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Estás solo, todo está destruído, la muerte quiere cazarte. Has sobrevivido al fin y eso no es todo: esta guerra sigue en pie, pues el fin supone un nuevo principio, uno más tormentoso donde tendrás que demostrar lo que vales. ¿Crees poder sobrevivir?, si no... Abandonad toda esperanza aquellos que os adentráis en este nuevo, virulento y destrozado lugar.
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Memories de Pipper

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Memories de Pipper Empty Memories de Pipper

Mensaje por A. Pipper Hoffman el Dom 17 Mar 2019, 22:17

Viernes, 30 de Noviembre de 2012
6:30am
Manhattan, New York.

El agudo sonido del despertador llenó la habitación; causando que Salem casi recién nacido maullara en protesta y diera muestra de su molestia bufando y colocando sus dos patas delanteras sobre la cara de su dueña, quien aún batallaba un poco con el sueño y sacaba rápidos cálculos matemáticos sobre si podría o no dormir media hora más. La mano diestra de la mujer voló al despertador dándole un suave toque para terminar de esa forma con la suave tortura matutina que representa su sonido. El minino complacido de que sus órdenes fueran acatadas, lamió con suavidad la nariz ajena antes de acurrucarse de nuevo para regresar a los brazos del Morfeo felino.

En medio de una melena desordenada se encontraba oculta la sonrisa de la doctora Hoffman; la cual aún no se libraba de las ataduras de sus sábanas. Finalmente los cálculos mentales jugaron en su contra y la responsabilidad ganó la batalla. En pocos minutos la mujer se encontraba perfectamente levantada, con un moño alto y rumbo al baño para cumplir con su aseo matutino. Pero por supuesto antes de entrar al baño, revisó su agenda como cada día de su vida.

En la hoja membretada con la fecha del día en curso, se podían leer solo tres anotaciones con letra pulcra y en tinta rosa.

Halloween: Comprar dulces, chocolates y no la marca de gomas de mascar del año anterior. (Hubba Bubba) 

9:30 am: Reconstrucción del LCA a la Sra. Roux.

Llevar el almuerzo a Jean, ayer no comió.

Bostezó con suavidad mientras se estiraba al terminar de leer la agenda y regresaba a su ruta para su maravillosa rutina de aseo. Aproximadamente cuarenta y cinco minutos más tarde. Pipper deambulaba por su apartamento completamente vestida con su uniforme médico especial para halloween, un lindo conjunto de blusa y pantalón de color rosa con huesos plateados pintados en él. Sus zapatos de trabajo rosas y una cola alta, junto a su inseparable reloj de pulsera  completaban el atuendo. Se movía de un lugar a otro con el celular en la mano, respondiendo mensajes y leyendo las noticias del día, en algunas partes se hablaban sobre ataques de personas especialmente violentas; pero aquello aunque si le interesó no evitaría que continuara con su rutina diaria... Que equivocada estaría en aquel momento. 

Dejó que su celular se deslizara de su mano con rumbo a su bolso para dedicarse a preparar su desayuno y el almuerzo para llevar. El resto de su mañana y posterior llegada al hospital pasaría sin ningún inconveniente, salvo la inusual cantidad de gente. El subterráneo parecía desierto a comparación con los días normales e incluso al llegar al hospital le informaron de la falta de personal; tanto así que una vez terminada su operación ella iría directamente a urgencias para atender a cualquiera que llegara. 

Como ella no dudó que pasaría, la señora Roux estuvo media hora antes de la hora programada, y por cómo estaba el movimiento en el hospital, decidió adelantar la cirugía, no sin antes revisar que el quirófano número tres estuviera disponible a esa hora. Efectivamente el quirófano se encontraba desocupado, y para eso de las nueve y quince su paciente se encontraba bajo los efectos de la anestesia y ella haciendo su aseo pre quirúrgico correspondiente. La operación en sí no sería nada complicada, una simple reconstrucción del ligamento cruzado anterior en la pierna diestra con un autoinjerto del tendón de la corva. Algo común de todos los días por supuesto, si hasta un niño podría hacerlo con los ojos cerrados. 

La operación estaba saliendo bastante bien, y sin contratiempo alguno. Realmente parecía una operación común y de rutina por lo fácil que se desarrollaba. Sin embargo, ya cuando debía asegurar el nuevo ligamento con los tornillos correspondientes, el quirófano quedó totalmente a oscuras y ella alejó de inmediato los instrumentos de la paciente, pero el apagón duró solamente segundos. Cuando la electricidad regresó y los aparatos volvieron a funcionar la prioridad fue revisar los signos vitales de la paciente para continuar. En el quirófano la actitud relajada de la doctora cambió radicalmente a una sería y hasta fría, aquella fluctuación eléctrica no le daba buena vibra y debían terminar cuanto antes. La paciente seguía bien, pero otro bajón podría generar problemas con el oxígeno. 

El siguiente bajón vendría cuando estaba terminando de colocar el primer tornillo. Bufó desesperada y nerviosa por la situación, pero al restaurarse el servicio nuevamente, terminó con el tornillo y se apartó de la paciente. Tenía que salir ver que sucedía  porque eso... Podría ser catastrófico. ─ Vigilen sus signos vitales, voy a ver qué sucede. ─ le pidió a las únicas tres personas que se encontraban con ella en el quirófano, una enfermera, un pasante haciendo las veces del instrumentista por la falta de personal y el anestesiólogo. ─ Si no regreso en cinco minutos, ponle... tú. ─ Miró al pasante y negó rápidamente. ─ No, mejor no, yo regreso rápido. ─ aseguró antes de salir del quirófano y quitarse todo para no contaminar, al regresar se pondría un nuevo equipo. 

Justamente al cruzar el umbral de la puerta y segundos luego de comenzar a gritar preguntando que ocurría; vio a su amigo Jean caminar por un pasillo cercano y sin dudarlo corrió hasta él para detenerlo. Si él estaba deambulando por el edificio de seguro tenía idea de que ocurría en el mismo. Le tomó con suavidad el brazo para detenerlo y llamar su atención. ─ ¿Sabes que rayos está pasando mi cielo? Estoy en medio de una cirugía y las fluctuaciones me tienen nerviosa. ─ Si existía alguien que podría calmarla por los momentos ese era el guapo pediatra Jean Montana. El cual le sonrió coqueto como siempre antes de responderle. ─Ni idea, pero hey, no te preocupes babe, ya sabes que este edificio se cae a pedazos de por sí. Iré a la UCI por si acaso. Nos vemos después, solo no me vayas a dejar vestido y alborotado.─ El tono coqueto de su última oración sacó una ligera sonrisa del nervioso rostro de la doctora, la cual presintiendo que no todo era tan sencillo abrazó con fuerza a su amigo para susurrarle. ─ Solo cuídate y está atento a tu celular. Y tu almuerzo está en mi oficina, que no se te olvide, por fa.─ Su tono era casi suplicante. Le dio una última mirada directo a sus ojos antes de echar a correr de nuevo al quirófano. 

En los minutos que perdió volviendo a asearse para regresar al quirófano hubo un nuevo apagón, está vez más largo; tanto así que las luces que se encendieron al igual que los aparatos fueron gracias a la planta del hospital. Apuró sus movimientos para regresar a la cirugía. ─Saquen un respirador manual, no podemos arriesgarnos a que deje de respirar si la planta se detiene. ─ En minutos y más rápido que antes concluyó la operación con éxito, aunque lamentablemente sus palabras sobre la planta se cumplirían cuando comenzaban a salir de la sala. 

La tensión se podía notar en su rostro y en cada músculo de su cuerpo. El no saber que ocurría y aún peor escuchar los gritos afuera la tenían desorientada y sin una idea clara de que hacer para ayudar. Mientras recorría los pasillos del hospital iluminados únicamente por las luces de seguridad y en algunas partes por la luz natural que se colaba por los ventanales, buscando a quien ayudar o qué era necesario hacer; a su vez intentaba comunicarse con Jean para ver qué ocurría. Ella estaba segura que fueron segundos, desde que comprobó que su celular estaba sin servicio hasta que Antoine, mejor conocido como Sargento Miller, caminaba firme y directo a ella, con su cartera en la mano y rostro fiero.

─Antoine... ¿Qué está pasando? ¿Qué haces aquí? ─ Al decir aquello Pipper notó no solo el uniforme del sargento sino que todo el lugar estaba invadido de militares armados hasta los dientes. ─Te explicaré de camino a tu apartamento, por ahora solo debes saber que estamos evacuando la ciudad y sacando a todos del edificio, así que vámonos. ─ El hombre no dudó ni dos segundos en tomarla del brazo para encaminarse a la salida principal. Los ojos verdes de la doctora brillaron con furia e indignación por como estaba sucediendo todo, alimentado también por sus nervios. ─ Miller ¿Estás loco? Yo no puedo irme de aquí, hay poco personal y muchos pacientes que me necesitan, no puedes solo venir y sacarme de mi trabajo. ─ Antes de que pudiera seguir protestando Miller le puso una mano en la boca para callarla y se agacho para quedar a su altura y hablarle serio, con su voz destilando frialdad. ─ Angelique, no puedes ayudar a nadie si estás muerta. Así que mueve tu trasero ahora y ven conmigo. No es momento de que salga tu vena rebelde. Aparte de que si Stein se entera que a ti se te cayó un cabello, me mata. ─ Las palabras del hombre la dejaron muda en un comienzo, pero no pudo evitar replicar al instante al escuchar la mención de su ex novio y mover sus manos para destapar su boca de la mano de aquel hombre. ─ Stein y yo... ─ Se vio abruptamente interrumpida por Antoine que seguía desesperado por salir de allí. ─ No me interesa si ya no son novios, le dije que te mantendría a salvo y eso haré. ─ Ella iba a continuar quejándose y chistando, pero antes de poder hacerlo y con un movimiento fácil por parte del hombre, la mujer se encontró viendo al suelo y colgada del hombro de su ahora captor; como si no fuera más que un saco de papas.

El estupor no la dejó reaccionar al momento. Pero segundos más tarde golpeaba la espalda del hombre con toda su fuerza gritando y removiéndose, exigiendo ser bajada. Los golpes no provocaban ni la más mínima reacción en el militar, el cual comenzó a trotar hasta salir del edificio. El contraste entre la oscuridad del interior del hospital y el fulgor intenso del sol en su cénit, marcando la mitad del día, logró enceguecerla por unos segundos. Mientras sus ojos se adaptaban a la luz, sus oídos eran inundados por los gritos desesperados, golpes, colisiones de autos y disparos. Sucedían demasiadas cosas al mismo tiempo, y todo la estaba aturdiendo.

El mundo entero era demasiado brillante y ruidoso para ella en aquellos momentos. Tanto que no se dio cuenta que estaba sobre sus pies y Antoine la sacudía suavemente llamándola. Sus manos se encontraban sobre sus oídos y sus ojos fuertemente cerrados. Se sentía en la guerra de nuevo, con explosiones, gritos y disparos por todos lados. Había amado ayudar a su país y salvar vidas, pero odiaba la destrucción que aquello conllevaba. Regresó a la realidad cuando Miller quitó sus manos de sus orejas y la tomó firme por las mejillas para obligarla a mirarlo a los ojos. ─ Pipper, te necesito bien, aquí, debemos apurarnos para salir de la ciudad, van a rociar napalm en todo esto y necesitamos médicos en los refugios. ─ Ella logró asentir suavemente, tenía que dejar a un lado sus problemas y demonios para cumplir con su juramento.

Volvió a asentir más firme y tomando aire. ─ Debo ir a casa por Salem y por mis cosas. ─ Le pidió pero manteniendo su tono sereno, no era momento para perder el control. El hombre asintió entregándole el bolso rosa de la mujer y encaminándola al auto. Una vez en este Pipper no se despegó ni un segundo de la ventana estudiando que ocurría a su alrededor. Por suerte el camino de regreso del hospital a su apartamento no era extenso, porque cada calle se encontraba colapsada y en medio del más absoluto caos.

Ya cerca de llegar a su hogar Hoffman, vio a una niña pequeña llorando en la calle, estaba sola y alguien parecía correr para llegar a ella. Por un momento pensó que sería su padre buscando cargarla, pero cuando pudo visualizar bien a la persona, tenía el estómago abierto y sus intestinos fuera pero aun así seguía moviéndose hacia la niña. En la cara de la doctora se podía leer con gran facilidad el horror y la sorpresa que tenía. ─ Antoine, detén el auto, ¿qué está pasando? Hay una niña. ─ Pero al regresar su vista del conductor a la niña se dio cuenta que era tarde, el cadáver estaba devorando viva a la niña la cual en segundos dejó de gritar y no se convirtió en nada más que un cuerpo vacío.

Antoine suspiró y frotó una mano por su rostro antes de halar con suavidad a Pipper que estaba fría como el hielo y grandes lágrimas comenzaban a surcar sus mejillas, dejándola incluso sin su capacidad de habla. ─ Es un virus, no sabemos de dónde o por qué ha comenzado, pero sospechamos de Umbrella, los muertos no se quedan muertos. Si uno de esos te muerde o rasguña te infecta y en cuestión de minutos u horas terminas como ellos. Estamos intentando contenerlos pero es demasiado. Solo parecen querer atacar humanos y devorarlos sin más... Como acabas de ver. Voy a llevarte a un refugio a las afueras de la ciudad, deben ir a Atlanta, está algo lejos, pero es una ciudad segura por ahora. ─ El cerebro de Angelique funcionaba a toda velocidad analizando las cosas que el militar estaba contándole; aquello parecía absurdo, sacado de la trama de alguna película de terror de bajo presupuesto.

El resto de las cuadras hasta su casa no fue capaz de decir nada. Se mantuvo en total silencio analizando todo y tratando de calmar su llanto. Antoine estacionó bruscamente frente al edificio y la miró mientras se quitaba de la correa su cuchillo con todo y vaina. ─ Toma Pipper. ─ El militar agarró sus manos para obligarla a tomarlo, porque de lo contrario sabía que la doctora no aceptaría un arma. ─ Unicamente se mueren si dañas el cerebro, ve y empaca solo lo necesario, yo te esperaré aquí. ─ Aún muda por la situación asintió y salió del auto cargando su bolso y armada con el cuchillo que acababan de poner en sus manos. No planeaba usarlo, pero aun así lo llevaría encima. Esos eran sus planes... pero el destino tendría otra idea para ella. Mientras tanto el sargento se quedó en el auto, armado y listo para matar a cualquiera que se le atravesara. Acompañarla sería prudente, pero dejar el automóvil solo en aquellos momentos era un peligro, cualquiera podría robarlo sin más para intentar huir de la ciudad.

Por supuesto el elevador estaba atorado, la electricidad estaba cortada en toda la ciudad y no solo en el hospital. Agradeció mentalmente vivir en la tercera planta y no en la última mientras daba zancadas a toda velocidad en dirección a su apartamento. Al llegar a este, abrió la puerta apurada, y sus llaves casi se caen por los nervios, pero escuchaba gritos en los otros apartamentos y eso lo solo lograba ponerla peor. Una vez dentro lanzó la puerta y comenzó a desvestirse para ponerse algo más cómodo para salir de ciudad... Y algo que no la hiciera lucir exageradamente patética en medio de aquello. Salem llegó a recibirla con su ratón de hule en la boca el cual dejó caer al verla; el gato maullaba demostrando su preocupación mientras la doctora corría de un lado a otro cambiándose de prendas y sacando el viejo bolso militar de su armario. Sus prioridades fueron claras y logró empacar rápido. Toalla al fondo del bolso, cambios de ropa y mucha ropa interior. Otro par de zapatos en los bolsillos laterales, su kit de aseo personal que mudó de su bolso de diario al morral, su cartera con identificación y efectivo. El estuche con su estetoscopio y termómetro regalo de sus padres; los tres libros de medicina dado por ellos, su bolso de primeros auxilios y finalmente latas de comida y botellas de agua. El gato rasguñó sus piernas llamando su atención. Pipper suspiró antes de tomar la comida de gato y lanzarla dentro del bolso también, junto al ratón de hule favorito de Salem.

Dio un rápido repaso a su bolso y a su alrededor por si algo se olvidara. Sacó su celular con la esperanza de llamar a alguien. Pero... ¿A quién? ¿A Thilda y Leon? ¿A Jean de nuevo? ¿A Stein? A cualquiera que hiciera el intento de llamar sería en vano puesto que su teléfono seguía sin cobertura, lo lanzó a la cama dispuesta a abandonarlo, pero suspiró recapacitando y lo tomó de regreso, junto con la pequeña caja donde siempre guardaba los accesorios de este. Tomó su bolso para guardar lo que faltaba, colgárselo bien a la espalda y ajustó la vaina del cuchillo a su correa. ─ Vamos Salem, nos vamos ─ Le instó al gato para tomarlo en brazos y salir del apartamento con este, para cerrar la puerta a cal y canto.

Si se piensa en todas las situaciones que pueden darse en un apocalipsis, uno de los razonamientos más fáciles y lógicos será que nada será sencillo a partir de ese momento. Por eso en el momento en el Pipper cerró su puerta y se volteó para correr, uno de sus vecinos se abalanzó sobre ella con la clara intención de morderla. Sin estar muy segura de dónde sacó los reflejos, tomó a Salem con una mano y con la otra sacó su cuchillo y se agachó a tiempo para evitar la mordedura. Cortó ambos tendones posteriores de las rodillas y lo empujó tan fuerte como pudo para alejarlo de ella y así evitar ser perseguida por este. Cómo pudo se levantó y echó a correr para alejarse cuanto pudiera. Pudo haberlo matado, pero aún lo veía como su vecino, y lo más importante ella tenía un juramento que cumplir hasta el fin de sus días.

El cuchillo regresó a su funda y sus brazos a abrazar a Salem, el cual lloraba del susto que acababa de pasar. Sentía como se movía por inercia, corriendo a todo lo que daba su cuerpo, aún con un peso significativo en su espalda. En pocos minutos estuvo de nuevo en el auto con el sargento luego de echar su bolso en los asientos traseros. Antoine al verla le pasó un pañuelo... Tenía las manos llenas de sangre y la mirada algo perdida aun abrazando a Salem.

Sin darse cuenta estaba apretando al gato y únicamente reaccionó cuando este maulló en queja. Lo soltó para tomar el pañuelo que su amigo le ofrecía y limpiarse. ─ ¿Mataste a alguno? ─ Le preguntó seco y arrancando el auto para dirigirse a las afueras de la ciudad. Ella volteó su cara para mirarlo indignada e incrédula. ¿Cómo podría pensar él que ella traicionaría su juramento? ─ No Antoine, no maté a nadie, soy doctora, salvo vidas, no las termino. Pero mi vecino me atacó y le corté los tendones posteriores de la rodilla para incapacitarlo. ─ Comenzó a relatarle con un deje de enojo que fue desapareciendo paulatinamente mientras pensaba en sus acciones. ─ Ni siquiera gritó... Solo gruñía, ya no parecía siquiera humano. ─ Susurró probablemente para ella misma y no para el conductor. ─ Ya no son humanos Pipper, ni están vivos, son otra cosa, caminantes les estamos diciendo en el ejército, solo para referirnos a ellos de alguna forma. Así que no importa si matas a uno o a miles, ya no son personas, mientras más caigan mejor. ─ Si el hombre antes de todo aquello era de acero, ahora parecía haber vendido su corazón al mejor postor y haberlo reemplazado por una caja de concreto y metal. O al menos eso estaba pensando la doctora al escucharlo.

El trayecto fuera de la ciudad era largo y complicado, tenían que bordear autos y buscar diferentes calles. Según Antoine debían llegar al borde para cambiar de auto y poder seguir. Ella simplemente permaneció en silencio acariciando a Salem, el cual en medio de todo logró dormirse, observando el sol moverse lentamente hacia el oeste. Las calles estaban cada vez más llenas de caminantes, como les llamó Miller y ella no podía dejar de pensar en qué sería de la humanidad.

Miller estaba manejando directo al puente George Washington, puente que une el estado de New Jersey con la isla de Manhattan, y Pipper al darse cuenta de la barricada de autos militares que se encontraban bloqueando el paso y dando lugar a que salieran solo los peatones rápidamente o los autos de forma mucho más lenta, se alarmó y tomó el brazo de Antoine con una fuerza de la cual ni siquiera era consciente. ─ Antoine...─ Le llamó casi apurada pero el hombre negó rápidamente. ─No te preocupes, nos están esperando, cambiaremos de auto al llegar al cerco. ─ Ella un tanto exasperada bufó y lo obligó a mirarla por un segundo antes de dejarlo regresar la vista al camino. ─ No entiendes, no es eso, allá atrás en el hospital se queda un gran amigo, se llama Jean Montana, prométeme que vas a sacarlo y cerca de Broadway vive la familia Bradley, son tres, Thilda, Leon y un niño llamado Michael, debes salvarlos también Antoine, como sea, pero debes salvarlos, prométemelo. ─ La mujer le estaba complicando la vida al pobre hombre el cual logró asentir lentamente y aceptar la promesa a regañadientes. ─ Vale Pipper, te dejo en el refugio y regreso por ellos, no te prometo encontrarlos, pero si intentarlo. ─ Aquello era suficiente para la mujer, saber que al menos alguien buscaría y cuidaría a las personas que son importantes para ella, sobretodo porque ella no podría hacerlo.

Finalmente llegaron a un trayecto del puente en el cual les fue imposible seguir avanzando en el auto. Antoine mandó a Pipper a bajarse y tomar sus cosas. Ella se puso el bolso con destreza y cargó a Salem cubriéndolo con su chaqueta, aun estaba tan pequeño que cabría en uno de los bolsillos de esta, pero por miedo a lastimarlo prefirió llevarlo en brazos. El sargento iba apartando de su camino a todos y en más de una ocasión se detuvo solo a darle un balazo a sangre fría a todo aquel que tenía una mordida. Pipper sin embargo intentaba ayudar a las personas y luego del primer disparo se rehusó a continuar con él. Antoine se vio obligado a amenazarla. ─Escucha bien Pipper, si quieres que realmente regrese a buscar a tus amigos, vas a seguir caminando, porque debo ponerte a salvo.─ Ella nunca en su vida se había sentido más egoísta que en aquel momento, pero se tragó las lágrimas y asintió lentamente para comenzar a caminar de nuevo. ─Lo que hacemos es salvar a los sanos, las mordidas son letales y van a destruir a más personas, entiende eso de una buena vez y deja de llorar. ─ La dureza en el tono de voz del hombre solo lograba hacerla llorar un poco más, ella no quería ver el mundo destruido, no quería ver a los humanos convertidos en criaturas frías y sin sentimientos ni moral... Pero aparentemente eso estaba trayendo el nuevo mundo.

Intentó ignorar los gritos de dolor de los familiares cada vez que un militar sacrificaba a una persona, muchos ni siquiera sabían que tenían rasguños. Lo único que la consolaba es que eran menos los mordidos o rasguñados que los que estaban pasando. ─Te llevaré al refugio y allí podrás ayudar a todos los que allí se encuentren, verás porque hacemos lo que hacemos, y quizás lo entiendas. ─ Ella asintió subiendo al nuevo auto, aunque era un gesto vano y vacío, ella jamás lo entendería, porque para ella cada vida sería valiosa siempre, sin importar qué; su juramento así se lo mandaba y su forma de ver la vida. Mientras ella respirara y fuera útil... Nada le haría perder las esperanzas en la vida y la humanidad... O al menos eso quería creer.

Un par de horas más tarde llegaron finalmente al refugio, y antes de que Pipper se lanzara a ayudar en cuanto pudiera, Antoine la detuvo por última vez. ─Sé que ahora mismo piensas que soy una terrible persona, pero esas personas sanas te necesitan, más que todos aquellos que solo iban a traer más muerte, ve y cumple con tu juramento... Yo voy a cumplir con mi promesa. ─ La doctora se despidió de él agitando la mano y agradeciéndole por salvarla, porque fuera como fuera... Él arriesgó su vida por ella. Y allí... Viendo el auto alejarse de ella mientras Salem despertaba de su siesta y ella seguía agitando su mano, sería la última vez que vería al sargento Antoine Miller, el hombre que salvó su vida por amor... Y por un amor... Que ni siquiera era por ella.
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Memories de Pipper Empty Re: Memories de Pipper

Mensaje por A. Pipper Hoffman el Vie 22 Mar 2019, 19:31

Lunes:
2 de noviembre de 2012.
9:24 pm.
Refugio de sobrevivientes, New Jersey.

Tres días desde que comenzó el desastre, y la luna brillaba en su cuarto creciente como si nada ocurriera. Casi como una burla a la humanidad de que los problemas que a ellos aquejan no son problemas para nadie más. En sólo tres días las ciudades habían caído, seguían incomunicados y la electricidad aún no se restablecia. Los militares a cargo sólo hablaban de mantener la calma y esperar, prometiendo que estaban trabajando en eso.

En los últimos días la doctora había intentado incansablemente comunicarse con Jean, con los Bradleys y tenía fastidiados a los guardias por preguntar sobre el Sargento Miller. Desde el momento en el cual la dejó en el refugio no habían tenido ningún tipo de contacto y eso la preocupaba sobre manera. La verdad Angelique y Antoine nunca fueron los mejores amigos, o los más cercanos; se conocieron gracias a Stein, cuando él y ella eran novios, porque a pesar de estar en el mismo batallón mientras la mujer prestaba servicio, nunca antes se habían dirigido la palabra para algo más que saludarse o asuntos médicos. Por eso mismo aquel acto de lealtad tan absoluta hacia Stein por parte del Sargento le demostró a Pipper con que clase de hombre estaba tratando; porque ella tampoco es ilusa y sabe que fue rescatada por él gracias al cariño que Stein le tiene a ella, y no por ser ella o significar algo para el Sargento. Entre las personas con las cuales intentó comunicarse también estaba Stein, pero de nuevo no había logrado nada, y ninguno de los militares del lugar parecían conocerlo.

Pipper se encontraba dando una ronda nocturna; costumbre que había tomado por la rápida reacción del virus, no es que ella fuera a matar a nadie, pero si había logrado salvar a uno cortando la extremidad en la cual fue mordido. Revisaba las carpas que notaba solas y atendía a las personas que le llegaban con alguna queja o dolor físico. Algunas mujeres mayores solo llegaban buscando entablar conversación y ella las atendía de buena manera y sin problemas. En realidad ese rastro de normalidad la reconfortaba y le hacía tener sus esperanzas enfocadas en que todo podría mejorar.

Mientras hablaba con una señora de apellido latino, algo como Rodríguez, escuchó un grito en una carpa lejana y pidiendo disculpas salió corriendo siguiendo el ruido. En segundos el caos comenzó y muchas personas comenzaron a gritar y correr. De la carpa se vio saliendo a dos caminantes, ella se quedó en shock y tomó a una joven que corría para preguntarle lo ocurrido. En palabras apresuradas le contó que una señora sufrió un infarto y mientras un paramédico la atendía ella revivió y lo mordió. Y de allí comenzó el caos. Sin entender en qué ayudar salvo a guiar a las personas a los puntos de seguridad. Los militares corrían armados, pero la población de mordidos era mayor con cada segundo que pasaba... Aquello terminaría siendo una masacre. Pipper corrió a su carpa a tomar su bolso y a Salem que maullaba asustado por el caos.

Salió de su carpa sin molestarse en recogerla, luego encontraría donde dormir; pretendía correr a una de las salidas más cercanas con Salem en brazos. Pero una de las familias cercanas a su carpa estaban teniendo problemas con las cosas de los niños, una pareja llamada Mila y George. Se detuvo y corrió a ellos le entregó a Salem a la niña de tres años para cargarla con un brazo y al bebé de dos meses con el otro. ─Vamos yo los ayudo con los niños, pero debemos salir de aquí. ─ Por fortuna varios refugiados más se dieron cuenta de lo que sucedía y ayudaron a la pareja y a Pipper con las cosas, tomaron los primeros autos que encontraron y salieron de allí.

Mientras se alejaban podían oírse los gritos y los disparos. De nuevo la humanidad era azotada por el virus y el caos. Mientras ellos huían intentando retrasar o escapar de ese aterrador destino.
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