que tenía las manos escondidas dentro de los bolsillos y la bicicleta apoyada sobre la cadera.

-Hola, ¿cómo te encuentras?-
le pregunté y me acerqué para ayudarle a andar hacia el aparcamiento.

-Viviré, no te preocupes.- respondió Gilbert con una sonrisa entregándome las llaves del coche, quien cojeaba más por culpa de la infiltración- Siento haberte tenido que pedir esto precisamente ahora, seguro que estarás cansada después de la guardia.

-Ah, no, no te preocupes, estoy bien.


Llegamos a paso lento hasta su lujoso Proshe Cayenne plateado y coloqué la bicicleta en la parte de atrás después de abatir los asientos. Le ayudé a sentarse en el asiento del copiloto y luego yo ocupé el lugar del conductor.

-Vaya... ¿así que un coche con marchas Sargento...?-
le dije mientras me abrochaba el cinturón y ajustaba la altura de los espejos. -Ohm... ¿el pedal de frenar era el de la izquierda o el de la derecha...?- Gilbert por unos segundos me miró con un gesto de terror, luego le sonreí y le saqué la lengua viendo como se relajaba de nuevo su rostro.

Llegamos a la cima de la colina en la que se emplazaba su urbanización en unos veinte minutos, durante el recorrido hablamos de cosas sin demasiada importancia y escuchamos canciones viejas de rock. Al llegar al número siete sacó el mando de la puerta del garaje y guardé el coche dentro convenientemente. Le ayudé a bajar del coche con cuidado, aunque él intentaba ocultarlo, se notaba su gesto de dolor.

-Bueno qué, ¿te ayudo a subir arriba? ¿Quieres que te lleve al dormitorio... o dónde?


-Pues vamos arriba, al salón.

Me condujo hasta las escaleras de la casa, y con su brazo sobre mi hombro, le ayudé a subir a la primera planta de la casa. Era una casa elegante y moderna, con grandes cristaleras, un patio interior con plantas y muebles de lujo. Acomodé un par de cojines mullidos en el sofá chaise long del salón y le ayudé a sentarse, colocando después una banqueta bajo su pierna lesionada.

-¡Voilá!- dije intentando animarle. -¿Quieres que te traiga algo de beber?

-Bueno, pues si me das unos minutos preparo un par de cafés, es lo menos que puedo hacer.


-Aaaah, nononono, tú quédate aquí, dime dónde está la cocina y yo los hago.- dije poniéndole las manos sobre los hombros para evitar que se levantara.

-¿Cómo? No, no. Pero que descortés, pensarás que soy un mal anfitrión.- dijo él.

-¡Tarde!- grité desde lejos, ya me había infiltrado en la cocina.

Tardé un poco más de lo habitual, no era fácil preparar las cosas en una cocina ajena, en la que no sabes dónde hay nada, pero por suerte, Gilbert parecía ser muy ordenado: las cucharas con las cucharas, las tazas con las tazas... A los veinte minutos volví por fin al salón con la bandeja con ambas tazas de café.

-Listo, espero que haya salido bien... no entiendo esa cafetera que tienes, ¿para qué necesita tantos botones..?- dije sentándome en el sillón, que estaba aún más mullido de lo que en principio parecía.

Probé el café, y no me gustó, pero él en ningún momento dijo nada al respecto. Cogió un mando de la mesita y puso algo de música, aunque no consigo recordar el tema si sé que me gustaba, y después... qué diablos, ¿cómo pude quedarme dormida?

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Abrí los ojos lentamente, el sol, la falta de sueño, la deshidratación, y cómo no, tendría también algo que ver la herida de mi pierna, que aunque había dejado de sangrar, se había infectado en los últimos días notoriamente. Sentía mi respiración agitada, el cansancio se había apoderado de mí, que había hecho que me perdiera incluso.... no no, no que me perdiera. No tenía la más remota idea de dónde me encontraba. Llamé a Niebla, un gesto sólo hizo falta para que acudiera a mi lado, me lamió la cara y se sentó a mi lado. Eché mi cabeza sobre la suya y lentamente cerré de nuevo los ojos. Él nunca me abandonaría.


Permanecimos abrazados durante algún tiempo, no recuerdo cuanto. Lo que sí tenía seguro es que no quería que acabase....

-¿Cómo te han ido las vacaciones?- musité sin querer darle importancia, aunque en realidad, lo que no quería era dejar que saliese de mis brazos.... -¿Cómo ha ido todo ese mes?- intenté que no sonara como reproche.

-¡Bien!- dijo ella como si no le diera la más mínima importancia. -Una vez más volvimos a los orígenes, de donde nos trajo papá.

No quise dar la impresión de que deseara que me lo contase todo con tanto detalle que pudiésemos pasar todo el mes juntos, e incluso si fuera posible que volviésemos a abrazarnos, en ese pensamiento, volvimos a la monotonía fulminante.

-Incendio en la sexta con el mercado de abastos. Camión 27, camión 32, acudan al aviso.

Mi corazón de agitó y volví a escuchar el mismo mensaje.



-¡Guau! ¡Guau!

Se alejó de mí mientras mis ilusiones parecían desvanecerse, estaba oscureciendo y Niebla ladraba corriendo en alguna dirección.

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El perfil del sueño se iba desdibujando lentamente, pero yo intenté aferrarme a él, di un par de vueltas más enroscándome en el saco de dormir, y alguien abrió la cremallera dejando que un bofetón de luz matutina me golpeara en la cara.

-¡Arriba marmotas!-
dijo el viejo lobo de mar desde fuera de la tienda de campaña.

-¡Diablos! ¡Nos hemos dormido!-
grité alarmada mientras me ponía la ropa dentro del mismo saco de dormir.

Cuando salí al exterior ya estaban casi todos los preparativos hechos, las brasas de la barbacoa de la noche anterior se habían apagado hacía rato, casi todas las tiendas estaban recogidas y los vehículos guardados con los suministros que tanto tiempo habíamos estado recogiendo. Cuando estuvimos los dos fuera comencé a recoger la tienda de campaña apresuradamente, y la guardé en uno de los compartimentos del camión forestal, Edgar y Leroy ya se habían ocupado de guardar el resto de nuestras cosas y aguardaban sentados dentro del vehículo, del que ocupé el asiento del conductor mientras me arreglaba el cabello aún revuelto.

-Vaya un día para que se te peguen las sábanas, eh Vernice...- bromeó Joseph.

Sonreí ligeramente mientras miraba por el retrovisor el resto de preparativos del convoy, no podía evitar que una canción sonara en mi cabeza. Las cosas no habían sido nada fáciles durante los últimos tiempos pero... ¿Quién sabe? ¿Quizás era ya hora de empezar a bajar la guardia y confiar en que todo iría bien? Sonreí de nuevo, ya estaba todo listo, y partíamos hacia nuestro nuevo hogar.
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Me desperté de pronto, con una sensación de desazón y vacío. Estaba bastante oscuro ya, y de pronto, comencé a sentirme enormemente sola... qué grande e inhóspito se había vuelto el mundo. Debía levantarme, igual encontraba algo de comer, pero sólo tenía ganas de volverme a enroscar en la cama y quedarme dormida de nuevo.

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Intenté levantarme, estaba agotado, el dolor de mi pierna era cada vez más fuerte, por suerte para mí la última pastilla que había tomado había hecho su trabajo, pero ahora..... comencé un tedioso camino hacia la posición en que se encontraba Niebla, a unos cuarenta metros o así. Aún había luz suficiente para poder ver por dónde pisaba, debían ser las seis de la tarde. Al llegar junto a él, movía su cola y ladró una vez más. Al fondo de un barranco pude advertir un camión de bomberos.... El corazón se aceleró.

En el fondo del barranco, yacía inerte un camión de bomberos, ¿era lo que llevaba buscando tanto tiempo...? Bueno, en realidad, a lo que iba dentro.... Empecé a bajar sin hacerle caso al dolor, notaba que hacía mucho frío, posiblemente fuera la fiebre. La herida había dejado de dolerme como antes, lo que significaba que no era nada bueno. Y mi rodilla, mi jodida rodilla gritaba por la siguiente toma de analgésicos.

Sin querer pensar en nada de eso sino que el camión no fuese el de ella, y si fuese el de ella que no estuviese ahí, y si estuviese ahí... que fuese ella. No sé si un mal paso o mi mala salud, hicieron que resbalase y que cayera colina abajo entre giros y golpes. No sé si es que había rodado bastante o que estaba muy cerca del camión, pero mi cara quedó en el suelo a escasos tres metros de la cabina, tumbada en el suelo, y pude leer perfectamente en su techo junto a los destrozados luminosos y sirenas.

“V36 Distrito de Los Ángeles”.

Era su camión.

Intenté incorporarme como pude, el polvo y las grietas en el vidrio hacía que fuese imposible ver nada desde el cristal principal. Seguí girando y pude comprobar por dónde había caído el camión, un ruido del interior llamó mi atención. El gruñido fue seco y espeluznante. Saqué de mi cinturón el destornillador que me había acompañado en los últimos viajes y eché de menos no haber tenido allí un arma. Aunque... no hubiera sido capaz de usarla..... Me apoyé en el camión con mis manos a la altura de mi cabeza apoyada en la rueda del gran forestal. Niebla se sentó gruñendo lastimeramente. No me quedaba más remedio, esas transacciones eran las que se llevaban ahora, y yo había perdido el derecho a ser un miembro más de la comunidad, no aportaba, así que tampoco podía disfrutar comprensiblemente de sus suministros.





-¿Entonces qué Gilbert? ¿Hacemos el trato o no? Estos víveres y agua, si los racionas bien, te darán para un par de semanas. Y ya que no te queda munición, ¿para qué quieres ese arma?- dijo esbozando una sonrisa sin rozar la malicia, pero a sabiendas de que no tenía otra opción.

-Entiendo que no te sirva de nada la munición de la semana pasada sin mi arma, lo tenías claro, era una compra asegurada Bart.-

Era un buen arma, de cuando serví en las fuerzas especiales, pero qué cojones, era la única opción que tenía de poder encontrar a la bombera, entregué mi arma mientras me alcanzó la mochila, no quise desconfiar de él, así que sin abrirla le dije:

-Sabes que volveré, guárdame bien ese arma, porque puede que algún día quiera recuperarla


El sonrió y dijo:

-Claro claro, sabes lo que tienes que hacer.






Seguí rodeando el camión, aunque a pesar de que la luz iba menguando pude ver por donde se había deslizado hasta el fondo del barranco. Había alguien dentro y él, ella, o lo que fuese, había advertido que había algo fuera.... yo.

Había signos de lucha alrededor, hice un breve recuento y encontré tres cuerpos alrededor del camión, aprecia que había sido una lucha encarnizada. Los cuerpos estaban mutilados y no quise imaginar los golpes que podía haber dado con su hacha. Al completar la vuelta del camión para llegar de nuevo a la parte de atrás, pude comprobar que las puertas estaban abiertas. Con el destornillador y desde un lateral subí una de las persianas donde normalmente se guardaba todo el material. No quedaba nada, estaba totalmente vacío, un habitáculo de aproximadamente dos metros cuadrados en el que poder guarecerme por la noche, no me sentía con fuerzas de abrir la puerta y encontrármela a ella, así que ante la duda....




Subí a través de la escotilla lateral, estaba en lo alto del camión, justo donde comienza la escala ¿Iba a echarme atrás ahora?.... Todos me miraban, ¿por qué cojones me habría metido yo en un simulacro de salvamento? ¿Y por qué no habíamos subido por el ascensor como siempre se había hecho? No... la escalera apuntaba al cielo, exactamente a una quinta planta. Lo que nadie había dicho es que una escala de treinta metros tenía in cimbreo de casi un metro arriba abajo. Era como andar sobre una colchoneta inflable o una cama de agua, aunque nunca había estado en una cama de agua, pero me lo imaginaba. Toda esas cosas pasaban por mi cabeza mientras el miedo se detectaba en cómo me agarraba a la barandilla. Tanto que a medio camino ya me dolían los hombros y los codos.

Pero allí estaba ella, en la ventana.

-Rápido, el herido no respira....

Joder, ni los servicios sanitarios, ¿qué cojones quería decir que el enfermo no respiraba? Era yo el que llevaba 15 metros sin respirar. Para colmo Lenny que venía detrás mía, más que como apoyo de la operación, para que no cayese desmayado. El hombre era de palabras dulces, tácitas y sobre todo tremendamente sinceras.

-Vamos Gilbert, ahora viene lo peor.


Coño era verdad, a cada paso la escala se movía más, quería decirle que por qué no lo habían apoyado en la ventana, aquello habría evitado males mayores. El cimbreo aumentaba conforme me acercaba a la ventana, tanto es así, que no sabía ya si entraría por el cuarto o el quinto piso.

Al llegar ella con su pelo suelto, nunca la había visto así, me tendió una mano. Y una mierda, nadie iba a hacer que me soltara de la barandilla, esa escalera debía entrar hasta la habitación si querían que yo me soltara de ahí.

En muchas películas había visto una cestita que llegaba hasta la ventana, y ahí se abría una puerta y la gente entraba como si se tratara de un ascensor ¿dónde estaba la cestita?....




Me despertó del pensamiento otro golpe en la cabina del coche, no pude esperar más, si era ella tenía que saberlo, quizás mi búsqueda había acabado, aunque eso me iba a llevar al más terrible de mis momentos.... Por un instante reviví aquella terrible explosión cuando aún cruzaba la calle, así que me acerqué hasta la puerta, encaramado como un mono malherido, y antes de abrirla busqué en mi bolsillo el mechero, no podía ocurrir una segunda vez.

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La situación se había torcido en un abrir y cerrar de ojos. Todos los vehículos habían aparcado en las afueras de la fábrica, tal y como se había previsto anteriormente, pero esa maldita horda no tardaría en darnos alcance. ¿Tanto esfuerzo para nada?

Todos arrimaban el hombro, los más capaces se ocupaban de conducir a los demás al interior y descargar los vehículos, mientras que algunos otros se habían encaramado a los techos de los coches para disparar a los caminantes más rápidos que empezaban a llegar encabezando la horda.

Descargué el camión forestal con la ayuda del Leroy y Edgar, quienes llevaban las cosas al interior de la fábrica, mientras intentaba asegurarme de los caminantes no se acercaran demasiado, pero eran imparables.

-Leroy, asegúrate de que todos están dentro. Yo voy a intentar llevarme la horda lejos.- dije al muchacho.

-Sí, ten cuidado.-
asintió él con convicción.

Los caminantes eran imparables, a pesar de los disparos de los compañeros, no dejaban de atravesar la línea de coches y llegaban ya al frontal de la fábrica.

-¡¡Aaaaah!! ¡Vernice!- escuché el grito agudo de Sally a lo lejos. La busqué apresuradamente con la mirada.

La niña estaba a unos veinte metros, un caminante la había alcanzado y la tenía derribada en suelo, mordiendo su pequeña pierna.

"No, maldita sea, Sally no..."
Pensé corriendo hacia ella. Alcé el hacha y dejé caer el golpe sobre la cabeza del caminante que mordía a la niña.

-No te preocupes, cariño, te pondrás bien.- le susurré cogiéndola en brazos, levantándola del suelo, aunque bien sabía que no, que no se pondría bien...

Corrí con ella de vuelta al camión forestal y la recosté en el asiento trasero. No quedaba mucho tiempo, así que ocupé mi asiento y encendí el motor poniéndome en marcha. Encendí las sirenas y los rotativos y nos pusimos en marcha, saliendo del parking de la fábrica, para hacerle de liebre a aquella maldita horda.
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Me volví a despertar, esta vez aún peor que antes. Ahora sí que no quería seguir durmiendo, no quería revivir eso una vez más, no podía. Además, los recuerdos parecían estar haciéndose más vívidos, igual estar tan cerca del lugar del accidente hacía que todo se intensificara, como si se tratara de un lugar sagrado, de una tumba...

Salté de la cama y me encaminé de nuevo a la cocina, creo que ya sí que era hora de investigar un poco en aquella casa. Qué diablos. Eso mantendría ocupada y podría olvidarme de mis demonios. Empecé a rebuscar en todas las alacenas y armarios, deseando encontrar algo que echarme a la boca.

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'¿Qué hay ahí?' :
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Agarré la manivela de la puerta y tiré de ella hacia atrás alzando el destornillador que aún podía contar como posesión. El hedor llegó a mis fosas nasales como el alcanfor lo hace cuando abres un armario que lleva mucho tiempo sin abrirse, mi estómago no pudo soportarlo y una arcada se hizo sonora en el eco de la cabina. Aún mareado por el evento pude observar en el interior una forma que atrapada por la otra puerta y contra el suelo, intentaba alcanzarme con sus pequeñas manos.

-Joder- musité mientras apartaba mi cara de la nauseabunda escena.

Era Sally. Mierda ¿Qué había pasado para que Vernice la hubiese abandonado? ¿Estaría ella bien?Me armé de valor y volví a asomarme, ahora de rodillas para mirar dentro de la cabina.... La estancia allí hubiese sido imposible, así que alcé mi mano para golpear en la cabeza a Sally, y al momento de hacerlo cerré los ojos, apreté fuerte la barra.....



La mira de mi rifle yacía estacionaria más de quince minutos sobre el blanco. Esperaba la orden, permanecía tranquilo, aunque realmente mi mente iba muy rápido y mis latidos parecían detenerse. Respiraba agitadamente durante unos instantes e intentaba retomar el ritmo normal, mientras esperaba la orden “Fire” de algún mando para acabar con la vida de aquel insensato.... El dedo acariciaba suavemente la pieza que cubría el gatillo. De pronto, y casi sin darme cuenta, el eco de una voz fría y seca resonó en mi auricular.

-Zulú, elimine el blanco.

Respiré hondo y en el instante en que procedía a apretar el gatillo, en que la cruceta de la mira daba en su nuca, el soldado se giró, era un niño. Cerré los ojos.....



Me retiré hacia atrás dando un portazo en la puerta, intentando tomar aire mientras la mirada de niebla me hacía sentir culpable, más culpable de lo que jamás me había sentido. Me deslicé hacia el interior de la cabina de suministros que había abierto con anterioridad, y que gracias a la falta de material podría guarecerme hasta la llegada de la luz. Los rugidos de Sally empezaban a notarse a la caída de la noche, y ya casi sin luz, di un silbido a Niebla que saltó al interior. Fue lo único que pudo hacerme olvidar la escena, esta y la que tantas otras veces me había despertado por las noches. Acaricié el pelo de Niebla mientras bajaba la persiana, él me lamió las manos varias veces, y con lágrimas en los ojos le dije.

-Sí, lo hice Niebla, yo disparé....

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Mi búsqueda de suministros en la casa me llevó en primer lugar a la cocina. Junto a un vaso de cristal cubierto de polvo había una pequeña caja de antiinflamatorios que seguramente algún día me servirían de ayuda, mucho había lamentado en tiempos pasados no tener algo así a mano. Recogí la caja de Adravil de la encimera y la guardé en uno de los bolsillos de la chaqueta amarilla, para a continuación, seguir inspeccionando las alacenas altas de la cocina.

-¡De lujo!- dije en voz alta, como si hubiera alguien más en esa casa conmigo -Vaya un premio para el fin de fiesta.

Saqué el pack de seis latas de cerveza de la alacena de la cocina, aparte de ésto, no había nada más que pudiera servirme. No estaba habituada a beber, alguna cerveza de vez en cuando, pero no iba a desperdiciar un regalo como este cuando el destino me lo brindaba, al menos así, no le daría demasiadas vueltas a lo que estaba sucediendo.

La primera lata me la bebí muy deprisa, sobre todo por la sed. Y la segunda casi igual de rápido, supongo que esta vez fue el hambre. La tercera... bueno, supongo que fue entonces cuando empezó a parecerme divertido. Me senté en el suelo de la cocina, rodeada de mis nuevas amigas.

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Fin de año de 2011. Llevaba desde antes de nochebuena intentando empatar todos los turnos que había podido. Para esas navidades mi hermano había traído a la repipi de su novia francesa, y toda la familia habían venido a conocerla. Esto se traducía en: una casa llena de parientes cotillas, gritones, criticones y metomentodos... y ya no lo aguantaba más.

-¿Por qué no te arreglas un poquito más Vernice?


-Ay, ¿para cuándo vas a buscarte un novio? Es que no ves que se te pasa el arroz.


-Oye, que si en realidad es que no te gustan los hombres.... tampoco es nada malo chica, pero no vayas a quedarte sola....

-Claro, es que con esa pinta de marimacho, ¿qué esperas que pueda conseguir la chica...?


Cogí la chaqueta de cuero y salí de casa dando un portazo y refunfuñando. No había conseguido que nadie me dejara cubrir este turno, habría hecho cualquier cosa con tal de no estar en casa, pero en la noche del 31 de diciembre, no había tenido tanta suerte.

Apagué el teléfono móvil, caminé hasta la casa de Lasse, y llamé a su puerta.

-Asilo político.


-¿Qué?-
me miró extrañado desde el quicio de la puerta.

-No aguanto más en mi casa, por dios... dime que no tienes nada que hacer.

-Lo siento, pero tengo que ir con los niños y Sarah a cenar a casa de mi suegra...- sin que nadie desde dentro del interior de la casa lo viera, Lasse hizo un gesto de cortarse el cuello con el dedo pulgar.

-No me des ese disgusto...

-Bueno, algunos iban a ir al pub de la calle 12 a tomar algo.

-Gracias, deséame suerte.- me despedí de él con la mano y me encaminé al bar.

Al llegar ahí, a pesar de que eran poco más de las nueve de la noche, ya estaba la fiesta montada. Sólo unos pocos compañeros eran de mi misma unidad, pero no importaba, empecé a hablar con algunos conocidos que contaban anécdotas del trabajo, y aquellos con los que tenían menos trato me preguntaban historias sobre mi padre. Luego llegaron las cervezas, los chupitos... dieron las doce campanadas, y el bar comenzó a vaciarse, pero malditas ganas que tenía de volver a casa, así que me quedé en la barra, tomando la última.

Cuando me di cuenta, debían de ser las dos de la mañana, el pub estaba casi vacío, aunque había una segunda figura en la barra.

-Si me hubieras avisado de dónde era la fiesta, habría venido antes.-
dijo Gilbert.

Intenté hablar, pero de mi boca sólo salió un "hip".

-Hip, no.... para nada me gusta esa música. Quizás si hubiese llegado antes podría haberte llevado a bailar rock'an roll.- habría jurado que se puso rojo, pero creo que no estaba en posición de asegurar nada.

-No puedo volver a mi casa. Ha sido invadida por un ejército de chismosas y culichichis... Hip.


Creo que sonrió, y luego dijo:

-La mía sin embargo está sola. Sin ruidos, sin gente bebiendo, ni nadie con quien compartir un silencio.


-Puedo prestarte a un par de tías segundas, primos y cuñadas, si quieres....- sin ningún motivo empecé a reírme y casi me caí del taburete, pero él se levantó de su sitio y me sujetó.

-Por lo que estoy viendo, creo que será mejor la soledad. ¿Por qué te enfadas de recibir visita? Tu madre parecía muy contenta...- se calló poniéndose rojo.

-Porque disfrutan torturándome... hip. "¿Pero que poco te arreglas? ¿Es que te gustan las mujeres...? Vas a acabar vistiendo santos...." etc...-
intenté equilibrarme de nuevo sobre el taburete, el camarero de la barra miraba con malos ojos, ¿sería ya hora de irse?

-Bueno, feliz navidad...-
dijo él y alzó un Gin-tonic, sin Gin.

-Sí... feliz... muy feliz.

Alcé la copa... de lo que carajo estuviera bebiendo a esa hora. No recordaba si había pagado ya o no, así que saqué un puñadillo de billetes de un dólar del bolsillo y lo dejé sobre la barra. Luego bajé del taburete con un salto torpe, y empecé a andar hacia la puerta del bar, sujetándome de la barra, aunque el suelo estaba en muy malas condiciones, y se abombaba y deformaba bajo mis pies.

Gilbert me alcanzó y noté que metía algo en mi bolsillo.

-Ya estaba pagado, alguien nos debió invitar.-
me pareció que me sujetó, el suelo parecía estar más firme a su lado.- ¿Puedo ayudarte?

-Sí... ayúdame a buscar un puente confortable. No voy a volver a esa casa hasta que se marchen.


-No te preocupes, sé de un lugar donde podemos tomarnos algo tranquilamente. ¿Te incomoda que te invite a casa? Será la primera vez que vea más de una persona en navidad.

-Siempre que no te refieras a mi casa, me parece genial.-
dije y empecé a reir de nuevo, sin motivo aparente.

Cuando me di cuenta, iba en el asiento del copiloto de su coche, dormitando a ratos...

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Frené suavemente intentando reducir la velocidad al máximo, a pesar de ser una curva muy cerrada la había tomado cientos de veces. Una vez cogida la dirección del nuevo carril que se abría paso por la gran avenida, dejé caer todo el peso de mi pierna derecha sobre el acelerador, noté como cimbreaba un poquito la rueda trasera del voluminoso vehículo que llevaba. El doctor Johanned se aferraba a su tablet aunque en esta ocasión no teníamos datos de los pacientes, era un accidente que había ocurrido cerca del estadio. Frank por su parte, el enfermero de la unidad, iba tranquilo como solía hacer siempre; su mano agarraba fuerte el asidero de la puerta, y como si se tratase de una espiga de trigo o de un junco se movía sutilmente al ritmo que le tocaba la ambulancia.

Los coches se apartaban y devorábamos metros a una velocidad vertiginosa. Mis ojos se fijaron que íbamos a 100 Km/h, a lo lejos, y tras cruzar el puente Jeremmy Jhonson, se podían ver las luces de dos coches de policía que intentaban cortar el tráfico. Un camión había embestido a un autobús escolar, éramos los primeros en llegar. La radio daba instrucciones de dónde debían dirigirse los heridos, que según el primer recuento eran más de quince.

Fui reduciendo la velocidad hasta detener el vehículo con la puerta trasera dirigiéndose hacia el accidente, era habitual que el primer vehículo que llegara no trasladase.... aquí entraba el famoso sistema de cuerdecitas de colores, si gritaba y tenía buenas constantes, lacito amarillo; si por el contrario revestía gravedad y urgía su traslado el lacito era rojo; y si el accidentado yacía muerto o su gravedad era tan extrema que nada se podía hacer por él, se ataba en su brazo un lazo negro....

La escena que bajo una neblina rondaba mi mente había cambiado totalmente, muchos de los infantes habían salido despedidos del autobús por las ventanas. El impacto había sido tan brutal que el autobús estaba doblado en un ángulo de más de 40º. Gritos, sollozos y dolor en el ambiente. Al bajar del coche, el último de los tres, mi pierna hizo un chasquido sonoro. La tensión del momento y el cansancio de tantas horas trabajadas me estaban pasando factura, eché un par de analgésicos a la boca que tragué con una botella de agua de la puerta, antes de empezar a seguir las órdenes del doctor y colocar lazos.

-¡Rojo!.... ¡Gilbert rojo!....

-¡Negro....!- gritaba por otro lado Frank- Es un desastre, avisa de que necesitamos seis unidades más.

Tomé la radio y escuché detrás de mí el sonido de una pequeña persiana elevarse. Los bomberos habían llegado, era el camión 27 de la central 21. Me giré hacia atrás y la vi a ella. Se ajustaba el casco mientras terminaba de coger un hacha del almacén. Su cara, a pesar de haber vivido situaciones igual o más grotescas que esta, se veía turbada, pendiente a su trabajo sin siquiera reparar en que yo estaba ahí. Bajó la persiana con un fuerte golpe que resonó en mis oídos. Volví a la realidad.....




Me faltaba el aire, me sentía como un viejo faraón que se había encerrado en un estrecho habitáculo con su concubina, en este caso, mi perra. Niebla me lamió varias veces y se movía inquieta, tiré de la persiana hacia arriba y a lo lejos se veían los primeros rayos del sol.

Niebla dio un salto y corrió a estirar sus patas, yo debía hacer lo mismo.... me encontraba mucho más tranquilo, como si no me doliese nada. Puse los pies en el borde del cubículo y de un salto me dejé caer. Ey, ¿qué pasaba? No tenía cansancio, pesadez... ni siquiera sentía hambre. La sensación que me embargaba no la podía reconocer, di un par de pasos, caí sobre mi rodilla y noté el frío suelo húmedo por la escarcha de la mañana.

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Desperté contemplando un techo desconocido. Tras unos segundos de estupor empecé a mirar alrededor. Estaba tendida en un mullido chaise longe, un par de tazas humeaban sobre la mesita de café y había algo de leña chisporroteando en una chimenea, aunque debía ser sólo por dar ambiente, realmente no hacía tanto frío.

Me incorporé despacio y con el cuerpo algo entumecido, la cabeza me dolía como si fuera a reventar y la habitación se agitaba conmigo en cada movimiento. Al sentarme en el sillón me di cuenta de que alguien me había quitado los zapatos, la ropa que llevaba no era mía, y la chaqueta de cuero reposaba sobre el espaldar del sofá. Continué mirando la habitación unos segundos más, inmóvil sentada en el sofá, parecía que el mundo comenzaba a sosegarse, y empecé a identificar el sitio. Ya había estado ahí alguna vez, ese era el salón de la casa de Gilbert.

Suspiré y me acerqué a oler una de las tazas que estaban sobre la mesa, pero al tocarla me quemé la yema de los dedos, estaba demasiado caliente aún. Volvía a reposarme contra el sofá cuando escuché unas voces en una sala contigua, así que con curiosidad, me levanté y sujetándome de los muebles, me acerqué a escuchar.

-Sí... no, no es molestia ninguna.... Bueno, parecía dolida quizás más que enfadada..... No, no se preocupe, está bien.... Sí claro.... No se preocupe señora Margarita, cuando esté mejor la llevaré a casa.... Sí claro... feliz año nuevo a usted también.


Me llevé la mano a la boca para evitar hablar antes de tiempo, empezaba a notar la sangre latir en mis sienes a causa del enfado. ¿Pero qué se habían creído? Anduve de vuelta al salón, y comencé a buscar mis zapatos por el suelo. Ahora sí que me sentía dolida, humillada. Me calcé los zapatos y cogí la chaqueta del respaldo del sofá. ¿Acaso creían que no podía manejarme sola? Si quería cogerme una borrachera me la cogía y punto, no tenían por qué decirme nada.

-Has despertado, ¿estás bien?- dijo Gilbert al entrar al salón y verme vestida y preparada para marcharme.

-Lo he escuchado todo.- intentaba sonar fría, pero supongo que el enfado se me notaba a la legua. -¿Sabes? No soy una chiquilla que necesite una niñera ni nada por el estilo.

-No es eso, tu madre estaba preocupada y yo...

-¡No es excusa! Me largo.- dije sin darle tiempo a dar más explicaciones, aunque él parecía tener mil cosas que decir.

Di un par de vueltas antes de encontrar la salida y me encaminé colina abajo. Creo que vino detrás de mí un rato, pero yo no quería escuchar a nadie más por hoy. Tardé unas dos horas en llegar a casa, pero volver... no podía, eso era como dar mi brazo a torcer, como asumir que tenían todo el derecho y toda la razón a la hora de hablar de mí de ese modo. Así que, como si fuera una quinceañera que se hubiere escapado de casa por una discusión, subí a la casa-árbol del jardín trasero, y pasé lo que quedaba de noche durmiendo ahí. [FB]__________________________________________________________




No sabía bien qué hora debía ser, todavía estaba oscuro en el interior de la cocina, pero bien podría ser que el polvo acumulado en los cristales después de tanto tiempo, no dejara que se filtrara del todo la luz. Me sentía torpe, embotada y con ganas de vomitar, pero no sabía bien por qué, quizás un sexto sentido, había hecho que me despertase.

A unos cuantos metros de donde estaba yo tendida podía escuchar el gorgeo de un caminante acercarse. ¿Pero qué diablos? ¿Cómo era posible que hubiera entrado sin darme cuenta? No había escuchado la puerta, ni el pesado mueble que había dejado delante bloqueándola. Intenté levantarme pero el sentido del equilibrio me fallaba y trastabillé.

-¡Maldición!- grité frustrada apoyando de nuevo las manos en el suelo y esperando que la adrenalina comenzara a fluir pronto y me despejase.

Noté cómo el caminante se abalanzaba sobre mí, y alcé una pierna para intentar alejarlo con la patada. La criatura dio un par de pasos hacia atrás, pero de nuevo no conseguí levantarme y volvió a abalanzarse sobre mí. Intenté repetir la operación de la patada, pero no alcancé a darle, así que encogí la pierna sobre mi torso para ponerla de escudo entre ambos. La caminante, ahora podía identificar a pesar de la poca luz, que se trataba de una mujer, sujetó mi muslo y enganchó el mordisco sobre la protección de acero acolchada que cubría mi rodilla.

-Eso es,- dije apretando los dientes mientras intentaba con mi mano izquierda sujetar su cabeza contra la rodilla para que no pudiera separarse de ahí -muerde cerda, muerde...

Con la mano derecha busqué el martillo en la cinturilla del pantalón mientras el bocado de la caminante seguía intentando atravesar la espuma acolchada de la protección para llegar a la placa de metal. Extendí la mano hasta alcanzar unas tijeras de cocina, y empecé a presionar las afiladas hojas de acero contra su ojo derecho. El globo ocular cedió pronto y me salpicó la sangre repugnante sobre la cara.

-Vamos ya... ¡Muérete de una maldita vez!- grité apretando más el puño sobre la empuñadura de las tijeras, hasta el punto de dejarla marcada en la palma de mi mano.

Seguí empujando con todas mis fuerzas aquellas tijeras hacia dentro, hasta que por fin el esfenoides cedió y enterré el puño hasta su órbita ocular. La presa sobre mi rodilla se relajó y el cuerpo se convirtió en un peso inerte que dejé caer hacia mi izquierda.

En parte por la conmoción y en parte por las cervezas, me giré hacia mi derecha, y no pude aguantar más las ganas de vomitar.

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Empujaba la camilla por los pasillos del Riverside Hospital, inusualmente repletos de gente, que por alguna extraña razón también corrían ensangrentados, sentados en las sillas de las distintas salas de espera. Por fin, en la puerta del box 11 me esperaba el equipo del quirofanillo, nombre que se le daba a la antesala de pacientes graves. Entré hasta el centro de la sala y tras el usual recuento hacia atrás pasamos al herido en la propia camilla de tijera a la camilla de observación.... Mientras nuestro equipo permanecía allí dando constantes e iniciando todo tipo de maniobras y protocolos para intentar salvar la vida del desconocido.

-Rápido, cambiadle el suero.- dijo el médico especialista de urgencias al cargo aquella noche.

-Ha perdido mucha sangre, en la ambulancia no quedaba suero. Gilbert, -dijo Frank, el enfermero del equipo médico girándose hacia mí- tenemos que reponer, recuérdalo antes del siguiente servicio.

Afirmé mientras me secaba el sudor a pesar de ser una noche fría, demasiado fría. Llevábamos más de catorce servicios en un corto espacio de tiempo, nada de actuaciones: recogida, estabilización y deposito en el hospital. Así una tras otra. El ochenta por ciento fueron peleas, disputas familiares o entre amigos y en la calle. Según me había contado Thomas, Recogieron a siete heridos de un bar, todos ellos tan violentados que más de la mitad sufrían heridas por mordisco.

-¿Donde vamos a llegar?- me dijo mientras se alejaba Thomas, el otro conductor de guardia.

Mientras cerraba las cintas protectoras y cambiaba las sábanas de la camilla, Frank comenzó a poner encima todo lo que nos hacía falta reponer: sistemas de sueros, sueros, plasma (que aunque no era usual todo el que llevábamos se había gastado esa noche), vendas, y una caja nueva de guantes. Salimos por el pasillo posterior, por ese en el que sólo entra el personal autorizado, para no volver a abrir la puerta del quirófanillo. Nos cruzamos con una camilla con un cuerpo cubierto por una sábana, era una visión habitual; lo que no era tanto, era que tras esa venía otra y otra más. Un total de tres cuerpos sin vida cubiertos con sábanas ¿Dónde estaban los celadores y los jefes de la guardia para llevarlos al mortuorio?

El equipo médico y yo pasamos por la máquina de café, como siempre pasadas las doce de la noche (era nuestra parada habitual), sacamos un par de tazas bien cargadas y yo una botella de agua fría. Eché un par de analgésicos disimuladamente a la boca y bebí agua. Tragos lentos pero largos. Seguía sudando, sentía demasiado calor, pero no era así. Lo dejamos todo en la ambulancia, y permanecimos unos instantes antes de dar el disponible tomándonos las bebidas, mientras, no dejaban de llegar más ambulancias y coches de policía. Mientras, el hospital estaba apunto de colapsarse.

Nos comentó el doctor Johanned que habían llamado al equipo de refuerzo que está habilitado para estos casos y que aún así no había personal suficiente para todas las actuaciones de urgencias que se estaban solicitando. Metí la llave en el contacto y puse la ambulancia en marcha.

-Central, Alfa 72, recurso disponible.- Sonó un instante la estática y apenas unos segundos después escuchamos la respuesta de la central.

-Un momento, Alfa 72 manténgase a la escucha.

No nos dijeron nada más, y durante cinco largos minutos, la emisora permaneció en silencio..... A escasos metros fuera del aparcamiento de las urgencias, un perro ladraba ruidosamente mientras retrocedía a algún vagabundo que por allí deambulaba. Su dueño trataba de llamarlo, pero éste no le hacía ningún caso y continuaba con su obsesión por el indigente.

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El ladrido de mi recuerdo parecía tan real que llegaban a dolerme los oídos, abrí los ojos y seguía allí, clavado de rodillas con las manos apoyadas en el suelo. Niebla me ladraba, estaba intentando avisarme de algo. Intenté levantarme y el dolor agudo volvió a mi rodilla, no habría pasado mucho tiempo.... necesitaba encontrar agua y medicinas pronto.....

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Cuando ya no quedaba contenido en mi estómago que seguir vomitando comencé a incorporarme poco a poco, tomándome mi tiempo. Tomé aire durante un par de segundos, arrodillada y mirando alrededor. A mis espaldas estaba el cadáver de la caminante, a unos cuantos metros había cuatro latas de cerveza vacías y dos sin abrir, no podía recordar el momento en que me bebí la cuarta lata, y supongo que ese era el origen del dolor que me martilleaba las sienes.

Me arrastré gateando hasta el cuerpo inerte y sujeté con una mano su cabeza para desencajar las hojas de las tijeras de cocina de la cuenca ocular. Me dieron ganas de vomitar de nuevo, pero me llevé el antebrazo a la cara para intentar controlarlas y alejar un poco el olor.

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No tenía sentido... no era posible. Por más que lo aseguraran yo me rehusaba a creerlo. ¿Qué probabilidades había? A pesar de ello, las náuseas cada mañana aparecían como un símbolo de que a veces lo imposible podía pasar. Supongo que había pasado tanto tiempo viviendo entre hombres que había olvidado qué conllevaba ser una mujer.

Pero no podía ser, no tenía sentido. Seguramente le ponían algún aditivo a la comida por las noches, para que por las mañanas me sintiera mal y me creyese así sus mentiras. Esa era la respuesta más sencilla, debía de ser así.

Fuera como fuera, lo que tenía que hacer era salir de ahí. No tenían ningún derecho a retenerme, por más excusas que se inventaran.

Como cada mañana, un par de minutos después de despertar, me sentía invadida por la furia. Me ponía en pie volcando el catre y las sábanas de la celda y comenzaba a patear la puerta para desahogar mi rabia, hasta que, a través del ventanuco veía como alguien se acercaba por el pasillo con una bandeja de calma líquida, para asegurarse un par de horas más de tranquilidad.

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No podía haber sido tan descuidada. Me puse en pie y comencé a revisar el vestíbulo de la casa, el mueble que había colocado la tarde antes delante de la puerta seguía todavía ahí, intacto. Revisé el salón y todo parecía seguir en su sitio, y el dormitorio... fue entonces cuando reparé en la pequeña puerta que ahora yacía arrancada sobre la cama, daba acceso al baño de la casa. Me acerqué a inspeccionarla, y por lo visto, había sido arrancada con premarco y todo de la estructura de madera de la casa. Parece que la caminante que me atacó había tenido una noche muy entretenida echando la puerta abajo.

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Permanecí algún tiempo más intentando levantarme, me sentía como los móviles que tras una noche entera de carga sólo con encenderlos habían perdido la mitad de su capacidad, como si mi batería interna estuviese agotada. Respiré hondo y en un último intento me incorporé, entonces Niebla rebuscó, no muy lejos del camión, señalando con su trompa la pistola bajo una capa de polvo. Me apresuré a coger, y limpiando la pátina de tierra superficial, y luego una más profunda, vi que era la de Vernice....

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-Vamos pequeña, inténtalo de nuevo.

Ella colocaba el cargador en la pistola. Tiraba hacia atrás con fuerza de la corredera. Una chica tan fuerte, parecía que el miedo le hiciera no poder realizar esa acción tan simple, automática.... pero era normal, mi querida apagafuegos (como solía llamarla), estaba en el mundo para ayudar a los demás. No sería capaz de lastimar a un perro que metiera la trompa en su bolsa de la compra y le robara los donuts uno a uno, aunque luego tuviera que explicar a toda la compañía que ni se le había olvidado comprarlos, ni explicaría que se los había comido un perro; tan sólo y tras una sonrisa pícara y malévola me echaría la culpa a mí.

-Él, el, seguramente ha sido él, porque siempre os coméis sus bollos.


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Sonreí con el recuerdo, sembrando en mí una cálida sensación, pero ahora tenía su arma en mis manos y eso me ponía triste, porque cuando llegaba el momento, aunque torpemente, la usaba.... Había aprendido a usarla en contra de todos sus principios y voluntad.

Saqué el cargador, o intenté sacarlo, puesto que estaba totalmente enganchado tras haberse encasquillado. No sé si la pistola se había encasquillado por disparar demasiado rápido o simplemente la bala había quedado atrapada en la recámara por un mal funcionamiento o golpe. También podía ser que fuese su última bala, pero en cualquiera de estos casos, no podía acceder al cargador, ni siquiera a desencajar el carro de la base de la pistola. Era una beretta de las fuerzas especiales, aunque la recordaba en mejor estado (ahora tenía arañazos y alguna mueca en la cacha), sin duda esa era el arma de Vernice. Suspiré y continué mi camino dejando la pistola inservible dentro de la mochila.

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